El mediocre dilema


Alberto Alcocer / IG: @beco.mx

Cada vez se ven más lejos aquellos años en que los políticos tenían cierta intersección con la cultura y al menos pretendían que les interesaba la literatura, el cine, el teatro o cualquier expresión artística. Aquellos años en que los políticos leían, eran miembros de la academia, humanistas.

Escribí esas líneas hace un par de años, recién habían asaltado al cine Tonalá en la colonia Roma a punta de pistola y nuestras inenarrables autoridades de entonces ni siquiera manifestaban un pestañeo de indignación.

Lo volví a leer y se me encogió el corazón pensando que hoy, dos años después, con triunfal cambio de administración y de partido, de visión histórica, de bastón de mando y de color de los cielos y la tierra… estamos en las mismas.

No salgo del pasmo por la virulencia con la que se persigue a la comunidad artística y cultural cuando manifiesta necesidad de ingresos. No me cabe en la cabeza la mezquindad de quienes esperan que nuestro trabajo sea gratis, sin remilgos, con disponibilidad total y, de ser posible, en dosis breves e inmediatas porque este imperio de atragantarse la existencia no tiene tiempo para nimiedades.

Llevo rato leyendo bibliografía sobre Rufino Tamayo y su obra. Ese hombre de origen humilde, crecido en la orfandad, sin más dinero que para comprar siete manzanas por semana cuando se aventuró a buscar fortuna en Nueva York junto al compositor Carlos Chávez.

Tamayo inicia sus Coloquios de Coyoacán en los que conversa con Víctor Alba con una frase demoledora; cuando Alba le pide que resuma la lección para crear algo bueno, Rufino responde: Saber pasar hambre.

Y cuánta hambre y críticas pasó por no apegarse al nacionalismo que el gobierno de la época exigía y al cual representaron fielmente Rivera, Siqueiros y Orozco; desde luego bajo el mecenazgo del Estado.

Pero Rufino dijo no. Yo soy pintor, no político. Mi arte es universal y humanista, no está al servicio de un discurso gubernamental.

Y le costó el aislamiento. Y aquel saber pasar hambre durante años, derivó en severos trastornos gástricos que lo acompañaron el resto de su vida.

Pero cuando Tamayo se convirtió en conocido pintor internacional y recibió reconocimientos en Japón, Europa, EEUU y Latinoamérica ¿adivinen qué? pues que entonces sí el gobierno se adjudicó el orgullo de que un pintor mexicano —aunque no mexicanista— tuviera tal alcance y tal talento.

Sucede una y otra vez con quienes reciben premios literarios, artísticos, académicos y deportivos. Bailarines, músicos, gimnastas y científicos que sin el menor apoyo consiguen abrir camino únicamente empujados por su pasión que luego el Estado se apropia y presume por todo lo alto “en el nombre de México”. Es indignante.

Vuelvo a Rufino, que más adelante en los Coloquios dice: “Hay que trabajar, en el arte como en cualquier otra profesión, de modo regular, con tenacidad, ocho horas al día. Para ser pintor, hay que pintar”

Atentos a lo que sigue y perdón de rodillas por simplificar el asunto pero es que intento explicar algo y tengo que seguir la lógica burda del planteamiento que nos tiene aquí: es curiosa la paradoja que representa el caso de Tamayo, pobre y artista.

El discurso de los defensores de la 4T y del propio presidente Andrés Manuel para justificar los recortes presupuestales en Cultura, es que primero hay que atender la pobreza.

Sí, somos un país con más de 50 millones de mexicanos en pobreza, ¿pero es que alguien de verdad cree que el dilema es elegir entre ser pobres o incultos? ¿pobres o mediocres?

Lo increíblemente despectivo, ofensivo y retrógrada es lo que ese mensaje entraña: que los pobres son subhumanos. Y, por lo tanto, sólo tienen necesidades de un espíritu menor, de un orden meramente físico, alimentario, si acaso patrimonial.

Una persona me decía que comprendía el recorte a Cultura porque él creció en pobreza y que llegar a la cultura era difícil. Y yo pensé: difícil pero no secundario. Yo también crecí pasando hambre junto a mis numerosos hermanos, viviendo en cuartos de servicio sin puerta, anhelando seguridad. Y sé que no hay tal disyuntiva, que es un planteamiento falaz. Que soy un ser humano completo y complejo que siente el mismo deseo de alimentarse que de acceder a experiencias culturales, al arte, a la belleza.

Por otro lado, si ustedes buscan el Presupuesto de Egresos de la Federación para el ejercicio del año 2019, verán que lo asignado a Cultura representa menos del 0.2%, cero punto dos, menos del cero punto cinco, muy lejos del uno por ciento. Punto una mierda.

¿Es de ahí donde pretenden compensar la inequidad social en México? No, pos sí.

El recorte a la de por sí raquítica partida de Cultura fue del 7.6% respecto del año pasado, el recorte a Medio ambiente —otro tema preocupante— del 29%.

Es una escandalosa evidencia de los intereses políticos pero poco estadistas que nos gobiernan. Desde luego las partidas que más crecieron tienen que ver con pensiones y apoyos sociales. Y aquí vuelvo a la paradoja.

¿Preferirían los Tamayos del mundo una tarjeta de despensa y apoyo doméstico que una infraestructura sólida que les permita crear?

México no es un país pobre y sin embargo hay pobreza.

Esa perversión no es consecuencia de presupuestos excesivos asignados a Cultura, acabáramos. Es por la corrupción y por el gran negocio que representa la pobreza para empresas y gobiernos. Sí, también para el actual: los estados con mayor índice de pobreza reciben partidas especiales inmensas y son también los estados con mayor desviación de recursos; los pactos políticos con las élites empresariales garantizan la usura vergonzosa, una rentabilísima estrategia para lucrar con los pobres: las tarjetas de apoyos, los créditos a tasas de interés inhumanas, el aseguramiento de una plataforma de votos sometida y dependiente de su “mesada”.

La pobreza es rentable porque financia industrias, sectores, y fortunas inimaginables. 

La pobreza es rentable porque proporciona millones de votos.

Al pan pan y al vino vino. Y las chingaderas, chingaderas.

Con su perdón y sin él pero es que estoy furiosa.

Que en las partidas presupuestarias para Cultura también hay corrupción, no lo dudo; lo que toca es el camino largo de trabajo difícil para limpiarlas, no pensar en desaparecerlas. Toda corrupción enferma, toda corrupción es parte del cáncer, en eso no regateo; pero insisto, hay que transparentar y limpiar, no demoler lo construido.

Ya casi me voy.

Nomás les dejo este fragmento brillante que no me canso de leer y citar. Del psicólogo y sociólogo Pablo Fernández Christlieb que describe perfectamente a la calamidad de funcionarios que sólo van cambiando el color de la estafeta pero que resultan todos de la misma estirpe.

“Solían ser buenos muchachos: en los sesenta eran hipiosos; en los setenta, concientizados; en los ochenta, ecologistas; y en los noventa, democráticos. Ahora ya son cancilleres, funcionarios, mandos medios o dueños de su restaurante, vestidos casual, con buen verbo y culturita, como si les hubiera ido bien aunque no quisieran, y como si se hubieran decrepitado pronto, como a los treinta años.

Venían con buena educación, buena familia, buenos principios, buen corazón pero un día cayeron en las garras del triunfo; tenían todas las inteligencias; la técnica, la emocional, la práctica, menos una: la inteligencia moral”.

@AlmaDeliaMC

Ramón

Foto: Gerardo Tagle

No podías creer que existiera un hombre así. Tan dotado para la literatura, tan talentoso y tan sencillo al mismo tiempo.

Increíblemente culto —lo había leído todo, y a pesar de ello no se comportaba como culturetas respingado, nada más lejano: la capacidad de diversión de Ramón era inaudita.

Todavía lo veo bailando las mañanitas como si de un son cubano se tratara mientras yo esperaba el momento de soplar las velas del pastel (que en realidad era un pan de muerto) en mi último cumpleaños.

La imagen más presente: su alegría. No había llamada que no termináramos a carcajada batiente, reunión donde no nos pusiéramos a tararear la canción que resonaba en el restaurante o cantina de turno. Ese era Ramón, el gozo por la vida.

Lo conocí el mes de octubre de 2017.  Llegué, muerta del susto, con el borrador de mi novela más reciente a encontrarme con él en su oficina de la editorial Penguin Random House.

Se trataba del legendario Ramón Córdoba, el mejor de México, el que editó a Carlos Fuentes, por el que los autores se pelean. Recuerdo que me sudaban las manos cuando me estiré para saludarlo hasta sus alturas. Era grande, de alma y de estatura.

El miedo se esfumó en cuanto cruzamos las primeras palabras y descubrimos que los dos teníamos sangre michoacana y chingos de hermanos y chingos de amor por la literatura, los chistes y los juegos de palabras.

Pero, sobre todo, porque Ramón inspiraba un respeto profundísimo pero nunca miedo. Y de ahí palante. Trabajar con él fue una experiencia privilegiada y maravillosa, línea por línea señaló aciertos y fallas con un oficio que daba gusto atestiguar; cuando la edición estuvo lista nos divertimos en grande buscándole título a la novela: fueron y vinieron mensajes con propuestas serias y otras hilarantes que nos hacían reír como chiflados. Finalmente decidimos, “fue niño”, me dijo. Y “El niño que fuimos” pasó a imprenta. Nuestros mensajes empezaban con el prolegómeno: “Almiranta, ¿estás ahí?”, “Aquí estoy, Contraalmirante, mar en calma…” y luego venían las carcajadas y el asunto a tratar. Siempre me alegraba ver su nombre en el teléfono. Para mí Ramón era de la buena suerte.

Era agosto del 2018 y se acercaba la presentación de mi novela en el zócalo, como lo insegura no se me quita, aguantando el susto me atreví a pedirle que me presentara, sé que no te sobra tiempo y que todo el mundo te requiere para esas cosas… Su respuesta fue “que retiemble esa chingadera”. Por chingadera entendíamos la carpa del zócalo. Al terminar fuimos en bola a emborracharnos a una cantina, entonces empezamos a discutir que yo soy más morena, ¡no! yo soy más moreno, que mi sangre es más purépecha que la tuya… y nos tomamos esa foto con las caras muy juntas para comparar el tono oscuro de nuestra piel.

Y vinieron más presentaciones, planes de trabajo y ferias de libro. Y a todo evento y jaleo donde Ramón estuviera, yo iba feliz.

El domingo 16 de junio cumplió 61 años el individuo, como él mismo anunció. Esa noche soñé con él, se había casado con mi madre (ya sé, ya estoy en terapia).

El lunes 17 de junio me llegó un misterioso correo confirmando la inscripción de mi novela a un concurso literario; de inmediato le pregunté si él me había inscrito pues yo no intento esas cosas porque no me da el corazón para pasar por la incertidumbre y el probable rechazo; respondió que sí y que lo haría en cuantos concursos creyera que mi novela tenía posibilidades. El martes 18 de junio comí con Mayra González, Directora de Alfaguara, amiga mía y muy cercana amiga de Ramón, con quien trabajaba. Le di a Mayra un regalo para que se lo entregara a él con motivo de su cumpleaños.

El miércoles 19 de junio Mayra —cómplice entrañable— me escribió “ya está el regalo esperándolo en su lugar”. Le mandé un mensaje a él más tarde y me contestó, divertido y amoroso, que no se había parado por la oficina pero que lo recogería mañana. Es decir hoy, jueves 20 de junio.

Vengo de ver a Ramón en la funeraria. Ahí estaba con esa expresión reposada, amable, casi sonriente; guapísimo con su playera de Kalimán. Mi primera impresión fue que se levantaría, que diría algo ingenioso, que me daría un abrazo.

Pero no, ya no.

Buen viaje, Contraalmirante, aunque de este lado duele la tarde y sin ti el aire se respira reseco y huérfano, sé que te mereces ver todos los mares, todos los océanos.

@AlmaDeliaMC

Nombrar al padre

Y los años pasan y creces sin saber cómo acomodar ese tiroteo de mensajes sobre tu padre…

Hay textos cuyas palabras hacen sentir más miedo que la posibilidad de la hoja en blanco. Este texto es así.

Empezaré por decir que jamás vi a un hombre tan entero y tan rendido al mismo tiempo, ese hombre era mi padre.

Con un ejército de hormigas rojas que llevaban ansiedad pegajosa marchando en mi cabeza, me levanté una mañana sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida y que mi vida sumaba mucho tiempo de no verlo. Treinta años.

Hoy mientras corría miré a un hombre proteger a su hijo de la lluvia en la fila para entrar a la escuela. Es una imagen que me conmueve. Y esta vez elijo reparar en los padres —no en las madres. Cuánta fragilidad en esos hombres que se empeñan en tejer un vínculo contra viento y marea, cuánta entereza, cuánto fuego marcial aprendiendo a soplar bajito.

Descubrí hasta qué punto ignoraba todo de él aquella mañana de las hormigas rojas que intenté escribirle una carta y me pregunté si mi papá sabría leer.

Dice Paul Auster en La invención de la soledad sobre su padre un frase demoledora. “Mi recuerdo más temprano: su ausencia. Durante los primeros años de vida, él se iba a trabajar por la mañana temprano, antes de que yo me despertara, y volvía a casa mucho después de que me acostara. Yo era el niño de mamá y vivía en su órbita”.

Esa madre exigiría del padre presencia y afecto pero también que resolviera la vida material, que fuera el perro de adelante, que no llegara tarde a la oficina ni a la fiesta de cumpleaños, que luego de doce horas de trabajo regresara a casa comportándose como el príncipe de la masculinidad que ella estaba convencida de merecer. Ah, los errores personales que convertimos en credo, en causa social, en discurso de avanzada, en argumento de la ofensa permanente.

Con dos dedos de frente podemos entender que también los hombres enfrentan dictatoriales exigencias de género, que el mundo se empeña en desarmarlos al tiempo que les exige una entereza a prueba de balas (literalmente). Y es que se espera de ellos que sean empáticos sin ser vulnerables, que cooperen con las tareas pero qué fastidio que sean tan torpes y haya que relevarlos al primer minuto para mostrarles cómo se hace porque siempre habrá incuestionables madres eficientes bombardeando la “inutilidad” de sus parejas.

Crecí escuchando —­­­como muchos hijos de padre ausente, que él era el cabrón pero también el débil, el verdugo pero el fracasado, el que no estaba porque cuando estuvo no estuvo a la altura y por eso hubo que pedirle que se fuera de la casa. En fin, el que por más que haga nunca dará el ancho ni el alto ni el grueso del halo (y el falo) súper protector y evolucionado que la tiranía femenina exige de los hombres. Sí, dije tiranía femenina. No lo retiro. Y me hago cargo.

Y los años pasan y creces sin saber cómo acomodar ese tiroteo de mensajes sobre tu padre que es un pendejo, egoísta y bueno para nada como-todos-los-hombres. Y pasan más años y tu madre empieza a aflojar el discurso porque, bueno, tiene que admitir que ella lo eligió.

Y entre un discurso y otro está tu memoria, tu pedacito de verdad, tu territorio de identidad que permanece y a ti parece que no fue tan de la chingada como ella lo cuenta. Y ahí están las fotos, y los recuerdos de los que se habla en las sobremesas, y tu propio recuerdo de aquel día que esperó por ti más de seis horas hasta que tu madre lo dejó verte, o de aquel otro que te recibió empapado porque salió a comprar los ingredientes para preparar la comida porque él también te amaba a su modo, y quería protegerte. Y se esforzó por vincularse pero no dio el ancho ni el alto ni el cómo ni el así se hará porque yo soy su madre.

Y —perdonen el spoiler, luego pasan más años y ahora que tu padre murió exactamente como lo anticipaste, tu madre por fin se quiebra y un día te dice que él “no siempre fue malo” y te cuenta las historias luminosas que debió contarte décadas antes. Y cuando ya perdiste la suma de los años y has visto a tus hermanos, amigos y parejas esforzarse hasta lo indecible por estar cerca de sus hijos al ritmo de “así no se hace, egoísta, bueno para nada…” pues carajo. Que lo innombrable no puede ser el padre. Ojalá las mujeres que lo hacen, repararan en el mensaje de mutilación que transmiten.

Como dice Humberto Maturana: nuestro maravilloso cerebro no crece en la manipulación, crece en la convivencia y el camino que seguimos depende de nuestro capital emocional.

¿Qué ganan quitándole la mitad del capital emocional positivo a quien está aprendiendo el mundo? ¿Qué adelantan heredando a sus hijos la imagen de un padre defectuoso para parecer ustedes más enteras por contraste?

Si rotos estamos todos. Y por eso podemos amarnos que el amor entre dos enteros no es amor sino diploma de egos. (El que tenga apertura mental que entienda y el que no, que se ofenda)

Digo que el amor también se enseña y se construye tan humano o artificiosamente divino como decidamos. Que a nadie le hace mal detenerse a mirar el otro lado de la historia. Que resulta sintomático —de tantas cosas— que este país no esté paralizado por el día del padre pero ante las santas madrecitas siempre veremos hincarse a Dios y al Diablo.

@AlmaDeliaMC

Habitados

Fotografía: Alberto Alcocer | @beco.mx

Hay seres humanos que nacen con vocación de talismán.

Su fuerza creativa, su talento demoníaco, su capacidad de emocionar a multitudes. Su belleza sobrehumana.

Tienen eso: el duende, el toque, el no sé qué que los demás no tenemos y entonces los convertimos en símbolos, en objetos energéticos, les exigimos que sean lo que nosotros no podemos ser.

Leonardo Da Vinci, Dostoyevski, Conan Doyle, Nina Simone, Janis Joplin, Bob Dylan o Elvis Presley. Sophia Loren, Catherine Deneuve, Amy Winehuose. La lista es larga.

Ya se sabe que los seres humanos somos una activa máquina de destruirlo todo, no es nueva nuestra voracidad animal por el entretenimiento; tampoco es nueva la narcisista idea de que todo lo que nos rodea está ahí para complacernos. Recientemente vi el documental “The Searcher” sobre la vida de Elvis Presley dirigido por Thom Zimny, es desolador saber que entre una turba desenfrenada y un manager ambicioso mutilaron las búsquedas artísticas más profundas de Elvis. Es que lo importante era complacer, cantar las piezas conocidas, petrificar un personaje. El ser humano bien podía irse a la mierda. El artista también.

Días después vi “Rolling Thunder Revue” de Martin Scorsese sobre aquellos años de la gira inaudita de Bob Dylan. En algún momento Dylan, siempre esquivo con la cámara, mirando hacia abajo, dice una verdad brutal y decantada: no podemos complacer a la gente, es problema de ellos complacer sus expectativas.

Y con esa lucidez renunció a estancarse en un estilo, en una canción o una guitarra acústica, en la fórmula de comida rápida que la multitud le pedía.

Hace pocos días me descubrí haciendo gala de mi propia estupidez opinando que la voz de Frida Kahlo (recientemente hecha pública por un archivo de la Fonoteca Nacional) no me gusta. ¿Y por qué carajos creo yo que la voz de Frida está esperando mi opinión? ¿por qué creemos que todo lo que existe está ahí para recibir nuestro “like”, para complacernos, para que le demos nuestro sesudo juicio?

Conan Doyle tuvo que revivir al personaje Sherlok Holmes luego de matarlo en una aventura pues estaba cansado de no explorar creativamente otra narrativa, otra literatura. Su editor y el público dictatorial presionaron hasta que volvió sobre sus pasos y se dedicó a escribir nuevamente sobre el tan aclamado detective.

¿Será que todos somos Annie Wilkes, el detestable personaje de Misery que magistralmente construyó Stephen King?

Hace unas horas leí un tweet del actor mexicano José María Yazpik donde confiesa, en un tono de humor y resignación, lo poco que le entusiasma salir a promover un proyecto nuevo. Las respuestas son brutales: “no seas diva, para eso te alquilas, cambia de trabajo, chíngale…”

¿Somos tan limitados para comprender que el intercambio entre los creadores y nosotros es la obra y nada más?

La novela, el poema, la canción, la actuación sublime en la película… eso es lo que quienes crean nos dan y eso es lo que hace la relación grande, gozosa y abre las posibilidades para experimentar el arte en el intercambio.

No tenemos razón para exigir que además nos den la vida, que pongan buena cara, que sean políticamente correctos, ecologistas, veganos, delgadísimos, eternamente jóvenes y con buen humor permanente.

Si Renee Zellweger se cambia la cara, Nicole Kidman se pone bótox, Uma Thurman se resana la nariz; o si nuestro escritor favorito cambia radicalmente de tema ¿qué explicación nos deben? Absolutamente ninguna.

Y es que a veces nuestra estupidez escupe en ráfaga, cada tanto vendría bien cerrar la boca. Lo digo al menos por mí. Es mi limitación si no veo el universo en mi taza de café porque sólo soy capaz de ver una taza de café.

¿Qué nos hace pensar que el despotismo es cool o que tenemos derecho a tragarnos la humanidad de quienes se han vuelto personas públicas por ejercer una actividad artística?

Pareciera que ellos poseen algo que los demás no llevamos dentro. Quizá es que ellos están habitados de su humanidad y la defienden.

Y tal vez, sólo tal vez, nosotros estamos deshabitados de la nuestra.

@AlmaDeliaMC

Todos pierden

Fotografía: Alberto Alcocer | @beco.mx

Debajo de la ropa de cualquier ser humano siempre hay desafíos por enfrentar: la identidad, los deseos, la historia de represiones sistémicas y temores personalísimos.

No, la ropa no es una frivolidad. Los zapatos nos relatan, cada prenda que nos contiene dice algo de nosotros, no hay objeto sin significado por frívolo que parezca, no hay objeto que no relate una historia. No olvidemos que somos seres simbólicos.

Desde que el mundo es mundo el cuerpo humano ha sido depositario de todo tipo de intereses: artísticos, científicos, comerciales; de la esclavitud a las pasarelas el cuerpo es blanco de intereses múltiples que van más allá del individuo.

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Dejar la orilla

Fotografía: Alberto Alcocer | @beco.mx

Era febrero del año 2012 cuando entregué mi primer texto para este portal invitada por Alejandro Páez Varela a quien no me canso de agradecer por esta experiencia.

Recuerdo que temblaba al enviar el correo: ¿y si es una mierda? ¿y si nadie lo lee? Yo que ni becas literarias ni reconocimientos oficiales, una advenediza sobreviviente del pandemónium de los empleos de oficina.

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De lobos, criaturas y otras monstruosidades

La humanidad es inseparable de su bestiario.

El tamaño, la apariencia, la capacidad destructiva y la forma en que se enquistan esas bestias en nuestro imaginario colectivo depende de dos cosas: la temporalidad y la capacidad de conciencia.

Cuando digo temporalidad, me refiero a que, según la época, nos resulta terrible tal o cuál práctica, nos resistimos a cruzar tal o cuál puerta para asomarnos al abismo del mal. En nuestra rabiosa ultramodernidad, por ejemplo, tenemos una enfermedad llamada “presentismo”, todo lo queremos juzgar desde el contexto del presente aunque venga de quinientos años atrás.

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