Tiranía

Decir no. No voy. No quiero. No puedo. No tengo ganas. No dar explicaciones.

Imagen: Alberto Alcocer @beco.mx

Qué ganas tengo, a veces, de gritarles a todos que me dejen en paz.

De apagar el teléfono, de desconectar el timbre, de decir no a cada invitación para fiestas y reuniones y más reuniones y más reuniones. Predecibles casi todas, frívolas, cumplidoras, asfixiantes.

Qué ganas tengo, a veces, de pedirle perdón a mi bestia, a mi ser natural que llevo a rastras colgado de mi ser social a lugares donde no quiere estar. Donde yo tampoco quiero estar, pero hay que estar. ¿Para qué?

Qué ganas tengo de pedirle perdón a ese animal que me habita y al que obligo a salir a la calle humillándolo y cortándole la melena, las uñas; obligándolo a comprar regalos, a decir por favor y gracias, a ensordecer para sí mismo porque hay que escuchar el ruido de los otros, obligándolo a aceptar invitaciones a desayunos vacíos con amigos vacíos que no quieren verte sino cumplir su cuota del propósito de año nuevo “ver más a mis amigos”.

Qué tristeza siento cuando veo a mi bestia convertida en esto. Zapatos impecables, dientes cepillados, bien peinada, sonrisa puesta para acompañar a quien frente a ti no levanta la mirada de su teléfono y eso que te extrañaba y moría por verte.

Hemos inventado un horario laboral para atender a los demás. Todo para los demás, pero sin profundidad.

Es que mi animal come silencio. Y es tan escaso, tan difícil de conseguir. Se le está cayendo el pelo y se está poniendo flaco, con la mirada opaca. Me rompe el corazón.

Bestia drenada. Tierra quemada. Raíz reseca.

Necesito soledad. Y silencio. Dejar al mundo en paz, dejar de opinar, dejar de sentir que la entelequia de las redes sociales necesita mi opinión, mi respuesta, mi like, mi juicio burdo e inmediato.

Que me dejen en paz. Necesito escribir desde ahí, donde no cabe la compañía, hacer el viaje secreto a ese lugar donde solo se puede ir sola.

Vivir para los demás es un trabajo agotador y mal pagado.

Tengo que parar, me digo.

Un movimiento lento, una garra que se estira, un felino que se despereza. Un rumor que nace, un rugido implacable que quiere decir no.

Decir no. No voy. No quiero. No puedo. No tengo ganas. No dar explicaciones. No opinar compulsivamente.

Recuperar el derecho al silencio, al secreto, a la soledad. Acaso sea el único cabal propósito para este año.

Decir no para recuperar el sí que estoy perdiendo.

Qué pasaría

Yo pertenezco a ese sexo, al que debe callarse, al que todos acallan.

Yo pertenezco a ese sexo, al que debe callarse, al que todos acallan. Y que debe tomárselo con cortesía, una vez más, jugar a mantener un perfil bajo, a riesgo de que te borren del mapa. Eso dice Virginie Despentes en su libro Teoría King Kong.

Despentes se pregunta qué pasaría si todo fuera al revés, me lo pregunto yo también.

Empezamos el año con la discusión acalorada sobre un muchacho que decidió ponerse miel en el pene para cicatrizar una lesión. Pobre pendejo, cómo se atreve, por eso luego se burlan de los hombres, por ignorantes, por andar haciendo esas cosas sin ningún fundamento médico o científico. ¿Qué pensará?, ¿que si se pone miel en el pito va a tener orgamos más dulces o que va a engendrar hijos felices? Lo digo por su bien, pobres hombres, que alguien les enseñe a pensar y no arruinarse así el cuerpo, estamos en pleno 2020. O si van a hacer esas pendejadas que no las publiquen, que se lo guarden. Que se callen.

O para retomar escándalos recientes, qué tal la historia del tipo casado con la directora de esa empresa gigante; o sea, sí estuvo mal que lo matara —si es que ella lo mató— pero él la eligió, ¿no?  Si después de que tu esposa te pega con un bate en la cabeza y te abre la cara con un bisturí, tú vuelves con ella es porque eres un pendejo o, porque como dijo el Ministerio Público, tú también dudas de que en realidad te quiera matar. Quizá sólo quería darle una lección y por algo sería, las cosas en pareja son complicadas y siempre son de dos, algo hizo él que la provocó, no creo que el tipo fuera un duraznito en almibar. Por cierto, no se ha comprobado que ella fue la que lo mató cuando la liberaron de los cargos por la primera acusación, ¿eh? Si van a hacer comentarios, que sean basados en lo que la ley decida.

Guarden sus heridas, señoras, porque podrían molestar al torturador. Hay que ser una víctima digna. Es decir, que se sepa callar. La palabra les ha sido siempre confiscada. Peligrosa. Ya lo hemos entendido.

O cuando hacen lo que siempre hacen: seducir con sus barbas bien rasuradas y sus lociones llamativas y sus pantalones ajustados y sus brazos descubiertos usando camisas de manga corta para mostrar los bíceps y los vellos y atraer a las mujeres. Pero cuando por fin las atraen, se hacen los acosados. Les encanta pasar por víctimas cuando bien que querían. Como ese que supuestamente estaba desaparecido pero andaba de copas en un bar a altas horas de la madrugada y, para colmo, acompañado por una mujer. ¿Qué tienen que andar haciendo a esas horas los hombres en la calle?, ¿por qué van a un bar si ya saben lo que puede pasar? Me acuerdo también de aquél otro que ya hasta estaba casado o comprometido y se largó de madrugada con sus amigos y se voló la cabeza en un accidente, ¿qué tenía que andar haciendo un hombre divirtiéndose en la noche si ya estaba comprometido? A la mejor fue su castigo por andar en malos pasos.

O los escritores que se quejan porque las directoras editoriales les hacen propuestas sexuales para publicarlas o los actores que se indignan porque las directoras les piden coger con ellas o los alumnos —ya con mayoría de edad, que señalan a sus profesoras. ¿No se cansan de ser unos llorones? Yo me sentiría halagada, la verdad, de que alguien con poder te elija, pero no se enteran. Luego por eso los dejan, por dramáticos. O porque se ponen panzones, echan unas panzotas horribles, se llenan de arrugas y, ¡argh!, se ponen calvos.

Que en México violan diario a 50 hombres. Que en México cada día 9 hombres son asesinados por sus parejas. Que en México los hombres ganan 30% menos de salario que las mujeres realizando el mismo trabajo. Que en México el 60% de las madres abandonan a sus hijos y los padres tienen que criarlos solos. Que en el mundo sólo 10 de 193 países son gobernados por hombres, el resto lo tienen tomado las mujeres.

Bueno… la cantaleta es infinita. Pues todo eso será por algo.

Si los hombres quieren cambiar sus condiciones haciendo marchas o destrozos, están equivocados. Su violencia sólo generará más violencia. No digo que no tengan derecho a construirse un mundo mejor pero, por favor, que dejen de estar enojados.

Somos nosotras las que debemos sentirnos responsables. De lo que nos sucede, de negarnos a morir, de querer vivir para contarlo. De abrir la boca (…)

Tienes que sentirte culpable de lo que te sucede.

Apegos dulces y feroces


Alberto Alcocer / @beco.mx

“Mi dolor es tan grande que no me atrevo a sentirlo” dice una demoledora línea en la novela Apegos feroces de Vivian Gornick (Sexto Piso, 2019).

La frase la dice la madre de la autora y protagonista del relato, cuando se refiere a la muerte del marido ocurrida décadas atrás.

Lo terrible, pienso yo, es que quien no se atreve a sentir el dolor con toda intensidad tampoco se atreve a sentir el amor o el gozo con plenitud, ni ninguna otra de las emociones de la experiencia humana.

El dilema de Vivian Gornick es el dilema esencial de la psique humana: ¿con qué parte de la identidad de nuestros padres elegimos conectarnos? ¿por qué repetimos patrones de relación o incluso destinos trágicos con una ceguera escalofriante?

Hay un sistema familiar detrás de cada una de nuestras decisiones, un sistema tan poderoso y avasallador que se nos puede ir la vida sin ser capaces de mirar el tiroteo que nuestra familia ha ejecutado delante de nosotros. A veces tampoco podemos ver el manto amoroso con el que nos cubren.

Ser humano es complicado, vincularse y desarrollar una identidad al interior de una familia es delicadísimo.

Vivian tiene una madre rígida, contenida en lo referente a su feminidad y sus emociones, seria, pero responsable y cuidadora, una Hera: esposa ejemplar, mujer intachable. En el panorama de Vivian aparece una vecina que representa otro modelo de mujer, una que podríamos llamar Venus: seductora, deseosa de relacionarse con los hombres y medir el poder de su sensualidad; bella, débil, gozosa, carnal.

La pequeña Vivian intuye que esas mujeres, su madre y la vecina Nettie, le están mostrando dos caminos opuestos a elegir; ser la viuda intachable que no vuelve a permitir en su vida la cercanía de un hombre, o ser la mujer sensual que explora la compañía masculina.

Inevitablemente, leer a Vivian Gornick me hizo pensar en las mujeres que fue mi madre. Crecí escuchando la admiración que sentían por mi madre quienes la rodeaban: una mujer sola que se hacía cargo de ocho hijos y los tenía bien educados (más o menos, digo yo, por bien educados entendamos que podíamos decir “por favor” o “gracias” y que pedíamos permiso antes de entrar a una habitación; nada espectacular). Una mujer, en fin, con características del modelo de la madre de Vivian.

Pero, aquí viene el precioso nudo que pude desentrañar luego de leer la novela: mi madre también era la otra mujer, una Venus seductora y capaz de enamorarse, de portarse mal, de disfrutar.

Hará cosa de un par de semanas que vino a quedarse a mi casa. Mi madre con sus 73 años y sus vivencias a cuestas, con sus carcajadas, con sus historias.

Acurrucada en un sillón contó que cuando tenía siete años, su madre (mi abuela), la mandaba a robar mezcal sorbiendo con la manguera del alambique para luego verter el líquido en una botella que mi abuela vendía y así conseguir dinero para las cosas que necesitaban y que se procuraban a escondidas del esposo de mi abuela, un viejito cabrón que fue padrastro de mi madre y que las tenía a pan y agua en un remoto pueblo michoacano.

Lo platicó divertida con la travesura, enternecida por haber sido cómplice de mi abuela.

Al padre de mi madre lo mataron a tiros cuando ella era una bebé de meses. Luego esa bebé creció y la vida le deparó incontables pérdidas: el asesinato de su hermano, la muerte de un hijo, el doloroso accidente de una hija, una brutal separación de mi padre.

Luego la vida fue componiéndose poco a poco y mi madre eligió apegarse a la esperanza. Tremenda elección. Lo escribo y tiemblo, soy consciente del invaluable regalo que vino para mí con la decisión vital de mi madre.

El frío arreció en el sillón junto a la ventana de mi casa, le ofrecí una cobija, se aferró a su taza humeante de té jazmín. Entonces habló de cuando se robaba un puñito de dulces envueltos en papel celofán y los escondía en sus calzones porque no tenía más. Era una niña. No se justifica, no se compadece, se ríe, elige el apego dulce.

Sé, sin embargo, que la tragedia de su vida vino cuando se incendió de dolor con el accidente de mi hermana y sus quemaduras de tercer grado. Una parte del corazón de mi madre también se fundió en ese accidente, aún así la otra parte empujó con vitalidad de bestia indomable.

Hoy es 20 de diciembre, hace tres años que vi por primera y última vez a mi padre, murió poco después. Ese día mi madre me hizo un regalo, me acompañó a visitarlo. Estuvo presente y así me dio una visión, una imagen: pude mirarlos juntos y entender de dónde vengo, atisbar el origen de mis apegos dulces y feroces.

Integración, se llama el milagro que ocurre cuando reunimos nuestros pedazos de identidad. O así dicen en psicología. Quién sabe. Lo que sí sé es que ese día supe que mi madre no me ponía ante la disyuntiva de los dos caminos sino que me daba permiso de transitarlos ambos a mi antojo.

Mi madre se ha atrevido a sentirlo todo, ha viajado conmigo al infierno y me ha llevado de la mano a incontables paraísos. Con los años se ha convertido en narradora de la dulzura, siempre elige recrear los mejores pasajes: cuando se enamoró de don Rogelio, cuando probó por primera vez los merengues, cuando por fin la sacaron del colegio de monjas maltratadoras y pudo respirar libremente.

A veces, negarse a sentir el dolor, es negarse también a sentir la plenitud del gozo.

Voy por un dulce a la cocina que, por Fortuna, tengo permiso para disfrutar.

@AlmaDeliaMC

Desvida

Alberto Alcocer / @beco.mx

Un hilo largo y dorado me atraviesa cuando pienso en aquellos días.

Supongo que es el hilo de la nostalgia.

Ella era una party girl. Yo una sensata, controlada y siempre contenida chica que había aprendido muy bien la sentencia de no cometas el error de tu vida, no dejes la universidad, no te embaraces, no la cagues.

Teníamos veintiún años y una juventud insoportable.

Vivíamos juntas y compartíamos el alquiler, los libros, la caja de galletas y el litro de leche que constituía nuestro alimento diario con una alegría que sé que nunca volveré a vivir en medio de la escasez, porque entonces la escasez estaba llena de posibilidades. No como ahora que ya cumplí los cuarenta y además de sensata, soy una adulta sin retorno refugiada en la trinchera de la clase media con seguro de gastos médicos y todos los demás accesorios del paquete.

Desde luego ella se divirtió más que yo, y aunque nuestro mundo era el mismo, también era esencialmente distinto. Por cada tímido intento amoroso y siempre cocinado a fuego lento que yo emprendía, ella contaba dos o hasta cuatro a la vez.

Se le humectaban los ojos, la piel se le ponía aceitada, se le esponjaba el pelo y no he vuelto a ver esa sonrisa de conquistadora y amorosa empedernida en ninguna chica.

Esos eran los signos que reconocía en ella cuando la veía entrar radiante a nuestro minúsculo departamento mientras yo llevaba tres horas entumecida en el sillón leyendo “1984” de Orwell o “La condición humana” de Malraux tratando de entender frases que me resultaban crípticas pero que anhelaba formaran parte de mí para tener un pensamiento contestatario, complejo y escurridizo que los demás admiraran. –Aquí me río de mí misma con un poquito de ternura y no tan poquito de vergüenza, sólo diré en mi descargo que la juventud es la droga más idiotizante de cuantas existen.

Ella también leía a Orwell y a Malraux pero lo hacía entre los brazos de algún enamorado que le habría recitado el mismísimo Capital completo y sin trastabillar sólo para pasar las horas a su lado.

Se divirtió más que yo.

Y mientras sus historias prosperaban y sus amores se desgranaban atravesando a velocidades inauditas todos los ciclos de la pareja: elección, fusión, escisión, desencanto, separación, mini duelo y vuelta a empezar; los míos eran sólo intentos, asignaturas pendientes, coqueteos nunca concluidos.

Me topé con uno de esos intentos en el metro hace poco, lo vi en el otro extremo del vagón leyendo con una concentración monacal que sólo alteraba para empujar la montura de sus lentes de vez en cuando. Reconocí su rostro, no ha cambiado demasiado.

Me hubiera gustado acercarme, saludarlo, preguntarle si tiene hijos, a qué se dedica y hablar de aquel tiempo simplemente para levantar una fogata en torno a la nostalgia y sentir ese fuego agradable y cálido del pasado. Me hubiera gustado preguntarle si, por casualidad, sabía algo de ella.

Pero sigo siendo la chica sensata, no la party girl.

Bajé antes que él y caminé por el andén sintiendo que me sacudía por dentro. No tenía que ver con él en absoluto, ni siquiera me gustaba tanto y escribía unas notas de amor que daban urticaria de tan mal redactadas.

No, no temblaba por él.

Me sacudió el ramalazo de eso que de unos años para acá empiezo a llamar Desvida en honor al cuento Deshoras de Cortázar y que tan magistralmente resume las posibilidades nonatas de la existencia.

Desvida. Aquello que ya no viví, todas las incógnitas no despejadas.

Me gusta mi vida hoy, sostengo mis elecciones actuales bajo fuego. No cambio nada. Pero no dejo de preguntarme qué será de ella y qué sería de mí si hubiera sido una chica un poco menos sensata.

@AlmaDeliaMC

Palabrotas

Foto tomada de Pixabay

Dice la Real Academia de la Lengua Española:

Palabrota: Dicho ofensivo, indecente, grosero.

Grosería: 1) Descortesía, falta de atención y respeto. 2) Tosquedad, falta de finura y primor en el trabajo de manos. 3) Rusticidad, ignorancia.

Digo yo, basada en mi real gana.

Palabrota: palabra muy larga compuesta por muchos caracteres, por ejemplo, desoxirribonucleico o desproporcionadamente.

Grosería: estandarte del territorio libre y catártico de nosotros los prófugos de las absurdas buenas maneras, del eso no se dice, de la tía regañona, del colegio de monjas, de la maestra pellizcona, del papá autoritario, de la madre cabrona. Por ejemplo: pinches, pendejos, culeros todos ellos.

Me preocupa sobremanera, queridos lectores, darme cuenta de que, a estas edades, siendo semejantes adultos con nuestras gónadas plenamente desarrolladas —y en algunos casos en franco declive— sigamos bajo el yugo de comportamientos inducidos a punta de cintarazos, encierros, castigos y silencios distantes. Es que no podemos seguir como niños sufrientes delante del plato de sopa que no queríamos tomarnos, sometidos al insoportable relamido de pelo detrás de las orejas o temblando como gorrioncillos ante la idea del castigo divino. Pos qué es eso, repitan conmigo: soy adulto y si me da mi rechingada gana puedo decir todas las groserías que quiera. Otra vez, con más convicción. Otra, con mala sangre. Eso, muy bien.

Me mata de ternura leer y escuchar expresiones del tipo: “pinqui, cañón, verch, verdolaga”. Se dice pinche, cabrón y verga. Por lo menos en México, estoy consciente de que, bendita diversidad, el tema es vasto en el mundo hispanoparlante y que en Sudamérica o en España tienen sus propias y maravillosas joyas.

Porque si el culo se llama culo por más feo que suene, la verga ídem.

Ya, tranquilos, respiren, sí lo dije. Sí soy yo diciendo todas esas vulgaridades.

¿Que no debería un escritor decir tales barbaridades? Se equivocan. El lenguaje es pasión y poesía pero también herramienta. Estaría muy jodida, en el hoyo y cavando si yo misma me limitara o reprimiera. A ver díganle a un pintor que no use un color determinado porque es de mal gusto o a un bailarín que no haga tal movimiento porque es desagradable.  A que no.

¿Que no dicen groserías porque tienen hijos? Ternuritas, cositas lindas y encantadoras. Permítanme que los espabile y los pervierta un poco: sus hijos se saben más palabrotas de las que podríamos imaginar. Y todas son más soeces y perturbadoras de lo que nosotros “los adultos” concebimos.

Un buen día me puse a jugar con mi sobrina de dieciséis años a decir groserías en orden alfabético. Es que el trayecto era largo y nos dirigíamos, sin muchas ganas, a una reunión familiar.

Madre mía. Me quedé sin aliento la mitad de las veces: cada vez que era su turno. Dijo tantas y tales cosas que pasé tres noches sin poder dormir nomás de acordarme. Le pregunté si sus primos (casi diez años menores que ella) conocían todo ese bagaje científico y me contestó que ellos le habían enseñado gran parte su abundante glosario de términos.

Por supuesto que no les dije nada a mis hermanas, las madres de las criaturitas en cuestión. Soy todo menos una traidora de la hormona adolescente. Una tiene sus lealtades muy definidas.

En varias de mis columnas me han escrito varias veces reprendiéndome por decir malas palabras. Sé que hay quienes no lo toleran, ya han dejado comentarios vaticinándome una vida terrible por ser tan grosera pero hoy estoy muy pinche insoportable y una vez más les diré que se equivocan: la vida no tiene prejuicios, ni si quiera con las palabras.

Es más, casi me atrevo a concluir lo contrario: desobedecer es bueno. No hay mito fundacional que no pase por la historia de algún desobediente que le pintó huevos y mandó a chingar a su madre a los dioses, al destino y, desde luego, a los buenos modales. Por algo será.

@AlmaDeliaMC

Conjuro: respira, renuncia, revienta

Alberto Alcocer / @beco.mx

Conocí a Vanessa cuando ella tenía cuatro años. Era mi vecina, cuando ocurrió lo que voy a contar, ella ya había cumplido once. Desde el primer día la bauticé la Bigotes y es que tiene unos bigotes memorables. Estaba sentadita en las escaleras del edificio llorando con estertores, mocos y todo. Le pregunté qué le pasaba y me contó que su hermana mayor nunca quería jugar con ella. Le ofrecí un dulce y de inmediato le brillaron los ojos, levantó la cara marcada con surcos espesos de lágrimas y me acompañó a mi departamento. Ese día nos hicimos amigas.

Pero nuestro pacto de amistad quedó realmente sellado la tarde que se me cayeron las llaves del auto, ya las daba por perdidas cuando sonó mi timbre y la vi por la mirilla parada de puntitas con mis llaves en la mano y su carita de mejillas redondas resplandeciente.

Desde entonces y durante algunos años sostuvimos un intercambio inalterable cada vez que nos encontrábamos: ella me decía gracias por los dulces y yo le respondía gracias por las llaves. Pero luego todo cambió y cambió para siempre.

Una tarde bajé a tirar la basura a los contenedores generales y a mi regreso la encontré llorando, esta vez silenciosamente, sentada en un columpio de las áreas comunes. Con actitud de encontradiza me senté en el columpio junto a ella. No era la misma chiquita que había conocido siete años antes: ahora era una niña con sobrepeso y esos bigotes en un rostro que está a punto de mutar por la adolescencia, son todo menos motivo de gracia, los ojos brillaban igual —eso sin duda— y la redondez de su carita amable era para desbaratar a una legión de gladiadores entera.

Me atreví a preguntarle por qué lloras. Silencio. Fingí desinterés y empecé a columpiarme como si ella no estuviera ahí.

¿Por qué no estás en tu casa?, me preguntó después de un rato. Porque no quiero, respondí, ¿y tú?

Porque están mis primos, mis tíos y mis papás planeando la fiesta de quince años de mi hermana. Silencio. Y luego un llanto amargo, doloroso. A sus once años.

— ¿Quieres un dulce?

—Ya no como dulces, estoy gorda. Y fea. No me hables.

Me sacudió su respuesta directa y sin concesiones. Me quedé de una pieza, sin saber qué hacer o qué decir. Sintiéndome torpe y triste y con ganas de decirle todo lo que a mí nunca me dijeron.

Quise ser su Hécate, su no bonita, su no arquetipo angelical y bello, hablarle de los poderes mágicos que provienen de lo horrible. Quise repetir el coro de las brujas de Macbeth cantando sólo para ella. Decirle que lo hermoso es feo y lo feo es hermoso.

Hubierla querido hablarle de lo que será realmente importante cuando crezca.

Decirle importarán tus vivos y tus muertos, Vanessa. Tus propias muertes incesantes. Pero lo comprenderás tarde.

Así que alégrate de ser fea. Déjate los kilos, los bigotes y el vello en las piernas. Déjate también el brillo en los ojos, los cachetes de lactante, la dulzura en el rostro. Déjate a la única tú que podrá ponerte a salvo cuando el mundo se rompa bajo de tus pies. Porque se va a romper, y si tienes suerte, varias veces. Igual que se abrirá en mil grietas debajo de los pies de tu hermana alta, esbelta y deseada.

Y rompe, rasga, renace, respira, renuncia, revienta. Porque lo hermoso es feo y lo feo es hermoso.

No importa que no encajes en el canon de belleza: igual te van a destrozar el corazón, igual te vas a enamorar estúpidamente de alguno o alguna que habrá de ignorarte o se quedará dormido cuando tú le digas temblando, después de hacer el amor, cuánto le amas. Y no importará si tienes vientre plano o una panza redonda. No importará si eres talla cero o talla nueve. Será absolutamente irrelevante si llevas el atuendo monocromático más matador de la oficina o no tienes puta idea de cómo combinar unos jeans para verte elegante.

Y reza, ríe, rumora que lo hermoso es feo y lo feo es hermoso.

Y que tus ganas de vivir sean implacables porque el mundo será implacable, eso te lo firmo con sangre.

Porque el paraíso y el infierno pueden vivir en el alma de tu cuerpo o en el cuerpo de tu alma. Te recomiendo que elijas el alma. De cualquier manera te va a llevar la chingada pero será una chingada honda, rica, transformadora; la otra sólo puede agotarte hasta la locura, hasta que tu animal te abandone por cansancio. No dejes nunca que tu animal muera de hambre.

Y repta, rasca, ruge, rumia por lo feo y lo hermoso.

Escucharás a las hadas de la tiranía Flora, Fauna y Primavera decir que te dan los dones de la gracia, la belleza y la bondad. Ignóralas. Y haz exactamente lo que te dé la gana.

Verás cada día de tu vida cientos de imágenes de mujeres irreales, inalcanzables, con cutis de adolescente a los cincuenta años y piernas infinitas, cinturas estrechísimas, ridículas, insanas, famélicas, falsas, anémicas, las más bonitas, depiladas, hidratadas, larguiflacas y digitalretocadas de la pantalla. El espejito-espejito les responderá siempre a ellas que son las más bellas del reino. Y esa será su condena y un día su reino las dejará sin reina. Pero tú no le preguntes al espejo: escúpelo, sacúdelo, estréllalo.

Y hazte natural en la tierra de lo feo, porque es una tierra libre, autónoma, independiente, soberana. Fea como se te antoje, como te toque, como te dé la gana.

Fea con cabellera de raíces grasas y puntas secas, fea de piel con imperfecciones, fea de caderas anchas y nalgas planas, fea con bigotes, fea como bruja fea. Que te llamen bruja de vestido libre, de cuerpo y carnes reales. Bruja eros, mujer viva. Y come, bebe, fuma, besa, lame, devora todo lo que el mundo ponga en tu boca. Cómete al mundo tres veces al día todos los días de tu vida.

Y resuena, repite, regurgita, relame fea tus hermosos bigotes.

Andarás delante de las miradas masculinas sintiendo que son sables, dagas. Pero tú busca un buen amante, uno solo que redima tu cuerpo, que se pierda en tus carnes blandas, húmedas, reales, resbalosas, uno que se encuentre con tu jugo y sepa libarlo. Encuentra un buen amante y habrás salvado tu cuerpo de todos esos juicios aunque lo comprendas tarde, aunque cada tanto regrese el vacío o las inseguridades.

Y rasguña, resuella, revuélcate, roza, retoza, regocíjate con el hombre hermoso y con el hombre feo.

Sentí ganas de llorar delante de mi propia fantasía libre de sometimientos. Por supuesto que no dije nada. Quise abrazarla pero no pude, ella estaba seria, enojada, con la cara enrojecida. Se levantó del columpio de un salto y echó a caminar, unos pasos adelante se detuvo y me miró, le dije gracias por las llaves.

No me dijo gracias por los dulces.

Entré a mi casa, busqué mi ejemplar de tragedias de Shakespeare, empecé a leer Macbeth por enésima vez en mi vida:

Acto I. Escena I. Un lugar desierto. Entran tres brujas.

Y  mis tres brujas dicen: respira, renuncia, revienta.

@AlmaDeliaMC

Inventario del cuerpo o vivir a muerte

«Mientras haces cualquier cosa, alguien está muriendo»

-Roberto Juarroz
Imagen tomada de Pixabay

Siempre he creído que el cuerpo es un milagro.

Pero también —y sobre todo— un mapa del alma. Un mapa de lo que está más adentro del adentro, más allá de las orillas de la piel. ¿Cómo podrían la carne y los huesos vivir escindidos de nuestras emociones?

No me voy a poner densa con la teoría de que el cuerpo es puro reflejo de nuestra psicología y que las enfermedades son todas psico-somáticas pero sería absurdo pensar que el cuerpo es un ente aparte de lo que sentimos, tememos y deseamos. Yo digo. O al menos me lo digo a mí misma.

Me cuesta escuchar el dolor porque soy muy terca. Porque aprendí antes de aprender a escribir que rendirse era cometer un pecado capital, una acción fatal. Así que soy de esas insufribles personas que no se rinden y no se detienen aunque lleven arrastrando una lesión, una fiebre, una lumbalgia, una hipoglucemia o lo que toque.

Qué mal, me digo siempre pero no cambio. Quién sabe si algún día lo haga, lo más probable es que no. Hay una bellísima sentencia de García Márquez en El amor en los tiempos del cólera que dice que somos cada vez más nuestras manías. Pues sí, mejor agarrarles cariño porque son compañeras inseparables.

Necia. Tonta. Terca. Empecinada. Ha de ganar mi gallo aunque sea gallina, ¿o cómo era?

Me enteré de la muerte de la amiga de una amiga. Una chica de treinta y cinco años a la que le dio un infarto fulminante.

Me quedé sin sangre por unos segundos cuando escuché a mi amiga en el teléfono.

Treinta y cinco años. Algo de la muerte resuena siempre en quienes la contemplamos o la escuchamos porque nos implica irremediablemente. La muerte tan teatral, tan simbólicamente dolorosa.

Ella que no le decía no a ninguna fiesta tuvo un funeral casi masivo, me dijo mi amiga.

Treinta y cinco años.

Y alerta, la palabra se asoma en mi interior instintivamente.

La muerte es una posibilidad constante, una realidad latente. Puede ocurrirle a cualquiera. Sí, lo sabemos bien pero lo ignoramos mejor. Paradojas de nuestra especie.

En el funeral estaba otro amigo común cuya esposa murió hace un par de meses al dar a luz, también murió el bebé.

Veintinueve años ella, cero años él.

Alerta, vuelvo a concebir la palabra dentro mío. Pero esta vez la palabra se alarga, le salen patitas, antenas, me mira perpleja, como animalito recién nacido.

Recibí la llamada de mi amiga apenas regresaba de una microcirugía en la planta del pie izquierdo porque tuvieron que remover un fibroma que se formó gracias a mi terquedad, a mi no voy a dejar de correr porque correr me gusta y a ver cómo le haces.

El médico resultó ser un tipo de lo más ágil, inteligente, simpático, noté algo en sus manos: ¿con qué te quemaste?

Gasolina, me dijo, me quemé a los quince años, también tengo el torso y los brazos llenos de cicatrices.

La habilidad de sus manos me impresionó, a él le impresionó que yo notara sus quemaduras y que le preguntara por ellas con tal desparpajo.

Le conté que mi hermana mayor se quemó con una estufa de petróleo cuando era muy pequeña, le resumí la historia, el talante indescriptible de mi hermana quien ahora trabaja de voluntaria en una fundación para atender a niños quemados. Algunos sobreviven, otros no.

Cero años, un año, dos años. Ellos. A, B, C.

Ah, ya tiene sentido, me dijo, estás familiarizada con esto.

Entonces hablamos del dolor pero muertos de la risa.

Yo me desgarraba por dentro pero no de sufrimiento, creo que de ternura, de algo que no sé cómo se llama pero que arde en mi interior cuando conecto con un desconocido de un modo así, sin filtros. Algo que arde, una llama.

Cuando la aguja entró en la planta de mi pie grité y me reí al mismo tiempo, él también.

Es la vida, pensé, una aguja que nos atraviesa y rompe los tejidos para hacerse de un lugar donde encuentre espacio. Y Alerta empezó a tocar mis bordes para salir de mí ya con largas piernas, enormes e insolentes ojos y antenas súper poderosas.

Mientras el médico busca entre sus frascos pienso en mi última visita a la ginecóloga que me ha dicho que tengo la piel del útero en eversión, “volteada para afuera”, que tengo el tejido de dentro por fuera como toda yo que vivo con el interior expuesto. Casi me hace gracia.

Y es que eso me pinta entera porque soy así, evertida. Suele ser insoportable, agotador para mí, muy incómodo para quienes me rodean, nada poético. Pero así soy: se me salen las lágrimas y las emociones feas o bonitas a la menor provocación. Qué pesadilla.

Amagar el cuerpo, única arma para la vida. De eso se trata, pienso, y de entrañar a nuestros muertos.

Aprende a rendirte, me digo. Rendirse es bueno para que tu cuerpo, rindiéndose de vez en cuando, te rinda más. Paradojas, bromas del tiempo finito e infinito. Sí, Einstein, el tiempo es relativo. Y el cuerpo es preciso.

Está bien dejar que el organismo hable y aprender a traducirlo en el personalísimo lenguaje de cada uno. Eso creo. Eso me digo. A ver si lo aprendo.

Me despido del cirujano y a los dos nos brilla la cara de complicidad.

Camino apoyándome en el pie derecho, saltando ‘de a cojito’ hacia el estacionamiento, me río, me río fuerte aunque voy sola y seguramente parezco loca ante los pocos que me miran porque ya empezó no sé qué partido de fútbol y todos corren a buscar una pantalla.

Mi amiga y yo tenemos un pacto: no nos permitiremos olvidar que la muerte es una probabilidad constante.

Ah, Alerta se instaló a vivir conmigo, supongo que se quedará de paracaidista, de ocupa, de a ver cómo le haces pero no me voy. Anotaré la fecha para recordarlo, para ver si después hacemos la cuenta de pérdidas y ganancias.

@AlmaDeliaMC

Yo soy la muerte pura

Alma Delia Murillo por el fotógrafo Jonathan Klip para el libro «Entre catrinas»

La Catrina de luto se viste

es duelo de amor yo lo sé

y para que le cante El Triste

se llevó a mi José José.

Ay, parca, no seas jodona

cómo no te da vergüenza,

mejor ven por el tal Arjona

y líbranos de esa bajeza.

Yo soy la Muerte pura,

soy la Muerte que libera.

Soy el vaso que se apura

y de frente se celebra.

Ya resulta que sabes rimar

quita esa carita de niña,

mejor ponte a confesar

qué hiciste con Celso Piña.

No soy quien dispara balas

entre capos y malos gobiernos,

yo no ataco por las malas

ni inventé sus humanos infiernos.

La Catrina inquieta se levanta

escucha un llamado a la ira,

parecen voces que cantan,

son mujeres lo que mira.

Ay de ustedes, ay de mí.

Cuántas muertas, ay mis hijas,

desde el Ángel hasta aquí

y tú en daños menores te fijas.

Quería hablarte de Toledo

pero me rindo a razones caras,

porque en medio de este enredo

sólo tú tienes las cosas claras.

Ni cuatrotés, ni mesías

ni séquitos de alabanza,

que si igualdad ansías

la flaca es toda esperanza.

Nunca cambies

Alberto Alcocer / @beco.mx

Me puse a limpiar el cajón de los tiliches porque soy una procrastinadora profesional.

Comprimo el tiempo que debo destinar para ponerme a hacer lo que tengo que hacer hasta encañonarme bajo la amenaza del contrarreloj, así soy. Primero doy vueltas alrededor de mis dudas, sobre todo cuando las dudas son vitales.

Entonces salgo a correr, hago llamadas, contesto correos importantes o insulsos; navego como la más idiota de las idiotas en las redes sociales. Voy a la cocina una y otra vez para servirme un café o para abrir la puerta del refrigerador aunque no coma nada.

Mis dudas no hacen más que germinar hasta que les brotan florecitas feas y silvestres con cara de signo de interrogación. Y con espinas en el tallo porque necesitan tener alguna posibilidad de defensa en su hábitat agreste, que soy yo.

Y es que son dudas importantes, no es cualquier cosa renunciar a las certezas, al camino conocido, salirse del estándar; empeñarse en dominar a la culpa hasta que aprenda a saludar, a respetar mi plato de comida, a quedarse callada cuando sus ladridos son sólo por berrinche, hasta que aprenda quién manda aquí.

Luego de hacer todo eso, incluyendo lo de arreglar los estantes, por fin me dispongo a escribir.

Pero algo me distrae, en el cajón mágico –que ya no de los tiliches- un cuaderno forrado con papel lustre color violeta me guiña el ojo.

Uf. Qué viaje.

Es un cuaderno del año 1993, cuando salí de la secundaria.

Un cuaderno de hace más de veinte años.

Lo abro, me encuentro con las notas que escribieron mis compañeros de generación el último día del ciclo escolar.

Cómo golpea el tiempo cuando se presenta así, es como una ráfaga de viento pero no fresco sino caliente, quemante, de un viento casi sólido que nos empuja a voluntad.

Uno a uno de los textos se van deshojando frente a mí.

Uno a uno me proyectan como en tercera dimensión los rostros de mis compañeros de clase; sus caritas de cachorros, de adolescentes asombrados, de seres humanos inacabados, atenazados por el miedo al futuro.

Éramos alrededor de veinticinco alumnos por grupo en aquel entonces.

Veinticinco incertidumbres. Veinticinco futuros desconocidos, veinticinco ambiciones discretas o grandilocuentes, veinticinco signos de interrogación como mis florecitas rústicas.

Y todos los escritos, antes o después, con errores ortográficos o sin ellos, apuntan hacia la misma petición: nunca cambies.

Lo siento. Sí cambié, y mucho. Sí he cambiado y seguiré haciéndolo.

Intenté más de una carrera universitaria. Hoy no ejerzo ninguna. Intenté ser actriz, lo dejé.

Intenté el crecimiento ejecutivo en el mundo empresarial.

Intenté un casi matrimonio.

Intenté la yoga, montones de dietas, intenté convertirme en bailarina de flamenco, intenté vivir en el norte y el sur, intenté fumar y dejar de fumar. Intenté vivir en la selva. Intenté ser mejor persona y me rendí ante el despropósito.

Intenté el amor, lo sigo intentando.

No intenté ser madre, no todavía.

Intento escribir, lo seguiré intentando.

Me creció el pelo y me lo corté, ad náuseam. Lo pinté de azul y de rojo. Me puse extensiones, me las quité. Me salieron seis canas que parecen de plástico y se ven feas, tiesas, indomables. No intentaré teñirlas.

Y con cada uno de esos cambios vinieron las pérdidas. Pero también las ganancias.

He perdido amigos, parejas, coordenadas de identidad en las que ya no me definía, he perdido dinero y peso, también lo he ganado. He perdido la calma, la he recuperado. Han llegado nuevos amigos, nuevos amores, nuevos mapas para trazar la identidad.

Aquel ‘nunca cambies’ que yo también escribí en los cuadernos de ellos entrañaba el terror que nos dictaba un mandamiento espeluznante: no te transformes, no crezcas. Congélate.

Y a pesar de tanto camino andado y desandado todavía soy una adolescente de secundaria, aún hoy pretendo que durante los cambios de ciclo aquellos a los que amo se muevan junto conmigo y se mantengan no sólo cerquita de mí sino contenidos en el mismo encuadre de pertenencia por identificación. Pues no, ni cómo.

Es que duele desprenderse del muégano, duele por la soledad inmediata que se hace presente. Aterra porque un cuadrito de harina inflada recubierto de caramelo es mucho menos seductor que el muégano completo.

Cuando los demás se casan y tú no, cuando los demás tienen hijos y tú no, cuando los demás permanecen con su pareja de quince años y tú no, cuando los demás se interesan en cosas en las que tú no, la brecha se presenta y crece inevitablemente.

Esa expresión que a veces emitimos, no sin cierto resentimiento sutil, dice infinitamente más de lo que dice. “X ha cambiado mucho”.

Probablemente cuando señalamos al que ha cambiado, apuntamos hacia nuestra quietud, señalamos nuestra resistencia a desbaratar el molde de un yo anquilosado que se ha ido quedando chato y rígido.

Guardo el cuaderno violeta y siento una enorme nostalgia pero al mismo tiempo una profunda gratitud. Cuánto he cambiado, cuánto seguiré cambiando.

Ahora sí, me pongo a escribir.

@AlmaDeliaMC

José José pide un aplauso para el amor

Imagen tomada de Pinterest

Vamos a decirnos la verdad, todos hemos vociferado las desgarradoras piezas de nuestro Príncipe de la canción en alguna borrachera.

Y es que José José es como el enamoramiento: una manifestación del espíritu, un estado de ánimo que nos arrebata.

Antes de seguir, me veo en la obligación moral de aclarar que escribo este texto en calidad de fan absoluta de este enorme cantante.  Así que ruego que sepan perdonarme si cometo excesos en mis manifestaciones de adoración pero qué le voy a hacer si una no es lo que quiere, sino lo que puede ser. Y yo soy intensa.

Sin importar si somos tormenta, tornado o volcán apagado, los que amamos con totalidad kamikaze necesitamos profetas elegidos, voceros del desgarre que nos representen. Para nuestra pinche buena suerte en México tenemos más de uno, empezando por José Alfredo Jiménez, pasando por Juan Gabriel y, desde luego, contamos con el inigualable José José.

Y es que, amigos, hay que ver cómo es el amor, que a la hora de buscar la descongestión del alma por una querencia atorada, vale lo mismo recurrir a Leonard Cohen que a nuestro crooner a la mexicana, cómo carajos no. Porque no podemos negar que el mensaje de fondo de las canciones de este par es el mismo: There ain’t no cure for love, para el amor no hay cura. Si podremos dar fe quienes hemos rodado de acá para allá siendo de todo y sin medida.

Ya sabemos que todo pasa y a los sufrimientos, como a las palabras, se las lleva el viento, pero mientras estamos presos de la cárcel de unos besos o sintiéndonos apenas un ínfimo peldaño de la escalera emocional de otro, hace falta que encontremos el modo de saborear nuestro dolor y ahí es donde José José se vuelve indispensable.

Lo maravilloso de las letras de sus canciones —mérito de autores como Manuel Alejandro y el propio Juan Gabriel— es que pasan por todas las fases de la aventura amorosa: desde la infatuación de quien declara “tengo en la vida por quién vivir, amo y me aman”, hasta el desencanto “déjame encender la luz, no quiero nada”, para regresar, oh insensatos, a las ganas desesperadas de volver a enamorarnos “Amor, amor, si me escuchas y me puedes ver: no me cierres tu guarida, llena un poco de mi vida”

Este maestro que nos enseñó figuras literarias como la comparación entre “amar y querer” y razonamientos filosóficos como el silogismo “lo que un día fue, no será”; merece toda nuestra gratitud, reconocimiento y buena vibra porque nunca nos ha dejado solos, confundidos ni olvidados ofreciéndonos la balada perfecta para cada ocasión.

José José es intergeneracional y atemporal justamente porque el amor y el desamor son transversales.

Ya sé que habrá quienes encuentren demasiado popular este refugio pero, compañeros, el amor es un animal babeante y con garras al que le importa un rábano si para sobrevivir a él repetimos salmodias divinas o los versos de nuestro Príncipe en un bar con piano y hasta pista de karaoke. Hay que ser fruncidos del alma para pensar que la bestia de la pasión distingue entre la elaboración del dolor sofisticada y la común.

Recuerdo que cuando era niña encontraba insoportable el momento José José de las fiestas y no me explicaba por qué los adultos destartalados que quedaban al final de las reuniones, parecían tan conmovidos y se mostraban insaciables en su compulsión de cantar una canción tras otra.

Pero porque el tiempo tiene grietas como grietas tiene el alma, me hice adulta igual de destartalada y rijosa que aquellos que se desarmaban con tres tequilas y una canción sobre la mesa. No hace mucho descubrí a mis sobrinos adolescentes escuchándolo.

Por eso digo que el fenómeno es intergeneracional y sé que mientras la nave del olvido no parta, nos entregaremos sin pudor a la música del Príncipe en las juergas mexicanas.

También por eso estoy convencida de que nuestro José José no es ni gavilán ni paloma, sino Ave Fénix, esa que renace de sus cenizas. Y así como él pidió un aplauso para el amor, yo pido un aplauso para él, que bien ganado lo tiene en este mundo y en el otro.

*Texto originalmente publicado en https://www.univision.com/famosos/jose-jose-pidio-un-aplauso-para-el-amor-pero-hoy-solo-aplaudimos-a-el-principe-de-la-cancion

@AlmaDeliaMC