Un viernes con el enemigo

 Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

El café se enfrió y las lágrimas se calentaron en algún lugar del pecho.

El cerebro es una cosa rara, justo dos minutos antes repetía en algún rincón de mis conexiones neuronales el estribillo de una canción a ritmo de son: “Ay, me muero, sin tu veneno, me muero yo” Y eso me llevó a pensar en algo que escuché hará cosa de diez años: las parejas que no pelean, están desahuciadas.

Era viernes, la pelea había sido memorable. Yo dije cosas horribles, deliberadamente hirientes, él respondió dando un puñetazo a la pared. Todos los pleitos de pareja parecen ser la misma historia, con el mismo clímax, y muy probablemente, con el mismo desenlace. Pero eso no lo sabes cuando estás ahí, sintiendo una explosión de furia que te revienta los huesos y te ennegrece el alma.

La batalla se había desatado —perdonen la falta de originalidad— porque su ex mujer me odiaba. Ellos seguían siendo amigos y también amigos de los amigos de un gremio tan extendido como apegado, así que el contacto con mi predecesora era constante y ella no dejaba pasar la más flaca oportunidad de manifestarme su desaprobación o de exhibir su superioridad sobre mí haciendo comentarios públicos para descalificarme.

Me eligió de enemiga y congregó a todo el que quisiera tomar partido por ella, es decir que hizo lo típico. Lo que hacemos todos a los que nos corre sangre por las venas: aferrarnos con uñas y dientes para que el entorno no cambie, para que nuestros vínculos permanezcan inalterables y los de quienes nos rodean también, para proteger con nuestra más pura irracionalidad aquello que amenaza contra el mundo conocido, sobre todo el de la identidad emocional.

Yo (él, ella, ellos) estábamos viviendo una historia infinitamente repetida. El problema, insisto, es que en la biblia no nos dicen qué cabronadas hizo el ex de Eva ni la ex de Adán cuando esos dos recibieron el título de la pareja del momento y ahora todos pensamos que somos los conquistadores originales de cualquier territorio o ser humano al que llegamos. A ver si alguien habla con los editores porque a ese libro —peligrosamente fundante, para colmo— le urgen un montón de ajustes. En fin.

Tras el puñetazo en la pared vino un azotón de puerta y él se fue un par de días. Yo me quedé rumiando mi resentimiento, mis ganas de lastimarlo para devolver la herida de traición que me escocía, mis ganas de ser mala. Recuerdo aquellos días como un pasaje espeso en el que tuve miedo de mí misma, un túnel oscuro en el que fui capaz de concebir las venganzas más atroces. No ejecuté ninguna, desde luego. Pero la sola posibilidad de asomarme a mi lado torcido, me hacía sentir culpable.

Entonces ocurrió algo extraño (niños menores: no lo intenten en casa), tanto darle rienda suelta a mi lado cruel y a mi furia imaginando revanchas terribles y pensando mal de él, ella, nosotros, ustedes y ellos; me fue limpiando hasta que me hizo sentir realmente mejor, al punto que de pronto me iluminé y comprendí que sólo formábamos parte de un laberinto de espejos. Que todos éramos el reflejo de la carencia del otro, de la otra; que todos proyectábamos y veíamos en el de enfrente, el de al lado, la de atrás, aquellas piezas mal acomodadas de nosotros mismos.

Recuerdo también que tuve un vago pensamiento que en ese momento no me permití abrazar por estar en el centro del desencuentro, pero ahora lo hago.

Pensé: tengo el honor de ser tu enemiga.

Hay mucho ahí, ser el enemigo de alguien es tremendamente valioso porque el otro nos elige y nos pone, queriendo o sin querer, en un lugar importante en su proceso de transformación.

Juro que no estoy en drogas, sólo intento transmitirles lo que pienso. Ha de ser que voy por el cuarto café o que el estribillo de la canción del veneno está colonizando otros pasajes neuronales del inquilino que llevo por cerebro. No sé.

El caso es que se nos va la vida queriendo ser buenos, al menos a la mayoría, creyendo en dioses, leyes, madres y padres, escuelas, caricaturas y publicidad que nos inducen a ser buenos. Y me parece que a veces hay que permitirse ser malo, asomarse a esa grieta profunda, darle forma al pensamiento de lo que odiamos, de lo que no soportamos; hay tantos mensajes personalizados en ello, tanta identidad por recoger y recuperar desde ahí, que nos perdemos de la mitad de nosotros mismos negándole la mirada a ese yo feo, perverso y jorobado del espejo.

No está de más atreverse a probar el caldo de nuestra maldad para enterarnos de qué carajos estamos hechos. Es lo que creo hoy, que también es viernes y que he sido un poquito mala. Pero ya me siento mejor.

@AlmaDeliaMC

Cuentos de maldad (y uno que otro maldito)

Editorial Alfaguara

Todos los protagonistas de estos cuentos mutarán de “buenas personas” a seres insolentes que permitirán a su lado oscuro asomarse como una conquista de sensatez y autonomía. Por una vez, ellos serán los malos de la historia. 

Aquí los títulos de los cuentos:

  1. Severiano y los tamales del amor
  2. Jackie
  3. La mesa de siempre
  4. Pensamiento lógico
  5. El amor es eterno mientras duele
  6. El agua encuentra su cauce
  7. Manual de la alimentación posmoderna
  8. Lady Gargajo
  9. El último de los Godínez
  10. Madre ejecutiva
  11. La rebelión de los de en medio
  12. El dedo de Dior
  13. Mamá Carola
  14. El vampiro de Bed and Breakfast
  15. El ejercicio puede ser nocivo para la salud
  16. De clase mundial
  17. Cazadoras
  18. Diablo frágil
  19. Casa busca cambio de inquilino
  20. Herido Dios

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📖 Péndulo

Tiempos de ansiedad


 Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Lo primero fue sentir que me estaba volviendo loca. Unos episodios de desconexión que me dejaban perturbada durante días, esa sensación de túnel donde todos están del otro lado, lejos, desfasados en una realidad distinta a la tuya.
Luego vinieron los ataques de pánico que yo confundía con crisis de hipoglucemia. Temblar, hiperventilar, la lengua y las manos adormecidas, ese dolor en el pecho. La certeza de que venía un infarto fulminante.

Tenía entonces 24 años, ahí empezó mi peregrinar con cardiólogos y psiquiatras. Ese maldito demonio llamado ansiedad del que tantas veces he hablado. Es una putada. Es enorme, difícil de trascender, inhabilitante.
Trabajaba en aquél tiempo como consultora para una empresa transnacional; me rompí por dentro el día que, al llegar a una reunión de trabajo, un ataque de pánico me dejó tirada cuan larga soy en el lobby del corporativo. La vergüenza, el pánico, todo junto. Y el desempleo, claro.
Porque perdí ese trabajo. Y tantos otros.
El demonio no hacía sino crecer y le crecían también las fauces y las garras y yo no dejaba de sentir que cada día me hacía tajos más profundos por dentro.
Me daba miedo dormir y morir durante el sueño, me daba miedo despertar a los ataques de pánico; me daba miedo salir a la calle pero me daba más miedo quedarme en casa.
Un día que me sentía bien me subí al metro. No debí hacerlo.
Todavía se me encoge el estómago de recordar el ataque que se detonó cuando el convoy se detuvo durante minutos y yo me hice consciente de que estábamos a nivel subterráneo, “atrapados”; empecé a sudar y a temblar, saqué mi bolsita de papel para no hiperventilar, pero fue en vano. Ataque de pánico en toda forma, frente a los otros pasajeros que me veían con cara de asco. Vayan ustedes a saber lo que habrán imaginado. Apenas se movió el tren y paró en la siguiente estación, yo salí disparada sin saber muy bien a dónde, sólo quería respirar.

Si alguien me hubiese dicho, allá y entonces, que lo superaría, que un día podría respirar normalmente, que podría volver a hacerme cargo de mí misma, no lo habría creído.
Es difícil creerlo cuando sientes que has caído al calabozo más oscuro y que cientos de fieras desconocidas te lamen los pies, dispuestas a devorarte.
Me tomó años de luchar a brazo partido contra esa bestia inconmensurable; pero logré dominarla.
Se puede con terapia. En terapia entendí el origen de mi Leviatán personal: una historia de sobrevivencia, sobresaltos, abuso y pobreza; no era de extrañar que mi psique se hubiese quedado anclada a un patológico estado de alerta. También se domina con amor, propio y de los demás. Aprendiendo la autocontención. Escribiendo como remedio milagroso contra cualquier mal. Corriendo. Hablando con otros sobre esos episodios. Tomando dosis de realidad cada día, la realidad no es el caos que la imaginación dispara, la realidad tiene datos concretos, es un dique que contiene a la cabeza enloquecida.

¿Y por qué viene a cuento ahora? Porque la bestia de la ansiedad aprende a obedecer en tiempos de calma, con variables conocidas, en situaciones controladas; pero despierta cuando el caos la llama, porque no está muerta, sólo domesticada. Y un animal con miedo, ya se sabe.
Cada tanto reconozco sus señales. Un dolorcito de cabeza y ya me veo en la fosa; un carraspeo porque tragué chueco y la bestia le gana en velocidad imaginativa a mi cordura, ya me veo con el resultado de la prueba del COVID19 positiva… despierto por las noches con el crujido de las ventanas y la duela que el sol ha calentado durante el día y quiero saltar de la cama y salir corriendo por si está empezando a temblar —para agregarle tensión a la trama, qué quieren. Luego me digo que no está temblando, me tranquilizo y vuelvo a dormir, pero entonces los sueños vienen cargados de las peores pesadillas.

Y los proyectos de trabajo, y si se cancelan, y si suspenden los pagos que me deben… entonces la bestia pega su nariz fría a mi pecho. Ahí está, esperando para morder, hambrienta, afilada.
Estoy segura de que los ansiosos del mundo somos legión, y sé que hay una edad en la que te sientes inadecuada o inadecuado por tener esa cosa dentro de ti y no se lo cuentas a nadie.
Estoy segura de que muchos, entre broma y broma, vamos dejando saber que estamos muertos de miedo. Aunque nos mantengamos funcionales, mostremos buen ánimo y le pongamos la mejor cara a lo que está pasando; sabemos que la bestia puede despertar y correr detrás de nosotros con toda su potencia para atraparnos.

Escribo para ustedes: somos muchos. La certeza del acompañamiento con otros que comparten esta condición, siempre reconforta. Esto también pasará, y la psique tiene una reserva poderosa, inexplicable, un lado luminoso, capaz de crecer y de cuidar, de autocontenerse y de regularse. Habrá que aferrarse a ella.
Quienes hemos bajado al infierno sin haber muerto, sabemos que después de la larga noche viene un día de cielos despejados.
Les dejo un abrazo no físico ni mental, sino del alma. Y nos repito: esto también pasará.

Alma Delia cuenta cuentos de maldad (y uno que otro maldito)

Editorial Alfaguara

Veinte relatos en torno a las peripecias posmodernas que, contados con humor negro, evidencian la inocencia con la que nos entregamos a un estilo de vida sin comprender que ofrecemos el cuello como víctimas voluntarias desde la comodidad del hogar y a un clic de distancia del posible asesino.

Del Vampiro de Bed and Breakfast que va sembrando cadáveres donde se hospeda a Jackie, la sensual repartidora de comida que entra en la casa de sus solitarios clientes y los ejecuta; pasando por Bartolo Gomer en La rebelión de los de en medio que provoca una revolución incendiaria en un gris corporativo de oficinistas.

Cuentos que relatan cómo en pos del éxito y la “calidad de vida”, hemos construido pequeños infiernos a través de la tecnología, la persecución de la productividad y la devoción por absurdos propósitos que, antes o después, se vuelven contra nosotros.

Los protagonistas de estas historias mutan de buenas personas —incluso buenos objetos como La mesa de siempre— a seres que permiten que su lado oscuro se asome como una conquista de libertad. Desobedecen, renuncian, traicionan, matan.

Tanto Severiano —el vendedor de tamales vengativo, como Lucía, que no puede controlar su deseo; son poseídos por ese Diablo Frágil que, como decía Fernando Pessoa, corrompe pero ilumina.

*Un mensaje de la autora:

Sé, por los tiempos que corren, que más de una persona encontrará ofensivos estos relatos. Lo comprendo, pero no lo comparto.  

Tampoco me disculpo y sostengo que la ficción es mi tierra prometida; el paraíso recuperado sobre el que puede reinventarse la realidad desde un lugar gozoso, lúdico, retorcido: humano.  

Así que defiendo mi territorio creativo como defiendo que el sentido del humor es un antirrito que aparece en todas las culturas; un maravilloso rasgo de inteligencia humana que supone la capacidad de transgredir los valores más arquetípicos, fundantes y asfixiantes que necesitan ser cuestionados. 

Las bromas son un principio liberador, un ataque no peligroso contra el control. Sean pues, estos cuentos, mi manera de rebelarme contra el pensamiento rígido y contra tantas chingaderas que ocurren como resultado de eso. 

Gracias a mi casa editorial Alfaguara por la complicidad: a Mayra González por su profesionalismo y calidez, a Fernanda Álvarez por su mirada crítica y atinadas correciones. Gracias a quienes, en su momento, leyeron alguno de estos cuentos para enriquecerlos con sus comentarios: Gabriela Solís, siempre atenta. Julia Santibáñez, única en su precisión. Marcela Azuela, la más generosa. Óscar de la Borbolla, mi maestro. Ricardo Bada, mi querido amigo trasatlántico. A Guillermo Arriaga, porque entre barrios nos reconocemos. A José Esteban Pavlovich, camarada. 

Gracias, especialmente, a Gerardo Tagle por las dosis de amor y maldad que sumó a este proceso; por la paciencia, las infinitas horas y el café de la mañana. 

Y a todos los que hagan eco de estas historias con una carcajada: gracias. 

**Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) está a la venta en librerías El Péndulo, El Sótano, Porrúa, Amazon. También en formato eBook en iTunes, Kindle y Google Play.

Politicum excrementum

Pixabay

¿Cómo explicar la naturaleza humana que se supone llevan en el interior esos bichos execrables llamados políticos si no es aceptando que pertenecen a una taxonomía única y diferenciada del resto de la especie?

Si alguna inteligencia superior nos observara seguramente pondría particular atención a esta subespecie, la clasificaría en un lugar distinto y, atendiendo a su conducta, su nombre asignado en latín vulgar sería algo como lo que apunto en el título de este texto y, consecuentemente, por nombre común llevaría el de Político de Mierda.

Los hábitos, comportamiento, códigos de convivencia, longevidad apocalíptica, formas de reproducción y tipo de alimentación de estos seres nos permite inferir que no pueden ser definidos ni por el color del partido al que se afilian, ni por el discurso conservador o progresista del que hagan alarde o por la facción centro –izquierda – derecha u omnipresente que elijan para ubicarse: lo que verdaderamente los identifica es que tienen una constitución intrínseca de mierda.

Nunca entenderé por qué si se han realizado esfuerzos e investigaciones para comprender los cerebros criminales de los asesinos en serie o de los psicópatas más connotados, no ha habido ninguna dedicación científico-biológica para revisar la mollera, la bioquímica y la psique de los políticos.

Entre ellos y nosotros median tantas y tales diferencias de juicio y comportamiento que no puedo más que pensar que su materia gris tiene componentes distintos a los de nosotros, los humanos que habitamos fuera del subreino animal llamado clase política.

Y tampoco coinciden al cien por ciento con otros representantes de Animalia; me puse a pensar en los artrópodos, particularmente en las cucarachas, por ejemplo, ya que presentan varias similitudes con el Politicam excrementum tales como su capacidad adaptativa milenaria; su inmunidad a casi todo y su entorno natural que es cualquier lugar oscuro, húmedo y abundante en alimentos; coinciden también en que su sobrevivencia se basa en el ocultamiento y la oscuridad, se dice que por cada cucaracha que sale a la luz, hay al menos doscientas escondidas… otra estrategia que frecuentemente utilizan para sobrevivir es hacerse las muertas; y si se reproducen en abundancia es para asegurar su parasitaria permanencia. Sigo hablando de las cucarachas, aclaro.

Se ha observado que incluso pueden sobrevivir varias semanas sin cabeza, que el cuerpo funciona y reacciona a estímulos aún cuando no haya un cerebro coordinando sus acciones … sí, el parecido es sorprendente pero hay algunas diferencias fundamentales entre estos insectos y el Politicam excrementum: las cucarachas no se sienten superiores a su condición de cucaracha, tampoco aspiran al poder, no pretenden comportamientos engañosos para aparentar que son bellas y gráciles mariposas pues ellas son lo que son. Además presentan otro rasgo interesante y diferenciador con el Político de Mierda: las cucarachas toman decisiones en grupo pues la colectividad está enquistada en sus entrañas.

Con el mismo ánimo comparativo repasé también a los roedores y a los lobos, encontré algunas similitudes pero más y mayores diferencias que con las cucarachas.

El Politicam excrementum es un híbrido con tantas variables que la extravagante morfología del ornitorrinco palidece junto a este peculiar bicho.

Y es que atendiendo a sus extrañas conductas que ningún otro representante del reino Animalia reúne, se perfila un organismo único. ¿Cuáles conductas? Pues esas, las que todos conocemos.

Detentan poderes plenipotenciarios conferidos por ellos mismos, poderes que nunca están sustentados en alguna superioridad de capacidades real como ser el miembro de la manada más fuerte, más inteligente o el más experimentado: no, simplemente tienen el poder porque lo tienen.

Siempre gastan más de los recursos existentes y toman más tiempo del que habían comprometido para realizar cualquier obra y aún así esperan gratitud y quieren recibir reconocimientos y celebraciones por las chingaderas que cometen y que además catalogan como la “realización de su trabajo”.

No tienen el gen de la empatía: para ellos un muerto que no sea de su sangre no es un muerto, la vida humana no tiene valor sino es la suya o, en algunos caos, la de los suyos.

Todos aspiran a un lugar de mayor poder o mayor autoridad y todos se sienten más merecedores que cualquiera para ser nombrados superiores.

Son increíblemente tercos. Sus acciones -aunque su discurso diga otra cosa- revelan su verdadera y única voluntad: no cambiar, no ceder, no escuchar, no ver, no hacer algo diferente porque cualquier cambio podría atentar contra sus propios beneficios y privilegios.

Los que alguna vez se declararon férreos progresistas laicos, para el sexenio siguiente se manifiestan conversos y están llenos de una repentina fe religiosa; pueden, si es necesario, decir que pertenecen al género masculino un día y al siguiente pertenecer al femenino o viceversa; llevar una bandera amarilla que cambiará fácilmente a roja, azul, verde o llevar un arcoíris hecho jirones en la mano: lo importante es estar en un lugar donde haya recursos, poder y visibilidad mediática.

El que milita en el partido más conservador y que aconseja abstenerse de toda actividad sexual es el que suele visitar los clubs de bailarinas eróticas y que paga por tener sexo condimentado con las parafilias más predecibles. Al que dice creer en Dios y en la compasión divina no le importa dejar a su paso miles de muertos y es incapaz de pedir perdón por el dolor causado.

El que se dice cuasi comunista y asegura ser el más desinteresado en el dinero es por regla general particularmente ambicioso, capaz de cometer cualquier bajeza con tal de conseguir una cuenta millonaria.

El que promete que velará por la seguridad y que pelea contra las redes de delincuentes es el delincuente mayor.

Sus lujos faraónicos, sus propiedades vergonzantes, sus palacetes de origen dudoso y de pésimo gusto como inmensas casas blancas adornadas con mojones de mierda metálicos o emulaciones del Partenón griego; son algunos de sus rasgos distintivos.

Y sé que a nadie sorprendo, que doy pinceladas de un retrato por todos conocido, sin embargo, lo que todavía me descoloca es que nosotros, los Homo sapiens, aceptemos ser dirigidos por ellos, los Politicam excrementum.

Es que algo anda muy mal. Si hasta los caballos, esos nobles y extraordinarios animales de la familia Equidae que han sido diseñados para la obediencia y la carga, se resisten a ser guiados por un mal jinete cuando este es torpe, cruel o no tiene don de mando ni habilidad para andar el camino.

Y la pregunta que me carcome el alma desde hace décadas es la misma que me hago hoy: ¿vamos a resignarnos otra vez a que esa subespecie nos diga hacia dónde ir, cómo y por dónde? Quiero creer que no. Nosotras no.

Hijo de la guerra

Editorial Planeta

Toda guerra y toda literatura, nacen en el corazón de una familia. Más puntualmente, en el corazón de un hijo que odia a su padre o que quiere agradarle por sobre todas las cosas; o quizá a quien ese hijo busca agradar es a su madre como la historia de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky que tan magistralmente narra Leonardo Padura en su espléndida novela El hombre que amaba a los perros; o como esas historias fundacionales de los griegos o de la mismísima Biblia: dos hermanos que se odian, un hijo que imita una identidad, que busca una mirada de aprobación y hará lo que sea para conseguirla, incluso matar.

Pero qué pasa cuando además de esa semilla íntima, sanguínea, profundamente humana; hay un sistema, una maquinaria gigante que lo potencia y entonces la guerra se vuelve tan épica como dolorosa, tan literaria.

La primera vez que leí Hijo de la guerra de Ricardo Raphael me descubrí en cada página pensando: no es posible, no es cierto, qué locura. Qué es esto.

Un muerto que murió tres veces, un padre con cuatro nombres que engendra a un hijo con tres nombres, una veintena de soldados en la nómina de las Fuerzas Armadas, entrenados para interrogar, torturar y esconderse, al servicio del líder del cártel del Golfo; capaces de exterminar poblados enteros, de proveer mujeres como chivos expiatorios para rituales satánicos, de comer carne humana, de destazar vivo a un compañero.

Es México, me decía, claro que es posible. Pero la inquietud empeoraba conforme la lectura iba avanzando y descubría a esos mismos sicarios capaces de la ternura, del amor, de la lealtad, del sentido del humor, del miedo.

Pero es que sólo la literatura, la buena literatura logra esto: filtrarse como la humedad y dejarnos llenos de dudas, inquietos, “psicoseados” como dice Galdino Mellado —su personaje y persona— casi al final de la novela. Psicoseados como se siente también el periodista, su personaje y álter ego literario durante las más de 400 páginas de esta historia.

La historia de Galdino Mellado Cruz alias el Zeta 9, o alias José Luis Ríos Galeana o alias Juan Luis Vallejos de la Sancha o quizá ninguna de las anteriores; es una herida brutal y al mismo tiempo tan fina como si cortara con bisturí una delgada línea entre la realidad y la ficción, entre lo periodístico y lo literario, entre el espanto y lo humano, entre lo inexplicable y lo que tiene una lógica prístina.

Es una de esas historias que posibilita el ejercicio de pensar, de dudar. ¿Es Galdino quien dice ser? ¿sería yo también —como “el periodista” de la novela, capaz de sentir esa casi empatía con un ser humano como el que afirma ser el Zeta 9?

No podía ser publicada como reportaje periodístico por la imposibilidad de confirmar los dichos de Galdino Mellado; pero un complemento interesante sería leer “Por qué mata un soldado”  (Aguilar, 2019) de Daniela Rey y Pablo Ferri, para jalar un hilo que podría dar con el origen (o uno de ellos) de lo que ha convertido a este país en una maquinaria de asesinatos, en un hervidero de fosas clandestinas.

En una reflexión con Ricardo Raphael yo hablaba de la pobreza como génesis de casi todo, estos hijos de la guerra también son hijos de la pobreza sistémica y conveniente que las políticas públicas y muchos empresarios rastreros han propiciado porque sí, la pobreza es altamente rentable porque regala votos y paga intereses sobrehumanos.

Quise aprovechar el espacio para recomendarles estas lecturas; sé que el tema es difícil, que hay una discusión pública sobre si se hace o no apología del narco al hablar de ellos, pero yo tengo clara mi postura: es mejor contar lo que estamos viviendo desde hace décadas, que sepultar todo el contenido referente a ello como si no hubiera ocurrido nunca.

Si tenemos una deuda con la civilización, es la de contar los horrores que vemos porque como dijo Primo Levi: Si ocurrió, puede volver a ocurrir.

El mal del animal

Pixabay

Treinta y seis años tenía mi madre cuando le vino el mal del animal.

Yo fui testigo en directo porque era muy pequeña y esa estrategia es la mejor para estar en lugares prohibidos sin que nadie lo note. Incluso ahí, abrazada a sus piernas sólidas y blanquísimas, casi marmóreas.

Mi madre se enamoró y yo la vi convertirse en animal. Lo juro.

El amor es una fiera con las fauces abiertas y quien no quiera perderse la oportunidad de sentirse vivo de verdad, tiene que dejarse morder. No hay alternativa. Siempre he encontrado fascinante el animalario que permea la literatura y la poesía. Desde El pájaro azul al que Bukowski le tira whisky y humo de cigarro para que no salga de su corazón hasta el tigre que desgarra por dentro al que lo mira y sólo tiene zarpas para el que lo espía del poeta Eduardo Lizalde; hay un mensaje ahí, un rito de pasaje, un poder que nos convoca: el olor de la sangre.

Pude oler la sangre de mi madre cuando se enamoró de aquél vecino soltero empedernido y menor que ella. Se puso más hermosa que nunca, más brillante, lúbrica. Y un poquito loca. Le dio por untarse polvos de colibrí y renovó su escasa lencería, le cambió la voz, la pisada, las huellas.

Este fin de semana estuve con ella, ahora es una mujer de setenta y dos años, delgada y liviana, con el cuerpo encogido —la vejez es un tiroteo— pero no han dejado de brillarle los ojos. Cuando la miro así recuerdo aquellos días en que, siendo una niña, seguí atenta su transformación en fiera amorosa. Cuánto me alegra tener la certeza de que mi madre vivió eso.

Dice Julia Santibáñez en Eros una vez (Seix Barral, 2017) en el poema Génesis:

como perra gata zorra en celo recuerdo jugar

en el jardín señorear machos jirafearme

montar leones engorilada y caballuna…

Esa era mi madre. Señoreaba al macho, montaba al león y a mí me mataban los celos infantiles pero al mismo tiempo la intuición me decía que estaba presenciando un misterio, algo sagrado.

La mujer de más de setenta años que comía ayer frente a mí me dio un mensaje con aquella mujer de treinta años que también fue: la pasión está permitida, el amor no se trata de “la persona correcta” sino de esto. Sentir está permitido, aunque duela.

A menudo recuerdo un texto de Stephen Grosz (The Examined Life) donde narra la experiencia de un médico que, trabajando en una leprosería, descubrió que las deformaciones de los leprosos no eran consecuencia propia de la enfermedad, sino el resultado de no sentir: insensibles ante las heridas, los pacientes podían dejar que se infectaran y se les cayera la piel en pedazos. “Cuando conseguimos no sentir nada, perdemos el único medio que tenemos de averiguar qué nos hiere y por qué”. Ese es el remate brutal en el episodio de la leprosería.

Siento escalofríos cuando pienso en ello. Todo lo que hacemos para no sentir en tiempos de paraísos anestésicos, ahora que humanizamos lobos y perros en lugar de afilar al propio animal que cada uno somos, entregados por completo a esta hipocresía civilizadora que blanquea los dientes, neutraliza el veneno, pule las garras y convierte en osito de peluche al amor, esa enseñanza fiera de la que tenemos tanto miedo porque precisamente podría volvernos más humanos. No queremos experimentar emociones sin domesticar, queremos la medianía de lo correcto.

Pero es que sólo en el amor somos depredador y presa, sólo en el amor queremos matar y al mismo tiempo mostramos el cuello como lobos rendidos al alcance de un te amo que podría ser más letal que el disparo de un Remington de caza bien cargado.

Leyendo la espléndida novela El Salvaje de Guillermo Arriaga (Alfaguara, 2016) volví a pensar en mi madre, en cuando fue animal. El Salvaje es una historia de amor que huele a sangre, a cacería del alma, que se queda en la piel luego de olfatear la huella del lobo que persigue Amaruq y la vitalidad desesperada del amor de Juan Guillermo que se espesa con el deseo de venganza.

Vuelvo a mi madre que no ha leído más libro que la Biblia y que jamás leerá un libro mío porque, gracias al cielo, mi madre eligió ser mi madre y no mi lectora.

Esa mujer amorosa que se plantó ante la vida a dentelladas y que una noche salió a encontrarse con su amante a un terreno baldío de la colonia popular donde vivíamos. Seguí la huella para espiarla. Miré hasta el segundo preciso en que supe que no toleraría más y regresé a casa corriendo, con mi pequeño corazón infectado, mordido ya por la fiera. Junto a todos los recuerdos resecos que tengo de ese barrio devastado que es el Estado de México, tengo también ese momento vibrante, perturbador y luminoso.

Mi madre, la de ahora, me pregunta si está bueno el arroz con leche que preparó para complacerme. Me levanto y la abrazo, digo “gracias”. Tal vez piense que se lo digo por el postre o tal vez sepa exactamente por qué lo hago, algo me dice que el olfato de madre no se pierde sino que se afina con los años.

Luego vino lo inevitable: la separación de los amantes.

Un día paró en seco el terremoto, la estampida de búfalos que la acompañaba al cerrar la puerta después de salir se marchó para siempre.

Y la vi batallar consigo misma para superar aquello. Por las noches lloraba bajito, cosía mi ropa y la de mis hermanos, inventaba caldos y guisos en los que reutilizaba hasta las cáscaras de papa del día anterior. Su duelo transcurrió entre ollas hirviendo y jornadas extenuantes de trabajo. Una mañana limpió los cajones de su tocador y los sobrecitos con polvo de colibrí desaparecieron de la casa. Y nunca más la oí llorar. Había sobrevivido.

Mientras doy la última cucharada al arroz con leche, pienso que me gustaría entrevistarla, que me contara los detalles de aquel episodio, que me hablara de mi abuela, otra que montó bestias y acarició carneros con nombre y apellido en su pueblo michoacano.

Pero conozco bien la respuesta: dirá que no, que yo y mis cosas y para qué tantos libros.

Y no la culpo porque lo cierto es que también yo —como ella y como Borges— prefiero buscar al otro tigre, al que no está en el verso, al que muerde y endulza para arrancar jirones del cuerpo. Y del alma.

*Texto originalmente publicado en El Cultural de La Razón.

Que la incomodidad los persiga

Ingrid Escamilla. Crédito: Alberto Alcocer @beco.mx

A mi amiga F la violó su primo quince años mayor, ella tenía nueve.

A mi amiga G la violaba recurrentemente su cuñado, ella tenía 11 años, él 36.

Tuve una compañera de trabajo a la que su marido mató por un ataque de celos frente a su hija de seis años.

Mi madre tuvo que huir de incontables lugares en donde era trabajadora del hogar porque los señores de la casa se sentían con derecho sobre su cuerpo.

A mí me violó un vecino de 20 años cuando yo tenía seis.

Crecí como todas las mujeres: esquivando abusos, intentos de tocamientos, escuchando obscenidades en la calle, tapando mi cuerpo, abrazando la mochila contra mi pecho en el transporte público, amarrándome un suéter en la cintura y sobre los jeans para cubrirme las caderas, abotonándome la camisa hasta el cuello. Me hice adulta toreando editores que hacen propuestas sexuales desde su lugar de poder, directores de medios periodísticos que con dos copas de más quieren tocarte, organizadores de ferias del libro que quieren saltar a establecer una relación personal. Me hice adulta acostumbrada a la incomodidad pegada el cuerpo, a la inseguridad adherida en cada poro de la piel.

Es extraño pero no te das cuenta hasta que te das cuenta.

Las familias de F y de G se enojaron cuando ellas hablaron de los abusos. Años después y en una conversación “entre adultos”, el padre de F le confesó que no confrontó al violador para no incomodar. Leyeron bien: para no incomodar.

A mi amiga G sus padres le dijeron que no hicieron nada porque se podía fracturar la familia entera, porque había que proteger las relaciones, los domingos a la mesa con los abuelos, los apellidos, los trabajos, los dineros. Había que protegerlo todo, menos a ellas.

El hombre que mató a mi compañera de trabajo hace más de veinte años está en la cárcel, en cierta forma protegido por el estado, bajo el anonimato de un proceso judicial. Nadie pudo hablarme del paradero de aquella niña.

Ninguna familia de los hombres que trataron de abusar de mi madre perdió un milímetro de equilibrio; ella se quedó sin trabajo incontables veces: me daba la mano, volvíamos a la calle, sobrevivíamos al mundo. Una y otra vez la escuché decir “es muy triste ser mujer”.

Mi violador está muerto. Hay quien espera que descanse en paz. Yo no.

Un par de meses atrás, en un programa de televisión de esos intelectuales y relajados, las escritoras invitadas hablábamos del asesinato de Abril Pérez Sagaón; el productor cortó para indicarle al conductor que cambiáramos de tema porque el ambiente se estaba poniendo incómodo y el objetivo del programa era que la audiencia lo pasara bien.

Despidieron al director de una editorial por su conducta abusiva recurrente y sus propuestas sexuales desde un lugar de poder, pero el hombre no tuvo que pasar por la incomodidad de la exhibición pública, el comunicado de su salida fue todo alabanzas para el señor eminencias y su brillante carrera en el mundo editorial. Que no estuviera incómodo él ni una pieza del sistema que lo cobija ni sus amigos también abusadores que no ponen sus barbas a remojar porque saben que siempre se protegerán entre ellos. La miseria sabe pactar.

A Ingrid Escamilla la asesinó su marido y la violó la prensa, un sistema sanguinario que solaza su perversión sobre el cuerpo de las mujeres. Porque pueden. Porque ni siquiera les incomoda.

Hace dos días el presidente se sintió incómodo al ser cuestionado por los feminicidios, ese tema no, por favor.

Hay una ansiedad, la del alma. La que no te deja respirar, la que estalla en ataques de pánico, en angustias reprimidas, en noches de insomnio, en ganas de no levantarte de la cama nunca más, de no ver a nadie, de cerrar los ojos y que todo desaparezca.

Que esa incomodidad los persiga, señores culpables y señores indiferentes y señores cómplices, hasta el último de sus días. Y que los persiga aún después del último de sus días, allá donde el alma.

Que por una vez la vergüenza y la incomodidad sean suyas. Nosotras seguiremos poniendo los cuerpos, diez hoy, mañana diez más.

De cuando me perdí y me encontré

Alberto Alcocer / @beco.mx

Decía Jorge Ibargüengoitia en uno de sus brillantes textos que en este país la gente no da las direcciones o los domicilios, los confiesa.

Y cuánta razón tenía.

Cuando preguntas hacia dónde queda cualquier destino y la respuesta es un “le das para allá, luego por ahí te tuerces pal otro lado, pasas las oficinas del DIF, unas canchas de básquet y te sigues hasta la caseta de policía”, dan ganas de llorar.

Sobre todo si se es tan torpe para la orientación como yo. De hecho soy científicamente idiota al volante: mis estadísticas son tan consistentes, constantes y verificables que lo confirman. Yo siempre me pierdo. Siempre.

No hay GPS, mapa, instrucción telefónica, súper App conductora que pueda salvarme: soy clínicamente incapaz de orientarme en cualquier lugar.

Pero una vez aceptada mi discapacidad, justo es reconocer que el entorno no me ayuda.

Los señalamientos de toda ciudad o pueblo mexicano son verdaderas antesalas del infierno: calles sin nombre, numeraciones con saltos insospechados, repentinos cambios de dirección en las vialidades, letreros devorados por la rama de un inmenso eucalipto precisamente en la desviación en la que tenías que salirte o redecorados por algún artista del grafiti que te hacen leer “forever tú y yo” en donde debía decir “Periférico Norte”.

Sin contar con las eternas obras y remodelaciones grandotas para que se vea en qué se gasta el presupuestote federal: lo mismo puede ocurrir que una mañana te levantes y tu calle haya cambiado de sentido o que precisamente la avenida que te llevaba a la oficina esté cerrada o rota cual escenario de posguerra. Y todo para que el gobierno en turno le entregue a algún sospechoso compadre la administración de las casetas de peaje que nos acercarán cada vez más al sueño de progreso y desarrollo en el que todos creemos (inserte aquí su  audio de aplausos en el senado mexicano).

Pues sí, esto es México.

El caso es que tenía que llegar a un domicilio por unos rumbos que se conocen como Zona Esmeralda pero yo ni siquiera sabía de la existencia de semejante lugar. Es una especie de Muro del Norte como el de Game of Thrones, lo que está más allá de allá, en Sepalabola o Bienpinchelejos como decimos en mi pueblo.

Qué pesadilla.

Al principio intenté poner los datos en mi teléfono para que el mapa de papá Google me fuera llevando pero ni madres, no lo reconocía y me mandaba a la Costa Esmeralda en Veracruz. Fatal.

No me quedó más que preguntar a los conductores de los coches vecinos, ay de mí, nunca lo hubiera hecho: unos me decían a la izquierda, otros a la derecha, otros que siguiera de frente y algunos guardaban un lacerante silencio que me sumía en la desesperanza. Así que decidí orillarme y parar.

Le llamé a la persona que estaba esperándome para pedirle instrucciones pero conforme me iba indicando que hiciera exactamente lo que ya había hecho y yo nomás no comprendía por qué carajos no daba con el lugar, decidí abortar la misión.

Respiré hondo y lamenté no llevar una pachita de mezcal en el coche y emprendí el camino de regreso, fue casi la misma pesadilla pero al menos estaba segura de que encontraría la manera de regresar a mi casa y ya no tenía prisa por llegar a una hora específica.

Durante el trayecto pensé en todas las increíbles peripecias que he pasado tratando de llegar a algún sitio en esta ciudad y las veces que le he pagado a un taxista para que me permita seguirlo hasta mi lugar de destino y casi solté el llanto. Llegué reptando derechito a mi cama (no me perdí para encontrarla) y supliqué que amaneciera pronto un nuevo día. Y gracias al cielo, amaneció. Y me encontré.

Y ahora que he lamido suficiente mis heridas ya puedo despedirme pero antes me permito hacerles tres recomendaciones:

La primera es que cuando organicen su boda, no se casen en esos lugares imposibles de llegar porque tal parece que es requisito que se trate de un recóndito jardín en el intrincado corazón de un pueblo al que se arriba luego de horas de carretera, incertidumbre y peleas pasionales porque él —que a menudo toma el volante— no quiere preguntar pero ella tampoco sabe el camino y si se aventuran a intercambiar los roles de piloto y copiloto, todo empeorará.

La segunda es que si ven a una pobre alma perdida (o a una perdida sin alma, como yo) pidiendo ayuda pero no pueden orientarla con certeza, se abstengan de decirle nada. Dándole indicaciones equivocadas sólo la hundirán más en su desgracia.

Y la tercera es que lean “Instrucciones para vivir en México” de Ibargüengoitia. Se darán cuenta de que treinta años después este país sigue siendo el mismo fenómeno hilarante y surrealista que él narraba pero, gracias al milagro de ese portentoso sentido del humor que sólo él poseía, no terminarán deprimidos sino orgullosos de ser mexicanos y seguir con vida. Cómo chingados no.

Tazas de café

Imagen: Pixabay

Cuento al café entre mis taras, manías y bálsamos; encaja en todas. Pertenezco al grupo de humanoides que sin tomar un café por la mañana son incapaces de mutar a humanos.

Es imprescindible para mí. El café me centra, me alinea el alma con el cuerpo y la actividad neuronal, me pone completa en el mundo.

Cuando mis hermanos y yo éramos niños, mi madre (mormona transitoria en su búsqueda de algo en qué creer) evitaba a toda costa que bebiéramos ese veneno que nos iba a dejar enanos porque los niños que toman café no crecen y porque tomar café es pecado. Nos daban una infamia aberrante llamada café de soya. Una calamidad, una desgracia, una vileza.  Así que descubrí el café auténtico hasta que me fui de casa y creo que ese es el verdadero estandarte de mi emancipación adolescente.

Estoy convencida de que se manifiesta algo de la afinidad de carácter en la preferencia por esta bebida. Mis mejores compañeros de viaje han resultado aquellos a los que les gusta el café tanto como a mí. Podría decir con precisión cómo toma el café cada una de las personas que he amado y que amo aunque no me acuerde bien de su fecha de cumpleaños.

El café es un placer dentro de otro y luego dentro de otro y otro. No sólo el sabor de la bebida misma. Porque aunque tengo claro que me gusta muy caliente, sin azúcar ni ningún tipo de endulzante y con un toquecito de crema; también sé que me gusta sujetar la taza con las dos manos, que me gustan las tazas blancas para servirlo y que me agobia mucho cuando dos personas toman café en tazas diferentes, que lo prefiero cuando es aceitoso y huele achocolatado, que me gusta mirarlo y olerlo antes de dar el primer trago.

Hoy vi apiladas un montón de tazas de café sucias en la cocina de un restaurante, miré hacia las mesas, me sentí frente a un abismo de historias porque yo creo que todas las tazas de café tienen algo que contar. Así como hay ojeras bien ganadas, cultivadas primorosamente y ojeras ganadas a lo puro pendejo, hay tazas de café memorables y otras que nos pudimos haber ahorrado. Así también hay —seamos honestos— relaciones e intentos de relaciones que, si no estaríamos dispuestos a cancelar con un borrón o tachón inmisericorde, al menos nos preguntamos qué carajos hacíamos ahí. En ese segmento de relaciones insulsas agrupo yo a un par de hombres a los que no les gustaba el café. De plano.

Que si el café tiene propiedades curativas o atenta contra la salud, no me interesa. Abomino de nuestro culto a lo saludable que lo único que refleja es que estamos más enfermos que nunca. Me interesan sus historias, asimilar el hecho de que tener un café entre las manos es de verdad un lujo. Me interesa sentir eso que ahora mismo está saltando en mi interior, ahí está: dos personajes a los que une la historia de una taza de café, corro a anotar el argumento en el cuaderno de ideas y pronto me doy cuenta de que estoy tratando de inventar no sólo el hilo negro, sino el café negro. Qué obviedad, qué tarugada. De cualquier manera sé que voy a intentar ese relato, cómo no. Tal vez lo termine y vaya directo a la basura, pero con una taza de café entre las manos nunca se sabe.

Gracias por el que hoy se tomaron conmigo, que en el fondo de su taza se revele un buen augurio.