Imagen: Red high heels, de Marie Marfia
posmodernos y jodidos

70 metros cuadrados de silencio y un par de zapatos

La más absoluta de las realizaciones es aquí, en este espacio, entre mi cocina diminuta y mi librero, entre el sillón azul y la mesa, entre la mesa y la ventana. Apago el teléfono y descuelgo el interfono porque no quiero ruido, avanzan las horas. Vaya lujo faraónico que son este espacio y este silencio. Nunca como ahora resuenan en mí las palabras de Hamlet: podría estar encerrada en una cáscara de nuez y sentirme reina de un espacio infinito.

Esta tarde, caminando los pocos pasos que hay entre la cocina ínfima y mi clóset apretado, he pensado en la ironía de ser una escritora diurna y solitaria a la que la frivolidad que más le gusta es la de comprar zapatos… porque ¿para qué compra zapatos una escritora solitaria, diurna y neurótica? para lucirlos delante del sillón azul y dejarlo mudo de deslumbrado mientras cruzo la pierna por enésima vez buscando la primera línea de esa historia que quiero contar y ante la que yo también estoy muda.

Cuando era niña pocas cosas deseaba más que un par de zapatos nuevos porque desde que nací hasta que entré a la adolescencia, viví heredando los de mis hermanas o primas. Así que unos nuevos eran objeto de mi aguda ambición pero los quería de adulta: unos descomunales tacones rojos con filo dorado era lo que brillaba en mis fantasías de niña ochentera.

Mi madre tenía un par así que usaba poco, eran preciosos, de piel de cabra, suaves y finos, tacón cónico, silueta d’orsay que es una zapatilla como en dos tiempos, punta y talón sin las partes laterales…un sueño. Eran herencia de una tía pudiente, mi madre tuvo la buena suerte de calzar el mismo número que ella. Esos zapatos estaban bien resguardados, eran para ocasiones especialísimas pero yo siempre hallé el modo de dar con ellos y ponérmelos para admirarlos aunque sobrara la mitad de la horma en mi pie diminuto —como mi cocina y la cáscara de nuez de 70 m2 que ahora mismo me contiene y hace las veces de departamento clasemediero privilegiado.

Sería junio de 1986 y se acercaba la ceremonia de fin de ciclo escolar, me habían elegido para declamar un poema que se atribuye a Miguel Ramos, “El seminarista de los ojos negros”

Desde la ventana de un casucho viejo

abierta en verano, cerrada en invierno

por vidrios verdosos y plomos espesos

una salmantina de rubio cabello…

El culebrón rimado relata que la salmantina está enamorada del seminarista de los ojos negros y él de ella pero su amor es imposible, un infausto día el seminarista muere… el poema es francamente melodramático y cansino y la pobre rubia termina convertida en una vieja sola y triste, deslucida anciana de cabellos blancos que sigue suspirando por el seminarista, condenada a la lealtad estéril de la fantasía. Qué castigo, por favor, yo digo que con que la rubia bajara al bar de la esquina a brindar por el difunto, más pronto que tarde se volvía a enamorar de algún otro… pero, bueno, mujeres confinadas al ejemplar sufrimiento tenemos ad nauseam en la literatura del siglo pasado. Eso sí, el poema está escrito en dodecasílabos perfectos.

Para esa ceremonia de fin de ciclo yo le pedí a mi madre que usara los zapatos aquellos, pero no estaba segura de que me cumpliría el capricho — A ver qué pienso, me dijo.

Y llegó el día. Cuánto se lo agradezco aun hoy: mi madre se puso guapa para mí y atravesó la ciudad de una punta a la otra con unos pantalones rojos a juego con una blusa de chiffon, encima un cárdigan blanco de punto y calzada con esas bellezas. Tengan en cuenta que había hecho un camino de dos horas en transporte público para llegar a mi colegio y que el regreso le esperaba todavía más cuesta arriba, otras dos horas pero esta vez cargando mi maleta con ropa sucia de la última semana en el internado para niñas donde yo hacía la escuela primaria junto a mi hermana.

Todavía me veo ralentizando el paso detrás de mi madre para admirar los tacones cuando se subiera al Ruta 100, sintiendo un orgullo pecaminoso explotar en mi pecho porque ninguna mamá llevaba unos zapatos como la mía. “Cuando seas grande y trabajes, te compras unos tacones así”, me dijo. Ella, que hacía jornada en una maquiladora por las mañanas y limpiando casas por la tarde, no concebía otra manera alentarme.

Ahora sé que esa frase y ese pequeño gesto, entrañaban una significativa semilla del mensaje de liberación. Supongo que la postura política no estaba en la intención de mi madre que lo último que ha hecho en su vida es leer a Simone de Beauvoir o a Virginia Woolf, pero hasta el día de hoy sigue siendo una mujer trabajadora de 76 años, y eso, ser una mujer trabajadora y autónoma, es una conquista que ya sabemos cuánto ha costado.

Conseguí unos zapatos muy parecidos hará cosa de unos diez años, los uso poquísimo, para que duren mucho.

Cuando seas grande y trabajes… son las palabras que oigo cuando abro mi caja con los tacones rojos, saboreo el silencio de vivir sola, paladeo a conciencia la frustración creativa de no saber por dónde empezar a escribir este libro nuevo y pienso que aquí está el cumplimiento de ese anhelo, de ese destino, la conquista trabajada a lomo partido de mi madre y luego mío, que antes fue de mi abuela y de tantas otras mujeres.

Que sí, que por hoy soy reina de un espacio infinito aunque por la noche tenga que encender el teléfono atiborrado de mensajes y mañana vuelva a preocuparme por los gastos del mes y a angustiarme por la amenaza de la página en blanco.

*

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Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

One Comment

  1. Atl Cruz Ajorio

    Que bonita manera de tu mamá para alentarte, ponerse tan hermosa para ti, pienso también que quizás, la invitación que le hiciste a calzar esos portentos, a ser la más hermosa mamá de la niña más orgullosa; le sirvió para recordar y celebrar la belleza, la suya, la de la vida, aunque hubiera que subir la cuesta, con el peso a cuestas, esos tacones, acaso, las salvaron del martitrio de Sísifo.

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