Nunca cambies

Alberto Alcocer / @beco.mx

Me puse a limpiar el cajón de los tiliches porque soy una procrastinadora profesional.

Comprimo el tiempo que debo destinar para ponerme a hacer lo que tengo que hacer hasta encañonarme bajo la amenaza del contrarreloj, así soy. Primero doy vueltas alrededor de mis dudas, sobre todo cuando las dudas son vitales.

Entonces salgo a correr, hago llamadas, contesto correos importantes o insulsos; navego como la más idiota de las idiotas en las redes sociales. Voy a la cocina una y otra vez para servirme un café o para abrir la puerta del refrigerador aunque no coma nada.

Mis dudas no hacen más que germinar hasta que les brotan florecitas feas y silvestres con cara de signo de interrogación. Y con espinas en el tallo porque necesitan tener alguna posibilidad de defensa en su hábitat agreste, que soy yo.

Y es que son dudas importantes, no es cualquier cosa renunciar a las certezas, al camino conocido, salirse del estándar; empeñarse en dominar a la culpa hasta que aprenda a saludar, a respetar mi plato de comida, a quedarse callada cuando sus ladridos son sólo por berrinche, hasta que aprenda quién manda aquí.

Luego de hacer todo eso, incluyendo lo de arreglar los estantes, por fin me dispongo a escribir.

Pero algo me distrae, en el cajón mágico –que ya no de los tiliches- un cuaderno forrado con papel lustre color violeta me guiña el ojo.

Uf. Qué viaje.

Es un cuaderno del año 1993, cuando salí de la secundaria.

Un cuaderno de hace más de veinte años.

Lo abro, me encuentro con las notas que escribieron mis compañeros de generación el último día del ciclo escolar.

Cómo golpea el tiempo cuando se presenta así, es como una ráfaga de viento pero no fresco sino caliente, quemante, de un viento casi sólido que nos empuja a voluntad.

Uno a uno de los textos se van deshojando frente a mí.

Uno a uno me proyectan como en tercera dimensión los rostros de mis compañeros de clase; sus caritas de cachorros, de adolescentes asombrados, de seres humanos inacabados, atenazados por el miedo al futuro.

Éramos alrededor de veinticinco alumnos por grupo en aquel entonces.

Veinticinco incertidumbres. Veinticinco futuros desconocidos, veinticinco ambiciones discretas o grandilocuentes, veinticinco signos de interrogación como mis florecitas rústicas.

Y todos los escritos, antes o después, con errores ortográficos o sin ellos, apuntan hacia la misma petición: nunca cambies.

Lo siento. Sí cambié, y mucho. Sí he cambiado y seguiré haciéndolo.

Intenté más de una carrera universitaria. Hoy no ejerzo ninguna. Intenté ser actriz, lo dejé.

Intenté el crecimiento ejecutivo en el mundo empresarial.

Intenté un casi matrimonio.

Intenté la yoga, montones de dietas, intenté convertirme en bailarina de flamenco, intenté vivir en el norte y el sur, intenté fumar y dejar de fumar. Intenté vivir en la selva. Intenté ser mejor persona y me rendí ante el despropósito.

Intenté el amor, lo sigo intentando.

No intenté ser madre, no todavía.

Intento escribir, lo seguiré intentando.

Me creció el pelo y me lo corté, ad náuseam. Lo pinté de azul y de rojo. Me puse extensiones, me las quité. Me salieron seis canas que parecen de plástico y se ven feas, tiesas, indomables. No intentaré teñirlas.

Y con cada uno de esos cambios vinieron las pérdidas. Pero también las ganancias.

He perdido amigos, parejas, coordenadas de identidad en las que ya no me definía, he perdido dinero y peso, también lo he ganado. He perdido la calma, la he recuperado. Han llegado nuevos amigos, nuevos amores, nuevos mapas para trazar la identidad.

Aquel ‘nunca cambies’ que yo también escribí en los cuadernos de ellos entrañaba el terror que nos dictaba un mandamiento espeluznante: no te transformes, no crezcas. Congélate.

Y a pesar de tanto camino andado y desandado todavía soy una adolescente de secundaria, aún hoy pretendo que durante los cambios de ciclo aquellos a los que amo se muevan junto conmigo y se mantengan no sólo cerquita de mí sino contenidos en el mismo encuadre de pertenencia por identificación. Pues no, ni cómo.

Es que duele desprenderse del muégano, duele por la soledad inmediata que se hace presente. Aterra porque un cuadrito de harina inflada recubierto de caramelo es mucho menos seductor que el muégano completo.

Cuando los demás se casan y tú no, cuando los demás tienen hijos y tú no, cuando los demás permanecen con su pareja de quince años y tú no, cuando los demás se interesan en cosas en las que tú no, la brecha se presenta y crece inevitablemente.

Esa expresión que a veces emitimos, no sin cierto resentimiento sutil, dice infinitamente más de lo que dice. “X ha cambiado mucho”.

Probablemente cuando señalamos al que ha cambiado, apuntamos hacia nuestra quietud, señalamos nuestra resistencia a desbaratar el molde de un yo anquilosado que se ha ido quedando chato y rígido.

Guardo el cuaderno violeta y siento una enorme nostalgia pero al mismo tiempo una profunda gratitud. Cuánto he cambiado, cuánto seguiré cambiando.

Ahora sí, me pongo a escribir.

@AlmaDeliaMC

José José pide un aplauso para el amor

Imagen tomada de Pinterest

Vamos a decirnos la verdad, todos hemos vociferado las desgarradoras piezas de nuestro Príncipe de la canción en alguna borrachera.

Y es que José José es como el enamoramiento: una manifestación del espíritu, un estado de ánimo que nos arrebata.

Antes de seguir, me veo en la obligación moral de aclarar que escribo este texto en calidad de fan absoluta de este enorme cantante.  Así que ruego que sepan perdonarme si cometo excesos en mis manifestaciones de adoración pero qué le voy a hacer si una no es lo que quiere, sino lo que puede ser. Y yo soy intensa.

Sin importar si somos tormenta, tornado o volcán apagado, los que amamos con totalidad kamikaze necesitamos profetas elegidos, voceros del desgarre que nos representen. Para nuestra pinche buena suerte en México tenemos más de uno, empezando por José Alfredo Jiménez, pasando por Juan Gabriel y, desde luego, contamos con el inigualable José José.

Y es que, amigos, hay que ver cómo es el amor, que a la hora de buscar la descongestión del alma por una querencia atorada, vale lo mismo recurrir a Leonard Cohen que a nuestro crooner a la mexicana, cómo carajos no. Porque no podemos negar que el mensaje de fondo de las canciones de este par es el mismo: There ain’t no cure for love, para el amor no hay cura. Si podremos dar fe quienes hemos rodado de acá para allá siendo de todo y sin medida.

Ya sabemos que todo pasa y a los sufrimientos, como a las palabras, se las lleva el viento, pero mientras estamos presos de la cárcel de unos besos o sintiéndonos apenas un ínfimo peldaño de la escalera emocional de otro, hace falta que encontremos el modo de saborear nuestro dolor y ahí es donde José José se vuelve indispensable.

Lo maravilloso de las letras de sus canciones —mérito de autores como Manuel Alejandro y el propio Juan Gabriel— es que pasan por todas las fases de la aventura amorosa: desde la infatuación de quien declara “tengo en la vida por quién vivir, amo y me aman”, hasta el desencanto “déjame encender la luz, no quiero nada”, para regresar, oh insensatos, a las ganas desesperadas de volver a enamorarnos “Amor, amor, si me escuchas y me puedes ver: no me cierres tu guarida, llena un poco de mi vida”

Este maestro que nos enseñó figuras literarias como la comparación entre “amar y querer” y razonamientos filosóficos como el silogismo “lo que un día fue, no será”; merece toda nuestra gratitud, reconocimiento y buena vibra porque nunca nos ha dejado solos, confundidos ni olvidados ofreciéndonos la balada perfecta para cada ocasión.

José José es intergeneracional y atemporal justamente porque el amor y el desamor son transversales.

Ya sé que habrá quienes encuentren demasiado popular este refugio pero, compañeros, el amor es un animal babeante y con garras al que le importa un rábano si para sobrevivir a él repetimos salmodias divinas o los versos de nuestro Príncipe en un bar con piano y hasta pista de karaoke. Hay que ser fruncidos del alma para pensar que la bestia de la pasión distingue entre la elaboración del dolor sofisticada y la común.

Recuerdo que cuando era niña encontraba insoportable el momento José José de las fiestas y no me explicaba por qué los adultos destartalados que quedaban al final de las reuniones, parecían tan conmovidos y se mostraban insaciables en su compulsión de cantar una canción tras otra.

Pero porque el tiempo tiene grietas como grietas tiene el alma, me hice adulta igual de destartalada y rijosa que aquellos que se desarmaban con tres tequilas y una canción sobre la mesa. No hace mucho descubrí a mis sobrinos adolescentes escuchándolo.

Por eso digo que el fenómeno es intergeneracional y sé que mientras la nave del olvido no parta, nos entregaremos sin pudor a la música del Príncipe en las juergas mexicanas.

También por eso estoy convencida de que nuestro José José no es ni gavilán ni paloma, sino Ave Fénix, esa que renace de sus cenizas. Y así como él pidió un aplauso para el amor, yo pido un aplauso para él, que bien ganado lo tiene en este mundo y en el otro.

*Texto originalmente publicado en https://www.univision.com/famosos/jose-jose-pidio-un-aplauso-para-el-amor-pero-hoy-solo-aplaudimos-a-el-principe-de-la-cancion

@AlmaDeliaMC

La sociedad del cansancio


 Alberto Alcocer / @beco.mx

Soy adicta al agotamiento.

Llegué a tal conclusión luego de años de ser estudiante, becaria, empleada, desempleada y autoempleada.

En cada formato me he explotado a mí misma de forma bestial. Recuerdo de mi época de ejecutiva la tarde en que mi jefe me dijo que estaba haciendo yo sola el trabajo de cinco personas.

No sé descansar, no recuerdo un período de mi vida en el que no me entregara a una actividad febril constante. Y ahora que soy mi propia jefa, la cosa ha ido a peor. Todas las semanas trabajo de lunes a domingo y sin horario de cierre, siempre estoy escribiendo algo, desarrollando algo, reuniéndome con gente para algún proyecto. No paro.

Hará cosa de tres semanas me caí mientras corría en el bosque, derrapé sobre mi lado izquierdo rebanándome la piel de la rodilla y amoratándome las manos que metí para no romperme la cara. Esta semana volví a caerme en mitad de la carrera. Dos veces.

Cuando me levanté con un hilito de sangre escurriendo de mi rodilla y otro de mi mano izquierda —siempre se lleva todo el impacto, la pobre— tuve una iluminación: es que no puedo más con la verticalidad.

Este construir, levantar, sumar, producir, ir más alto en la calidad y más arriba en el alcance de los proyectos me está matando.

Y como la vida es buena y también sabia aunque yo a veces sea una culera y otras una tonta redomada, cayó en mis manos esta maravilla: “La sociedad del cansancio” (Herder, 2017) de Byung-Chul Han que me atrapó desde la primera línea y que no deja de cuestionarme.

Dice Byung-Chul Han que cada época tiene sus enfermedades características y que así como hemos pasado tiempos de enfermedades bacteriales o virales, la patología de nuestros tiempos es neuronal. Estamos enfermos de “positividad” plantea el autor, tenemos una visión tan “no te rindas” y tan “todos somos ganadores” y tan “ sé productivo porque puedes lograr lo que tú quieras” que hemos entregado voluntariamente nuestros límites de explotación a unos niveles nunca vistos y donde no hace falta la figura de un patrón o jefe explotador: somos nosotros mismos quienes nos sometemos a esta carrera tiránica.

Desde que existe WhatsApp la oficina no cierra nunca, con la mayor naturalidad aceptamos mensajes a las diez de la noche o un sábado o domingo para revisar un pendiente de trabajo, entregamos todos nuestros espacios a la tiranía de la disponibilidad permanente.

Y esa obsesión con el superrrendimiento, con la superproducción y la supercomunicación termina por quemarnos el alma, por deprimirnos. Exactamente como les ocurre a algunos atltetas retirados que un día, súbitamente, son incapaces de realizar el mínimo esfuerzo físico porque lo agotaron todo.

Justo cuando leía el librito apareció el video de la actriz Bárbara de Regil donde señalaba con ímpetu el mal que se auto inflige quien va de fiesta y se excede bebiendo y comiendo; el remate de Bárbara “te estás destruyendo”, me regaló el corazón de esta reflexión: ¿y no es otra forma de destruirnos esta mirada positiva de “darlo todo”?

Cito unas líneas de Byung –Chul Han que me tienen en la más profunda agitación desde que las leí:

“… Nunca se alcanza un punto de reposo gratificante, el sujeto vive con una permanente sensación de carencia y de culpa. Como en último término compite contra sí mismo, trata de superarse hasta que se derrumba. Sufre un colapso psíquico que se designa como burnout o síndrome del trabajador quemado. El sujeto que está obligado a rendir se mata a base de autorrealizarse. Aquí coinciden la autorrealización y la autodestrucción”

Respiro. Y me digo que está bien parar, decir no puedo más. Respiro y pienso que me voy a hacer el regalo de la rendición.

Vuelvo a recordar para mí y para quien encuentre utilidad en ella esta verdad preciosa: hay batallas que sólo se ganan renunciando a ellas.

@AlmaDeliaMC

La verdad, ese despropósito


 Alberto Alcocer / @beco.mx

Es curioso lo que provoca presenciar cuando alguien dice una mentira, se experimenta una sensación agridulce que no se decide entre la decepción y la empatía.

Pero seamos honestos, todo mundo defiende la verdad aunque nadie la soporta y no hay quién la practique a cabalidad simplemente porque no podemos.

Somos mentirosos por naturaleza, por sobrevivencia.

El más honesto de los honestos ha mentido incontables veces en su vida desde que dijo que ya se había lavado las manos hasta las infinitas ocasiones que respondió “bien” cuando le preguntaron cómo estás porque no iba a decir que fatal con una colitis y unos pedos legendarios que le provocó la comida o que muerto de angustia porque se le pasó la mano con la tarjeta de crédito o incómodo porque el encuentro sexual de anoche fue raro.

Lo que digo es que si imagináramos por un segundo un mundo donde todos dicen la verdad, sería insoportable.

Y  a pesar de todo, cómo roba la paz descubrir una mentira importante. Porque hay niveles.

En la novela El Impostor, Javier Cercas elabora la historia de Enric Marco, un hombre de noventa años que se hizo pasar por sobreviviente de los campos de exterminio nazis; vivió entre sentidos homenajes y asombrosas entrevistas y todo era mentira. Para su gente cercana debió ser brutal descubrirlo. Aún así, el señor se mantuvo en sus trece.

Hace una semana escribí en La Razón sobre Rufino Tamayo que inventó que su padre había muerto y la triste coincidencia de que mis hermanos y yo siendo niños también mentíamos diciendo que nuestro padre había pasado a mejor vida cuando no era cierto. Hay muchas formas de matar, una es mintiendo, sin duda.

Y así recordé una de esas mentiras familiares que ahora me hace reír hasta las lágrimas pero en su momento fue una putada. Mi madre nos mandaba a mis hermanas mayores y a mí al pueblo de la abuela para que pasáramos una temporada con ella y allá íbamos a dar los dos meses que duraban las vacaciones de verano; no era fácil lidiar con el mal carácter de la abuela si apenas éramos tres chiquillas rondando por ahí sin ton ni son. Como yo era a ratos insoportable y a ratos más insoportable y me pasaba el día molestando a las otras, para vengarse de mí me dijeron que mi madre estaba embarazada y que pronto vendría un hermanito y yo dejaría de ser la pequeña, perdería mi privilegiado lugar de la hija menor.

Aquella noticia me impresionó tanto que reaccioné de un modo muy raro, mis defensas bajaron y estuve los dos meses con una tos espantosa que me hacía vomitar todo lo que comiera dejándome en los huesos, mi desolación era total. Mis hermanas me cuidaron con dedicación y amor absolutos pero a las culeras se les olvidó decirme que aquello era mentira porque básicamente se les olvidó que una tarde cualquiera me habían dicho eso para que les diera un respiro —admito, sí, que yo era un mosquito zumbón. Así que cuando regresamos, bajé corriendo del camión, me paré delante de mi madre y le pregunté a bocajarro ¿y tu bebé?

Mi mamá peló los ojos extrañada por la pregunta y preocupada con mi delgadez espeluznante; cuando mis hermanas se rieron, comprendió todo. Les puso un regaño de antología.

En fin que les propongo un reto: indaguen en la historia familiar y seguro que van a encontrar cosas extrañas, datos raros en el Acta de Nacimiento, fotos que no se corresponden con la supuesta fecha en la que ciertos eventos ocurrieron, causas de muerte maquilladas, en una de esas hasta se encuentran con un hermano desconocido. O no me hagan caso, no busquen que encontrarán y luego qué hacemos con el hallazgo. Como dice Guillermo Arriaga: quien busca la verdad se merece el chingadazo de encontrarla.

Y sí.

He visto mentir a tanta gente: compañeros de trabajo, amigas infieles, hermanos protectores, parejas que responden “me encantó la película” para no descorazonar a sus artistas cercanos y ni qué decir del “se te ve bien” cuando, como yo ahora, te hiciste el peor corte de pelo del mundo y la compasión mueve el corazón de los que te rodean a dedicarte una mentira piadosa. La mayor parte de las veces mentimos para ocultar y proteger, pero es que ocultamos y protegemos para sobrevivir.

No sé ustedes, pero yo pienso en un mundo donde dijéramos la verdad compulsivamente y sé de cierto que sería una tortura; así que, por lo menos hoy, me reconcilio un poco con nuestra vocación de mentirosos.

Y ahora, sean honestos: ¿qué mentira van a decir hoy?

@AlmaDeliaMC

El oficio incómodo


Alberto Alcocer / @beco.mx

Tendría 8 años mi sobrino Daniel cuando le dijo a su mamá que de mayor quería trabajar en algo que no fuera incómodo, un lugar donde no tuviera que ir de traje y corbata.

Por entonces yo era empleada de oficina y renegaba un día sí y otro también de la grisura de ese ambiente anestésico, de la muerte lenta que es esa rutina diaria que empieza con el “buenos días, compañeritos” y termina con el “saludos cordiales”.

Mi corbata incómoda eran esas formas tiesas, esos temas triviales, la falta de profundidad en dosis de ocho horas al día que me hacía dudar del propósito de la humanidad.

Y entonces salté al vacío enarbolando la bandera de quiero escribir, ser libre, ir ligera por la vida sin meta trimestral de ventas en línea ni KPI’s ni código de vestimenta.

Pronto me di de bruces contra el piso sólido de buscarse la vida fuera de las empresas en un mundo y una economía que están diseñadas para que nadie se salga del corral; conocí la angustia de no tener una oficina, un ingreso asegurado, un horario de trabajo delimitado.

Que yo supiera, escribir podía ser peligroso, pero no angustiante. Pobre de mí. Porque lo cierto es que escribir es una angustia permanente, bellísima unas veces y otras una mierda total. Escribir es un malestar, por eso se escribe, porque hay algo adentro que no encuentra acomodo.

Hay mañanas que todo es espeso y mojado en el adentro, que tienes que bucear en medio de esa sopa negra para buscar un párrafo, dos ideas, una palabra de la que ir tirando para ver si sale algo.

Hay tardes en que quisieras que te tragara la tierra para que no sonara el teléfono ni se abriera la puerta ni la alerta anunciara tres correos sin responder y no tuvieras que decirles a todos los que amas que de verdad los amas y deseas estar con ellos pero pactaste con un oficio que sin soledad no es nada. Un pacto como con la mafia, del que no se sale nunca.

Y hay días, como hoy, que preferirías ponerte una corbata y entrar a las 8:00am y decir “buenos días, compañeritos” para no ser el vehículo emocional de nadie, ni de los que leen, ni de los que quieren que leas sus textos y les des tus comentarios; hay días que no quieres prestarle tus emociones a ninguno, ni a los muertos que siguen empujando para que cuentes su historia y se te aparecen en sueños con olor a incendio y a piel quemada, ni a ti misma y al momento exacto en el que estás ahora, contemplando una casa a medio hacer, con los libros a medio acomodar y una alfombra sobre la que sigues viendo con tus ojos de niña unas figuras en forma de caballo de Troya.

Hay días como hoy, que casi te ríes pensando que sí, que muy bien, renunciaste a una oficina pero te tragaste una guerra, que eres tu propio caballo de Troya bien cargado de palabras que nunca dejarán de sitiarte.

Y vuelves a ella, a Marguerite Duras: Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido.

Escribir, digo yo, para pedir que te dejen estar adentro, que te dejen en paz.

@AlmaDeliaMC

Diamantina, zapatos y otras provocaciones


Vía Láctea, Alberto Alcocer / IG @beco.mx

Antes de cumplir seis años ya sabía leer, escribir, sumar y restar; ya sabía de la dureza de la existencia, ya sentía vergüenza de ser quien era, ya comprendía la pobreza.

Mis hermanos estaban todos fuera, al mayor mi mamá había logrado meterlo al Colegio Militar; los otros cuatro estudiaban en un internado. Mi hermana mayor se reponía de las quemaduras en un hospital.

Quedábamos Paz y yo, ella estudiaba segundo de primaria y a mí me mandaban con ella de oyente, mi hermana tenía ocho años y yo todavía no cumplía los seis.

Eran días extraños, andábamos por ahí un poco inconscientes, un poco asustadas, muy solas. Visitábamos a nuestros amigos que vivían a un par de casas, también solos, también hijos de la disfuncionalidad, milagrosamente vivos; nos divertíamos persiguiendo ratas, haciendo pasteles de lodo y comiendo cualquier cosa, la comida que mi madre dejaba algunas veces, otras sólo galletas que comprábamos en una tiendita calamitosa.

Teníamos un vecino de alrededor de veinte años, Mariano.

No sé de dónde salió, pero mi familia lo acogió de inmediato porque tenía una temblorina rara y cojeaba; como puede adivinarse, todo desvalido era bienvenido entre nosotros porque nos recordaba que no éramos los únicos.

Mariano decía que yo era su novia y a todo el mundo le hacía gracia la broma, no a mí. Una mañana amanecí con tal infección en la garganta y fiebre que no pude acompañar a mi hermana a la escuela, me quedé sola en casa porque mi madre no podía faltar al trabajo —un día sin salario era una verdadera crisis para una mujer que mantenía sola a ocho hijos.

Recuerdo mi cuerpo delgado de casi seis años, llevaba unos shorts azul marino y un suéter del mismo color, alguna de las tías caritativas que le regalaba ropa a mi mamá debió heredármelos; estaba en la cama viendo caricaturas en una televisión blanco y negro que habíamos sacado no sé de dónde, recuerdo la sensación de la fiebre, tenía calor y frío, temblaba; llevaba unos zapatos blancos de charol —también regalados— que me apretaban, el alma caritativa debió calzar de un número menor al mío.

Mariano apareció de la nada y cerró la puerta, se veía muy nervioso, temblaba más que de costumbre, se sentó en la cama junto a mí y me dijo que mis piernas eran muy bonitas, casi tan bonitas como mis ojotes negros. Yo sabía que algo estaba mal, de inmediato traté de levantarme de la cama pero él me lo impidió, me abrazó fuerte y dijo que yo era su novia, me preguntó insistentemente si lo quería; traté de escapar, grité, sentía la fiebre, a Mariano, los pies punzantes por los zapatos apretados, escuchaba las caricaturas en la tele, su respiración pesada, me dolían la cabeza y los huesos, el alma. Me concentraba en el dolor por los zapatos. Fue todo muy rápido, él estaba muy excitado, en un par de minutos eyaculó y salió corriendo.

Me quedé sentada en la cama, inerte, zombi. Después de un rato me levanté y me bañé, hacía todo en automático, como si me hubieran desconectado, como si estuviera ahí pero muerta.

Cuando regresó mi mamá yo ardía en fiebre, vomitaba y tenía la garganta completamente cerrada, afónica como nunca, sin voz.

Odié a Mariano con el odio de una legión entera, odié a mi madre por estar ausente, me odié a mí misma por ser capaz de entender lo que había pasado y no poder autoengañarme. Odié a mi padre porque no estuvo ahí para cuidarme. Odio profundo, odio ácido, odio gigante en mi alma de seis años. Odio y miedo, rabia y resentimiento descomunales pero ni una palabra. Aprendí a proteger con el silencio, intuí que hablar lo dinamitaría todo.

Así sellé mi trágico romance con el miedo, pacté con sangre. Miedo de estar sola, miedo de lo masculino, miedo de mí. 

Y en un abrir y cerrar de ojos  me hice adulta, y luego, como la vida es cabrona pero también es buena, me hice escritora; y aprendí a nombrar cada cosa, a masticar cada palabra y, sobre todo, a mirar la condición humana.

Años de vivir y de atreverse a mirar y de atreverse a nombrar; lecciones duras para reconciliarse con el deseo, sentarse a la mesa entre luces y tinieblas un día sí y otro también. Saber, cuando escucho a otras mujeres, que se necesita mucho temple para no entregarse al resentimiento como único camino, que llevar estas historias a cuesta y sonreír es quizá el único trofeo por haber peleado esa guerra, en muchos casos es seguir peleándola.

Pensar en los zapatos que me apretaban fue la salida que encontró mi psique infantil, tal vez por eso ahora los zapatos de las ya incontables mujeres violadas y desaparecidas me perturban de un modo escalofriante. ¿Cuál será el símbolo, qué ancla habrá elegido la psique de tantas otras mujeres?

Fuimos niñas y alguna vez creímos en la magia, duró apenas nada, pero hubo un tiempo. Diamantina brillante, luces mágicas, mundos de colores.

¿Cómo se atreve, el títere político de turno, a decir que nombrar el abuso histórico, presente y brutal, es una “provocación”?

Sonrisas. Lápiz labial. Faldas. Tacones. Diamantina. Provocaciones puras y duras.

¿Cómo vamos a reparar todo lo que se ha roto si luego de pelear mil batallas, se espera que las heridas de guerra sean al mismo tiempo la parte civilizada, silenciosa y protocolaria que le pide permiso al mundo para hablar de su dolor?

¿Cómo vamos a reparar todo lo que está roto?

@AlmaDeliaMC

Se solicitan demonios y monstruos


 Alberto Alcocer / IG @beco.mx

Has despreciado al diablo y no se puede olvidar que un sujeto tan odiado debe ser algo

-Goethe, Fausto

La necesidad de ser considerados “buenos” es tan antigua como vigente.

Entre otras carencias que presentamos como especie, los seres humanos nos caracterizamos por una tremenda incapacidad para convivir con el lado oscuro de nuestra psique.

La insoportable idea de la maldad como parte de la esencia humana encuentra salidas míticas (un rasgo infantil, psicológicamente hablando) para explicar aquello que rebasa nuestra lógica.

Por eso “los malos” tienen que ser inhumanos, es fundamental que así sea. Necesitamos creer que esos entes maléficos, esos desertores del infierno, no son personas. Se requiere así para cerrar a piedra y lodo la grieta que nos dejaría atisbar la posibilidad de que ese engendro y nosotros, estamos hechos de la misma sustancia. No, no, no. Cualquier cosa menos eso.

El que hace algo inapropiado para los escrúpulos de cada tiempo y lugar es un fenómeno, es inhumano; lo poseen fuerzas demoníacas, por la mañana desayuna niños recién nacidos y bebe sangre de doncellas para acompañar la cena. Ese ogro no puede ser como yo. Al miembro del gremio que hace algo perturbador, lo rechazamos y lo echamos del club de los humanos para convertirlo en bestia infernal.

La reacción suele ser así porque no soportamos el espejo de nuestra propia oscuridad que ese otro nos pone delante.

Y el problema es que cuando la búsqueda de la propia conciencia se detiene, comienza la búsqueda del culpable; nos convencemos de ser totalmente inocentes y por lo tanto totalmente víctimas.

Es terrible la ceguera de la luz blanca, esa que nos convence de que todo en nosotros es bueno pero nos deja igual de ciegos que la más oscura de las noches.

La bondad cambia conforme la moral vigente lo pide: ser bueno podría significar sacrificarse para que los dioses favorezcan las cosechas o casarse virgen o también —para ponernos rabiosamente actuales, ser políticamente correcto. Y la maldad se ajusta según lo requiera su contraparte. Es decir que Dios nunca deja de necesitar a Satán. (Así con mayúsculas, como personajes de ficción).

Conforme nos adentramos en este espeso río de la posmodernidad, resuenan con más nitidez las palabras de Nietzsche: Dios ha muerto. Se refería a la muerte de los valores absolutos y con la desaparición de los valores absolutos, llegó la pulverización ideológica.

Como dios ha muerto, ahora todos somos dioses y queremos dirigir la moralidad del mundo con los diversos códigos o causas en las que creemos: el vegetarianismo, los derechos de las bicicletas, la humanización de las mascotas, las batallas contra el azúcar o el tocino, la guerra contra toda forma que consideramos “no incluyente”, los distintos y refulgentes feminismos… la lista sigue en construcción.

Ahora que somos dioses, necesitamos demonios: y el demonio es aquel que no esté de acuerdo conmigo, aquel que abra una grieta para cuestionar la sustancia de mi propia humanidad.

Y así llegamos a casos como el de Marcelino Perelló. Un ser humano complejo, de innegables virtudes y terribles defectos, una de las personas más generosas y vitales que conocí, reducido a una frase indefendible, a una declaración absurda y agresiva, sí; pero no menos absurda y agresiva que la reacción en masa de la hermandad de los “buenos” de este tiempo que señalaron a Belcebú pidiendo su cabeza.

Pienso en la cacería de “monstruos” que nos falta por presenciar y, con profunda tristeza, anticipo una larga oscuridad reluciente de corrección política. Porque vendrán muchos, no cabe duda, si estamos en pleno reclutamiento de espíritus del mal para apaciguarnos.

Dice Mefistófeles en una línea de Fausto: No eres aún hombre capaz de sujetar al diablo.

Ahora que todos somos dioses prestos a dictar la moralidad del mundo, quizá debamos considerar también que todos somos diablos. Habrá que ver si somos capaces de sujetarnos.

@AlmaDeliaMC

Golpéate el corazón


Alberto Alcocer / IG @beco.mx

Una vez un hombre me dijo que le daría igual que sus hijos no existieran.

Recuerdo que la revelación me dejó atónita.

Dábamos vueltas caminando en el parque luego de una tormenta. Él, de buen corazón, generoso de oído y en general con todos sus recursos, me escuchaba atento sobre una dolencia familiar. Su alma sensible y solidaria era para mí una certeza, la había palpado de cerca durante años. Así que su revelación me descolocó por completo.

Y es que tendemos a pensar que el amor es indiscriminado. Pero lo cierto es que no.

Cuando vio mi cara de desconcierto, procedió a explicarse (no tenía por qué hacerlo pero lo hizo). No es que no los quisiera, había dado batallas brutales por ellos para cuidarlos, mantenerlos, ofrecerles buenas universidades; no es que no le causara una profunda alegría verlos bien y disfrutaba con ellos, sólo que su identidad y sus emociones no estaban puestas en sus hijos, nunca lo habían estado, ni cuando eran pequeños; no podía decir que su plenitud viniera de ellos y al imaginarse sin hijos se veía igual de pleno o tal vez más.

No en aquella primera conversación pero con el tiempo lo entendí. ¿Quién dijo que los vínculos amorosos padre-hijo o madre-hijo están dados sólo por la biología? El amor filial, como tantas otras de nuestras emociones, también es un aprendizaje, una elección.

Una semana atrás devoré “Golpéate el corazón” (Anagrama, 2019) de Amélie Nothomb a quien desde hace años leo con avidez. Me gusta lo que se atreve a explorar en sus textos porque lo hace con una inteligencia y una profundidad emocional casi obscenas.

En esta reciente publicación Amélie cuenta la historia de Marie, una belleza de dieciocho años que se casa y tiene a su primera hija Diane con la que nunca logra establecer un vínculo afectivo porque se muere de celos de ella; del amor y ternura que despierta en los demás, de que todas las atenciones sean para la niña. La cuida, claro, y la trata con cariño y responsabilidad, pero no está vinculada a ella. La niña anhela con tal intensidad el contacto de su madre “la diosa”, que se pasa los primeros años obsesionada con volver a sentir lo que sintió la única noche que su madre la abrazó en la cuna con ansiedad tras despertar de un sueño en el que la pequeña moría.

Pero ese abrazo no se repite nunca más. Y madre e hija no hacen sino alejarse con los años. Llegan un segundo y una tercera hija de Marie con la que Marie se obsesiona; un amor glotón la hace devorar emocionalmente a la tercera niña y la pobre paga facturas muy altas al pasar de los años.

Diane, la primogénita, observa todo con distancia y lo resiente pero se las arregla dándose explicaciones racionales, casi científicas, de lo que ocurre con su hermana pequeña y su madre.

El libro me incomodó y me cuestionó de muchas maneras porque, seamos honestos, quienes no somos hijos únicos sabemos o intuimos que nuestras madres (y padres) establecen vínculos diferenciados con nosotros; es inevitable que sientan más afinidad con un hijo que con otro, que proyecten distintos pedazos de su identidad en nosotros; y que, descaradamente y por más que lo nieguen, elijan a uno como el consentido. El tema es más viejo que la sarna pero es fascinante pues evitamos hablarlo a toda costa porque, desde luego, duele.

Volviendo a la historia de Diane, un día escucha la frase de Alfredo de Musset que da título a esta historia: “Golpéate el corazón, es ahí donde reside el genio” y lo que ocurre es precioso, Diane, que creció sin el vínculo afectivo de su madre, reacciona haciendo una sustitución racional de la experiencia y decide convertirse en cardióloga. Todas sus formas y búsquedas emocionales estarán marcadas por la carencia de esa primera fusión con la madre; estudiando Cardiología se lía en una relación con Olivia quien también es madre de una pequeña por la que no siente el menor afecto. Ahí la historia se vuelve redonda; oscura y brillante, de final inesperado y preciso.

Pasan los días y no dejo de pensar en el texto. “Un amor tan profundo, tan imposible de curar, tan indispensable al que Olivia sólo había respondido con desprecio…” ¿Nos convertiríamos en madres y padres si atisbáramos la posibilidad de que, por más que se intente, nunca se establezca una fusión amorosa con los hijos?

Hay puñaladas en el corazón para las que no es necesario siquiera empuñar la mano.

@AlmaDeliaMC

Es la evolución, estúpida


Alberto Alcocer / IG: @beco.mx

Una mañana te levantas y miras tu lista de pendientes.

Tienes que pagar los impuestos, pedir la factura del disco duro que compraste porque ya no hay espacio y necesitas seguir trabajando, darte de alta en tal empresa para que te paguen los $4,000 pesos que te deben, cambiar el teléfono (tu equipo es una calamidad que ya no te permite tomar llamadas a menos que conectes los audífonos) y cambiar la cuenta bancaria del casero que tuvo a bien mandar a su banco anterior a la chingada (en el fondo lo admiras) lo que te implica nuevos trámites.

Parecerá una frivolidad pero debes incluirlo: tienes que preparar el desayuno, fregar los platos, sacar la basura y recoger la ropa que se seca en el patio para que no te sorprenda la lluvia. Y, desde luego, también tienes que trabajar.

Entendamos por trabajar la entrega de tres textos para el fin de semana, hoy es martes. Corres a ver el calendario enorme que has pegado en tu pared porque intuyes que hoy —es martes, repites, intentando que tu cerebro que empieza a abismarse, se tranquilice con las coordenadas— tienes una cita. Y resulta que sí, a las 5:00 pm quedaste para un programa de radio.

Respiras. Te recoges el cabello en un chongo alto —eso funciona para tu higiene mental— y te dices que mantendrás el abismo a raya.

Primero una ducha fría, el agua caliente te provoca taquicardia y no quieres azuzar al demonio de la ansiedad. Y a darle. La omelette con espinacas, el café con un trocito de chocolate al final. El abismo te señala con el dedo índice: hoy no saliste a correr. Pues no, vas a contrarreloj y ya era tarde para tomarte una hora extra de trote. Será mañana.

Querías empezar por darte de alta para cobrar los $4,000 pesos, parecen poca cosa pero no lo son cuando tienes que cambiar de teléfono. Ese era el orden: asegurar un ingreso, gastar en el equipo nuevo, modificar la cuenta del casero para pagar la renta del mes sin retrasos. Y luego ponerte a escribir.

El teléfono suena, la pantalla dice “Eduardo Fierro casero” pero no puedes contestar porque no tienes los audífonos a la mano, corres a buscarlos, “Eduardo Fierro casero” sigue haciendo vibrar el teléfono. Logras conectar la chingaderita con la chingadera, ¿hola?

Don casero te recuerda amablemente que hoy es día 5 de mes, último para pagar sin penalización por retraso. Cambio de prioridades.

Entras al portal de tu banco, cuando estás a la mitad recuerdas por qué no habías realizado el pago, debes dar de alta una cuenta nueva. Respiras. El abismo salta de cojito frente a ti: ya has perdido una hora, ya has perdido una hora.

Mierda. Back, back, back; “Alta de cuentas”; clic, clic, clic; antes del cuarto clic te piden la clave que está en la aplicación en tu teléfono; eliges la aplicación, la pantalla ennegrece y el aparato se muere. Negro luto. Negro chingadamadre. Negro abismo.

Ya pasó otra hora. Conectas el teléfono al cargador por si eso lo arregla (eres un usuario protozoario, no un hacker).

Mejor darte de alta como proveedora de la empresa que te debe los $4,000. Sigues las indicaciones, piden estados de cuenta de los últimos tres meses para pagarte cuatro mil pesos. Cuatro mil veces váyanse a la mierda. Qué remedio, vuelves al portal del banco, no puedes entrar, necesitas la clave del teléfono que sigue muerto porque obviamente no era la batería. Tendrás que salir a comprar un teléfono nuevo ya. El gusto a chocolate en tu boca cedió paso a un sabor metálico.

Te dices que no pasa nada si vas por el teléfono mañana. Pero sí pasa, la penalización por el pago de la renta, no puedes entrar al portal sin la clave de la maldita aplicación.

Suena el timbre, traen un paquete para ti pero tienes que mostrar un código que enviaron antes y que, claro, está en el cementerio del teléfono. Blablablá y buenos días. Cierras la puerta sin convencer al mensajero de que te entregue el paquete.

Te sientas frente al abismo y mueves los pies como quien los remoja en una alberca. Recuerdas a Carlo Cipolla y su Teoría de la estupidez:

“La humanidad se encuentra (y sobre esto el acuerdo es unánime) en un estado deplorable. Ahora bien, no se trata de ninguna novedad… El pesado fardo de desdichas y miserias que los seres humanos deben soportar, ya sea como individuos o como miembros de la sociedad organizada, es básicamente el resultado del modo extremadamente improbable (y me atrevería a decir estúpido) como fue organizada la vida desde sus comienzos”

Vas a tu centro telefónico más cercano, ese infierno.

Hora y media después sales con un teléfono nuevo, cuando llegas a casa notas que tiene bloqueadas todas las funciones que ya le habían habilitado, llamas al único número que enlaza para pedir soporte técnico: “lamentablemente el sistema está presentando fallas y su equipo se activará mañana”

Lamentablemente, ese coro de la tragedia mexicana.

Han pasado seis horas desde que empezaste la jornada y no has resuelto a cabalidad ningún pendiente, tampoco has escrito una línea.

Ojalá no tuvieras una cuenta de banco, ni un teléfono, ni… piensas que el reino no se perdería por el clavo que perdería al caballo que perdería al jinete que perdería la guerra… sino por un puto teléfono destartalado. Te ríes, te ríes mucho, porque tú ni reino tienes.

Tenía razón Cipolla, nuestra estupidez autoinfligida es un escándalo.

Un escándalo.

@AlmaDeliaMC

La muerte en verano

Fotografía personal de Alma Delia Murillo

Que estamos aquí de paso.

El furioso paso de mi abuela sobre esta tierra duró noventa y siete años.

Doña Paz Villaseñor Herrera, madre de mi madre, murió el sábado 20 de julio alrededor del mediodía.

Doña Paz fue partera, entre otros niños, me trajo al mundo a mí. Me cortó el ombligo, me dio la atávica primera nalgada y le dijo a mi mamá, “es niña”.

Le gustaba repetirme esa historia: no querías llorar, no querías comer. Tenías la cara chiquitita, carita de pellizco.

El sábado llovió todo el día. A la muerte le sienta bien la lluvia, la muerte es hembra, pienso. La lluvia también. Llanto dentro del llanto, un útero dentro de otro.

Lluvia terca, pertinaz, lluvia fina y poderosa.

Me gustaría morir en verano. Me gustaría morir cuando aún pueda repetir mi nombre, sostener una mirada, decir sí quiero o no quiero. Saber que el café es café y que el tinto es tinto, que no me gusta la gelatina, que amo las palabras.

Me hubiera gustado que mi abuela sufriera menos, su cerebro la dejó en el desamparo. Su cuerpo degeneró en mazapán. No podías tocarla sin sentir que se te desbarataba entre los dedos.

Cuerpo de mazapán, mi abuela.

Siempre fue un bocadito: mujer de talla pequeña y nariz grande.

Siempre fue una cabrona: mujer venus antes que mujer madre.

Me hubiera gustado que todo se detuviera aquella primera vez que no alcanzó a llegar al baño y se orinó caminando, sobre la ropa, sobre los zapatos diminutos, sobre sí misma. Lo recuerdo bien: acompañarla, no mirar el charquito ámbar en el piso, ayudarle a cambiarse, darme la vuelta para no incomodarla, no decir nada. Sentir su pudor, su fragilidad, su vergüenza. Adivinar los años que vendrían a ritmo de deterioro galopante. Pasó una década luego de aquella primera vez.

Mi abuela lujuriosa. Mi abuela como una caja de Pandora con frases populares para toda ocasión. El que no enseña no vende y el que mucho enseña se le mosquea. El que no ha visto a dios ante cualquier santo se arrodilla. Y mi favorita: ¿a qué van a la calle, a que les vean lo pendejo?

Lo decía todo mal: el teléfono cedular con d, la caresola en lugar de la cacerola, los inresponsables y los drogaditos.

Le molestaba la gente. No sabía ser amable con quien no le gustaba y no le gustaba casi nadie. Dura como pocas, nunca la vi llorar. Que porque tenía un problema en la glándula lagrimal, patrañas: la señora no se conmovía con nada, lo firmo con sangre de mi sangre que es la suya.

Era experta en repartir tundas a diestra y siniestra sin la menor compasión. Mi memoria y mi piel conservan algunas huellas de su vocación de pegalona.

Se levantaba tempranísimo, disfrutaba con un refinado sadismo ponerse a cantar a grito pelado para despertar a los que aún estaban durmiendo.

Vivió enamorada de sus flores, sus rosales eran el orgullo máximo.

Ocurrente, bailadora, enamoradiza, pésima cocinera, pésima madre, peor abuela, católica irreductible, guadalupana radical, egoísta de desempeño inmejorable. ¿Existirán de verdad esas abuelas buenas y dulces como panquecito esponjoso de repostería sajona?

Mi madre no quiso que la incineraran, el domingo la enterramos. Familia de mujeres: sus hijas, sus sobrinas, sus nietas, sus primas. Llanto silencioso, sin dramatismo estridente, mujeres que lloran calladito. Y la lluvia siguió tersa, perseverante.

Mi hermana Paz que le heredó el nombre, el cuerpo pequeño y la nariz prominente, lo dijo bien. Mi abuela se habría despedido así: fue un gusto que me conocieran.

Yo sólo quiero agregar que me gustaría morir bajo la lluvia de verano y cuando todavía pueda repetir mi nombre, decir soy Alma y saber quién soy.

Que lo sepan, por si se ocupa.

Por si un día me muero.

@AlmaDeliaMC