Tendrían, estas palabras, que ser capaces de saltar muy por encima de su tamaño, girar en el aire y desgarrar de ternura, pero solo son palabras. No queda más que resignarme porque el lenguaje siempre es en retrospectiva. Inés, en cambio, es un tiempo presente velocísimo y feroz que nunca alcanzo.
Esa carita adornada con una gorguera que promete convertirse en melena abundante y los ojos verdes eternamente sorprendidos apareció un cuatro de abril perdida y llorando en el estacionamiento del edificio al que yo también llegaba por primera vez para recibir las llaves de mi nuevo departamento. Sincronía ineludible.
Será que sí, que hay un sistema universal de distribución de gatos y algún dios felino tuvo a bien considerar que esta señora neurótica no podía dar por completa su experiencia vital sin amar a un gato. Te alabamos, dios felino, por este regalo inconmensurable aunque lo hayas mandado sin un presupuesto para los gastos adicionales, también inconmensurables.
Pesaba un kilo, se escondía en el horno de la estufa y sólo salía para comer y entrar al arenero, no se me acercaba y era tan chiquita que a mí me daba miedo que se muriera de ser tan chiquita y asustadiza.
Pero un día ocurrió el milagro, yo leía El llano en llamas de Rulfo echada en el sillón cuando la pelusita de un salto se acomodó junto a mí, sentí una taquicardia como de adolescente cuando por fin se acerca el que le gusta, y me quedé muy quieta fingiendo que leía para no asustarla. Entonces empezó esa cosa maravillosa que me rehúso a llamar ronroneo porque no es sólo eso, el registro grave del ronroneo está ahí de base, pero luego hay un trino bellísimo que recuerda al gorjeo del colibrí saliendo de algún misterioso aparato fonador de esta criaturita gatuna que ni siquiera abre el hocico para emitir ese espectáculo musical.
Luego husmeó un ratito entre las páginas de mi libro y finalmente se quedó dormida junto a mí, que no avancé dos líneas de Anacleto Morones porque Inés me hipnotizó. Sabrás perdonar, Anacleto, y sobre todo tú, Juan.
A partir de ahí todo fue dentro del animal la voz, como dice el fantástico poema de Olvido García, redescubrir que el amor no necesita palabras si se tiene al animal dentro y, en este caso, también fuera.
Así que pasé de llamarle Inés y explicarle que esto sí y esto no a llamarla Currucucucú, cucurú, Churu – churuberta, Pelu – pelusina – Pelu - pelurita, Curu -cucurina, Cu- cucú; y hasta el ominoso Schopi – schopenhauer porque suele lucir igual de despeinada que el filósofo que ya quisiera la mitad de la belleza de mi Inés.
No la dejaba entrar a mi recámara (ahora doy mis razones, no me juzguen prematuramente); así que todas las noches me iba a dormir y cerraba la puerta mientras ella se iba en silencio a dormir al sillón del pasillo justo afuera de mi pieza. Yo lo hacía sufriendo, no me consideren una desalmada, pero resulta que si con algo me maldijo mi genética de sobreviviente es con un insomnio despiadado y un sueño ligerísimo, así que de sólo pensar que Inés no me dejaría dormir y yo acabaría más turulata y mentalmente destartalada de lo que ya vivo… elegí lo que consideré que traería más paz a mis noches.
Pero hará dos domigos que recibí uno de esos chingadazos que una no ve venir y tienen efecto knock out en el alma. No entraré en detalles pero estuvo feo. Pasé la tarde de aquel domingo en un desasosiego ácido y cuando llegó la noche no pude dormir, estuve toda la madrugada con náuseas y un impulso en las entrañas que no llegaba a ser vómito pero quería. Pensarán que exagero, pero qué le vamos a hacer si así estoy hecha.
Cuando me levanté y abrí la puerta de la recámara, encontré a Inés particularmente desanimada y en el pasillo había vómito.
Ay, mi pelusa. Qué es esta identificación temprana, gatita hermosa, no te mimetices con mi corazón. (Palabras inútiles que ella no entendió, pero yo sí).
Inés respiraba agitada y no abría los ojitos. Corrí con ella al hospital veterinario.
De inmediato le tomaron la temperatura y constatamos que tenía fiebre, parasitosis severa fue el diagnóstico, se quedó ahí un día para rehidratarla y se recuperó conmigo los días subsecuentes.
Es increíble cómo centra la vida el acto de cuidar. No sé cómo explicarlo, pero algo en esa crisis en la salud de Inés me confortó, me articuló, me puso en marcha. Y las explicaciones o sus intentos pueden sobrar pero no sobra lo que siente el cuerpo. Nunca.
Veo a Inés corriendo hacia mí con su pelotita roja en el hocico porque llegó la hora de jugar y en mi cabeza suena un gong de alegría que alcanzó su punto más alto luego de esta experiencia. Lo que duele es no sentir, o sentir a medias, pienso.
Sé que nos esperan muchos años y aventuras juntas, pero también sé que este evento ha sido fundacional entre nosotras, animalas vivas que se acompañan a fondo.
Sí, ya duerme en mi recámara, pero tuvo la delicadeza de elegir el reposet y no mi cama, desde ahí me mira y también vigila la puerta hasta antes quedarse dormida cuando apago la luz luego de leer un rato.
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