Reparar

Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Cada tanto me entra una manía reparadora. 

Me pongo a buscar entre mi ropa las prendas que necesitan un botón o reforzar el dobladillo. Voy a mis libros y veo qué puedo hacer por los más destartalados. 

No fue siempre así. Por ahí de los 30 me dio por tirar todo lo que “ya no servía”. 

Pero ahora no. De unos años para acá la idea de reparar me emociona y me seduce. En mis múltiples mudanzas siempre busco al llegar al barrio un lugar para reparar zapatos. Me ilumino cuando me entregan un par de botas como nuevas con las tapas recién cambiadas o con un parche oculto. 

Con esta crisis sanitaria, los sitios donde reparan están cerrados. Las tiendas donde compramos, también están cerradas. 

Y eso me ha hecho poner en fila las cortinas y un par de pantalones para repararlos yo. Llevo días saboreando el momento de sentarme a hacerlo. La pequeña victoria de decir “lo arreglé” que deja una sensación real de poder.  

De niña vi a mi abuela y a mi madre reparar ropa, cazuelas, zapatos, almohadas… claro que yo tenía la fantasía de recibir objetos nuevos y rodearme de ellos. Pero cuando mi mamá me devolvía un abrigo o una falda reparadas, me salía un “¡lo arreglaste!” con una admiración absoluta. Ella tenía el poder de arreglar las cosas. El poder de reparar. 

La muñeca a la que se le zafó el brazo, el diente que me fracturé, la falda del uniforme de la escuela. Todo podía repararse. 

Con el paso de los años he pensado que esa experiencia de reparación y alegría que me dio mi madre es sobre lo que está sustentada mi existencia. Mi sensación de tener el lugar más legítimo en el mundo viene de mi capacidad de reparación. 

Hace algunas noches vi en Netflix el documental “For Sama” (2019, Waad al-Kateab, Edward Watts), hay una secuencia de un parto donde el recién nacido no tiene pulso, no respira. Sentí cómo mi corazón se paró por un segundo anhelando, como cuando era niña, que los médicos lo arreglaran.  

Esa abuela partera que forma parte de mi historia vino a mi mente. Qué sentiría mi abuela, cómo celebraría arrebatarle un niño a la muerte, devolverle el pulso, la respiración, repararlo.  

Hay algo en la reparación que cuenta lo mejor de la humanidad. Todos sabemos destruir, es fácil, es rápido, basta dejarse llevar por un estallido. Reparar es otra cosa, no todos tenemos la capacidad de reparar, o no siempre. 

Pero cuando aparece el impulso de reparar, hay tantos componentes de la psique puestos en ello que sus beneficios son inconmensurables: reconocer el error, detectar lo que está roto, no resignarse a dejarlo así, aprender de la fractura, de la herida, de la función que se niega a responder. No puedo evitar sentir cierta simpatía cuando veo a un hombre reparando su auto, reparar es un síntoma de salud, un aspecto luminoso de los seres humanos. 

En el edificio donde vivía hace cuatro años había un conserje que me impresionaba por su capacidad de repararlo todo. Desde el elevador hasta el desagüe, pasando por las puertas, las lámparas y hasta un tacón que se me rompió una mañana que bajé corriendo a una junta de trabajo y el taxi ya me esperaba en la puerta. Agustín era capaz de arreglar cualquier cosa. 

No pasaba medio día sin que el hombre reparara aquello que se había descompuesto. Era mayor pero fuerte y ágil. Tenía un halo más allá de la dignidad, era como un súper poder que emergía de él cuando tarareaba mientras manipulaba los objetos.  

Se iba cada mañana que cambiaba turno como un conquistador bajo una lluvia de laureles en el camino de regreso a casa.  

He pensado mucho en la reparación estos días, en lo que quizá hemos reparado de la casa ahora que tenemos tiempo, en el clóset o el librero que por fin arreglamos. Pienso en la tormenta destructiva de los medios, de las redes sociales, en la estampida de mensajes alienados que buscan destruirse en uno y otro bandos de la polarización. 

Vamos a necesitar mucha, mucha fuerza de reparación; esa que nace de la humildad de no tener la razón, pero sí lucidez para detectar lo que está roto y exige trabajo sin discursos, sin alardes. Trabajo de reparación, poderoso y humilde. Sin dogmas, sin ideologías, con el impulso vital empujando.

@AlmaDeliaMC

El ángel del hogar y sus demonios

Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Hace unos días, precisamente el 10 de mayo, tuve a bien publicar un tuit en el que reconocía el valor de la elección de las mujeres que decidimos no tener hijos; me pareció importante incorporar el tema a la conversación pública aunque fuera en un efímero tuit pues la tormenta de mensajes que trae la celebración por el Día de las madres que hace siglos se celebra en el mundo y poco más de cien años en México, es apabullante.

Pues ese insignificante tuit para hablar del caso opuesto, las no madres, en medio del hegemónico discurso que celebra la maternidad, resultó de lo más incómodo y me dejó un saldo de más de 2 mil insultos (nunca, ni cuando he cuestionado una conducta del presidente en turno, me había llovido de tal manera), pero me dejó también la certeza del síntoma expuesto para escribir y reflexionar al respecto.

Por muy dosmileros que seamos, el ideal femenino sigue lleno de conceptos que nacieron hace más de cien años y que han dado identidad a las generaciones de hoy con más vigencia de lo que quizá alcanzamos a ver.

La misión doméstica de las mujeres como base de valorización femenina está más viva que nunca. Hay un deber dictado por Dios y la familia, por la sociedad entera, que un día sí y otro también taladra con el mismo mensaje: las mujeres deben ser buenas, si son madres, serán mejores portadoras de bondad porque la idea de maternidad conlleva una práctica de “sacrificio” como los mártires y santos de la religión judeocristiana.

Pero no se trata sólo de la Iglesia, también hay un material interés en un modelo político y económico que se ha desarrollado sobre la base del rol femenino como formadora de familias (núcleo de consumo que sostiene incontables industrias). Y de ahí pa’lante, mi alma. Si las mujeres dejaran de reproducir familias o de dedicar su vida a sostener el núcleo de la familia, un montón de industrias se derrumbarían, y con ello todo un modelo económico y político.

Así, la idea de la domesticidad perfecta siempre ha estado asociada a las mujeres; el valor decimonónico que “dignifica” a una mujer si es una novia comprensiva, una enamorada de ensueño, una buena esposa, mejor madre y responsable absoluta de criar hijos como buenos ciudadanos, es de una prevalencia innegable.

Durante el siglo diecinueve se desarrolló un concepto similar en prácticamente todos los países de Occidente: “El ángel del hogar”. El ángel del hogar es esa mujer que con sus polvos mágicos y su sonrisa eterna recibe al marido cansado y lo atiende, le sonríe, empata sus apetitos con los de su hombre, cumple con un ritual formativo para que los niños en casa aprendan de ella a replicar un modelo que, hasta nuestros días, sostiene sociedades enteras alrededor del mundo.

Hay un ensayo de Nerea Aresti publicado bajo el mismo título que pueden leer en línea y que explica espléndidamente algunos de los conceptos de los que hablo aquí.

Pues ese concepto “ángel del hogar”, es perfectamente equiparable a la idea de la “santa madrecita” que los mexicanos practicamos. El dictado político y religioso que pesan en el fondo son de una perdurabilidad sorprendente.

En días recientes en casa hemos estado viendo en segunda vuelta la serie “Mad Men”, el personaje de Betty Draper, esa esposa con cara de ángel y pelo de muñeca que se consume de ansiedad y de tristeza por dentro, no dista mucho del modelo que muchas de nuestras madres y muchas mujeres contemporáneas son llamadas a seguir. Con sus diferencias de época pero el fondo es el mismo: hoy el mensaje dice que seas la madre cool que además trabaja, va al gimnasio, alimenta a su familia con productos bajos en grasa, orgánicos y que los niños que viven contigo (o señorones de más de 20 años porque hay casos, síono) ven como su mejor amiga.

Y es que es tan violenta una cosa como la otra: someter a las madres a la exigencia de simbolizar el amor, la bondad y la perfección, es una tiranía; ninguna madre merece esa imposición. Ser el hijo que debe ver a mamá como «santa madrecita» refuerza el infantilismo mental, ningún hijo merece tal mutilación a su inteligencia.

Pero criticar a las que no somos madres por querer incorporar el tema a la conversación, es de plano la tiranía expuesta: si somos madres tenemos que ser perfectas y si no somos madres y pedimos que se valore la elección, somos soberbias y narcisistas. Lo de siempre: que calladitas nos vemos más bonitas.

Volviendo al tema de los dos mil insultos, me parece el ejemplo perfecto para hablar de lo que en psicología se llama proyección de la sombra: a mayor tamaño del objeto, mayor proyección de la sombra. Hay un fenómeno ahí, profundo y complejo en la adoración ciega de la madre y de la maternidad.

He reparado un par de veces en las raíces etimológicas de la palabra Madre: “mar, mare”, el simbolismo de la madre se relaciona con la mar, pero también con la tierra fértil, mar y tierra como matrices de vida. Sin embargo hay una dualidad de vida y muerte: nacer es salir del vientre de la madre, morir es retornar a la tierra. Esa madre (mar y tierra a la vez) es alimento pero también riesgo de opresión y ahogo. (Recomiendo muchísimo hacerse del Diccionario de Símbolos de Chavalier y Gheerbrant en editorial Herder para revisar el valor simbólico en el origen de las palabras).

También me he atrevido a hablar del lado más oscuro de las madres, la pulsión filicida que algunas experimentan: el deseo de matar a sus hijos. Debe ser duro, doloroso, complejo, generar culpa y ansiedad infinitas. Y creo que quizá sería bueno hablar más de ello. Algunas simplemente no logran vincularse con sus hijos aunque los cuiden y nunca los abandonen, pero la falta de la mirada amorosa y de aceptación de la madre, trae consecuencias para toda la vida en la psique de las personas.

Por eso creo que el mundo sería un mejor lugar si sólo tuvieran hijos quienes tienen vocación para ello, y así como es perfectamente legítimo educarse para reconocer cuál es la vocación profesional o académica, sería un derecho sagrado educarnos para reconocer si tenemos o no, la vocación de ser madres. Reconocerlo y decidirse por el “no”, debería ser tan promovido como el mensaje que empuja a que digas “sí” desde la familia, la religión, la mercadotecnia y hasta la política; poco menos del 30% de los países en el mundo han aprobado el aborto legal en pleno 2020 y no en todos sus territorios.

Resumiendo: que estas sociedades adoradoras de la madre como arquetipo de perfección, necesitamos evolucionar, atrevernos a mirar la condición humana y no demandar a ningún ser humano que se mutile para convertirse en un prototipo. Ojalá que llegue el día en que se pueda elegir con libertad absoluta la identidad, por amenazante que nos resulte la idea de un mundo en el que todos pueden cuestionar el statu quo y atreverse a ser diferentes.

@AlmaDeliaMC

Encerrados y desnudos

 Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Hoy me levanté temprano, le gané al despertador.

Soy de esas personas a las que despierta el silencio más que el canto del gallo, vayan ustedes a saber por qué.

Apenas despuntaba la luz de la mañana cuando caminé hasta la sala para ver si por fin habían abierto los botones de la orquídea altiva que hace conmigo lo que le da su chingada gana y vi al vecino de enfrente, desnudo.

En pelotas, completito, como llegó al mundo.

Y me conmovió su desnudez, vaya cosa que hacen el tiempo y el encierro; de pronto, al menos para mí, todo tiene la mirada del origen, de la filiación; todo se aleja de la conquista y da paso a la ternura, a algo parecido a la hermandad.

Me conmovió su cuerpo imperfecto, la barriga desbordada, las piernas gruesas sobre esas pantorrillas flacas, las nalgas más blancas que el resto de la piel, el desorden en el pelo. El anti erotismo que esa imagen reflejaba.

Regresé a la habitación para no seguir mirando pero la foto ya estaba ahí, nítida, en mi memoria. Cuando más tarde me senté para tener una videollamada con una locutora de un programa de radio, nos vimos las caras lavadas, desnudas a su manera, luego de los saludos y el instantáneo desahogo, me dijo “estoy en calzones, que sepas”, se levantó y en efecto, vi que estaba en calzones y playera. Me hizo gracia.

He pensado todo el día en la desnudez que este encierro poco a poco ha ido sacando de nosotros. El color original de quienes se tiñen el pelo, el interior de las casas que vemos en los programas de tele que se graban en la intimidad cotidiana de los presentadores, las cocinas y los platos, los miedos, las miserias del alma, también sus grandezas. Poco a poco, aunque suene paradójico, el encierro nos ha ido desnudando. Estamos guardados pero expuestos.

Quizá me llama la atención porque yo, misterio de misterios, soy un ser pudoroso.

Me desnudo con dificultad y lo sufro casi bajo cualquier circunstancia, desde el vestidor del gimnasio hasta las pijamadas con amigas y hermanas, me cuesta mostrarme desnuda. Estando sola soy incapaz de deambular sin ropa por la casa.

Así que toda la desvergüenza y exhibición que hago a la hora de escribir, poniendo en palabras los recovecos más íntimos de mi alma; me los guardo en el cuerpo, en la convivencia cotidiana.

No trabajo en calzones ni en pants. Yo me visto, cada mañana, para sentarme frente al escritorio a abordar el guion o la columna o el relato del día. Busco una blusa que vaya bien con los jeans, unos tenis del color adecuado, unos aretes, incluso.

Pero hay otras desnudeces que el encierro ha ido provocando: la inseguridad, los pensamientos inconfesables en torno a la posible muerte, propia y ajenas; la ansiedad, la intolerancia a las interrupciones rayana en furia instantánea, un estado infantil que se pasea a sus anchas en mi psique; las ganas de comer dulces, el recuerdo de relaciones pasadas, el arrepentimiento por haber sido mala, el arrepentimiento por haber sido una reverenda pendeja, las ganas de llorar por todos mis muertos, las ganas de abrazar a todos mis vivos… resumiendo: el amor y el miedo.

Pareciera que va quedando lo esencial, que la casa como símbolo del interior, la casa emocional y mental; están horadando sin tregua en la psique ahora que las habitamos 24 x 24.

Según Gastón Bachelard, en “La poética del espacio”, la casa representa el ser interior, el sótano corresponde a lo inconsciente, los aposentos revelan la relación con el refugio, con la madre que es una casa-útero; incluso es atinado decir que la forma y estado de nuestro espacio revela la forma y estado en que alguna vez nos relacionamos con nuestra madre, ese primer refugio, esa primera casa que tuvimos. Qué narra nuestra relación con el espacio: ¿abandono o cuidado?, ¿armonía o caos? ¿todo funcionando o ene reparaciones pendientes?

En fin, que los espacios de la casa están en nosotros, así como nosotros estamos en ellos: así como el orden exterior refleja el orden interior y el desorden lo mismo; lo que nos ha provocado estar en la casa durante esta temporada de encierro, tendrá un mensaje personalísimo para cada uno. Yo sigo pensando en mi desnudez y la incapacidad para lidiar con ella.

Que cada uno escuche, y sienta. Que estar encerrados y desnudos, nos conecte con el cuerpo, y con el alma.

@AlmaDeliaMC

Durmiendo con el enemigo

Crédito imagen: Pixabay

Han pasado 33 días desde que comenzó, oficialmente, el aislamiento sanitario en México. Son muchos días de estar encerrados en casa conviviendo 24 x 24 con la familia o la pareja. Y ahora sabemos que falta otro largo período. 

La cercanía es un detonador de emociones que puede cimbrarnos, hacernos cuestionar las relaciones elegidas y los vínculos de origen: todo adquiere una densidad nueva, no hay distancia, no hay perspectiva, y sí muchas emociones que se tocan muy de cerca hora tras hora. 

Arthur Schopenhauer lo advirtió hace tiempo en la metáfora del puercoespín o, como algunos le llaman, “el dilema del erizo”. Un grupo de puercoespines deben sobrevivir a un día helado, la temperatura es tal que si no se unen y permanecen en manada, no conservan el calor y pueden morir a causa del frío. Pero cuando están muy cerca, las espinas del otro lastiman, hieren, hacen sangrar el cuerpo. En el proceso de encontrar la distancia adecuada para preservar el calor sin lastimarse, hay más de un herido y quizá, algún muerto. 

Sé que todos hemos tenido días buenos y días malos, desencuentros de pareja o familiares que luego pasan y vuelve el amor, la gratitud por no estar solos, por tener una casa más allá de las cuatro paredes y el techo, por tener una tribu que nos da pertenencia ahora que se necesita tanto.

Y también hay situaciones límite, como descubrir precisamente en estos días una infidelidad, o darte cuenta de que ya no quieres seguir en una relación, o descubrir un embarazo no deseado. Historias que pasan por una y otra de esas circunstancias han llegado hasta mí. No puedo más que sentir una profunda empatía, imaginar la ansiedad y el desasosiego que provoca estar en el centro de una vivencia tan complicada en esta emergencia sanitaria que a todos nos va cambiando poco a poco la vida.

Pero hay otros casos, los de la violencia, los que no van y vienen en un proceso natural de convivencia cotidiana o desgaste de pareja. Son los casos que asfixian, que disparan la agresión en escalada, que llegan a la muerte. 

Ateniéndome a la perturbadora estadística de nuestro país, podría concluir que si van 33 días de aislamiento, desde el 16 de marzo hasta hoy que escribo, han matado a 330 mujeres. En la mayoría de los casos el asesinato lo habrá cometido la pareja, dentro de la propia casa.

La violencia necesita aislamiento, puertas cerradas, un escondite; y estar encerrados ofrece la circunstancia perfecta para los agresores. Y el conteo no para, y las vidas se pierden cada día.

Vale la pena revisar el blog de Frida Guerrera que hace un extraordinario trabajo documentando las historias, poniendo nombre, rostro, mirada a cada una de estas mujeres por las que no hicimos nada y que hoy se suman a este conteo doloroso. https://fridaguerrera.blogspot.com/ 

Las mujeres que viven violencia doméstica hoy están más vulnerables que nunca. Y es probable que muchas de esas mujeres sean cercanas a ti y tú ni siquiera lo sepas. Así que alerta: porque esa amiga o hermana de la que hace días no sabes nada o que apenas te contesta los mensajes, podría estar en peligro, viviendo una situación de violencia. Durmiendo con el enemigo. 

No bajemos la guardia, no abandonemos, no olvidemos. 

Este país sigue siendo un peligro para muchas mujeres. No las dejemos solas. La epidemia de violencia también es responsabilidad de todos y lleva con nosotros mucho, muchísimo tiempo, tanto, que ya no la vemos aunque vaya dejando cadáveres a su paso.

@AlmaDeliaMC

Días santos, pasiones carnales

Pixabay

Es jueves santo. La mañana huele, sí, a santidad pero también a desprecio. 

Y hay un aroma más de fondo, un vaporcillo que se hace notar de alguna manera: olor a deseo. 

Flora sabe que será un día importante. Mientras escoge la falda más larga y el escote más inofensivo, piensa en lo aburrida que se siente en esa congregación donde el desprecio es el punto de partida. Está aburrida de escuchar sermones aterradores y amenazas apocalípticas que a veces encuentra tan absurdas que le gana la risa durante la impetuosa prédica del pastor juvenil y tiene que salir de la iglesia fingiendo un ataque de tos. 

Pero se ha enamorado de Benjamín y tampoco hay mucha diferencia entre esta comunidad de cristianos evangélicos y la de testigos de Jehová a la que acompañaba a sus padres hasta hace algunos meses. 

Lo cierto es que el principio de superioridad de ambos grupos religiosos se amasa con el mismo ingrediente clave: hay una casta de gente superior que se permite despreciar a otra porque la primera es más buena, más creyente, más apegada a los mandamientos de las sagradas escrituras. 

A ella le da igual, le habría resultado más difícil cambiar de marca de desodorante que de religión. Por otro lado el amor, ya se sabe, transgrede cualquier límite, con especial arrojo cuando se tienen diecinueve años.  

Al principio ella y su novio sostuvieron algunas discusiones sobre las diferencias doctrinales pero pronto abandonaron esas charlas para pasar a los temas realmente importantes. 

Lo que Flora quiere es coger y en eso Benjamín está en total acuerdo con ella. Tiene que ser hoy porque la calentura los desborda y la circunstancia será propicia, es su turno para salir a repartir folletos ilustrativos sobre la vida de Jesucristo y sus aleccionadoras parábolas. 

La pareja se pierde camuflada y protegida por la cristiandad del grupo de “apóstoles iniciados” que les sirve de barricada. Ella camina junto a Lucía, entre las chicas uniformadas con falda kilométrica y cara lavada; él avanza al lado de Beto, con los muchachos de pelo engominado y la camisa fajada sin pliegues dentro del pantalón. La expresión sacra de sus rostros es una máscara bien aprendida en las ilustraciones bíblicas. Pero quien tenga ojos y sepa mirar notará que los traiciona, sin remedio, esa mirada bestial, la mirada del deseo.  

Al llegar a avenida Juárez y Eje Central, unos pasos antes de internarse en la alameda con el resto, Flora y Benjamín se detienen, abandonan al grupo y se atrincheran en un Oxxo. Corren tomados de la mano hasta llegar al hotelucho en el que se registran entre carcajadas con falsos nombres, muertos de ganas y de miedo. 

La falda infinita y el pantalón impecable salen volando, las piernas se enganchan, los sexos se encuentran como dos animales hambrientos y el sudor hace resbalar sus pieles que chocan rítmicamente una contra la otra. El colchón les queda chico, el placer los vuelve inmensos.  

La batalla de cuerpos sigue hasta que se acaba el tiempo y no quedan más condones. 

Veinte minutos después los amantes reparten boletines entre las bancas de la alameda junto a sus compañeros de apostolado. Se lanzan miradas furtivas, sus rostros resplandecen con la luz de quienes han alcanzado la salvación entre gemidos y espasmos. 

Es viernes santo. La mañana huele, sí, a santidad pero también a desprecio. 

Y hay un aroma más de fondo, un vaporcillo que se hace notar de alguna manera: olor a deseo. 

Lucía sabe que será un día importante. 

@AlmaDeliaMC 

Un viernes con el enemigo

 Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

El café se enfrió y las lágrimas se calentaron en algún lugar del pecho.

El cerebro es una cosa rara, justo dos minutos antes repetía en algún rincón de mis conexiones neuronales el estribillo de una canción a ritmo de son: “Ay, me muero, sin tu veneno, me muero yo” Y eso me llevó a pensar en algo que escuché hará cosa de diez años: las parejas que no pelean, están desahuciadas.

Era viernes, la pelea había sido memorable. Yo dije cosas horribles, deliberadamente hirientes, él respondió dando un puñetazo a la pared. Todos los pleitos de pareja parecen ser la misma historia, con el mismo clímax, y muy probablemente, con el mismo desenlace. Pero eso no lo sabes cuando estás ahí, sintiendo una explosión de furia que te revienta los huesos y te ennegrece el alma.

La batalla se había desatado —perdonen la falta de originalidad— porque su ex mujer me odiaba. Ellos seguían siendo amigos y también amigos de los amigos de un gremio tan extendido como apegado, así que el contacto con mi predecesora era constante y ella no dejaba pasar la más flaca oportunidad de manifestarme su desaprobación o de exhibir su superioridad sobre mí haciendo comentarios públicos para descalificarme.

Me eligió de enemiga y congregó a todo el que quisiera tomar partido por ella, es decir que hizo lo típico. Lo que hacemos todos a los que nos corre sangre por las venas: aferrarnos con uñas y dientes para que el entorno no cambie, para que nuestros vínculos permanezcan inalterables y los de quienes nos rodean también, para proteger con nuestra más pura irracionalidad aquello que amenaza contra el mundo conocido, sobre todo el de la identidad emocional.

Yo (él, ella, ellos) estábamos viviendo una historia infinitamente repetida. El problema, insisto, es que en la biblia no nos dicen qué cabronadas hizo el ex de Eva ni la ex de Adán cuando esos dos recibieron el título de la pareja del momento y ahora todos pensamos que somos los conquistadores originales de cualquier territorio o ser humano al que llegamos. A ver si alguien habla con los editores porque a ese libro —peligrosamente fundante, para colmo— le urgen un montón de ajustes. En fin.

Tras el puñetazo en la pared vino un azotón de puerta y él se fue un par de días. Yo me quedé rumiando mi resentimiento, mis ganas de lastimarlo para devolver la herida de traición que me escocía, mis ganas de ser mala. Recuerdo aquellos días como un pasaje espeso en el que tuve miedo de mí misma, un túnel oscuro en el que fui capaz de concebir las venganzas más atroces. No ejecuté ninguna, desde luego. Pero la sola posibilidad de asomarme a mi lado torcido, me hacía sentir culpable.

Entonces ocurrió algo extraño (niños menores: no lo intenten en casa), tanto darle rienda suelta a mi lado cruel y a mi furia imaginando revanchas terribles y pensando mal de él, ella, nosotros, ustedes y ellos; me fue limpiando hasta que me hizo sentir realmente mejor, al punto que de pronto me iluminé y comprendí que sólo formábamos parte de un laberinto de espejos. Que todos éramos el reflejo de la carencia del otro, de la otra; que todos proyectábamos y veíamos en el de enfrente, el de al lado, la de atrás, aquellas piezas mal acomodadas de nosotros mismos.

Recuerdo también que tuve un vago pensamiento que en ese momento no me permití abrazar por estar en el centro del desencuentro, pero ahora lo hago.

Pensé: tengo el honor de ser tu enemiga.

Hay mucho ahí, ser el enemigo de alguien es tremendamente valioso porque el otro nos elige y nos pone, queriendo o sin querer, en un lugar importante en su proceso de transformación.

Juro que no estoy en drogas, sólo intento transmitirles lo que pienso. Ha de ser que voy por el cuarto café o que el estribillo de la canción del veneno está colonizando otros pasajes neuronales del inquilino que llevo por cerebro. No sé.

El caso es que se nos va la vida queriendo ser buenos, al menos a la mayoría, creyendo en dioses, leyes, madres y padres, escuelas, caricaturas y publicidad que nos inducen a ser buenos. Y me parece que a veces hay que permitirse ser malo, asomarse a esa grieta profunda, darle forma al pensamiento de lo que odiamos, de lo que no soportamos; hay tantos mensajes personalizados en ello, tanta identidad por recoger y recuperar desde ahí, que nos perdemos de la mitad de nosotros mismos negándole la mirada a ese yo feo, perverso y jorobado del espejo.

No está de más atreverse a probar el caldo de nuestra maldad para enterarnos de qué carajos estamos hechos. Es lo que creo hoy, que también es viernes y que he sido un poquito mala. Pero ya me siento mejor.

@AlmaDeliaMC

Tiempos de ansiedad


 Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Lo primero fue sentir que me estaba volviendo loca. Unos episodios de desconexión que me dejaban perturbada durante días, esa sensación de túnel donde todos están del otro lado, lejos, desfasados en una realidad distinta a la tuya.
Luego vinieron los ataques de pánico que yo confundía con crisis de hipoglucemia. Temblar, hiperventilar, la lengua y las manos adormecidas, ese dolor en el pecho. La certeza de que venía un infarto fulminante.

Tenía entonces 24 años, ahí empezó mi peregrinar con cardiólogos y psiquiatras. Ese maldito demonio llamado ansiedad del que tantas veces he hablado. Es una putada. Es enorme, difícil de trascender, inhabilitante.
Trabajaba en aquél tiempo como consultora para una empresa transnacional; me rompí por dentro el día que, al llegar a una reunión de trabajo, un ataque de pánico me dejó tirada cuan larga soy en el lobby del corporativo. La vergüenza, el pánico, todo junto. Y el desempleo, claro.
Porque perdí ese trabajo. Y tantos otros.
El demonio no hacía sino crecer y le crecían también las fauces y las garras y yo no dejaba de sentir que cada día me hacía tajos más profundos por dentro.
Me daba miedo dormir y morir durante el sueño, me daba miedo despertar a los ataques de pánico; me daba miedo salir a la calle pero me daba más miedo quedarme en casa.
Un día que me sentía bien me subí al metro. No debí hacerlo.
Todavía se me encoge el estómago de recordar el ataque que se detonó cuando el convoy se detuvo durante minutos y yo me hice consciente de que estábamos a nivel subterráneo, “atrapados”; empecé a sudar y a temblar, saqué mi bolsita de papel para no hiperventilar, pero fue en vano. Ataque de pánico en toda forma, frente a los otros pasajeros que me veían con cara de asco. Vayan ustedes a saber lo que habrán imaginado. Apenas se movió el tren y paró en la siguiente estación, yo salí disparada sin saber muy bien a dónde, sólo quería respirar.

Si alguien me hubiese dicho, allá y entonces, que lo superaría, que un día podría respirar normalmente, que podría volver a hacerme cargo de mí misma, no lo habría creído.
Es difícil creerlo cuando sientes que has caído al calabozo más oscuro y que cientos de fieras desconocidas te lamen los pies, dispuestas a devorarte.
Me tomó años de luchar a brazo partido contra esa bestia inconmensurable; pero logré dominarla.
Se puede con terapia. En terapia entendí el origen de mi Leviatán personal: una historia de sobrevivencia, sobresaltos, abuso y pobreza; no era de extrañar que mi psique se hubiese quedado anclada a un patológico estado de alerta. También se domina con amor, propio y de los demás. Aprendiendo la autocontención. Escribiendo como remedio milagroso contra cualquier mal. Corriendo. Hablando con otros sobre esos episodios. Tomando dosis de realidad cada día, la realidad no es el caos que la imaginación dispara, la realidad tiene datos concretos, es un dique que contiene a la cabeza enloquecida.

¿Y por qué viene a cuento ahora? Porque la bestia de la ansiedad aprende a obedecer en tiempos de calma, con variables conocidas, en situaciones controladas; pero despierta cuando el caos la llama, porque no está muerta, sólo domesticada. Y un animal con miedo, ya se sabe.
Cada tanto reconozco sus señales. Un dolorcito de cabeza y ya me veo en la fosa; un carraspeo porque tragué chueco y la bestia le gana en velocidad imaginativa a mi cordura, ya me veo con el resultado de la prueba del COVID19 positiva… despierto por las noches con el crujido de las ventanas y la duela que el sol ha calentado durante el día y quiero saltar de la cama y salir corriendo por si está empezando a temblar —para agregarle tensión a la trama, qué quieren. Luego me digo que no está temblando, me tranquilizo y vuelvo a dormir, pero entonces los sueños vienen cargados de las peores pesadillas.

Y los proyectos de trabajo, y si se cancelan, y si suspenden los pagos que me deben… entonces la bestia pega su nariz fría a mi pecho. Ahí está, esperando para morder, hambrienta, afilada.
Estoy segura de que los ansiosos del mundo somos legión, y sé que hay una edad en la que te sientes inadecuada o inadecuado por tener esa cosa dentro de ti y no se lo cuentas a nadie.
Estoy segura de que muchos, entre broma y broma, vamos dejando saber que estamos muertos de miedo. Aunque nos mantengamos funcionales, mostremos buen ánimo y le pongamos la mejor cara a lo que está pasando; sabemos que la bestia puede despertar y correr detrás de nosotros con toda su potencia para atraparnos.

Escribo para ustedes: somos muchos. La certeza del acompañamiento con otros que comparten esta condición, siempre reconforta. Esto también pasará, y la psique tiene una reserva poderosa, inexplicable, un lado luminoso, capaz de crecer y de cuidar, de autocontenerse y de regularse. Habrá que aferrarse a ella.
Quienes hemos bajado al infierno sin haber muerto, sabemos que después de la larga noche viene un día de cielos despejados.
Les dejo un abrazo no físico ni mental, sino del alma. Y nos repito: esto también pasará.

Cuentos de maldad (y uno que otro maldito)

Editorial Alfaguara

Todos los protagonistas de estos cuentos mutarán de “buenas personas” a seres insolentes que permitirán a su lado oscuro asomarse como una conquista de sensatez y autonomía. Por una vez, ellos serán los malos de la historia. 

Aquí los títulos de los cuentos:

  1. Severiano y los tamales del amor
  2. Jackie
  3. La mesa de siempre
  4. Pensamiento lógico
  5. El amor es eterno mientras duele
  6. El agua encuentra su cauce
  7. Manual de la alimentación posmoderna
  8. Lady Gargajo
  9. El último de los Godínez
  10. Madre ejecutiva
  11. La rebelión de los de en medio
  12. El dedo de Dior
  13. Mamá Carola
  14. El vampiro de Bed and Breakfast
  15. El ejercicio puede ser nocivo para la salud
  16. De clase mundial
  17. Cazadoras
  18. Diablo frágil
  19. Casa busca cambio de inquilino
  20. Herido Dios

Haz clic para comprarlo en línea en:

📖 Amazon

📖 Sanborns

📖 Péndulo

Alma Delia cuenta cuentos de maldad (y uno que otro maldito)

Editorial Alfaguara

Veinte relatos en torno a las peripecias posmodernas que, contados con humor negro, evidencian la inocencia con la que nos entregamos a un estilo de vida sin comprender que ofrecemos el cuello como víctimas voluntarias desde la comodidad del hogar y a un clic de distancia del posible asesino.

Del Vampiro de Bed and Breakfast que va sembrando cadáveres donde se hospeda a Jackie, la sensual repartidora de comida que entra en la casa de sus solitarios clientes y los ejecuta; pasando por Bartolo Gomer en La rebelión de los de en medio que provoca una revolución incendiaria en un gris corporativo de oficinistas.

Cuentos que relatan cómo en pos del éxito y la “calidad de vida”, hemos construido pequeños infiernos a través de la tecnología, la persecución de la productividad y la devoción por absurdos propósitos que, antes o después, se vuelven contra nosotros.

Los protagonistas de estas historias mutan de buenas personas —incluso buenos objetos como La mesa de siempre— a seres que permiten que su lado oscuro se asome como una conquista de libertad. Desobedecen, renuncian, traicionan, matan.

Tanto Severiano —el vendedor de tamales vengativo, como Lucía, que no puede controlar su deseo; son poseídos por ese Diablo Frágil que, como decía Fernando Pessoa, corrompe pero ilumina.

*Un mensaje de la autora:

Sé, por los tiempos que corren, que más de una persona encontrará ofensivos estos relatos. Lo comprendo, pero no lo comparto.  

Tampoco me disculpo y sostengo que la ficción es mi tierra prometida; el paraíso recuperado sobre el que puede reinventarse la realidad desde un lugar gozoso, lúdico, retorcido: humano.  

Así que defiendo mi territorio creativo como defiendo que el sentido del humor es un antirrito que aparece en todas las culturas; un maravilloso rasgo de inteligencia humana que supone la capacidad de transgredir los valores más arquetípicos, fundantes y asfixiantes que necesitan ser cuestionados. 

Las bromas son un principio liberador, un ataque no peligroso contra el control. Sean pues, estos cuentos, mi manera de rebelarme contra el pensamiento rígido y contra tantas chingaderas que ocurren como resultado de eso. 

Gracias a mi casa editorial Alfaguara por la complicidad: a Mayra González por su profesionalismo y calidez, a Fernanda Álvarez por su mirada crítica y atinadas correciones. Gracias a quienes, en su momento, leyeron alguno de estos cuentos para enriquecerlos con sus comentarios: Gabriela Solís, siempre atenta. Julia Santibáñez, única en su precisión. Marcela Azuela, la más generosa. Óscar de la Borbolla, mi maestro. Ricardo Bada, mi querido amigo trasatlántico. A Guillermo Arriaga, porque entre barrios nos reconocemos. A José Esteban Pavlovich, camarada. 

Gracias, especialmente, a Gerardo Tagle por las dosis de amor y maldad que sumó a este proceso; por la paciencia, las infinitas horas y el café de la mañana. 

Y a todos los que hagan eco de estas historias con una carcajada: gracias. 

**Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) está a la venta en librerías El Péndulo, El Sótano, Porrúa, Amazon. También en formato eBook en iTunes, Kindle y Google Play.

Politicum excrementum

Pixabay

¿Cómo explicar la naturaleza humana que se supone llevan en el interior esos bichos execrables llamados políticos si no es aceptando que pertenecen a una taxonomía única y diferenciada del resto de la especie?

Si alguna inteligencia superior nos observara seguramente pondría particular atención a esta subespecie, la clasificaría en un lugar distinto y, atendiendo a su conducta, su nombre asignado en latín vulgar sería algo como lo que apunto en el título de este texto y, consecuentemente, por nombre común llevaría el de Político de Mierda.

Los hábitos, comportamiento, códigos de convivencia, longevidad apocalíptica, formas de reproducción y tipo de alimentación de estos seres nos permite inferir que no pueden ser definidos ni por el color del partido al que se afilian, ni por el discurso conservador o progresista del que hagan alarde o por la facción centro –izquierda – derecha u omnipresente que elijan para ubicarse: lo que verdaderamente los identifica es que tienen una constitución intrínseca de mierda.

Nunca entenderé por qué si se han realizado esfuerzos e investigaciones para comprender los cerebros criminales de los asesinos en serie o de los psicópatas más connotados, no ha habido ninguna dedicación científico-biológica para revisar la mollera, la bioquímica y la psique de los políticos.

Entre ellos y nosotros median tantas y tales diferencias de juicio y comportamiento que no puedo más que pensar que su materia gris tiene componentes distintos a los de nosotros, los humanos que habitamos fuera del subreino animal llamado clase política.

Y tampoco coinciden al cien por ciento con otros representantes de Animalia; me puse a pensar en los artrópodos, particularmente en las cucarachas, por ejemplo, ya que presentan varias similitudes con el Politicam excrementum tales como su capacidad adaptativa milenaria; su inmunidad a casi todo y su entorno natural que es cualquier lugar oscuro, húmedo y abundante en alimentos; coinciden también en que su sobrevivencia se basa en el ocultamiento y la oscuridad, se dice que por cada cucaracha que sale a la luz, hay al menos doscientas escondidas… otra estrategia que frecuentemente utilizan para sobrevivir es hacerse las muertas; y si se reproducen en abundancia es para asegurar su parasitaria permanencia. Sigo hablando de las cucarachas, aclaro.

Se ha observado que incluso pueden sobrevivir varias semanas sin cabeza, que el cuerpo funciona y reacciona a estímulos aún cuando no haya un cerebro coordinando sus acciones … sí, el parecido es sorprendente pero hay algunas diferencias fundamentales entre estos insectos y el Politicam excrementum: las cucarachas no se sienten superiores a su condición de cucaracha, tampoco aspiran al poder, no pretenden comportamientos engañosos para aparentar que son bellas y gráciles mariposas pues ellas son lo que son. Además presentan otro rasgo interesante y diferenciador con el Político de Mierda: las cucarachas toman decisiones en grupo pues la colectividad está enquistada en sus entrañas.

Con el mismo ánimo comparativo repasé también a los roedores y a los lobos, encontré algunas similitudes pero más y mayores diferencias que con las cucarachas.

El Politicam excrementum es un híbrido con tantas variables que la extravagante morfología del ornitorrinco palidece junto a este peculiar bicho.

Y es que atendiendo a sus extrañas conductas que ningún otro representante del reino Animalia reúne, se perfila un organismo único. ¿Cuáles conductas? Pues esas, las que todos conocemos.

Detentan poderes plenipotenciarios conferidos por ellos mismos, poderes que nunca están sustentados en alguna superioridad de capacidades real como ser el miembro de la manada más fuerte, más inteligente o el más experimentado: no, simplemente tienen el poder porque lo tienen.

Siempre gastan más de los recursos existentes y toman más tiempo del que habían comprometido para realizar cualquier obra y aún así esperan gratitud y quieren recibir reconocimientos y celebraciones por las chingaderas que cometen y que además catalogan como la “realización de su trabajo”.

No tienen el gen de la empatía: para ellos un muerto que no sea de su sangre no es un muerto, la vida humana no tiene valor sino es la suya o, en algunos caos, la de los suyos.

Todos aspiran a un lugar de mayor poder o mayor autoridad y todos se sienten más merecedores que cualquiera para ser nombrados superiores.

Son increíblemente tercos. Sus acciones -aunque su discurso diga otra cosa- revelan su verdadera y única voluntad: no cambiar, no ceder, no escuchar, no ver, no hacer algo diferente porque cualquier cambio podría atentar contra sus propios beneficios y privilegios.

Los que alguna vez se declararon férreos progresistas laicos, para el sexenio siguiente se manifiestan conversos y están llenos de una repentina fe religiosa; pueden, si es necesario, decir que pertenecen al género masculino un día y al siguiente pertenecer al femenino o viceversa; llevar una bandera amarilla que cambiará fácilmente a roja, azul, verde o llevar un arcoíris hecho jirones en la mano: lo importante es estar en un lugar donde haya recursos, poder y visibilidad mediática.

El que milita en el partido más conservador y que aconseja abstenerse de toda actividad sexual es el que suele visitar los clubs de bailarinas eróticas y que paga por tener sexo condimentado con las parafilias más predecibles. Al que dice creer en Dios y en la compasión divina no le importa dejar a su paso miles de muertos y es incapaz de pedir perdón por el dolor causado.

El que se dice cuasi comunista y asegura ser el más desinteresado en el dinero es por regla general particularmente ambicioso, capaz de cometer cualquier bajeza con tal de conseguir una cuenta millonaria.

El que promete que velará por la seguridad y que pelea contra las redes de delincuentes es el delincuente mayor.

Sus lujos faraónicos, sus propiedades vergonzantes, sus palacetes de origen dudoso y de pésimo gusto como inmensas casas blancas adornadas con mojones de mierda metálicos o emulaciones del Partenón griego; son algunos de sus rasgos distintivos.

Y sé que a nadie sorprendo, que doy pinceladas de un retrato por todos conocido, sin embargo, lo que todavía me descoloca es que nosotros, los Homo sapiens, aceptemos ser dirigidos por ellos, los Politicam excrementum.

Es que algo anda muy mal. Si hasta los caballos, esos nobles y extraordinarios animales de la familia Equidae que han sido diseñados para la obediencia y la carga, se resisten a ser guiados por un mal jinete cuando este es torpe, cruel o no tiene don de mando ni habilidad para andar el camino.

Y la pregunta que me carcome el alma desde hace décadas es la misma que me hago hoy: ¿vamos a resignarnos otra vez a que esa subespecie nos diga hacia dónde ir, cómo y por dónde? Quiero creer que no. Nosotras no.