Servicios malignos

Llevo tiempo reuniendo el coraje necesario para hablar de este tema. Hoy me aventuro a hacerlo no por valiente, sino por insensata.

Empezaré por preguntarme dónde quedó aquello de que los mexicanos somos amables y tenemos una vocación de servicio innata. ¿Será todo diluido en la trampa del #LordLoquesea y #LadyCualquiercosa que ya no podemos solicitar un servicio digno por terror a que se viralice un video y nos caiga la guillotina digital? Seamos sinceros: muchas veces, como consumidores o clientes tenemos razón al hacer un reclamo sensato pero aguantamos por terror a que alguien saque un video y lo publique fuera de contexto para arruinarnos la vida. Síono.

Hoy quiero decirles, queridos consumidores y hermanos del maltrato: no están solos. Yo también los he visto y hasta los he documentado, me refiero a los abominables seres que parecen venidos de inframundo a ejercer sus poderes sobre la Ciudad de México y han orquestado un terrible plan maestro para adueñarse de nuestra autoestima. Leviatanes, esfinges, grifos y dragones que atienden las ventanillas de servicio acechan día y noche sobre nuestras almas.

Así que con la lengua seca, manos sudorosas —y después de haberme procurado un ansiolítico—, hago este repaso de los miembros de esta cofradía poderosa y maligna que está tomando posesión de la ciudad y sus ciudadanos.

La mesera del mal

De rostro cetrino, impaciencia en la voz, enojo omnipotente y un uniforme espantoso, esta figura mitológica suele desintegrar con la mirada. Avienta el plato sobre la mesa, descompone la mezcla de café-crema que con tanto esfuerzo habías logrado, presiona para que pidas la cuenta, no responde al saludo y se asegura de traer todos los alimentos exactamente como no los pediste. Debes comer agachando la cabeza, concentrándote en tu sopa fría, permanecer en el anonimato. Pobre de ti si te atreves a levantar la mano, a pedirle algo. Entonces desearás no haber nacido porque con toda su rabia, su desencanto y su técnica perfeccionada durante años, te hará sentir miserable dedicándote una sola y congelante mirada. Piénsalo siete veces antes de provocar su furia.

El mesero invisible

Este ser se regodea en fastidiarte, te acosa, se burla de ti, finge que no te mira ni te escucha aunque tú estés batiendo las manos como en el final de una guerra o vociferando intensamente. Es perverso e inmoral. Si puede, se ensañará contigo hasta convencerte de que sólo imaginaste vívidamente que había un mesero cerca de ti. Saldrás del lugar con horribles temblores dudando de tu cordura y convencido de necesitar una consulta psiquiátrica. Pero sí aquí había un mesero, lo juro.

La taquillera fantasmal del Metro

Esta alma perdida vaga entre nosotros porque está cumpliendo penitencias de vidas anteriores. Te hará dudar de su existencia, de tu lucidez. Pero ella está ahí, dispuesta a intimidarte con toda la violencia pasiva de su silencio. Y si le da la gana, extenderá su mano de garras afiladas barnizadas en tonos carmesí y hará que te estremezcas mientras avienta las monedas y los boletos. ¡Tómalos y corre!, ¡corre por tu vida!

El personal maldito de las aerolíneas del Hades

Las aerolíneas son un círculo del infierno y su personal es un ejército de demonios mayores, ángeles caídos y todo tipo de criaturas concebidas para el mal. Te tratarán como delincuente, como idiota, como infectado del pabellón más virulento, se mofarán de ti, dispondrán de tu tiempo y te harán perder años de tu vida en largas y tortuosas esperas que no servirán ni para expiar tus pecados. Su maldad es total, sólo quieren hacerte infeliz y dejarte en la miseria, en la más absoluta de las pobrezas, extirpar hasta el último impulso de alegría de tu ser y hasta el último centavo de tu cuenta bancaria.

El Operador bestial del call center

Hemos llegado al límite, a la línea entre la vida y la muerte. Este ser monstruoso es el más terrorífico que se haya conocido nunca, peor que los temidos Cíclopes o la legendaria Esfinge. El Operador abusa de ti, te hostiga, te corta la respiración y te manipula para que termines aceptando que cualquier cosa es tu culpa: tú no marcaste bien, tú no tecleaste bien tu clave, tú no elegiste la opción correcta para el servicio que querías. Tú eres un ser vil, inútil, torpe, involucionado y debes morir.

Llamar al Call Center es como adentrarse en el espeso terreno de la adivinación, como rendirse a la voluntad del Oráculo de Delfos porque si eres elegido para hablar con un telefonista: estás maldito. Rogarás a los dioses que te responda una máquina porque el Operador Bestial podría inducirte al suicidio. Sólo los más fuertes superan esta prueba escalofriante y transformadora.

Pero si después de tales retos iniciáticos en tu camino del héroe emerges frágil, humillado, con heridas sangrantes y reptando pero vivo: felicidades, estás listo para habitar en la posmodernidad y ahora perteneces a la Cofradía de los Sobrevivientes a La Cultura Servicio al Cliente. Sé que cuando nos encontremos habremos de reconocernos y, sin decir nada, como dos guerreros honorables, nos daremos un abrazo.

Habitación rentada y demonios con tetas

Las mujeres que escribimos en pleno bienestar «dosmilero» con grandes sacrificios podemos pagar la renta de nuestra habitación propia.

Se hunde el dedo meñique de mi mano izquierda mientras tecleo en mi Remington de 1940.

Escribir en ella me hace sentir tan viva, el corazón en la punta de los dedos, el sístole y el diástole de esas teclas redondas, circulares, metálicas como lunas llenas y vacías al mismo tiempo.

Nací posmoderna, vaya cosa.  Así que aporreo computadoras y laptops desde hace más de veinte años pero aprendí en una máquina de escribir cuando era una puberta de doce, con cubreteclados y fracturándome más de una vez ese mismo meñique que hoy sigue hunidiéndose entre las teclas.

No escribo en este animal precioso para tener prestigio cultural o por pose ni mucho menos. Escribo porque convoca tal vitalidad que es irresistible. Tiene lo mismo que salir a correr: el ritmo, el cuerpo puesto en juego, el señorío de lo físico, de lo mecánico. Me provoca una profunda, gloriosa sensación de estar aquí y ahora.

Como estoy como una cabra, hoy que es 25 de enero me he puesto a transcribir en mi Remington la carta suicida de Virginia Woolf que nació un día como hoy. Y ya que estaba, transcribí la carta suicida de Antonieta Rivas Mercado, y ahora me siento revolcada por una ola que no sé bien dónde empieza ni dónde termina.

El fin del siglo XIX y el principio del XX fueron apertura de experiencias fundamentales para las mujeres pero también un páramo jodido y reseco que se cobró con finales trágicos y profundamente dolorosos las vidas de muchas que se atrevieron a salir del role model, a romper con el esperado patrón del “ángel del hogar”: ese ser bueno, nutricio, asexual, sacrificado, siempre protector de los hijos y también de los hombres —jamás su igual; ese “ángel” convertido en mujer pagó con desgarradoras crisis de identidad cuando tuvo otras pulsiones, otras aspiraciones vitales.

A los individuos, hombres y mujeres, la sociedad nos recibe o nos rechaza. Y lo que la sociedad haga con ese rechazo o aceptación de lo que somos en lo individual provoca más consecuencias de las que somos capaces de imaginar. Esa existencia a contracorriente fue una herida crónica para mujeres como Sylvia Plath, Anne Sexton, Virginia Woolf; y en México para Tina Modotti, Pita Amor, Carmen Mondragón “Nahui Olin” y Antonieta Rivas Mercado. ¿Cómo sobrellevar los días si tu inteligencia, tus pasiones, tus inquietudes y curiosidad vitales son rechazadas? Sentir la presión y la demanda por ser buenas madres como elección única y renunciar a sí mismas porque el mundo exigía un camino o el otro: vocación y pasiones personales o sacrificio por los hijos y la pareja.

Decía Virginia Woolf que una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción. Sin duda, nada más cierto pero también me atrevo a decir que ninguna declaración más incompleta: toda mujer (escriba o no) necesita dinero y una habitación propia. Los hombres también, claro, pero concedamos en que históricamente para el género femenino ha sido más complicado.

Todos tenemos derecho a la belleza de la soledad, a experimentar la conciencia, a mirarnos en el abismo y en el espejo más luminoso del que seamos capaces a través de nosotros mismos.

Mujeres panaderas, administradoras, comerciantes, cocineras, cirujanas y de cualquier oficio necesitan autonomía financiera y un espacio propio al que recurrir cuando sea necesario. No somos mejores las mujeres que escribimos que las otras,  todas necesitamos autonomía. Y cuidado que no es reclamo para Virginia, entiendo exactamente a qué se refería y estoy de acuerdo; pero creo que aunque parezca una obviedad es importante insistir en ello. Mi madre tuvo tantas crisis por el agotamiento y la angustia de criar a ocho hijos ella sola que hoy disfruta su soledad como pocas, sé que le habría venido bien tener un espacio sólo para ella cuando trabajaba limpiando casas o atendiendo tiendas de abarrotes.

Quiero contarles que llevo meses leyendo todo y tanto sobre Antonieta Rivas Mercado que cada vez me parece más inmensa, más entrañable, más inasible y a la vez tan clara, tan concreta, tan humana como la que más. Tremenda escritora, filósofa, animal político, generosa hasta lo indecible, amorosa, sexual, doliente y dolorosa… Antonieta es imposible de diagnosticar. Ella sabía que las mujeres, todas, necesitábamos libertad para ejercer nuestra pequeñez y nuestra grandeza humana.

Virginia Woolf que llevaba años luchando a brazo partido con un desorden mental escuchaba voces, aseguraba que los pájaros cantaban en griego y no podía concentrarse. Su día fatal escribió una carta para su marido Leonard Woolf y otra para su hermana, luego se llenó los bolsillos del abrigo con piedras y se hundió en el río Ouse, en Inglaterra.

Antonieta se suicidó pegándose un balazo debajo de la teta izquierda, buscando el corazón; caminó hasta el interior de Notre Dame en París, se sentó con toda elegancia en una banca, colocó la pistola en su pecho y tiró del gatillo. Antes de hacerlo, escribió una carta a su amigo Arturo Pani para encargar a su pequeño hijo Donald y deslindar a cualquiera de la responsabilidad de su muerte. Había estado internada más de una vez en el hospital St. Luke en Nueva York como paciente mental; tenía crisis nerviosas, depresiones que sólo aliviaba escribiendo, súbitos cambios de humor —y de nombre, agotamientos inauditos y una soledad inmensa porque a pesar de que vivió rodeada del amor y la admiración de muchos; parecería que Antonieta habitó desde siempre un lugar en el que nadie podía acompañarla.

Pero hacia el final de su vida también estaba sin dinero, agobiada por proteger a su hijo y dando una batalla legal descomunal para conseguir la patria potestad del niño.

Parece una perogrullada pero los dos elementos siguen siendo piedras angulares de la libertad humana: dinero y habitación propia.

Transcribo aquí la bellísima y dolorosa carta de Virginia Woolf.

Querido:

Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.

No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.

V.

No transcribo la carta de Antonieta porque pronto contaré mucho más de ella y por otros medios, pero en la nota póstuma pide a su amigo Arturo Pani que ponga un telegrama por ella y le aclara que no lo hizo ella misma porque no tenía dinero.

Antonieta Rivas Mercado que patrocinó a tantos escritores y artistas de su tiempo, ella que empeñó propiedades para financiar la Orquesta Sinfónica de México no tenía dinero para mandar un telegrama el último de sus días. Lo pienso y un llanto ácido me sube a la garganta. Carajo.

Las mujeres que escribimos en pleno “bienestar” dosmilero con grandes sacrificios logramos rentar habitaciones, la mayoría de las veces cobramos cantidades ínfimas que rayan en lo ridículo por nuestros textos con meses o años —sí, años— de desfase; no conozco a ninguna que no esté obligada a tomar otros cuatro o cinco (no exagero) empleos alternos para poder ejercer su pasión literaria. Yo misma he trabajado de oficinista, vendedora, maestra, consultora empresarial y staff de programas de televisión para dedicarme a este oficio y sobrevivir con cierta dignidad.

Pero al menos puedo plantarme ante el mundo sin que se espere de mí que sea un ángel del hogar, sé que puedo ser un demonio con tetas si me da la gana.

Y por ello no me queda más que decir gracias, Virginia; gracias, Antonieta. Gracias, mamá.

Los ojos de la tristeza

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“No estés triste, mamá” solía decirle a mi madre cuando era niña y la veía llorando. Y, ahora lo sé, con mis intentos por animarla, sólo la hacía ir más hondo en sus dolores. Mi madre. Sus furias. Sus rabias. Sus desencantos. Sus enamoramientos. Sus tristezas.

Ella.

No estés triste, mamá. Y entonces ella me miraba, sonreía rota, sonreía a medias. Se levantaba en pedazos, a punto de desmoronarse. Pero se levantaba, se limpiaba los mocos y las lágrimas. En silencio y diligente preparaba un atole de avena. Para mí la tristeza huele a leche, a azúcar mascabado, a avena. Y así superábamos el rato amargo: barriga llena, llanto apaciguado, no sé si el corazón contento.

Tuve que hacerme adulta para comprender que la tristeza me ha regalado algunas de las escenas más bellas de mi vida. ¿Cuánta tristeza hay debajo de la punta del iceberg que es la cara sonriente y frenética de la humanidad? ¿Cuánta tristeza reprimida yace bajo siete mil millones de corazones humanos galopando en el mundo? ¿Por qué la evitamos?

Evitar. Evadir. Mutilar. Cercenar. Asesinar a la tristeza. ¿Por qué?

Si hasta hay cierta magia en ella. Cierta alquimia. Yo creo que tiene un poder transformador pero hay que dejarla salir. Incluso dejarse desaparecer para que ella aparezca. Sin argumentos estériles, sin discursos de resistencia exitosa y optimista. Esos de los que tanto reniego.

Dejar que la tristeza nos haga jirones. Dejar que muerda. Dejar que el dolor nos devuelva a la conciencia de nuestra dimensión exacta: somos ínfimos.

Cuando apareció la aplicación en las cámaras digitales que detecta sonrisas para disparar la foto casi lloro. ¿Y desde cuándo sólo los rostros felices son habitados por la belleza? Si la vida trae algunas dosis de dolor tal vez querrá decir que algo hicimos bien, que nos mantuvimos en movimiento, que tuvimos el sí y también el no. Que no nos paralizamos transitando por esta cosa inmensa e insospechada que se llama vida.

Me resistí a mi propia tristeza durante años y con ello gané una crisis de ansiedad brutal. Horrenda. Porque la ansiedad es la cara horrible de la tristeza, creo.

Llorar es liberador. Romperse es liberador. Decir estoy triste. Hacerle un lugar al alma para que hable con nosotros. Y no hay almas monotemáticas. La psique no puede ser sólo feliz. A los años también se van sumando las pérdidas. Y hay días en que se amotinan, se sublevan, se presentan todas juntas a golpe de recuerdos malogrados.

Perder a los mejores amigos de la infancia. Perder amigos también cuando somos adultos. Perder esos ojos en los que nos mirábamos, en los que nos reconocíamos. Perder ese cuerpo y su abrazo en aquella cama. Perder aquél libro que nunca más y aquél sombrero que tampoco. Perder a ese hombre que te juraba amor eterno y que luego desapareció desdibujándose en mensajes de texto en la pantalla del teléfono sin pulsar nunca la tecla de llamar, sin andar los pasos necesarios hasta la puerta de tu casa. Para luego perderlo todo, todo, todo en la nebulosa espesa de la memoria, esa gran mentirosa. Esa gran genocida.

Se necesita montar a un pegaso que haya nacido, sí, de la sangre que salió a borbotones cuando decapitamos alguno de aquellos paraísos. Y hacer un recorrido heroico para asumir las pérdidas en su verdadero alcance: son para siempre. Son la muerte. Son varias muertes. Arrasan irremediablemente con un pedazo de los muchos pedazos que somos.

Que lo que no te mata te hace más fuerte.  Dicen. No quiero esa fortaleza, digo yo. Lo que no te mata es porque no te dejaste matar. Y te perdiste la oportunidad de renacer.

No estés triste, dije. No llores, dice el mundo. ¿Cuándo alguien ha dicho “no estés feliz”?

A los posmodernos se nos complica el llanto y se nos complica la tristeza. Será que la televisión fue nodriza de generaciones enteras. Será que somos amigos del ansiolítico y el antidepresivo en sus formatos varios. Será que la anestesia de la productividad y que únete a los optimistas. Será que sólo por hoy. Será que contar chistes es nuestro mecanismo de sobrevivencia más ensayado. Será.

Reivindico a la tristeza. Le quito el estigma de enfermedad, de pecado, de derrotismo, de políticamente incorrecta. Y aclaro que, como dijo Pessoa: yo no soy pesimista, soy triste. Que no es lo mismo ni es igual.

La tristeza en prosa o en poesía o hasta en silencio, es buena. La tristeza no es una enfermedad. Es un estado del alma que nos habita cada tanto.

Un réquiem por todo lo que perdí. Por todos esos rostros que ya no miro. Por todos los que no me son. Hoy estoy triste. Pero tengo la lluvia.

Hoy estoy triste por todo lo que ya no tengo pero tengo estas palabras. Y también tengo mi tristeza.

Un trío con Penélope y Javier

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Pienso en estas dos palabras: amor y libertad.

Y de inmediato me hago consciente de los vergonzantes manoseos, ninguneos y vejaciones que les hemos hecho.

No sé si haya vocablos más sobados que estos en el idioma español, de manera que aunque los había elegido para relatar lo que voy a relatar, mejor recurriré a la bellísima y mal ponderada palabra lujuria.

Esta maravillosa voz viene de luxuria en latín que significa lujo y, aferrándome a ella como un mantra, planeo concentrarme en mi fantasía más ostentosa: tener un trío sexual con Javier Bardem ay cosita linda papá y Penélope Cruz ay cosita bella mamá.

Cuando vi Jamón Jamón  (Bigas Luna, 1992) tenía diecisiete años y era virgen, una adolescente francamente ansiosa y pletórica de hormonas que lo único que pedían era coger con alguien. Para decirlo finamente.

Pero una no es toda hormonas, también están las neuronas, por ejemplo. Y las mías, además de tercas, en aquellos años eran pudibundas y no me atrevía a darme un buen revolcón con el novio en turno porque todavía me pesaban como lastre las enseñanzas religiosas del hogar materno. Quién lo diría, alguna vez fui temerosa de dios, bendita la edad que me llevó a superar semejante tara.

El caso es que vi la peli en una proyección especial que se organizó en la escuela de Arte Teatral donde entonces estudiaba y mirando la escena en la que Bardem le chupa las tetas a Penélope y le dice que saben a sal, a aceite de oliva, a ajo y a jamón serrano me sentí morir;  y cuando se mete debajo de su vestido blanco para hacerle un cunnilingus por nada me estimulo ahí sentadita sin mayor esfuerzo que el de procurar unas discretísimas contracciones musculares. Ya saben cómo, así, apretando.

Dediqué muchas de mis masturbaciones mozas a imaginar que yo, como la invitada de honor a un trío de lujo faraónico, entraba en escena para departir vehementemente con Javier y Pé succionando, lamiendo, frotando y alternando chispazos de furia carnal.

Será porque era la primera vez que, para mí, los cuerpos de los actores en la pantalla tenían olor; será porque podría alimentarme el resto de mis días con jamón serrano o porque mi madre tuvo una tienda de abarrotes que olía un poco a todo lo que olía ese filme mezclado con canela, piloncillo y suero de queso. Será por lo que sea pero pensar en los pezones color mora de Penélope e imaginarme el rostro de Javier entre mis piernas me volvía loca, me entraban unas ganas impostergables de ir al baño a tocarme o frotarme sigilosamente bajo las sábanas hasta tener un orgasmo que aguantaba calladita para no levantar sospechas de mis calenturas nocturnas.

¡Aydiomío!

Podía reproducir en mi memoria y a la perfección las escenas de la película, los diálogos, pero sobre todo, podía reproducir las sensaciones olfativas que tuve cuando la vi por primera y única vez.

Pasaron los años y con ellos, por fortuna para mí, esa patología llamada represión sexual. Entonces hormonas y neuronas me hacían sentir diosa o mendiga dependiendo del incauto del que estuviera enamorada (o enculada) en esas edades en que el síndrome de Werther nubla el entendimiento por completo y  queremos arriesgar la vida por cada púber lleno de acné que nos jura amor eterno. Me refiero a la edad de la pendejez dorada y, aunque estoy perfectamente consciente de sus limitaciones, debo decir que extraño esa capacidad para la fantasía, la certeza que teníamos de que ciertos eventos sólo en nuestras elucubraciones y sueños ocurrirían y que por ello nos les entregábamos con la fuerza sensorial de una second life que no requería ni avatares ni nick name ni lentes de tercera dimensión: pura y dura actividad cerebral enfebrecida; pura lujuria en alta definición pero sin Apps, ni dispositivos electrónicos. Todo imaginado a pelo, como dicen en el rancho de mi madre.

Mi primera vez no fue ni remotamente cercana a aquella quimera, mi único intento de trío sexual fue un evento fallido y tragicómico, pero incluso hoy (aunque ver a Penélope y a Javier casados y con hijitos no es de lo más estimulante) hay algo en ellos que me sigue pareciendo brutalmente sexual.

Me siguen rindiendo sus voces, sus melenas felinas, sus rostros particulares que no se ajustan a la típica cara hollywoodense, pero seré honesta: son sus cuerpos lo que me resultó irresistible desde la primera vez que estuvimos juntos (¡já!). Porque claro que un trío con Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre sería de lo más interesante pero es que a él, ni queriendo, le hubiera encontrado el atractivo, si la propia Simone decía que su Jean Paul tenía ojos de muerto; de pescado muerto, diría yo.

Ya sé que hay a quienes Penélope les parece fea y quienes opinan que Bardem es el hombre de Cro- Magnon, pero cada quién sus preferencias. Y si el orgasmo es de quien lo trabaja no veo por qué no la elección de las herramientas de trabajo también debiera ser digna del más absoluto respeto. 

Y aquí vuelvo a donde empecé: si el amor y  la libertad no son, por más que hagamos alarde de ello, reales territorios de expresión soberana, al menos que la lujuria sí sea un derecho inalienable, transferible según el antojo y, sobre todo, personal.

El error es perfecto

Encomendarse al error es insolente, sí.

Pero también es fascinante porque cuando funciona, es de una precisión divina. De no ser así, no habríamos apostado tantas pruebas de opción múltiple al método “pégale, pégale que este merito fue”

Este merito, este mero, este fue, este es.

De adolescente imaginaba a legiones de incautos caminando bajo la escalofriante condición de ignorar que a sus espaldas Cupido tiraría una flecha no elegida por ellos, una flecha al azar, la que fuera, una flecha implacable, ignorante, equivocada pero precisa. Apenas un ay, un crujido bajito en las costillas, un quejido suave entre las piernas y ¡zaz! estaba hecho sin remedio. Flechados por el error de sus vidas. Entonces me sacudía la fantasía como quien se sacude un bicho que se le ha trepado a la espalda y me decía que no, no podía ser así.

Era una adolescente y pensaba —ingenua, asustada, virgen— que lo que esas brujas cristianas convertidas en hécates susurrantes al oído decían era verdad única e ineludible: que había que esperar al correcto, al adecuado, porque el amor era un binomio cuadrado perfecto de correctos y adecuados.

Las sacerdotisas de lo apropiado insistían en que había que ser selectivas, invocar a la prudencia, hacer lo juicioso. Luego venían largos pasajes de la Biblia y cantos en los que las púberes —flamante grupo de muchachas de la iglesia cristiana— nos ofrecíamos como novias metafóricas a Jesucristo.

Ahora sé que las brujas estaban más perdidas con su fantasía que yo con la mía. Si hubieran convocado a un culto al error, entonces sí que nos habríamos iluminado ellas y nosotras. De tan distintas maneras.

La vida está hecha de eventos que ocurren por error. Y muchas de las mejores experiencias, vínculos y relaciones llegaron a nosotros por alguna metida de pata providencial. Nada menos que nuestro continente fue descubierto por tremendo disparate, la equivocación histórica de un explorador ofuscado que creyó que llegaba a la India y llegaba a América. Inmejorable botón de muestra.

Shakespeare, ese cabrón, lo sabía bien; lo más bello y perturbador de su obra, me parece a mí, está cimentado en los errores: venenos bebidos por error y a destiempo, espadas hundidas por confusión, pasiones desatadas por un nombre incorrecto…el arte de la equivocación.

Es más, y para no hacerles el recuento largo, es probable que la mitad de nosotros respiremos por una falla en el conteo reproductivo de nuestras madres, por un condón roto, por dos alcoholes de más.

¿A qué carajos viene entonces el cuento del control, de lo correcto, de lo elegido bajo conciencia prístina, sobria y algorítmica? (¿Qué dije?)

Claro que atreverse a sentir lo que se siente cuando nos entregamos a la incertidumbre es tremendo. Y no cualquiera se atreve a sentirlo como no cualquiera se atreve a mirar de frente sus equivocaciones, quererlas y hasta ponerles nombre y apellido.

Respiramos entre lo fortuito y lo inesperado, comemos de lo imprevisto y nos enamoramos de lo improbable.

Y ahí, donde lo incierto, ahí a donde llegamos por accidente y sin querer, suelen estar las experiencias más vitales, trascendentes, mejor diseñadas y más enriquecedoras para cada persona.

La incertidumbre nos hace crecer, es precisamente ahí cuando la creatividad y el instinto vienen a nuestro rescate, cuando por fin nos vemos en la necesidad de mandar a la mierda ese vicio viejo, enquistado y jodido que lleva años envarando las articulaciones del alma.

Cada vez me convenzo más de que el control, la certeza y la comodidad son los tres jinetes del Apocalipsis que acaban con lo mejor de nosotros achatándonos, anestesiándonos, minando nuestra fiereza interior, dejándonos a medias de lo que pudimos ser.

Si somos millones de erratas y lapsus quienes poblamos este mundo, habría que perderle el miedo a los fallos y a la incertidumbre, habría que levantar una plegaria personal para que dios —el de cada uno— nos agarre equivocados.

El ángel del hogar y sus demonios

Las mujeres sometidas a la tiranía de la maternidad.

Hace unos meses, precisamente el 10 de mayo, tuve a bien publicar un tuit en el que reconocía el valor de la elección de las mujeres que decidimos no tener hijos; me pareció importante incorporar el tema a la conversación pública aunque fuera en un efímero tuit pues la tormenta de mensajes que trae la celebración por el Día de las madres que hace siglos se celebra en el mundo y poco más de cien años en México, es apabullante.

Pues ese insignifcante tuit para hablar del caso opuesto, las no madres, en medio del hegemónico discurso que celebra la maternidad, resultó de lo más incómodo y me dejó un saldo de más de 2 mil insultos (nunca, ni cuando he cuestionado una conducta del presidente en turno, me había llovido de tal manera), pero me dejó también la certeza del síntoma expuesto para escribir y reflexionar al respecto.

Por muy dosmileros que seamos, el ideal femenino sigue lleno de conceptos que nacieron hace más de cien años y que han dado identidad a las generaciones de hoy con más vigencia de lo que quizá alcanzamos a ver.

La misión doméstica de las mujeres como base de valorización femenina está más viva que nunca. Hay un deber dictado por Dios y la familia, por la sociedad entera, que un día sí y otro también taladra con el mismo mensaje: las mujeres deben ser buenas, si son madres, serán mejores portadoras de bondad porque la idea de maternidad conlleva una práctica de “sacrificio” como los mártires y santos de la religión judeocristiana.

Pero no se trata sólo de la Iglesia, también hay un material interés en un modelo político y económico que se ha desarrollado sobre la base del rol femenino como formadora de familias (núcleo de consumo que sostiene incontables industrias). Y de ahí pa’lante, mi alma. Si las mujeres dejaran de reproducir familias o de dedicar su vida a sostener el núcleo de la famila, un montón de industrias se derrumbarían, y con ello todo un modelo económico y político.

Así, la idea de la domesticidad perfecta siempre ha estado asociada a las mujeres; el valor decimonónico que “dignifica” a una mujer si es una novia comprensiva, una enamorada de ensueño, una buena esposa, mejor madre y responsable absoluta de criar hijos como buenos ciudadanos, es de una prevalencia innegable.

Durante el siglo diecinueve se desarrolló un concepto similar en prácticamente todos los países de Occidente: “El ángel del hogar”. El ángel del hogar es esa mujer que con sus polvos mágicos y su sonrisa eterna recibe al marido cansado y lo atiende, le sonríe, empata sus apetitos con los de su hombre, cumple con un ritual formativo para que los niños en casa aprendan de ella a replicar un modelo que, hasta nuestros días, sostiene sociedades enteras alrededor del mundo.

Hay un ensayo de Nerea Aresti publicado bajo el mismo título que pueden leer en línea y que explica espléndidamente algunos de los conceptos de los que hablo aquí.

Pues ese concepto “ángel del hogar”, es perfectamente equiparable a la idea de la “santa madrecita” que los mexicanos practicamos. El dictado político y religioso que pesan en el fondo son de una perdurabilidad sorprendente.

En días recientes vi en segunda vuelta la serie “Mad Men”, el personaje de Betty Draper, esa esposa con cara de ángel y pelo de muñeca que se consume de ansiedad y de tristeza por dentro, no dista mucho del modelo que muchas de nuestras madres y muchas mujeres contemporáneas son llamadas a seguir. Con sus diferencias de época pero el fondo es el mismo: hoy el mensaje dice que seas la madre cool que además trabaja, va al gimnasio, alimenta a su familia con productos bajos en grasa, orgánicos y que los niños que viven contigo (o señorones de más de 20 años porque hay casos, síono) ven como su mejor amiga.

Y es que es tan violenta una cosa como la otra: someter a las madres a la exigencia de simbolizar el amor, la bondad y la perfección, es una tiranía; ninguna madre merece esa imposición. Ser el hijo que debe ver a mamá como «santa madrecita» refuerza el infantilismo mental, ningún hijo merece tal mutilación a su inteligencia.

Pero criticar a las que no somos madres por querer incorporar el tema a la conversación, es de plano la tiranía expuesta: si somos madres tenemos que ser perfectas y si no somos madres y pedimos que se valore la elección, somos soberbias y narcisistas. Lo de siempre: que calladitas nos vemos más bonitas.

Volviendo al tema de los dos mil insultos, me parece el ejemplo perfecto para hablar de lo que en psicología se llama proyección de la sombra: a mayor tamaño del objeto, mayor proyección de la sombra. Hay un fenómeno ahí, profundo y complejo en la adoración ciega de la madre y de la maternidad.

He reparado un par de veces en las raíces etimológicas de la palabra Madre: “mar, mare”, el simbolismo de la madre se relaciona con la mar, pero también con la tierra fértil, mar y tierra como matrices de vida. Sin embargo hay una dualidad de vida y muerte: nacer es salir del vientre de la madre, morir es retornar a la tierra. Esa madre (mar y tierra a la vez) es alimento pero también riesgo de opresión y ahogo. (Recomiendo muchísimo hacerse del Diccionario de Símbolos de Chavalier y Gheerbrant en editorial Herder para revisar el valor simbólico en el origen de las palabras).

También me he atrevido a hablar del lado más oscuro de las madres, la pulsión filicida que algunas madres experimentan: el deseo de matar a sus hijos. Debe ser duro, doloroso, complejo, generar culpa y ansiedad infinitas. Y creo que quizá sería bueno hablar más de ello. Algunas simplemente no logran vincularse con sus hijos aunque los cuiden y nunca los abandonen, pero la falta de la mirada amorosa y de aceptación de la madre, trae consecuencias para toda la vida en la psique de las personas.

Por eso creo que el mundo sería un mejor lugar si sólo tuvieran hijos quienes tienen vocación para ello, y así como es perfectamente legítimo educarse para reconocer cuál es la vocación profesional o académica, sería un derecho sagrado educarnos para reconocer si tenemos o no, la vocación de ser madres. Reconocerlo y decidirse por el “no”, debería ser tan promovido como el mensaje que empuja a que digas “sí” desde la familia, la religión, la mercadotecnia y hasta la política; poco menos del 30% de los países en el mundo han aprobado el aborto legal en pleno 2020 y no en todos sus territorios.

Resumiendo: que estas sociedades adoradoras de la madre como arquetipo de perfección, necesitamos evolucionar, atrevernos a mirar la condición humana y no demandar a ningún ser humano que se mutile para convertirse en un prototipo. Ojalá que llegue el día en que se pueda elegir con libertad absoluta la identidad,  por amenazante que nos resulte la idea.

Historia continuada de un pase de abordar

Crédito imagen: Alberto Alcocer @beco.mx

Despertaste a las 4:45 de la mañana. Dejaste que el agua fría, acribillándote desde la regadera, te convenciera de que había empezado el día. A esa hora infame donde se percibe apenas el olor a humanidad a punto de levantarse.

Escogiste los jeans de siempre, los cómodos, los que van bien para treparse a un taxi, a un avión, para arrastrar las maletas, para caminar serpenteantes pasillos de aeropuerto.

Te recargaste en la ventanilla de tu asiento número 10-A con el libro de entonces “Una autobiografía soterrada” de Sergio Pitol. No tomaste el desayuno, sólo café.

Leíste hasta llegar a la última página, subrayaste líneas, doblaste las esquinas de las hojas, te repetiste frases en silencio: “Somos todo el pasado —vuelvo a Borges—, somos nuestra sangre, somos la gente que hemos visto morir, somos los libros que nos han mejorado, somos gratamente los otros”

¿A dónde ibas ese septiembre de 2011? El pedacito mutilado del ticket de embarque dice New York, JFK.

Ah, era entonces. Eras la tú de entonces. Ibas a visitar a tu hermano, a morirte de risa, a devorar comida árabe en los puestos callejeros, a correr en Central Park, a estar allá, con él. Una morena más en tierra de güeros. ¿Dónde están los güeros?, pensaste, y se lo dijiste a tu hermano. Él sonrió, “you tell me, morenita

Sincronía, le llamamos algunos. Coincidencia, otros. Pendejadas, diría mi abuela. Justo hoy buscaste ese libro que no mirabas hace cinco años. El trocito de ticket con la información del viaje y ese ridículo “Murillo/ Alma Miss” salió de entre las hojas. Precisamente hoy que estás haciendo la maleta para viajar nuevamente a Nueva York.  Welcome, Miss Murilo, volverán a decir en la ventanilla de migración. Y volverás a pensar que a quién quieren engañar, que güelcom sus pelotas. Y te volverán a dar ganas de corregir al oficial y decirle que se pronuncia Murillo, no Murilo, y que by the way, se dice tortilla y no tortila.

Y Nueva York te parecerá fascinante otra vez pero un poquito más triste porque en cinco años las maletas entrañan inconmensurables pérdidas pero también ganancias.

Nueva York es menos bonita ahora que tu hermano no está ahí. Ahora que Mr. Murilo y su esposa viven en México. Una güera en tierra de morenos. Rifada la gringa, ahora criando a dos hijos mexicanos que comen y pronuncian tortilla. Me apellido Murillo Himes, dice el pequeño Isaí de cuatro años con voz prístina.

Cinco años después, con esos dos hermosos niños nacidos en la imponderable ciudad de México, Mr. Murilo está aquí nomás, a dos kilómetros de distancia. Desde ese ángulo te parece que Avenida Chapultepec es infinitamente más bonita y entrañable que Nueva York.

Tendrás que despertar mañana, septiembre de 2016, a esa hora en la que somos legiones de cucarachas Samsa tratando de convertirnos en humanos.

Elegirás jeans, sin duda. Arrastrarás la maleta, abrazarás un libro nuevo: “Botas de lluvia suecas” de Henning Mankell. Eres otra. El libro que te acompaña ahora es un símbolo de tu transformación, la resume de tal manera que no podría ser más preciso, pero sólo tú lo entiendes. Lo agradeces infinitamente. El libro y cómo llegó a ti.

Te preguntas si dentro de cinco años, así, por casualidad, de sus páginas caerá el pedacito de pase de abordar entre tus manos. ¿Quién serás dentro de cinco años? ¿A qué lugar estarás viajando?

Y piensas que todos somos migrantes. Aunque siempre permanezcamos en el mismo país.

Es septiembre de 2020, no puedes viajar. Podrías, pero no has querido. Tienes miedo del aeropuerto, de las horas en el avión, de que el cubrebocas sea sólo un cubremiedos. El mundo está en pandemia.

Pero sí estás viajando, dentro de ti se configuró de nuevo el pase de abordar, eres otra subiéndote a un próximo destino de ti misma. Ahora toda tu ropa es cómoda, no estás dispuesta a dejarte la piel en la incomodidad. Algo en tu hipotálamo y tu tálamo y tu amígdala te empujó a subirte a un nuevo vuelo con destino incierto. Pagaste el boleto de una decisión y has vuelto a subirte al avión con el pasaporte más legítimo de todos: el de la conciencia.

Sabes que tendrás náuseas sin importar si viajas en ventanilla o pasillo, que no querrás desayunar, sólo café. Que no entenderás la mitad de las palabras, que el idioma nuevo está todavía configurándose.

Quién pudiera migrar convertida en ave y no a bordo de un avión.

Quién pudiera ser un pájaro de alas grandes.

Viaje sin reservación, viaje hoy. Pague hoy y durante cada día de su vida el viaje de sus decisiones. Con vistas al mar y sin ellas, arribe a la habitación de usted misma.

Imaginas la publicidad del yo. Ah, y lleve un libro consigo, siempre lleve un libro.

Ave Fénix, aquí vamos otra vez. Arde.

Septiembre y sus aniversarios


Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Puestos a trabajar juntos, el tiempo y la psique son capaces de elaborar el más elevado de los misterios y esconderlo del mismo cerebro que ayudó a crearlo.

Siempre me ha perturbado pensar que así como el ojo no se ve a sí mismo, el cerebro no se piensa; que estamos a merced de un ocultamiento constante de nuestra propia identidad, deseos, pulsiones, lealtades inconscientes. Hay un río oscuro que corre por dentro de cada una de nosotras. De cada uno de ustedes.

Cito un fragmento de la escritora Fabiana Daversa donde habla de un fenómeno tan fascinante como doloroso, el Síndrome de aniversario: “La ciencia está desentrañando el por qué las emociones y afirma que no hay melancolía sin razón. Uno de los motivos principales por el cuál nos sentimos abatidos es debido al síndrome de aniversario. 

Según la Psicogenética, el inconsciente no sólo tiene mecanismos de ocultamiento de el trauma que nos han afectado, sino un calendario propio que hace que lo recordemos periódicamente. Puede que olvidemos la fecha de fallecimiento de un ser querido, la pérdida de un matrimonio o de una batalla familiar, pero para esa época del año lo más probable es que estemos tristes”

Jean Piaget elaboró sobre la teoría psicogenética que, efectivamente, relaciona la mente con el origen de cada individuo. Somos nuestro pasado y el pasado de los que nos anteceden, hay una profunda huella mental y emocional que deja nuestra historia y la de nuestros antepasados en nosotros.

Y he pensado en todo esto porque escribo un 18 de septiembre sintiendo un bloque pesado y negro en el pecho. Mañana será diecinueve. Ese inexplicable 19 de septiembre que habita la memoria de un sismo en 1985 cuando yo tenía siete años, o el 19 de septiembre de 1998 cuando me atropelló un trolebús, o el 19 de septiembre de 2017 cuando vivimos ese sismo demoledor. Otra vez.

Ya sé que soy afortunada, que sobreviví a los tres eventos, que no perdí mi casa, que me suturaron la cabeza luego del accidente y sigue funcionando (más o menos). Que sin llorar. Pero no deja de ser algo que sofoca, que entristece.

Nunca me gustó septiembre, nunca me gustó aquella cancioncita de la SEP que anunciaba que el dos de septiembre comenzaría la escuela. Pero aquel 7 de septiembre de 2017 cuando el terremoto de 8.2 derrumbó Juchitán; algo tronó en mi psique y ahora tengo fobia a los septiembres. Ya sé que todos lo vivimos pero es que muchos son valientes y una nomás es neurótica, nerviosa y miedosa; y las sincronías que no ayudan.

Es septiembre, 2020. Hoy leí sobre la condena de la directora de la escuela Enrique Rébsamen y el bloque negro en el pecho se hizo más pesado. Es difícil encontrar una emoción precisa, jamás podría alegrarme de lo que está pasando; sí, es positivo que se haga justicia, pero no veo razones para estar contenta por el epílogo de una tragedia de ese tamaño. Apenas imagino el dolor los padres de las niñas y niños que murieron, hoy tampoco se ven alegres esos padres y madres, pero se atisba para ellos un descanso. Se merecen ese descanso porque el dolor agota.

Síndrome de aniversario. Eso y una infame pandemia. Hay días que sólo queda hacerle espacio a la tristeza. Pero también un lugar a la gratitud que nunca cansa, así que lo repito:

Es diecinueve de septiembre del año 2020 y quiero reconocer –tiemblo al escribirlo– a todas las madres coraje, a todos los mexicanos honorables que se pusieron de pie y metieron el alma y el cuerpo para rescatar a alguien. Porque ahí hay un mensaje, uno sólo, que quisiera fundir a fuego en estos tiempos de confusión posmoderna y desencanto mexicano: nada importa más que el valor de una vida humana. Nada. Les dejo mi cariño a los que perdieron a alguien en los terremotos, y que no falte un abrazo en su 19 de septiembre.

Fuimos todas


Fotógrafa: Sandra Hernández, IG @Vita_Flumen

Me mataron a mi hija.

Imagínate, por un segundo, diciéndolo.

Imagina que mataron a tu hija, que te dolió tanto que sentiste que enloquecías; que quisiste convencerte de que no era cierto, que lo denunciaste, que llevaste pruebas, que nadie te hizo caso. Que culparon a tu hija de 7 de años, de 15, de 19; que dijeron que fue su culpa.

Desaparecieron a mi hijo.

Imagínate, por una eternidad, buscándolo.

Porque no hay registro de su muerte, imagínate cavando en la tierra, rastreando sus restos, dedicando tu vida a recorrer las fosas clandestinas, los desiertos, los basureros buscando el cuerpo de tu hijo, soñando que te pide que no lo abandones, que no te rindas; imagínate oliendo los huesos, con taquicardia frente a los restos que cada vez esperas que sean los de tu hijo para darle una sepultura digna y descansar, pero al mismo tiempo esperas que no sean los de tu hijo para no confirmar que lo mataron.

Imagina que vienes desde Chiapas, o de Guerrero, o de Oaxaca porque vives en uno de los municipios más pobres del país; que llegas a la Ciudad de México, que la economía está paralizada, que la policía confisca tus artesanías porque no puedes venderlas en el espacio público. Que terminas sentándote con tus dos niñas y tu bebé afuera del supermercado con un letrero que dice que cambias artesanías por despensa. O que entras al super y tienes $46  y te debates entre comprar medio kilo de tortillas, frijoles preparados y un refresco grande o leche y pan, que miras los pollos rostizados como algo inalcanzable y evades el dolor que te causa no el hecho de que no puedas comerlo tú, sino que no puedes dárselo a tus hijos.

Las últimas semanas me ha pasado con más frecuencia ver escenas demoledoras en el súper y también unas esperanzadoras cuando —siempre otras mujeres— nos acercamos a pagar la compra de esa otra que no le alcanza porque sólo lleva $46 pesos en la mano y no $50.

Hace dos días que mi sobrino de doce años tuvo un ataque de pánico. La maldita pandemia, el terror al virus, las acribillantes clases en una pantalla. Entonces corrieron su abuela y su tía a ayudarlo porque su madre no estaba pues trabaja todo el día. Porque no hay padre. Ni abuelo. Ni tíos demasiado presentes.

Somos nosotras las que peleamos, las que rastreamos, las que nombramos, las que escribimos. Las que cuidamos.

Porque somos nosotras las que llamamos en la madrugada y sabemos que la otra contestará sin importar la hora, porque preguntamos si llegaste bien a tu casa, porque fue mi hermana y ninguno de mis hermanos la que vino cargando desde Michoacán para mí un taco de carnitas, porque fue mi madre la que vino cargando desde allá una planta que “florea tan bonito que me va a alegrar los días”. Porque fue mi hermana mayor, aún con quemaduras de tercer grado y su cojera la que trabajó para que yo tuviera cuadernos nuevos para ir a la escuela primaria. Porque caminé de su mano rumbo al internado que me protegió y me permitió abrir esa puerta mágica que se llama educación. Porque mi abuela me cortó el ombligo y me dio chocolate caliente cuando me vio triste. Porque mis tres hermanas y mi madre y mi abuela me criaron, me cuidaron, me enseñaron a leer, a escribir, a peinarme, a hacerme cargo de mí, a comprender mi periodo menstrual, a cuidarme de los hombres.

Y aunque digo con vergüenza “Fuimos todas” incluyéndome injustamente porque yo no estuve en la toma de la sede de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en la Ciudad de México ni en el Estado de México ni en Puebla; hoy digo fuimos todas, porque son mujeres las que están peleando esa guerra. Porque es un todas el que nos ha cobijado a todas desde que el mundo es mundo.

Claro que hay hombres cuidadores, hay muchos y tienen todo mi respeto. Pero casi siempre (y están empezando a desaparecer las cuatro letras del casi) somos nosotras.

Fuimos todas. Porque somos nosotras. Porque siempre hemos sido nosotras. Fuimos todas. Porque somos un somos y un fuimos y un seremos todas. Fuimos todas.

Amar y beber

Pixabay

Es que amar es sufrir, querer es gozar. Dice el canto del poeta.

Pero yo estoy convencida de que entre amar y querer, el beber es indispensable.

Seamos honestos, compañeros, aventuras eróticas-etílicas con sus respectivos tintes de romanticismo y drama hemos tenido todas y todos. O casi. Ay de quienes no puedan preciarse de haber transitado por estas agridulces y resacosas experiencias: no han vivido.

Antes de que los asépticos sobrios o, peor aún, los corrigeplanas compulsivos de la red nos juzguen a quienes nos hemos aventurado en semejantes andanzas, debo decir en nuestro descargo que la  culpa es de las hormonas: endorfinas, oxitocina, mezcalina (¿esa no es hormona?) y otros neurotransmisores que provocan un efecto analgésico, una sensación de bienestar que hace que una sienta como si sintiera, bese como si besara y diga sí como si quisiera decir sí.

Tan parecido al amor pues.

Y si el que ama no puede pensar, el que bebe menos. Y todo lo damos, todo lo damos.

Ocurre que el cerebro se confunde, ese desconocido que controla nuestra existencia recibe la señal de endorfinas liberándose y no sabe si está entrando en un proceso embriaguez o de enamoramiento.

El cerebro, ese cabrón. Y el alcohol, ese culero. Puestos a destruir ese par pueden aniquilarnos.

La cosa es que mi atontado cerebro y el alcohol me proporcionaron un par de historias que quiero contarles: conocí al señor Q en un breve curso de simbología hace algunos años, no me interesaba especialmente pero él sí ponía mucho interés en mí; pasaron las semanas hasta que una pantanosa noche en una pantanosa fiesta, coincidimos. Se empeñó durante horas lanzando su artillería pesada contra mí pero el verdadero knock –out vino luego del cuarto mojito (hasta donde recuerdo). Hagamos aquí una decentísima elipsis y situémonos en la mañana siguiente. El oprobioso momento en que una se pregunta, ¡¿qué hice?! … superamos como pudimos esos incómodos minutos bajo la luz del día buscando nuestros respectivos jeans, le ofrecí un vaso de agua y le pedí, amablemente, que se fuera de mi casa. Pero el señor Q, víctima de al menos una docena de mojitos, recuerdo que bebía al doble de velocidad que yo, creyó que estaba enamorado.

Oh, no, señor Q.

Mensajes no, querido; llamadas, menos; flores, jamás; libros, bueno; y chocolates también. Pero yo no tenía el menor interés. Lo comprendió luego de insistir durante algunas semanas en que le devolví todos sus obsequios pero me quedé con los libros (cómo esperar otra cosa de esta lectora carroñera) y a cambio le regalé otros. Y me prometí que nunca más. Grabé a fuego esta promesa en mi interior: no lo vuelvo a hacer.

Pero lo volví a hacer. El apuesto L se me apareció una deslumbrante noche en medio de una deslumbrante fiesta. Tres mezcales: esta vez, me dije, no tomaré más de tres. Suficientes para sentirme flechada hasta la pulpa de la osamenta.

L y yo hablamos de alcohol y literatura honrando a Bukowski, Hemingway, Óscar Wilde y Chavela Vargas. Es decir que fuimos un par de idiotas llenos de lugares comunes pero sintiéndonos únicos y brillantes.

Volvamos a la elipsis, porque ahora es cuando viene la lección. (Ja)

A la mañana siguiente me levanté feliz. Me bañé, preparé café y puse a tostar pan fantaseando eufórica con los planes para mi futura vida con L que cuando despertó apenas me miró, dio dos tragos al café y se enfundó en los jeans como pudo. Yo hice lo propio y es que éramos nosotros mismos pero la luz ya era otra… es que amaneció sin querer, como canta el malagueño Toni Zenet, otro santo patrono de las decepciones etílicas.

Esperé un par de días a que sonara el teléfono, ya saben, por si tal vez se había sentido intimidado en mi casa y lo que necesitaba era tiempo. Oh, no, señora Alma. No.

Ni mensajes, ni llamadas, ni flores, mucho menos libros o chocolates. Lo di por perdido.

Me dolió poquito pero sentí que con L compensaba el daño causado a Q y me sentí en paz con el universo volviendo a los sabios versos de José José: hay que ver cómo es el amor, que vuelve a quien lo toma, sobre todo a quien lo toma derecho.

Y es que el alcohol amansa egos como el mejor domador de fieras y permite que sucedan las historias que luego podemos contarnos (o no).  Eso, al menos para mí, siempre será un saldo a favor.

Y como dijo Bukowski:

Creo que necesito un trago.

Casi todos lo necesitan,

solo que no lo saben.

*(Pasen a dejar su aportación, pueden ver el video y luego hacer clic en la liga abajo para ver cómo funciona)