Risa fingida, un texto de Brenda Suárez

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José Luis invariablemente llegaba tarde. Sabía que ser el nuevo y tener tantos retardos no se veía bien. Sus compañeros ya comenzaban a cuchichear entre ellos y lanzar indirectas sobre sus privilegios, pues no solo eran los retrasos sino que se tomaba al menos media hora más para comer.

También comentaban sobre su comportamiento peculiar y anti social. Salía a comer solo, nunca participaba en los pasteles de cumpleaños ni en los viernes de tacos, mucho menos en las chelas después del trabajo. Apenas sonreía y cuando lo hacía se notaba que le demandaba un tremendo esfuerzo, parecía muñeco de ventrílocuo. No se quejaba. Ni una sola vez se le había visto enojado, ni cuando anunciaron la suspensión de los vales de despensa. La recepcionista decía que era gay; Lupita la que vendía dulces y presumía de sus conocimientos médicos, aseguraba que sufría algún síndrome de esos rarísimos; para Chucho, el del archivo, solo quería llamar la atención.

                José Luis era incapaz de sentir y  por lo tanto de expresar emociones. No era una enfermedad o síndrome. Simplemente era así. Aunque su condición no le molestaba y su esposa estaba acostumbrada, sabía que le impedía socializar y eso de vez en cuando es necesario. Por ello decidió probar una nueva terapia conductual que incluía una serie de ejercicios rigurosos que debía realizar sin falta mañana y noche. Estos consistían en imitar distintas expresiones de alegría, tristeza, sorpresa, molestia y otras con ayuda de un tutorial; masajear los músculos de la cara y el cráneo; estimular el sistema límbico con videos de gatitos tiernos, escenas cursis de películas, noticias catastróficas, repeticiones de partidos de futbol cardiacos, entre otros. Además llevaba consigo unas ampolletas de lágrimas artificiales por si alguna desgracia se le atravesaba. Los ejercicios lo dejaban exhausto. Se quedaba dormido por las mañanas y al medio día necesitaba tomarse un tiempo para sentarse en la banca de un parque a no sentir sin que nadie lo molestara.

                Un día su esposa tuvo un altercado en el metro, un asaltante intentó quitarle su bolsa y al forcejar cayeron ambos a las vías. Cuando le comunicaron la noticia, José Luis no tuvo reacción alguna. Con la misma frialdad de un médico notificó a su jefe que tenía que ir a reconocer los restos del cuerpo de su esposa. El chisme se dispersó a velocidad Godínez, y más por morbo que por empatía, algunos voluntarios se ofrecieron a llevarle una corona de flores, no sin antes buscar los videos de las cámaras de seguridad del metro que ya circulaban en las redes sociales.

                Cuando llegaron a la funeraria, José Luis no mostraba rastro de consternación o tristeza. La gente susurraba que era inhumano, ¡cómo era posible que no hubiera emitido ni siquiera un leve sollozo! Harto de los rumores quiso aplicarse las lágrimas pero no las encontró. Salió diciendo que necesitaba despejarse, se acercó al primer puesto de tacos que encontró y pidió un trozo de cebolla, el taquero solo tenía de la morada en escabeche. Se untó en los ojos un poco del vinagre para provocarse el llanto, no lo consiguió. Probó con limón, salsa verde y roja, rábanos y hasta chile habanero, nada funcionó: los ojos estaban irritadísimos, pero ni una lágrima.

Derrotado regresó a la funeraria oculto tras sus gafas oscuras. Se acercó al féretro y recordó a su esposa. Solo ella lo aceptaba como era. Entonces cayó en la cuenta de la suerte que tenía, cualquier otro estaría devastado, soltando maldiciones, llorando ridículamente u ocultando la tristeza con alcohol. Así que esto de no sentir, en realidad es una ventaja, pensó, y le pareció la idea más graciosa.

Soltó casi sin querer una risa tenue, se sorprendió de ello y esto le provocó una segunda risa, esta vez más fuerte  lo que dio paso a una estruendosa carcajada que distrajo a todos del rezo mortuorio. La gente creyó que tenía un ataque de histeria y que por fin  se estaba desahogando. La risa se volvió algo incontenible y contagió a los asistentes.

Entre una carcajada y otra, José Luis sufrió un infarto fulminante. Cayó muerto entre risas sin llanto. Uno de sus compañeros se acercó para descubrir que tenía la sonrisa de muñeco de ventrílocuo de siempre.

BUENA CONCIENCIA CRIMINAL, un texto de Jorge Ramírez

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Horacio sobrevive las oscuras noches acurrucado en el zaguán de la Iglesia del Cristo Redentor. Cuando es tiempo de secas, el cartón en el que duerme mitiga el frío del concreto, pero en tiempo de lluvias es el agotamiento lo único que permite dormir, eso,  y el calor que brinda una botella de alcohol. 

Horacio es un indigente.  Un excluido.  Es la ausencia de color.

Su ropa refleja el sufrimiento en su vida. Su luz interior oscurece su mirar.  La inflamación de sus pómulos ha sido ocasionada por hombres que para él solo tienen el lenguaje de la fuerza y  la humillación. 

Manotea mientras camina las calles discutiendo con el aire.

Es evitado. Es ignorado. Colocado por algunos privilegiados en el escalón donde está vetada la capacidad de amar. En las sombras.  En la obscuridad.

En primavera, disfrazada de pelos, patas y ladridos, la vida lo despertó una mañana. 

Fue cruzar miradas y enlazar destinos; a partir de ese momento, en la vida sin nada de Horacio, se afincó una pequeña perra con ojos de inocencia y estómago tan vacío como el alma de ese hombre.

Las vías de concreto guiaron los desordenados pasos de ambos. El humano sentir de Horacio se desperezó con cada comida compartida, cada noche que ella restregaba el lomo contra su cuerpo en el ritual que precedía al descansar. A lengüetazos, su esencia era rescatada por el animal.

Pero la incipiente alegría de aquel hombre, incomodó a las buenas conciencias vecinas, quienes temiendo por el bienestar de la cachorra le ofrecieron a Horacio comoprársela. 

“¿Qué vida llevaría el aquella perra a su lado?, ¿cómo iba a sobrevivir?”

El desprecio al hombre disfrazado en el interés por el animal.

Humillado al ser considerado un paria sin valor suficiente para cuidar a un perro, Horacio desdeñó la oferta y, seguido de cuatro patas, continuó su camino.  Aquello poco duraría.  A veces la idea de bienestar es un lobo agazapado bajo la oveja, listo para atacar.

Una tarde de verano, mientras Horacio dormía en una banca del parque, una “buena conciencia” sustrajo a la cachorra. Furtiva. Criminal.

No hay forma más certera de matar a un ser humano que robarle la esperanza y dejarle obscuridad. Recién finalizado el sueño, la pesadilla inició.

Con la fuerza de mil voces el lamento de aquel hombre rompió la quietud del parque, haciendo que, conmovidas, las aves huyeran de los árboles propagando el quejido en su canto.  El cuerpo de aquel hombre se quebró. Todo volvió a ser negro para Horacio. 

Cuando no hubo más lágrimas que llorar, las horas de los días solo tuvieron un sentido para él: buscar a su perra como el náufrago busca playa a donde arribar. Con el tiempo se convirtió en peregrino sin retorno. Las calles que alguna vez recorrió añoran sus pasos desordenados y el viento de la colonia ya no tiene con quién quien conversar, olvidó la calidez convirtiéndose en otoño permanente.

El primer día de invierno la conmoción visitó la iglesia del Cristo Redentor. La feligresía era testigo de una transformación en el altar, la figura humana, multicolor, hoy era una escultura de piedra de negro absoluto: túnica, ojos, piel, corazón; en igual negritud, acurrucado a sus pies, un desvalido duerme exhausto, pétreo. En ambos rostros resplandece una lágrima roja de brillo tan intenso que por las noches brinda cobijo a quienes, en el zaguán, se tienden sobre un cartón en la espera de ser abrazados por la obscuridad.

SEXO, DINERO, PODER Y ZAPATOS, un cuento de Raúl Domínguez

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—¡Señor Juez, mis clientes son inocentes! Reconozco que nosotros, los zapatos contemporáneos, influimos en el comportamiento y estado de ánimo de los dueños, pero de eso a ser asesinos seriales… Con todo el respeto que usted merece, exijo que las garantías individuales de mis clientes, establecidas en la Carta Magna del Calzado, sean respetadas. Dijo el abogado Aureliano Gamuza.

—Las garantías de sus clientes serán respetadas, –respondió Camilo Plantillas, Juez asignado al caso. —¿A quién llamará a declarar al estrado?

—A los imputados y hermanos: Oxford Rufino Izquierdo y Oxford Rufino Derecho.

Ambos zapatos poseen personalidades opuestas. Rufino Derecho es rebelde, rockero, adora la noche de copas, le dicen el Gigolo de León, Guanajuato. Rufino Izquierdo es ecuánime, literato, obsesivo al café americano, y ama, más que nada en el mundo, los boleros de los Dandys.

—¿Cómo sucedieron los hechos la noche anterior a la muerte de su dueño? – preguntó el abogado Gamuza.

Rufino Izquierdo tomó la palabra porque su hermano coqueteaba con unas zapatillas doradas Paris Hilton: -Después de un arduo día de trabajo llegamos al departamento a la media noche. Justo en el momento en que la luna reflejaba su maquillaje blanco en el vitral del edificio, vimos salir apresurados a unos tenis Converse blancos con franjas rojas.

—¡Yo no me di cuenta de ese detalle!— contestó Rufino Derecho. –Estaba crudo. Necesitaba orearme, pues nuestro dueño tenía un asqueroso olor  a…

—Silencio—  interrumpió su hermano. —Por si no lo recuerdas, firmamos un acuerdo de confidencialidad. Así le huelan los pies a queso gruyere o tenga pie de atleta u ojos de pescado, debemos ser discretos y aguantar lo que sea, ¿entendido?… Prosigo. Al ingresar a la recámara, notamos que las botas rojas de la dueña roncaban debajo de la cama. A su lado, las pantuflas peluche Darth Vader de nuestro dueño veían la película “Singin’ in the Rain”. ¡Señores del jurado, creemos que los asesinos convergen con nosotros en esta sala!

—Señores Oxford, ¿bajo qué criterios aseguran tal declaración? – volvió a preguntar el abogado Gamuza.

—Bueno… como tenemos un experimentado olfato y sensibilidad a la temperatura ambiente: las pantuflas estaban, cómo decirlo, tibias, cálidas, contraídas, como recién usadas por alguien más. — complementó Rufino Derecho.

—Objeción, Señor Juez. ¡Los hermanos Oxford son los asesinos!— interrumpió el abogado de las botas rojas quienes, naufragando en sus lágrimas, miraban resentidas a los incriminados. Meses atrás levantaron una denuncia penal por homicidio porque, según su teoría, ellos asesinaron a su dueño para recibir una cuantiosa herencia familiar.

—Objeción denegada — dijo el Señor Juez. — Continúen.

Los hermanos Oxford argumentaron que a la mañana siguiente al descender las escaleras del Metro y entre el oleaje confuso de zapatos yendo y viniendo, sintieron que algo los hizo tropezar para luego caer hasta el último escalón del tercer nivel. Cuando despertaron, su dueño tenía el cráneo partido, el ojo derecho fuera de su cuenca, la nariz chata cuando antes era puntiaguda, y su caja torácica, cual pesada e inerme, flotaba sobre su propio mar de sangre: murió al instante.

Los peritos confirmaron que los Oxford no eran los causantes de la tragedia, debido a que su pisada era todavía segura y confiable. Más bien, enfocaron la atención en el talón de Rufino Derecho, donde algunas franjas rojas estilo Converse quedaron tatuadas.

—Señor Juez, solicito permiso para que declaren las pantuflas Darth Vader— dijo el abogado Gamuza.

Una vez en el estrado, les preguntó: —¿Justo antes de la media noche, los pies que se introdujeron en ustedes, eran los de su dueño?

—¡No!– dijeron ambas al mismo tiempo. —Sus pies eran rasposos como el tirol rústico de una pared. Los pies que sentimos eran femeninos: ¡oh, pétalos de rosa, aroma delicioso, bálsamo pulcro y suntuoso!

De repente, unas voces que estaban escondidas en las últimas butacas del juzgado, gritaron: —¡Nosotros sabemos quiénes son los asesinos!— Los nuevos testigos eran unos mocasines de caballero color verde militar, de horma ancha, sin agujetas, y de profesión agente de seguros. Según su testimonio, el dueño de los hermanos Oxford había contratado un seguro de vida por diez millones de pesos, cuya única beneficiaria era la dueña de las botas rojas. Aseguró que en una conversación que tuvo con ellas en privado, le dijeron: “Verdad que los accidentes… pasan y más en una olla exprés como es el Metro”.

Las botas rojas quedaron estupefactas.

Cada gota de sudor que salía de su material sintético arremetía contra la vergüenza de haber sido descubiertas. Desesperadas buscaron la mirada cómplice de los Converse blancos con franjas rojas que, segundos antes, huyeron del recinto. En ese preciso momento una explosión cimbró las columnas góticas del juzgado, destrozando no sólo la puerta principal sino también la Diosa Temis, una estatua de bronce al pie de la escalinata.

Un comando armado de botas vaqueras entró disparando al aire sus armas largas AK47:

 —Nadie se mueva hijos de su huarache, al primero que se desate una agujeta, me lo chingo Ustedes, botas rojas, muevan esos pinches tacones, ¡vámonos!.

Afuera ya los esperaba un helicóptero que segundos después se elevó para extraviarse en la garganta anaranjada del horizonte.

Ellas son ahora prófugas de la justica. Son buscadas por el Federal Shoe of Investigacion (FSI) en todo el mundo. Se dice que andan en Sudamérica mudando de identidad como camaleones en el Amazonas, y que pertenecen, desde hace más de una década, a una banda llamada las Poquianchis Chancleras que enamoran, poquianchismadrean y asesinan a cualquier tipo de zapato a cambio de sexo, dinero y poder.

Sobre el tamaño, un texto de Francisco de la Rosa

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El tamaño sí importa o, al menos, debería. Pero no su volumen o amplitud, tampoco su peso o masa. Es más, creo que ni su longitud importa tanto, al menos no como información pública. Lo que debiera importar del tamaño es el límite.

Decir que somos más resilientes, más víctimas, más activistas, más listos, más buenos, más deconstruidos; menos malos, menos tontos, menos sororas, menos misóginos, menos indolentes, menos neoliberales… no modifica el tamaño de las cosas ni acorta o alarga el perímetro de la realidad ni aumenta el área del polígono en el cual habitan nuestra historia, actividad cotidiana y discurso. Por más que el convencimiento propio o ajeno se empeñe en sostener que podemos calzar unos zapatos o usar un par de guantes más grandes sin vernos ridículos, para la realidad somos de un tamaño (normalmente diminuto) y nuestra existencia le resulta tan intrascendente que no se altera el orden global ni siquiera un segundo cuando un ser humano, sin importar su tamaño, se esfuma.

Es que aspirar a cosas grandes es grosero cuando se es diminuto o escribir como los grandes cuando la prosa de uno es chiquitita. Ver siempre hacia arriba es perder el piso y, con él, la dimensión de esa medida que nombramos altura. Mirar siempre hacia adelante es ser desagradecido con la magnitud del pasado. Avanzar a pasos agigantados es inviable cuando se calza por debajo del promedio. ¡Vaya!, hasta resulta ofensivo solicitar que se vea más allá de lo que la miopía o cataratas permiten. Como si ser grande fuera volitivo, como si se pudiera aumentar de talla con el argumento.

La tendencia presupone que sí, que si se alinean las actividades y opiniones hacia la amplitud territorial del propio espíritu, que si se está del lado de los grandes tamaños entonces uno, por proximidad, se vuelve más alto. Porque sumarse a las buenas causas nos hace parecer de márgenes más amplios. Da la impresión de que aumentamos de estatura aunque esto solo sea similar al efecto que produce la luz del sol a cierta hora del día cuando nos agiganta la sombra.  

Nadie puede ser mayor ni menor al límite que le antecede aunque así lo pregone, denuncie o implore. A ninguno se le ensanchan la estructura ósea y el entendimiento solo por decir que a su parecer así lo sea. La mirilla de la puerta tiene siempre el mismo alcance aunque lo que nos haga pensar lo contrario sea la posición con la cual abordamos o nos acercamos a la mirilla. Formular más preguntas que las dudas que verdaderamente se tienen no aumenta nuestra ignorancia ni responder cuestionamientos no formulados, nuestra sabiduría. Sumarnos al logro de alguien no nos da en automático el tamaño de la victoria aunque sí se sienta una emoción de proporciones similares a la que experimenta quien levanta la copa o se cuelga la medalla.

Ser más o menos conscientes del límite de nuestro tamaño ayuda a dimensionar, entre otras cosas, que actualmente el mundo está poblado por 7 mil 500 millones de personas que se comunican aproximadamente en 7 mil idiomas (además de las personas e idiomas que ya murieron), dando como resultado combinaciones infinitas donde lo más seguro es que se encuentren ya todas las expresiones y formas sesudas de decir algo, lo cual deja muy en claro que lo que tú dices y cómo lo dices seguramente ya fue dicho en algún idioma por alguna persona en algún tiempo; que sobrevivir a un evento funesto no te hace especial porque el evento desastroso no te eligió a ti porque te considerara extraordinario; que, sin importar que las cumplas, las grandes expectativas siempre te hacen ver más pequeño; que los grandes logros no son producto de un esfuerzo personal (enteramente individual); que tus experiencias personales no son medida ni parámetro de nada ni mucho menos muestra representativa de las personas con las que compartes un puñado de características, dolores o jirones de historias; que la métrica con la cual evalúas las acciones de otros es por definición insuficiente y que aquella herida grande y que te duele mucho-mucho es proporcional a tu tamaño y al adjetivo con el cual la calificas; que lo que a ti más te duele a alguien apenas le incomoda, que uno no cierra ciclos, los ciclos se cierran y nos dejan por fuera, que tus causas no son todas las causas, que las injusticias que señalas no son necesariamente las que vives, que el ideal siempre es más grande o más pequeño de lo que  estimabas, que también los silencios tienen altura, largo y fondo y que no hay manera de evitar que cada segundo que transcurre se le sustraiga a tu tiempo de vida.  

Aún el conocimiento o nuestro entendimiento sobre algo que parecen ir siempre en aumento, nunca estarán por encima del tamaño de nuestros intereses, capacidad de nuestra memoria y cantidad de conexiones sinápticas, e incluso cuando los intereses se amplíen o modifiquen y se eduque la memoria y se generen más conexiones sinápticas este incremento nunca será mayor al que nuestro tamaño pueda contener; es decir, todo recipiente tiene su límite en el borde.

Si alguien va a morir, más te vale que no seas tú. Un relato de Jaina Pereyra

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Rubén tiene 12 años. Su voz empieza a delatar el tránsito hacia la adultez. Es flaquito. Pesa apenas unos 38 kilos y es, por mucho, el niño más veloz en Copalillo, Guerrero.

170 segundos del tope de afuera de su casa a la tienda de don Rafa. 220 de la tienda a la vulcanizadora. En 6 minutos cruza el caserío y en 13 llega al siguiente pueblo. “Pinche mosco, ni los coches llegan tan rápido”, le decía su hermano Mario y lo hacía sentir superpoderoso.  

Pasaba los días mosquiteando de un punto a otro, poniéndose el reto de disminuir la velocidad en cada trayecto. A veces se imaginaba corriendo en las olimpiadas, cruzando la meta entre los aplausos de la multitud, como había hecho Usain Bolt en la tele de la vulcanizadora. A veces su imaginación era más ambiciosa y se pensaba un superhéroe como Flash, salvando cachorros de ser atropellados, combatiendo el crimen, previniendo desastres. Todo a la velocidad de la luz.

Wum, wum, wum iba de un lado a otro, hasta que un día lo mandó llamar su primo Moisés. Quería que trabajara para él y sus amigos. Debía sentarse en la carretera y ver pasar los coches. Si se acercaba una camioneta azul o verde, tenía que correr a to-da-ve-lo-ci-dad (insistió Moisés) y avisarle al dueño del taller para que él le avisara a Donato (hermano menor y heredero de Moisés, si, dios no lo quisiera, algún día moría o lo metían al bote).

“Tengo que decirle a mi mamá”, le dijo Rubén, sin ganas de aceptar. Ella le había advertido que se alejara de Moisés: “Lo van a matar. No te quiero cerca. Si alguien más se va a morir en esta familia, más te vale que no seas tú”. Se lo dijo muy seria el día que supo que su hermano muerto y su hermana desaparecida habían estado cerca de Moisés. Pero esa noche, sin voltearlo a ver siquiera, su mamá le dijo que estaba bien, que trabajara con él. Nunca entendió por qué.

Así se le acabó lo de soñar con medallas olímpicas.

De mosquito pasó a ser mosca de panteón. Sentado bajo el sol, pateando palitos a la carretera, viendo el polvo arremolinarse en cada llanta que pasaba. Más o menos una vez a la semana tenía que salir disparado a avisar que venían los marinos. O el ejército. O la policía federal. Un día unos de una pick up le preguntaron cómo llegar a la autopista. Rubén se quedó helado. Ésos que Moisés decía que eran su peor enemigo le habían invitado un refresco. Eran igual de pobres que él. Mucho más pobres que Moisés. Pero más buena onda. Sintió feo de acusarlos; de saber que los muchachos del pueblo los secuestrarían, los torturarían y los matarían.

Y un día pasó. Como pasa todos los días en esos pueblos de Guerrero. Y de Michoacán. Y de Tamaulipas. Pasó lo peor que le iba a pasar en la vida. O eso creía. Rubén se quedó dormido bajo el sol. Lo despertó el sonido de los balazos. Ta-ta-ta-ta-ta-ta. Otra vez. Ta-ta-ta-ta-ta-ta. ¡Madres! Sirenas. Más balazos. El acelerón del carro tuneado de Donato. Los iban a matar. ¿Los habían matado? Zuuuuum, comenzó a aletear con las piernas.

Corrió y corrió y corrió.

El aire era pesado. Lo asfixiaba. Los pulmones tapados de polvo. No podía respirar.

Wum. Wum. Wum, corría el niño. Oyó clarito la voz de Mario riéndose, como cuando jugaban futbol. Truc. Truc. Truc. Su hermana limpiando frijoles. El agua hirviendo. Las tortillas recién hechas en el comal de humo de su mamá. Wum wum wum, seguía corriendo. El piso pegajoso derretía los zapatos. Wum wum wum, corrió por horas. Hasta que desconoció el camino. Moisés estaba muerto. Lo sabía. Lo iban a matar a él también. Se sentó a esperar la noche. Cuando estuvo muy oscuro, comenzó a correr de vuelta. No sabía qué más hacer. Corría al ritmo de un nigeriano en el maratón. Luego como un gringo monumental en pista de 200. Rápido como un zancudo. Una pantera.

Llegó a su casa. Su mamá lo abrazó. Tenía cara de haber llorado, pero con la misma fuerza que tuvo cuando encontraron muerto a Mario y cuando su hermana no regresó nunca. Dice Donato que ya no te quiere de halcón, le dijo. Ok, contestó aliviado.

Rubén murió a los 15. Desaparecido. Se presume que calcinado en una fosa común.