Diamantina, zapatos y otras provocaciones


Vía Láctea, Alberto Alcocer / IG @beco.mx

Antes de cumplir seis años ya sabía leer, escribir, sumar y restar; ya sabía de la dureza de la existencia, ya sentía vergüenza de ser quien era, ya comprendía la pobreza.

Mis hermanos estaban todos fuera, al mayor mi mamá había logrado meterlo al Colegio Militar; los otros cuatro estudiaban en un internado. Mi hermana mayor se reponía de las quemaduras en un hospital.

Quedábamos Paz y yo, ella estudiaba segundo de primaria y a mí me mandaban con ella de oyente, mi hermana tenía ocho años y yo todavía no cumplía los seis.

Eran días extraños, andábamos por ahí un poco inconscientes, un poco asustadas, muy solas. Visitábamos a nuestros amigos que vivían a un par de casas, también solos, también hijos de la disfuncionalidad, milagrosamente vivos; nos divertíamos persiguiendo ratas, haciendo pasteles de lodo y comiendo cualquier cosa, la comida que mi madre dejaba algunas veces, otras sólo galletas que comprábamos en una tiendita calamitosa.

Teníamos un vecino de alrededor de veinte años, Mariano.

No sé de dónde salió, pero mi familia lo acogió de inmediato porque tenía una temblorina rara y cojeaba; como puede adivinarse, todo desvalido era bienvenido entre nosotros porque nos recordaba que no éramos los únicos.

Mariano decía que yo era su novia y a todo el mundo le hacía gracia la broma, no a mí. Una mañana amanecí con tal infección en la garganta y fiebre que no pude acompañar a mi hermana a la escuela, me quedé sola en casa porque mi madre no podía faltar al trabajo —un día sin salario era una verdadera crisis para una mujer que mantenía sola a ocho hijos.

Recuerdo mi cuerpo delgado de casi seis años, llevaba unos shorts azul marino y un suéter del mismo color, alguna de las tías caritativas que le regalaba ropa a mi mamá debió heredármelos; estaba en la cama viendo caricaturas en una televisión blanco y negro que habíamos sacado no sé de dónde, recuerdo la sensación de la fiebre, tenía calor y frío, temblaba; llevaba unos zapatos blancos de charol —también regalados— que me apretaban, el alma caritativa debió calzar de un número menor al mío.

Mariano apareció de la nada y cerró la puerta, se veía muy nervioso, temblaba más que de costumbre, se sentó en la cama junto a mí y me dijo que mis piernas eran muy bonitas, casi tan bonitas como mis ojotes negros. Yo sabía que algo estaba mal, de inmediato traté de levantarme de la cama pero él me lo impidió, me abrazó fuerte y dijo que yo era su novia, me preguntó insistentemente si lo quería; traté de escapar, grité, sentía la fiebre, a Mariano, los pies punzantes por los zapatos apretados, escuchaba las caricaturas en la tele, su respiración pesada, me dolían la cabeza y los huesos, el alma. Me concentraba en el dolor por los zapatos. Fue todo muy rápido, él estaba muy excitado, en un par de minutos eyaculó y salió corriendo.

Me quedé sentada en la cama, inerte, zombi. Después de un rato me levanté y me bañé, hacía todo en automático, como si me hubieran desconectado, como si estuviera ahí pero muerta.

Cuando regresó mi mamá yo ardía en fiebre, vomitaba y tenía la garganta completamente cerrada, afónica como nunca, sin voz.

Odié a Mariano con el odio de una legión entera, odié a mi madre por estar ausente, me odié a mí misma por ser capaz de entender lo que había pasado y no poder autoengañarme. Odié a mi padre porque no estuvo ahí para cuidarme. Odio profundo, odio ácido, odio gigante en mi alma de seis años. Odio y miedo, rabia y resentimiento descomunales pero ni una palabra. Aprendí a proteger con el silencio, intuí que hablar lo dinamitaría todo.

Así sellé mi trágico romance con el miedo, pacté con sangre. Miedo de estar sola, miedo de lo masculino, miedo de mí. 

Y en un abrir y cerrar de ojos  me hice adulta, y luego, como la vida es cabrona pero también es buena, me hice escritora; y aprendí a nombrar cada cosa, a masticar cada palabra y, sobre todo, a mirar la condición humana.

Años de vivir y de atreverse a mirar y de atreverse a nombrar; lecciones duras para reconciliarse con el deseo, sentarse a la mesa entre luces y tinieblas un día sí y otro también. Saber, cuando escucho a otras mujeres, que se necesita mucho temple para no entregarse al resentimiento como único camino, que llevar estas historias a cuesta y sonreír es quizá el único trofeo por haber peleado esa guerra, en muchos casos es seguir peleándola.

Pensar en los zapatos que me apretaban fue la salida que encontró mi psique infantil, tal vez por eso ahora los zapatos de las ya incontables mujeres violadas y desaparecidas me perturban de un modo escalofriante. ¿Cuál será el símbolo, qué ancla habrá elegido la psique de tantas otras mujeres?

Fuimos niñas y alguna vez creímos en la magia, duró apenas nada, pero hubo un tiempo. Diamantina brillante, luces mágicas, mundos de colores.

¿Cómo se atreve, el títere político de turno, a decir que nombrar el abuso histórico, presente y brutal, es una “provocación”?

Sonrisas. Lápiz labial. Faldas. Tacones. Diamantina. Provocaciones puras y duras.

¿Cómo vamos a reparar todo lo que se ha roto si luego de pelear mil batallas, se espera que las heridas de guerra sean al mismo tiempo la parte civilizada, silenciosa y protocolaria que le pide permiso al mundo para hablar de su dolor?

¿Cómo vamos a reparar todo lo que está roto?

@AlmaDeliaMC

Se solicitan demonios y monstruos


 Alberto Alcocer / IG @beco.mx

Has despreciado al diablo y no se puede olvidar que un sujeto tan odiado debe ser algo

-Goethe, Fausto

La necesidad de ser considerados “buenos” es tan antigua como vigente.

Entre otras carencias que presentamos como especie, los seres humanos nos caracterizamos por una tremenda incapacidad para convivir con el lado oscuro de nuestra psique.

La insoportable idea de la maldad como parte de la esencia humana encuentra salidas míticas (un rasgo infantil, psicológicamente hablando) para explicar aquello que rebasa nuestra lógica.

Por eso “los malos” tienen que ser inhumanos, es fundamental que así sea. Necesitamos creer que esos entes maléficos, esos desertores del infierno, no son personas. Se requiere así para cerrar a piedra y lodo la grieta que nos dejaría atisbar la posibilidad de que ese engendro y nosotros, estamos hechos de la misma sustancia. No, no, no. Cualquier cosa menos eso.

El que hace algo inapropiado para los escrúpulos de cada tiempo y lugar es un fenómeno, es inhumano; lo poseen fuerzas demoníacas, por la mañana desayuna niños recién nacidos y bebe sangre de doncellas para acompañar la cena. Ese ogro no puede ser como yo. Al miembro del gremio que hace algo perturbador, lo rechazamos y lo echamos del club de los humanos para convertirlo en bestia infernal.

La reacción suele ser así porque no soportamos el espejo de nuestra propia oscuridad que ese otro nos pone delante.

Y el problema es que cuando la búsqueda de la propia conciencia se detiene, comienza la búsqueda del culpable; nos convencemos de ser totalmente inocentes y por lo tanto totalmente víctimas.

Es terrible la ceguera de la luz blanca, esa que nos convence de que todo en nosotros es bueno pero nos deja igual de ciegos que la más oscura de las noches.

La bondad cambia conforme la moral vigente lo pide: ser bueno podría significar sacrificarse para que los dioses favorezcan las cosechas o casarse virgen o también —para ponernos rabiosamente actuales, ser políticamente correcto. Y la maldad se ajusta según lo requiera su contraparte. Es decir que Dios nunca deja de necesitar a Satán. (Así con mayúsculas, como personajes de ficción).

Conforme nos adentramos en este espeso río de la posmodernidad, resuenan con más nitidez las palabras de Nietzsche: Dios ha muerto. Se refería a la muerte de los valores absolutos y con la desaparición de los valores absolutos, llegó la pulverización ideológica.

Como dios ha muerto, ahora todos somos dioses y queremos dirigir la moralidad del mundo con los diversos códigos o causas en las que creemos: el vegetarianismo, los derechos de las bicicletas, la humanización de las mascotas, las batallas contra el azúcar o el tocino, la guerra contra toda forma que consideramos “no incluyente”, los distintos y refulgentes feminismos… la lista sigue en construcción.

Ahora que somos dioses, necesitamos demonios: y el demonio es aquel que no esté de acuerdo conmigo, aquel que abra una grieta para cuestionar la sustancia de mi propia humanidad.

Y así llegamos a casos como el de Marcelino Perelló. Un ser humano complejo, de innegables virtudes y terribles defectos, una de las personas más generosas y vitales que conocí, reducido a una frase indefendible, a una declaración absurda y agresiva, sí; pero no menos absurda y agresiva que la reacción en masa de la hermandad de los “buenos” de este tiempo que señalaron a Belcebú pidiendo su cabeza.

Pienso en la cacería de “monstruos” que nos falta por presenciar y, con profunda tristeza, anticipo una larga oscuridad reluciente de corrección política. Porque vendrán muchos, no cabe duda, si estamos en pleno reclutamiento de espíritus del mal para apaciguarnos.

Dice Mefistófeles en una línea de Fausto: No eres aún hombre capaz de sujetar al diablo.

Ahora que todos somos dioses prestos a dictar la moralidad del mundo, quizá debamos considerar también que todos somos diablos. Habrá que ver si somos capaces de sujetarnos.

@AlmaDeliaMC

Golpéate el corazón


Alberto Alcocer / IG @beco.mx

Una vez un hombre me dijo que le daría igual que sus hijos no existieran.

Recuerdo que la revelación me dejó atónita.

Dábamos vueltas caminando en el parque luego de una tormenta. Él, de buen corazón, generoso de oído y en general con todos sus recursos, me escuchaba atento sobre una dolencia familiar. Su alma sensible y solidaria era para mí una certeza, la había palpado de cerca durante años. Así que su revelación me descolocó por completo.

Y es que tendemos a pensar que el amor es indiscriminado. Pero lo cierto es que no.

Cuando vio mi cara de desconcierto, procedió a explicarse (no tenía por qué hacerlo pero lo hizo). No es que no los quisiera, había dado batallas brutales por ellos para cuidarlos, mantenerlos, ofrecerles buenas universidades; no es que no le causara una profunda alegría verlos bien y disfrutaba con ellos, sólo que su identidad y sus emociones no estaban puestas en sus hijos, nunca lo habían estado, ni cuando eran pequeños; no podía decir que su plenitud viniera de ellos y al imaginarse sin hijos se veía igual de pleno o tal vez más.

No en aquella primera conversación pero con el tiempo lo entendí. ¿Quién dijo que los vínculos amorosos padre-hijo o madre-hijo están dados sólo por la biología? El amor filial, como tantas otras de nuestras emociones, también es un aprendizaje, una elección.

Una semana atrás devoré “Golpéate el corazón” (Anagrama, 2019) de Amélie Nothomb a quien desde hace años leo con avidez. Me gusta lo que se atreve a explorar en sus textos porque lo hace con una inteligencia y una profundidad emocional casi obscenas.

En esta reciente publicación Amélie cuenta la historia de Marie, una belleza de dieciocho años que se casa y tiene a su primera hija Diane con la que nunca logra establecer un vínculo afectivo porque se muere de celos de ella; del amor y ternura que despierta en los demás, de que todas las atenciones sean para la niña. La cuida, claro, y la trata con cariño y responsabilidad, pero no está vinculada a ella. La niña anhela con tal intensidad el contacto de su madre “la diosa”, que se pasa los primeros años obsesionada con volver a sentir lo que sintió la única noche que su madre la abrazó en la cuna con ansiedad tras despertar de un sueño en el que la pequeña moría.

Pero ese abrazo no se repite nunca más. Y madre e hija no hacen sino alejarse con los años. Llegan un segundo y una tercera hija de Marie con la que Marie se obsesiona; un amor glotón la hace devorar emocionalmente a la tercera niña y la pobre paga facturas muy altas al pasar de los años.

Diane, la primogénita, observa todo con distancia y lo resiente pero se las arregla dándose explicaciones racionales, casi científicas, de lo que ocurre con su hermana pequeña y su madre.

El libro me incomodó y me cuestionó de muchas maneras porque, seamos honestos, quienes no somos hijos únicos sabemos o intuimos que nuestras madres (y padres) establecen vínculos diferenciados con nosotros; es inevitable que sientan más afinidad con un hijo que con otro, que proyecten distintos pedazos de su identidad en nosotros; y que, descaradamente y por más que lo nieguen, elijan a uno como el consentido. El tema es más viejo que la sarna pero es fascinante pues evitamos hablarlo a toda costa porque, desde luego, duele.

Volviendo a la historia de Diane, un día escucha la frase de Alfredo de Musset que da título a esta historia: “Golpéate el corazón, es ahí donde reside el genio” y lo que ocurre es precioso, Diane, que creció sin el vínculo afectivo de su madre, reacciona haciendo una sustitución racional de la experiencia y decide convertirse en cardióloga. Todas sus formas y búsquedas emocionales estarán marcadas por la carencia de esa primera fusión con la madre; estudiando Cardiología se lía en una relación con Olivia quien también es madre de una pequeña por la que no siente el menor afecto. Ahí la historia se vuelve redonda; oscura y brillante, de final inesperado y preciso.

Pasan los días y no dejo de pensar en el texto. “Un amor tan profundo, tan imposible de curar, tan indispensable al que Olivia sólo había respondido con desprecio…” ¿Nos convertiríamos en madres y padres si atisbáramos la posibilidad de que, por más que se intente, nunca se establezca una fusión amorosa con los hijos?

Hay puñaladas en el corazón para las que no es necesario siquiera empuñar la mano.

@AlmaDeliaMC

Es la evolución, estúpida


Alberto Alcocer / IG: @beco.mx

Una mañana te levantas y miras tu lista de pendientes.

Tienes que pagar los impuestos, pedir la factura del disco duro que compraste porque ya no hay espacio y necesitas seguir trabajando, darte de alta en tal empresa para que te paguen los $4,000 pesos que te deben, cambiar el teléfono (tu equipo es una calamidad que ya no te permite tomar llamadas a menos que conectes los audífonos) y cambiar la cuenta bancaria del casero que tuvo a bien mandar a su banco anterior a la chingada (en el fondo lo admiras) lo que te implica nuevos trámites.

Parecerá una frivolidad pero debes incluirlo: tienes que preparar el desayuno, fregar los platos, sacar la basura y recoger la ropa que se seca en el patio para que no te sorprenda la lluvia. Y, desde luego, también tienes que trabajar.

Entendamos por trabajar la entrega de tres textos para el fin de semana, hoy es martes. Corres a ver el calendario enorme que has pegado en tu pared porque intuyes que hoy —es martes, repites, intentando que tu cerebro que empieza a abismarse, se tranquilice con las coordenadas— tienes una cita. Y resulta que sí, a las 5:00 pm quedaste para un programa de radio.

Respiras. Te recoges el cabello en un chongo alto —eso funciona para tu higiene mental— y te dices que mantendrás el abismo a raya.

Primero una ducha fría, el agua caliente te provoca taquicardia y no quieres azuzar al demonio de la ansiedad. Y a darle. La omelette con espinacas, el café con un trocito de chocolate al final. El abismo te señala con el dedo índice: hoy no saliste a correr. Pues no, vas a contrarreloj y ya era tarde para tomarte una hora extra de trote. Será mañana.

Querías empezar por darte de alta para cobrar los $4,000 pesos, parecen poca cosa pero no lo son cuando tienes que cambiar de teléfono. Ese era el orden: asegurar un ingreso, gastar en el equipo nuevo, modificar la cuenta del casero para pagar la renta del mes sin retrasos. Y luego ponerte a escribir.

El teléfono suena, la pantalla dice “Eduardo Fierro casero” pero no puedes contestar porque no tienes los audífonos a la mano, corres a buscarlos, “Eduardo Fierro casero” sigue haciendo vibrar el teléfono. Logras conectar la chingaderita con la chingadera, ¿hola?

Don casero te recuerda amablemente que hoy es día 5 de mes, último para pagar sin penalización por retraso. Cambio de prioridades.

Entras al portal de tu banco, cuando estás a la mitad recuerdas por qué no habías realizado el pago, debes dar de alta una cuenta nueva. Respiras. El abismo salta de cojito frente a ti: ya has perdido una hora, ya has perdido una hora.

Mierda. Back, back, back; “Alta de cuentas”; clic, clic, clic; antes del cuarto clic te piden la clave que está en la aplicación en tu teléfono; eliges la aplicación, la pantalla ennegrece y el aparato se muere. Negro luto. Negro chingadamadre. Negro abismo.

Ya pasó otra hora. Conectas el teléfono al cargador por si eso lo arregla (eres un usuario protozoario, no un hacker).

Mejor darte de alta como proveedora de la empresa que te debe los $4,000. Sigues las indicaciones, piden estados de cuenta de los últimos tres meses para pagarte cuatro mil pesos. Cuatro mil veces váyanse a la mierda. Qué remedio, vuelves al portal del banco, no puedes entrar, necesitas la clave del teléfono que sigue muerto porque obviamente no era la batería. Tendrás que salir a comprar un teléfono nuevo ya. El gusto a chocolate en tu boca cedió paso a un sabor metálico.

Te dices que no pasa nada si vas por el teléfono mañana. Pero sí pasa, la penalización por el pago de la renta, no puedes entrar al portal sin la clave de la maldita aplicación.

Suena el timbre, traen un paquete para ti pero tienes que mostrar un código que enviaron antes y que, claro, está en el cementerio del teléfono. Blablablá y buenos días. Cierras la puerta sin convencer al mensajero de que te entregue el paquete.

Te sientas frente al abismo y mueves los pies como quien los remoja en una alberca. Recuerdas a Carlo Cipolla y su Teoría de la estupidez:

“La humanidad se encuentra (y sobre esto el acuerdo es unánime) en un estado deplorable. Ahora bien, no se trata de ninguna novedad… El pesado fardo de desdichas y miserias que los seres humanos deben soportar, ya sea como individuos o como miembros de la sociedad organizada, es básicamente el resultado del modo extremadamente improbable (y me atrevería a decir estúpido) como fue organizada la vida desde sus comienzos”

Vas a tu centro telefónico más cercano, ese infierno.

Hora y media después sales con un teléfono nuevo, cuando llegas a casa notas que tiene bloqueadas todas las funciones que ya le habían habilitado, llamas al único número que enlaza para pedir soporte técnico: “lamentablemente el sistema está presentando fallas y su equipo se activará mañana”

Lamentablemente, ese coro de la tragedia mexicana.

Han pasado seis horas desde que empezaste la jornada y no has resuelto a cabalidad ningún pendiente, tampoco has escrito una línea.

Ojalá no tuvieras una cuenta de banco, ni un teléfono, ni… piensas que el reino no se perdería por el clavo que perdería al caballo que perdería al jinete que perdería la guerra… sino por un puto teléfono destartalado. Te ríes, te ríes mucho, porque tú ni reino tienes.

Tenía razón Cipolla, nuestra estupidez autoinfligida es un escándalo.

Un escándalo.

@AlmaDeliaMC

La muerte en verano

Fotografía personal de Alma Delia Murillo

Que estamos aquí de paso.

El furioso paso de mi abuela sobre esta tierra duró noventa y siete años.

Doña Paz Villaseñor Herrera, madre de mi madre, murió el sábado 20 de julio alrededor del mediodía.

Doña Paz fue partera, entre otros niños, me trajo al mundo a mí. Me cortó el ombligo, me dio la atávica primera nalgada y le dijo a mi mamá, “es niña”.

Le gustaba repetirme esa historia: no querías llorar, no querías comer. Tenías la cara chiquitita, carita de pellizco.

El sábado llovió todo el día. A la muerte le sienta bien la lluvia, la muerte es hembra, pienso. La lluvia también. Llanto dentro del llanto, un útero dentro de otro.

Lluvia terca, pertinaz, lluvia fina y poderosa.

Me gustaría morir en verano. Me gustaría morir cuando aún pueda repetir mi nombre, sostener una mirada, decir sí quiero o no quiero. Saber que el café es café y que el tinto es tinto, que no me gusta la gelatina, que amo las palabras.

Me hubiera gustado que mi abuela sufriera menos, su cerebro la dejó en el desamparo. Su cuerpo degeneró en mazapán. No podías tocarla sin sentir que se te desbarataba entre los dedos.

Cuerpo de mazapán, mi abuela.

Siempre fue un bocadito: mujer de talla pequeña y nariz grande.

Siempre fue una cabrona: mujer venus antes que mujer madre.

Me hubiera gustado que todo se detuviera aquella primera vez que no alcanzó a llegar al baño y se orinó caminando, sobre la ropa, sobre los zapatos diminutos, sobre sí misma. Lo recuerdo bien: acompañarla, no mirar el charquito ámbar en el piso, ayudarle a cambiarse, darme la vuelta para no incomodarla, no decir nada. Sentir su pudor, su fragilidad, su vergüenza. Adivinar los años que vendrían a ritmo de deterioro galopante. Pasó una década luego de aquella primera vez.

Mi abuela lujuriosa. Mi abuela como una caja de Pandora con frases populares para toda ocasión. El que no enseña no vende y el que mucho enseña se le mosquea. El que no ha visto a dios ante cualquier santo se arrodilla. Y mi favorita: ¿a qué van a la calle, a que les vean lo pendejo?

Lo decía todo mal: el teléfono cedular con d, la caresola en lugar de la cacerola, los inresponsables y los drogaditos.

Le molestaba la gente. No sabía ser amable con quien no le gustaba y no le gustaba casi nadie. Dura como pocas, nunca la vi llorar. Que porque tenía un problema en la glándula lagrimal, patrañas: la señora no se conmovía con nada, lo firmo con sangre de mi sangre que es la suya.

Era experta en repartir tundas a diestra y siniestra sin la menor compasión. Mi memoria y mi piel conservan algunas huellas de su vocación de pegalona.

Se levantaba tempranísimo, disfrutaba con un refinado sadismo ponerse a cantar a grito pelado para despertar a los que aún estaban durmiendo.

Vivió enamorada de sus flores, sus rosales eran el orgullo máximo.

Ocurrente, bailadora, enamoradiza, pésima cocinera, pésima madre, peor abuela, católica irreductible, guadalupana radical, egoísta de desempeño inmejorable. ¿Existirán de verdad esas abuelas buenas y dulces como panquecito esponjoso de repostería sajona?

Mi madre no quiso que la incineraran, el domingo la enterramos. Familia de mujeres: sus hijas, sus sobrinas, sus nietas, sus primas. Llanto silencioso, sin dramatismo estridente, mujeres que lloran calladito. Y la lluvia siguió tersa, perseverante.

Mi hermana Paz que le heredó el nombre, el cuerpo pequeño y la nariz prominente, lo dijo bien. Mi abuela se habría despedido así: fue un gusto que me conocieran.

Yo sólo quiero agregar que me gustaría morir bajo la lluvia de verano y cuando todavía pueda repetir mi nombre, decir soy Alma y saber quién soy.

Que lo sepan, por si se ocupa.

Por si un día me muero.

@AlmaDeliaMC

La vida secreta de los libros


 Alberto Alcocer / IG: @beco.mx

Detesto a los hombres que hablan como libros pero amo a los libros que hablan como hombres, eso decía Cortázar.

Es interesante la reflexión más allá del juego de palabras. Los mejores libros rebosan sencillez, una sencillez compleja como la que habita a cada persona. Están hechos de material tan puramente humano que cada hoja respira, palpita, va recubierta de una humanidad que conecta poderosamente con la de quien lee.

Yo suelo pensar en los libros de mi biblioteca como personas, desde niña asumí que eran mis amigos y así ha sido toda mi vida. Hago la chifladura de hablarles cuando estamos solos tal y como hacía mi abuela con las flores de su jardín.

Así que además de leerlos, emocionarme con ellos, odiarlos o querer que no se acaben nunca; me interesan sus historias. Cómo nacieron, de qué insospechada decepción, de qué golpe de suerte o de qué mar de penurias. No resisto investigar, leer en torno a ellos y sus autores. Y resulta que a veces la historia de cada libro es casi tan placentera y disfrutable como el libro mismo.

Husmeando en el libro de Santiago Posteguillo La noche en que Frankenstein leyó el Quijote (editorial Planeta, 2012), me enteré de que Mary Shelley aprendió español sólo para leer el Quijote y me emocioné al imaginarla repasando el vocabulario, buscando palabras que no entendía en cada página de ese milagro que es la madre de todas las novelas. Y pensé que eso compensaba de alguna manera todo lo que el pobre Cervantes padeció en vida: hambre, deudas, rechazo de los académicos, y hasta mutilaciones y una dentadura para llorar como él mismo describe cuando dice “Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño (…) la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros…”

El Quijote fue una obra cuya publicación le tomó a Cervantes más de una década. En 1604 Lope de Vega, el catrín universitario y bien educado del barrio, la despreció diciendo “De poetas, muchos están en ciernes para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote”.

Pero es que la escritura es incomodidad y conflicto. Y todo narrador es un sobreviviente. Ahí está el caso del endemoniadamente talentoso Dostoievski que luego de cinco años de cautiverio en Siberia, con ataques de epilepsia y su adicción ludópata, en eterna batalla consigo mismo alcanzó la cumbre de su creatividad en una locura inimaginable: por las mañanas escribía “Crimen y Castigo” y por las tardes escribía “El Jugador” porque su desastre financiero lo obligó a comprometer los derechos de toda su obra si no entregaba al término de veintiséis días “El Jugador” a su editorial. ¿Pueden imaginarlo? En ese lapso de tiempo concibió “El Jugador” de principio a fin y además siguió con las entregas de “Crimen y Castigo”. Cuando leo cualquiera de las dos lo veo en trance, contra la velocidad de su propio genio creativo, angustiado, destilando humanidad en cada palabra.

Gabriel García Márquez no pagó el alquiler de su departamento durante seis meses porque se ocupó en cuerpo y alma de escribir su novela y cuando por fin terminó “Cien años de soledad” no tenía dinero para hacer el envío postal a su editor desde México a Buenos Aires, así que en Correos de México pesaron el paquete y le dijeron que sólo le alcanzaba para mandar la mitad y así lo hizo, no se dio cuenta que mandó la segunda y no la primera parte de la novela. Ay.

Antes de morir Franz Kafka instruyó a su amigo Max Brod para que destruyera toda su obra pues estaba convencido de que no valía la pena. Kafka. Convencido de que “La metamorfosis” no era digna de leerse.  Y hay gente que se desgarra las vestiduras por la autoría de un tweet o que se cuelga el título de escritor sin obra publicada. (Perdón, pero si no lo digo reviento).

Qué decir de Pessoa que dejó ese baúl con más de 30 mil escritos, arrumbados sin ton ni son, con descuido; eso sugiere el tamaño de humildad y el desinterés por el reconocimiento que el hombre sentía. Hoy, con sus infinitos heterónimos, Pessoa es el escritor muerto que publica novedades más que los vivos. ¿No es una preciosa ironía?

De Pessoa y de Kafka aún nos falta mucho por descubrir. Me vuelve loca sólo pensarlo.

Stephen King vivió años en un camión de remolque y tecleó a dedazos en una vieja máquina de escribir. Tener hambre es sacarse la lotería, insisto.

Una última ironía hermosa y millonaria: a J. K. Rowling un editor le sugirió que dejara de escribir porque su obsesión con “Harry Potter” sólo la dejaría en la pobreza. Ja.

Y no, esta vez no les voy a decir que lean, sólo que lamento mucho de todo lo que se pierden si no lo hacen. Salud, compañeros, que esas páginas no van a dar la vuelta solas.

@AlmaDeliaMC

Las sirenas y el canto de la ignorancia


 Alberto Alcocer / IG: @beco.mx

La memoria es la inteligencia de los tontos, dicen que dijo Albert Einstein.

La ideología es el alma de los desalmados, digo yo.

Estoy convencida de que la candidez es un veneno que mata. Suave e indoloro pero letal. Hace un par de días se anunció que la guapísima actriz Halle Bailey, de origen afroamericano, interpretará a Ariel en la nueva versión de La Sirenita. Sin duda está muy bien el hecho de que una actriz de piel oscura represente a ese personaje icónico.

De veras lo celebro: soy morena, mi familia es de Michoacán, crecí en el Estado de México y estudié siempre en escuelas públicas, cuando empecé a trabajar viví la experiencia racista de las empresas que reclutan gente con cierto fenotipo y de los compañeros de trabajo que no pierden oportunidad de señalar el pigmento de la piel como motivo de orgullo o de vergüenza.

Cuento todo esto porque quiero dejar claro que no sólo entiendo sino que conozco la tara racista que existe en México (en el mundo) y sé que hace falta combatirla.

Aún así, creo que perdemos el foco por completo. Es escalofriante comprobar una y otra vez que vivimos tiempos de aplaudir la banalidad e incluso defenderla si tiene el sello de “políticamente correcto”.

El origen simbólico de la sirena como monstruo mitológico nada tiene que ver con una historia como la de Disney que es una historia simplista y no infantil sino infantiloide.  No importa si la sirena es rubia, pelirroja, negra, mulata, oriental, o transgénero; insisto en que la diversidad la celebro, lo que exaspera es que sigamos centrando la discusión en la forma y no en el fondo.

La primera crueldad a la que tenemos que enfrentarnos es a la experiencia de descubrirnos a nosotros mismos: la de hacernos cargo de los deseos, medir el tamaño de nuestro espíritu y psique, reconocer nuestras limitaciones. El dolor de construir una identidad completa pero flexible, capaz de crecer bordeando zonas luminosas y grises. El brutal viaje para desintegrarnos y reintegrarnos en términos psicológicos.

Pero incluso la simbología universal la hemos mutilado y ahora interpretamos todo conforme a la tendencia moral-digital del momento.

Las sirenas, esos monstruos marinos con rostro y pecho de mujer pero cuerpo de pájaro en la visión egipcia o de pez en la visión griega, seducen a los navegantes y los arrastran a la muerte para devorarlos. Por eso en La Odisea el héroe Ulises se amarra al mástil de su navío, para no ceder al “canto de las sirenas”; para poner a prueba su humanidad en el fundamental conflicto entre el deseo irracional y la templanza.

Exigir una sirena moralmente correcta e incluyente (que es un monstruo mitológico) es tan absurdo como querer un árbol correcto e incluyente, pronto habrá quien exija que haya árboles de todos los colores y nubes de todas las formas para que no exista discriminación ni incorrección política.

Pero es que las sirenas hablan de la pasión y del instinto, de la transformación de la psique. Dice el Diccionario de los símbolos de Jean Chavalier y Alain Gheerbrant: “Si se compara la vida a un viaje, las sirenas representan las emboscadas nacidas de los deseos y las pasiones”

Resumiendo: que el origen del símbolo de la sirena no es de víctima sino de depredadora, de enseñanza, de encrucijada. Donde femenino y masculino no se limitan a la visión de género abusador y género abusado. Tampoco tiene nada que ver con la sirena tontita pero rebelde, loca de amor, dispuesta a sacrificarlo todo por un hombre. Pero como no entendemos el todo ahora celebramos la parte, y con un fundamento de infinitas capas de ignorancia, le ponemos sello de “evolucionado” al cambio del color de la piel de la actriz que interpretará al personaje. Entre el remedio y la enfermedad estamos perdidos, compañeros.

La Sirena, el Minotauro, la Gorgona, el Cíclope, ¿cómo vamos a hacer para entender su mensaje incial, su misterio, si sólo podemos verlos con la estrechez de la narrativa infantiloide en un caso y políticamente correcta en otro?

Toda literatura y mitología que se transforma en políticamente correcta está siendo traicionada en su esencia; llevada de su naturaleza polisemántica e infinita a una visión limitada que aplasta una enseñanza enorme para el espíritu.

Sí, la rebeldía es buena, la diversidad también, pero sin profundidad poco ganamos en una ideología colectiva dispuesta a achatarlo y limitarlo todo para que sea digerible y les dé el placebo de estar actuando como buenas personas, buenas empresas, buenos contenidos. Y buenas cajas registradoras que no dejan de sonar. Uf.

Sólo puedo agregar que cuánta razón tenía Nietzsche: toda convicción es una cárcel.

@AlmaDeliaMC

El mediocre dilema


Alberto Alcocer / IG: @beco.mx

Cada vez se ven más lejos aquellos años en que los políticos tenían cierta intersección con la cultura y al menos pretendían que les interesaba la literatura, el cine, el teatro o cualquier expresión artística. Aquellos años en que los políticos leían, eran miembros de la academia, humanistas.

Escribí esas líneas hace un par de años, recién habían asaltado al cine Tonalá en la colonia Roma a punta de pistola y nuestras inenarrables autoridades de entonces ni siquiera manifestaban un pestañeo de indignación.

Lo volví a leer y se me encogió el corazón pensando que hoy, dos años después, con triunfal cambio de administración y de partido, de visión histórica, de bastón de mando y de color de los cielos y la tierra… estamos en las mismas.

No salgo del pasmo por la virulencia con la que se persigue a la comunidad artística y cultural cuando manifiesta necesidad de ingresos. No me cabe en la cabeza la mezquindad de quienes esperan que nuestro trabajo sea gratis, sin remilgos, con disponibilidad total y, de ser posible, en dosis breves e inmediatas porque este imperio de atragantarse la existencia no tiene tiempo para nimiedades.

Llevo rato leyendo bibliografía sobre Rufino Tamayo y su obra. Ese hombre de origen humilde, crecido en la orfandad, sin más dinero que para comprar siete manzanas por semana cuando se aventuró a buscar fortuna en Nueva York junto al compositor Carlos Chávez.

Tamayo inicia sus Coloquios de Coyoacán en los que conversa con Víctor Alba con una frase demoledora; cuando Alba le pide que resuma la lección para crear algo bueno, Rufino responde: Saber pasar hambre.

Y cuánta hambre y críticas pasó por no apegarse al nacionalismo que el gobierno de la época exigía y al cual representaron fielmente Rivera, Siqueiros y Orozco; desde luego bajo el mecenazgo del Estado.

Pero Rufino dijo no. Yo soy pintor, no político. Mi arte es universal y humanista, no está al servicio de un discurso gubernamental.

Y le costó el aislamiento. Y aquel saber pasar hambre durante años, derivó en severos trastornos gástricos que lo acompañaron el resto de su vida.

Pero cuando Tamayo se convirtió en conocido pintor internacional y recibió reconocimientos en Japón, Europa, EEUU y Latinoamérica ¿adivinen qué? pues que entonces sí el gobierno se adjudicó el orgullo de que un pintor mexicano —aunque no mexicanista— tuviera tal alcance y tal talento.

Sucede una y otra vez con quienes reciben premios literarios, artísticos, académicos y deportivos. Bailarines, músicos, gimnastas y científicos que sin el menor apoyo consiguen abrir camino únicamente empujados por su pasión que luego el Estado se apropia y presume por todo lo alto “en el nombre de México”. Es indignante.

Vuelvo a Rufino, que más adelante en los Coloquios dice: “Hay que trabajar, en el arte como en cualquier otra profesión, de modo regular, con tenacidad, ocho horas al día. Para ser pintor, hay que pintar”

Atentos a lo que sigue y perdón de rodillas por simplificar el asunto pero es que intento explicar algo y tengo que seguir la lógica burda del planteamiento que nos tiene aquí: es curiosa la paradoja que representa el caso de Tamayo, pobre y artista.

El discurso de los defensores de la 4T y del propio presidente Andrés Manuel para justificar los recortes presupuestales en Cultura, es que primero hay que atender la pobreza.

Sí, somos un país con más de 50 millones de mexicanos en pobreza, ¿pero es que alguien de verdad cree que el dilema es elegir entre ser pobres o incultos? ¿pobres o mediocres?

Lo increíblemente despectivo, ofensivo y retrógrada es lo que ese mensaje entraña: que los pobres son subhumanos. Y, por lo tanto, sólo tienen necesidades de un espíritu menor, de un orden meramente físico, alimentario, si acaso patrimonial.

Una persona me decía que comprendía el recorte a Cultura porque él creció en pobreza y que llegar a la cultura era difícil. Y yo pensé: difícil pero no secundario. Yo también crecí pasando hambre junto a mis numerosos hermanos, viviendo en cuartos de servicio sin puerta, anhelando seguridad. Y sé que no hay tal disyuntiva, que es un planteamiento falaz. Que soy un ser humano completo y complejo que siente el mismo deseo de alimentarse que de acceder a experiencias culturales, al arte, a la belleza.

Por otro lado, si ustedes buscan el Presupuesto de Egresos de la Federación para el ejercicio del año 2019, verán que lo asignado a Cultura representa menos del 0.2%, cero punto dos, menos del cero punto cinco, muy lejos del uno por ciento. Punto una mierda.

¿Es de ahí donde pretenden compensar la inequidad social en México? No, pos sí.

El recorte a la de por sí raquítica partida de Cultura fue del 7.6% respecto del año pasado, el recorte a Medio ambiente —otro tema preocupante— del 29%.

Es una escandalosa evidencia de los intereses políticos pero poco estadistas que nos gobiernan. Desde luego las partidas que más crecieron tienen que ver con pensiones y apoyos sociales. Y aquí vuelvo a la paradoja.

¿Preferirían los Tamayos del mundo una tarjeta de despensa y apoyo doméstico que una infraestructura sólida que les permita crear?

México no es un país pobre y sin embargo hay pobreza.

Esa perversión no es consecuencia de presupuestos excesivos asignados a Cultura, acabáramos. Es por la corrupción y por el gran negocio que representa la pobreza para empresas y gobiernos. Sí, también para el actual: los estados con mayor índice de pobreza reciben partidas especiales inmensas y son también los estados con mayor desviación de recursos; los pactos políticos con las élites empresariales garantizan la usura vergonzosa, una rentabilísima estrategia para lucrar con los pobres: las tarjetas de apoyos, los créditos a tasas de interés inhumanas, el aseguramiento de una plataforma de votos sometida y dependiente de su “mesada”.

La pobreza es rentable porque financia industrias, sectores, y fortunas inimaginables. 

La pobreza es rentable porque proporciona millones de votos.

Al pan pan y al vino vino. Y las chingaderas, chingaderas.

Con su perdón y sin él pero es que estoy furiosa.

Que en las partidas presupuestarias para Cultura también hay corrupción, no lo dudo; lo que toca es el camino largo de trabajo difícil para limpiarlas, no pensar en desaparecerlas. Toda corrupción enferma, toda corrupción es parte del cáncer, en eso no regateo; pero insisto, hay que transparentar y limpiar, no demoler lo construido.

Ya casi me voy.

Nomás les dejo este fragmento brillante que no me canso de leer y citar. Del psicólogo y sociólogo Pablo Fernández Christlieb que describe perfectamente a la calamidad de funcionarios que sólo van cambiando el color de la estafeta pero que resultan todos de la misma estirpe.

“Solían ser buenos muchachos: en los sesenta eran hipiosos; en los setenta, concientizados; en los ochenta, ecologistas; y en los noventa, democráticos. Ahora ya son cancilleres, funcionarios, mandos medios o dueños de su restaurante, vestidos casual, con buen verbo y culturita, como si les hubiera ido bien aunque no quisieran, y como si se hubieran decrepitado pronto, como a los treinta años.

Venían con buena educación, buena familia, buenos principios, buen corazón pero un día cayeron en las garras del triunfo; tenían todas las inteligencias; la técnica, la emocional, la práctica, menos una: la inteligencia moral”.

@AlmaDeliaMC

Ramón

Foto: Gerardo Tagle

No podías creer que existiera un hombre así. Tan dotado para la literatura, tan talentoso y tan sencillo al mismo tiempo.

Increíblemente culto —lo había leído todo, y a pesar de ello no se comportaba como culturetas respingado, nada más lejano: la capacidad de diversión de Ramón era inaudita.

Todavía lo veo bailando las mañanitas como si de un son cubano se tratara mientras yo esperaba el momento de soplar las velas del pastel (que en realidad era un pan de muerto) en mi último cumpleaños.

La imagen más presente: su alegría. No había llamada que no termináramos a carcajada batiente, reunión donde no nos pusiéramos a tararear la canción que resonaba en el restaurante o cantina de turno. Ese era Ramón, el gozo por la vida.

Lo conocí el mes de octubre de 2017.  Llegué, muerta del susto, con el borrador de mi novela más reciente a encontrarme con él en su oficina de la editorial Penguin Random House.

Se trataba del legendario Ramón Córdoba, el mejor de México, el que editó a Carlos Fuentes, por el que los autores se pelean. Recuerdo que me sudaban las manos cuando me estiré para saludarlo hasta sus alturas. Era grande, de alma y de estatura.

El miedo se esfumó en cuanto cruzamos las primeras palabras y descubrimos que los dos teníamos sangre michoacana y chingos de hermanos y chingos de amor por la literatura, los chistes y los juegos de palabras.

Pero, sobre todo, porque Ramón inspiraba un respeto profundísimo pero nunca miedo. Y de ahí palante. Trabajar con él fue una experiencia privilegiada y maravillosa, línea por línea señaló aciertos y fallas con un oficio que daba gusto atestiguar; cuando la edición estuvo lista nos divertimos en grande buscándole título a la novela: fueron y vinieron mensajes con propuestas serias y otras hilarantes que nos hacían reír como chiflados. Finalmente decidimos, “fue niño”, me dijo. Y “El niño que fuimos” pasó a imprenta. Nuestros mensajes empezaban con el prolegómeno: “Almiranta, ¿estás ahí?”, “Aquí estoy, Contraalmirante, mar en calma…” y luego venían las carcajadas y el asunto a tratar. Siempre me alegraba ver su nombre en el teléfono. Para mí Ramón era de la buena suerte.

Era agosto del 2018 y se acercaba la presentación de mi novela en el zócalo, como lo insegura no se me quita, aguantando el susto me atreví a pedirle que me presentara, sé que no te sobra tiempo y que todo el mundo te requiere para esas cosas… Su respuesta fue “que retiemble esa chingadera”. Por chingadera entendíamos la carpa del zócalo. Al terminar fuimos en bola a emborracharnos a una cantina, entonces empezamos a discutir que yo soy más morena, ¡no! yo soy más moreno, que mi sangre es más purépecha que la tuya… y nos tomamos esa foto con las caras muy juntas para comparar el tono oscuro de nuestra piel.

Y vinieron más presentaciones, planes de trabajo y ferias de libro. Y a todo evento y jaleo donde Ramón estuviera, yo iba feliz.

El domingo 16 de junio cumplió 61 años el individuo, como él mismo anunció. Esa noche soñé con él, se había casado con mi madre (ya sé, ya estoy en terapia).

El lunes 17 de junio me llegó un misterioso correo confirmando la inscripción de mi novela a un concurso literario; de inmediato le pregunté si él me había inscrito pues yo no intento esas cosas porque no me da el corazón para pasar por la incertidumbre y el probable rechazo; respondió que sí y que lo haría en cuantos concursos creyera que mi novela tenía posibilidades. El martes 18 de junio comí con Mayra González, Directora de Alfaguara, amiga mía y muy cercana amiga de Ramón, con quien trabajaba. Le di a Mayra un regalo para que se lo entregara a él con motivo de su cumpleaños.

El miércoles 19 de junio Mayra —cómplice entrañable— me escribió “ya está el regalo esperándolo en su lugar”. Le mandé un mensaje a él más tarde y me contestó, divertido y amoroso, que no se había parado por la oficina pero que lo recogería mañana. Es decir hoy, jueves 20 de junio.

Vengo de ver a Ramón en la funeraria. Ahí estaba con esa expresión reposada, amable, casi sonriente; guapísimo con su playera de Kalimán. Mi primera impresión fue que se levantaría, que diría algo ingenioso, que me daría un abrazo.

Pero no, ya no.

Buen viaje, Contraalmirante, aunque de este lado duele la tarde y sin ti el aire se respira reseco y huérfano, sé que te mereces ver todos los mares, todos los océanos.

@AlmaDeliaMC

Habitados

Fotografía: Alberto Alcocer | @beco.mx

Hay seres humanos que nacen con vocación de talismán.

Su fuerza creativa, su talento demoníaco, su capacidad de emocionar a multitudes. Su belleza sobrehumana.

Tienen eso: el duende, el toque, el no sé qué que los demás no tenemos y entonces los convertimos en símbolos, en objetos energéticos, les exigimos que sean lo que nosotros no podemos ser.

Leonardo Da Vinci, Dostoyevski, Conan Doyle, Nina Simone, Janis Joplin, Bob Dylan o Elvis Presley. Sophia Loren, Catherine Deneuve, Amy Winehuose. La lista es larga.

Ya se sabe que los seres humanos somos una activa máquina de destruirlo todo, no es nueva nuestra voracidad animal por el entretenimiento; tampoco es nueva la narcisista idea de que todo lo que nos rodea está ahí para complacernos. Recientemente vi el documental “The Searcher” sobre la vida de Elvis Presley dirigido por Thom Zimny, es desolador saber que entre una turba desenfrenada y un manager ambicioso mutilaron las búsquedas artísticas más profundas de Elvis. Es que lo importante era complacer, cantar las piezas conocidas, petrificar un personaje. El ser humano bien podía irse a la mierda. El artista también.

Días después vi “Rolling Thunder Revue” de Martin Scorsese sobre aquellos años de la gira inaudita de Bob Dylan. En algún momento Dylan, siempre esquivo con la cámara, mirando hacia abajo, dice una verdad brutal y decantada: no podemos complacer a la gente, es problema de ellos complacer sus expectativas.

Y con esa lucidez renunció a estancarse en un estilo, en una canción o una guitarra acústica, en la fórmula de comida rápida que la multitud le pedía.

Hace pocos días me descubrí haciendo gala de mi propia estupidez opinando que la voz de Frida Kahlo (recientemente hecha pública por un archivo de la Fonoteca Nacional) no me gusta. ¿Y por qué carajos creo yo que la voz de Frida está esperando mi opinión? ¿por qué creemos que todo lo que existe está ahí para recibir nuestro “like”, para complacernos, para que le demos nuestro sesudo juicio?

Conan Doyle tuvo que revivir al personaje Sherlok Holmes luego de matarlo en una aventura pues estaba cansado de no explorar creativamente otra narrativa, otra literatura. Su editor y el público dictatorial presionaron hasta que volvió sobre sus pasos y se dedicó a escribir nuevamente sobre el tan aclamado detective.

¿Será que todos somos Annie Wilkes, el detestable personaje de Misery que magistralmente construyó Stephen King?

Hace unas horas leí un tweet del actor mexicano José María Yazpik donde confiesa, en un tono de humor y resignación, lo poco que le entusiasma salir a promover un proyecto nuevo. Las respuestas son brutales: “no seas diva, para eso te alquilas, cambia de trabajo, chíngale…”

¿Somos tan limitados para comprender que el intercambio entre los creadores y nosotros es la obra y nada más?

La novela, el poema, la canción, la actuación sublime en la película… eso es lo que quienes crean nos dan y eso es lo que hace la relación grande, gozosa y abre las posibilidades para experimentar el arte en el intercambio.

No tenemos razón para exigir que además nos den la vida, que pongan buena cara, que sean políticamente correctos, ecologistas, veganos, delgadísimos, eternamente jóvenes y con buen humor permanente.

Si Renee Zellweger se cambia la cara, Nicole Kidman se pone bótox, Uma Thurman se resana la nariz; o si nuestro escritor favorito cambia radicalmente de tema ¿qué explicación nos deben? Absolutamente ninguna.

Y es que a veces nuestra estupidez escupe en ráfaga, cada tanto vendría bien cerrar la boca. Lo digo al menos por mí. Es mi limitación si no veo el universo en mi taza de café porque sólo soy capaz de ver una taza de café.

¿Qué nos hace pensar que el despotismo es cool o que tenemos derecho a tragarnos la humanidad de quienes se han vuelto personas públicas por ejercer una actividad artística?

Pareciera que ellos poseen algo que los demás no llevamos dentro. Quizá es que ellos están habitados de su humanidad y la defienden.

Y tal vez, sólo tal vez, nosotros estamos deshabitados de la nuestra.

@AlmaDeliaMC