Cuentos de maldad (y uno que otro maldito)

Editorial Alfaguara

Todos los protagonistas de estos cuentos mutarán de “buenas personas” a seres insolentes que permitirán a su lado oscuro asomarse como una conquista de sensatez y autonomía. Por una vez, ellos serán los malos de la historia. 

Aquí los títulos de los cuentos:

  1. Severiano y los tamales del amor
  2. Jackie
  3. La mesa de siempre
  4. Pensamiento lógico
  5. El amor es eterno mientras duele
  6. El agua encuentra su cauce
  7. Manual de la alimentación posmoderna
  8. Lady Gargajo
  9. El último de los Godínez
  10. Madre ejecutiva
  11. La rebelión de los de en medio
  12. El dedo de Dior
  13. Mamá Carola
  14. El vampiro de Bed and Breakfast
  15. El ejercicio puede ser nocivo para la salud
  16. De clase mundial
  17. Cazadoras
  18. Diablo frágil
  19. Casa busca cambio de inquilino
  20. Herido Dios

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Alma Delia cuenta cuentos de maldad (y uno que otro maldito)

Editorial Alfaguara

Veinte relatos en torno a las peripecias posmodernas que, contados con humor negro, evidencian la inocencia con la que nos entregamos a un estilo de vida sin comprender que ofrecemos el cuello como víctimas voluntarias desde la comodidad del hogar y a un clic de distancia del posible asesino.

Del Vampiro de Bed and Breakfast que va sembrando cadáveres donde se hospeda a Jackie, la sensual repartidora de comida que entra en la casa de sus solitarios clientes y los ejecuta; pasando por Bartolo Gomer en La rebelión de los de en medio que provoca una revolución incendiaria en un gris corporativo de oficinistas.

Cuentos que relatan cómo en pos del éxito y la “calidad de vida”, hemos construido pequeños infiernos a través de la tecnología, la persecución de la productividad y la devoción por absurdos propósitos que, antes o después, se vuelven contra nosotros.

Los protagonistas de estas historias mutan de buenas personas —incluso buenos objetos como La mesa de siempre— a seres que permiten que su lado oscuro se asome como una conquista de libertad. Desobedecen, renuncian, traicionan, matan.

Tanto Severiano —el vendedor de tamales vengativo, como Lucía, que no puede controlar su deseo; son poseídos por ese Diablo Frágil que, como decía Fernando Pessoa, corrompe pero ilumina.

*Un mensaje de la autora:

Sé, por los tiempos que corren, que más de una persona encontrará ofensivos estos relatos. Lo comprendo, pero no lo comparto.  

Tampoco me disculpo y sostengo que la ficción es mi tierra prometida; el paraíso recuperado sobre el que puede reinventarse la realidad desde un lugar gozoso, lúdico, retorcido: humano.  

Así que defiendo mi territorio creativo como defiendo que el sentido del humor es un antirrito que aparece en todas las culturas; un maravilloso rasgo de inteligencia humana que supone la capacidad de transgredir los valores más arquetípicos, fundantes y asfixiantes que necesitan ser cuestionados. 

Las bromas son un principio liberador, un ataque no peligroso contra el control. Sean pues, estos cuentos, mi manera de rebelarme contra el pensamiento rígido y contra tantas chingaderas que ocurren como resultado de eso. 

Gracias a mi casa editorial Alfaguara por la complicidad: a Mayra González por su profesionalismo y calidez, a Fernanda Álvarez por su mirada crítica y atinadas correciones. Gracias a quienes, en su momento, leyeron alguno de estos cuentos para enriquecerlos con sus comentarios: Gabriela Solís, siempre atenta. Julia Santibáñez, única en su precisión. Marcela Azuela, la más generosa. Óscar de la Borbolla, mi maestro. Ricardo Bada, mi querido amigo trasatlántico. A Guillermo Arriaga, porque entre barrios nos reconocemos. A José Esteban Pavlovich, camarada. 

Gracias, especialmente, a Gerardo Tagle por las dosis de amor y maldad que sumó a este proceso; por la paciencia, las infinitas horas y el café de la mañana. 

Y a todos los que hagan eco de estas historias con una carcajada: gracias. 

**Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) está a la venta en librerías El Péndulo, El Sótano, Porrúa, Amazon. También en formato eBook en iTunes, Kindle y Google Play.

El mal del animal

Pixabay

Treinta y seis años tenía mi madre cuando le vino el mal del animal.

Yo fui testigo en directo porque era muy pequeña y esa estrategia es la mejor para estar en lugares prohibidos sin que nadie lo note. Incluso ahí, abrazada a sus piernas sólidas y blanquísimas, casi marmóreas.

Mi madre se enamoró y yo la vi convertirse en animal. Lo juro.

El amor es una fiera con las fauces abiertas y quien no quiera perderse la oportunidad de sentirse vivo de verdad, tiene que dejarse morder. No hay alternativa. Siempre he encontrado fascinante el animalario que permea la literatura y la poesía. Desde El pájaro azul al que Bukowski le tira whisky y humo de cigarro para que no salga de su corazón hasta el tigre que desgarra por dentro al que lo mira y sólo tiene zarpas para el que lo espía del poeta Eduardo Lizalde; hay un mensaje ahí, un rito de pasaje, un poder que nos convoca: el olor de la sangre.

Pude oler la sangre de mi madre cuando se enamoró de aquél vecino soltero empedernido y menor que ella. Se puso más hermosa que nunca, más brillante, lúbrica. Y un poquito loca. Le dio por untarse polvos de colibrí y renovó su escasa lencería, le cambió la voz, la pisada, las huellas.

Este fin de semana estuve con ella, ahora es una mujer de setenta y dos años, delgada y liviana, con el cuerpo encogido —la vejez es un tiroteo— pero no han dejado de brillarle los ojos. Cuando la miro así recuerdo aquellos días en que, siendo una niña, seguí atenta su transformación en fiera amorosa. Cuánto me alegra tener la certeza de que mi madre vivió eso.

Dice Julia Santibáñez en Eros una vez (Seix Barral, 2017) en el poema Génesis:

como perra gata zorra en celo recuerdo jugar

en el jardín señorear machos jirafearme

montar leones engorilada y caballuna…

Esa era mi madre. Señoreaba al macho, montaba al león y a mí me mataban los celos infantiles pero al mismo tiempo la intuición me decía que estaba presenciando un misterio, algo sagrado.

La mujer de más de setenta años que comía ayer frente a mí me dio un mensaje con aquella mujer de treinta años que también fue: la pasión está permitida, el amor no se trata de “la persona correcta” sino de esto. Sentir está permitido, aunque duela.

A menudo recuerdo un texto de Stephen Grosz (The Examined Life) donde narra la experiencia de un médico que, trabajando en una leprosería, descubrió que las deformaciones de los leprosos no eran consecuencia propia de la enfermedad, sino el resultado de no sentir: insensibles ante las heridas, los pacientes podían dejar que se infectaran y se les cayera la piel en pedazos. “Cuando conseguimos no sentir nada, perdemos el único medio que tenemos de averiguar qué nos hiere y por qué”. Ese es el remate brutal en el episodio de la leprosería.

Siento escalofríos cuando pienso en ello. Todo lo que hacemos para no sentir en tiempos de paraísos anestésicos, ahora que humanizamos lobos y perros en lugar de afilar al propio animal que cada uno somos, entregados por completo a esta hipocresía civilizadora que blanquea los dientes, neutraliza el veneno, pule las garras y convierte en osito de peluche al amor, esa enseñanza fiera de la que tenemos tanto miedo porque precisamente podría volvernos más humanos. No queremos experimentar emociones sin domesticar, queremos la medianía de lo correcto.

Pero es que sólo en el amor somos depredador y presa, sólo en el amor queremos matar y al mismo tiempo mostramos el cuello como lobos rendidos al alcance de un te amo que podría ser más letal que el disparo de un Remington de caza bien cargado.

Leyendo la espléndida novela El Salvaje de Guillermo Arriaga (Alfaguara, 2016) volví a pensar en mi madre, en cuando fue animal. El Salvaje es una historia de amor que huele a sangre, a cacería del alma, que se queda en la piel luego de olfatear la huella del lobo que persigue Amaruq y la vitalidad desesperada del amor de Juan Guillermo que se espesa con el deseo de venganza.

Vuelvo a mi madre que no ha leído más libro que la Biblia y que jamás leerá un libro mío porque, gracias al cielo, mi madre eligió ser mi madre y no mi lectora.

Esa mujer amorosa que se plantó ante la vida a dentelladas y que una noche salió a encontrarse con su amante a un terreno baldío de la colonia popular donde vivíamos. Seguí la huella para espiarla. Miré hasta el segundo preciso en que supe que no toleraría más y regresé a casa corriendo, con mi pequeño corazón infectado, mordido ya por la fiera. Junto a todos los recuerdos resecos que tengo de ese barrio devastado que es el Estado de México, tengo también ese momento vibrante, perturbador y luminoso.

Mi madre, la de ahora, me pregunta si está bueno el arroz con leche que preparó para complacerme. Me levanto y la abrazo, digo “gracias”. Tal vez piense que se lo digo por el postre o tal vez sepa exactamente por qué lo hago, algo me dice que el olfato de madre no se pierde sino que se afina con los años.

Luego vino lo inevitable: la separación de los amantes.

Un día paró en seco el terremoto, la estampida de búfalos que la acompañaba al cerrar la puerta después de salir se marchó para siempre.

Y la vi batallar consigo misma para superar aquello. Por las noches lloraba bajito, cosía mi ropa y la de mis hermanos, inventaba caldos y guisos en los que reutilizaba hasta las cáscaras de papa del día anterior. Su duelo transcurrió entre ollas hirviendo y jornadas extenuantes de trabajo. Una mañana limpió los cajones de su tocador y los sobrecitos con polvo de colibrí desaparecieron de la casa. Y nunca más la oí llorar. Había sobrevivido.

Mientras doy la última cucharada al arroz con leche, pienso que me gustaría entrevistarla, que me contara los detalles de aquel episodio, que me hablara de mi abuela, otra que montó bestias y acarició carneros con nombre y apellido en su pueblo michoacano.

Pero conozco bien la respuesta: dirá que no, que yo y mis cosas y para qué tantos libros.

Y no la culpo porque lo cierto es que también yo —como ella y como Borges— prefiero buscar al otro tigre, al que no está en el verso, al que muerde y endulza para arrancar jirones del cuerpo. Y del alma.

*Texto originalmente publicado en El Cultural de La Razón.