posmodernos y jodidos

Patria y delirio

Esta ciudad es una monstrua, quienes crecimos en ella somos mutantes, sabemos que el ángel no es un ángel sino una victoria alada que tiene tres alas, la tercera es negra y cuando se despliega abanica el fracaso de todos los que han intentado gobernarla.

Sabemos que aquí la alegría es kamikaze, delirante, desesperada, pocas veces duradera, pero siempre única. Ha de ser esa droga la que nos mantiene aferrados a ella, sosteniendo entre los dientes el fósforo que alumbra su oscuridad.

Y es que su oscuridad es mucha, una no quisiera sonar apocalíptica pero esa frase que hace eco afirmando que “rompimos 40 años de mala racha” al pasar a octavos de final en el fútbol es una alegría sí, pero también es sensor de heridas acumuladas, de grietas extendidas, de chingaderas que se repiten y rompe el corazón pensar que es destino fatídico habitar en la sobrevivencia, entre inundaciones en la Gustavo A. Madero y estaciones del Metro permeables a la tormenta de la corrupción líquida que sigue filtrándonos con la potencia de un cauce imparable porque un gobierno tras otro fracasan, pero eso sí, fracasan mejor, con mayorías indiscutibles y mejor atrincherados en una verborrea acentuada con derechos humanos aunque no tan humanos si se trata de vecinos de la Agrícola Pantitlán o de Tláhuac o de las familias buscadoras de personas desaparecidas.

Si en el Mundial de 1986 la ciudad crujía sobre sí misma y sobre los huesos de los muertos que pocos meses atrás había dejado el terremoto de 1985 y aún así la fiesta deportiva explotó su pólvora emocional para luego volver al desgobierno —el priista de Miguel de la Madrid— que recordamos como uno de los más indolentes ante la tragedia colectiva, quizá debimos ver en ello el presagio que se repetiría mañana, tarde y noche en este país donde cargamos centenarias piedras de rapiña de la variopinta clase política ofreciendo nuestras espaldas como un Sísifo flaco y pelado, errantes con nuestra piedra cuesta arriba y cuesta abajo a la que de todos modos cantaremos rodar y rodar con tres tequilas en la sangre sintiéndonos más reyes que José Alfredo en sus delirios etílicos.

Cuarenta bíblicos años, hermanos, y poco ha cambiado.

Hace apenas tres meses que el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU solicitó a la Asamblea General examinar la crisis de personas desaparecidas en México por la forma sistemática en que esta violencia es cometida contra la población civil y con aquiescencia de servidores públicos.

Para decirlo claro: que miembros del gobierno mexicano son corresponsables de las 135,373 personas desaparecidas que al día de hoy se contabilizan. En este país desaparece una persona cada 40 minutos.

Y no sólo eso, la semana pasada y en plena fiebre mundialista, Patricia Negrete fue asesinada por buscar a su hermana desaparecida, Laura Angélica Negrete. Patricia se suma a las más de 35 personas asesinadas por buscar.

No se enojen, les juro que no quiero agriarles la alegría, pero de qué humanidad podemos presumir si no somos capaces de aceptar y sentir estos contrastes. Nuestra alegría refulge porque se sostiene alrededor del dolor, es así.

Negar lo que nos duele sólo nos condena a seguir atrapados por la misma jodida bestia de violencia. Me pregunto qué México seremos para, pongamos por caso, el año 2066.

Allá dentro de cuarenta años: ¿qué país tendremos, qué ciudad habitaremos si no hemos matado a la esfinge?

El actual gobierno se negó a reconocer lo que el Comité de la ONU señaló sobre la crisis de desapariciones, como se han negado a recibir a las madres buscadoras cada vez que se acercan a Palacio Nacional; hace unos días vimos policías atacando a las familias buscadoras en las inmediaciones del estadio azteca hoy no tan azteca y sí muy estadio Ciudad de México porque lo que importa es la imagen de progreso internacional que nuestro país debe mostrar. Y aunque resulte increíble, hay gente que aplaude la represión contra la protesta colectiva.

Esta multitud que somos es prodigio y aberración, a veces rescata de los escombros y otras veces asfixia como a las tres personas que perdieron la vida en la celebración del triunfo de México sobre Ecuador.

Esto es México en su química más pura, un destilado fino de nuestro ethos nacional que tan bien retrató Rulfo con la muerte de Susana San Juan en la novela Pedro Páramo, luego de la muerte de Susana hay un repiqueteo de campanas mañana, tarde y noche, un lamento rumoroso de sonidos que acaba por ensordecer al pueblo que confunde duelo con fiesta. Aquel talán talán talán o el icónico tataratara tara tararará de la canción Hasta que te conocí que los mexicanos reconocemos desde la primera nota, a la mejor acaba por dejarnos más sordos que enfiestados. Pero cómo culparnos por necesitar de esta fiebre, de esta embriaguez explosiva cuando es tanto lo que duele.

El enigma de la esfinge, nuestra victoria alada, quimera de tres alas torpes y raíces telúricas, ¿será resuelto?

El ser que por la mañana anda a cuatro patas, al mediodía en dos, y al atardecer en tres, era la adivinanza que tenía que resolver quien sería capaz de acabar con el monstruo. Edipo fue capaz, pero luego tuvo que sacarse los ojos.

El ser humano es ese ser cuadrúpedo que gatea antes de saber andar, tiene dos piernas en la juventud y tres en la vejez cuando se apoya en un bastón.

Esta bestia, esta maravilla, esta leviatana que es nuestra ciudad y nuestra mexicanidad, ¿madurará alguna vez?

¿Y si sí?

Que sí, digo yo, claro que sí, anhelo con todo mi corazón que la selección siga ganando y que viva México, pero no olvidemos que en este país también se reparte desigualdad, muerte y desaparición cíclicamente.

Si no queremos repetir el destino que el pueblo ficticio de Juan Rulfo —para colmo de sincronías fallecido aquel 1986, hace cuarenta años—, si no queremos seguir por ese mismo camino donde Pedro Páramo cruzó los brazos para que Comala se muriera de hambre, hay que cuestionar sin tregua a los gobiernos déspotas y corruptos, eso también es proteger la alegría.

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Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

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