La casa sola, un cuento de Raúl Arcos

Era capaz de leer el silencio acumulado y los olores sin nadie en la casa.

Después de nueve años de limpiarla cada martes, era capaz de leer el silencio acumulado y los olores sin nadie de la casa.

Como en otras ocasiones, se trataría de la ausencia por algún viaje. Era bueno estar sola, ir de habitación en habitación, poniendo orden, recorriendo con la aspiradora cada uno de los espacios sin tener que pedir permiso para entrar. Y en un día como hoy, ayudaba poder sostenerse del trabajo, de los pasos que ella había ido fijando en su rutina.

Mover sillas, empujar un sofá hacia el rincón y, esta vez, levantar el tapete y descubrir todo ese polvo escondido. No pensar en sus problemas.

Hace dos meses que descubrió los mensajes de su marido con otra mujer; planes para encuentros futuros, promesas de amor. Y luego, la confrontación. Escucharlo enredarse en respuestas vagas, en una trama que él no era capaz de manejar. Recordaba la escena y volvía a experimentar esa mezcla furiosa de sentirse traicionada y de verlo desdibujándose en su propia cobardía.

Dos meses ahogada por una ira que volvía a encenderse cada noche, al regresar a casa. Lo veía siempre callado, evasivo.

Y luego la mañana de hoy.

Estar sentada a su lado escuchando su respiración mientras el médico hablaba del diagnóstico. Los siguientes pasos, los análisis preoperatorios, los formularios que él debería entregar para confirmar la fecha de hospitalización. 

Trabajar. Le sienta bien agotarse.

Limpiar el baño y la cocina, barrer y trapear. La rutina y los sonidos del trabajo. Y no la voz del médico hablando del cáncer en la próstata y de ese tejido compacto con forma de cebolla y de la quimioterapia y de riesgos y de la tasa de mortalidad. Y ella, sin voltear a ver a su marido, adivinándolo como un cuerpo que a cada palabra se torna más blando, que se encorva, que termina hundido en una silla.

Nadie en casa. El agotamiento. La otra mujer. El cáncer extendiéndose en capas, arriba del escroto.

De pronto tiene la impresión de que el trabajo se alarga por las habitaciones sin nadie. Un cansancio que se arrastra, enorme animal gris trepándose sobre ella.

Camina hacia el refrigerador, lo abre y comprueba que él tuvo el cuidado de vaciarlo antes de salir de viaje. Jala una silla y se deja caer en ella. Desde ahí, observa el interior. Unas cuantas botellas, un queso. Casi nada. Abajo, en el fondo, un bulbo rojizo. Sólo una pequeña cebolla morada que ya empieza pudrirse.

Tiranía

Decir no. No voy. No quiero. No puedo. No tengo ganas. No dar explicaciones.

Imagen: Alberto Alcocer @beco.mx

Qué ganas tengo, a veces, de gritarles a todos que me dejen en paz.

De apagar el teléfono, de desconectar el timbre, de decir no a cada invitación para fiestas y reuniones y más reuniones y más reuniones. Predecibles casi todas, frívolas, cumplidoras, asfixiantes.

Qué ganas tengo, a veces, de pedirle perdón a mi bestia, a mi ser natural que llevo a rastras colgado de mi ser social a lugares donde no quiere estar. Donde yo tampoco quiero estar, pero hay que estar. ¿Para qué?

Qué ganas tengo de pedirle perdón a ese animal que me habita y al que obligo a salir a la calle humillándolo y cortándole la melena, las uñas; obligándolo a comprar regalos, a decir por favor y gracias, a ensordecer para sí mismo porque hay que escuchar el ruido de los otros, obligándolo a aceptar invitaciones a desayunos vacíos con amigos vacíos que no quieren verte sino cumplir su cuota del propósito de año nuevo “ver más a mis amigos”.

Qué tristeza siento cuando veo a mi bestia convertida en esto. Zapatos impecables, dientes cepillados, bien peinada, sonrisa puesta para acompañar a quien frente a ti no levanta la mirada de su teléfono y eso que te extrañaba y moría por verte.

Hemos inventado un horario laboral para atender a los demás. Todo para los demás, pero sin profundidad.

Es que mi animal come silencio. Y es tan escaso, tan difícil de conseguir. Se le está cayendo el pelo y se está poniendo flaco, con la mirada opaca. Me rompe el corazón.

Bestia drenada. Tierra quemada. Raíz reseca.

Necesito soledad. Y silencio. Dejar al mundo en paz, dejar de opinar, dejar de sentir que la entelequia de las redes sociales necesita mi opinión, mi respuesta, mi like, mi juicio burdo e inmediato.

Que me dejen en paz. Necesito escribir desde ahí, donde no cabe la compañía, hacer el viaje secreto a ese lugar donde solo se puede ir sola.

Vivir para los demás es un trabajo agotador y mal pagado.

Tengo que parar, me digo.

Un movimiento lento, una garra que se estira, un felino que se despereza. Un rumor que nace, un rugido implacable que quiere decir no.

Decir no. No voy. No quiero. No puedo. No tengo ganas. No dar explicaciones. No opinar compulsivamente.

Recuperar el derecho al silencio, al secreto, a la soledad. Acaso sea el único cabal propósito para este año.

Decir no para recuperar el sí que estoy perdiendo.

Qué pasaría

Yo pertenezco a ese sexo, al que debe callarse, al que todos acallan.

Yo pertenezco a ese sexo, al que debe callarse, al que todos acallan. Y que debe tomárselo con cortesía, una vez más, jugar a mantener un perfil bajo, a riesgo de que te borren del mapa. Eso dice Virginie Despentes en su libro Teoría King Kong.

Despentes se pregunta qué pasaría si todo fuera al revés, me lo pregunto yo también.

Empezamos el año con la discusión acalorada sobre un muchacho que decidió ponerse miel en el pene para cicatrizar una lesión. Pobre pendejo, cómo se atreve, por eso luego se burlan de los hombres, por ignorantes, por andar haciendo esas cosas sin ningún fundamento médico o científico. ¿Qué pensará?, ¿que si se pone miel en el pito va a tener orgamos más dulces o que va a engendrar hijos felices? Lo digo por su bien, pobres hombres, que alguien les enseñe a pensar y no arruinarse así el cuerpo, estamos en pleno 2020. O si van a hacer esas pendejadas que no las publiquen, que se lo guarden. Que se callen.

O para retomar escándalos recientes, qué tal la historia del tipo casado con la directora de esa empresa gigante; o sea, sí estuvo mal que lo matara —si es que ella lo mató— pero él la eligió, ¿no?  Si después de que tu esposa te pega con un bate en la cabeza y te abre la cara con un bisturí, tú vuelves con ella es porque eres un pendejo o, porque como dijo el Ministerio Público, tú también dudas de que en realidad te quiera matar. Quizá sólo quería darle una lección y por algo sería, las cosas en pareja son complicadas y siempre son de dos, algo hizo él que la provocó, no creo que el tipo fuera un duraznito en almibar. Por cierto, no se ha comprobado que ella fue la que lo mató cuando la liberaron de los cargos por la primera acusación, ¿eh? Si van a hacer comentarios, que sean basados en lo que la ley decida.

Guarden sus heridas, señoras, porque podrían molestar al torturador. Hay que ser una víctima digna. Es decir, que se sepa callar. La palabra les ha sido siempre confiscada. Peligrosa. Ya lo hemos entendido.

O cuando hacen lo que siempre hacen: seducir con sus barbas bien rasuradas y sus lociones llamativas y sus pantalones ajustados y sus brazos descubiertos usando camisas de manga corta para mostrar los bíceps y los vellos y atraer a las mujeres. Pero cuando por fin las atraen, se hacen los acosados. Les encanta pasar por víctimas cuando bien que querían. Como ese que supuestamente estaba desaparecido pero andaba de copas en un bar a altas horas de la madrugada y, para colmo, acompañado por una mujer. ¿Qué tienen que andar haciendo a esas horas los hombres en la calle?, ¿por qué van a un bar si ya saben lo que puede pasar? Me acuerdo también de aquél otro que ya hasta estaba casado o comprometido y se largó de madrugada con sus amigos y se voló la cabeza en un accidente, ¿qué tenía que andar haciendo un hombre divirtiéndose en la noche si ya estaba comprometido? A la mejor fue su castigo por andar en malos pasos.

O los escritores que se quejan porque las directoras editoriales les hacen propuestas sexuales para publicarlas o los actores que se indignan porque las directoras les piden coger con ellas o los alumnos —ya con mayoría de edad, que señalan a sus profesoras. ¿No se cansan de ser unos llorones? Yo me sentiría halagada, la verdad, de que alguien con poder te elija, pero no se enteran. Luego por eso los dejan, por dramáticos. O porque se ponen panzones, echan unas panzotas horribles, se llenan de arrugas y, ¡argh!, se ponen calvos.

Que en México violan diario a 50 hombres. Que en México cada día 9 hombres son asesinados por sus parejas. Que en México los hombres ganan 30% menos de salario que las mujeres realizando el mismo trabajo. Que en México el 60% de las madres abandonan a sus hijos y los padres tienen que criarlos solos. Que en el mundo sólo 10 de 193 países son gobernados por hombres, el resto lo tienen tomado las mujeres.

Bueno… la cantaleta es infinita. Pues todo eso será por algo.

Si los hombres quieren cambiar sus condiciones haciendo marchas o destrozos, están equivocados. Su violencia sólo generará más violencia. No digo que no tengan derecho a construirse un mundo mejor pero, por favor, que dejen de estar enojados.

Somos nosotras las que debemos sentirnos responsables. De lo que nos sucede, de negarnos a morir, de querer vivir para contarlo. De abrir la boca (…)

Tienes que sentirte culpable de lo que te sucede.

Oscuras y divergentes

Imagen: Pixabay

Las mujeres matan menos, es verdad. Pero no sería aventurado decir que matan mejor.

Todos los registros de criminalística coinciden: cuando una mujer se convierte en asesina serial, lo hace con mayor desapego y limpieza, tiene la paciencia de esperar por años para cometer el siguiente asesinato y descubrirlas toma el doble de tiempo que lleva descubrir a un asesino. 

Vale la pena revisar el libro —ya empiezo con mi tiroteo de títulos, “Murder Most Rare. The Female Serial Killer” de Kelleher y Kelleher. Ahí se analizan varios casos no concluyentes pero sí muy ilustrativos. Perdonen el mal gusto del último adjetivo en tremendo contexto pero es que una es así, maleducada.

Será porque el mero hecho de ser mujer constituye una coartada social inmejorable: se piensa que las mujeres somos por naturaleza personas que cuidan y protegen. No que asesinan; menos en serie y con método, con frialdad y por objetivos puntuales. 

O será que cuando no queremos ver un fenómeno, no lo vemos. 

Sé que voy a entrar a un tema oscuro, pero fascinante.

Crecí en un internado rodeada de cientos de niñas. Mis primeras experiencias sociales se construyeron con ellas. Padecí, en carne propia, la sofisticada crueldad de la que somos capaces las mujeres desde pequeñas. Es una verdad que está ahí aunque sea de lo más incómoda.

A pesar de todo, en el terreno de la realidad podemos decir que sobre el tema hay pocos estudios porque se considera que la incidencia de mujeres asesinas es mínima y porque una mirada patriarcal también pasa por desestimar la capacidad destructiva de las mujeres. Vaya ironía.

Pero en el terreno de la ficción y la literatura, bendito remanso, la historia es otra. Hace un par de noches leí Sharp Objects (Heridas abiertas en español) de la escritora Gillian Flynn, la misma autora de la exitosa Gone Girl (Perdida); ambas en editorial Random House. 

Leí Sharp Objects luego de haber visto la serie en HBO. Es absolutamente sobrecogedora. La mirada humana con la que poco a poco Flynn va desentrañando a los personajes provoca un desasosiego que no se va nunca. Intentaré resumir la trama sin revelar las claves: una reportera alcohólica que se autolesiona porque no superó nunca la muerte de su hermana pequeña, tiene que regresar a su pueblo natal para cubrir la noticia de la desaparición de un par de niñas; ello la obliga a convivir con su insoportable madre y también con su nueva media hermana, una adolescente manipuladora. Lo que se teje entre esas tres mujeres es de una profundidad, oscuridad y sutileza apasionantes. 

A Gillian Flynn se le acusa de misógina, era de esperarse con los tiempos que corren. Pero todo lo contrario: me parece que Flynn escribe sobre mujeres imperfectas que no necesitan redimirse, igual que tantos personajes masculinos que han llenado incontables páginas de la literatura, existen y punto. Son mujeres que —cuánto lo celebro—no se ciñen al estereotipo de la buena acompañante, no son la fiel esposa que apoya a su genial marido ni el florero que adorna una historia con su hermosa presencia; son auténticos personajes protagónicos, extraños, activamente detonadores de la retorcida historia.

Flynn me recuerda a la maravillosa Patricia Highsmith. La mirada que pudo echar sobre la sombra humana. Su obsesión con las pulsiones violentas, como alguna vez dijo, quizá nació de su determinación a sublimar para no convertirse ella misma en asesina porque tenía suficientes inquietudes para llegar a serlo. Gracias a esa obsesión, nos ha dejado una de las obras literarias más complejas y brillantes del siglo pasado. Amén de Mr. Ripley y toda la saga de ese logrado impostor, los personajes femeninos de los Pequeños cuentos misóginos (recuerdo especialmente “La prostituta autorizada o la esposa”) y Edith de El diario de Edith son de una realidad psicológica contundente.

Volviendo a la nunca aburrida realidad, el caso de Marybeth Tinning (Duanensburg, Nueva York), diagnosticada con Síndrome de Munchausen por poderes, empieza cuando la mujer pierde a su tercer hijo recién nacido. El nivel de atención que recibió se volvió adictivo para su psique y a partir de ese momento fue provocando muertes para revivir la experiencia de ser el centro de atención. Así engendró y asfixió uno por uno a sus hijos hasta llegar a ocho. Por increíble que parezca, la policía se tardó en sospechar pero finalmente lo hizo luego de tantos niños muertos. La propia Marybeth Tinning, cuando se vio acorralada, confesó que había matado a sus pequeños para vivir ese paraíso de mimos y cuidados que compulsivamente deseaba.

El caso de Marybeth no es único. Madres que provocan el malestar en sus hijos para sacrificarse cuidándolos hasta matarlos y luego recibir reconocimiento por la pérdida, se han documentado en distintos países y tiempos.

Hay un prototipo de asesina serial que llamamos “La viuda negra”; uno de los primeros casos, o quizá el primero conocido, es descojonante: Belle Gunnes, una chica noruega que llegó a EEUU a finales del siglo XIX para probar fortuna, se casó dos veces pero los dos maridos —mira tú— murieron justo en el plazo que le permitía a ella cobrar el seguro de vida; luego de esos primeros incautos descubrió un método infalible: apelar a la soledad de los forever alone que no son cosa de ahora. Belle ponía un anuncio en el periódico que decía así: Viuda joven, rica y atractiva busca caballero para una relación seria. 

O sea, el Tinder de la época. Y le llovían los necesitados, cómo no. Para aceptarlos como pretendientes les pedía que depositaran unos dólares a modo de entrada, no fuera a ser que quisieran aprovecharse de ella y su riqueza. Así amasó una fotuna interesante, compró una granja y vivió sus buenos años de bonanza. Cuando supo que la habían descubierto incendió ella misma su terreno y se inmoló en el incendio. La policía encontró los cuerpos de 28 personas (hombres en su mayoría pero también una mujer decapitada y niños) que la buena de Belle había enterrado en la granja próspera y llena de flores por su tierra fértil bien abonada con cristianos en su punto.

Quizá el caso real más escalofriante que puedo pensar es el de la Condesa de Báthory que allá del 1600 descubrió que la sangre humana sobre la piel era el mejor tratamiento de belleza e ideó la manera de desangrar a niñas y doncellas colgándolas en una jaula para colocarse debajo y recibir el baño rojo que la mantendría lozana y radiante. Alejandra Pizarnik escribió La condesa sangrienta a propósito de esta mujer que se considera inspiración de Bram Stoker para la creación del mismísimo Drácula. Hay registros históricos de que la Condesa de Báthory asesinó a más de seiscientas niñas y mujeres. Sí, leyeron bien, más de seiscientas.

¿No es peligrosa la ironía? A las mujeres asesinas las cubre un prejuicio social que les permite actuar: la certeza de que no son capaces de hacerlo.

Si en el prólogo de Frankenstein, Mary Shelley cuenta las dificultades para que le creyeran que la obra era suya y no plagio pues no daban crédito al hecho de que una jovencita desarrollara una idea tan horrorosa. 

En fin, esa resistencia a aceptar que las mujeres también podemos ser astronautas, futbolistas… o asesinas seriales. Hay cosas que no cambian.

Con el deseo de que duerman tranquilos, me despido. Y cierro con este verso de Sylvia Plath: 

Me aterroriza esta cosa oscura 

que duerme en mí; 

siento todo el día sus giros suaves y ligeros, 

su maldad.

*Texto originalmente publicado en el suplemento El Cultural del diario La Razón

Apegos dulces y feroces


Alberto Alcocer / @beco.mx

“Mi dolor es tan grande que no me atrevo a sentirlo” dice una demoledora línea en la novela Apegos feroces de Vivian Gornick (Sexto Piso, 2019).

La frase la dice la madre de la autora y protagonista del relato, cuando se refiere a la muerte del marido ocurrida décadas atrás.

Lo terrible, pienso yo, es que quien no se atreve a sentir el dolor con toda intensidad tampoco se atreve a sentir el amor o el gozo con plenitud, ni ninguna otra de las emociones de la experiencia humana.

El dilema de Vivian Gornick es el dilema esencial de la psique humana: ¿con qué parte de la identidad de nuestros padres elegimos conectarnos? ¿por qué repetimos patrones de relación o incluso destinos trágicos con una ceguera escalofriante?

Hay un sistema familiar detrás de cada una de nuestras decisiones, un sistema tan poderoso y avasallador que se nos puede ir la vida sin ser capaces de mirar el tiroteo que nuestra familia ha ejecutado delante de nosotros. A veces tampoco podemos ver el manto amoroso con el que nos cubren.

Ser humano es complicado, vincularse y desarrollar una identidad al interior de una familia es delicadísimo.

Vivian tiene una madre rígida, contenida en lo referente a su feminidad y sus emociones, seria, pero responsable y cuidadora, una Hera: esposa ejemplar, mujer intachable. En el panorama de Vivian aparece una vecina que representa otro modelo de mujer, una que podríamos llamar Venus: seductora, deseosa de relacionarse con los hombres y medir el poder de su sensualidad; bella, débil, gozosa, carnal.

La pequeña Vivian intuye que esas mujeres, su madre y la vecina Nettie, le están mostrando dos caminos opuestos a elegir; ser la viuda intachable que no vuelve a permitir en su vida la cercanía de un hombre, o ser la mujer sensual que explora la compañía masculina.

Inevitablemente, leer a Vivian Gornick me hizo pensar en las mujeres que fue mi madre. Crecí escuchando la admiración que sentían por mi madre quienes la rodeaban: una mujer sola que se hacía cargo de ocho hijos y los tenía bien educados (más o menos, digo yo, por bien educados entendamos que podíamos decir “por favor” o “gracias” y que pedíamos permiso antes de entrar a una habitación; nada espectacular). Una mujer, en fin, con características del modelo de la madre de Vivian.

Pero, aquí viene el precioso nudo que pude desentrañar luego de leer la novela: mi madre también era la otra mujer, una Venus seductora y capaz de enamorarse, de portarse mal, de disfrutar.

Hará cosa de un par de semanas que vino a quedarse a mi casa. Mi madre con sus 73 años y sus vivencias a cuestas, con sus carcajadas, con sus historias.

Acurrucada en un sillón contó que cuando tenía siete años, su madre (mi abuela), la mandaba a robar mezcal sorbiendo con la manguera del alambique para luego verter el líquido en una botella que mi abuela vendía y así conseguir dinero para las cosas que necesitaban y que se procuraban a escondidas del esposo de mi abuela, un viejito cabrón que fue padrastro de mi madre y que las tenía a pan y agua en un remoto pueblo michoacano.

Lo platicó divertida con la travesura, enternecida por haber sido cómplice de mi abuela.

Al padre de mi madre lo mataron a tiros cuando ella era una bebé de meses. Luego esa bebé creció y la vida le deparó incontables pérdidas: el asesinato de su hermano, la muerte de un hijo, el doloroso accidente de una hija, una brutal separación de mi padre.

Luego la vida fue componiéndose poco a poco y mi madre eligió apegarse a la esperanza. Tremenda elección. Lo escribo y tiemblo, soy consciente del invaluable regalo que vino para mí con la decisión vital de mi madre.

El frío arreció en el sillón junto a la ventana de mi casa, le ofrecí una cobija, se aferró a su taza humeante de té jazmín. Entonces habló de cuando se robaba un puñito de dulces envueltos en papel celofán y los escondía en sus calzones porque no tenía más. Era una niña. No se justifica, no se compadece, se ríe, elige el apego dulce.

Sé, sin embargo, que la tragedia de su vida vino cuando se incendió de dolor con el accidente de mi hermana y sus quemaduras de tercer grado. Una parte del corazón de mi madre también se fundió en ese accidente, aún así la otra parte empujó con vitalidad de bestia indomable.

Hoy es 20 de diciembre, hace tres años que vi por primera y última vez a mi padre, murió poco después. Ese día mi madre me hizo un regalo, me acompañó a visitarlo. Estuvo presente y así me dio una visión, una imagen: pude mirarlos juntos y entender de dónde vengo, atisbar el origen de mis apegos dulces y feroces.

Integración, se llama el milagro que ocurre cuando reunimos nuestros pedazos de identidad. O así dicen en psicología. Quién sabe. Lo que sí sé es que ese día supe que mi madre no me ponía ante la disyuntiva de los dos caminos sino que me daba permiso de transitarlos ambos a mi antojo.

Mi madre se ha atrevido a sentirlo todo, ha viajado conmigo al infierno y me ha llevado de la mano a incontables paraísos. Con los años se ha convertido en narradora de la dulzura, siempre elige recrear los mejores pasajes: cuando se enamoró de don Rogelio, cuando probó por primera vez los merengues, cuando por fin la sacaron del colegio de monjas maltratadoras y pudo respirar libremente.

A veces, negarse a sentir el dolor, es negarse también a sentir la plenitud del gozo.

Voy por un dulce a la cocina que, por Fortuna, tengo permiso para disfrutar.

@AlmaDeliaMC

Desvida

Alberto Alcocer / @beco.mx

Un hilo largo y dorado me atraviesa cuando pienso en aquellos días.

Supongo que es el hilo de la nostalgia.

Ella era una party girl. Yo una sensata, controlada y siempre contenida chica que había aprendido muy bien la sentencia de no cometas el error de tu vida, no dejes la universidad, no te embaraces, no la cagues.

Teníamos veintiún años y una juventud insoportable.

Vivíamos juntas y compartíamos el alquiler, los libros, la caja de galletas y el litro de leche que constituía nuestro alimento diario con una alegría que sé que nunca volveré a vivir en medio de la escasez, porque entonces la escasez estaba llena de posibilidades. No como ahora que ya cumplí los cuarenta y además de sensata, soy una adulta sin retorno refugiada en la trinchera de la clase media con seguro de gastos médicos y todos los demás accesorios del paquete.

Desde luego ella se divirtió más que yo, y aunque nuestro mundo era el mismo, también era esencialmente distinto. Por cada tímido intento amoroso y siempre cocinado a fuego lento que yo emprendía, ella contaba dos o hasta cuatro a la vez.

Se le humectaban los ojos, la piel se le ponía aceitada, se le esponjaba el pelo y no he vuelto a ver esa sonrisa de conquistadora y amorosa empedernida en ninguna chica.

Esos eran los signos que reconocía en ella cuando la veía entrar radiante a nuestro minúsculo departamento mientras yo llevaba tres horas entumecida en el sillón leyendo “1984” de Orwell o “La condición humana” de Malraux tratando de entender frases que me resultaban crípticas pero que anhelaba formaran parte de mí para tener un pensamiento contestatario, complejo y escurridizo que los demás admiraran. –Aquí me río de mí misma con un poquito de ternura y no tan poquito de vergüenza, sólo diré en mi descargo que la juventud es la droga más idiotizante de cuantas existen.

Ella también leía a Orwell y a Malraux pero lo hacía entre los brazos de algún enamorado que le habría recitado el mismísimo Capital completo y sin trastabillar sólo para pasar las horas a su lado.

Se divirtió más que yo.

Y mientras sus historias prosperaban y sus amores se desgranaban atravesando a velocidades inauditas todos los ciclos de la pareja: elección, fusión, escisión, desencanto, separación, mini duelo y vuelta a empezar; los míos eran sólo intentos, asignaturas pendientes, coqueteos nunca concluidos.

Me topé con uno de esos intentos en el metro hace poco, lo vi en el otro extremo del vagón leyendo con una concentración monacal que sólo alteraba para empujar la montura de sus lentes de vez en cuando. Reconocí su rostro, no ha cambiado demasiado.

Me hubiera gustado acercarme, saludarlo, preguntarle si tiene hijos, a qué se dedica y hablar de aquel tiempo simplemente para levantar una fogata en torno a la nostalgia y sentir ese fuego agradable y cálido del pasado. Me hubiera gustado preguntarle si, por casualidad, sabía algo de ella.

Pero sigo siendo la chica sensata, no la party girl.

Bajé antes que él y caminé por el andén sintiendo que me sacudía por dentro. No tenía que ver con él en absoluto, ni siquiera me gustaba tanto y escribía unas notas de amor que daban urticaria de tan mal redactadas.

No, no temblaba por él.

Me sacudió el ramalazo de eso que de unos años para acá empiezo a llamar Desvida en honor al cuento Deshoras de Cortázar y que tan magistralmente resume las posibilidades nonatas de la existencia.

Desvida. Aquello que ya no viví, todas las incógnitas no despejadas.

Me gusta mi vida hoy, sostengo mis elecciones actuales bajo fuego. No cambio nada. Pero no dejo de preguntarme qué será de ella y qué sería de mí si hubiera sido una chica un poco menos sensata.

@AlmaDeliaMC

Risa fingida, un texto de Brenda Suárez

Imagen tomada de Pixabay

José Luis invariablemente llegaba tarde. Sabía que ser el nuevo y tener tantos retardos no se veía bien. Sus compañeros ya comenzaban a cuchichear entre ellos y lanzar indirectas sobre sus privilegios, pues no solo eran los retrasos sino que se tomaba al menos media hora más para comer.

También comentaban sobre su comportamiento peculiar y anti social. Salía a comer solo, nunca participaba en los pasteles de cumpleaños ni en los viernes de tacos, mucho menos en las chelas después del trabajo. Apenas sonreía y cuando lo hacía se notaba que le demandaba un tremendo esfuerzo, parecía muñeco de ventrílocuo. No se quejaba. Ni una sola vez se le había visto enojado, ni cuando anunciaron la suspensión de los vales de despensa. La recepcionista decía que era gay; Lupita la que vendía dulces y presumía de sus conocimientos médicos, aseguraba que sufría algún síndrome de esos rarísimos; para Chucho, el del archivo, solo quería llamar la atención.

                José Luis era incapaz de sentir y  por lo tanto de expresar emociones. No era una enfermedad o síndrome. Simplemente era así. Aunque su condición no le molestaba y su esposa estaba acostumbrada, sabía que le impedía socializar y eso de vez en cuando es necesario. Por ello decidió probar una nueva terapia conductual que incluía una serie de ejercicios rigurosos que debía realizar sin falta mañana y noche. Estos consistían en imitar distintas expresiones de alegría, tristeza, sorpresa, molestia y otras con ayuda de un tutorial; masajear los músculos de la cara y el cráneo; estimular el sistema límbico con videos de gatitos tiernos, escenas cursis de películas, noticias catastróficas, repeticiones de partidos de futbol cardiacos, entre otros. Además llevaba consigo unas ampolletas de lágrimas artificiales por si alguna desgracia se le atravesaba. Los ejercicios lo dejaban exhausto. Se quedaba dormido por las mañanas y al medio día necesitaba tomarse un tiempo para sentarse en la banca de un parque a no sentir sin que nadie lo molestara.

                Un día su esposa tuvo un altercado en el metro, un asaltante intentó quitarle su bolsa y al forcejar cayeron ambos a las vías. Cuando le comunicaron la noticia, José Luis no tuvo reacción alguna. Con la misma frialdad de un médico notificó a su jefe que tenía que ir a reconocer los restos del cuerpo de su esposa. El chisme se dispersó a velocidad Godínez, y más por morbo que por empatía, algunos voluntarios se ofrecieron a llevarle una corona de flores, no sin antes buscar los videos de las cámaras de seguridad del metro que ya circulaban en las redes sociales.

                Cuando llegaron a la funeraria, José Luis no mostraba rastro de consternación o tristeza. La gente susurraba que era inhumano, ¡cómo era posible que no hubiera emitido ni siquiera un leve sollozo! Harto de los rumores quiso aplicarse las lágrimas pero no las encontró. Salió diciendo que necesitaba despejarse, se acercó al primer puesto de tacos que encontró y pidió un trozo de cebolla, el taquero solo tenía de la morada en escabeche. Se untó en los ojos un poco del vinagre para provocarse el llanto, no lo consiguió. Probó con limón, salsa verde y roja, rábanos y hasta chile habanero, nada funcionó: los ojos estaban irritadísimos, pero ni una lágrima.

Derrotado regresó a la funeraria oculto tras sus gafas oscuras. Se acercó al féretro y recordó a su esposa. Solo ella lo aceptaba como era. Entonces cayó en la cuenta de la suerte que tenía, cualquier otro estaría devastado, soltando maldiciones, llorando ridículamente u ocultando la tristeza con alcohol. Así que esto de no sentir, en realidad es una ventaja, pensó, y le pareció la idea más graciosa.

Soltó casi sin querer una risa tenue, se sorprendió de ello y esto le provocó una segunda risa, esta vez más fuerte  lo que dio paso a una estruendosa carcajada que distrajo a todos del rezo mortuorio. La gente creyó que tenía un ataque de histeria y que por fin  se estaba desahogando. La risa se volvió algo incontenible y contagió a los asistentes.

Entre una carcajada y otra, José Luis sufrió un infarto fulminante. Cayó muerto entre risas sin llanto. Uno de sus compañeros se acercó para descubrir que tenía la sonrisa de muñeco de ventrílocuo de siempre.

Palabrotas

Foto tomada de Pixabay

Dice la Real Academia de la Lengua Española:

Palabrota: Dicho ofensivo, indecente, grosero.

Grosería: 1) Descortesía, falta de atención y respeto. 2) Tosquedad, falta de finura y primor en el trabajo de manos. 3) Rusticidad, ignorancia.

Digo yo, basada en mi real gana.

Palabrota: palabra muy larga compuesta por muchos caracteres, por ejemplo, desoxirribonucleico o desproporcionadamente.

Grosería: estandarte del territorio libre y catártico de nosotros los prófugos de las absurdas buenas maneras, del eso no se dice, de la tía regañona, del colegio de monjas, de la maestra pellizcona, del papá autoritario, de la madre cabrona. Por ejemplo: pinches, pendejos, culeros todos ellos.

Me preocupa sobremanera, queridos lectores, darme cuenta de que, a estas edades, siendo semejantes adultos con nuestras gónadas plenamente desarrolladas —y en algunos casos en franco declive— sigamos bajo el yugo de comportamientos inducidos a punta de cintarazos, encierros, castigos y silencios distantes. Es que no podemos seguir como niños sufrientes delante del plato de sopa que no queríamos tomarnos, sometidos al insoportable relamido de pelo detrás de las orejas o temblando como gorrioncillos ante la idea del castigo divino. Pos qué es eso, repitan conmigo: soy adulto y si me da mi rechingada gana puedo decir todas las groserías que quiera. Otra vez, con más convicción. Otra, con mala sangre. Eso, muy bien.

Me mata de ternura leer y escuchar expresiones del tipo: “pinqui, cañón, verch, verdolaga”. Se dice pinche, cabrón y verga. Por lo menos en México, estoy consciente de que, bendita diversidad, el tema es vasto en el mundo hispanoparlante y que en Sudamérica o en España tienen sus propias y maravillosas joyas.

Porque si el culo se llama culo por más feo que suene, la verga ídem.

Ya, tranquilos, respiren, sí lo dije. Sí soy yo diciendo todas esas vulgaridades.

¿Que no debería un escritor decir tales barbaridades? Se equivocan. El lenguaje es pasión y poesía pero también herramienta. Estaría muy jodida, en el hoyo y cavando si yo misma me limitara o reprimiera. A ver díganle a un pintor que no use un color determinado porque es de mal gusto o a un bailarín que no haga tal movimiento porque es desagradable.  A que no.

¿Que no dicen groserías porque tienen hijos? Ternuritas, cositas lindas y encantadoras. Permítanme que los espabile y los pervierta un poco: sus hijos se saben más palabrotas de las que podríamos imaginar. Y todas son más soeces y perturbadoras de lo que nosotros “los adultos” concebimos.

Un buen día me puse a jugar con mi sobrina de dieciséis años a decir groserías en orden alfabético. Es que el trayecto era largo y nos dirigíamos, sin muchas ganas, a una reunión familiar.

Madre mía. Me quedé sin aliento la mitad de las veces: cada vez que era su turno. Dijo tantas y tales cosas que pasé tres noches sin poder dormir nomás de acordarme. Le pregunté si sus primos (casi diez años menores que ella) conocían todo ese bagaje científico y me contestó que ellos le habían enseñado gran parte su abundante glosario de términos.

Por supuesto que no les dije nada a mis hermanas, las madres de las criaturitas en cuestión. Soy todo menos una traidora de la hormona adolescente. Una tiene sus lealtades muy definidas.

En varias de mis columnas me han escrito varias veces reprendiéndome por decir malas palabras. Sé que hay quienes no lo toleran, ya han dejado comentarios vaticinándome una vida terrible por ser tan grosera pero hoy estoy muy pinche insoportable y una vez más les diré que se equivocan: la vida no tiene prejuicios, ni si quiera con las palabras.

Es más, casi me atrevo a concluir lo contrario: desobedecer es bueno. No hay mito fundacional que no pase por la historia de algún desobediente que le pintó huevos y mandó a chingar a su madre a los dioses, al destino y, desde luego, a los buenos modales. Por algo será.

@AlmaDeliaMC

Conjuro: respira, renuncia, revienta

Alberto Alcocer / @beco.mx

Conocí a Vanessa cuando ella tenía cuatro años. Era mi vecina, cuando ocurrió lo que voy a contar, ella ya había cumplido once. Desde el primer día la bauticé la Bigotes y es que tiene unos bigotes memorables. Estaba sentadita en las escaleras del edificio llorando con estertores, mocos y todo. Le pregunté qué le pasaba y me contó que su hermana mayor nunca quería jugar con ella. Le ofrecí un dulce y de inmediato le brillaron los ojos, levantó la cara marcada con surcos espesos de lágrimas y me acompañó a mi departamento. Ese día nos hicimos amigas.

Pero nuestro pacto de amistad quedó realmente sellado la tarde que se me cayeron las llaves del auto, ya las daba por perdidas cuando sonó mi timbre y la vi por la mirilla parada de puntitas con mis llaves en la mano y su carita de mejillas redondas resplandeciente.

Desde entonces y durante algunos años sostuvimos un intercambio inalterable cada vez que nos encontrábamos: ella me decía gracias por los dulces y yo le respondía gracias por las llaves. Pero luego todo cambió y cambió para siempre.

Una tarde bajé a tirar la basura a los contenedores generales y a mi regreso la encontré llorando, esta vez silenciosamente, sentada en un columpio de las áreas comunes. Con actitud de encontradiza me senté en el columpio junto a ella. No era la misma chiquita que había conocido siete años antes: ahora era una niña con sobrepeso y esos bigotes en un rostro que está a punto de mutar por la adolescencia, son todo menos motivo de gracia, los ojos brillaban igual —eso sin duda— y la redondez de su carita amable era para desbaratar a una legión de gladiadores entera.

Me atreví a preguntarle por qué lloras. Silencio. Fingí desinterés y empecé a columpiarme como si ella no estuviera ahí.

¿Por qué no estás en tu casa?, me preguntó después de un rato. Porque no quiero, respondí, ¿y tú?

Porque están mis primos, mis tíos y mis papás planeando la fiesta de quince años de mi hermana. Silencio. Y luego un llanto amargo, doloroso. A sus once años.

— ¿Quieres un dulce?

—Ya no como dulces, estoy gorda. Y fea. No me hables.

Me sacudió su respuesta directa y sin concesiones. Me quedé de una pieza, sin saber qué hacer o qué decir. Sintiéndome torpe y triste y con ganas de decirle todo lo que a mí nunca me dijeron.

Quise ser su Hécate, su no bonita, su no arquetipo angelical y bello, hablarle de los poderes mágicos que provienen de lo horrible. Quise repetir el coro de las brujas de Macbeth cantando sólo para ella. Decirle que lo hermoso es feo y lo feo es hermoso.

Hubierla querido hablarle de lo que será realmente importante cuando crezca.

Decirle importarán tus vivos y tus muertos, Vanessa. Tus propias muertes incesantes. Pero lo comprenderás tarde.

Así que alégrate de ser fea. Déjate los kilos, los bigotes y el vello en las piernas. Déjate también el brillo en los ojos, los cachetes de lactante, la dulzura en el rostro. Déjate a la única tú que podrá ponerte a salvo cuando el mundo se rompa bajo de tus pies. Porque se va a romper, y si tienes suerte, varias veces. Igual que se abrirá en mil grietas debajo de los pies de tu hermana alta, esbelta y deseada.

Y rompe, rasga, renace, respira, renuncia, revienta. Porque lo hermoso es feo y lo feo es hermoso.

No importa que no encajes en el canon de belleza: igual te van a destrozar el corazón, igual te vas a enamorar estúpidamente de alguno o alguna que habrá de ignorarte o se quedará dormido cuando tú le digas temblando, después de hacer el amor, cuánto le amas. Y no importará si tienes vientre plano o una panza redonda. No importará si eres talla cero o talla nueve. Será absolutamente irrelevante si llevas el atuendo monocromático más matador de la oficina o no tienes puta idea de cómo combinar unos jeans para verte elegante.

Y reza, ríe, rumora que lo hermoso es feo y lo feo es hermoso.

Y que tus ganas de vivir sean implacables porque el mundo será implacable, eso te lo firmo con sangre.

Porque el paraíso y el infierno pueden vivir en el alma de tu cuerpo o en el cuerpo de tu alma. Te recomiendo que elijas el alma. De cualquier manera te va a llevar la chingada pero será una chingada honda, rica, transformadora; la otra sólo puede agotarte hasta la locura, hasta que tu animal te abandone por cansancio. No dejes nunca que tu animal muera de hambre.

Y repta, rasca, ruge, rumia por lo feo y lo hermoso.

Escucharás a las hadas de la tiranía Flora, Fauna y Primavera decir que te dan los dones de la gracia, la belleza y la bondad. Ignóralas. Y haz exactamente lo que te dé la gana.

Verás cada día de tu vida cientos de imágenes de mujeres irreales, inalcanzables, con cutis de adolescente a los cincuenta años y piernas infinitas, cinturas estrechísimas, ridículas, insanas, famélicas, falsas, anémicas, las más bonitas, depiladas, hidratadas, larguiflacas y digitalretocadas de la pantalla. El espejito-espejito les responderá siempre a ellas que son las más bellas del reino. Y esa será su condena y un día su reino las dejará sin reina. Pero tú no le preguntes al espejo: escúpelo, sacúdelo, estréllalo.

Y hazte natural en la tierra de lo feo, porque es una tierra libre, autónoma, independiente, soberana. Fea como se te antoje, como te toque, como te dé la gana.

Fea con cabellera de raíces grasas y puntas secas, fea de piel con imperfecciones, fea de caderas anchas y nalgas planas, fea con bigotes, fea como bruja fea. Que te llamen bruja de vestido libre, de cuerpo y carnes reales. Bruja eros, mujer viva. Y come, bebe, fuma, besa, lame, devora todo lo que el mundo ponga en tu boca. Cómete al mundo tres veces al día todos los días de tu vida.

Y resuena, repite, regurgita, relame fea tus hermosos bigotes.

Andarás delante de las miradas masculinas sintiendo que son sables, dagas. Pero tú busca un buen amante, uno solo que redima tu cuerpo, que se pierda en tus carnes blandas, húmedas, reales, resbalosas, uno que se encuentre con tu jugo y sepa libarlo. Encuentra un buen amante y habrás salvado tu cuerpo de todos esos juicios aunque lo comprendas tarde, aunque cada tanto regrese el vacío o las inseguridades.

Y rasguña, resuella, revuélcate, roza, retoza, regocíjate con el hombre hermoso y con el hombre feo.

Sentí ganas de llorar delante de mi propia fantasía libre de sometimientos. Por supuesto que no dije nada. Quise abrazarla pero no pude, ella estaba seria, enojada, con la cara enrojecida. Se levantó del columpio de un salto y echó a caminar, unos pasos adelante se detuvo y me miró, le dije gracias por las llaves.

No me dijo gracias por los dulces.

Entré a mi casa, busqué mi ejemplar de tragedias de Shakespeare, empecé a leer Macbeth por enésima vez en mi vida:

Acto I. Escena I. Un lugar desierto. Entran tres brujas.

Y  mis tres brujas dicen: respira, renuncia, revienta.

@AlmaDeliaMC

BUENA CONCIENCIA CRIMINAL, un texto de Jorge Ramírez

Imagen tomada de Pixabay

Horacio sobrevive las oscuras noches acurrucado en el zaguán de la Iglesia del Cristo Redentor. Cuando es tiempo de secas, el cartón en el que duerme mitiga el frío del concreto, pero en tiempo de lluvias es el agotamiento lo único que permite dormir, eso,  y el calor que brinda una botella de alcohol. 

Horacio es un indigente.  Un excluido.  Es la ausencia de color.

Su ropa refleja el sufrimiento en su vida. Su luz interior oscurece su mirar.  La inflamación de sus pómulos ha sido ocasionada por hombres que para él solo tienen el lenguaje de la fuerza y  la humillación. 

Manotea mientras camina las calles discutiendo con el aire.

Es evitado. Es ignorado. Colocado por algunos privilegiados en el escalón donde está vetada la capacidad de amar. En las sombras.  En la obscuridad.

En primavera, disfrazada de pelos, patas y ladridos, la vida lo despertó una mañana. 

Fue cruzar miradas y enlazar destinos; a partir de ese momento, en la vida sin nada de Horacio, se afincó una pequeña perra con ojos de inocencia y estómago tan vacío como el alma de ese hombre.

Las vías de concreto guiaron los desordenados pasos de ambos. El humano sentir de Horacio se desperezó con cada comida compartida, cada noche que ella restregaba el lomo contra su cuerpo en el ritual que precedía al descansar. A lengüetazos, su esencia era rescatada por el animal.

Pero la incipiente alegría de aquel hombre, incomodó a las buenas conciencias vecinas, quienes temiendo por el bienestar de la cachorra le ofrecieron a Horacio comoprársela. 

“¿Qué vida llevaría el aquella perra a su lado?, ¿cómo iba a sobrevivir?”

El desprecio al hombre disfrazado en el interés por el animal.

Humillado al ser considerado un paria sin valor suficiente para cuidar a un perro, Horacio desdeñó la oferta y, seguido de cuatro patas, continuó su camino.  Aquello poco duraría.  A veces la idea de bienestar es un lobo agazapado bajo la oveja, listo para atacar.

Una tarde de verano, mientras Horacio dormía en una banca del parque, una “buena conciencia” sustrajo a la cachorra. Furtiva. Criminal.

No hay forma más certera de matar a un ser humano que robarle la esperanza y dejarle obscuridad. Recién finalizado el sueño, la pesadilla inició.

Con la fuerza de mil voces el lamento de aquel hombre rompió la quietud del parque, haciendo que, conmovidas, las aves huyeran de los árboles propagando el quejido en su canto.  El cuerpo de aquel hombre se quebró. Todo volvió a ser negro para Horacio. 

Cuando no hubo más lágrimas que llorar, las horas de los días solo tuvieron un sentido para él: buscar a su perra como el náufrago busca playa a donde arribar. Con el tiempo se convirtió en peregrino sin retorno. Las calles que alguna vez recorrió añoran sus pasos desordenados y el viento de la colonia ya no tiene con quién quien conversar, olvidó la calidez convirtiéndose en otoño permanente.

El primer día de invierno la conmoción visitó la iglesia del Cristo Redentor. La feligresía era testigo de una transformación en el altar, la figura humana, multicolor, hoy era una escultura de piedra de negro absoluto: túnica, ojos, piel, corazón; en igual negritud, acurrucado a sus pies, un desvalido duerme exhausto, pétreo. En ambos rostros resplandece una lágrima roja de brillo tan intenso que por las noches brinda cobijo a quienes, en el zaguán, se tienden sobre un cartón en la espera de ser abrazados por la obscuridad.