Nunca cambies

Alberto Alcocer / @beco.mx

Me puse a limpiar el cajón de los tiliches porque soy una procrastinadora profesional.

Comprimo el tiempo que debo destinar para ponerme a hacer lo que tengo que hacer hasta encañonarme bajo la amenaza del contrarreloj, así soy. Primero doy vueltas alrededor de mis dudas, sobre todo cuando las dudas son vitales.

Entonces salgo a correr, hago llamadas, contesto correos importantes o insulsos; navego como la más idiota de las idiotas en las redes sociales. Voy a la cocina una y otra vez para servirme un café o para abrir la puerta del refrigerador aunque no coma nada.

Mis dudas no hacen más que germinar hasta que les brotan florecitas feas y silvestres con cara de signo de interrogación. Y con espinas en el tallo porque necesitan tener alguna posibilidad de defensa en su hábitat agreste, que soy yo.

Y es que son dudas importantes, no es cualquier cosa renunciar a las certezas, al camino conocido, salirse del estándar; empeñarse en dominar a la culpa hasta que aprenda a saludar, a respetar mi plato de comida, a quedarse callada cuando sus ladridos son sólo por berrinche, hasta que aprenda quién manda aquí.

Luego de hacer todo eso, incluyendo lo de arreglar los estantes, por fin me dispongo a escribir.

Pero algo me distrae, en el cajón mágico –que ya no de los tiliches- un cuaderno forrado con papel lustre color violeta me guiña el ojo.

Uf. Qué viaje.

Es un cuaderno del año 1993, cuando salí de la secundaria.

Un cuaderno de hace más de veinte años.

Lo abro, me encuentro con las notas que escribieron mis compañeros de generación el último día del ciclo escolar.

Cómo golpea el tiempo cuando se presenta así, es como una ráfaga de viento pero no fresco sino caliente, quemante, de un viento casi sólido que nos empuja a voluntad.

Uno a uno de los textos se van deshojando frente a mí.

Uno a uno me proyectan como en tercera dimensión los rostros de mis compañeros de clase; sus caritas de cachorros, de adolescentes asombrados, de seres humanos inacabados, atenazados por el miedo al futuro.

Éramos alrededor de veinticinco alumnos por grupo en aquel entonces.

Veinticinco incertidumbres. Veinticinco futuros desconocidos, veinticinco ambiciones discretas o grandilocuentes, veinticinco signos de interrogación como mis florecitas rústicas.

Y todos los escritos, antes o después, con errores ortográficos o sin ellos, apuntan hacia la misma petición: nunca cambies.

Lo siento. Sí cambié, y mucho. Sí he cambiado y seguiré haciéndolo.

Intenté más de una carrera universitaria. Hoy no ejerzo ninguna. Intenté ser actriz, lo dejé.

Intenté el crecimiento ejecutivo en el mundo empresarial.

Intenté un casi matrimonio.

Intenté la yoga, montones de dietas, intenté convertirme en bailarina de flamenco, intenté vivir en el norte y el sur, intenté fumar y dejar de fumar. Intenté vivir en la selva. Intenté ser mejor persona y me rendí ante el despropósito.

Intenté el amor, lo sigo intentando.

No intenté ser madre, no todavía.

Intento escribir, lo seguiré intentando.

Me creció el pelo y me lo corté, ad náuseam. Lo pinté de azul y de rojo. Me puse extensiones, me las quité. Me salieron seis canas que parecen de plástico y se ven feas, tiesas, indomables. No intentaré teñirlas.

Y con cada uno de esos cambios vinieron las pérdidas. Pero también las ganancias.

He perdido amigos, parejas, coordenadas de identidad en las que ya no me definía, he perdido dinero y peso, también lo he ganado. He perdido la calma, la he recuperado. Han llegado nuevos amigos, nuevos amores, nuevos mapas para trazar la identidad.

Aquel ‘nunca cambies’ que yo también escribí en los cuadernos de ellos entrañaba el terror que nos dictaba un mandamiento espeluznante: no te transformes, no crezcas. Congélate.

Y a pesar de tanto camino andado y desandado todavía soy una adolescente de secundaria, aún hoy pretendo que durante los cambios de ciclo aquellos a los que amo se muevan junto conmigo y se mantengan no sólo cerquita de mí sino contenidos en el mismo encuadre de pertenencia por identificación. Pues no, ni cómo.

Es que duele desprenderse del muégano, duele por la soledad inmediata que se hace presente. Aterra porque un cuadrito de harina inflada recubierto de caramelo es mucho menos seductor que el muégano completo.

Cuando los demás se casan y tú no, cuando los demás tienen hijos y tú no, cuando los demás permanecen con su pareja de quince años y tú no, cuando los demás se interesan en cosas en las que tú no, la brecha se presenta y crece inevitablemente.

Esa expresión que a veces emitimos, no sin cierto resentimiento sutil, dice infinitamente más de lo que dice. “X ha cambiado mucho”.

Probablemente cuando señalamos al que ha cambiado, apuntamos hacia nuestra quietud, señalamos nuestra resistencia a desbaratar el molde de un yo anquilosado que se ha ido quedando chato y rígido.

Guardo el cuaderno violeta y siento una enorme nostalgia pero al mismo tiempo una profunda gratitud. Cuánto he cambiado, cuánto seguiré cambiando.

Ahora sí, me pongo a escribir.

@AlmaDeliaMC

La soledad del artista, un cuento de Juan Pablo Estrada

Cuarteto minimalista, del pintor Jazzamoart

Javier pasó días esperando que llegara la inspiración.

Lo había intentado todo, desde repasar fotos tenues en los álbumes de su infancia, hasta el recorrido desesperado y desesperante de lo que ofrecía la televisión de paga. Cualquier cosa en busca de una imagen, un concepto que le devolviera a sus manos la capacidad de crear, quizá trazar un boceto, alguna combinación de puntos y líneas capaces de transmitir. Pero nada.

La luz se fue con Norma, quien después de años de matrimonio lo dejó la semana pasada, harta del carácter volátil y de los excesos de la vida de un artista gráfico que, después de su época de oro, se negaba a aceptar la aburrida enfermedad de la madurez.

Como iniciando un ritual, recorrió el estudio en que se había convertido la estancia de la planta baja en la que hace años jugaban y hacían la tarea sus hijos, que al crecer se marcharon dejando espacio para exhibir los cuadros y esculturas. Ya había pasado una semana desde la última tertulia, así es que comenzó a limpiar mesas y fregar la duela, a borrar las huellas de tabaco quemado en ceniceros y los dedos y labios marcados en los vasos y copas con sedimentos de vino.

A media labor aséptica unos portarretratos lo llamaron desde el librero. Se detuvo a verlos y los tomó casi con cariño, uno por uno. Antes le había parecido un invasivo grupo de fotografías, pero hoy lo transportaron a mejores lugares y tiempos: La plenitud del viaje a Nueva York con el jueves en que devoraron el MoMA; la sencillez de la luna de miel en la que sin notarlo Norma le tatuó su entrega y lo marcó con el conjunto rojo que luce en la foto, que se veía tan bien puesto como tirado al pie de la cama. La vida.

Oyó un golpe de llaves en la cerradura y el chillido de la chapa, seguidos de pasos discretos pero firmes en la escalera. Llegó Norma.

Javier sonrió con malicia y ojos de alivio, aunque no quería mostrar ansiedad ni consentir los días de abandono. En fracciones de segundo pensó qué decir: —Bienvenida guapa. No necesitas disculparte, lo entiendo. La fiesta, el escándalo, gritos de borracho una vez más. Soy egoísta, sí, pero siempre lo he sido y así me quieres ¿no? Dime que sí, por favor. He recordado lo mucho que compartimos, mira las fotos, tus fotos, yo creo que podemos, que puedo cambiar y…—.

Pero no tuvo mucho tiempo más para planear el discurso, ni para soltarlo. Norma apareció en tacones, con su blusa estampada de múltiples colores y los labios carmín. Serena, decidida, diría que radiante por una renovada felicidad. Lo desarmó. Javier no alcanzó ni a saludar, ella se adelantó apurada:

—Hola Javier, perdón por no llamarte antes de venir. Son las prisas. Hablé con los niños y —limpió la garganta—no puedo seguir aquí, así, contigo. Tomaré algunas cosas para ir unos días con ellos en lo que encuentro un espacio para alquilar. Ahora podrás vivir como te gusta y sin quejas. Yo ya no quiero más.

Se sucedieron frases, maletas y gestos que no alcanzó a retener. Los minutos pasaron pero Javier no corrió con ellos. Era un mero espectador de una obra ajena ya acabada. Cuando Norma dejó sus llaves y cerró la puerta, lo invadió un dolor ciego y sordo.

Adiós. A Dios. No Dios. No dos. Uno. Solo.

Regresó al retrato del viaje de bodas. Al besar el vidrio se le ocurrió un concepto bueno para su pieza definitiva: una estructura móvil, irregular y sensible.

Arte vivo ausente: La soledad del artista. Con ansia y violencia, Javier hundió las manos en el bote de una pintura primaria, rojo escarlata. Sintió la humedad en sus grietas y ahogó los ojos en ellas.

José José pide un aplauso para el amor

Imagen tomada de Pinterest

Vamos a decirnos la verdad, todos hemos vociferado las desgarradoras piezas de nuestro Príncipe de la canción en alguna borrachera.

Y es que José José es como el enamoramiento: una manifestación del espíritu, un estado de ánimo que nos arrebata.

Antes de seguir, me veo en la obligación moral de aclarar que escribo este texto en calidad de fan absoluta de este enorme cantante.  Así que ruego que sepan perdonarme si cometo excesos en mis manifestaciones de adoración pero qué le voy a hacer si una no es lo que quiere, sino lo que puede ser. Y yo soy intensa.

Sin importar si somos tormenta, tornado o volcán apagado, los que amamos con totalidad kamikaze necesitamos profetas elegidos, voceros del desgarre que nos representen. Para nuestra pinche buena suerte en México tenemos más de uno, empezando por José Alfredo Jiménez, pasando por Juan Gabriel y, desde luego, contamos con el inigualable José José.

Y es que, amigos, hay que ver cómo es el amor, que a la hora de buscar la descongestión del alma por una querencia atorada, vale lo mismo recurrir a Leonard Cohen que a nuestro crooner a la mexicana, cómo carajos no. Porque no podemos negar que el mensaje de fondo de las canciones de este par es el mismo: There ain’t no cure for love, para el amor no hay cura. Si podremos dar fe quienes hemos rodado de acá para allá siendo de todo y sin medida.

Ya sabemos que todo pasa y a los sufrimientos, como a las palabras, se las lleva el viento, pero mientras estamos presos de la cárcel de unos besos o sintiéndonos apenas un ínfimo peldaño de la escalera emocional de otro, hace falta que encontremos el modo de saborear nuestro dolor y ahí es donde José José se vuelve indispensable.

Lo maravilloso de las letras de sus canciones —mérito de autores como Manuel Alejandro y el propio Juan Gabriel— es que pasan por todas las fases de la aventura amorosa: desde la infatuación de quien declara “tengo en la vida por quién vivir, amo y me aman”, hasta el desencanto “déjame encender la luz, no quiero nada”, para regresar, oh insensatos, a las ganas desesperadas de volver a enamorarnos “Amor, amor, si me escuchas y me puedes ver: no me cierres tu guarida, llena un poco de mi vida”

Este maestro que nos enseñó figuras literarias como la comparación entre “amar y querer” y razonamientos filosóficos como el silogismo “lo que un día fue, no será”; merece toda nuestra gratitud, reconocimiento y buena vibra porque nunca nos ha dejado solos, confundidos ni olvidados ofreciéndonos la balada perfecta para cada ocasión.

José José es intergeneracional y atemporal justamente porque el amor y el desamor son transversales.

Ya sé que habrá quienes encuentren demasiado popular este refugio pero, compañeros, el amor es un animal babeante y con garras al que le importa un rábano si para sobrevivir a él repetimos salmodias divinas o los versos de nuestro Príncipe en un bar con piano y hasta pista de karaoke. Hay que ser fruncidos del alma para pensar que la bestia de la pasión distingue entre la elaboración del dolor sofisticada y la común.

Recuerdo que cuando era niña encontraba insoportable el momento José José de las fiestas y no me explicaba por qué los adultos destartalados que quedaban al final de las reuniones, parecían tan conmovidos y se mostraban insaciables en su compulsión de cantar una canción tras otra.

Pero porque el tiempo tiene grietas como grietas tiene el alma, me hice adulta igual de destartalada y rijosa que aquellos que se desarmaban con tres tequilas y una canción sobre la mesa. No hace mucho descubrí a mis sobrinos adolescentes escuchándolo.

Por eso digo que el fenómeno es intergeneracional y sé que mientras la nave del olvido no parta, nos entregaremos sin pudor a la música del Príncipe en las juergas mexicanas.

También por eso estoy convencida de que nuestro José José no es ni gavilán ni paloma, sino Ave Fénix, esa que renace de sus cenizas. Y así como él pidió un aplauso para el amor, yo pido un aplauso para él, que bien ganado lo tiene en este mundo y en el otro.

*Texto originalmente publicado en https://www.univision.com/famosos/jose-jose-pidio-un-aplauso-para-el-amor-pero-hoy-solo-aplaudimos-a-el-principe-de-la-cancion

@AlmaDeliaMC

La sociedad del cansancio


 Alberto Alcocer / @beco.mx

Soy adicta al agotamiento.

Llegué a tal conclusión luego de años de ser estudiante, becaria, empleada, desempleada y autoempleada.

En cada formato me he explotado a mí misma de forma bestial. Recuerdo de mi época de ejecutiva la tarde en que mi jefe me dijo que estaba haciendo yo sola el trabajo de cinco personas.

No sé descansar, no recuerdo un período de mi vida en el que no me entregara a una actividad febril constante. Y ahora que soy mi propia jefa, la cosa ha ido a peor. Todas las semanas trabajo de lunes a domingo y sin horario de cierre, siempre estoy escribiendo algo, desarrollando algo, reuniéndome con gente para algún proyecto. No paro.

Hará cosa de tres semanas me caí mientras corría en el bosque, derrapé sobre mi lado izquierdo rebanándome la piel de la rodilla y amoratándome las manos que metí para no romperme la cara. Esta semana volví a caerme en mitad de la carrera. Dos veces.

Cuando me levanté con un hilito de sangre escurriendo de mi rodilla y otro de mi mano izquierda —siempre se lleva todo el impacto, la pobre— tuve una iluminación: es que no puedo más con la verticalidad.

Este construir, levantar, sumar, producir, ir más alto en la calidad y más arriba en el alcance de los proyectos me está matando.

Y como la vida es buena y también sabia aunque yo a veces sea una culera y otras una tonta redomada, cayó en mis manos esta maravilla: “La sociedad del cansancio” (Herder, 2017) de Byung-Chul Han que me atrapó desde la primera línea y que no deja de cuestionarme.

Dice Byung-Chul Han que cada época tiene sus enfermedades características y que así como hemos pasado tiempos de enfermedades bacteriales o virales, la patología de nuestros tiempos es neuronal. Estamos enfermos de “positividad” plantea el autor, tenemos una visión tan “no te rindas” y tan “todos somos ganadores” y tan “ sé productivo porque puedes lograr lo que tú quieras” que hemos entregado voluntariamente nuestros límites de explotación a unos niveles nunca vistos y donde no hace falta la figura de un patrón o jefe explotador: somos nosotros mismos quienes nos sometemos a esta carrera tiránica.

Desde que existe WhatsApp la oficina no cierra nunca, con la mayor naturalidad aceptamos mensajes a las diez de la noche o un sábado o domingo para revisar un pendiente de trabajo, entregamos todos nuestros espacios a la tiranía de la disponibilidad permanente.

Y esa obsesión con el superrrendimiento, con la superproducción y la supercomunicación termina por quemarnos el alma, por deprimirnos. Exactamente como les ocurre a algunos atltetas retirados que un día, súbitamente, son incapaces de realizar el mínimo esfuerzo físico porque lo agotaron todo.

Justo cuando leía el librito apareció el video de la actriz Bárbara de Regil donde señalaba con ímpetu el mal que se auto inflige quien va de fiesta y se excede bebiendo y comiendo; el remate de Bárbara “te estás destruyendo”, me regaló el corazón de esta reflexión: ¿y no es otra forma de destruirnos esta mirada positiva de “darlo todo”?

Cito unas líneas de Byung –Chul Han que me tienen en la más profunda agitación desde que las leí:

“… Nunca se alcanza un punto de reposo gratificante, el sujeto vive con una permanente sensación de carencia y de culpa. Como en último término compite contra sí mismo, trata de superarse hasta que se derrumba. Sufre un colapso psíquico que se designa como burnout o síndrome del trabajador quemado. El sujeto que está obligado a rendir se mata a base de autorrealizarse. Aquí coinciden la autorrealización y la autodestrucción”

Respiro. Y me digo que está bien parar, decir no puedo más. Respiro y pienso que me voy a hacer el regalo de la rendición.

Vuelvo a recordar para mí y para quien encuentre utilidad en ella esta verdad preciosa: hay batallas que sólo se ganan renunciando a ellas.

@AlmaDeliaMC

Clases de discurso con Greta Thunberg, un texto de Jaina Pereyra

Imagen tomada de Pixabay

El discurso es un formato curioso. No es un ensayo. No es un guión de teatro. No es un cuento. Ni es un comercial. Pero, de cierta manera es todo eso al mismo tiempo.  

Hay un debate abierto sobre si debe dejarte pensando o con el corazón exaltado. Personalmente creo que las dos cosas, porque el discurso no existe sin argumento, pero no trasciende sin emoción —positiva o negativa, valga decir—.

Como discursera creo que lo más difícil al redactar un discurso es que el o la oradora no tenga sentimiento alguno respecto al tema que va a plantear. Rascar para saber qué quieren decir, sólo para encontrar que no están emocionalmente vinculados al argumento, es como buscar los resultados de la lotería y ver que no ganaste ni un reintegro. Y no hay mayor frustración porque desde un discurso ayuno de emoción, no se puede trabajar. No hay pasión al escribirlo, ni hay reacción al escucharlo y, por lo tanto, no cumple su función política fundamental.

El discurso sólo puede y debe evaluarse desde su objetivo: iniciar una negociación, convocar una emoción, incitar una acción.

Y esta semana, el varias veces compartido video de Greta Thunberg en la ONU (https://www.youtube.com/watch?v=bW3IQ-ke43w) es una pieza perfecta para análisis.

Demuestra lo mucho que se juzga a la o el orador cuando se escucha un discurso. El discurso nunca puede ser si no es de y desde quien lo emite. Y a esta joven se le evaluó con las reglas más estrictas que yo haya visto, tal vez porque rompió muchos paradigmas.

Las oradoras, lo sabemos desde siempre, se evalúan de manera distinta que los oradores. Una mujer no puede presentarse a un debate con el pelo alborotado y la ropa desaliñada, porque lo que se interpreta como cercanía y pasión en un hombre, la vuelven a ella una fodonga o una loca. Greta logra que la primera evaluación no sea sobre su físico; sobre si es hermosa o no (sí, a las niñas también les hacen eso). Su pasión es el centro de la discusión. No se habla realmente de su locura, sino sobre si fue auténtica y pertinente. Parece menor, pero es un logro enorme.

El discurso de Greta, más que a ella, revela a las audiencias. Nadie pone atención a la causa de su exaltación. No sólo la condición de Asperger con la que vive pudiera explicar parte de lo excepcional de su gesticulación. Es, además, la reacción a su primera respuesta. ¿Cuál sería tu mensaje?, le preguntan. “Mi mensaje sería que los estamos observando”, responde clara, serena y concisa. Y en el video, de pronto, se escuchan las risas de la audiencia. No la están tomando en serio y Greta se da cuenta. La joven entra en rictus. La frustración se acumula y, de pronto, la contención que la define, paradójicamente la impulsa a escalar la emoción. Pero nadie valida ese enojo. Para ellos Greta es una curiosidad y la empatía una excentricidad.  

Las reacciones al discurso nos demuestran además el poder del enojo. Varios twitteros quisieron explicarnos con hilos argumentativos (es un decir) por qué la activista es una vendida, por qué quiere acabar con el capitalismo. No se dan cuenta de que el mensaje de Greta es tan general, que si no fuera por sus hilos, nadie sabría que hay inclinaciones anticapitalistas (¿las hay?). No se dan cuenta de que las calles de Nueva York se llenan con una noción de lo que Greta pide: consciencia, acción y políticas públicas frente a la emergencia del cambio climático. Nada más, ni nada menos.

Quienes critican su enojo tal vez ni siquiera saben que días antes, la activista dio un discurso frente al Congreso de Estados Unidos (https://www.youtube.com/watch?v=ojnyKn8_hLc).

Un discurso clásico, estructurado, con datos, pausado. Un buen discurso del que nadie se enteró. Así que sí, el enojo es un superpoder, sobre todo en las mujeres, a quienes se nos enseña a esconderlo.

Y, claro, esa virulencia, argumentan, sólo puede ser producto de la manipulación, de la mentira. Es una falsa, la acusan, sin darse cuenta de que el poder emocional viene de que Greta es intolerante a la incongruencia y, de hecho, ha dejado de viajar en avión por principio. Por eso, desde la tranquilidad de conciencia puede preguntar una y otra vez a los líderes del mundo: ¿cómo se atreven?

Asombrosamente, su discurso es tomado con la literalidad que no se le ha exigido nunca ni a los instructivos de armado de muebles. Proliferan los memes sobre cómo la infancia de Greta no fue robada, porque pudo ser peor. Y aunque ella insiste una y otra vez en que es una privilegiada, le cuestionan que se victimice. Oh, la victimización, el pecado femenino por excelencia. Aunque ella haga lo contrario.

La primera vez que vi su intervención, algo me incomodaba. El discurso en sí no es espectacular, pero todos sus elementos lo son. Y eso se demuestra en las reacciones insistentes y virulentas que ha suscitado. Conforme pasan los días, voy reconociendo las diferentes dimensiones del poder de comunicación de alguien que, en los parámetros tradicionales (y arcaicos) de la comunicación política, jamás hubiera sido elegida como vocera.

Finalmente creo que quienes han seguido cuestionando por días si Greta es un símbolo al servicio de los intereses más oscuros, debieran leer la prensa con más regularidad. Suponiendo sin conceder que tuvieran razón, me atrevo a afirmar que existen intereses mucho más oscuros que la ambición de contener el calentamiento global. Pero, si aun leyendo la prensa piensan que una activista de 16 años es la principal amenaza del mundo, debieran tratar de contraponer un símbolo igual de poderoso. Tal vez entonces se darían cuenta de que la humanidad necesita sentirse trascendente, convocada en un momento histórico determinante y que por eso Greta funciona tan bien. Porque ella, si eso les gusta pensar, puede estar comprada, pero los cientos de miles que marcharon con ella no. Y eso es una buena noticia para el mundo.  

La misma piedra, un texto de Francisco de la Rosa

Imagen por Francisco de la Rosa

Tropecé de nuevo y con la misma piedra, se oye de fondo. Miro al cielo y descubro un nimbo no gris, prieto. Precavido como dos, camino hasta cubrirme debajo de una marquesina. De súbito, comienza a llover no poco, más bien algo cercano, digamos, a cántaros. Convenientemente para mí, una mujer flaca y con cara de loca se detiene debajo de mi marquesina: mía porque yo llegué primero y mía porque me gusta, la mujer, más que la marquesina. Ella hurga en las entrañas de su bolso. Se enfada. Recuerda que su única sombrilla sigue en casa de su ex con el cual terminó el año pasado, cerca de la temporada de lluvias. Sus pies se empapan. Su cintura comienza a humedecerse y yo también… abro mi mochila y extraigo, con éxito, un paraguas. Lo extiendo tanto como me gustaría ampliar mis intenciones. No sabría cuál, pero alguna expresión en mi rostro la invita a protegerse de la lluvia. El nimbo está de mi lado y deja caer su contenido líquido con más furia, ocasionando que el costado de la mujer –ahora con el cabello húmedo– se una al mío. No pensé que fuera a llover así –dice–. ¡Esas nubes están muy negras! ¿Nubes?, ¿más de una? Miro al cielo y sí, en efecto, hay dos, casi tres. El nimbo ha desaparecido.

Tropecé de nuevo y con el mismo pie, concluye, Con la misma piedra, en voz de Alicia Villareal. El nimbo está fragmentado y de un color distinto al que percibí minutos antes. Le explico, no a Alicia Villareal, sino a la mujer flaca y con cara de loca, que no son nubes o que, al menos, no lo eran hace unos minutos. Le digo que las nubes que ahora observa eran una y la misma cosa, y que calificarlas como negras es un desatino, pues cuando recién iniciaba la canción del grupo Límite sí que estaban negras. Me mira incrédula. Sonríe. Sonrío. Caigo en cuenta de que ninguna explicación mía podrá hacer que la mujer bajo mi marquesina y mi paraguas deje de ver más de una nube y que no importa cuánto me esfuerce no hay manera de concebir que ese grupo de nubes fueron una.

Como suceso lógico, después de estar bajo mi paraguas, la mujer flaca y con cara de loca estuvo bajo mis sábanas y ahora está bajo mi techo. Loca, como su cara lo denunció desde el principio, optó por modificar la decoración de mi departamento. Inició con el color de los muros, después cambió algunos muebles de sitio y hace unas semanas partió una silla por la mitad. ¿Qué te parece? Hermosa, dije yo sin mirar lo que había hecho con la silla. No me mires a mí, me reprendió y me entregó una de las mitades. ¿Qué es?

Claro, me preguntó a mí, pero lo cierto es que ante una circunstancia similar, la mayoría respondería que era la parte de una silla, la mitad o un fragmento de un objeto que parece incompleto. Algo que corresponde al nombre, pero que no lo abarca por completo porque dista un poco, o un mucho, de la imagen mental que lo representaría. También es cierto que muchos tal vez se enfadarían y después de dar su respuesta agregarían un ultimátum. Pero yo no, y por esa razón días después me despertó el ruido de la sierra de mano. ¿Qué te parece? Observé lo que había hecho con una segunda silla. Esta vez no era un corte simétrico: rebanó el respaldo. Igualmente me entregó una de las partes. ¿Qué es? Un banco, respondí. ¿Y esta otra? ¿Una repisa? ¿Una tabla para cortar verduras?, titubeé.

Hace tres días me dijo que le presentarían a una persona para valorar un nuevo proyecto. No me pregunten de qué. A estas alturas no sé en qué trabaja ni a qué se dedica ni dónde nació ni… El punto es que ayer regresó muy afectada: no dejaba de hablar de la persona que recién le habían presentado. Estaba desencajada. ¿Por qué?, pregunté yo. Es que no tenía… y el recuerdo la hizo callar. ¿No tenía qué? Pues no tenía… ¿Un brazo?, quise completar la oración. No, no es eso. ¿Entonces una pierna? No, tampoco es eso. ¿Una pierna y un brazo? ¿Ambos brazos? ¿Ambos brazos y una pierna? Por favor, mujer, ¡habla ya! Sí, eso –me dijo casi entre lágrimas– sólo tenía una pierna. No lo hubiera imaginado, me dijo mi mejor amigo cuando le conté parte de esta historia. A ti sólo te gustan flacas y con cara de locas: tropiezas siempre con la misma piedra. Y qué bueno que lo dijo porque casi olvido por qué traje a cuento la canción “Con la misma piedra” del grupo Límite.

Evidentemente, nada de lo que acabo de narrar ocurrió, pero puede ocurrir, sobre todo lo de nombrar a una cosa de la misma forma aunque haya modificado su figura de manera sustancial. Desde luego que no sucede con todas las cosas. Las discusiones sobre qué del objeto lo hace acreedor al nombre han ocupado a lingüistas por varios años; pero acá el tema es otro. Es cómo algunas cosas mantienen, por llamarlas de alguna manera, sus propiedades semánticas y pese a la modificación de sí mismas conservan su nombre y cómo otras lo pierden o lo cambian. Nadie obtiene vasitos al dejar caer un vaso de vidrio ni un par de gafas al partir unas por la mitad. Pero se tendrá una piedra cada vez que ésta se parta sin importar la simetría o el tamaño. Una piedra dividida en siete da como resultado siete piedras. Una planta –siempre y cuando no muera–, tampoco pierde el nombre así ésta pierda varias de sus ramas o todas sus flores, y lo mismo ocurre con una persona, pues seguirá siendo persona así le falten todos los dientes o alguna de sus extremidades. Quizá por ello las personas serán siempre piedras –sin agraviar a ninguna feminista o a algún masculinista, pues cualquiera de los dos podría argumentar que concebir como piedras a una mujer o a un hombre o a ambos, sería cosificarlos reduciéndolos a objetos–, porque por supuesto que son (somos) objeto del conocimiento de otro, y si no me creen a mí ni a ningún epistemólogo, pregúntenle a Schopenhauer y les dirá que “Ser sujeto para el objeto y ser nuestra representación, es lo mismo. Todas nuestras representaciones son objeto del sujeto, y todos los objetos del sujeto son nuestras representaciones”.

La cosa –no me refiero a la piedra ni a la persona, sino al tema– es que nadie tropieza con la misma piedra, aunque ciertamente sí tropieza con una extensión o una porción de ella: con una hija mayor o menor, pero no necesariamente es la misma. Tropezar con la misma piedra parece, pues, un pequeño desatino toda vez que sin importar cuántas veces se fragmente mantendrá su nombre. De esta manera, Alicia Villareal y su desaparecida agrupación y sus fans y el que escribe y seguramente varios de los que leen, encontramos una justificación idónea para decir que todas las personas son iguales, aunque muten su forma: cambiando de color, de tamaño, de peso; aunque extravíen sus entusiasmos mientras suman otros que les eran desconocidos; contemplen su sonrisa desdentada; sean testigos de los surcos que araron los años, y de los entumecimientos que heredaron de una o varias enfermedades. Similar a las piedras, que sin importar cuánto cambien su aspecto, seguirán siendo, según nosotros, las mismas piedras.

Las cebollas hacen milagros, un cuento de Maya Zapata

Disfrutaba cada bocado como el manjar más suculento pero de pronto, a medio plato, se levantó, corrió al baño y devolvió hasta el último pedacito de ceviche de abulón que había degustado con tanto placer.

—Seguro que fue la cebolla morada— me dijo.

Yo sabía que esa cebolla le caía mal, por eso me pareció extraño que me pidiera que le hiciera su ceviche favorito con mucha cebolla morada argumentando que andaba con un antojo tremendo. Y era verdad, porque después del vómito, regresó a terminar el plato entero para luego volver a vomitar… el ciclo se repitió durante una semana entera. Así que se fue a ver al doctor jurando que tenía cáncer de estómago o algo por el estilo. Saliendo de la cita me llamó y me dijo: Mi amor, estoy embarazada.

Mi madre no es una persona muy cuerda, tiene un talento impresionante para mentir, además de una hipocondría que raya en síndrome de Münchhausen, pero ahora sí pensé que se había vuelto loca sin remedio y comencé a buscar los datos del psiquiátrico por si acaso.

—¿Pero no tenías menopausia desde hace como 5 años, mami?— le pregunté para confrontarla.

Era humanamente imposible. Yo sabía que tenía una vida sexual activa con su novio, 10 años más joven que ella, cosa en la que intentaba no pensar y mucho menos imaginar, pero mi madre estaba convencida de que le había pasado como a la Virgen María, que su embarazo era producto de un milagro. Dios había escuchado sus plegarias y ahora podía darle el hijo que tanto deseaba a su joven concubino. Afortunadamente ya había encontrado el teléfono del psiquiátrico para llamar en cuanto colgara con ella. Esta vez había rebasado todos los límites con este cuento de loca de patio, pero como me dijo que la ecografía la harían en un par de semanas y que quería que la acompañara, puse en pausa lo del loquero y fui con ella. Esa dosis de realidad la haría desistir de su chifladura.

Es increíble lo que se siente cuando escuchas los tambores de la naturaleza en los latidos furiosos del corazón de un bebé que está por nacer. Ese sonido nos embrujó, nos unió y hasta olvidamos por un tiempo que mi madre no estaba del todo bien de la cabeza, de hecho, nos unimos todos a su locura: compramos ropita de bebé, cuna, remodelamos el cuarto que antes había sido mío; y en la casa se respiraba un ambiente de unión, de cordialidad, de esperanza; hasta el novio de mi madre me resultaba simpático, cosa que hasta ahora me parecía imposible y; el neurótico de mi hermano, que siempre estaba de malas, parecía contento con la idea de un hermano a quien pudiera educar. En fin, que ha sido una de las épocas más hermosas que hemos vivido como clan. Teníamos un sentido de pertenencia que nos llenaba de un extraño orgullo. La felicidad reinaba en la familia y mi madre era la más feliz todos.

Una mañana despertó sudando después de un sueño perturbador. Se sentía demolida y agotada.

Con mucho trabajo intentó levantarse cuando sintió algo mojado entre las piernas. Quitó la sábana y descubrió un mar de sangre y agua con una cosa redonda que relucía en medio de aquel cuadro espeluznante. Mi madre se levantó asustada, tomó la cosa redonda y la observó detenidamente. No parecía un feto a pesar de que ya no sentía el dolor en los senos y su vientre no estaba hinchado como el día anterior. Lavó el objeto redondo y lo que descubrió la desconcertó todavía más. ¡Era una cebolla morada! Comenzó a gritarle a su novio reclamándole y persiguiéndolo por toda la casa por hacerle esa broma tan de mal gusto. Él defendió su inocencia jurando ante la memoria de su madre que no era autor de esa ignominiosa broma y luego salieron corriendo a ver al doctor que los recibió a pesar de que no tenía espacio, pensando que si no lo hacía, mi madre armaría un escándalo.

La revisó. Pero ya no estaba ahí. No estaba ahí en su vientre, no estaba en su sangre. La promesa de ese bebé había desaparecido por completo. Ella lloró desconsolada por días y días. Todos lloramos.

Una mañana se levantó, serena y en calma, tomó la cebolla morada y la plantó en su jardín. La regó cuidadosamente y la amó como habría amado y cuidado a ese deseadísimo bebé. Hoy tiene un campo de cebollas moradas en su jardín y ayer volvimos a comer un delicioso ceviche de abulón. A ver si un día de estos, cosechamos otro milagro.

La verdad, ese despropósito


 Alberto Alcocer / @beco.mx

Es curioso lo que provoca presenciar cuando alguien dice una mentira, se experimenta una sensación agridulce que no se decide entre la decepción y la empatía.

Pero seamos honestos, todo mundo defiende la verdad aunque nadie la soporta y no hay quién la practique a cabalidad simplemente porque no podemos.

Somos mentirosos por naturaleza, por sobrevivencia.

El más honesto de los honestos ha mentido incontables veces en su vida desde que dijo que ya se había lavado las manos hasta las infinitas ocasiones que respondió “bien” cuando le preguntaron cómo estás porque no iba a decir que fatal con una colitis y unos pedos legendarios que le provocó la comida o que muerto de angustia porque se le pasó la mano con la tarjeta de crédito o incómodo porque el encuentro sexual de anoche fue raro.

Lo que digo es que si imagináramos por un segundo un mundo donde todos dicen la verdad, sería insoportable.

Y  a pesar de todo, cómo roba la paz descubrir una mentira importante. Porque hay niveles.

En la novela El Impostor, Javier Cercas elabora la historia de Enric Marco, un hombre de noventa años que se hizo pasar por sobreviviente de los campos de exterminio nazis; vivió entre sentidos homenajes y asombrosas entrevistas y todo era mentira. Para su gente cercana debió ser brutal descubrirlo. Aún así, el señor se mantuvo en sus trece.

Hace una semana escribí en La Razón sobre Rufino Tamayo que inventó que su padre había muerto y la triste coincidencia de que mis hermanos y yo siendo niños también mentíamos diciendo que nuestro padre había pasado a mejor vida cuando no era cierto. Hay muchas formas de matar, una es mintiendo, sin duda.

Y así recordé una de esas mentiras familiares que ahora me hace reír hasta las lágrimas pero en su momento fue una putada. Mi madre nos mandaba a mis hermanas mayores y a mí al pueblo de la abuela para que pasáramos una temporada con ella y allá íbamos a dar los dos meses que duraban las vacaciones de verano; no era fácil lidiar con el mal carácter de la abuela si apenas éramos tres chiquillas rondando por ahí sin ton ni son. Como yo era a ratos insoportable y a ratos más insoportable y me pasaba el día molestando a las otras, para vengarse de mí me dijeron que mi madre estaba embarazada y que pronto vendría un hermanito y yo dejaría de ser la pequeña, perdería mi privilegiado lugar de la hija menor.

Aquella noticia me impresionó tanto que reaccioné de un modo muy raro, mis defensas bajaron y estuve los dos meses con una tos espantosa que me hacía vomitar todo lo que comiera dejándome en los huesos, mi desolación era total. Mis hermanas me cuidaron con dedicación y amor absolutos pero a las culeras se les olvidó decirme que aquello era mentira porque básicamente se les olvidó que una tarde cualquiera me habían dicho eso para que les diera un respiro —admito, sí, que yo era un mosquito zumbón. Así que cuando regresamos, bajé corriendo del camión, me paré delante de mi madre y le pregunté a bocajarro ¿y tu bebé?

Mi mamá peló los ojos extrañada por la pregunta y preocupada con mi delgadez espeluznante; cuando mis hermanas se rieron, comprendió todo. Les puso un regaño de antología.

En fin que les propongo un reto: indaguen en la historia familiar y seguro que van a encontrar cosas extrañas, datos raros en el Acta de Nacimiento, fotos que no se corresponden con la supuesta fecha en la que ciertos eventos ocurrieron, causas de muerte maquilladas, en una de esas hasta se encuentran con un hermano desconocido. O no me hagan caso, no busquen que encontrarán y luego qué hacemos con el hallazgo. Como dice Guillermo Arriaga: quien busca la verdad se merece el chingadazo de encontrarla.

Y sí.

He visto mentir a tanta gente: compañeros de trabajo, amigas infieles, hermanos protectores, parejas que responden “me encantó la película” para no descorazonar a sus artistas cercanos y ni qué decir del “se te ve bien” cuando, como yo ahora, te hiciste el peor corte de pelo del mundo y la compasión mueve el corazón de los que te rodean a dedicarte una mentira piadosa. La mayor parte de las veces mentimos para ocultar y proteger, pero es que ocultamos y protegemos para sobrevivir.

No sé ustedes, pero yo pienso en un mundo donde dijéramos la verdad compulsivamente y sé de cierto que sería una tortura; así que, por lo menos hoy, me reconcilio un poco con nuestra vocación de mentirosos.

Y ahora, sean honestos: ¿qué mentira van a decir hoy?

@AlmaDeliaMC

CASA VORAZ, un cuento de Ricardo Cuéllar

Recordé los rumores a la hora de estampar mi firma en el contrato, pero no hice mayor caso. Algún día se me habrá de quitar la tozudez.

A decir verdad, el suceso no fue algo dramático el primer día. Incluso, diría que me pasó inadvertido: sí, desperté con la exquisita imagen de una galleta de chocolate pegada detrás de mis párpados, pero, afortunadamente, entre las pocas cosas que sobrevivieron la mudanza había una caja de galletas surtidas y desahogué mis ganas sin dar importancia al hecho.

Sin embargo, ayer —apenas el segundo día— fue distinto: durante la noche, en lo más profundo de mis sueños, se me clavó un antojo intratable de comerme una cebolla morada a mordidas, como si fuera una manzana. Aún a oscuras abrí los ojos, puse un pie en el suelo y con la boca llena de ansias corrí hasta la cocina sólo para darme cuenta de que en el refrigerador apenas tenía dos limones y un bote de jugo de naranja. No había muchas opciones, así que vacié de un golpe las cajas en las que aún tenía empacadas las cosas de la despensa con la esperanza de encontrar una cebolla vasta y jugosa, pero nada.

Así, en pijama, salí de mi nueva casa y conduje, eludiendo los rojos de los semáforos, hasta los tres supermercados que hay en la ciudad. ¡Maldita suerte!: dos de ellos cerrados y, en el único abierto, un empleado ojeroso me hizo saber del desabasto del gozoso manjar que me estaba haciendo perder el juicio. Para entonces, una decena de granitos minúsculos me había brotado en la punta de la lengua como para avivar mi antojo. La primera luz del día me sorprendió babeando, en medio de la carretera que lleva a la ciudad vecina: doscientos kilómetros hirvientes en medio del desierto para que, al final, empleados con delantales de todos los colores me recitarán como una cachetada el mismo cuento de la inusitada escasez. Ante tales circunstancias, no dudé en comprar el mazo más grande que encontré en el área de ferretería del último supermercado y, montada en mi auto, deambulé por la ciudad tratando de adivinar, por lo pomposo de la fachada, la casa con la alacena más grande, en donde pudiera encontrar todavía una cebolla en el fondo de un cajón. Sin pensarlo, hubiera forzado la entrada por una ventana o de plano destruido con todas mis fuerzas alguna puerta, si no es por mi azarosa fortuna: en una esquina polvosa y vieja, al borde de la puerta de una tienda de abarrotes de otro siglo, yacía una caja de verduras marchitas. Justo en medio de unos tomates, que parecían más bien ciruelas pasas, estaba una cebolla morada, ajada pero hermosa, desecada pero deliciosa, que devoré sin atender el regaño del viejo abarrotero.

Hoy es el tercer día en esta casa perversa. Acabo de despertar y aún es de noche. Creo que aún puedo controlar el nuevo antojo, pero estoy francamente preocupada: en mis sueños me vi comiendo con delicadeza un suculento trozo de carne humana.

El oficio incómodo


Alberto Alcocer / @beco.mx

Tendría 8 años mi sobrino Daniel cuando le dijo a su mamá que de mayor quería trabajar en algo que no fuera incómodo, un lugar donde no tuviera que ir de traje y corbata.

Por entonces yo era empleada de oficina y renegaba un día sí y otro también de la grisura de ese ambiente anestésico, de la muerte lenta que es esa rutina diaria que empieza con el “buenos días, compañeritos” y termina con el “saludos cordiales”.

Mi corbata incómoda eran esas formas tiesas, esos temas triviales, la falta de profundidad en dosis de ocho horas al día que me hacía dudar del propósito de la humanidad.

Y entonces salté al vacío enarbolando la bandera de quiero escribir, ser libre, ir ligera por la vida sin meta trimestral de ventas en línea ni KPI’s ni código de vestimenta.

Pronto me di de bruces contra el piso sólido de buscarse la vida fuera de las empresas en un mundo y una economía que están diseñadas para que nadie se salga del corral; conocí la angustia de no tener una oficina, un ingreso asegurado, un horario de trabajo delimitado.

Que yo supiera, escribir podía ser peligroso, pero no angustiante. Pobre de mí. Porque lo cierto es que escribir es una angustia permanente, bellísima unas veces y otras una mierda total. Escribir es un malestar, por eso se escribe, porque hay algo adentro que no encuentra acomodo.

Hay mañanas que todo es espeso y mojado en el adentro, que tienes que bucear en medio de esa sopa negra para buscar un párrafo, dos ideas, una palabra de la que ir tirando para ver si sale algo.

Hay tardes en que quisieras que te tragara la tierra para que no sonara el teléfono ni se abriera la puerta ni la alerta anunciara tres correos sin responder y no tuvieras que decirles a todos los que amas que de verdad los amas y deseas estar con ellos pero pactaste con un oficio que sin soledad no es nada. Un pacto como con la mafia, del que no se sale nunca.

Y hay días, como hoy, que preferirías ponerte una corbata y entrar a las 8:00am y decir “buenos días, compañeritos” para no ser el vehículo emocional de nadie, ni de los que leen, ni de los que quieren que leas sus textos y les des tus comentarios; hay días que no quieres prestarle tus emociones a ninguno, ni a los muertos que siguen empujando para que cuentes su historia y se te aparecen en sueños con olor a incendio y a piel quemada, ni a ti misma y al momento exacto en el que estás ahora, contemplando una casa a medio hacer, con los libros a medio acomodar y una alfombra sobre la que sigues viendo con tus ojos de niña unas figuras en forma de caballo de Troya.

Hay días como hoy, que casi te ríes pensando que sí, que muy bien, renunciaste a una oficina pero te tragaste una guerra, que eres tu propio caballo de Troya bien cargado de palabras que nunca dejarán de sitiarte.

Y vuelves a ella, a Marguerite Duras: Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido.

Escribir, digo yo, para pedir que te dejen estar adentro, que te dejen en paz.

@AlmaDeliaMC