Alma Delia necesita tu ayuda

Gente querida:

Elegí tener mi propio sitio para compartir con ustedes mi columna sabatina por dos razones fundamentales: No aceptar, nunca, la censura de un medio que por compromisos de sospechoso corte político, me pidiera escribir a favor o en contra de algún ominoso personaje público.

Y la segunda, porque someter el contenido al estrés de la publicidad con marcas que promueven productos insulsos, mentirosos o, para decirlo claramente, basura; es una práctica que interrumpe y arruina la experiencia de lectura.

Así que me lancé a cruzar el océano de la independencia y aquí estoy, sosteniendo sola el portal, un pequeño equipo de programación y administración del sitio y haciendo malabares para encontrar yo misma el espacio para escribir semanalmente una columna sin retribución monetaria. 

Sé que apelo a su generosidad y confianza y que es difícil otorgarlas así, pero es igualmente difícil generar contenido sin recibir un ingreso a cambio y llevo ya más de un año haciendo un esfuerzo titánico para mantener la independencia de este sitio.

Al final de este y de todos los textos publicados, encontrarán un video de un minuto y una liga para ver el portal de Patreon, donde pueden hacer sus aportaciones.

Confío en que colaboren para que esto siga existiendo. Por las palabras, por la belleza de pensar: GRACIAS.

D10S HA MUERTO, por Juan Pablo Estrada

De niño soñaba jugar un mundial. Sí, yo también, como muchos de los amigos con los que crecí. Y mientras corría forcejeando con mi hermano tras una pelota en el jardín de la casa de mis abuelos, o persiguiendo un balón en las canchas de pasto que tenía el colegio en sus instalaciones del Ajusco, en voz alta o guardando silencio, imaginaba que encarnaba a una estrella, un crack, aunque los resultados reales rara vez terminaban como quería. El caso es que en esos instantes pasaban por mi mente los nombres de Pelé, Zico, Hugo, Rummenigge o Platini, pero al final siempre soñaba con ser Diego Armando Maradona.

Han pasado más de tres décadas desde entonces, llenas de contenido, personas y acontecimientos más importantes (aunque, en realidad ¿qué es más importante que jugar?). Pero hoy es relevante porque han hallado muerto al niño que yo fui, como dice Sabina. Hoy siento cómo se extingue una parte feliz e importante de mi infancia, porque murió el Diego.

Debo reconocer que, antes de verlo jugar en el estadio Azteca, el Diego no me resultaba simpático. Al principio no sabía más que su nombre por alguna estampa de un álbum conmemorativo. Lo conocí siendo expulsado en el Mundial de España por agredir al brasileño Falcao. Años después, el pichichi mexicano declaró que él era el mejor jugador del mundo y no el Pelusa, lo que empezó una insípida rivalidad del nacionalismo azteca contra el jugador argentino. Y, finalmente, hasta antes del mundial de 1986, no era labor sencilla ver por televisión los partidos de futbol europeo en los que no estuviera Hugol. El mundo ya era un globo, pero nada era global.

Sin embargo, poco después el campeonato del mundo demostró que ningún jugador terrestre podía acercarse al nivel de juego de Maradona y, sobre todo, que no había entonces persona alguna que lograra transmitir las mismas emociones que ese zurdo pequeñito.

Propios y extraños cedimos ante el talento, la personalidad y la clase de ese petizo fornido, con la cara de desafío y la mirada compleja, con ese desparpajo para tomar un balón a mediocampo, pegarlo a la pierna zurda, para correr bailando, para quitarse a medio equipo rival y a todo lo que se pusiera enfrente, destruir al enemigo de guerra y meter un gol. El gol. El que uno sueña. Un barrilete cósmico con una pelota impoluta. En el fondo no era más que un niño corriendo tras un balón, sólo que lo hizo como nadie nunca jamás.

Hoy, 25 de noviembre de este penoso 2020, para muchos de manera inoportuna, murió el Diez. Fiel a su costumbre, también en la muerte opacó todo, causó polémica y fue juzgado. Vemos cómo se reproducen en las redes los mejores momentos de su carrera deportiva, la magia del astro de astros y los comentarios luctuosos emotivos del mundo del futbol, combinados con linchamientos, quejas y justas críticas sobre su conducta personal porque sí, Maradona fue un hombre violento y excedido, nadie lo celebra, pero cómo ignorar al ser humano y al futbolista sobrehumano; y aunque hablo como fanático no niego que ahí están sus miserias, absolutamente condenables.

Y ahí está también el puñado de memes que se burlan de sus adicciones, de su enfermedad, porque Maradona nació en un mundo sin redes sociales y muere en la absoluta efervescencia del jaleo digital; con redes o sin ellas, el mundo entero le presta atención. Tal es la dimensión de un artista inmenso, de un ángel muchas veces caído, de un humano divinamente ungido para disfrutar en una cancha pero fatalmente condenado a sufrir fuera de ella. “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”, dijo un Diego emocionado y algo pasado de peso, al despedirse en la Bombonera tras su partido de homenaje. La pelota no se mancha, la vida y los sueños sí.

Hay algo que no quiero ignorar y me niego a perder. Maradona trazaba sueños infantiles en una cancha de futbol. El Diego bailaba y engañaba, disfrutaba dibujando estrellas con el balón. Maradona me hizo entender que se puede ser humano sin dejar de ser deidad y diablo, víctima y victimario. Maradona es dual como pocos: campeón descalificado, revolucionario perdido, ídolo pecador. Y, a pesar de los pesares, o gracias a ellos, no es fácil dejar de querer al Diego.   

Mientras escribo siguiendo un consejo invaluable, escucho a Jorge Valdano tratando de cumplir su trabajo en una transmisión de la UEFA Champions League (uno de los pocos torneos que Maradona nunca ganó). Le dieron la noticia que lo sorprendió mucho. “Bueno, muchos de los recuerdos que cuando los rememoraba me producían una sonrisa…”, no pudo terminar la frase porque rompió en llanto. El filósofo del futbol es atinado hasta para llorar, y así lo explica todo. Guardadas las proporciones, los niños y jóvenes de los ochentas y noventas pasan por lo mismo, yo paso por lo mismo, pues los recuerdos del deporte y los sueños de la época remiten a Maradona, y hoy, como anticipó Nietzsche: D10S ha muerto.

El burro que llegó a gobernador

Asno se es de la cuna a la mortaja
—Don Quijote de la Mancha

Suena una música espantosa, deben ser los cantos regionales de esta gente.

No comprendo qué hago aquí, rodeado de este olor a mierda, a paja húmeda, a muladar.

Intento ponerme en pie pero apenas puedo, hay un líquido viscoso en mi cuerpo que lo cubre todo. He resbalado ya dos veces tratando de levantarme. ¿Qué está pasando? Veo a un hombre que se acerca, me mira con ojo clínico. ¡Dios mío! ¿estaré enfermo? Pero este cabrón no tiene pinta de doctor sino de indio ladino.

—Mijo, tráite un cubo de agua para enjuagar a la Romelia, tiene el canal de parto todo lleno de sangre y caca; pero apúrele, mijo.

¿Quién es Romelia? Con una chingada, que me traigan al responsable de esta pinche bromita pero ya.

—Ya pasó, Romelia, tranquilita… esa es mi burra prieta, mira nomás qué chula está la cría, este es tu hijo…vamos a ponerle paja para que no tenga frío… y tú, saluda a tu mamá.

¿Mi mamá? Te vas a retractar, indio de mierda, o te voy a refundir la jeta dos metros bajo tierra. Mi madre es una señora respetable.

—Calmado, burrito… ey, ey, tranquilo; ahí quédate, nomás que se le pase lo atarantado a tu mamá te va a dar de comer. Y en dos días nos jalamos a Comitán.

¿Comitán? y yo qué chingados voy a hacer a Comitán si la casa de gobierno está en Tuxtla. ¡Espérate, cabrón! Regresa, si esto es un secuestro podemos negociar, díganme qué quieren.

Ya oscureció, calculo que han pasado unas doce o trece horas desde que estoy aquí. Por más que repaso nombres y cuentas no me sale a quién puedo deberle algo o con quién estoy en falta. Le estoy pagando a la pitufada por el patrullaje y he cumplido con todo lo que me piden los del golfo, los beltranes, pagué por los votos del sindicato y le firmé todos los contratos a los petroleros. Con una chingada. Además si ese indio pendejo es mi secuestrador y tengo que negociar con él estoy jodido, no ha de entender bien el español. Pero necesito hablar con alguien, que vengan de una vez y me digan qué carajos quieren.

Cuando Próspero Muriático quiso gritar se dio cuenta de que estaba rebuznando, era incapaz de articular palabra alguna. Trató de empujar la reja del muladar que lo resguardaba junto a su madre, la burra Romelia, pero era débil todavía y se llevó un golpe en la pata delantera derecha que lo tumbó de inmediato. Sacudió las orejas, se levantó y volvió a emprenderla torpemente contra la reja.

Estaba golpeando desesperadamente cuando Romelia le soltó un pezuñazo para calmarlo y lo sometió con suavidad pero con autoridad de madre hasta que se quedó quieto. Entonces Próspero empezó a llorar por dentro porque por fuera nomás no podía ni sabía cómo le hace para llorar un burro recién nacido que en realidad es el gobernador de Chiapas. O era.

Luego de un rato comprendió y tuvo que aceptarlo: había muerto tres noches antes, lo habían enterrado con los honores propios de un gobernador pero hoy reencarnaba en el cuerpo de un asno. Con una chingada.

A los dos días viajaba en un camión de redilas y aunque había pensado en dejarse morir, pronto comprendió que el hambre es más cabrona que bonita y no tuvo más remedio que lactar de su madre que, amorosa, insistía en acercarle las ubres para que comiera.

Pronto empezó a crecer y a ponerse fuerte, lloraba por dentro cada vez que oía que su destino sería trabajar como animal de carga. Él, que había viajado y dormido en los mejores hoteles del mundo, que tenía asistentes para cargar el teléfono móvil y para que le programaran la visita al barbero; hoy vivía entre la paja y la mierda. La primera vez que le pusieron un cargamento se negó a avanzar pensando que no podía someterse a semejante humillación, pero recibió dos fuetazos que le bajaron los orgullos al mínimo indispensable y anduvo de acá para allá transportando cuanto le pusieran encima.

Se asustó el día que vio el tamaño de su miembro viril. Qué cosa tan grande y tan fea. Y cómo dolía cuando se ponía erecto de buenas a primeras. Qué equivocado había estado en sus días de hombre al pensar que “tenerla de burro” era un atributo deseable. Qué pendejo había sido con eso y con tantas otras cosas. Se desgarró por dentro cuando lo aparearon con su propia madre, Romelia, que todavía podía dar otra cría para el patrón.

Trabajar, cargar, recibir fuetazos y montar a la madre pensando que la Santa Iglesia lo condenaría. Qué pinche vida miserable. Peor fue su desconsuelo cuando se enteró de que los burros llegan a vivir hasta cuarenta años. Cuarenta malditos años. ¿Pues qué estaría pagando? Con una chingada.

Próspero Muriático tenía 20 años cuando se perdió una noche en el campo y no supo regresar con su amo. Estaba tan nervioso que corrió pisoteando el inmenso sembradío de maíz en el que pasó la noche aterrado. A la mañana siguiente los dueños del maíz estaban furiosos, el burro loco les había jodido la mitad de la cosecha. Lo agarron y anduvieron de puerta en puerta preguntando de quién era; como el dueño no apareció y nadie quería adquirir la deuda por los destrozos, no hubo más remedio que llamar a la policía.

La pinche pitufada —pensó Próspero, ahora sí se chingó la cosa si llamaron a la poli. Allá en su lejanísima vida de gobernador él mismo se había valido de la policía para condenar a centenares de inocentes inventado cargos que le resolvían conflictos políticos para los que no tenía tiempo ni ganas. Y cómo ayudaba a limpiar la imagen aquello de “con todo el peso de la ley”.

Pero una cosa llevó a la otra, la policía municipal de Comitán decidió que los dueños del sembradío podían levantar cargos contra el burro por daños y perjuicios a su propiedad.

Próspero Muriático escuchó con las orejas gachas la sentencia que condenaba al “cuadrúpedo color gris sin señas particulares” a pagar con dos años de cárcel por los daños cometidos y cuya compensación económica no podía cubrir. 

Y pensar que le quedaban otros veinte años de vida.

Cuando terminaron de leer la sentencia y procedieron a preguntarle al acusado si comprendía y aceptaba la condena, rebuznó con toda su alma. La audiencia se rio a carcajada batiente. Qué lejos estaba de los atronadores aplausos posteriores al informe de gobierno. Con. Una. Chingada.

PASE AL MÓDULO 4, por Marcela Ferrer

Ante mí se revela el misterio de su eficiencia y alegría: veo cómo se reparten dulces, no sé si los van a vender, o es solo la culminación del ridículo y perturbador pero efectivo ritual…

Me llamo Mariana. Mi hermana Cecilia. Nos pusieron esos nombres porque cuando mi mamá era chiquita tenía dos amigas que le parecían sofisticadas, interesantes y se llevaban muy bien. Su sueño era tener dos hijas que se parecieran a ellas. Hoy esas señoras deben tener más de 75 años, si es que aún respiran.

Cecilia y yo no somos ni tan interesantes, ni tan sofisticadas, pero estoy segura que nos llevamos mejor que las originales. Cecilia ha vivido en diferentes países y siempre por más lejos que esté nos descubrimos haciendo las mismas cosas, pensando en las mismas personas. Llamándonos al mismo tiempo. Estamos conectadas. Estamos tan conectadas y somos tan estúpidas que hacemos los mismos pagos. Sí, tenemos la costumbre de hacer pagos dobles, en general no hay mayor problema más que la vergüenza de disculparnos.

—Ay, perdón te hicimos el pago doble, ¿está bien si lo consideras un adelanto o quieres regresarlo?

Así varias veces en nuestra vida, pero esta vez nos coronamos; pagamos doble la luz, y el agua. Con la Compañía Federal de Electricidad no hubo mayor problema, pero con los del Sistema de Aguas de la Ciudad de México ha sido, digamos, interesante. El dinero no entra directo a tu cuenta, pasa por el departamento de finanzas de la CDMX, después de varias llamadas en las que me han explicado esto, vislumbro un calvario.

Así que voy caminando por Insurgentes, pronto debo dar vuelta a la derecha. La oficina de gobierno a la que voy está sobre Monterrey (nunca me ha gustado esa calle, prefiero Medellín, me parece un nombre mas divertido, además de que está el mercado).

Me siento pesada, vengo cargando —todo en original y 2 copias como reza el mantra— identificación oficial, boleta predial, boleta de agua de el bimestre en curso y cuatro anteriores, comprobante de pago, comprobante de pago emitido por la Secretaría de finanzas de la CDMX que corrobora que pagué a través de una transferencia bancaria, el comprobante de que se hicieron esos pagos, una carta explicando mi problema y otra aclarando mi solicitud, y comprobante de domicilio, por supuesto vigente. Pfff.

Ya estoy en Monterrey con Guanajuato y veo un lugar que debe ser el que busco. Hay mucha gente afuera. ¡Qué pesadilla! pienso. Al ir acercándome veo sorprendida que hay filas, sí, la gente esta formada, intento disimular pero noto cómo mis cejas suben ligeramente y mis ojos se abren. Una ventanilla dice “pagos”, otra “aclaraciones” y otra “trámites”. En cada una hay un ser humano ayudando para agilizar y comprobar que una se forma en la fila correcta.

Estoy en la fila de “aclaraciones”, Elizabeth se acerca, tiene un enorme gafete con nombre, foto y una gran sonrisa. Me pregunta qué aclaración vengo a hacer, le explico la estupidez que hizo mi hermana —obvio—. Mientras revisa mis papeles, confirma que mis documentos están completos. Sonrío aliviada. Pase al módulo 4, espere sentada. Detesto que me hablen de usted.

Mientras espero, se escuchan gritos constantes, parece que vienen del piso de arriba, me hacen recordar a lo que cuando yo era chiquita imaginaba que era el club de los optimistas; evidentemente nunca fui a uno, pero imaginaba que gritaban frases positivas tomados de la mano, llenos de energía, abrazados. Escuchaba el anuncio en el radio. Empiezo a cantar la canción en mi cabeza, me asusta darme cuenta que la recuerdo con nitidez (ojalá así recordara las cosas importantes). Mientras la sigo cantando, ya con un ligero tarareo, paso al módulo 4.

Joel me saluda, le explico el problema, toma mis documentos, teclea por un rato. Teclea por otro rato y se diría que irradia alegría. Me pregunto cómo pueden estar de buen humor trabajando con esos gritos que surgen cada dos o tres minutos como una ola que sabes que viene pero no la esperas. Joel, un hombre como de 50 años, me mira entre las cejas y el armazón de sus lentes, y amable me dice: su trámite debe salir pronto. Vuelven los gritos otra vez, se escuchan eufóricos, no entiendo bien qué dicen pero la energía se siente hasta la planta de los pies; vidrios, paredes, suelo, todo retumba. Me devuelve mis documentos originales, él se queda con las copias (por suerte). Salgo, mi folder está menos pesado, me siento ligera.

Al salir me es inevitable mirar de reojo el lugar de donde parece que vienen los gritos. Es un grupo de jóvenes que portan gafete que los identifica también como empleados de la Secretaría, ahora están en la calle.

No lo puedo creer, ante mí se revela el misterio de su eficiencia y alegría: veo cómo se reparten dulces, no sé si los van a vender, o es solo la culminación del ridículo y perturbador pero efectivo ritual.  Otra vez comienzan a gritar (ahora sí se entiende), uno pregunta: ¿cómo venimos? Todos responden: ¡venimos cachondos!, ¿cómo nos sentimos? Nos sentimos chidos, ¿Qué somos? ¡somos chingones!

Me da un poco de pena ajena, pero inevitablemente sonrío, como si una chispa surgiera dentro de mí, me siento optimista. Comienzo a caminar otra vez por Monterrey, voy de regreso pensando “efectivamente, somos unas chingonas”. 

EFECTO CORRUPTOR, por Juan Pablo Estrada

“Justicia, s. Mercancía que, más o menos adulterada, vende el Estado al ciudadano como recompensa por su lealtad, impuestos y servicios personales.”—Ambrose Bierce, El diccionario del diablo

Por una noche, Mariana y yo pensamos que lo habíamos logrado. Desde que acepté ser su abogado ideamos mil estrategias para librarla de su marido, Esteban, coordinador de asesores de un político de los que cambian de Secretaría de Estado como de principios.

Tal vez podríamos conseguir que pagara las consecuencias del maltrato al que la sometió desde la misma noche de bodas en que, como un cavernícola posmoderno,  la arrastró del pelo  y la forzó a tener sexo una y otra vez mientras ella desmayaba, en parte exhausta por la puesta en escena de la fiesta nupcial y en otra por los golpes que recibía en la cabeza cada vez que su cráneo daba contra la cabecera. Sólo unos minutos le bastaron a Mariana para entrar al infierno al que se comprometió ante Dios y el Estado. Hasta que la muerte los separe puede ser una sentencia escalofriante.

Los insultos rebotando contra las paredes y los golpes bien tapados en su piel se hicieron una costumbre privada. Los ojos desorbitados que la castigaban con furia la hicieron dudar hasta de sí misma. Tal vez sí era una puta irresponsable, una estúpida que lo ofendía por platicar a solas con sus amigas, por querer salir a bailar con sus primos, por tener compañeros de trabajo e intentar seguir con su carrera, por creer que se mandaba sola. Con veinticinco años su vida de cristal se había fragmentado y refractaba luces de alarma que nadie quería ver.

Llegó una tarde de lluvia a mi despacho, por recomendación urgente de una amiga en común que por haber tomado algunos cafés conmigo me tiene por paladín de la justicia. Cuando la vi en la recepción pensé que Mariana era guapa pero algo la opacaba. Mientras le pedí que pasara a mi privado y que me tuteara (ya tengo algunas canas en la barba, pero el usted me incomoda), noté que a pesar de no traer tacones le costaba caminar y que respiraba con esfuerzo. Comenzó su relato con reserva, mientras entraba en confianza. Sus palabras pasaron de las consideraciones hacia su esposo y las dudas, a un profundo dolor físico y abandono emocional que traté de asimilar sin mostrar nada más que atención. Al escucharla pude ver que, detrás de los lentes obscuros y el maquillaje que se iba borrando, mi nueva clienta mostraba varias huellas moradas y rojizas, quizá aún húmedas de piel y sangre vivas, resultado de la más reciente borrachera de Esteban.  

Después de atender lo inmediato (un doctor que calculara la magnitud del daño en las costillas y la cadera), acordamos trabajar en construir un expediente que terminó por ser robusto. Había que trabajar rápido pero con cautela, pues el animal mantenía un régimen de vigilancia y amenazas férreo, con los guaruras proporcionados por mis impuestos como cómplices.

Unos días después teníamos ya pruebas, fotografías, testimonios y opiniones de médicos y peritos. Estábamos listos y sólo nos faltaba la estrategia a ejecutar para que pudiera ser detenido. Sugerí una escena flagrante y en público. Una peda, pues.  

Ayer en la noche, después de la cena inventada para festejar su aniversario, por fin logramos que lo aprehendieran. El tipo no se resistió al lugar de moda ni al costoso vino español seguido de varios vasos de whiskey de una malta en las rocas. Tampoco aguantó cuando me acerqué a saludar a su esposa con afecto y familiaridad. Menos cuando lo ignoré. Perdió la cabeza y en un arranque que parecía coordinado, la tuvo por puta, movió el brazo derecho para aventar el vaso old fashion que tenía en la mano y le soltó una escandalosa bofetada en el rostro con el dorso de la mano. Mariana se cayó de la silla por el impacto. No hizo falta más para que la patrulla que teníamos apalabrada actuara y lo detuviera entre el júbilo de los meseros y de los comensales, que espontáneamente grabaron la escena con sus teléfonos inteligentes. En minutos se llevaron detenido a Esteban, que con los brazos atrás sólo atinó a gritar el típico “no saben con quién se meten”. Llevé a Mariana a casa, y sonreí al verla entrar, por fin, con un caminar un poco más firme.

Al amanecer respiré un aire distinto. Hoy entra en vigor el nuevo sistema de justicia, anunciado durante años y diseñado para acabar con la impunidad. Se trata de usar expedientes electrónicos para obtener sentencias rápidas y objetivas. Los funcionarios prepararán el procedimiento que en un día será resuelto por un juez computarizado, una máquina incapaz de corromperse o de errar, sabedora de todas las normas que carga en su servidor. Por eso le aseguré a Mariana que podíamos confiar: En cuestión de horas llegaría un veredicto basado en la evidencia que demostraba, más allá de cualquier duda, que su agresor no debía seguir viviendo como si nada.

Llegamos contentos al juzgado en que se aplicarían los cambios del sistema. Como lo establece la nueva legislación, la computadora recibió todos los datos, elementos y pruebas, incluyendo los videos de la noche anterior. Esteban y sus abogados sonreían.

Unos minutos después, el robot encendió uno de sus focos en rojo y emitió un sonido que me resultó molesto. Una secretaria leyó en voz alta la pantalla: “La acción resulta improcedente, por un efecto corruptor del procedimiento”. El aparato judicial concluyó que se violaron los derechos de Esteban como acusado durante su aprehensión, ya que el operativo fue planeado, un truco para detenerlo. Todo quedó en un video que se difundió y se hizo viral en minutos, por lo que ya no cabía la posibilidad de un debido proceso. La máquina afirmó que, desde esta mañana, en los procesos ya no se permiten formalidades incumplidas. Esa es la justicia ciega del nuevo sistema, que no deja margen para el error humano pero tampoco para perspectivas y criterios.

Esteban salió del juzgado con su risita burlona portando el traje de diseñador  y empujando a “su mujer” hacia un automóvil. Se marchó impune, se sentía legitimado, vencedor; y Mariana más derrotada que nunca, regresaba al infierno para seguir cumpliendo con Dios y el Estado.

LOS COMELONES, por Galligato Râvi

Crédito de la imagen: Birgit Böllinger, en Pixabay

Lo voy a decir al chile. Me gusta ponerle sesos al mole. ¿Por qué la gente es tan pendeja en los asaltos? Les dice uno: —¡Órale, puto! Dame la cartera, y ya encarrerado el ratón también móchate con esos taquitos de canasta que te estás tragando. Es que salí de la casa y mi jefa no me dio de desayunar.

De retache, ¿qué recibo? Puras habas. Salen con cualquier mamada: —Eso quisiera, compa, pero en el pesero un pinche chamaco se chingó mi Chocotorro, me vas a dejar en los huesos. Si quieres te doy un cupón de Domino’s Pizza. Ah, ¿sí? Tome su balazo por chamaco pichicato.

Pero, ayer me sucedió un pinche desmadre más denso que las pastas que se mete el que dibuja al Bob Esponja. Llegué al banco bien macizo, con mi cuarenta y cinco con los dientes de fuera y mi playera de Pacquiao. Le dije a la cajera: —La lana o me llevo por delante al poli panzón. ¡No mames! No solo se portó sedita. Me llevó hasta la bóveda y me dejó sacar puro billete grande, que los de veinte no porque esos son para los jodidos que le van al América. Me sirvió un poco de café y guardó la marmaja en varios empaques ecofriendly que traía del McDonalds.

Me llamó la atención que las cámaras estaban apagadas. —Es que luego metemos de contrabando unos brownies con mota bien macizos, y pa que el gerente no se dé cuenta quién los mete y quién los saca le tapamos un ojo al macho—dijo el poli que dejé amarrado con un hilo dental. Ja. ¡Pinches godínez! Ni los narcos se las ingenian tan cabrón para pasar merca a la Tierra Prometida. Luego, el de servicio a clientes me ofreció un seguro para mi vocho bien barato. ¡A toda madre! La de intendencia me dio un chuchuluco y la bendición pal camino.

Así salí. Calladito. Tan bien portado como cura recién refundido en la parroquia. Justo al salir pasó enfrente una patrulla. Me fui caminando con un supositorio en el culo. ¡Uta, qué susto!

Llegué a mi casa y me puse a ver la tele. En eso tocaron a la puerta. Era un señor de bigote, lo recuerdo porque estaba en la fila de cartera vencida. —Buenas, don. En el güara güara se le olvidaron sus bolsitas. Tenga más cuidado. Luego por eso le comen a uno el mandado— dijo. ¡Caray!, ya no hay tipos tan honestos en el mundo. Le canté si quería chingarse un tentempié.  —¿Para comer aquí o para llevar? —preguntó. —Mejor afuera. Aquí hay mucho vecino chismoso.

Nos lanzamos por unos tacos al Instituto Nacional de la Cochinita. Pagué con uno de quinientos. Todos se nos quedaron viendo. —¡Qué pex, perrada! ¿Nunca se han fijado en un Dr. Simi a dieta con pedos de anorexia? Mi invitado se puso colorado y fue directito a hacer un depósito al “Bañorte”. Lo acompañé para que no se sintiera tan solo. Partimos cobijas y sacamos el billete del relleno de la botarga. A eso le llamo yo un pase de touchdown con engaño de carrera.

Nunca confíes en un gordo dentro de un banco. Menos, si dejas a la intemperie las bolsas del lunch. Se lo mete a la panza más rápido de lo que tarda en joderse el presupuesto un diputado del PRI.

Pero es viernes

Imagen: Alberto Alcocer @beco.mx

Es viernes, la temperatura está cambiando.

Es viernes al mediodía pero eso parece significar otra cosa, cualquier otra cosa menos que es viernes al mediodía.

No puedes creer que casi termina el año, que llevas diez meses trabajando catorce o quince horas diarias. No puedes creer que te cambiaste de casa, otra vez. Que dejaste de tener miedo porque pareciera que en tu alma y en tu cuerpo hoy sólo cabe el cansancio.

Qué cansancio. La incertidumbre agota, el cubrebocas agota, el encierro a medias liberado también agota.

Y recuerdas cuando todo empezaba y la gente compartía tutoriales, páginas web, nuevos negocios, actividades recreativas, entregas a domicilio y memes, la estampida de memes del conteo de los días. ¿Importan los días ahora?

Y los videos de niños graciosos explicando lo del bichito y los videos de las calles desiertas, los videos de los famosos en pijama y las famosas cocinando.

Y la fantasía naif que guardabas en secreto para tu cumpleaños, sí, esa que te repetías bajito: seguro que para mi cumpleaños ya habremos vuelto a la normalidad.

¿Importa la normalidad ahora? ¿qué eso de normalidad?

Y los cerebros de los niños acribillados con siete horas en clase cada día, pegados a una pantalla, ansiosos, desbordados; y los adolescentes atrapados en esa misma pantalla, fingiendo que aprenden, esquivando ataques de pánico. Y las madres ansiosas, rebasadas, cocinando, trabajando, conectando la pantalla del niño para que no pierda la clase, esquivando ataques de pánico. Antieducación en una pantalla, sin cuerpo presente, qué caos.

Y los padres ansiosos y los pantalones rebasados y esos seis kilos de más y esas cuatro canas nuevas y la piel del rostro a medias y las camisas apretadas y los cubrebocas alineados, colgados, exhibidos, expuestos, vendidos, decorados, tuneados, rotos, tirados.

Ah, y extrañar. Extrañarlo todo y a todos y luego agradecer porque lo tienes sin tenerlo o atreverte a decirte la verdad: que todo eso no lo extrañas tanto.

Y a dónde irán los besos que guardamos, que no damos.

Y a dónde irán los abrazos.

Y miras por la ventana y parece que ahí estará siempre el material humano. Siempre el material humano.

Y la jefa de gobierno de la ciudad monstruo pidiendo que no hagan reuniones con más de diez personas y la gente hablando, comiendo, ¿cogiendo?, llorando, riendo, dudando, cantando, sobreviviendo. Sin-cu-bre-bo-cas. Material humano kamikaze.

Pero es viernes. Y el cuerpo ahora sabe otras cosas. Sabe el miedo. Sabe la espera. Sabe la templanza. Sabe la distancia. Sabe el sanitizador con aroma cítrico. Sabe el gel antibacterial con aroma a alcohol destilado de peluquería. Sabe el redoxon de naranja, (eso no es una naranja ni un Magritte) de las mañanas porque hay que fortalecer las defensas. Cuáles defensas. ¿Estamos bajo ataque, Troya? Ah, la traición de las imágenes.

Pero es viernes y es noviembre y por ti que fuera 31 de diciembre del 2021 y la distancia, la de verdad —la que está hecha de tiempo— te dejara ver lo que hoy no puedes ver porque el maldito cubrebocas tapa la visión en ciertos ángulos.

Pero es viernes y ya se va Donald a la chingada (ya sé que su chingada es de lujo, no estén jodiendo) y es un respiro para el mundo. Pero es viernes. Y la orquídea está floreando.

Intangible

Fotografía: Alberto Alcocer @beco.mx

Todos los días paso junto a la entrada del Mictlán.

En la primera sección del bosque de Chapultepec, hay una pequeña cueva que te acerca al inframundo. Según nuestros antepasados mexicas, ese portal conecta a los vivos con los muertos, es un portal de pasaje, un camino para llegar al otro lado.

Así que cuando paso por ahí en mi carrera matutina siempre tengo conciencia del espacio, no puedo evitarlo y un extraño estado de respeto se apodera de mí.

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Servicios malignos

Llevo tiempo reuniendo el coraje necesario para hablar de este tema. Hoy me aventuro a hacerlo no por valiente, sino por insensata.

Empezaré por preguntarme dónde quedó aquello de que los mexicanos somos amables y tenemos una vocación de servicio innata. ¿Será todo diluido en la trampa del #LordLoquesea y #LadyCualquiercosa que ya no podemos solicitar un servicio digno por terror a que se viralice un video y nos caiga la guillotina digital? Seamos sinceros: muchas veces, como consumidores o clientes tenemos razón al hacer un reclamo sensato pero aguantamos por terror a que alguien saque un video y lo publique fuera de contexto para arruinarnos la vida. Síono.

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