posmodernos y jodidos

El aplauso divino

Una cultura depende de la calidad de sus dioses, dice la deslumbrante María Zambrano en El hombre y lo divino, refiriéndose a cómo configuramos las sociedades lo divino frente a nosotros y cómo eso que divinizamos le otorga al alma humana cierto tipo de gracia y de exigencia para estar bien ante los ojos de nuestras deidades. La primera publicación de ese título fue en 1955, hace más de sesenta años. María piensa y se emociona frente a conceptos fundamentales de nuestra existencia para explicar por qué la evolución humana necesita de un fenómeno divino que siempre encontramos la manera de crear. No pude evitar preguntarme cuáles son esos dioses con los que queremos congraciarnos los posmodernos ahora que Dios (o el absoluto) ha muerto.

El ejercicio es desquiciante, porque si existe una sociedad politeísta es ahora, donde cada cual nos hemos convencido de que aquello que creemos, esa causa por la que militamos, no sólo es la correcta sino que debe convertirse en dogma y nos legitima para castigar, al menos con la vergüenza en el patíbulo digital, a quienes no se comporten conforme a ella. Pero esta pasarela de causas sociales convertidas en credo, tiene su fuerza en una apabullante capacidad repetidora porque la congregación es mundial, la globalización digital reúne millones de feligreses desconocidos entre sí pero hermanados por la fe de una ideología que tira del mismo mecanismo que la religión. Me parece, entonces, que lo que estamos buscando es el aplauso incluso más que la defensa de la ideología o creencia que predicamos. Y aquí estamos de vuelta en los misterios dionisiacos, en la representación de un teatro que sin público no sería nada. Sin audiencia no hay fe.

En mi tiernísima juventud estudié en la Escuela Nacional de Arte Teatral con toda la seriedad del caso. Teníamos una maestra a la que debimos romperle los hígados con nuestra dura sesera de jóvenes soberbios, pero ella se empeñaba en que supiéramos entender la Poética de Aristóteles. Quería que comprendiéramos por qué la Tragedia viene del canto de la cabra, del macho cabrío sacrificado en honor a Dionisios a quien se entonaban cantos en coro, los ditirambos, para garantizar la buena cosecha.

Sin chivo expiatorio no hay ritual pero sin público menos y sin fe como elemento aglutinador de todo, tampoco.

En la escuela ensayábamos las tragedias para aprobar alguna asignatura, reservábamos un salón para repetir hasta el delirio diálogos de los que comprendíamos la mitad pero que nos hacían temblar. Nada menos que el monólogo de Medea de Eurípides fue mi examen de fin de ciclo. Tenía diecinueve años, ¿qué iba a entender yo de una mujer desesperada que asesina a sus hijos para que su marido Jasón, que la ha traicionado, sufra sabiéndose la causa de tal brutalidad?

El hecho es que representar a Medea, Edipo o Clitemnestra sin público no tenía sentido, no es cuestión de vanidad, sin público o sin testigos, el ritual está incompleto. Ensayábamos en salones vacíos y nuestras voces rebotaban en las paredes sin devolvernos emoción alguna. Competíamos como Eurípides, Sófocles y Esquilo allá en las olimpiadas y el público era indispensable.

Basta con leer dos veces cada publicación en las redes para ver el meta propósito de nuestras defensas o críticas a una boda, a la reacción de un padre cuyo hijo ha hecho una transición de género, a una película o serie condenables para comprender que no es el deseo de compartir la opinión —regaño o alabanza— lo que nos mueve, sino la necesidad del aplauso de la congregación, de los testigos del ritual de la tragedia y también de la comedia. Escribimos casi por descontado desde el credo: “Aplausos para”, “¿No les da vergüenza que…?”, “Cómo se atreven a hacer una fiesta”. Y la reacción es inmediata, es como repetir el coro aquel del acto religioso que nos hermana.

Vuelvo a Zambrano: ¿cuál es la calidad de nuestros dioses?, en su magnífico ensayo ella concluye que el futuro es nuestro dios misterioso. Hoy es difícil saber quiénes son nuestros dioses, pero seguimos fieles al ritual de la confirmación y el sacrificio.

Ah, qué doloroso debió ser para los dioses ahora que —no hace mucho— los arqueólogos encontraron las cabezas de Dionisios y de Afrodita en Turquía y, ay, no les ofrecimos ningún canto.

—Texto originalmente publicado en el periódico Reforma.

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Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

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