Palabrotas

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Dice la Real Academia de la Lengua Española:

Palabrota: Dicho ofensivo, indecente, grosero.

Grosería: 1) Descortesía, falta de atención y respeto. 2) Tosquedad, falta de finura y primor en el trabajo de manos. 3) Rusticidad, ignorancia.

Digo yo, basada en mi real gana.

Palabrota: palabra muy larga compuesta por muchos caracteres, por ejemplo, desoxirribonucleico o desproporcionadamente.

Grosería: estandarte del territorio libre y catártico de nosotros los prófugos de las absurdas buenas maneras, del eso no se dice, de la tía regañona, del colegio de monjas, de la maestra pellizcona, del papá autoritario, de la madre cabrona. Por ejemplo: pinches, pendejos, culeros todos ellos.

Me preocupa sobremanera, queridos lectores, darme cuenta de que, a estas edades, siendo semejantes adultos con nuestras gónadas plenamente desarrolladas —y en algunos casos en franco declive— sigamos bajo el yugo de comportamientos inducidos a punta de cintarazos, encierros, castigos y silencios distantes. Es que no podemos seguir como niños sufrientes delante del plato de sopa que no queríamos tomarnos, sometidos al insoportable relamido de pelo detrás de las orejas o temblando como gorrioncillos ante la idea del castigo divino. Pos qué es eso, repitan conmigo: soy adulto y si me da mi rechingada gana puedo decir todas las groserías que quiera. Otra vez, con más convicción. Otra, con mala sangre. Eso, muy bien.

Me mata de ternura leer y escuchar expresiones del tipo: “pinqui, cañón, verch, verdolaga”. Se dice pinche, cabrón y verga. Por lo menos en México, estoy consciente de que, bendita diversidad, el tema es vasto en el mundo hispanoparlante y que en Sudamérica o en España tienen sus propias y maravillosas joyas.

Porque si el culo se llama culo por más feo que suene, la verga ídem.

Ya, tranquilos, respiren, sí lo dije. Sí soy yo diciendo todas esas vulgaridades.

¿Que no debería un escritor decir tales barbaridades? Se equivocan. El lenguaje es pasión y poesía pero también herramienta. Estaría muy jodida, en el hoyo y cavando si yo misma me limitara o reprimiera. A ver díganle a un pintor que no use un color determinado porque es de mal gusto o a un bailarín que no haga tal movimiento porque es desagradable.  A que no.

¿Que no dicen groserías porque tienen hijos? Ternuritas, cositas lindas y encantadoras. Permítanme que los espabile y los pervierta un poco: sus hijos se saben más palabrotas de las que podríamos imaginar. Y todas son más soeces y perturbadoras de lo que nosotros “los adultos” concebimos.

Un buen día me puse a jugar con mi sobrina de dieciséis años a decir groserías en orden alfabético. Es que el trayecto era largo y nos dirigíamos, sin muchas ganas, a una reunión familiar.

Madre mía. Me quedé sin aliento la mitad de las veces: cada vez que era su turno. Dijo tantas y tales cosas que pasé tres noches sin poder dormir nomás de acordarme. Le pregunté si sus primos (casi diez años menores que ella) conocían todo ese bagaje científico y me contestó que ellos le habían enseñado gran parte su abundante glosario de términos.

Por supuesto que no les dije nada a mis hermanas, las madres de las criaturitas en cuestión. Soy todo menos una traidora de la hormona adolescente. Una tiene sus lealtades muy definidas.

En varias de mis columnas me han escrito varias veces reprendiéndome por decir malas palabras. Sé que hay quienes no lo toleran, ya han dejado comentarios vaticinándome una vida terrible por ser tan grosera pero hoy estoy muy pinche insoportable y una vez más les diré que se equivocan: la vida no tiene prejuicios, ni si quiera con las palabras.

Es más, casi me atrevo a concluir lo contrario: desobedecer es bueno. No hay mito fundacional que no pase por la historia de algún desobediente que le pintó huevos y mandó a chingar a su madre a los dioses, al destino y, desde luego, a los buenos modales. Por algo será.

@AlmaDeliaMC

Conjuro: respira, renuncia, revienta

Alberto Alcocer / @beco.mx

Conocí a Vanessa cuando ella tenía cuatro años. Era mi vecina, cuando ocurrió lo que voy a contar, ella ya había cumplido once. Desde el primer día la bauticé la Bigotes y es que tiene unos bigotes memorables. Estaba sentadita en las escaleras del edificio llorando con estertores, mocos y todo. Le pregunté qué le pasaba y me contó que su hermana mayor nunca quería jugar con ella. Le ofrecí un dulce y de inmediato le brillaron los ojos, levantó la cara marcada con surcos espesos de lágrimas y me acompañó a mi departamento. Ese día nos hicimos amigas.

Pero nuestro pacto de amistad quedó realmente sellado la tarde que se me cayeron las llaves del auto, ya las daba por perdidas cuando sonó mi timbre y la vi por la mirilla parada de puntitas con mis llaves en la mano y su carita de mejillas redondas resplandeciente.

Desde entonces y durante algunos años sostuvimos un intercambio inalterable cada vez que nos encontrábamos: ella me decía gracias por los dulces y yo le respondía gracias por las llaves. Pero luego todo cambió y cambió para siempre.

Una tarde bajé a tirar la basura a los contenedores generales y a mi regreso la encontré llorando, esta vez silenciosamente, sentada en un columpio de las áreas comunes. Con actitud de encontradiza me senté en el columpio junto a ella. No era la misma chiquita que había conocido siete años antes: ahora era una niña con sobrepeso y esos bigotes en un rostro que está a punto de mutar por la adolescencia, son todo menos motivo de gracia, los ojos brillaban igual —eso sin duda— y la redondez de su carita amable era para desbaratar a una legión de gladiadores entera.

Me atreví a preguntarle por qué lloras. Silencio. Fingí desinterés y empecé a columpiarme como si ella no estuviera ahí.

¿Por qué no estás en tu casa?, me preguntó después de un rato. Porque no quiero, respondí, ¿y tú?

Porque están mis primos, mis tíos y mis papás planeando la fiesta de quince años de mi hermana. Silencio. Y luego un llanto amargo, doloroso. A sus once años.

— ¿Quieres un dulce?

—Ya no como dulces, estoy gorda. Y fea. No me hables.

Me sacudió su respuesta directa y sin concesiones. Me quedé de una pieza, sin saber qué hacer o qué decir. Sintiéndome torpe y triste y con ganas de decirle todo lo que a mí nunca me dijeron.

Quise ser su Hécate, su no bonita, su no arquetipo angelical y bello, hablarle de los poderes mágicos que provienen de lo horrible. Quise repetir el coro de las brujas de Macbeth cantando sólo para ella. Decirle que lo hermoso es feo y lo feo es hermoso.

Hubierla querido hablarle de lo que será realmente importante cuando crezca.

Decirle importarán tus vivos y tus muertos, Vanessa. Tus propias muertes incesantes. Pero lo comprenderás tarde.

Así que alégrate de ser fea. Déjate los kilos, los bigotes y el vello en las piernas. Déjate también el brillo en los ojos, los cachetes de lactante, la dulzura en el rostro. Déjate a la única tú que podrá ponerte a salvo cuando el mundo se rompa bajo de tus pies. Porque se va a romper, y si tienes suerte, varias veces. Igual que se abrirá en mil grietas debajo de los pies de tu hermana alta, esbelta y deseada.

Y rompe, rasga, renace, respira, renuncia, revienta. Porque lo hermoso es feo y lo feo es hermoso.

No importa que no encajes en el canon de belleza: igual te van a destrozar el corazón, igual te vas a enamorar estúpidamente de alguno o alguna que habrá de ignorarte o se quedará dormido cuando tú le digas temblando, después de hacer el amor, cuánto le amas. Y no importará si tienes vientre plano o una panza redonda. No importará si eres talla cero o talla nueve. Será absolutamente irrelevante si llevas el atuendo monocromático más matador de la oficina o no tienes puta idea de cómo combinar unos jeans para verte elegante.

Y reza, ríe, rumora que lo hermoso es feo y lo feo es hermoso.

Y que tus ganas de vivir sean implacables porque el mundo será implacable, eso te lo firmo con sangre.

Porque el paraíso y el infierno pueden vivir en el alma de tu cuerpo o en el cuerpo de tu alma. Te recomiendo que elijas el alma. De cualquier manera te va a llevar la chingada pero será una chingada honda, rica, transformadora; la otra sólo puede agotarte hasta la locura, hasta que tu animal te abandone por cansancio. No dejes nunca que tu animal muera de hambre.

Y repta, rasca, ruge, rumia por lo feo y lo hermoso.

Escucharás a las hadas de la tiranía Flora, Fauna y Primavera decir que te dan los dones de la gracia, la belleza y la bondad. Ignóralas. Y haz exactamente lo que te dé la gana.

Verás cada día de tu vida cientos de imágenes de mujeres irreales, inalcanzables, con cutis de adolescente a los cincuenta años y piernas infinitas, cinturas estrechísimas, ridículas, insanas, famélicas, falsas, anémicas, las más bonitas, depiladas, hidratadas, larguiflacas y digitalretocadas de la pantalla. El espejito-espejito les responderá siempre a ellas que son las más bellas del reino. Y esa será su condena y un día su reino las dejará sin reina. Pero tú no le preguntes al espejo: escúpelo, sacúdelo, estréllalo.

Y hazte natural en la tierra de lo feo, porque es una tierra libre, autónoma, independiente, soberana. Fea como se te antoje, como te toque, como te dé la gana.

Fea con cabellera de raíces grasas y puntas secas, fea de piel con imperfecciones, fea de caderas anchas y nalgas planas, fea con bigotes, fea como bruja fea. Que te llamen bruja de vestido libre, de cuerpo y carnes reales. Bruja eros, mujer viva. Y come, bebe, fuma, besa, lame, devora todo lo que el mundo ponga en tu boca. Cómete al mundo tres veces al día todos los días de tu vida.

Y resuena, repite, regurgita, relame fea tus hermosos bigotes.

Andarás delante de las miradas masculinas sintiendo que son sables, dagas. Pero tú busca un buen amante, uno solo que redima tu cuerpo, que se pierda en tus carnes blandas, húmedas, reales, resbalosas, uno que se encuentre con tu jugo y sepa libarlo. Encuentra un buen amante y habrás salvado tu cuerpo de todos esos juicios aunque lo comprendas tarde, aunque cada tanto regrese el vacío o las inseguridades.

Y rasguña, resuella, revuélcate, roza, retoza, regocíjate con el hombre hermoso y con el hombre feo.

Sentí ganas de llorar delante de mi propia fantasía libre de sometimientos. Por supuesto que no dije nada. Quise abrazarla pero no pude, ella estaba seria, enojada, con la cara enrojecida. Se levantó del columpio de un salto y echó a caminar, unos pasos adelante se detuvo y me miró, le dije gracias por las llaves.

No me dijo gracias por los dulces.

Entré a mi casa, busqué mi ejemplar de tragedias de Shakespeare, empecé a leer Macbeth por enésima vez en mi vida:

Acto I. Escena I. Un lugar desierto. Entran tres brujas.

Y  mis tres brujas dicen: respira, renuncia, revienta.

@AlmaDeliaMC

Inventario del cuerpo o vivir a muerte

«Mientras haces cualquier cosa, alguien está muriendo»

-Roberto Juarroz
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Siempre he creído que el cuerpo es un milagro.

Pero también —y sobre todo— un mapa del alma. Un mapa de lo que está más adentro del adentro, más allá de las orillas de la piel. ¿Cómo podrían la carne y los huesos vivir escindidos de nuestras emociones?

No me voy a poner densa con la teoría de que el cuerpo es puro reflejo de nuestra psicología y que las enfermedades son todas psico-somáticas pero sería absurdo pensar que el cuerpo es un ente aparte de lo que sentimos, tememos y deseamos. Yo digo. O al menos me lo digo a mí misma.

Me cuesta escuchar el dolor porque soy muy terca. Porque aprendí antes de aprender a escribir que rendirse era cometer un pecado capital, una acción fatal. Así que soy de esas insufribles personas que no se rinden y no se detienen aunque lleven arrastrando una lesión, una fiebre, una lumbalgia, una hipoglucemia o lo que toque.

Qué mal, me digo siempre pero no cambio. Quién sabe si algún día lo haga, lo más probable es que no. Hay una bellísima sentencia de García Márquez en El amor en los tiempos del cólera que dice que somos cada vez más nuestras manías. Pues sí, mejor agarrarles cariño porque son compañeras inseparables.

Necia. Tonta. Terca. Empecinada. Ha de ganar mi gallo aunque sea gallina, ¿o cómo era?

Me enteré de la muerte de la amiga de una amiga. Una chica de treinta y cinco años a la que le dio un infarto fulminante.

Me quedé sin sangre por unos segundos cuando escuché a mi amiga en el teléfono.

Treinta y cinco años. Algo de la muerte resuena siempre en quienes la contemplamos o la escuchamos porque nos implica irremediablemente. La muerte tan teatral, tan simbólicamente dolorosa.

Ella que no le decía no a ninguna fiesta tuvo un funeral casi masivo, me dijo mi amiga.

Treinta y cinco años.

Y alerta, la palabra se asoma en mi interior instintivamente.

La muerte es una posibilidad constante, una realidad latente. Puede ocurrirle a cualquiera. Sí, lo sabemos bien pero lo ignoramos mejor. Paradojas de nuestra especie.

En el funeral estaba otro amigo común cuya esposa murió hace un par de meses al dar a luz, también murió el bebé.

Veintinueve años ella, cero años él.

Alerta, vuelvo a concebir la palabra dentro mío. Pero esta vez la palabra se alarga, le salen patitas, antenas, me mira perpleja, como animalito recién nacido.

Recibí la llamada de mi amiga apenas regresaba de una microcirugía en la planta del pie izquierdo porque tuvieron que remover un fibroma que se formó gracias a mi terquedad, a mi no voy a dejar de correr porque correr me gusta y a ver cómo le haces.

El médico resultó ser un tipo de lo más ágil, inteligente, simpático, noté algo en sus manos: ¿con qué te quemaste?

Gasolina, me dijo, me quemé a los quince años, también tengo el torso y los brazos llenos de cicatrices.

La habilidad de sus manos me impresionó, a él le impresionó que yo notara sus quemaduras y que le preguntara por ellas con tal desparpajo.

Le conté que mi hermana mayor se quemó con una estufa de petróleo cuando era muy pequeña, le resumí la historia, el talante indescriptible de mi hermana quien ahora trabaja de voluntaria en una fundación para atender a niños quemados. Algunos sobreviven, otros no.

Cero años, un año, dos años. Ellos. A, B, C.

Ah, ya tiene sentido, me dijo, estás familiarizada con esto.

Entonces hablamos del dolor pero muertos de la risa.

Yo me desgarraba por dentro pero no de sufrimiento, creo que de ternura, de algo que no sé cómo se llama pero que arde en mi interior cuando conecto con un desconocido de un modo así, sin filtros. Algo que arde, una llama.

Cuando la aguja entró en la planta de mi pie grité y me reí al mismo tiempo, él también.

Es la vida, pensé, una aguja que nos atraviesa y rompe los tejidos para hacerse de un lugar donde encuentre espacio. Y Alerta empezó a tocar mis bordes para salir de mí ya con largas piernas, enormes e insolentes ojos y antenas súper poderosas.

Mientras el médico busca entre sus frascos pienso en mi última visita a la ginecóloga que me ha dicho que tengo la piel del útero en eversión, “volteada para afuera”, que tengo el tejido de dentro por fuera como toda yo que vivo con el interior expuesto. Casi me hace gracia.

Y es que eso me pinta entera porque soy así, evertida. Suele ser insoportable, agotador para mí, muy incómodo para quienes me rodean, nada poético. Pero así soy: se me salen las lágrimas y las emociones feas o bonitas a la menor provocación. Qué pesadilla.

Amagar el cuerpo, única arma para la vida. De eso se trata, pienso, y de entrañar a nuestros muertos.

Aprende a rendirte, me digo. Rendirse es bueno para que tu cuerpo, rindiéndose de vez en cuando, te rinda más. Paradojas, bromas del tiempo finito e infinito. Sí, Einstein, el tiempo es relativo. Y el cuerpo es preciso.

Está bien dejar que el organismo hable y aprender a traducirlo en el personalísimo lenguaje de cada uno. Eso creo. Eso me digo. A ver si lo aprendo.

Me despido del cirujano y a los dos nos brilla la cara de complicidad.

Camino apoyándome en el pie derecho, saltando ‘de a cojito’ hacia el estacionamiento, me río, me río fuerte aunque voy sola y seguramente parezco loca ante los pocos que me miran porque ya empezó no sé qué partido de fútbol y todos corren a buscar una pantalla.

Mi amiga y yo tenemos un pacto: no nos permitiremos olvidar que la muerte es una probabilidad constante.

Ah, Alerta se instaló a vivir conmigo, supongo que se quedará de paracaidista, de ocupa, de a ver cómo le haces pero no me voy. Anotaré la fecha para recordarlo, para ver si después hacemos la cuenta de pérdidas y ganancias.

@AlmaDeliaMC

Yo soy la muerte pura

Alma Delia Murillo por el fotógrafo Jonathan Klip para el libro «Entre catrinas»

La Catrina de luto se viste

es duelo de amor yo lo sé

y para que le cante El Triste

se llevó a mi José José.

Ay, parca, no seas jodona

cómo no te da vergüenza,

mejor ven por el tal Arjona

y líbranos de esa bajeza.

Yo soy la Muerte pura,

soy la Muerte que libera.

Soy el vaso que se apura

y de frente se celebra.

Ya resulta que sabes rimar

quita esa carita de niña,

mejor ponte a confesar

qué hiciste con Celso Piña.

No soy quien dispara balas

entre capos y malos gobiernos,

yo no ataco por las malas

ni inventé sus humanos infiernos.

La Catrina inquieta se levanta

escucha un llamado a la ira,

parecen voces que cantan,

son mujeres lo que mira.

Ay de ustedes, ay de mí.

Cuántas muertas, ay mis hijas,

desde el Ángel hasta aquí

y tú en daños menores te fijas.

Quería hablarte de Toledo

pero me rindo a razones caras,

porque en medio de este enredo

sólo tú tienes las cosas claras.

Ni cuatrotés, ni mesías

ni séquitos de alabanza,

que si igualdad ansías

la flaca es toda esperanza.

Nunca cambies

Alberto Alcocer / @beco.mx

Me puse a limpiar el cajón de los tiliches porque soy una procrastinadora profesional.

Comprimo el tiempo que debo destinar para ponerme a hacer lo que tengo que hacer hasta encañonarme bajo la amenaza del contrarreloj, así soy. Primero doy vueltas alrededor de mis dudas, sobre todo cuando las dudas son vitales.

Entonces salgo a correr, hago llamadas, contesto correos importantes o insulsos; navego como la más idiota de las idiotas en las redes sociales. Voy a la cocina una y otra vez para servirme un café o para abrir la puerta del refrigerador aunque no coma nada.

Mis dudas no hacen más que germinar hasta que les brotan florecitas feas y silvestres con cara de signo de interrogación. Y con espinas en el tallo porque necesitan tener alguna posibilidad de defensa en su hábitat agreste, que soy yo.

Y es que son dudas importantes, no es cualquier cosa renunciar a las certezas, al camino conocido, salirse del estándar; empeñarse en dominar a la culpa hasta que aprenda a saludar, a respetar mi plato de comida, a quedarse callada cuando sus ladridos son sólo por berrinche, hasta que aprenda quién manda aquí.

Luego de hacer todo eso, incluyendo lo de arreglar los estantes, por fin me dispongo a escribir.

Pero algo me distrae, en el cajón mágico –que ya no de los tiliches- un cuaderno forrado con papel lustre color violeta me guiña el ojo.

Uf. Qué viaje.

Es un cuaderno del año 1993, cuando salí de la secundaria.

Un cuaderno de hace más de veinte años.

Lo abro, me encuentro con las notas que escribieron mis compañeros de generación el último día del ciclo escolar.

Cómo golpea el tiempo cuando se presenta así, es como una ráfaga de viento pero no fresco sino caliente, quemante, de un viento casi sólido que nos empuja a voluntad.

Uno a uno de los textos se van deshojando frente a mí.

Uno a uno me proyectan como en tercera dimensión los rostros de mis compañeros de clase; sus caritas de cachorros, de adolescentes asombrados, de seres humanos inacabados, atenazados por el miedo al futuro.

Éramos alrededor de veinticinco alumnos por grupo en aquel entonces.

Veinticinco incertidumbres. Veinticinco futuros desconocidos, veinticinco ambiciones discretas o grandilocuentes, veinticinco signos de interrogación como mis florecitas rústicas.

Y todos los escritos, antes o después, con errores ortográficos o sin ellos, apuntan hacia la misma petición: nunca cambies.

Lo siento. Sí cambié, y mucho. Sí he cambiado y seguiré haciéndolo.

Intenté más de una carrera universitaria. Hoy no ejerzo ninguna. Intenté ser actriz, lo dejé.

Intenté el crecimiento ejecutivo en el mundo empresarial.

Intenté un casi matrimonio.

Intenté la yoga, montones de dietas, intenté convertirme en bailarina de flamenco, intenté vivir en el norte y el sur, intenté fumar y dejar de fumar. Intenté vivir en la selva. Intenté ser mejor persona y me rendí ante el despropósito.

Intenté el amor, lo sigo intentando.

No intenté ser madre, no todavía.

Intento escribir, lo seguiré intentando.

Me creció el pelo y me lo corté, ad náuseam. Lo pinté de azul y de rojo. Me puse extensiones, me las quité. Me salieron seis canas que parecen de plástico y se ven feas, tiesas, indomables. No intentaré teñirlas.

Y con cada uno de esos cambios vinieron las pérdidas. Pero también las ganancias.

He perdido amigos, parejas, coordenadas de identidad en las que ya no me definía, he perdido dinero y peso, también lo he ganado. He perdido la calma, la he recuperado. Han llegado nuevos amigos, nuevos amores, nuevos mapas para trazar la identidad.

Aquel ‘nunca cambies’ que yo también escribí en los cuadernos de ellos entrañaba el terror que nos dictaba un mandamiento espeluznante: no te transformes, no crezcas. Congélate.

Y a pesar de tanto camino andado y desandado todavía soy una adolescente de secundaria, aún hoy pretendo que durante los cambios de ciclo aquellos a los que amo se muevan junto conmigo y se mantengan no sólo cerquita de mí sino contenidos en el mismo encuadre de pertenencia por identificación. Pues no, ni cómo.

Es que duele desprenderse del muégano, duele por la soledad inmediata que se hace presente. Aterra porque un cuadrito de harina inflada recubierto de caramelo es mucho menos seductor que el muégano completo.

Cuando los demás se casan y tú no, cuando los demás tienen hijos y tú no, cuando los demás permanecen con su pareja de quince años y tú no, cuando los demás se interesan en cosas en las que tú no, la brecha se presenta y crece inevitablemente.

Esa expresión que a veces emitimos, no sin cierto resentimiento sutil, dice infinitamente más de lo que dice. “X ha cambiado mucho”.

Probablemente cuando señalamos al que ha cambiado, apuntamos hacia nuestra quietud, señalamos nuestra resistencia a desbaratar el molde de un yo anquilosado que se ha ido quedando chato y rígido.

Guardo el cuaderno violeta y siento una enorme nostalgia pero al mismo tiempo una profunda gratitud. Cuánto he cambiado, cuánto seguiré cambiando.

Ahora sí, me pongo a escribir.

@AlmaDeliaMC

José José pide un aplauso para el amor

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Vamos a decirnos la verdad, todos hemos vociferado las desgarradoras piezas de nuestro Príncipe de la canción en alguna borrachera.

Y es que José José es como el enamoramiento: una manifestación del espíritu, un estado de ánimo que nos arrebata.

Antes de seguir, me veo en la obligación moral de aclarar que escribo este texto en calidad de fan absoluta de este enorme cantante.  Así que ruego que sepan perdonarme si cometo excesos en mis manifestaciones de adoración pero qué le voy a hacer si una no es lo que quiere, sino lo que puede ser. Y yo soy intensa.

Sin importar si somos tormenta, tornado o volcán apagado, los que amamos con totalidad kamikaze necesitamos profetas elegidos, voceros del desgarre que nos representen. Para nuestra pinche buena suerte en México tenemos más de uno, empezando por José Alfredo Jiménez, pasando por Juan Gabriel y, desde luego, contamos con el inigualable José José.

Y es que, amigos, hay que ver cómo es el amor, que a la hora de buscar la descongestión del alma por una querencia atorada, vale lo mismo recurrir a Leonard Cohen que a nuestro crooner a la mexicana, cómo carajos no. Porque no podemos negar que el mensaje de fondo de las canciones de este par es el mismo: There ain’t no cure for love, para el amor no hay cura. Si podremos dar fe quienes hemos rodado de acá para allá siendo de todo y sin medida.

Ya sabemos que todo pasa y a los sufrimientos, como a las palabras, se las lleva el viento, pero mientras estamos presos de la cárcel de unos besos o sintiéndonos apenas un ínfimo peldaño de la escalera emocional de otro, hace falta que encontremos el modo de saborear nuestro dolor y ahí es donde José José se vuelve indispensable.

Lo maravilloso de las letras de sus canciones —mérito de autores como Manuel Alejandro y el propio Juan Gabriel— es que pasan por todas las fases de la aventura amorosa: desde la infatuación de quien declara “tengo en la vida por quién vivir, amo y me aman”, hasta el desencanto “déjame encender la luz, no quiero nada”, para regresar, oh insensatos, a las ganas desesperadas de volver a enamorarnos “Amor, amor, si me escuchas y me puedes ver: no me cierres tu guarida, llena un poco de mi vida”

Este maestro que nos enseñó figuras literarias como la comparación entre “amar y querer” y razonamientos filosóficos como el silogismo “lo que un día fue, no será”; merece toda nuestra gratitud, reconocimiento y buena vibra porque nunca nos ha dejado solos, confundidos ni olvidados ofreciéndonos la balada perfecta para cada ocasión.

José José es intergeneracional y atemporal justamente porque el amor y el desamor son transversales.

Ya sé que habrá quienes encuentren demasiado popular este refugio pero, compañeros, el amor es un animal babeante y con garras al que le importa un rábano si para sobrevivir a él repetimos salmodias divinas o los versos de nuestro Príncipe en un bar con piano y hasta pista de karaoke. Hay que ser fruncidos del alma para pensar que la bestia de la pasión distingue entre la elaboración del dolor sofisticada y la común.

Recuerdo que cuando era niña encontraba insoportable el momento José José de las fiestas y no me explicaba por qué los adultos destartalados que quedaban al final de las reuniones, parecían tan conmovidos y se mostraban insaciables en su compulsión de cantar una canción tras otra.

Pero porque el tiempo tiene grietas como grietas tiene el alma, me hice adulta igual de destartalada y rijosa que aquellos que se desarmaban con tres tequilas y una canción sobre la mesa. No hace mucho descubrí a mis sobrinos adolescentes escuchándolo.

Por eso digo que el fenómeno es intergeneracional y sé que mientras la nave del olvido no parta, nos entregaremos sin pudor a la música del Príncipe en las juergas mexicanas.

También por eso estoy convencida de que nuestro José José no es ni gavilán ni paloma, sino Ave Fénix, esa que renace de sus cenizas. Y así como él pidió un aplauso para el amor, yo pido un aplauso para él, que bien ganado lo tiene en este mundo y en el otro.

*Texto originalmente publicado en https://www.univision.com/famosos/jose-jose-pidio-un-aplauso-para-el-amor-pero-hoy-solo-aplaudimos-a-el-principe-de-la-cancion

@AlmaDeliaMC

La sociedad del cansancio


 Alberto Alcocer / @beco.mx

Soy adicta al agotamiento.

Llegué a tal conclusión luego de años de ser estudiante, becaria, empleada, desempleada y autoempleada.

En cada formato me he explotado a mí misma de forma bestial. Recuerdo de mi época de ejecutiva la tarde en que mi jefe me dijo que estaba haciendo yo sola el trabajo de cinco personas.

No sé descansar, no recuerdo un período de mi vida en el que no me entregara a una actividad febril constante. Y ahora que soy mi propia jefa, la cosa ha ido a peor. Todas las semanas trabajo de lunes a domingo y sin horario de cierre, siempre estoy escribiendo algo, desarrollando algo, reuniéndome con gente para algún proyecto. No paro.

Hará cosa de tres semanas me caí mientras corría en el bosque, derrapé sobre mi lado izquierdo rebanándome la piel de la rodilla y amoratándome las manos que metí para no romperme la cara. Esta semana volví a caerme en mitad de la carrera. Dos veces.

Cuando me levanté con un hilito de sangre escurriendo de mi rodilla y otro de mi mano izquierda —siempre se lleva todo el impacto, la pobre— tuve una iluminación: es que no puedo más con la verticalidad.

Este construir, levantar, sumar, producir, ir más alto en la calidad y más arriba en el alcance de los proyectos me está matando.

Y como la vida es buena y también sabia aunque yo a veces sea una culera y otras una tonta redomada, cayó en mis manos esta maravilla: “La sociedad del cansancio” (Herder, 2017) de Byung-Chul Han que me atrapó desde la primera línea y que no deja de cuestionarme.

Dice Byung-Chul Han que cada época tiene sus enfermedades características y que así como hemos pasado tiempos de enfermedades bacteriales o virales, la patología de nuestros tiempos es neuronal. Estamos enfermos de “positividad” plantea el autor, tenemos una visión tan “no te rindas” y tan “todos somos ganadores” y tan “ sé productivo porque puedes lograr lo que tú quieras” que hemos entregado voluntariamente nuestros límites de explotación a unos niveles nunca vistos y donde no hace falta la figura de un patrón o jefe explotador: somos nosotros mismos quienes nos sometemos a esta carrera tiránica.

Desde que existe WhatsApp la oficina no cierra nunca, con la mayor naturalidad aceptamos mensajes a las diez de la noche o un sábado o domingo para revisar un pendiente de trabajo, entregamos todos nuestros espacios a la tiranía de la disponibilidad permanente.

Y esa obsesión con el superrrendimiento, con la superproducción y la supercomunicación termina por quemarnos el alma, por deprimirnos. Exactamente como les ocurre a algunos atltetas retirados que un día, súbitamente, son incapaces de realizar el mínimo esfuerzo físico porque lo agotaron todo.

Justo cuando leía el librito apareció el video de la actriz Bárbara de Regil donde señalaba con ímpetu el mal que se auto inflige quien va de fiesta y se excede bebiendo y comiendo; el remate de Bárbara “te estás destruyendo”, me regaló el corazón de esta reflexión: ¿y no es otra forma de destruirnos esta mirada positiva de “darlo todo”?

Cito unas líneas de Byung –Chul Han que me tienen en la más profunda agitación desde que las leí:

“… Nunca se alcanza un punto de reposo gratificante, el sujeto vive con una permanente sensación de carencia y de culpa. Como en último término compite contra sí mismo, trata de superarse hasta que se derrumba. Sufre un colapso psíquico que se designa como burnout o síndrome del trabajador quemado. El sujeto que está obligado a rendir se mata a base de autorrealizarse. Aquí coinciden la autorrealización y la autodestrucción”

Respiro. Y me digo que está bien parar, decir no puedo más. Respiro y pienso que me voy a hacer el regalo de la rendición.

Vuelvo a recordar para mí y para quien encuentre utilidad en ella esta verdad preciosa: hay batallas que sólo se ganan renunciando a ellas.

@AlmaDeliaMC

La verdad, ese despropósito


 Alberto Alcocer / @beco.mx

Es curioso lo que provoca presenciar cuando alguien dice una mentira, se experimenta una sensación agridulce que no se decide entre la decepción y la empatía.

Pero seamos honestos, todo mundo defiende la verdad aunque nadie la soporta y no hay quién la practique a cabalidad simplemente porque no podemos.

Somos mentirosos por naturaleza, por sobrevivencia.

El más honesto de los honestos ha mentido incontables veces en su vida desde que dijo que ya se había lavado las manos hasta las infinitas ocasiones que respondió “bien” cuando le preguntaron cómo estás porque no iba a decir que fatal con una colitis y unos pedos legendarios que le provocó la comida o que muerto de angustia porque se le pasó la mano con la tarjeta de crédito o incómodo porque el encuentro sexual de anoche fue raro.

Lo que digo es que si imagináramos por un segundo un mundo donde todos dicen la verdad, sería insoportable.

Y  a pesar de todo, cómo roba la paz descubrir una mentira importante. Porque hay niveles.

En la novela El Impostor, Javier Cercas elabora la historia de Enric Marco, un hombre de noventa años que se hizo pasar por sobreviviente de los campos de exterminio nazis; vivió entre sentidos homenajes y asombrosas entrevistas y todo era mentira. Para su gente cercana debió ser brutal descubrirlo. Aún así, el señor se mantuvo en sus trece.

Hace una semana escribí en La Razón sobre Rufino Tamayo que inventó que su padre había muerto y la triste coincidencia de que mis hermanos y yo siendo niños también mentíamos diciendo que nuestro padre había pasado a mejor vida cuando no era cierto. Hay muchas formas de matar, una es mintiendo, sin duda.

Y así recordé una de esas mentiras familiares que ahora me hace reír hasta las lágrimas pero en su momento fue una putada. Mi madre nos mandaba a mis hermanas mayores y a mí al pueblo de la abuela para que pasáramos una temporada con ella y allá íbamos a dar los dos meses que duraban las vacaciones de verano; no era fácil lidiar con el mal carácter de la abuela si apenas éramos tres chiquillas rondando por ahí sin ton ni son. Como yo era a ratos insoportable y a ratos más insoportable y me pasaba el día molestando a las otras, para vengarse de mí me dijeron que mi madre estaba embarazada y que pronto vendría un hermanito y yo dejaría de ser la pequeña, perdería mi privilegiado lugar de la hija menor.

Aquella noticia me impresionó tanto que reaccioné de un modo muy raro, mis defensas bajaron y estuve los dos meses con una tos espantosa que me hacía vomitar todo lo que comiera dejándome en los huesos, mi desolación era total. Mis hermanas me cuidaron con dedicación y amor absolutos pero a las culeras se les olvidó decirme que aquello era mentira porque básicamente se les olvidó que una tarde cualquiera me habían dicho eso para que les diera un respiro —admito, sí, que yo era un mosquito zumbón. Así que cuando regresamos, bajé corriendo del camión, me paré delante de mi madre y le pregunté a bocajarro ¿y tu bebé?

Mi mamá peló los ojos extrañada por la pregunta y preocupada con mi delgadez espeluznante; cuando mis hermanas se rieron, comprendió todo. Les puso un regaño de antología.

En fin que les propongo un reto: indaguen en la historia familiar y seguro que van a encontrar cosas extrañas, datos raros en el Acta de Nacimiento, fotos que no se corresponden con la supuesta fecha en la que ciertos eventos ocurrieron, causas de muerte maquilladas, en una de esas hasta se encuentran con un hermano desconocido. O no me hagan caso, no busquen que encontrarán y luego qué hacemos con el hallazgo. Como dice Guillermo Arriaga: quien busca la verdad se merece el chingadazo de encontrarla.

Y sí.

He visto mentir a tanta gente: compañeros de trabajo, amigas infieles, hermanos protectores, parejas que responden “me encantó la película” para no descorazonar a sus artistas cercanos y ni qué decir del “se te ve bien” cuando, como yo ahora, te hiciste el peor corte de pelo del mundo y la compasión mueve el corazón de los que te rodean a dedicarte una mentira piadosa. La mayor parte de las veces mentimos para ocultar y proteger, pero es que ocultamos y protegemos para sobrevivir.

No sé ustedes, pero yo pienso en un mundo donde dijéramos la verdad compulsivamente y sé de cierto que sería una tortura; así que, por lo menos hoy, me reconcilio un poco con nuestra vocación de mentirosos.

Y ahora, sean honestos: ¿qué mentira van a decir hoy?

@AlmaDeliaMC

El oficio incómodo


Alberto Alcocer / @beco.mx

Tendría 8 años mi sobrino Daniel cuando le dijo a su mamá que de mayor quería trabajar en algo que no fuera incómodo, un lugar donde no tuviera que ir de traje y corbata.

Por entonces yo era empleada de oficina y renegaba un día sí y otro también de la grisura de ese ambiente anestésico, de la muerte lenta que es esa rutina diaria que empieza con el “buenos días, compañeritos” y termina con el “saludos cordiales”.

Mi corbata incómoda eran esas formas tiesas, esos temas triviales, la falta de profundidad en dosis de ocho horas al día que me hacía dudar del propósito de la humanidad.

Y entonces salté al vacío enarbolando la bandera de quiero escribir, ser libre, ir ligera por la vida sin meta trimestral de ventas en línea ni KPI’s ni código de vestimenta.

Pronto me di de bruces contra el piso sólido de buscarse la vida fuera de las empresas en un mundo y una economía que están diseñadas para que nadie se salga del corral; conocí la angustia de no tener una oficina, un ingreso asegurado, un horario de trabajo delimitado.

Que yo supiera, escribir podía ser peligroso, pero no angustiante. Pobre de mí. Porque lo cierto es que escribir es una angustia permanente, bellísima unas veces y otras una mierda total. Escribir es un malestar, por eso se escribe, porque hay algo adentro que no encuentra acomodo.

Hay mañanas que todo es espeso y mojado en el adentro, que tienes que bucear en medio de esa sopa negra para buscar un párrafo, dos ideas, una palabra de la que ir tirando para ver si sale algo.

Hay tardes en que quisieras que te tragara la tierra para que no sonara el teléfono ni se abriera la puerta ni la alerta anunciara tres correos sin responder y no tuvieras que decirles a todos los que amas que de verdad los amas y deseas estar con ellos pero pactaste con un oficio que sin soledad no es nada. Un pacto como con la mafia, del que no se sale nunca.

Y hay días, como hoy, que preferirías ponerte una corbata y entrar a las 8:00am y decir “buenos días, compañeritos” para no ser el vehículo emocional de nadie, ni de los que leen, ni de los que quieren que leas sus textos y les des tus comentarios; hay días que no quieres prestarle tus emociones a ninguno, ni a los muertos que siguen empujando para que cuentes su historia y se te aparecen en sueños con olor a incendio y a piel quemada, ni a ti misma y al momento exacto en el que estás ahora, contemplando una casa a medio hacer, con los libros a medio acomodar y una alfombra sobre la que sigues viendo con tus ojos de niña unas figuras en forma de caballo de Troya.

Hay días como hoy, que casi te ríes pensando que sí, que muy bien, renunciaste a una oficina pero te tragaste una guerra, que eres tu propio caballo de Troya bien cargado de palabras que nunca dejarán de sitiarte.

Y vuelves a ella, a Marguerite Duras: Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido.

Escribir, digo yo, para pedir que te dejen estar adentro, que te dejen en paz.

@AlmaDeliaMC

Diamantina, zapatos y otras provocaciones


Vía Láctea, Alberto Alcocer / IG @beco.mx

Antes de cumplir seis años ya sabía leer, escribir, sumar y restar; ya sabía de la dureza de la existencia, ya sentía vergüenza de ser quien era, ya comprendía la pobreza.

Mis hermanos estaban todos fuera, al mayor mi mamá había logrado meterlo al Colegio Militar; los otros cuatro estudiaban en un internado. Mi hermana mayor se reponía de las quemaduras en un hospital.

Quedábamos Paz y yo, ella estudiaba segundo de primaria y a mí me mandaban con ella de oyente, mi hermana tenía ocho años y yo todavía no cumplía los seis.

Eran días extraños, andábamos por ahí un poco inconscientes, un poco asustadas, muy solas. Visitábamos a nuestros amigos que vivían a un par de casas, también solos, también hijos de la disfuncionalidad, milagrosamente vivos; nos divertíamos persiguiendo ratas, haciendo pasteles de lodo y comiendo cualquier cosa, la comida que mi madre dejaba algunas veces, otras sólo galletas que comprábamos en una tiendita calamitosa.

Teníamos un vecino de alrededor de veinte años, Mariano.

No sé de dónde salió, pero mi familia lo acogió de inmediato porque tenía una temblorina rara y cojeaba; como puede adivinarse, todo desvalido era bienvenido entre nosotros porque nos recordaba que no éramos los únicos.

Mariano decía que yo era su novia y a todo el mundo le hacía gracia la broma, no a mí. Una mañana amanecí con tal infección en la garganta y fiebre que no pude acompañar a mi hermana a la escuela, me quedé sola en casa porque mi madre no podía faltar al trabajo —un día sin salario era una verdadera crisis para una mujer que mantenía sola a ocho hijos.

Recuerdo mi cuerpo delgado de casi seis años, llevaba unos shorts azul marino y un suéter del mismo color, alguna de las tías caritativas que le regalaba ropa a mi mamá debió heredármelos; estaba en la cama viendo caricaturas en una televisión blanco y negro que habíamos sacado no sé de dónde, recuerdo la sensación de la fiebre, tenía calor y frío, temblaba; llevaba unos zapatos blancos de charol —también regalados— que me apretaban, el alma caritativa debió calzar de un número menor al mío.

Mariano apareció de la nada y cerró la puerta, se veía muy nervioso, temblaba más que de costumbre, se sentó en la cama junto a mí y me dijo que mis piernas eran muy bonitas, casi tan bonitas como mis ojotes negros. Yo sabía que algo estaba mal, de inmediato traté de levantarme de la cama pero él me lo impidió, me abrazó fuerte y dijo que yo era su novia, me preguntó insistentemente si lo quería; traté de escapar, grité, sentía la fiebre, a Mariano, los pies punzantes por los zapatos apretados, escuchaba las caricaturas en la tele, su respiración pesada, me dolían la cabeza y los huesos, el alma. Me concentraba en el dolor por los zapatos. Fue todo muy rápido, él estaba muy excitado, en un par de minutos eyaculó y salió corriendo.

Me quedé sentada en la cama, inerte, zombi. Después de un rato me levanté y me bañé, hacía todo en automático, como si me hubieran desconectado, como si estuviera ahí pero muerta.

Cuando regresó mi mamá yo ardía en fiebre, vomitaba y tenía la garganta completamente cerrada, afónica como nunca, sin voz.

Odié a Mariano con el odio de una legión entera, odié a mi madre por estar ausente, me odié a mí misma por ser capaz de entender lo que había pasado y no poder autoengañarme. Odié a mi padre porque no estuvo ahí para cuidarme. Odio profundo, odio ácido, odio gigante en mi alma de seis años. Odio y miedo, rabia y resentimiento descomunales pero ni una palabra. Aprendí a proteger con el silencio, intuí que hablar lo dinamitaría todo.

Así sellé mi trágico romance con el miedo, pacté con sangre. Miedo de estar sola, miedo de lo masculino, miedo de mí. 

Y en un abrir y cerrar de ojos  me hice adulta, y luego, como la vida es cabrona pero también es buena, me hice escritora; y aprendí a nombrar cada cosa, a masticar cada palabra y, sobre todo, a mirar la condición humana.

Años de vivir y de atreverse a mirar y de atreverse a nombrar; lecciones duras para reconciliarse con el deseo, sentarse a la mesa entre luces y tinieblas un día sí y otro también. Saber, cuando escucho a otras mujeres, que se necesita mucho temple para no entregarse al resentimiento como único camino, que llevar estas historias a cuesta y sonreír es quizá el único trofeo por haber peleado esa guerra, en muchos casos es seguir peleándola.

Pensar en los zapatos que me apretaban fue la salida que encontró mi psique infantil, tal vez por eso ahora los zapatos de las ya incontables mujeres violadas y desaparecidas me perturban de un modo escalofriante. ¿Cuál será el símbolo, qué ancla habrá elegido la psique de tantas otras mujeres?

Fuimos niñas y alguna vez creímos en la magia, duró apenas nada, pero hubo un tiempo. Diamantina brillante, luces mágicas, mundos de colores.

¿Cómo se atreve, el títere político de turno, a decir que nombrar el abuso histórico, presente y brutal, es una “provocación”?

Sonrisas. Lápiz labial. Faldas. Tacones. Diamantina. Provocaciones puras y duras.

¿Cómo vamos a reparar todo lo que se ha roto si luego de pelear mil batallas, se espera que las heridas de guerra sean al mismo tiempo la parte civilizada, silenciosa y protocolaria que le pide permiso al mundo para hablar de su dolor?

¿Cómo vamos a reparar todo lo que está roto?

@AlmaDeliaMC