La vida secreta de los libros


 Alberto Alcocer / IG: @beco.mx

Detesto a los hombres que hablan como libros pero amo a los libros que hablan como hombres, eso decía Cortázar.

Es interesante la reflexión más allá del juego de palabras. Los mejores libros rebosan sencillez, una sencillez compleja como la que habita a cada persona. Están hechos de material tan puramente humano que cada hoja respira, palpita, va recubierta de una humanidad que conecta poderosamente con la de quien lee.

Yo suelo pensar en los libros de mi biblioteca como personas, desde niña asumí que eran mis amigos y así ha sido toda mi vida. Hago la chifladura de hablarles cuando estamos solos tal y como hacía mi abuela con las flores de su jardín.

Así que además de leerlos, emocionarme con ellos, odiarlos o querer que no se acaben nunca; me interesan sus historias. Cómo nacieron, de qué insospechada decepción, de qué golpe de suerte o de qué mar de penurias. No resisto investigar, leer en torno a ellos y sus autores. Y resulta que a veces la historia de cada libro es casi tan placentera y disfrutable como el libro mismo.

Husmeando en el libro de Santiago Posteguillo La noche en que Frankenstein leyó el Quijote (editorial Planeta, 2012), me enteré de que Mary Shelley aprendió español sólo para leer el Quijote y me emocioné al imaginarla repasando el vocabulario, buscando palabras que no entendía en cada página de ese milagro que es la madre de todas las novelas. Y pensé que eso compensaba de alguna manera todo lo que el pobre Cervantes padeció en vida: hambre, deudas, rechazo de los académicos, y hasta mutilaciones y una dentadura para llorar como él mismo describe cuando dice “Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño (…) la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros…”

El Quijote fue una obra cuya publicación le tomó a Cervantes más de una década. En 1604 Lope de Vega, el catrín universitario y bien educado del barrio, la despreció diciendo “De poetas, muchos están en ciernes para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote”.

Pero es que la escritura es incomodidad y conflicto. Y todo narrador es un sobreviviente. Ahí está el caso del endemoniadamente talentoso Dostoievski que luego de cinco años de cautiverio en Siberia, con ataques de epilepsia y su adicción ludópata, en eterna batalla consigo mismo alcanzó la cumbre de su creatividad en una locura inimaginable: por las mañanas escribía “Crimen y Castigo” y por las tardes escribía “El Jugador” porque su desastre financiero lo obligó a comprometer los derechos de toda su obra si no entregaba al término de veintiséis días “El Jugador” a su editorial. ¿Pueden imaginarlo? En ese lapso de tiempo concibió “El Jugador” de principio a fin y además siguió con las entregas de “Crimen y Castigo”. Cuando leo cualquiera de las dos lo veo en trance, contra la velocidad de su propio genio creativo, angustiado, destilando humanidad en cada palabra.

Gabriel García Márquez no pagó el alquiler de su departamento durante seis meses porque se ocupó en cuerpo y alma de escribir su novela y cuando por fin terminó “Cien años de soledad” no tenía dinero para hacer el envío postal a su editor desde México a Buenos Aires, así que en Correos de México pesaron el paquete y le dijeron que sólo le alcanzaba para mandar la mitad y así lo hizo, no se dio cuenta que mandó la segunda y no la primera parte de la novela. Ay.

Antes de morir Franz Kafka instruyó a su amigo Max Brod para que destruyera toda su obra pues estaba convencido de que no valía la pena. Kafka. Convencido de que “La metamorfosis” no era digna de leerse.  Y hay gente que se desgarra las vestiduras por la autoría de un tweet o que se cuelga el título de escritor sin obra publicada. (Perdón, pero si no lo digo reviento).

Qué decir de Pessoa que dejó ese baúl con más de 30 mil escritos, arrumbados sin ton ni son, con descuido; eso sugiere el tamaño de humildad y el desinterés por el reconocimiento que el hombre sentía. Hoy, con sus infinitos heterónimos, Pessoa es el escritor muerto que publica novedades más que los vivos. ¿No es una preciosa ironía?

De Pessoa y de Kafka aún nos falta mucho por descubrir. Me vuelve loca sólo pensarlo.

Stephen King vivió años en un camión de remolque y tecleó a dedazos en una vieja máquina de escribir. Tener hambre es sacarse la lotería, insisto.

Una última ironía hermosa y millonaria: a J. K. Rowling un editor le sugirió que dejara de escribir porque su obsesión con “Harry Potter” sólo la dejaría en la pobreza. Ja.

Y no, esta vez no les voy a decir que lean, sólo que lamento mucho de todo lo que se pierden si no lo hacen. Salud, compañeros, que esas páginas no van a dar la vuelta solas.

@AlmaDeliaMC

Las sirenas y el canto de la ignorancia


 Alberto Alcocer / IG: @beco.mx

La memoria es la inteligencia de los tontos, dicen que dijo Albert Einstein.

La ideología es el alma de los desalmados, digo yo.

Estoy convencida de que la candidez es un veneno que mata. Suave e indoloro pero letal. Hace un par de días se anunció que la guapísima actriz Halle Bailey, de origen afroamericano, interpretará a Ariel en la nueva versión de La Sirenita. Sin duda está muy bien el hecho de que una actriz de piel oscura represente a ese personaje icónico.

De veras lo celebro: soy morena, mi familia es de Michoacán, crecí en el Estado de México y estudié siempre en escuelas públicas, cuando empecé a trabajar viví la experiencia racista de las empresas que reclutan gente con cierto fenotipo y de los compañeros de trabajo que no pierden oportunidad de señalar el pigmento de la piel como motivo de orgullo o de vergüenza.

Cuento todo esto porque quiero dejar claro que no sólo entiendo sino que conozco la tara racista que existe en México (en el mundo) y sé que hace falta combatirla.

Aún así, creo que perdemos el foco por completo. Es escalofriante comprobar una y otra vez que vivimos tiempos de aplaudir la banalidad e incluso defenderla si tiene el sello de “políticamente correcto”.

El origen simbólico de la sirena como monstruo mitológico nada tiene que ver con una historia como la de Disney que es una historia simplista y no infantil sino infantiloide.  No importa si la sirena es rubia, pelirroja, negra, mulata, oriental, o transgénero; insisto en que la diversidad la celebro, lo que exaspera es que sigamos centrando la discusión en la forma y no en el fondo.

La primera crueldad a la que tenemos que enfrentarnos es a la experiencia de descubrirnos a nosotros mismos: la de hacernos cargo de los deseos, medir el tamaño de nuestro espíritu y psique, reconocer nuestras limitaciones. El dolor de construir una identidad completa pero flexible, capaz de crecer bordeando zonas luminosas y grises. El brutal viaje para desintegrarnos y reintegrarnos en términos psicológicos.

Pero incluso la simbología universal la hemos mutilado y ahora interpretamos todo conforme a la tendencia moral-digital del momento.

Las sirenas, esos monstruos marinos con rostro y pecho de mujer pero cuerpo de pájaro en la visión egipcia o de pez en la visión griega, seducen a los navegantes y los arrastran a la muerte para devorarlos. Por eso en La Odisea el héroe Ulises se amarra al mástil de su navío, para no ceder al “canto de las sirenas”; para poner a prueba su humanidad en el fundamental conflicto entre el deseo irracional y la templanza.

Exigir una sirena moralmente correcta e incluyente (que es un monstruo mitológico) es tan absurdo como querer un árbol correcto e incluyente, pronto habrá quien exija que haya árboles de todos los colores y nubes de todas las formas para que no exista discriminación ni incorrección política.

Pero es que las sirenas hablan de la pasión y del instinto, de la transformación de la psique. Dice el Diccionario de los símbolos de Jean Chavalier y Alain Gheerbrant: “Si se compara la vida a un viaje, las sirenas representan las emboscadas nacidas de los deseos y las pasiones”

Resumiendo: que el origen del símbolo de la sirena no es de víctima sino de depredadora, de enseñanza, de encrucijada. Donde femenino y masculino no se limitan a la visión de género abusador y género abusado. Tampoco tiene nada que ver con la sirena tontita pero rebelde, loca de amor, dispuesta a sacrificarlo todo por un hombre. Pero como no entendemos el todo ahora celebramos la parte, y con un fundamento de infinitas capas de ignorancia, le ponemos sello de “evolucionado” al cambio del color de la piel de la actriz que interpretará al personaje. Entre el remedio y la enfermedad estamos perdidos, compañeros.

La Sirena, el Minotauro, la Gorgona, el Cíclope, ¿cómo vamos a hacer para entender su mensaje incial, su misterio, si sólo podemos verlos con la estrechez de la narrativa infantiloide en un caso y políticamente correcta en otro?

Toda literatura y mitología que se transforma en políticamente correcta está siendo traicionada en su esencia; llevada de su naturaleza polisemántica e infinita a una visión limitada que aplasta una enseñanza enorme para el espíritu.

Sí, la rebeldía es buena, la diversidad también, pero sin profundidad poco ganamos en una ideología colectiva dispuesta a achatarlo y limitarlo todo para que sea digerible y les dé el placebo de estar actuando como buenas personas, buenas empresas, buenos contenidos. Y buenas cajas registradoras que no dejan de sonar. Uf.

Sólo puedo agregar que cuánta razón tenía Nietzsche: toda convicción es una cárcel.

@AlmaDeliaMC

¿Quién es Alma Delia Murillo?

Autora de las novelas «El niño que fuimos” (editorial Alfaguara, 2018), «Las noches habitadas” (editorial Planeta, 2015); y del libro de cuentos «Damas de Caza” (editorial Plaza y Valdés, 2011). Coautora en Tiembla” (editorial Almadía, 2018).

Escribe una columna sabatina en este espacio titulada Posmodernos y Jodidos, una colaboración quincenal en El Cultural de La Razón, y otras colaboraciones sobre diversos tópicos culturales para revistas como Milenio, Confabulario de El Universal, SoHo, Univision Trends, El Malpensante (Colombia) y otros.

Actualmente desarrolla guiones para series televisivas con la casa productora Fábrica de Cine. (Bio pics de la escritora Antonieta Rivas Mercado y el pintor Rufino Tamayo).

Imparte talleres de Escritura creativa en la librería El Péndulo y ha desarrollado contenido para el programa Shark Tank México de Canal Sony.

El mediocre dilema


Alberto Alcocer / IG: @beco.mx

Cada vez se ven más lejos aquellos años en que los políticos tenían cierta intersección con la cultura y al menos pretendían que les interesaba la literatura, el cine, el teatro o cualquier expresión artística. Aquellos años en que los políticos leían, eran miembros de la academia, humanistas.

Escribí esas líneas hace un par de años, recién habían asaltado al cine Tonalá en la colonia Roma a punta de pistola y nuestras inenarrables autoridades de entonces ni siquiera manifestaban un pestañeo de indignación.

Lo volví a leer y se me encogió el corazón pensando que hoy, dos años después, con triunfal cambio de administración y de partido, de visión histórica, de bastón de mando y de color de los cielos y la tierra… estamos en las mismas.

No salgo del pasmo por la virulencia con la que se persigue a la comunidad artística y cultural cuando manifiesta necesidad de ingresos. No me cabe en la cabeza la mezquindad de quienes esperan que nuestro trabajo sea gratis, sin remilgos, con disponibilidad total y, de ser posible, en dosis breves e inmediatas porque este imperio de atragantarse la existencia no tiene tiempo para nimiedades.

Llevo rato leyendo bibliografía sobre Rufino Tamayo y su obra. Ese hombre de origen humilde, crecido en la orfandad, sin más dinero que para comprar siete manzanas por semana cuando se aventuró a buscar fortuna en Nueva York junto al compositor Carlos Chávez.

Tamayo inicia sus Coloquios de Coyoacán en los que conversa con Víctor Alba con una frase demoledora; cuando Alba le pide que resuma la lección para crear algo bueno, Rufino responde: Saber pasar hambre.

Y cuánta hambre y críticas pasó por no apegarse al nacionalismo que el gobierno de la época exigía y al cual representaron fielmente Rivera, Siqueiros y Orozco; desde luego bajo el mecenazgo del Estado.

Pero Rufino dijo no. Yo soy pintor, no político. Mi arte es universal y humanista, no está al servicio de un discurso gubernamental.

Y le costó el aislamiento. Y aquel saber pasar hambre durante años, derivó en severos trastornos gástricos que lo acompañaron el resto de su vida.

Pero cuando Tamayo se convirtió en conocido pintor internacional y recibió reconocimientos en Japón, Europa, EEUU y Latinoamérica ¿adivinen qué? pues que entonces sí el gobierno se adjudicó el orgullo de que un pintor mexicano —aunque no mexicanista— tuviera tal alcance y tal talento.

Sucede una y otra vez con quienes reciben premios literarios, artísticos, académicos y deportivos. Bailarines, músicos, gimnastas y científicos que sin el menor apoyo consiguen abrir camino únicamente empujados por su pasión que luego el Estado se apropia y presume por todo lo alto “en el nombre de México”. Es indignante.

Vuelvo a Rufino, que más adelante en los Coloquios dice: “Hay que trabajar, en el arte como en cualquier otra profesión, de modo regular, con tenacidad, ocho horas al día. Para ser pintor, hay que pintar”

Atentos a lo que sigue y perdón de rodillas por simplificar el asunto pero es que intento explicar algo y tengo que seguir la lógica burda del planteamiento que nos tiene aquí: es curiosa la paradoja que representa el caso de Tamayo, pobre y artista.

El discurso de los defensores de la 4T y del propio presidente Andrés Manuel para justificar los recortes presupuestales en Cultura, es que primero hay que atender la pobreza.

Sí, somos un país con más de 50 millones de mexicanos en pobreza, ¿pero es que alguien de verdad cree que el dilema es elegir entre ser pobres o incultos? ¿pobres o mediocres?

Lo increíblemente despectivo, ofensivo y retrógrada es lo que ese mensaje entraña: que los pobres son subhumanos. Y, por lo tanto, sólo tienen necesidades de un espíritu menor, de un orden meramente físico, alimentario, si acaso patrimonial.

Una persona me decía que comprendía el recorte a Cultura porque él creció en pobreza y que llegar a la cultura era difícil. Y yo pensé: difícil pero no secundario. Yo también crecí pasando hambre junto a mis numerosos hermanos, viviendo en cuartos de servicio sin puerta, anhelando seguridad. Y sé que no hay tal disyuntiva, que es un planteamiento falaz. Que soy un ser humano completo y complejo que siente el mismo deseo de alimentarse que de acceder a experiencias culturales, al arte, a la belleza.

Por otro lado, si ustedes buscan el Presupuesto de Egresos de la Federación para el ejercicio del año 2019, verán que lo asignado a Cultura representa menos del 0.2%, cero punto dos, menos del cero punto cinco, muy lejos del uno por ciento. Punto una mierda.

¿Es de ahí donde pretenden compensar la inequidad social en México? No, pos sí.

El recorte a la de por sí raquítica partida de Cultura fue del 7.6% respecto del año pasado, el recorte a Medio ambiente —otro tema preocupante— del 29%.

Es una escandalosa evidencia de los intereses políticos pero poco estadistas que nos gobiernan. Desde luego las partidas que más crecieron tienen que ver con pensiones y apoyos sociales. Y aquí vuelvo a la paradoja.

¿Preferirían los Tamayos del mundo una tarjeta de despensa y apoyo doméstico que una infraestructura sólida que les permita crear?

México no es un país pobre y sin embargo hay pobreza.

Esa perversión no es consecuencia de presupuestos excesivos asignados a Cultura, acabáramos. Es por la corrupción y por el gran negocio que representa la pobreza para empresas y gobiernos. Sí, también para el actual: los estados con mayor índice de pobreza reciben partidas especiales inmensas y son también los estados con mayor desviación de recursos; los pactos políticos con las élites empresariales garantizan la usura vergonzosa, una rentabilísima estrategia para lucrar con los pobres: las tarjetas de apoyos, los créditos a tasas de interés inhumanas, el aseguramiento de una plataforma de votos sometida y dependiente de su “mesada”.

La pobreza es rentable porque financia industrias, sectores, y fortunas inimaginables. 

La pobreza es rentable porque proporciona millones de votos.

Al pan pan y al vino vino. Y las chingaderas, chingaderas.

Con su perdón y sin él pero es que estoy furiosa.

Que en las partidas presupuestarias para Cultura también hay corrupción, no lo dudo; lo que toca es el camino largo de trabajo difícil para limpiarlas, no pensar en desaparecerlas. Toda corrupción enferma, toda corrupción es parte del cáncer, en eso no regateo; pero insisto, hay que transparentar y limpiar, no demoler lo construido.

Ya casi me voy.

Nomás les dejo este fragmento brillante que no me canso de leer y citar. Del psicólogo y sociólogo Pablo Fernández Christlieb que describe perfectamente a la calamidad de funcionarios que sólo van cambiando el color de la estafeta pero que resultan todos de la misma estirpe.

“Solían ser buenos muchachos: en los sesenta eran hipiosos; en los setenta, concientizados; en los ochenta, ecologistas; y en los noventa, democráticos. Ahora ya son cancilleres, funcionarios, mandos medios o dueños de su restaurante, vestidos casual, con buen verbo y culturita, como si les hubiera ido bien aunque no quisieran, y como si se hubieran decrepitado pronto, como a los treinta años.

Venían con buena educación, buena familia, buenos principios, buen corazón pero un día cayeron en las garras del triunfo; tenían todas las inteligencias; la técnica, la emocional, la práctica, menos una: la inteligencia moral”.

@AlmaDeliaMC

Ramón

Foto: Gerardo Tagle

No podías creer que existiera un hombre así. Tan dotado para la literatura, tan talentoso y tan sencillo al mismo tiempo.

Increíblemente culto —lo había leído todo, y a pesar de ello no se comportaba como culturetas respingado, nada más lejano: la capacidad de diversión de Ramón era inaudita.

Todavía lo veo bailando las mañanitas como si de un son cubano se tratara mientras yo esperaba el momento de soplar las velas del pastel (que en realidad era un pan de muerto) en mi último cumpleaños.

La imagen más presente: su alegría. No había llamada que no termináramos a carcajada batiente, reunión donde no nos pusiéramos a tararear la canción que resonaba en el restaurante o cantina de turno. Ese era Ramón, el gozo por la vida.

Lo conocí el mes de octubre de 2017.  Llegué, muerta del susto, con el borrador de mi novela más reciente a encontrarme con él en su oficina de la editorial Penguin Random House.

Se trataba del legendario Ramón Córdoba, el mejor de México, el que editó a Carlos Fuentes, por el que los autores se pelean. Recuerdo que me sudaban las manos cuando me estiré para saludarlo hasta sus alturas. Era grande, de alma y de estatura.

El miedo se esfumó en cuanto cruzamos las primeras palabras y descubrimos que los dos teníamos sangre michoacana y chingos de hermanos y chingos de amor por la literatura, los chistes y los juegos de palabras.

Pero, sobre todo, porque Ramón inspiraba un respeto profundísimo pero nunca miedo. Y de ahí palante. Trabajar con él fue una experiencia privilegiada y maravillosa, línea por línea señaló aciertos y fallas con un oficio que daba gusto atestiguar; cuando la edición estuvo lista nos divertimos en grande buscándole título a la novela: fueron y vinieron mensajes con propuestas serias y otras hilarantes que nos hacían reír como chiflados. Finalmente decidimos, “fue niño”, me dijo. Y “El niño que fuimos” pasó a imprenta. Nuestros mensajes empezaban con el prolegómeno: “Almiranta, ¿estás ahí?”, “Aquí estoy, Contraalmirante, mar en calma…” y luego venían las carcajadas y el asunto a tratar. Siempre me alegraba ver su nombre en el teléfono. Para mí Ramón era de la buena suerte.

Era agosto del 2018 y se acercaba la presentación de mi novela en el zócalo, como lo insegura no se me quita, aguantando el susto me atreví a pedirle que me presentara, sé que no te sobra tiempo y que todo el mundo te requiere para esas cosas… Su respuesta fue “que retiemble esa chingadera”. Por chingadera entendíamos la carpa del zócalo. Al terminar fuimos en bola a emborracharnos a una cantina, entonces empezamos a discutir que yo soy más morena, ¡no! yo soy más moreno, que mi sangre es más purépecha que la tuya… y nos tomamos esa foto con las caras muy juntas para comparar el tono oscuro de nuestra piel.

Y vinieron más presentaciones, planes de trabajo y ferias de libro. Y a todo evento y jaleo donde Ramón estuviera, yo iba feliz.

El domingo 16 de junio cumplió 61 años el individuo, como él mismo anunció. Esa noche soñé con él, se había casado con mi madre (ya sé, ya estoy en terapia).

El lunes 17 de junio me llegó un misterioso correo confirmando la inscripción de mi novela a un concurso literario; de inmediato le pregunté si él me había inscrito pues yo no intento esas cosas porque no me da el corazón para pasar por la incertidumbre y el probable rechazo; respondió que sí y que lo haría en cuantos concursos creyera que mi novela tenía posibilidades. El martes 18 de junio comí con Mayra González, Directora de Alfaguara, amiga mía y muy cercana amiga de Ramón, con quien trabajaba. Le di a Mayra un regalo para que se lo entregara a él con motivo de su cumpleaños.

El miércoles 19 de junio Mayra —cómplice entrañable— me escribió “ya está el regalo esperándolo en su lugar”. Le mandé un mensaje a él más tarde y me contestó, divertido y amoroso, que no se había parado por la oficina pero que lo recogería mañana. Es decir hoy, jueves 20 de junio.

Vengo de ver a Ramón en la funeraria. Ahí estaba con esa expresión reposada, amable, casi sonriente; guapísimo con su playera de Kalimán. Mi primera impresión fue que se levantaría, que diría algo ingenioso, que me daría un abrazo.

Pero no, ya no.

Buen viaje, Contraalmirante, aunque de este lado duele la tarde y sin ti el aire se respira reseco y huérfano, sé que te mereces ver todos los mares, todos los océanos.

@AlmaDeliaMC

Nombrar al padre

Y los años pasan y creces sin saber cómo acomodar ese tiroteo de mensajes sobre tu padre…

Hay textos cuyas palabras hacen sentir más miedo que la posibilidad de la hoja en blanco. Este texto es así.

Empezaré por decir que jamás vi a un hombre tan entero y tan rendido al mismo tiempo, ese hombre era mi padre.

Con un ejército de hormigas rojas que llevaban ansiedad pegajosa marchando en mi cabeza, me levanté una mañana sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida y que mi vida sumaba mucho tiempo de no verlo. Treinta años.

Hoy mientras corría miré a un hombre proteger a su hijo de la lluvia en la fila para entrar a la escuela. Es una imagen que me conmueve. Y esta vez elijo reparar en los padres —no en las madres. Cuánta fragilidad en esos hombres que se empeñan en tejer un vínculo contra viento y marea, cuánta entereza, cuánto fuego marcial aprendiendo a soplar bajito.

Descubrí hasta qué punto ignoraba todo de él aquella mañana de las hormigas rojas que intenté escribirle una carta y me pregunté si mi papá sabría leer.

Dice Paul Auster en La invención de la soledad sobre su padre un frase demoledora. “Mi recuerdo más temprano: su ausencia. Durante los primeros años de vida, él se iba a trabajar por la mañana temprano, antes de que yo me despertara, y volvía a casa mucho después de que me acostara. Yo era el niño de mamá y vivía en su órbita”.

Esa madre exigiría del padre presencia y afecto pero también que resolviera la vida material, que fuera el perro de adelante, que no llegara tarde a la oficina ni a la fiesta de cumpleaños, que luego de doce horas de trabajo regresara a casa comportándose como el príncipe de la masculinidad que ella estaba convencida de merecer. Ah, los errores personales que convertimos en credo, en causa social, en discurso de avanzada, en argumento de la ofensa permanente.

Con dos dedos de frente podemos entender que también los hombres enfrentan dictatoriales exigencias de género, que el mundo se empeña en desarmarlos al tiempo que les exige una entereza a prueba de balas (literalmente). Y es que se espera de ellos que sean empáticos sin ser vulnerables, que cooperen con las tareas pero qué fastidio que sean tan torpes y haya que relevarlos al primer minuto para mostrarles cómo se hace porque siempre habrá incuestionables madres eficientes bombardeando la “inutilidad” de sus parejas.

Crecí escuchando —­­­como muchos hijos de padre ausente, que él era el cabrón pero también el débil, el verdugo pero el fracasado, el que no estaba porque cuando estuvo no estuvo a la altura y por eso hubo que pedirle que se fuera de la casa. En fin, el que por más que haga nunca dará el ancho ni el alto ni el grueso del halo (y el falo) súper protector y evolucionado que la tiranía femenina exige de los hombres. Sí, dije tiranía femenina. No lo retiro. Y me hago cargo.

Y los años pasan y creces sin saber cómo acomodar ese tiroteo de mensajes sobre tu padre que es un pendejo, egoísta y bueno para nada como-todos-los-hombres. Y pasan más años y tu madre empieza a aflojar el discurso porque, bueno, tiene que admitir que ella lo eligió.

Y entre un discurso y otro está tu memoria, tu pedacito de verdad, tu territorio de identidad que permanece y a ti parece que no fue tan de la chingada como ella lo cuenta. Y ahí están las fotos, y los recuerdos de los que se habla en las sobremesas, y tu propio recuerdo de aquel día que esperó por ti más de seis horas hasta que tu madre lo dejó verte, o de aquel otro que te recibió empapado porque salió a comprar los ingredientes para preparar la comida porque él también te amaba a su modo, y quería protegerte. Y se esforzó por vincularse pero no dio el ancho ni el alto ni el cómo ni el así se hará porque yo soy su madre.

Y —perdonen el spoiler, luego pasan más años y ahora que tu padre murió exactamente como lo anticipaste, tu madre por fin se quiebra y un día te dice que él “no siempre fue malo” y te cuenta las historias luminosas que debió contarte décadas antes. Y cuando ya perdiste la suma de los años y has visto a tus hermanos, amigos y parejas esforzarse hasta lo indecible por estar cerca de sus hijos al ritmo de “así no se hace, egoísta, bueno para nada…” pues carajo. Que lo innombrable no puede ser el padre. Ojalá las mujeres que lo hacen, repararan en el mensaje de mutilación que transmiten.

Como dice Humberto Maturana: nuestro maravilloso cerebro no crece en la manipulación, crece en la convivencia y el camino que seguimos depende de nuestro capital emocional.

¿Qué ganan quitándole la mitad del capital emocional positivo a quien está aprendiendo el mundo? ¿Qué adelantan heredando a sus hijos la imagen de un padre defectuoso para parecer ustedes más enteras por contraste?

Si rotos estamos todos. Y por eso podemos amarnos que el amor entre dos enteros no es amor sino diploma de egos. (El que tenga apertura mental que entienda y el que no, que se ofenda)

Digo que el amor también se enseña y se construye tan humano o artificiosamente divino como decidamos. Que a nadie le hace mal detenerse a mirar el otro lado de la historia. Que resulta sintomático —de tantas cosas— que este país no esté paralizado por el día del padre pero ante las santas madrecitas siempre veremos hincarse a Dios y al Diablo.

@AlmaDeliaMC