Septiembre y sus aniversarios


Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Puestos a trabajar juntos, el tiempo y la psique son capaces de elaborar el más elevado de los misterios y esconderlo del mismo cerebro que ayudó a crearlo.

Siempre me ha perturbado pensar que así como el ojo no se ve a sí mismo, el cerebro no se piensa; que estamos a merced de un ocultamiento constante de nuestra propia identidad, deseos, pulsiones, lealtades inconscientes. Hay un río oscuro que corre por dentro de cada una de nosotras. De cada uno de ustedes.

Cito un fragmento de la escritora Fabiana Daversa donde habla de un fenómeno tan fascinante como doloroso, el Síndrome de aniversario: “La ciencia está desentrañando el por qué las emociones y afirma que no hay melancolía sin razón. Uno de los motivos principales por el cuál nos sentimos abatidos es debido al síndrome de aniversario. 

Según la Psicogenética, el inconsciente no sólo tiene mecanismos de ocultamiento de el trauma que nos han afectado, sino un calendario propio que hace que lo recordemos periódicamente. Puede que olvidemos la fecha de fallecimiento de un ser querido, la pérdida de un matrimonio o de una batalla familiar, pero para esa época del año lo más probable es que estemos tristes”

Jean Piaget elaboró sobre la teoría psicogenética que, efectivamente, relaciona la mente con el origen de cada individuo. Somos nuestro pasado y el pasado de los que nos anteceden, hay una profunda huella mental y emocional que deja nuestra historia y la de nuestros antepasados en nosotros.

Y he pensado en todo esto porque escribo un 18 de septiembre sintiendo un bloque pesado y negro en el pecho. Mañana será diecinueve. Ese inexplicable 19 de septiembre que habita la memoria de un sismo en 1985 cuando yo tenía siete años, o el 19 de septiembre de 1998 cuando me atropelló un trolebús, o el 19 de septiembre de 2017 cuando vivimos ese sismo demoledor. Otra vez.

Ya sé que soy afortunada, que sobreviví a los tres eventos, que no perdí mi casa, que me suturaron la cabeza luego del accidente y sigue funcionando (más o menos). Que sin llorar. Pero no deja de ser algo que sofoca, que entristece.

Nunca me gustó septiembre, nunca me gustó aquella cancioncita de la SEP que anunciaba que el dos de septiembre comenzaría la escuela. Pero aquel 7 de septiembre de 2017 cuando el terremoto de 8.2 derrumbó Juchitán; algo tronó en mi psique y ahora tengo fobia a los septiembres. Ya sé que todos lo vivimos pero es que muchos son valientes y una nomás es neurótica, nerviosa y miedosa; y las sincronías que no ayudan.

Es septiembre, 2020. Hoy leí sobre la condena de la directora de la escuela Enrique Rébsamen y el bloque negro en el pecho se hizo más pesado. Es difícil encontrar una emoción precisa, jamás podría alegrarme de lo que está pasando; sí, es positivo que se haga justicia, pero no veo razones para estar contenta por el epílogo de una tragedia de ese tamaño. Apenas imagino el dolor los padres de las niñas y niños que murieron, hoy tampoco se ven alegres esos padres y madres, pero se atisba para ellos un descanso. Se merecen ese descanso porque el dolor agota.

Síndrome de aniversario. Eso y una infame pandemia. Hay días que sólo queda hacerle espacio a la tristeza. Pero también un lugar a la gratitud que nunca cansa, así que lo repito:

Es diecinueve de septiembre del año 2020 y quiero reconocer –tiemblo al escribirlo– a todas las madres coraje, a todos los mexicanos honorables que se pusieron de pie y metieron el alma y el cuerpo para rescatar a alguien. Porque ahí hay un mensaje, uno sólo, que quisiera fundir a fuego en estos tiempos de confusión posmoderna y desencanto mexicano: nada importa más que el valor de una vida humana. Nada. Les dejo mi cariño a los que perdieron a alguien en los terremotos, y que no falte un abrazo en su 19 de septiembre.

Fuimos todas


Fotógrafa: Sandra Hernández, IG @Vita_Flumen

Me mataron a mi hija.

Imagínate, por un segundo, diciéndolo.

Imagina que mataron a tu hija, que te dolió tanto que sentiste que enloquecías; que quisiste convencerte de que no era cierto, que lo denunciaste, que llevaste pruebas, que nadie te hizo caso. Que culparon a tu hija de 7 de años, de 15, de 19; que dijeron que fue su culpa.

Desaparecieron a mi hijo.

Imagínate, por una eternidad, buscándolo.

Porque no hay registro de su muerte, imagínate cavando en la tierra, rastreando sus restos, dedicando tu vida a recorrer las fosas clandestinas, los desiertos, los basureros buscando el cuerpo de tu hijo, soñando que te pide que no lo abandones, que no te rindas; imagínate oliendo los huesos, con taquicardia frente a los restos que cada vez esperas que sean los de tu hijo para darle una sepultura digna y descansar, pero al mismo tiempo esperas que no sean los de tu hijo para no confirmar que lo mataron.

Imagina que vienes desde Chiapas, o de Guerrero, o de Oaxaca porque vives en uno de los municipios más pobres del país; que llegas a la Ciudad de México, que la economía está paralizada, que la policía confisca tus artesanías porque no puedes venderlas en el espacio público. Que terminas sentándote con tus dos niñas y tu bebé afuera del supermercado con un letrero que dice que cambias artesanías por despensa. O que entras al super y tienes $46  y te debates entre comprar medio kilo de tortillas, frijoles preparados y un refresco grande o leche y pan, que miras los pollos rostizados como algo inalcanzable y evades el dolor que te causa no el hecho de que no puedas comerlo tú, sino que no puedes dárselo a tus hijos.

Las últimas semanas me ha pasado con más frecuencia ver escenas demoledoras en el súper y también unas esperanzadoras cuando —siempre otras mujeres— nos acercamos a pagar la compra de esa otra que no le alcanza porque sólo lleva $46 pesos en la mano y no $50.

Hace dos días que mi sobrino de doce años tuvo un ataque de pánico. La maldita pandemia, el terror al virus, las acribillantes clases en una pantalla. Entonces corrieron su abuela y su tía a ayudarlo porque su madre no estaba pues trabaja todo el día. Porque no hay padre. Ni abuelo. Ni tíos demasiado presentes.

Somos nosotras las que peleamos, las que rastreamos, las que nombramos, las que escribimos. Las que cuidamos.

Porque somos nosotras las que llamamos en la madrugada y sabemos que la otra contestará sin importar la hora, porque preguntamos si llegaste bien a tu casa, porque fue mi hermana y ninguno de mis hermanos la que vino cargando desde Michoacán para mí un taco de carnitas, porque fue mi madre la que vino cargando desde allá una planta que “florea tan bonito que me va a alegrar los días”. Porque fue mi hermana mayor, aún con quemaduras de tercer grado y su cojera la que trabajó para que yo tuviera cuadernos nuevos para ir a la escuela primaria. Porque caminé de su mano rumbo al internado que me protegió y me permitió abrir esa puerta mágica que se llama educación. Porque mi abuela me cortó el ombligo y me dio chocolate caliente cuando me vio triste. Porque mis tres hermanas y mi madre y mi abuela me criaron, me cuidaron, me enseñaron a leer, a escribir, a peinarme, a hacerme cargo de mí, a comprender mi periodo menstrual, a cuidarme de los hombres.

Y aunque digo con vergüenza “Fuimos todas” incluyéndome injustamente porque yo no estuve en la toma de la sede de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en la Ciudad de México ni en el Estado de México ni en Puebla; hoy digo fuimos todas, porque son mujeres las que están peleando esa guerra. Porque es un todas el que nos ha cobijado a todas desde que el mundo es mundo.

Claro que hay hombres cuidadores, hay muchos y tienen todo mi respeto. Pero casi siempre (y están empezando a desaparecer las cuatro letras del casi) somos nosotras.

Fuimos todas. Porque somos nosotras. Porque siempre hemos sido nosotras. Fuimos todas. Porque somos un somos y un fuimos y un seremos todas. Fuimos todas.

Amar y beber

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Es que amar es sufrir, querer es gozar. Dice el canto del poeta.

Pero yo estoy convencida de que entre amar y querer, el beber es indispensable.

Seamos honestos, compañeros, aventuras eróticas-etílicas con sus respectivos tintes de romanticismo y drama hemos tenido todas y todos. O casi. Ay de quienes no puedan preciarse de haber transitado por estas agridulces y resacosas experiencias: no han vivido.

Antes de que los asépticos sobrios o, peor aún, los corrigeplanas compulsivos de la red nos juzguen a quienes nos hemos aventurado en semejantes andanzas, debo decir en nuestro descargo que la  culpa es de las hormonas: endorfinas, oxitocina, mezcalina (¿esa no es hormona?) y otros neurotransmisores que provocan un efecto analgésico, una sensación de bienestar que hace que una sienta como si sintiera, bese como si besara y diga sí como si quisiera decir sí.

Tan parecido al amor pues.

Y si el que ama no puede pensar, el que bebe menos. Y todo lo damos, todo lo damos.

Ocurre que el cerebro se confunde, ese desconocido que controla nuestra existencia recibe la señal de endorfinas liberándose y no sabe si está entrando en un proceso embriaguez o de enamoramiento.

El cerebro, ese cabrón. Y el alcohol, ese culero. Puestos a destruir ese par pueden aniquilarnos.

La cosa es que mi atontado cerebro y el alcohol me proporcionaron un par de historias que quiero contarles: conocí al señor Q en un breve curso de simbología hace algunos años, no me interesaba especialmente pero él sí ponía mucho interés en mí; pasaron las semanas hasta que una pantanosa noche en una pantanosa fiesta, coincidimos. Se empeñó durante horas lanzando su artillería pesada contra mí pero el verdadero knock –out vino luego del cuarto mojito (hasta donde recuerdo). Hagamos aquí una decentísima elipsis y situémonos en la mañana siguiente. El oprobioso momento en que una se pregunta, ¡¿qué hice?! … superamos como pudimos esos incómodos minutos bajo la luz del día buscando nuestros respectivos jeans, le ofrecí un vaso de agua y le pedí, amablemente, que se fuera de mi casa. Pero el señor Q, víctima de al menos una docena de mojitos, recuerdo que bebía al doble de velocidad que yo, creyó que estaba enamorado.

Oh, no, señor Q.

Mensajes no, querido; llamadas, menos; flores, jamás; libros, bueno; y chocolates también. Pero yo no tenía el menor interés. Lo comprendió luego de insistir durante algunas semanas en que le devolví todos sus obsequios pero me quedé con los libros (cómo esperar otra cosa de esta lectora carroñera) y a cambio le regalé otros. Y me prometí que nunca más. Grabé a fuego esta promesa en mi interior: no lo vuelvo a hacer.

Pero lo volví a hacer. El apuesto L se me apareció una deslumbrante noche en medio de una deslumbrante fiesta. Tres mezcales: esta vez, me dije, no tomaré más de tres. Suficientes para sentirme flechada hasta la pulpa de la osamenta.

L y yo hablamos de alcohol y literatura honrando a Bukowski, Hemingway, Óscar Wilde y Chavela Vargas. Es decir que fuimos un par de idiotas llenos de lugares comunes pero sintiéndonos únicos y brillantes.

Volvamos a la elipsis, porque ahora es cuando viene la lección. (Ja)

A la mañana siguiente me levanté feliz. Me bañé, preparé café y puse a tostar pan fantaseando eufórica con los planes para mi futura vida con L que cuando despertó apenas me miró, dio dos tragos al café y se enfundó en los jeans como pudo. Yo hice lo propio y es que éramos nosotros mismos pero la luz ya era otra… es que amaneció sin querer, como canta el malagueño Toni Zenet, otro santo patrono de las decepciones etílicas.

Esperé un par de días a que sonara el teléfono, ya saben, por si tal vez se había sentido intimidado en mi casa y lo que necesitaba era tiempo. Oh, no, señora Alma. No.

Ni mensajes, ni llamadas, ni flores, mucho menos libros o chocolates. Lo di por perdido.

Me dolió poquito pero sentí que con L compensaba el daño causado a Q y me sentí en paz con el universo volviendo a los sabios versos de José José: hay que ver cómo es el amor, que vuelve a quien lo toma, sobre todo a quien lo toma derecho.

Y es que el alcohol amansa egos como el mejor domador de fieras y permite que sucedan las historias que luego podemos contarnos (o no).  Eso, al menos para mí, siempre será un saldo a favor.

Y como dijo Bukowski:

Creo que necesito un trago.

Casi todos lo necesitan,

solo que no lo saben.

*(Pasen a dejar su aportación, pueden ver el video y luego hacer clic en la liga abajo para ver cómo funciona)

Sobrevivientes, sí, maldita sea


Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Llovió toda la noche, siento frío mientras camino hasta la sucursal más cercana de mi banco (de mierda) de confianza.

El asfalto tiene esa pátina cuando lo cubre la lluvia, como si le sacara brillo y a la vez le hiciera exudar lo peor de sí mismo, el brillo y el cochambre de quienes lo transitamos.

Algo se me encoge en las entrañas ante este desfile de personas a media cara. Somos la humanidad, me digo. Somos la humanidad viviendo con la cara medio cubierta, con el cuerpo en resguardo.

Al llegar al cruce de dos avenidas infinitas, se acompasa el sonido del conteo en el semáforo, suena como si la ciudad fuera un gigante de hormigón cuyos signos vitales son monitoreados en la sala de un hospital, bip, bip, bip…

Este gigante de concreto y sus habitantes con cubrebocas. Siento de pronto el cansancio acumulado de estos cinco meses, estos 150 días que al principio creímos que serían 40. Qué ingenuos fuimos, y qué posmodernos, eso también.

Hay días en que no me importa nadie más que yo misma, días en que me irrita el exterior, en que me molestan los otros, en que no tengo paciencia ni empatía con mis propias miserias; no lo digo con orgullo pero es lo que es.

Y luego hay días, como hoy, en que todas las personas me importan y todo me duele y quisiera ayudar y me desgarra por dentro el funcionamiento de este mundo de cagada.

Y luego, justo, ahí, entre la sístole y la diástole de Avenida Revolución y Progreso, a mis pies dos niños de no más de tres años acompañan a su madre que vende dulces. Cuando el semáforo se pone en rojo, la mujer camina entre los autos ofreciendo sus productos y los pequeños la esperan en la banqueta, conocen bien los límites del peligro. Ella y ellos viven así, en la supervivencia desde hace años, qué digo años, generaciones. Esos niños habitan la calle con soltura. Quizá es chocante la imagen, pero está ahí, frente a mí, la seguridad de los niños de la calle. No voy a refugiarme en mi pitera culpa clasemediera así que dejo salir lo que realmente me habita; la torpeza.

Y creo que entiendo lo que entiendo, ellos me llevan ventaja en esto de vivir en la incertidumbre, de no sentirse seguros, de enfrentar al mundo cada día sin certezas.

El semáforo dura una eternidad, miro el teléfono, encuentro el video de una actriz que asegura que la vacuna traerá suplantación de personalidad y microchips que te pueden hackear el hipotálamo.

Leo los mensajes de quienes se burlan de ella pero otros que están de acuerdo y también citan a Miguel Bosé, el cantante, con su teoría conspiranoica. Qué irresponsables, carajo, habrá quienes les crean y les hagan caso; habrá miles o quizá millones que construyan su conocimiento del mundo a través de ellos. Me da rabia. Pero si la muerte es real, el dolor es real, ¿o no se han enterado?

Regreso a casa con el bip, bip, bip metido en el corazón. Entonces llama mi madre, amor, risas, discusiones. Llegamos al punto inevitable, la pandemia. Esta vez, luego de meses negándose, me dice: Mi amor, sí me voy a poner la vacuna cuando esté lista, ¿y sabes por qué me la voy a poner?, por ustedes.

Me está diciendo que se va a poner la vacuna por nosotros, sus hijos. Le respondo que nosotros nos la vamos a poner por ella. Sí, es un acto de amor.

Bip. Bip. Bip. La sobrevivencia tiene génesis en el amor. Sobrevivir es un súper poder del amor; como una ráfaga imagino todas las lecturas sobre historias de persecución, las guerras, los huérfanos, los seres humanos que sobrevivieron a exterminios sólo porque llevaban la semilla del amor dentro.

Tengo ganas de llorar, qué quieren, esta infame cuarentena convertida en eternidad.

No soy nadie para que me respeten, pero me atrevo a pedirles algo: vacúnense cuando llegue el momento, háganlo como un acto de amor a los suyos. Nada más, pero nada menos.

Me despido porque quiero escuchar la canción de Sabina que da título a este texto, pienso en una sola línea: superviviente, sí, maldita sea. Nunca me cansaré de celebrarlo.

El camisón de Pepa

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Era 1999, yo me había independizado un año antes y para ese momento vivía en un minúsculo departamento de interés social de la colonia Tlalcoligia en la delegación Tlalpan, al sur profundo de la Ciudad de México.

La compañera de trabajo que sería mi roommate abandonó pronto el acuerdo porque se fue a vivir con el novio. Así que me quedé sola en aquel lugar del que, con esfuerzo inaudito, pagaba la renta y la luz; para el gas no alcanzaba y de teléfono e internet ni hablamos.

Así que me bañaba con agua fría, comía frío y dormía frío porque hacía un mes que había terminado con mi novio de entonces. Una relación tormentosa a la que un día de lucidez le puse fin.

Eso sí, mi grabadora sonaba todo el día. Mi único lujo era comprar discos compactos y libros. Como tenía terror de que me consumiera la ansiedad, procuraba oír melodías que me mantuvieran de buen ánimo, así que por aquellos días escuchaba obsesivamente dos discos: Caribe atómico de los Aterciopelados y Lo mejor de la vida del Compay Segundo.

No sé ni cómo ni por qué pero el departamento tenía muebles —si es que se les puede llamar tal a los cinco cacharros de madera que dejaron los dueños del lugar.

Como estaba triste porque mi amiga me había dejado sola y todavía extrañaba al ex novio, no toleré seguir viendo aquellas paredes amarillentas y esos sillones forrados con una especie de viejo tweed color riñón. Así que muy envalentonada por mi juventud, decidí salir a comprar pintura blanca, un rodillo y chingos de metros de lona color naranja que conseguí en telas Parisina; había una sucursal enorme sobre Insurgentes sur, más o menos cerca de donde yo vivía.

El caso es que el día que regresé con mi cargamento para hacer el fashion emergency de mi departamento, recibí una llamada.

Una amiga de la universidad le pidió a otra amiga que a su vez me lo pidió a mí, el favor de hospedar a un muchacho que venía de La Habana. Dije que sí porque cómo va a decir una que no a sus amigas de la universidad. Y el favor era para ya, esa misma noche.

Alexander se llamaba (o se llama) el susodicho, fui a recogerlo al metro Taxqueña horas más tarde. Los dos teníamos veinte años, unas melenas memorables, ojos de tristeza y cara de espanto.

Me informó que se quedaría una semana, aquel día era viernes y se iría el viernes próximo.

Las primeras horas no fluyó la convivencia, estábamos demasiado asustados quién sabe por qué. Por la vida.

Le dije cuál sería su habitación y, muerta de pena, le aclaré que no teníamos gas, por lo tanto no habría agua ni comida caliente; ah, tampoco teníamos internet en casa. Me miró un poco serio, luego soltó una de las carcajadas más contagiosas que he escuchado en mi vida y me dijo: pues nada, que sigo en La Habana.

Ahí me relajé, mientras él arreglaba sus cosas que eran dos jeans rotos y tres playeras descoloridas, puse música.

El disco del Compay empezó a sonar con aquello de “Pepa tiene un camisón… Ya no tiene ni un botón para apretar la varilla, tiene un roto en la rodilla y en otro sitio peor…” de pronto los dos estábamos bailando y cantando.

Por alguna razón, yo no quería que me contara su historia, ni de qué escapaba ni para dónde iba y no tenía la menor gana de contarle algo de mí. Para evitar aquello, le sugerí que fuéramos al teatro, tenía boletos para una función donde un amigo mío imitaba increíblemente bien a Borges improvisando parrafadas completas con su estilo.

Alexander dijo que sí, que se iba a cambiar. Pero al minuto regresó con la misma ropa encima. ¿Qué pasó?, pregunté. Es que toda mi ropa es el camisón de Pepa, me respondió.

Nos reímos tanto que nos tomó un rato recuperar la vertical y disponernos a salir.

Al volver del teatro Alexander me dijo “esa función me ha dejado lleno” tocándose el pecho. En ese momento pensé que quizá teníamos más en común de lo que imaginaba.

Cada uno durmió en su recámara la primera, la segunda y la tercera noche. La cuarta nos emborrachamos con cervezas (refrigerador sí había) y música alternando al Compay con los Aterciopelados.

Mientras sonaba Caribe atómico, mayday mayday, guardacostas advierten no hacerse a la mar, mayday mayday, puedes pescarte un virus tropical… empezaron los besos y fuimos hasta mi cama. Pero ya ahí, de cerca, entre sus ojos y los míos una tristeza aplastante nos consumió el deseo. Le acaricié la cara y por nada se echa a llorar. Nos abrazamos toda la noche. No hubo tórrido revolcón, sólo la compañía de los cuerpos.

A la mañana siguiente me dijo “bueno, me quedan tres días para ayudarte a arreglar esto”. ¿Esto qué?, pregunté haciéndome la desentendida.

Tu casa, chica, toda tu casa es el camisón de Pepa.

Nunca había sentido tanto cariño espontáneo por alguien, una ternura profunda, muy alejada del deseo carnal.

Y nos pusimos: él pintaba, yo limpiaba, él engrasaba las puertas y yo cosía unas fundas naranjas sobre los sillones riñón; y hasta me ayudó a improvisar unos cojines decorativos con la tela que había sobrado.

Para el último día habíamos transformado la casa. Antes de que se fuera lo dejé esperando en un café internet y me encaminé a Perisur. Gasté todo mi dinero del mes en unos buenos jeans, dos camisas nuevas y calcetines.

Cuando nos despedimos en la terminal de autobuses de Taxqueña entendí que la reparación también es una forma de amor. Y que a veces no se necesita más que ser y estar cuando toca reparar al otro y con ello repararte.

Regresé al departamento que no estaba de revista pero tenía otro aspecto, más luz. Quién me iba a decir que los versos de ese son me significarían aquel intercambio tan reparador.

El camisón de Pepa tiene historia. .. Qué bonita se ve Pepa con su camisón, y qué bonita se ve Pepa con su camisón.

Cultura, contracultura y la ofendida clase media


Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Ya sé que la vida, toda, es un plagio, empezando por el pecado original replicado ahora mismo en más de siete mil millones de ejemplares. Eso lo entiendo y lo acepto sin protesta alguna. Pero cuando contemplo el excesivo estado de simulación en el que habitamos nosotros, los clasemedieros, no puedo sino lamentar esta falta de decencia, esta vergüenza de vivir falsificando experiencias y objetos para que parezcan algo que no son.

Nótese que me he incluido en el desastre, o sea que me declaro culpable de todo lo que voy a señalar, lo aclaro para que remitan la ofensa si es que alguien se sintió ofendido. Es que luego se lo toman todo personal, gente, y así, con resentimientos de por medio, no puede prosperar esto de la comunicación.

Dicho de otra manera: esta andanada de quejas no es contra ninguno de ustedes en particular pero sí contra todos nosotros en masa, contra esta época, contra esta entelequia ridícula que nos empeñamos en reproducir, posicionar y condecorar como si fuera el mejor estado de la sociedad: el estilo de vida de la clase media.

Presa de una sensación de vacío infecciosa (porque clasemediera y posmoderna), me he puesto a meditar sobre qué nos define como tribu o cuál será nuestro rasgo social identitario y por más vueltas que le doy, no encuentro una conclusión que nos deje mejor parados: los miembros de la clase media nos identificamos por el resentimiento hacia la clase de arriba y el desprecio hacia la clase de abajo; y en esa intersección lo que mejor cultivamos es la falsedad, la pura falsedad que resulta de querer imitar las manifestaciones de la realidad, de otras culturas, de otros tiempos, de otras necesidades y hasta de otras condiciones climatológicas y financieras.

Somos expertos en el fake, en la falluca, en la piratería de conceptos.

Voy a poner algunos ejemplos pero los invito a que miren a su alrededor, si es que se encuentran en la ciudad o en algún contexto urbano, y constaten ustedes mismos a lo que me refiero.

Que la madera, el metal y cuero parezcan viejos pero que sean nuevos, porque tenemos la fantasía de poder comprar el paso del tiempo, o ni eso: el look alike del paso del tiempo.

Que la terraza —aunque sea terraza— esté techada porque lo importante será siempre nuestra comodidad, no observar la naturaleza, como si el cielo y las estrellas pudieran ser más interesantes que nosotros mismos. Cómo va a ser.

Que los clásicos del rock suenen a chill out lounge para que induzcan a la relajación y se anestesie la provocación musical que el rock entraña.

Que el jazz suene a pop y que las canciones rancheras vengan acompañadas de un tequila súper especial, edición limitada, con un diseño tan estilizado del agave que parece más un trazo de caligrafía japonesa que una mata de maguey.

Que las sillas estén forradas, recubiertas con una tela que las hará parecer todo menos silla para que los eventos estén bien vestidos (cualquier misteriosa cosa que signifique “vestir un evento”)

Que el mercado no sea un mercado sino una experiencia o concepto diseñado por algún arquitecto de apellido extranjero que piensa en ti, tu mascota y tu bici vintage para que no renuncies a tu estilo de vida ni cuando vas al mercado a echarte unas quesadillas o un plato de pancita.

Que los menús en los restaurantes sean un juego de palabras que de tan ridículo parece una burla y bebamos un sublimado de cacao y maíz con chispas de canela y acento de piloncillo en lugar de un contundente atole champurrado. O una crema con fondo de frijol, juliana de tortilla y fina reducción de chile pasilla en lugar de una simple y perfecta sopa tarasca… Con la comida los ejemplos son tan infinitos como caricaturescos.

Que usar un textil de alguna comunidad indígena se justifique con un proyecto social súper bonito que reparte las utilidades entre los artesanos y sea sólo por esa razón que nos atrevemos a colgarnos un rebozo o un collar huichol encima sin entender un ápice de su origen y funcionalidad.

Que sea preferible ver la serie de televisión o la película en lugar de leer el libro porque nosotros confundimos entretenimiento con cultura y la poca cultura que queremos, la queremos rápida y complaciente.

En fin, la lista es larga y pinta sin concesión nuestra autocomplacencia, nuestra falta de profundidad. Ni cómo negarlo.

Las corrientes culturales surgidas en las búsquedas auténticas o en las necesidades vitales de una sociedad siempre encuentran respuesta en la ofensiva que los movimientos contraculturales hacen para resistir a una alienación de la que no quieren formar parte; digamos que una y otra fuerza contrarias se manifiestan para afianzar una identidad, el problema con la clase media es que por ningún motivo queremos identificarnos con los códigos populares que se gestan en las calles pero los imitamos etiquetándolos con alguna marca; y como tampoco podemos ser parte de las élites por razones de poder adquisitivo, las atacamos con saña; pero aunque las repudiamos, vivimos remedándolas no sin cierto dejo de admiración.

O sea que ni lo nuevo ni lo viejo, ni lo popular ni lo excluyente, ni el rock ni las rancheras; ni el culo bien puesto sobre ese simple, llano y extraordinario invento llamado silla.

Es que se nos olvida que la cultura no se compra, se gesta. Y mientras no lo entendamos, seguiremos representando esta comedia del embuste que nos ha llevado a bajezas tales como ofendernos porque un cocinero defiende su trabajo y al mismo tiempo pretender que en la tipografía romántica del menú de una boda, un taco de chicharrón en salsa verde no se llame taco de chicharrón sino envuelto de maíz relleno de crocante de piel de cerdo rebozado en coulis de tomate verde orgánico.

Quizá no leemos el libro, no vemos la peli, no conocemos el lugar, no escuchamos a la persona… pero de que nos ofendemos, nos ofendemos. Para eso somos la clase media, sí, señor.