Y ahora qué


Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Se termina el mes de junio, hoy es 30. Me sabe raro ver el calendario detenido desde el 20 de marzo sobre mi escritorio. Lo compré en enero porque venía un año lleno de reuniones, entrevistas, ferias de libro; lo compré sólo para anotar los eventos y reuniones de trabajo. Hoy está congelado. Mis días y mis minutos se contabilizan ahora frente a una eterna pantalla.

Pero el hecho es que hoy es 30 de junio, y empezaremos a contar los días de julio del año 2020 cuando ya me duelen los oídos de tener 8 horas al día los audífonos puestos para una videollamada tras otra, cuando ya me duelen las rodillas de pasar eternas jornadas en esta silla frente a la computadora.

Cuando el miedo se convirtió en epílogo del miedo.

Hace ya mes y medio que un dolor de cabeza sólo me hace pensar en un dolor de cabeza, no me asusto pensando que tengo el virus de mierda, ya no asocio los síntomas o ya no quiero. Será porque ahora tengo miedo de tener ese miedo. Y prefiero evitarlo.

Empezaremos a contar los días de julio del año 2020.

Y es una transición rara, no se siente el alivio ni la paz del camino recorrido que libera del camino por recorrer porque todo es incierto.

No alcanza el dique de los colores del semáforo. Ahora todo eso parece ridículo, la gente volverá a la calle cuando hay más de 200 mil contagios en México, cuando hemos visto durante tres meses y medio al gobierno exhibir incapacidades y demostrar contradicciones, cuando miles han perdido madres, padres, parejas, hijos; cuando millones han perdido el empleo, cuando otros vemos la alarmante velocidad con la que nuestros ahorros se van haciendo flacos, flaquísimos, famélicos.

Cuando estamos cansados, tan cansados.

No veo a mi madre desde febrero, nunca había pasado tanto tiempo sin verla. Nuestras llamadas solían ser un consuelo entre risas y bendiciones de madre, entre su locura y la mía desbordadas. Pero hace ya tiempo que en las llamadas me dice que lloró todo el día, que está triste. Setenta y cuatro años tiene y está en un lejano pueblo de Michoacán, Urapa, se llama. (No es Uruapan que ya resulta un vergel de progreso junto al que yo me refiero, ustedes dirán).

Mis hermanos y yo decidimos que lo mejor era no traerla al corazón del contagio, en donde ella está ahora no hay un solo caso y a los habitantes de su barrio los cuento con los dedos de las manos.

Pero cuatro meses son muchos meses de no ver a tu madre cuando tienes 40 años y ella 74, porque una con más kilómetros que la otra, pero las dos tenemos suficiente camino andado. Y esta mierda de virus ha venido a destilar en su estado más puro la perspectiva del tiempo que la edad ya nos daba. Y ha revelado una verdad como droga dura alucinante, bella y aterradora: no hay tiempo posible, sólo el ahora.

¿Renovaré el contrato del alquiler para el departamento otro año? ¿No es demasiado ambicioso pensar en un año? ¿y si mañana? ¿y si hoy? ¿y si al rato?

Hace cuatro días que terminé de escribir el proyecto más endemoniadamente difícil que he escrito en mi vida y en un tiempo récord. Más de trescientas páginas en tres meses. Tengo otros proyectos en puerta y sólo de pensar que los voy a escribir igual que éste: viendo una pared y una ventana, en interminables sesiones de escritura combinadas con interminables sesiones de videollamadas… se me encoge el corazón.

Se me olvidó descansar, por cierto. Estos cuatro días me he descubierto obsesionada con llenarme los días de cosas que hacer, de escribir más. Aunque sólo sean listas de pendientes y listas del súper. Tengo que parar, me digo, pero si el mundo está parado. Y al mismo tiempo no.

¿Entonces qué? ¿y ahora qué?, ¿cómo se mantiene la cordura, la alegría de vivir, la humildad para reconocer el privilegio? ¿Y ahora qué?

Ahora me voy a ver a mi madre para que me prepare un arroz con leche en su pueblo michoacano, para que hablemos frente al fogón y lejos de cualquier maldita computadora y más lejos de los infames audífonos que me tienen los tímpanos masacrados. Y para que me diga frases sabias y locas y desesperantes entre sus árboles de aguacate y sus flores y sus horarios de oración impostergables. Y para observar la forma en que ella sabe cuidar, siempre en tiempo presente, sin miedo. Y para contemplar a las señoras de su pueblo que tienen el tiempo en la cara y en el alma y no en un calendario de su escritorio. A ver si por fin apago esto, y aprendo algo.

@AlmaDeliaMC

Un fin del mundo personal


Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

He vuelto a soñar con el fin del mundo. En mi sueño todo había terminado pero al mismo tiempo todo estaba empezando en un nuevo orden: contemplé el mar arriba, sobre mi cabeza. Un mar lleno de caballos y perros nadando al lado de otros animales, de otras fieras, de sirenas con los rostros enrojecidos, de guitarras flotando.

Y el cielo abajo. Y yo parada sobre el cielo. Y junto a mí sólo un pequeño trocito de madera lleno de tierra, un trocito de madera que hablaba —en la más pura lógica onírica— y me preguntaba ¿tú quién eres?

Desperté, casi tuve un ataque de risa en mitad de la madrugada: qué gran cosa el mar allá arriba con sus animales y monstruos mitológicos y yo aquí abajo con el trocito de madera preguntón, insignificante y aburrido.

Pensé en el mito de Ulises y el canto de las sirenas. (Ya sé, acúsenme de grandilocuente o de lo que quieran, de todo me declaro culpable).

Ulises el héroe, el que se controló, el que se hizo atar al mástil de su nave para no sucumbir ante el canto de las sirenas y resistir la tentación de arrojarse al mar. Bravo por Ulises, bravo por la razón, por los límites, por los diques, por las definiciones, esas etiquetas frágiles y precarias que nos hacen sentir bien seguros de saber quiénes somos.

Sucede que yo no creo en la religión posmoderna del autoconocimiento como estado más elevado de la existencia. Lo encuentro morboso, masturbatorio, inútil. Hasta parece trabalenguas: sé quien eres pero asegúrate de saber bien quién eres para que seas la mejor versión de ti mismo. Y diséñate unas estampitas y un rezo a ti mismo para que las lleves siempre en la cartera y te concedas milagros cuando lo necesites. El tótem del yo que se va volviendo cada vez más ridículo.

Pero después del sueño la pregunta se quedó resonando en mi pecho. ¿Quién eres?

Es curioso que ante tal pregunta respondamos nuestro nombre porque en realidad no es lo mismo ser que llamarse. La razón y el ser no son lo mismo, la razón apacigua, delimita. El ser descoloca pero potencia cada expresión de la vida.

¿Quién eres?, ¿qué quieres ser de grande?

Al menos a mí, pensar en responder a semejantes preguntas siempre me llenó de una angustia aplastante, de una ansiedad que me hace sentir infinitamente sola, obligada a cumplir con todos los estándares que yo misma he diseñado y los que me han venido por encargo. Sufrir a lo pendejo, para decirlo sin eufemismos. Sufrir para no salirse de la cobija calientita y limitada de la identidad funcional.

¿Por qué si la vida es infinita, insospechada, turbadora e inabarcable hay que elegir de entre lo que conocemos que es tan breve, tan ordinario, tan chato para definir quiénes somos?

Las definiciones atentan de un modo brutal y sanguinario contra la vida, contra la mía al menos, contra la libertad.

No. El encuéntrate a ti mismo me gustaría dejárselo a quienes están más perdidos que yo. (Si tal cosa es posible).

Para mí es suficiente con saber quién no soy porque en este laberinto de espejos y pantallas en cualquier descuido te confundes con el héroe o la buena de la película. Es tan fácil confundirse con las hordas de otros y otras y sus fantasías de sí mismos. Empezando por el padre o la madre, peor aún cuando se empeñan en replicar su nombre a toda la descendencia y tenemos dinastías que van desde José Manuel Primero de Puebla hasta José Manuel Sexto de Las Lomas.

Los otros y sus roles familiares, sociales, los otros y sus personajes masculinos, femeninos y patriarcales. Los otros y su mascarada para ponernos teatrales, isabelinos.

Es un remanso saber quién no soy. Cuando lo tengo claro algo se enciende en mí, una esperanza clara que de un modo orgánico encaja con la vida. Y bailo. O canto. O escribo.

Porque sabiendo quién no eres queda un solo camino: decir sí. Sí a lo que la vida traiga.

Y aquí es donde recurriremos a Butes, el personaje antítesis de Ulises del que tan poco se habla pero de quien el autor Pascal Quignard ha escrito un texto de una belleza magistral. Butes no se puso cera en los oídos ni se amarró al mástil, no: Butes quiso saltar para entregarse al mar, al canto de las sirenas.

Cuando leí ese texto de Quignard me quedé trémula, nadie debería perdérselo.

Creo que voy a deshacerme de mi pedacito de madera porque hay que saltar, atreverse al sí mientras estemos vivos. Porque ahí donde nos encuentre la muerte, estaremos dejando nuestro último sí, nuestro último baile. Les dejo este fragmento de Pascal Quignard en Butes.

¿Qué es la música? El baile.

¿Y qué es el baile?

El deseo de levantarse de modo irreprimible.

Me aproximo al secreto.

¿Qué es la música originaria? El deseo de arrojarse al agua.

@AlmaDeliaMC

Mis diez libros entrañables

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Siempre he incubado el deseo de ser una fuera de la ley porque estoy tan domesticada como el que más. Y leyendo el Barón Rampante –era una adolescente- se incendió en mi pecho el recuerdo de cuando amenazaba con irme de casa a los cinco años, hacía un hatillo con un suéter y una golosina y me largaba. Mi aventura nunca duraba más de dos horas y nunca llegaba más lejos que la acera de enfrente. Por eso el Barón Cosimo Piovasco di Rondò que sí se atrevió a dejarlo todo para vivir entre los árboles, tuvo mi admiración de principio a fin y se me volvió entrañable.

Lo leía en el metro, durante el trayecto de la casa a la escuela y de regreso. No podía creer que alguien, Julio Cortázar, jugara así con el tiempo, con el ritmo, con las emociones. Y no podía creer que alguien, Charly Parker, tuviera realmente el insano talento del personaje Johnny Carter. Con ese relato empezó mi romance con el jazz, siempre voy a agradecérselo.

Tenía un tufo a prohibido que me sedujo en el acto. El novio de una de mis hermanas lo dejó por ahí y me advirtió que no era para una niña de mi edad. Cómo me impresionó leer ese lenguaje vulgar, jodido, tan jodido y auténtico que algo de belleza incómoda remitía y no había modo de resistirse a ello.

Para mí –aquí suena el jingle del lugar común- Shakespeare es fundante. Pero qué le voy a hacer. Estudié Literatura Dramática y Teatro precisamente por este maldito prodigio de las letras. Qué delicia y qué curiosidad inagotable fue leer en voz de las brujas: “Lo feo es hermoso y lo hermoso es feo”.  Todavía me devano los sesos interpretando y reinterpretando esa línea.

Fermina Daza y Florentino Ariza, nunca olvidé los nombres. Devoré la novela también en los trayectos del metro, me perturbaba cómo la voz de García Márquez podía hacerme sentir en mi piel púber el proceso de envejecimiento de los amantes de esta historia magistral. Se me quedó en la memoria. Y en el tacto.

No era sólo leerlo, sino andar con él pegado al pecho o bajo el brazo, entender qué era un samovar, pronunciar en voz alta Fiódorovich, Pávlovich y Aleksándrovna. Tenía dieciséis años y había dado un saltito, se sentía como cuando se está listo para el chocolate 80% cacao o para la cerveza oscura y algo en el velo del paladar se estrena y se deleita como nunca.

Siempre viene a mi mente cuando me preguntan por mis libros favoritos. Seda es fuera de serie. Lo leí mientras convalecía luego de un accidente; engullía cada línea, me llenaba de la historia sorprendentemente limpia y elegante y se me olvidaba el malestar.

“Quizá lo mejor sea aclarar que se trata de una historia decimonónica: lo justo para que nadie se espere aviones, lavadoras o psicoanalistas. No los hay. Quizá en otra ocasión” –A. Baricco

Butes es mi idea del amor, lo supe cuando lo leí. Porque yo siempre me las arreglo para enamorarme de un Butes. Me fascinan los amantes que saltan, que se arrojan al canto de las sirenas, que se lo juegan todo. Butes es un himno, la antítesis de Ulises y de Orfeo, es el argonauta insensato que se atreve al ahogamiento.  La escritura de Quignard es de tal talento narrativo y musical que sólo él podía contar esta historia aterradora y provocarnos el anhelo de esa elección kamikaze.

Me obsesionan los sueños, los símbolos, los regímenes totalitarios. Esta novela de Kadaré me retaba, me hacía creer que anticipaba lo que pasaría para luego darme cuenta de que la sorpresa no cesaba. El planteamiento es brutal y fascinante: una mañana, por decreto, cada ciudadano debe depositar el relato de sus sueños en un buzón del gobierno para ser analizados y detener posibles conspiraciones contra el régimen.

He encontrado muy poco eco cuando hablo de ella, es una pena porque vale cada línea.

Lo compré hace cuatro años y desde entonces hasta ahora es mi vehículo emocional, mi rosario místico. Si algo me duele o algo se seca, voy a sus páginas, leo un poema en voz alta o dos y se me reinicia el alma. Cursi, ustedes dirán, pero es así. Un exorcismo silábico, rítmico y herético. Como siempre digo: Gonzalo Rojas, mi amor.

@AlmaDeliaMC

Mírate, mírame

Crédito imagen: Alma Delia Murillo

En un fragmento de Visión de los vencidos, una de las narraciones indígenas de la conquista de España a México, relata el momento en que Hernán Cortés manda pedir a Cuauhtémoc, último emperador azteca, que le entregue “gallinas, huevos, tortillas y las mujeres de color claro”. 

Lo releí este lunes y me dio en el centro del pecho.  

Sentí el impulso de publicarlo pero también sentí el impulso de mirar mi piel oscura y de reconocerme hermosa. De reivindicar el origen que el color de mi piel relata. Y subí una foto a Twitter y ocurrió la magia. Una de las experiencias más reconciliadoras que tuve con esta red social, por su espontaneidad, por la alegría, porque había más de 20 mil “Likes” a un tuit que no era de polarización ni de odio; sino del gozo de reconocer quienes somos.

Recibí más de 2 mil fotografías de gente mostrando la piel, el orgullo, la belleza del origen. Más de 700 mil interacciones tuvo ese hilo, según las estadísticas detalladas de Twitter. Leyeron bien, más de setecientas mil. Para mí fue tan significativo que no me resigno al efímero espacio que lo vio crecer, por eso se los cuento ahora. Porque yo quería que nos viéramos. Porque yo quería verte y que me vieras.

Y por eso recupero esto que escribí para ustedes y para mí: 

Sucede que nos cansamos de pedir permiso, de pedir perdón, de esperar en la puerta, de mirar hacia abajo, de esperar el carruaje del rey, de esperar la venia de la reina. 

Sucede que nos cansamos de ver cómo humillaron a nuestra madre mientras limpiaba la cocina o los baños de un departamento al que no podríamos aspirar en tres o cuatro generaciones. 

Sucede que nos cansamos de no ser vistos. Sucede que nos cansamos de ser desaparecidos. De poner el cuerpo para las estadísticas de todas las guerras. 

Sucede que nos cansamos de que no haya pantalla, revista, película, promocional que conozca nuestro rostro. Sucede que nos cansamos de ser el lado oscuro del mundo. Aquí también tenemos luz, mucha luz. 

Sucede que nos cansamos de ser señalados en la fila del banco, en el aeropuerto, de que nuestras credenciales valgan menos, de que nuestro pasaporte sea objeto de sospecha, de que nuestro currículum se quede en el montón de abajo. 

Pandillero, moreno, tatuado. Negra cambuja. Negro. Simio. India patarrajada. Pinche indígena, esgrimen los que se ufanan de superioridad. Ignorante, esgrimen los honorables, los de buenas costumbres, los que obedecen y esperan obediencia.

Los que obedecen y esperan obediencia. Ahí está su mito fundacional del mundo. No del mío. No del nuestro. 

Ya casi me callo, sólo quería decirles que tener hambre es sacarse la lotería.  

Tener hambre es ser el mundo y no sólo estar en él. 

Escribo con rabia, quizá este es mi único privilegio. Y no me disculpo. 

No pido permiso. 

No pido perdón. 

Atravieso tu puerta y te miro. 

Existo, soy morena, tengo sangre árabe y sangre purépecha, aprendí a escribir mi nombre en una escuela pública, aprendí mi primer poema en una escuela pública, me enamoré con toda la euforia de mi piel oscura bajo el uniforme de una escuela pública. Conozco el hambre. Conozco la calle. Por eso estoy llena de recursos, quizá tengo tantos recursos como tú, tal vez tengo más. 

Aquí estoy. 

Mírame. 

Mírate. 

Y el que tenga ojos, que vea.  Que vea la belleza que quedó registrada aquí: 

Nacas. Indias. Rateras


Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Una luz apagada cerquita de mi nariz, en mis ojos.

Un olor agridulce de clóset, era el interior de un guardarropa que me parecía una recámara, muchos años después aprendería que eso se llama “walk in closet”; a mí me resultaba cognitivamente imposible relacionar el concepto ropero con aquella cosa descomunal. Apretaba las rodillas contra mi abdomen y mis orejas rozaban un vestido animal print de la marca Versace.

Tenía ocho años, mi madre me escondió ahí porque así se lo ordenó la dueña de la casa. Yo era la hija de la señora de la limpieza. Es que había visitas y yo estaba muy negra, muy “pinche prieta” como me decía la niña rubia hija de la señora rubia dueña de la casa también rubia porque estaba toda pintada de amarillo.

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Reparar

Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Cada tanto me entra una manía reparadora. 

Me pongo a buscar entre mi ropa las prendas que necesitan un botón o reforzar el dobladillo. Voy a mis libros y veo qué puedo hacer por los más destartalados. 

No fue siempre así. Por ahí de los 30 me dio por tirar todo lo que “ya no servía”. 

Pero ahora no. De unos años para acá la idea de reparar me emociona y me seduce. En mis múltiples mudanzas siempre busco al llegar al barrio un lugar para reparar zapatos. Me ilumino cuando me entregan un par de botas como nuevas con las tapas recién cambiadas o con un parche oculto. 

Con esta crisis sanitaria, los sitios donde reparan están cerrados. Las tiendas donde compramos, también están cerradas. 

Y eso me ha hecho poner en fila las cortinas y un par de pantalones para repararlos yo. Llevo días saboreando el momento de sentarme a hacerlo. La pequeña victoria de decir “lo arreglé” que deja una sensación real de poder.  

De niña vi a mi abuela y a mi madre reparar ropa, cazuelas, zapatos, almohadas… claro que yo tenía la fantasía de recibir objetos nuevos y rodearme de ellos. Pero cuando mi mamá me devolvía un abrigo o una falda reparadas, me salía un “¡lo arreglaste!” con una admiración absoluta. Ella tenía el poder de arreglar las cosas. El poder de reparar. 

La muñeca a la que se le zafó el brazo, el diente que me fracturé, la falda del uniforme de la escuela. Todo podía repararse. 

Con el paso de los años he pensado que esa experiencia de reparación y alegría que me dio mi madre es sobre lo que está sustentada mi existencia. Mi sensación de tener el lugar más legítimo en el mundo viene de mi capacidad de reparación. 

Hace algunas noches vi en Netflix el documental “For Sama” (2019, Waad al-Kateab, Edward Watts), hay una secuencia de un parto donde el recién nacido no tiene pulso, no respira. Sentí cómo mi corazón se paró por un segundo anhelando, como cuando era niña, que los médicos lo arreglaran.  

Esa abuela partera que forma parte de mi historia vino a mi mente. Qué sentiría mi abuela, cómo celebraría arrebatarle un niño a la muerte, devolverle el pulso, la respiración, repararlo.  

Hay algo en la reparación que cuenta lo mejor de la humanidad. Todos sabemos destruir, es fácil, es rápido, basta dejarse llevar por un estallido. Reparar es otra cosa, no todos tenemos la capacidad de reparar, o no siempre. 

Pero cuando aparece el impulso de reparar, hay tantos componentes de la psique puestos en ello que sus beneficios son inconmensurables: reconocer el error, detectar lo que está roto, no resignarse a dejarlo así, aprender de la fractura, de la herida, de la función que se niega a responder. No puedo evitar sentir cierta simpatía cuando veo a un hombre reparando su auto, reparar es un síntoma de salud, un aspecto luminoso de los seres humanos. 

En el edificio donde vivía hace cuatro años había un conserje que me impresionaba por su capacidad de repararlo todo. Desde el elevador hasta el desagüe, pasando por las puertas, las lámparas y hasta un tacón que se me rompió una mañana que bajé corriendo a una junta de trabajo y el taxi ya me esperaba en la puerta. Agustín era capaz de arreglar cualquier cosa. 

No pasaba medio día sin que el hombre reparara aquello que se había descompuesto. Era mayor pero fuerte y ágil. Tenía un halo más allá de la dignidad, era como un súper poder que emergía de él cuando tarareaba mientras manipulaba los objetos.  

Se iba cada mañana que cambiaba turno como un conquistador bajo una lluvia de laureles en el camino de regreso a casa.  

He pensado mucho en la reparación estos días, en lo que quizá hemos reparado de la casa ahora que tenemos tiempo, en el clóset o el librero que por fin arreglamos. Pienso en la tormenta destructiva de los medios, de las redes sociales, en la estampida de mensajes alienados que buscan destruirse en uno y otro bandos de la polarización. 

Vamos a necesitar mucha, mucha fuerza de reparación; esa que nace de la humildad de no tener la razón, pero sí lucidez para detectar lo que está roto y exige trabajo sin discursos, sin alardes. Trabajo de reparación, poderoso y humilde. Sin dogmas, sin ideologías, con el impulso vital empujando.

@AlmaDeliaMC

El ángel del hogar y sus demonios

Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Hace unos días, precisamente el 10 de mayo, tuve a bien publicar un tuit en el que reconocía el valor de la elección de las mujeres que decidimos no tener hijos; me pareció importante incorporar el tema a la conversación pública aunque fuera en un efímero tuit pues la tormenta de mensajes que trae la celebración por el Día de las madres que hace siglos se celebra en el mundo y poco más de cien años en México, es apabullante.

Pues ese insignificante tuit para hablar del caso opuesto, las no madres, en medio del hegemónico discurso que celebra la maternidad, resultó de lo más incómodo y me dejó un saldo de más de 2 mil insultos (nunca, ni cuando he cuestionado una conducta del presidente en turno, me había llovido de tal manera), pero me dejó también la certeza del síntoma expuesto para escribir y reflexionar al respecto.

Por muy dosmileros que seamos, el ideal femenino sigue lleno de conceptos que nacieron hace más de cien años y que han dado identidad a las generaciones de hoy con más vigencia de lo que quizá alcanzamos a ver.

La misión doméstica de las mujeres como base de valorización femenina está más viva que nunca. Hay un deber dictado por Dios y la familia, por la sociedad entera, que un día sí y otro también taladra con el mismo mensaje: las mujeres deben ser buenas, si son madres, serán mejores portadoras de bondad porque la idea de maternidad conlleva una práctica de “sacrificio” como los mártires y santos de la religión judeocristiana.

Pero no se trata sólo de la Iglesia, también hay un material interés en un modelo político y económico que se ha desarrollado sobre la base del rol femenino como formadora de familias (núcleo de consumo que sostiene incontables industrias). Y de ahí pa’lante, mi alma. Si las mujeres dejaran de reproducir familias o de dedicar su vida a sostener el núcleo de la familia, un montón de industrias se derrumbarían, y con ello todo un modelo económico y político.

Así, la idea de la domesticidad perfecta siempre ha estado asociada a las mujeres; el valor decimonónico que “dignifica” a una mujer si es una novia comprensiva, una enamorada de ensueño, una buena esposa, mejor madre y responsable absoluta de criar hijos como buenos ciudadanos, es de una prevalencia innegable.

Durante el siglo diecinueve se desarrolló un concepto similar en prácticamente todos los países de Occidente: “El ángel del hogar”. El ángel del hogar es esa mujer que con sus polvos mágicos y su sonrisa eterna recibe al marido cansado y lo atiende, le sonríe, empata sus apetitos con los de su hombre, cumple con un ritual formativo para que los niños en casa aprendan de ella a replicar un modelo que, hasta nuestros días, sostiene sociedades enteras alrededor del mundo.

Hay un ensayo de Nerea Aresti publicado bajo el mismo título que pueden leer en línea y que explica espléndidamente algunos de los conceptos de los que hablo aquí.

Pues ese concepto “ángel del hogar”, es perfectamente equiparable a la idea de la “santa madrecita” que los mexicanos practicamos. El dictado político y religioso que pesan en el fondo son de una perdurabilidad sorprendente.

En días recientes en casa hemos estado viendo en segunda vuelta la serie “Mad Men”, el personaje de Betty Draper, esa esposa con cara de ángel y pelo de muñeca que se consume de ansiedad y de tristeza por dentro, no dista mucho del modelo que muchas de nuestras madres y muchas mujeres contemporáneas son llamadas a seguir. Con sus diferencias de época pero el fondo es el mismo: hoy el mensaje dice que seas la madre cool que además trabaja, va al gimnasio, alimenta a su familia con productos bajos en grasa, orgánicos y que los niños que viven contigo (o señorones de más de 20 años porque hay casos, síono) ven como su mejor amiga.

Y es que es tan violenta una cosa como la otra: someter a las madres a la exigencia de simbolizar el amor, la bondad y la perfección, es una tiranía; ninguna madre merece esa imposición. Ser el hijo que debe ver a mamá como «santa madrecita» refuerza el infantilismo mental, ningún hijo merece tal mutilación a su inteligencia.

Pero criticar a las que no somos madres por querer incorporar el tema a la conversación, es de plano la tiranía expuesta: si somos madres tenemos que ser perfectas y si no somos madres y pedimos que se valore la elección, somos soberbias y narcisistas. Lo de siempre: que calladitas nos vemos más bonitas.

Volviendo al tema de los dos mil insultos, me parece el ejemplo perfecto para hablar de lo que en psicología se llama proyección de la sombra: a mayor tamaño del objeto, mayor proyección de la sombra. Hay un fenómeno ahí, profundo y complejo en la adoración ciega de la madre y de la maternidad.

He reparado un par de veces en las raíces etimológicas de la palabra Madre: “mar, mare”, el simbolismo de la madre se relaciona con la mar, pero también con la tierra fértil, mar y tierra como matrices de vida. Sin embargo hay una dualidad de vida y muerte: nacer es salir del vientre de la madre, morir es retornar a la tierra. Esa madre (mar y tierra a la vez) es alimento pero también riesgo de opresión y ahogo. (Recomiendo muchísimo hacerse del Diccionario de Símbolos de Chavalier y Gheerbrant en editorial Herder para revisar el valor simbólico en el origen de las palabras).

También me he atrevido a hablar del lado más oscuro de las madres, la pulsión filicida que algunas experimentan: el deseo de matar a sus hijos. Debe ser duro, doloroso, complejo, generar culpa y ansiedad infinitas. Y creo que quizá sería bueno hablar más de ello. Algunas simplemente no logran vincularse con sus hijos aunque los cuiden y nunca los abandonen, pero la falta de la mirada amorosa y de aceptación de la madre, trae consecuencias para toda la vida en la psique de las personas.

Por eso creo que el mundo sería un mejor lugar si sólo tuvieran hijos quienes tienen vocación para ello, y así como es perfectamente legítimo educarse para reconocer cuál es la vocación profesional o académica, sería un derecho sagrado educarnos para reconocer si tenemos o no, la vocación de ser madres. Reconocerlo y decidirse por el “no”, debería ser tan promovido como el mensaje que empuja a que digas “sí” desde la familia, la religión, la mercadotecnia y hasta la política; poco menos del 30% de los países en el mundo han aprobado el aborto legal en pleno 2020 y no en todos sus territorios.

Resumiendo: que estas sociedades adoradoras de la madre como arquetipo de perfección, necesitamos evolucionar, atrevernos a mirar la condición humana y no demandar a ningún ser humano que se mutile para convertirse en un prototipo. Ojalá que llegue el día en que se pueda elegir con libertad absoluta la identidad, por amenazante que nos resulte la idea de un mundo en el que todos pueden cuestionar el statu quo y atreverse a ser diferentes.

@AlmaDeliaMC