Que la incomodidad los persiga

Ingrid Escamilla. Crédito: Alberto Alcocer @beco.mx

A mi amiga F la violó su primo quince años mayor, ella tenía nueve.

A mi amiga G la violaba recurrentemente su cuñado, ella tenía 11 años, él 36.

Tuve una compañera de trabajo a la que su marido mató por un ataque de celos frente a su hija de seis años.

Mi madre tuvo que huir de incontables lugares en donde era trabajadora del hogar porque los señores de la casa se sentían con derecho sobre su cuerpo.

A mí me violó un vecino de 20 años cuando yo tenía seis.

Crecí como todas las mujeres: esquivando abusos, intentos de tocamientos, escuchando obscenidades en la calle, tapando mi cuerpo, abrazando la mochila contra mi pecho en el transporte público, amarrándome un suéter en la cintura y sobre los jeans para cubrirme las caderas, abotonándome la camisa hasta el cuello. Me hice adulta toreando editores que hacen propuestas sexuales desde su lugar de poder, directores de medios periodísticos que con dos copas de más quieren tocarte, organizadores de ferias del libro que quieren saltar a establecer una relación personal. Me hice adulta acostumbrada a la incomodidad pegada el cuerpo, a la inseguridad adherida en cada poro de la piel.

Es extraño pero no te das cuenta hasta que te das cuenta.

Las familias de F y de G se enojaron cuando ellas hablaron de los abusos. Años después y en una conversación “entre adultos”, el padre de F le confesó que no confrontó al violador para no incomodar. Leyeron bien: para no incomodar.

A mi amiga G sus padres le dijeron que no hicieron nada porque se podía fracturar la familia entera, porque había que proteger las relaciones, los domingos a la mesa con los abuelos, los apellidos, los trabajos, los dineros. Había que protegerlo todo, menos a ellas.

El hombre que mató a mi compañera de trabajo hace más de veinte años está en la cárcel, en cierta forma protegido por el estado, bajo el anonimato de un proceso judicial. Nadie pudo hablarme del paradero de aquella niña.

Ninguna familia de los hombres que trataron de abusar de mi madre perdió un milímetro de equilibrio; ella se quedó sin trabajo incontables veces: me daba la mano, volvíamos a la calle, sobrevivíamos al mundo. Una y otra vez la escuché decir “es muy triste ser mujer”.

Mi violador está muerto. Hay quien espera que descanse en paz. Yo no.

Un par de meses atrás, en un programa de televisión de esos intelectuales y relajados, las escritoras invitadas hablábamos del asesinato de Abril Pérez Sagaón; el productor cortó para indicarle al conductor que cambiáramos de tema porque el ambiente se estaba poniendo incómodo y el objetivo del programa era que la audiencia lo pasara bien.

Despidieron al director de una editorial por su conducta abusiva recurrente y sus propuestas sexuales desde un lugar de poder, pero el hombre no tuvo que pasar por la incomodidad de la exhibición pública, el comunicado de su salida fue todo alabanzas para el señor eminencias y su brillante carrera en el mundo editorial. Que no estuviera incómodo él ni una pieza del sistema que lo cobija ni sus amigos también abusadores que no ponen sus barbas a remojar porque saben que siempre se protegerán entre ellos. La miseria sabe pactar.

A Ingrid Escamilla la asesinó su marido y la violó la prensa, un sistema sanguinario que solaza su perversión sobre el cuerpo de las mujeres. Porque pueden. Porque ni siquiera les incomoda.

Hace dos días el presidente se sintió incómodo al ser cuestionado por los feminicidios, ese tema no, por favor.

Hay una ansiedad, la del alma. La que no te deja respirar, la que estalla en ataques de pánico, en angustias reprimidas, en noches de insomnio, en ganas de no levantarte de la cama nunca más, de no ver a nadie, de cerrar los ojos y que todo desaparezca.

Que esa incomodidad los persiga, señores culpables y señores indiferentes y señores cómplices, hasta el último de sus días. Y que los persiga aún después del último de sus días, allá donde el alma.

Que por una vez la vergüenza y la incomodidad sean suyas. Nosotras seguiremos poniendo los cuerpos, diez hoy, mañana diez más.

De cuando me perdí y me encontré

Alberto Alcocer / @beco.mx

Decía Jorge Ibargüengoitia en uno de sus brillantes textos que en este país la gente no da las direcciones o los domicilios, los confiesa.

Y cuánta razón tenía.

Cuando preguntas hacia dónde queda cualquier destino y la respuesta es un “le das para allá, luego por ahí te tuerces pal otro lado, pasas las oficinas del DIF, unas canchas de básquet y te sigues hasta la caseta de policía”, dan ganas de llorar.

Sobre todo si se es tan torpe para la orientación como yo. De hecho soy científicamente idiota al volante: mis estadísticas son tan consistentes, constantes y verificables que lo confirman. Yo siempre me pierdo. Siempre.

No hay GPS, mapa, instrucción telefónica, súper App conductora que pueda salvarme: soy clínicamente incapaz de orientarme en cualquier lugar.

Pero una vez aceptada mi discapacidad, justo es reconocer que el entorno no me ayuda.

Los señalamientos de toda ciudad o pueblo mexicano son verdaderas antesalas del infierno: calles sin nombre, numeraciones con saltos insospechados, repentinos cambios de dirección en las vialidades, letreros devorados por la rama de un inmenso eucalipto precisamente en la desviación en la que tenías que salirte o redecorados por algún artista del grafiti que te hacen leer “forever tú y yo” en donde debía decir “Periférico Norte”.

Sin contar con las eternas obras y remodelaciones grandotas para que se vea en qué se gasta el presupuestote federal: lo mismo puede ocurrir que una mañana te levantes y tu calle haya cambiado de sentido o que precisamente la avenida que te llevaba a la oficina esté cerrada o rota cual escenario de posguerra. Y todo para que el gobierno en turno le entregue a algún sospechoso compadre la administración de las casetas de peaje que nos acercarán cada vez más al sueño de progreso y desarrollo en el que todos creemos (inserte aquí su  audio de aplausos en el senado mexicano).

Pues sí, esto es México.

El caso es que tenía que llegar a un domicilio por unos rumbos que se conocen como Zona Esmeralda pero yo ni siquiera sabía de la existencia de semejante lugar. Es una especie de Muro del Norte como el de Game of Thrones, lo que está más allá de allá, en Sepalabola o Bienpinchelejos como decimos en mi pueblo.

Qué pesadilla.

Al principio intenté poner los datos en mi teléfono para que el mapa de papá Google me fuera llevando pero ni madres, no lo reconocía y me mandaba a la Costa Esmeralda en Veracruz. Fatal.

No me quedó más que preguntar a los conductores de los coches vecinos, ay de mí, nunca lo hubiera hecho: unos me decían a la izquierda, otros a la derecha, otros que siguiera de frente y algunos guardaban un lacerante silencio que me sumía en la desesperanza. Así que decidí orillarme y parar.

Le llamé a la persona que estaba esperándome para pedirle instrucciones pero conforme me iba indicando que hiciera exactamente lo que ya había hecho y yo nomás no comprendía por qué carajos no daba con el lugar, decidí abortar la misión.

Respiré hondo y lamenté no llevar una pachita de mezcal en el coche y emprendí el camino de regreso, fue casi la misma pesadilla pero al menos estaba segura de que encontraría la manera de regresar a mi casa y ya no tenía prisa por llegar a una hora específica.

Durante el trayecto pensé en todas las increíbles peripecias que he pasado tratando de llegar a algún sitio en esta ciudad y las veces que le he pagado a un taxista para que me permita seguirlo hasta mi lugar de destino y casi solté el llanto. Llegué reptando derechito a mi cama (no me perdí para encontrarla) y supliqué que amaneciera pronto un nuevo día. Y gracias al cielo, amaneció. Y me encontré.

Y ahora que he lamido suficiente mis heridas ya puedo despedirme pero antes me permito hacerles tres recomendaciones:

La primera es que cuando organicen su boda, no se casen en esos lugares imposibles de llegar porque tal parece que es requisito que se trate de un recóndito jardín en el intrincado corazón de un pueblo al que se arriba luego de horas de carretera, incertidumbre y peleas pasionales porque él —que a menudo toma el volante— no quiere preguntar pero ella tampoco sabe el camino y si se aventuran a intercambiar los roles de piloto y copiloto, todo empeorará.

La segunda es que si ven a una pobre alma perdida (o a una perdida sin alma, como yo) pidiendo ayuda pero no pueden orientarla con certeza, se abstengan de decirle nada. Dándole indicaciones equivocadas sólo la hundirán más en su desgracia.

Y la tercera es que lean “Instrucciones para vivir en México” de Ibargüengoitia. Se darán cuenta de que treinta años después este país sigue siendo el mismo fenómeno hilarante y surrealista que él narraba pero, gracias al milagro de ese portentoso sentido del humor que sólo él poseía, no terminarán deprimidos sino orgullosos de ser mexicanos y seguir con vida. Cómo chingados no.

El nuevo libro de Alma Delia Murillo… próximamente

Editorial Alfaguara

Veinte relatos en torno a las peripecias posmodernas que, contados con humor negro, evidencian la inocencia con la que nos entregamos a un estilo de vida sin comprender que ofrecemos el cuello como víctimas voluntarias desde la comodidad del hogar y a un clic de distancia del posible asesino.

Del Vampiro de Bed and Breakfast que va sembrando cadáveres donde se hospeda a Jackie, la sensual repartidora de comida que entra en la casa de sus solitarios clientes y los ejecuta; pasando por Bartolo Gomer en La rebelión de los de en medio que provoca una revolución incendiaria en un gris corporativo de oficinistas.

Cuentos que relatan cómo en pos del éxito y la “calidad de vida”, hemos construido pequeños infiernos a través de la tecnología, la persecución de la productividad y la devoción por absurdos propósitos que, antes o después, se vuelven contra nosotros.

Los protagonistas de estas historias mutan de buenas personas —incluso buenos objetos como La mesa de siempre— a seres que permiten que su lado oscuro se asome como una conquista de libertad. Desobedecen, renuncian, traicionan, matan.

Tanto Severiano —el vendedor de tamales vengativo, como Lucía, que no puede controlar su deseo; son poseídos por ese Diablo Frágil que, como decía Fernando Pessoa, corrompe pero ilumina.

Tazas de café

Imagen: Pixabay

Cuento al café entre mis taras, manías y bálsamos; encaja en todas. Pertenezco al grupo de humanoides que sin tomar un café por la mañana son incapaces de mutar a humanos.

Es imprescindible para mí. El café me centra, me alinea el alma con el cuerpo y la actividad neuronal, me pone completa en el mundo.

Cuando mis hermanos y yo éramos niños, mi madre (mormona transitoria en su búsqueda de algo en qué creer) evitaba a toda costa que bebiéramos ese veneno que nos iba a dejar enanos porque los niños que toman café no crecen y porque tomar café es pecado. Nos daban una infamia aberrante llamada café de soya. Una calamidad, una desgracia, una vileza.  Así que descubrí el café auténtico hasta que me fui de casa y creo que ese es el verdadero estandarte de mi emancipación adolescente.

Estoy convencida de que se manifiesta algo de la afinidad de carácter en la preferencia por esta bebida. Mis mejores compañeros de viaje han resultado aquellos a los que les gusta el café tanto como a mí. Podría decir con precisión cómo toma el café cada una de las personas que he amado y que amo aunque no me acuerde bien de su fecha de cumpleaños.

El café es un placer dentro de otro y luego dentro de otro y otro. No sólo el sabor de la bebida misma. Porque aunque tengo claro que me gusta muy caliente, sin azúcar ni ningún tipo de endulzante y con un toquecito de crema; también sé que me gusta sujetar la taza con las dos manos, que me gustan las tazas blancas para servirlo y que me agobia mucho cuando dos personas toman café en tazas diferentes, que lo prefiero cuando es aceitoso y huele achocolatado, que me gusta mirarlo y olerlo antes de dar el primer trago.

Hoy vi apiladas un montón de tazas de café sucias en la cocina de un restaurante, miré hacia las mesas, me sentí frente a un abismo de historias porque yo creo que todas las tazas de café tienen algo que contar. Así como hay ojeras bien ganadas, cultivadas primorosamente y ojeras ganadas a lo puro pendejo, hay tazas de café memorables y otras que nos pudimos haber ahorrado. Así también hay —seamos honestos— relaciones e intentos de relaciones que, si no estaríamos dispuestos a cancelar con un borrón o tachón inmisericorde, al menos nos preguntamos qué carajos hacíamos ahí. En ese segmento de relaciones insulsas agrupo yo a un par de hombres a los que no les gustaba el café. De plano.

Que si el café tiene propiedades curativas o atenta contra la salud, no me interesa. Abomino de nuestro culto a lo saludable que lo único que refleja es que estamos más enfermos que nunca. Me interesan sus historias, asimilar el hecho de que tener un café entre las manos es de verdad un lujo. Me interesa sentir eso que ahora mismo está saltando en mi interior, ahí está: dos personajes a los que une la historia de una taza de café, corro a anotar el argumento en el cuaderno de ideas y pronto me doy cuenta de que estoy tratando de inventar no sólo el hilo negro, sino el café negro. Qué obviedad, qué tarugada. De cualquier manera sé que voy a intentar ese relato, cómo no. Tal vez lo termine y vaya directo a la basura, pero con una taza de café entre las manos nunca se sabe.

Gracias por el que hoy se tomaron conmigo, que en el fondo de su taza se revele un buen augurio.

La casa sola, un cuento de Raúl Arcos

Era capaz de leer el silencio acumulado y los olores sin nadie en la casa.

Después de nueve años de limpiarla cada martes, era capaz de leer el silencio acumulado y los olores sin nadie de la casa.

Como en otras ocasiones, se trataría de la ausencia por algún viaje. Era bueno estar sola, ir de habitación en habitación, poniendo orden, recorriendo con la aspiradora cada uno de los espacios sin tener que pedir permiso para entrar. Y en un día como hoy, ayudaba poder sostenerse del trabajo, de los pasos que ella había ido fijando en su rutina.

Mover sillas, empujar un sofá hacia el rincón y, esta vez, levantar el tapete y descubrir todo ese polvo escondido. No pensar en sus problemas.

Hace dos meses que descubrió los mensajes de su marido con otra mujer; planes para encuentros futuros, promesas de amor. Y luego, la confrontación. Escucharlo enredarse en respuestas vagas, en una trama que él no era capaz de manejar. Recordaba la escena y volvía a experimentar esa mezcla furiosa de sentirse traicionada y de verlo desdibujándose en su propia cobardía.

Dos meses ahogada por una ira que volvía a encenderse cada noche, al regresar a casa. Lo veía siempre callado, evasivo.

Y luego la mañana de hoy.

Estar sentada a su lado escuchando su respiración mientras el médico hablaba del diagnóstico. Los siguientes pasos, los análisis preoperatorios, los formularios que él debería entregar para confirmar la fecha de hospitalización. 

Trabajar. Le sienta bien agotarse.

Limpiar el baño y la cocina, barrer y trapear. La rutina y los sonidos del trabajo. Y no la voz del médico hablando del cáncer en la próstata y de ese tejido compacto con forma de cebolla y de la quimioterapia y de riesgos y de la tasa de mortalidad. Y ella, sin voltear a ver a su marido, adivinándolo como un cuerpo que a cada palabra se torna más blando, que se encorva, que termina hundido en una silla.

Nadie en casa. El agotamiento. La otra mujer. El cáncer extendiéndose en capas, arriba del escroto.

De pronto tiene la impresión de que el trabajo se alarga por las habitaciones sin nadie. Un cansancio que se arrastra, enorme animal gris trepándose sobre ella.

Camina hacia el refrigerador, lo abre y comprueba que él tuvo el cuidado de vaciarlo antes de salir de viaje. Jala una silla y se deja caer en ella. Desde ahí, observa el interior. Unas cuantas botellas, un queso. Casi nada. Abajo, en el fondo, un bulbo rojizo. Sólo una pequeña cebolla morada que ya empieza pudrirse.

Tiranía

Decir no. No voy. No quiero. No puedo. No tengo ganas. No dar explicaciones.

Imagen: Alberto Alcocer @beco.mx

Qué ganas tengo, a veces, de gritarles a todos que me dejen en paz.

De apagar el teléfono, de desconectar el timbre, de decir no a cada invitación para fiestas y reuniones y más reuniones y más reuniones. Predecibles casi todas, frívolas, cumplidoras, asfixiantes.

Qué ganas tengo, a veces, de pedirle perdón a mi bestia, a mi ser natural que llevo a rastras colgado de mi ser social a lugares donde no quiere estar. Donde yo tampoco quiero estar, pero hay que estar. ¿Para qué?

Qué ganas tengo de pedirle perdón a ese animal que me habita y al que obligo a salir a la calle humillándolo y cortándole la melena, las uñas; obligándolo a comprar regalos, a decir por favor y gracias, a ensordecer para sí mismo porque hay que escuchar el ruido de los otros, obligándolo a aceptar invitaciones a desayunos vacíos con amigos vacíos que no quieren verte sino cumplir su cuota del propósito de año nuevo “ver más a mis amigos”.

Qué tristeza siento cuando veo a mi bestia convertida en esto. Zapatos impecables, dientes cepillados, bien peinada, sonrisa puesta para acompañar a quien frente a ti no levanta la mirada de su teléfono y eso que te extrañaba y moría por verte.

Hemos inventado un horario laboral para atender a los demás. Todo para los demás, pero sin profundidad.

Es que mi animal come silencio. Y es tan escaso, tan difícil de conseguir. Se le está cayendo el pelo y se está poniendo flaco, con la mirada opaca. Me rompe el corazón.

Bestia drenada. Tierra quemada. Raíz reseca.

Necesito soledad. Y silencio. Dejar al mundo en paz, dejar de opinar, dejar de sentir que la entelequia de las redes sociales necesita mi opinión, mi respuesta, mi like, mi juicio burdo e inmediato.

Que me dejen en paz. Necesito escribir desde ahí, donde no cabe la compañía, hacer el viaje secreto a ese lugar donde solo se puede ir sola.

Vivir para los demás es un trabajo agotador y mal pagado.

Tengo que parar, me digo.

Un movimiento lento, una garra que se estira, un felino que se despereza. Un rumor que nace, un rugido implacable que quiere decir no.

Decir no. No voy. No quiero. No puedo. No tengo ganas. No dar explicaciones. No opinar compulsivamente.

Recuperar el derecho al silencio, al secreto, a la soledad. Acaso sea el único cabal propósito para este año.

Decir no para recuperar el sí que estoy perdiendo.

Qué pasaría

Yo pertenezco a ese sexo, al que debe callarse, al que todos acallan.

Yo pertenezco a ese sexo, al que debe callarse, al que todos acallan. Y que debe tomárselo con cortesía, una vez más, jugar a mantener un perfil bajo, a riesgo de que te borren del mapa. Eso dice Virginie Despentes en su libro Teoría King Kong.

Despentes se pregunta qué pasaría si todo fuera al revés, me lo pregunto yo también.

Empezamos el año con la discusión acalorada sobre un muchacho que decidió ponerse miel en el pene para cicatrizar una lesión. Pobre pendejo, cómo se atreve, por eso luego se burlan de los hombres, por ignorantes, por andar haciendo esas cosas sin ningún fundamento médico o científico. ¿Qué pensará?, ¿que si se pone miel en el pito va a tener orgamos más dulces o que va a engendrar hijos felices? Lo digo por su bien, pobres hombres, que alguien les enseñe a pensar y no arruinarse así el cuerpo, estamos en pleno 2020. O si van a hacer esas pendejadas que no las publiquen, que se lo guarden. Que se callen.

O para retomar escándalos recientes, qué tal la historia del tipo casado con la directora de esa empresa gigante; o sea, sí estuvo mal que lo matara —si es que ella lo mató— pero él la eligió, ¿no?  Si después de que tu esposa te pega con un bate en la cabeza y te abre la cara con un bisturí, tú vuelves con ella es porque eres un pendejo o, porque como dijo el Ministerio Público, tú también dudas de que en realidad te quiera matar. Quizá sólo quería darle una lección y por algo sería, las cosas en pareja son complicadas y siempre son de dos, algo hizo él que la provocó, no creo que el tipo fuera un duraznito en almibar. Por cierto, no se ha comprobado que ella fue la que lo mató cuando la liberaron de los cargos por la primera acusación, ¿eh? Si van a hacer comentarios, que sean basados en lo que la ley decida.

Guarden sus heridas, señoras, porque podrían molestar al torturador. Hay que ser una víctima digna. Es decir, que se sepa callar. La palabra les ha sido siempre confiscada. Peligrosa. Ya lo hemos entendido.

O cuando hacen lo que siempre hacen: seducir con sus barbas bien rasuradas y sus lociones llamativas y sus pantalones ajustados y sus brazos descubiertos usando camisas de manga corta para mostrar los bíceps y los vellos y atraer a las mujeres. Pero cuando por fin las atraen, se hacen los acosados. Les encanta pasar por víctimas cuando bien que querían. Como ese que supuestamente estaba desaparecido pero andaba de copas en un bar a altas horas de la madrugada y, para colmo, acompañado por una mujer. ¿Qué tienen que andar haciendo a esas horas los hombres en la calle?, ¿por qué van a un bar si ya saben lo que puede pasar? Me acuerdo también de aquél otro que ya hasta estaba casado o comprometido y se largó de madrugada con sus amigos y se voló la cabeza en un accidente, ¿qué tenía que andar haciendo un hombre divirtiéndose en la noche si ya estaba comprometido? A la mejor fue su castigo por andar en malos pasos.

O los escritores que se quejan porque las directoras editoriales les hacen propuestas sexuales para publicarlas o los actores que se indignan porque las directoras les piden coger con ellas o los alumnos —ya con mayoría de edad, que señalan a sus profesoras. ¿No se cansan de ser unos llorones? Yo me sentiría halagada, la verdad, de que alguien con poder te elija, pero no se enteran. Luego por eso los dejan, por dramáticos. O porque se ponen panzones, echan unas panzotas horribles, se llenan de arrugas y, ¡argh!, se ponen calvos.

Que en México violan diario a 50 hombres. Que en México cada día 9 hombres son asesinados por sus parejas. Que en México los hombres ganan 30% menos de salario que las mujeres realizando el mismo trabajo. Que en México el 60% de las madres abandonan a sus hijos y los padres tienen que criarlos solos. Que en el mundo sólo 10 de 193 países son gobernados por hombres, el resto lo tienen tomado las mujeres.

Bueno… la cantaleta es infinita. Pues todo eso será por algo.

Si los hombres quieren cambiar sus condiciones haciendo marchas o destrozos, están equivocados. Su violencia sólo generará más violencia. No digo que no tengan derecho a construirse un mundo mejor pero, por favor, que dejen de estar enojados.

Somos nosotras las que debemos sentirnos responsables. De lo que nos sucede, de negarnos a morir, de querer vivir para contarlo. De abrir la boca (…)

Tienes que sentirte culpable de lo que te sucede.

Oscuras y divergentes

Imagen: Pixabay

Las mujeres matan menos, es verdad. Pero no sería aventurado decir que matan mejor.

Todos los registros de criminalística coinciden: cuando una mujer se convierte en asesina serial, lo hace con mayor desapego y limpieza, tiene la paciencia de esperar por años para cometer el siguiente asesinato y descubrirlas toma el doble de tiempo que lleva descubrir a un asesino. 

Vale la pena revisar el libro —ya empiezo con mi tiroteo de títulos, “Murder Most Rare. The Female Serial Killer” de Kelleher y Kelleher. Ahí se analizan varios casos no concluyentes pero sí muy ilustrativos. Perdonen el mal gusto del último adjetivo en tremendo contexto pero es que una es así, maleducada.

Será porque el mero hecho de ser mujer constituye una coartada social inmejorable: se piensa que las mujeres somos por naturaleza personas que cuidan y protegen. No que asesinan; menos en serie y con método, con frialdad y por objetivos puntuales. 

O será que cuando no queremos ver un fenómeno, no lo vemos. 

Sé que voy a entrar a un tema oscuro, pero fascinante.

Crecí en un internado rodeada de cientos de niñas. Mis primeras experiencias sociales se construyeron con ellas. Padecí, en carne propia, la sofisticada crueldad de la que somos capaces las mujeres desde pequeñas. Es una verdad que está ahí aunque sea de lo más incómoda.

A pesar de todo, en el terreno de la realidad podemos decir que sobre el tema hay pocos estudios porque se considera que la incidencia de mujeres asesinas es mínima y porque una mirada patriarcal también pasa por desestimar la capacidad destructiva de las mujeres. Vaya ironía.

Pero en el terreno de la ficción y la literatura, bendito remanso, la historia es otra. Hace un par de noches leí Sharp Objects (Heridas abiertas en español) de la escritora Gillian Flynn, la misma autora de la exitosa Gone Girl (Perdida); ambas en editorial Random House. 

Leí Sharp Objects luego de haber visto la serie en HBO. Es absolutamente sobrecogedora. La mirada humana con la que poco a poco Flynn va desentrañando a los personajes provoca un desasosiego que no se va nunca. Intentaré resumir la trama sin revelar las claves: una reportera alcohólica que se autolesiona porque no superó nunca la muerte de su hermana pequeña, tiene que regresar a su pueblo natal para cubrir la noticia de la desaparición de un par de niñas; ello la obliga a convivir con su insoportable madre y también con su nueva media hermana, una adolescente manipuladora. Lo que se teje entre esas tres mujeres es de una profundidad, oscuridad y sutileza apasionantes. 

A Gillian Flynn se le acusa de misógina, era de esperarse con los tiempos que corren. Pero todo lo contrario: me parece que Flynn escribe sobre mujeres imperfectas que no necesitan redimirse, igual que tantos personajes masculinos que han llenado incontables páginas de la literatura, existen y punto. Son mujeres que —cuánto lo celebro—no se ciñen al estereotipo de la buena acompañante, no son la fiel esposa que apoya a su genial marido ni el florero que adorna una historia con su hermosa presencia; son auténticos personajes protagónicos, extraños, activamente detonadores de la retorcida historia.

Flynn me recuerda a la maravillosa Patricia Highsmith. La mirada que pudo echar sobre la sombra humana. Su obsesión con las pulsiones violentas, como alguna vez dijo, quizá nació de su determinación a sublimar para no convertirse ella misma en asesina porque tenía suficientes inquietudes para llegar a serlo. Gracias a esa obsesión, nos ha dejado una de las obras literarias más complejas y brillantes del siglo pasado. Amén de Mr. Ripley y toda la saga de ese logrado impostor, los personajes femeninos de los Pequeños cuentos misóginos (recuerdo especialmente “La prostituta autorizada o la esposa”) y Edith de El diario de Edith son de una realidad psicológica contundente.

Volviendo a la nunca aburrida realidad, el caso de Marybeth Tinning (Duanensburg, Nueva York), diagnosticada con Síndrome de Munchausen por poderes, empieza cuando la mujer pierde a su tercer hijo recién nacido. El nivel de atención que recibió se volvió adictivo para su psique y a partir de ese momento fue provocando muertes para revivir la experiencia de ser el centro de atención. Así engendró y asfixió uno por uno a sus hijos hasta llegar a ocho. Por increíble que parezca, la policía se tardó en sospechar pero finalmente lo hizo luego de tantos niños muertos. La propia Marybeth Tinning, cuando se vio acorralada, confesó que había matado a sus pequeños para vivir ese paraíso de mimos y cuidados que compulsivamente deseaba.

El caso de Marybeth no es único. Madres que provocan el malestar en sus hijos para sacrificarse cuidándolos hasta matarlos y luego recibir reconocimiento por la pérdida, se han documentado en distintos países y tiempos.

Hay un prototipo de asesina serial que llamamos “La viuda negra”; uno de los primeros casos, o quizá el primero conocido, es descojonante: Belle Gunnes, una chica noruega que llegó a EEUU a finales del siglo XIX para probar fortuna, se casó dos veces pero los dos maridos —mira tú— murieron justo en el plazo que le permitía a ella cobrar el seguro de vida; luego de esos primeros incautos descubrió un método infalible: apelar a la soledad de los forever alone que no son cosa de ahora. Belle ponía un anuncio en el periódico que decía así: Viuda joven, rica y atractiva busca caballero para una relación seria. 

O sea, el Tinder de la época. Y le llovían los necesitados, cómo no. Para aceptarlos como pretendientes les pedía que depositaran unos dólares a modo de entrada, no fuera a ser que quisieran aprovecharse de ella y su riqueza. Así amasó una fotuna interesante, compró una granja y vivió sus buenos años de bonanza. Cuando supo que la habían descubierto incendió ella misma su terreno y se inmoló en el incendio. La policía encontró los cuerpos de 28 personas (hombres en su mayoría pero también una mujer decapitada y niños) que la buena de Belle había enterrado en la granja próspera y llena de flores por su tierra fértil bien abonada con cristianos en su punto.

Quizá el caso real más escalofriante que puedo pensar es el de la Condesa de Báthory que allá del 1600 descubrió que la sangre humana sobre la piel era el mejor tratamiento de belleza e ideó la manera de desangrar a niñas y doncellas colgándolas en una jaula para colocarse debajo y recibir el baño rojo que la mantendría lozana y radiante. Alejandra Pizarnik escribió La condesa sangrienta a propósito de esta mujer que se considera inspiración de Bram Stoker para la creación del mismísimo Drácula. Hay registros históricos de que la Condesa de Báthory asesinó a más de seiscientas niñas y mujeres. Sí, leyeron bien, más de seiscientas.

¿No es peligrosa la ironía? A las mujeres asesinas las cubre un prejuicio social que les permite actuar: la certeza de que no son capaces de hacerlo.

Si en el prólogo de Frankenstein, Mary Shelley cuenta las dificultades para que le creyeran que la obra era suya y no plagio pues no daban crédito al hecho de que una jovencita desarrollara una idea tan horrorosa. 

En fin, esa resistencia a aceptar que las mujeres también podemos ser astronautas, futbolistas… o asesinas seriales. Hay cosas que no cambian.

Con el deseo de que duerman tranquilos, me despido. Y cierro con este verso de Sylvia Plath: 

Me aterroriza esta cosa oscura 

que duerme en mí; 

siento todo el día sus giros suaves y ligeros, 

su maldad.

*Texto originalmente publicado en el suplemento El Cultural del diario La Razón

Apegos dulces y feroces


Alberto Alcocer / @beco.mx

“Mi dolor es tan grande que no me atrevo a sentirlo” dice una demoledora línea en la novela Apegos feroces de Vivian Gornick (Sexto Piso, 2019).

La frase la dice la madre de la autora y protagonista del relato, cuando se refiere a la muerte del marido ocurrida décadas atrás.

Lo terrible, pienso yo, es que quien no se atreve a sentir el dolor con toda intensidad tampoco se atreve a sentir el amor o el gozo con plenitud, ni ninguna otra de las emociones de la experiencia humana.

El dilema de Vivian Gornick es el dilema esencial de la psique humana: ¿con qué parte de la identidad de nuestros padres elegimos conectarnos? ¿por qué repetimos patrones de relación o incluso destinos trágicos con una ceguera escalofriante?

Hay un sistema familiar detrás de cada una de nuestras decisiones, un sistema tan poderoso y avasallador que se nos puede ir la vida sin ser capaces de mirar el tiroteo que nuestra familia ha ejecutado delante de nosotros. A veces tampoco podemos ver el manto amoroso con el que nos cubren.

Ser humano es complicado, vincularse y desarrollar una identidad al interior de una familia es delicadísimo.

Vivian tiene una madre rígida, contenida en lo referente a su feminidad y sus emociones, seria, pero responsable y cuidadora, una Hera: esposa ejemplar, mujer intachable. En el panorama de Vivian aparece una vecina que representa otro modelo de mujer, una que podríamos llamar Venus: seductora, deseosa de relacionarse con los hombres y medir el poder de su sensualidad; bella, débil, gozosa, carnal.

La pequeña Vivian intuye que esas mujeres, su madre y la vecina Nettie, le están mostrando dos caminos opuestos a elegir; ser la viuda intachable que no vuelve a permitir en su vida la cercanía de un hombre, o ser la mujer sensual que explora la compañía masculina.

Inevitablemente, leer a Vivian Gornick me hizo pensar en las mujeres que fue mi madre. Crecí escuchando la admiración que sentían por mi madre quienes la rodeaban: una mujer sola que se hacía cargo de ocho hijos y los tenía bien educados (más o menos, digo yo, por bien educados entendamos que podíamos decir “por favor” o “gracias” y que pedíamos permiso antes de entrar a una habitación; nada espectacular). Una mujer, en fin, con características del modelo de la madre de Vivian.

Pero, aquí viene el precioso nudo que pude desentrañar luego de leer la novela: mi madre también era la otra mujer, una Venus seductora y capaz de enamorarse, de portarse mal, de disfrutar.

Hará cosa de un par de semanas que vino a quedarse a mi casa. Mi madre con sus 73 años y sus vivencias a cuestas, con sus carcajadas, con sus historias.

Acurrucada en un sillón contó que cuando tenía siete años, su madre (mi abuela), la mandaba a robar mezcal sorbiendo con la manguera del alambique para luego verter el líquido en una botella que mi abuela vendía y así conseguir dinero para las cosas que necesitaban y que se procuraban a escondidas del esposo de mi abuela, un viejito cabrón que fue padrastro de mi madre y que las tenía a pan y agua en un remoto pueblo michoacano.

Lo platicó divertida con la travesura, enternecida por haber sido cómplice de mi abuela.

Al padre de mi madre lo mataron a tiros cuando ella era una bebé de meses. Luego esa bebé creció y la vida le deparó incontables pérdidas: el asesinato de su hermano, la muerte de un hijo, el doloroso accidente de una hija, una brutal separación de mi padre.

Luego la vida fue componiéndose poco a poco y mi madre eligió apegarse a la esperanza. Tremenda elección. Lo escribo y tiemblo, soy consciente del invaluable regalo que vino para mí con la decisión vital de mi madre.

El frío arreció en el sillón junto a la ventana de mi casa, le ofrecí una cobija, se aferró a su taza humeante de té jazmín. Entonces habló de cuando se robaba un puñito de dulces envueltos en papel celofán y los escondía en sus calzones porque no tenía más. Era una niña. No se justifica, no se compadece, se ríe, elige el apego dulce.

Sé, sin embargo, que la tragedia de su vida vino cuando se incendió de dolor con el accidente de mi hermana y sus quemaduras de tercer grado. Una parte del corazón de mi madre también se fundió en ese accidente, aún así la otra parte empujó con vitalidad de bestia indomable.

Hoy es 20 de diciembre, hace tres años que vi por primera y última vez a mi padre, murió poco después. Ese día mi madre me hizo un regalo, me acompañó a visitarlo. Estuvo presente y así me dio una visión, una imagen: pude mirarlos juntos y entender de dónde vengo, atisbar el origen de mis apegos dulces y feroces.

Integración, se llama el milagro que ocurre cuando reunimos nuestros pedazos de identidad. O así dicen en psicología. Quién sabe. Lo que sí sé es que ese día supe que mi madre no me ponía ante la disyuntiva de los dos caminos sino que me daba permiso de transitarlos ambos a mi antojo.

Mi madre se ha atrevido a sentirlo todo, ha viajado conmigo al infierno y me ha llevado de la mano a incontables paraísos. Con los años se ha convertido en narradora de la dulzura, siempre elige recrear los mejores pasajes: cuando se enamoró de don Rogelio, cuando probó por primera vez los merengues, cuando por fin la sacaron del colegio de monjas maltratadoras y pudo respirar libremente.

A veces, negarse a sentir el dolor, es negarse también a sentir la plenitud del gozo.

Voy por un dulce a la cocina que, por Fortuna, tengo permiso para disfrutar.

@AlmaDeliaMC

Desvida

Alberto Alcocer / @beco.mx

Un hilo largo y dorado me atraviesa cuando pienso en aquellos días.

Supongo que es el hilo de la nostalgia.

Ella era una party girl. Yo una sensata, controlada y siempre contenida chica que había aprendido muy bien la sentencia de no cometas el error de tu vida, no dejes la universidad, no te embaraces, no la cagues.

Teníamos veintiún años y una juventud insoportable.

Vivíamos juntas y compartíamos el alquiler, los libros, la caja de galletas y el litro de leche que constituía nuestro alimento diario con una alegría que sé que nunca volveré a vivir en medio de la escasez, porque entonces la escasez estaba llena de posibilidades. No como ahora que ya cumplí los cuarenta y además de sensata, soy una adulta sin retorno refugiada en la trinchera de la clase media con seguro de gastos médicos y todos los demás accesorios del paquete.

Desde luego ella se divirtió más que yo, y aunque nuestro mundo era el mismo, también era esencialmente distinto. Por cada tímido intento amoroso y siempre cocinado a fuego lento que yo emprendía, ella contaba dos o hasta cuatro a la vez.

Se le humectaban los ojos, la piel se le ponía aceitada, se le esponjaba el pelo y no he vuelto a ver esa sonrisa de conquistadora y amorosa empedernida en ninguna chica.

Esos eran los signos que reconocía en ella cuando la veía entrar radiante a nuestro minúsculo departamento mientras yo llevaba tres horas entumecida en el sillón leyendo “1984” de Orwell o “La condición humana” de Malraux tratando de entender frases que me resultaban crípticas pero que anhelaba formaran parte de mí para tener un pensamiento contestatario, complejo y escurridizo que los demás admiraran. –Aquí me río de mí misma con un poquito de ternura y no tan poquito de vergüenza, sólo diré en mi descargo que la juventud es la droga más idiotizante de cuantas existen.

Ella también leía a Orwell y a Malraux pero lo hacía entre los brazos de algún enamorado que le habría recitado el mismísimo Capital completo y sin trastabillar sólo para pasar las horas a su lado.

Se divirtió más que yo.

Y mientras sus historias prosperaban y sus amores se desgranaban atravesando a velocidades inauditas todos los ciclos de la pareja: elección, fusión, escisión, desencanto, separación, mini duelo y vuelta a empezar; los míos eran sólo intentos, asignaturas pendientes, coqueteos nunca concluidos.

Me topé con uno de esos intentos en el metro hace poco, lo vi en el otro extremo del vagón leyendo con una concentración monacal que sólo alteraba para empujar la montura de sus lentes de vez en cuando. Reconocí su rostro, no ha cambiado demasiado.

Me hubiera gustado acercarme, saludarlo, preguntarle si tiene hijos, a qué se dedica y hablar de aquel tiempo simplemente para levantar una fogata en torno a la nostalgia y sentir ese fuego agradable y cálido del pasado. Me hubiera gustado preguntarle si, por casualidad, sabía algo de ella.

Pero sigo siendo la chica sensata, no la party girl.

Bajé antes que él y caminé por el andén sintiendo que me sacudía por dentro. No tenía que ver con él en absoluto, ni siquiera me gustaba tanto y escribía unas notas de amor que daban urticaria de tan mal redactadas.

No, no temblaba por él.

Me sacudió el ramalazo de eso que de unos años para acá empiezo a llamar Desvida en honor al cuento Deshoras de Cortázar y que tan magistralmente resume las posibilidades nonatas de la existencia.

Desvida. Aquello que ya no viví, todas las incógnitas no despejadas.

Me gusta mi vida hoy, sostengo mis elecciones actuales bajo fuego. No cambio nada. Pero no dejo de preguntarme qué será de ella y qué sería de mí si hubiera sido una chica un poco menos sensata.

@AlmaDeliaMC