Inocente

Imagen tomada de internet

Un texto de Juan Pablo Estrada Michel

Felices los imprevisibles.

De ellos será el infierno de los otros.

Ida Vitale, Léxico de afinidades

Ni inocentes ni culpables,

corazones que destroza el temporal,

carnes de cañón.

-Joaquín Sabina, Amor se llama el juego

Veo una silueta recorriendo las grises calles de Nueva York, calladas y plenas de bruma, de humos que se suspenden y flotan sobre el asfalto tras surgir de alguna alcantarilla.

Apenas distingo esa figura distraída, que pasa intermitente bajo tenues triángulos de luz y a través de túneles obscuros, como cruzando la nada.

Conforme avanza es posible asegurar que se trata de un hombre con su gabardina clara. Sus pasos lo deslizan por aceras desiertas de la que, por momentos, es la zona más concurrida de la ciudad. Pero no en estos tiempos, no a estas horas.

Me es imposible precisar su cara, la cubren las solapas de esa gabardina que empieza a brillar por la escarcha. Se agacha un poco. Entonces logro distinguir el movimiento de su brazo derecho, que ha salido del bolsillo para encender un cigarro, para generar el humo que seguirá camuflando su rostro. De su andar queda la impresión de que ya son varios los cigarros consumidos y amplias las calles recorridas. Pero no se ve cansado, hay demasiado que pensar.

Como si se tratase de una historieta, de un comic urbano, de pronto puedo leer sus pensamientos en una especie de nube, una burbuja ondulada que se posa sobre él, que delinea el humo y se conecta con su cráneo, cuyo resplandor empieza a notarse. Con cada pisada me resulta más evidente que el sujeto ha vivido más de 40 años y que se encuentra sumergido en alguno de ellos, sin darse cuenta que su mente se ha vuelto vulnerable a este chismoso.

No parece ir conectado a ningún dispositivo, aunque no es posible ver sus oídos ni notar si los copan algunos audífonos. No sería extraño que los portara, pero sí me lo parece que ni siquiera se inmute por no estar enlazado con otro espacio, con un lugar diferente del que ahora recorre al mismo tiempo en que no sabe dónde está.

Cuando su cara se alumbra tras la última bocanada, se conoce que hay huellas de tiempo y creo que gestos de culpabilidad, aunque adivino que no permite en su cabeza más frase que un “soy inocente”.

“Soy inocente”. Es un clamor reiterado, tanto que se me antoja falso. Es natural al género humano sospechar de aquel que afirma su propia inocencia, al grado que las leyes nos obligan a presumirla.  

El hombre voltea hacia los edificios que lo rodean, como adivinando las puertas de los departamentos internos. Creo que se pregunta si detrás de ellas hay gente que no sólo las usa por privacidad sino para esconderse; personas tan culpables como él y que, al oír cualquier ruidillo proveniente del corredor, se apartan de las puertas con el temor de que pudieran abrirse, que piden al cielo que se trate sólo de un ruido de paso.

Mientras sigue su camino, otro caminante se cambia de acera. Sé que si lo pudiera oír, sabría que se apena porque el otro lo ha evitado. Junto al deseo de evitar un roce y el más mínimo choque de cuerpos, le pesa el frecuente rechazo neoyorkino. En esta ciudad no hay contacto físico por el miedo general de sufrir un abuso, de quedar como un tonto; por la necesidad defensiva de hacer oídos sordos para no caer en algún engaño.

Avanza unos metros más. La lluvia se hace presente y él busca protegerse más con la gabardina que ya resulta insuficiente. Es gris, como todo a estas horas. Su cara de inocente sigue ahí pero algo en el gesto me dice que sufre, acaso por un cariño no correspondido; tal vez negado por una culpa que, como todas las culpas, apendeja. Levanta los ojos buscando las nubes agresoras. Mientras las pequeñas gotas que caen lo incomodan, puedo distinguir sus expresiones de reproche por sentirse mejor que aquél por quien ha sido cambiado. Me reflejo. ¿Por qué será que la gente se niega al amor? ¿Es tan difícil que volvamos a creer? 

Veo sus ojos. Me parecen típicos de un hombre maduro. Mientras lo pienso, los clava en los míos. Es como si cada uno viera a través del otro, por un instante con pretensiones de no terminar.

Me vence. Me descubre. Me presume culpable. Lloro en silencio. No quiero que oiga ni un sollozo. Soy inocente, murmuro.

Es curioso. Aunque no carga con un dispositivo de música y parece haber olvidado que existe el teléfono celular, mientras el hombre toma asiento en una escalinata, me percato que está tarareando una vieja canción de Billy Joel. Y empiezo a cantarla yo también.

La casa sola, un cuento de Raúl Arcos

Era capaz de leer el silencio acumulado y los olores sin nadie en la casa.

Después de nueve años de limpiarla cada martes, era capaz de leer el silencio acumulado y los olores sin nadie de la casa.

Como en otras ocasiones, se trataría de la ausencia por algún viaje. Era bueno estar sola, ir de habitación en habitación, poniendo orden, recorriendo con la aspiradora cada uno de los espacios sin tener que pedir permiso para entrar. Y en un día como hoy, ayudaba poder sostenerse del trabajo, de los pasos que ella había ido fijando en su rutina.

Mover sillas, empujar un sofá hacia el rincón y, esta vez, levantar el tapete y descubrir todo ese polvo escondido. No pensar en sus problemas.

Hace dos meses que descubrió los mensajes de su marido con otra mujer; planes para encuentros futuros, promesas de amor. Y luego, la confrontación. Escucharlo enredarse en respuestas vagas, en una trama que él no era capaz de manejar. Recordaba la escena y volvía a experimentar esa mezcla furiosa de sentirse traicionada y de verlo desdibujándose en su propia cobardía.

Dos meses ahogada por una ira que volvía a encenderse cada noche, al regresar a casa. Lo veía siempre callado, evasivo.

Y luego la mañana de hoy.

Estar sentada a su lado escuchando su respiración mientras el médico hablaba del diagnóstico. Los siguientes pasos, los análisis preoperatorios, los formularios que él debería entregar para confirmar la fecha de hospitalización. 

Trabajar. Le sienta bien agotarse.

Limpiar el baño y la cocina, barrer y trapear. La rutina y los sonidos del trabajo. Y no la voz del médico hablando del cáncer en la próstata y de ese tejido compacto con forma de cebolla y de la quimioterapia y de riesgos y de la tasa de mortalidad. Y ella, sin voltear a ver a su marido, adivinándolo como un cuerpo que a cada palabra se torna más blando, que se encorva, que termina hundido en una silla.

Nadie en casa. El agotamiento. La otra mujer. El cáncer extendiéndose en capas, arriba del escroto.

De pronto tiene la impresión de que el trabajo se alarga por las habitaciones sin nadie. Un cansancio que se arrastra, enorme animal gris trepándose sobre ella.

Camina hacia el refrigerador, lo abre y comprueba que él tuvo el cuidado de vaciarlo antes de salir de viaje. Jala una silla y se deja caer en ella. Desde ahí, observa el interior. Unas cuantas botellas, un queso. Casi nada. Abajo, en el fondo, un bulbo rojizo. Sólo una pequeña cebolla morada que ya empieza pudrirse.

Risa fingida, un texto de Brenda Suárez

Imagen tomada de Pixabay

José Luis invariablemente llegaba tarde. Sabía que ser el nuevo y tener tantos retardos no se veía bien. Sus compañeros ya comenzaban a cuchichear entre ellos y lanzar indirectas sobre sus privilegios, pues no solo eran los retrasos sino que se tomaba al menos media hora más para comer.

También comentaban sobre su comportamiento peculiar y anti social. Salía a comer solo, nunca participaba en los pasteles de cumpleaños ni en los viernes de tacos, mucho menos en las chelas después del trabajo. Apenas sonreía y cuando lo hacía se notaba que le demandaba un tremendo esfuerzo, parecía muñeco de ventrílocuo. No se quejaba. Ni una sola vez se le había visto enojado, ni cuando anunciaron la suspensión de los vales de despensa. La recepcionista decía que era gay; Lupita la que vendía dulces y presumía de sus conocimientos médicos, aseguraba que sufría algún síndrome de esos rarísimos; para Chucho, el del archivo, solo quería llamar la atención.

                José Luis era incapaz de sentir y  por lo tanto de expresar emociones. No era una enfermedad o síndrome. Simplemente era así. Aunque su condición no le molestaba y su esposa estaba acostumbrada, sabía que le impedía socializar y eso de vez en cuando es necesario. Por ello decidió probar una nueva terapia conductual que incluía una serie de ejercicios rigurosos que debía realizar sin falta mañana y noche. Estos consistían en imitar distintas expresiones de alegría, tristeza, sorpresa, molestia y otras con ayuda de un tutorial; masajear los músculos de la cara y el cráneo; estimular el sistema límbico con videos de gatitos tiernos, escenas cursis de películas, noticias catastróficas, repeticiones de partidos de futbol cardiacos, entre otros. Además llevaba consigo unas ampolletas de lágrimas artificiales por si alguna desgracia se le atravesaba. Los ejercicios lo dejaban exhausto. Se quedaba dormido por las mañanas y al medio día necesitaba tomarse un tiempo para sentarse en la banca de un parque a no sentir sin que nadie lo molestara.

                Un día su esposa tuvo un altercado en el metro, un asaltante intentó quitarle su bolsa y al forcejar cayeron ambos a las vías. Cuando le comunicaron la noticia, José Luis no tuvo reacción alguna. Con la misma frialdad de un médico notificó a su jefe que tenía que ir a reconocer los restos del cuerpo de su esposa. El chisme se dispersó a velocidad Godínez, y más por morbo que por empatía, algunos voluntarios se ofrecieron a llevarle una corona de flores, no sin antes buscar los videos de las cámaras de seguridad del metro que ya circulaban en las redes sociales.

                Cuando llegaron a la funeraria, José Luis no mostraba rastro de consternación o tristeza. La gente susurraba que era inhumano, ¡cómo era posible que no hubiera emitido ni siquiera un leve sollozo! Harto de los rumores quiso aplicarse las lágrimas pero no las encontró. Salió diciendo que necesitaba despejarse, se acercó al primer puesto de tacos que encontró y pidió un trozo de cebolla, el taquero solo tenía de la morada en escabeche. Se untó en los ojos un poco del vinagre para provocarse el llanto, no lo consiguió. Probó con limón, salsa verde y roja, rábanos y hasta chile habanero, nada funcionó: los ojos estaban irritadísimos, pero ni una lágrima.

Derrotado regresó a la funeraria oculto tras sus gafas oscuras. Se acercó al féretro y recordó a su esposa. Solo ella lo aceptaba como era. Entonces cayó en la cuenta de la suerte que tenía, cualquier otro estaría devastado, soltando maldiciones, llorando ridículamente u ocultando la tristeza con alcohol. Así que esto de no sentir, en realidad es una ventaja, pensó, y le pareció la idea más graciosa.

Soltó casi sin querer una risa tenue, se sorprendió de ello y esto le provocó una segunda risa, esta vez más fuerte  lo que dio paso a una estruendosa carcajada que distrajo a todos del rezo mortuorio. La gente creyó que tenía un ataque de histeria y que por fin  se estaba desahogando. La risa se volvió algo incontenible y contagió a los asistentes.

Entre una carcajada y otra, José Luis sufrió un infarto fulminante. Cayó muerto entre risas sin llanto. Uno de sus compañeros se acercó para descubrir que tenía la sonrisa de muñeco de ventrílocuo de siempre.

BUENA CONCIENCIA CRIMINAL, un texto de Jorge Ramírez

Imagen tomada de Pixabay

Horacio sobrevive las oscuras noches acurrucado en el zaguán de la Iglesia del Cristo Redentor. Cuando es tiempo de secas, el cartón en el que duerme mitiga el frío del concreto, pero en tiempo de lluvias es el agotamiento lo único que permite dormir, eso,  y el calor que brinda una botella de alcohol. 

Horacio es un indigente.  Un excluido.  Es la ausencia de color.

Su ropa refleja el sufrimiento en su vida. Su luz interior oscurece su mirar.  La inflamación de sus pómulos ha sido ocasionada por hombres que para él solo tienen el lenguaje de la fuerza y  la humillación. 

Manotea mientras camina las calles discutiendo con el aire.

Es evitado. Es ignorado. Colocado por algunos privilegiados en el escalón donde está vetada la capacidad de amar. En las sombras.  En la obscuridad.

En primavera, disfrazada de pelos, patas y ladridos, la vida lo despertó una mañana. 

Fue cruzar miradas y enlazar destinos; a partir de ese momento, en la vida sin nada de Horacio, se afincó una pequeña perra con ojos de inocencia y estómago tan vacío como el alma de ese hombre.

Las vías de concreto guiaron los desordenados pasos de ambos. El humano sentir de Horacio se desperezó con cada comida compartida, cada noche que ella restregaba el lomo contra su cuerpo en el ritual que precedía al descansar. A lengüetazos, su esencia era rescatada por el animal.

Pero la incipiente alegría de aquel hombre, incomodó a las buenas conciencias vecinas, quienes temiendo por el bienestar de la cachorra le ofrecieron a Horacio comoprársela. 

“¿Qué vida llevaría el aquella perra a su lado?, ¿cómo iba a sobrevivir?”

El desprecio al hombre disfrazado en el interés por el animal.

Humillado al ser considerado un paria sin valor suficiente para cuidar a un perro, Horacio desdeñó la oferta y, seguido de cuatro patas, continuó su camino.  Aquello poco duraría.  A veces la idea de bienestar es un lobo agazapado bajo la oveja, listo para atacar.

Una tarde de verano, mientras Horacio dormía en una banca del parque, una “buena conciencia” sustrajo a la cachorra. Furtiva. Criminal.

No hay forma más certera de matar a un ser humano que robarle la esperanza y dejarle obscuridad. Recién finalizado el sueño, la pesadilla inició.

Con la fuerza de mil voces el lamento de aquel hombre rompió la quietud del parque, haciendo que, conmovidas, las aves huyeran de los árboles propagando el quejido en su canto.  El cuerpo de aquel hombre se quebró. Todo volvió a ser negro para Horacio. 

Cuando no hubo más lágrimas que llorar, las horas de los días solo tuvieron un sentido para él: buscar a su perra como el náufrago busca playa a donde arribar. Con el tiempo se convirtió en peregrino sin retorno. Las calles que alguna vez recorrió añoran sus pasos desordenados y el viento de la colonia ya no tiene con quién quien conversar, olvidó la calidez convirtiéndose en otoño permanente.

El primer día de invierno la conmoción visitó la iglesia del Cristo Redentor. La feligresía era testigo de una transformación en el altar, la figura humana, multicolor, hoy era una escultura de piedra de negro absoluto: túnica, ojos, piel, corazón; en igual negritud, acurrucado a sus pies, un desvalido duerme exhausto, pétreo. En ambos rostros resplandece una lágrima roja de brillo tan intenso que por las noches brinda cobijo a quienes, en el zaguán, se tienden sobre un cartón en la espera de ser abrazados por la obscuridad.

SEXO, DINERO, PODER Y ZAPATOS, un cuento de Raúl Domínguez

Imagen tomada de Pixabay

—¡Señor Juez, mis clientes son inocentes! Reconozco que nosotros, los zapatos contemporáneos, influimos en el comportamiento y estado de ánimo de los dueños, pero de eso a ser asesinos seriales… Con todo el respeto que usted merece, exijo que las garantías individuales de mis clientes, establecidas en la Carta Magna del Calzado, sean respetadas. Dijo el abogado Aureliano Gamuza.

—Las garantías de sus clientes serán respetadas, –respondió Camilo Plantillas, Juez asignado al caso. —¿A quién llamará a declarar al estrado?

—A los imputados y hermanos: Oxford Rufino Izquierdo y Oxford Rufino Derecho.

Ambos zapatos poseen personalidades opuestas. Rufino Derecho es rebelde, rockero, adora la noche de copas, le dicen el Gigolo de León, Guanajuato. Rufino Izquierdo es ecuánime, literato, obsesivo al café americano, y ama, más que nada en el mundo, los boleros de los Dandys.

—¿Cómo sucedieron los hechos la noche anterior a la muerte de su dueño? – preguntó el abogado Gamuza.

Rufino Izquierdo tomó la palabra porque su hermano coqueteaba con unas zapatillas doradas Paris Hilton: -Después de un arduo día de trabajo llegamos al departamento a la media noche. Justo en el momento en que la luna reflejaba su maquillaje blanco en el vitral del edificio, vimos salir apresurados a unos tenis Converse blancos con franjas rojas.

—¡Yo no me di cuenta de ese detalle!— contestó Rufino Derecho. –Estaba crudo. Necesitaba orearme, pues nuestro dueño tenía un asqueroso olor  a…

—Silencio—  interrumpió su hermano. —Por si no lo recuerdas, firmamos un acuerdo de confidencialidad. Así le huelan los pies a queso gruyere o tenga pie de atleta u ojos de pescado, debemos ser discretos y aguantar lo que sea, ¿entendido?… Prosigo. Al ingresar a la recámara, notamos que las botas rojas de la dueña roncaban debajo de la cama. A su lado, las pantuflas peluche Darth Vader de nuestro dueño veían la película “Singin’ in the Rain”. ¡Señores del jurado, creemos que los asesinos convergen con nosotros en esta sala!

—Señores Oxford, ¿bajo qué criterios aseguran tal declaración? – volvió a preguntar el abogado Gamuza.

—Bueno… como tenemos un experimentado olfato y sensibilidad a la temperatura ambiente: las pantuflas estaban, cómo decirlo, tibias, cálidas, contraídas, como recién usadas por alguien más. — complementó Rufino Derecho.

—Objeción, Señor Juez. ¡Los hermanos Oxford son los asesinos!— interrumpió el abogado de las botas rojas quienes, naufragando en sus lágrimas, miraban resentidas a los incriminados. Meses atrás levantaron una denuncia penal por homicidio porque, según su teoría, ellos asesinaron a su dueño para recibir una cuantiosa herencia familiar.

—Objeción denegada — dijo el Señor Juez. — Continúen.

Los hermanos Oxford argumentaron que a la mañana siguiente al descender las escaleras del Metro y entre el oleaje confuso de zapatos yendo y viniendo, sintieron que algo los hizo tropezar para luego caer hasta el último escalón del tercer nivel. Cuando despertaron, su dueño tenía el cráneo partido, el ojo derecho fuera de su cuenca, la nariz chata cuando antes era puntiaguda, y su caja torácica, cual pesada e inerme, flotaba sobre su propio mar de sangre: murió al instante.

Los peritos confirmaron que los Oxford no eran los causantes de la tragedia, debido a que su pisada era todavía segura y confiable. Más bien, enfocaron la atención en el talón de Rufino Derecho, donde algunas franjas rojas estilo Converse quedaron tatuadas.

—Señor Juez, solicito permiso para que declaren las pantuflas Darth Vader— dijo el abogado Gamuza.

Una vez en el estrado, les preguntó: —¿Justo antes de la media noche, los pies que se introdujeron en ustedes, eran los de su dueño?

—¡No!– dijeron ambas al mismo tiempo. —Sus pies eran rasposos como el tirol rústico de una pared. Los pies que sentimos eran femeninos: ¡oh, pétalos de rosa, aroma delicioso, bálsamo pulcro y suntuoso!

De repente, unas voces que estaban escondidas en las últimas butacas del juzgado, gritaron: —¡Nosotros sabemos quiénes son los asesinos!— Los nuevos testigos eran unos mocasines de caballero color verde militar, de horma ancha, sin agujetas, y de profesión agente de seguros. Según su testimonio, el dueño de los hermanos Oxford había contratado un seguro de vida por diez millones de pesos, cuya única beneficiaria era la dueña de las botas rojas. Aseguró que en una conversación que tuvo con ellas en privado, le dijeron: “Verdad que los accidentes… pasan y más en una olla exprés como es el Metro”.

Las botas rojas quedaron estupefactas.

Cada gota de sudor que salía de su material sintético arremetía contra la vergüenza de haber sido descubiertas. Desesperadas buscaron la mirada cómplice de los Converse blancos con franjas rojas que, segundos antes, huyeron del recinto. En ese preciso momento una explosión cimbró las columnas góticas del juzgado, destrozando no sólo la puerta principal sino también la Diosa Temis, una estatua de bronce al pie de la escalinata.

Un comando armado de botas vaqueras entró disparando al aire sus armas largas AK47:

 —Nadie se mueva hijos de su huarache, al primero que se desate una agujeta, me lo chingo Ustedes, botas rojas, muevan esos pinches tacones, ¡vámonos!.

Afuera ya los esperaba un helicóptero que segundos después se elevó para extraviarse en la garganta anaranjada del horizonte.

Ellas son ahora prófugas de la justica. Son buscadas por el Federal Shoe of Investigacion (FSI) en todo el mundo. Se dice que andan en Sudamérica mudando de identidad como camaleones en el Amazonas, y que pertenecen, desde hace más de una década, a una banda llamada las Poquianchis Chancleras que enamoran, poquianchismadrean y asesinan a cualquier tipo de zapato a cambio de sexo, dinero y poder.

Sobre el tamaño, un texto de Francisco de la Rosa

Imagen tomada de Pixabay

El tamaño sí importa o, al menos, debería. Pero no su volumen o amplitud, tampoco su peso o masa. Es más, creo que ni su longitud importa tanto, al menos no como información pública. Lo que debiera importar del tamaño es el límite.

Decir que somos más resilientes, más víctimas, más activistas, más listos, más buenos, más deconstruidos; menos malos, menos tontos, menos sororas, menos misóginos, menos indolentes, menos neoliberales… no modifica el tamaño de las cosas ni acorta o alarga el perímetro de la realidad ni aumenta el área del polígono en el cual habitan nuestra historia, actividad cotidiana y discurso. Por más que el convencimiento propio o ajeno se empeñe en sostener que podemos calzar unos zapatos o usar un par de guantes más grandes sin vernos ridículos, para la realidad somos de un tamaño (normalmente diminuto) y nuestra existencia le resulta tan intrascendente que no se altera el orden global ni siquiera un segundo cuando un ser humano, sin importar su tamaño, se esfuma.

Es que aspirar a cosas grandes es grosero cuando se es diminuto o escribir como los grandes cuando la prosa de uno es chiquitita. Ver siempre hacia arriba es perder el piso y, con él, la dimensión de esa medida que nombramos altura. Mirar siempre hacia adelante es ser desagradecido con la magnitud del pasado. Avanzar a pasos agigantados es inviable cuando se calza por debajo del promedio. ¡Vaya!, hasta resulta ofensivo solicitar que se vea más allá de lo que la miopía o cataratas permiten. Como si ser grande fuera volitivo, como si se pudiera aumentar de talla con el argumento.

La tendencia presupone que sí, que si se alinean las actividades y opiniones hacia la amplitud territorial del propio espíritu, que si se está del lado de los grandes tamaños entonces uno, por proximidad, se vuelve más alto. Porque sumarse a las buenas causas nos hace parecer de márgenes más amplios. Da la impresión de que aumentamos de estatura aunque esto solo sea similar al efecto que produce la luz del sol a cierta hora del día cuando nos agiganta la sombra.  

Nadie puede ser mayor ni menor al límite que le antecede aunque así lo pregone, denuncie o implore. A ninguno se le ensanchan la estructura ósea y el entendimiento solo por decir que a su parecer así lo sea. La mirilla de la puerta tiene siempre el mismo alcance aunque lo que nos haga pensar lo contrario sea la posición con la cual abordamos o nos acercamos a la mirilla. Formular más preguntas que las dudas que verdaderamente se tienen no aumenta nuestra ignorancia ni responder cuestionamientos no formulados, nuestra sabiduría. Sumarnos al logro de alguien no nos da en automático el tamaño de la victoria aunque sí se sienta una emoción de proporciones similares a la que experimenta quien levanta la copa o se cuelga la medalla.

Ser más o menos conscientes del límite de nuestro tamaño ayuda a dimensionar, entre otras cosas, que actualmente el mundo está poblado por 7 mil 500 millones de personas que se comunican aproximadamente en 7 mil idiomas (además de las personas e idiomas que ya murieron), dando como resultado combinaciones infinitas donde lo más seguro es que se encuentren ya todas las expresiones y formas sesudas de decir algo, lo cual deja muy en claro que lo que tú dices y cómo lo dices seguramente ya fue dicho en algún idioma por alguna persona en algún tiempo; que sobrevivir a un evento funesto no te hace especial porque el evento desastroso no te eligió a ti porque te considerara extraordinario; que, sin importar que las cumplas, las grandes expectativas siempre te hacen ver más pequeño; que los grandes logros no son producto de un esfuerzo personal (enteramente individual); que tus experiencias personales no son medida ni parámetro de nada ni mucho menos muestra representativa de las personas con las que compartes un puñado de características, dolores o jirones de historias; que la métrica con la cual evalúas las acciones de otros es por definición insuficiente y que aquella herida grande y que te duele mucho-mucho es proporcional a tu tamaño y al adjetivo con el cual la calificas; que lo que a ti más te duele a alguien apenas le incomoda, que uno no cierra ciclos, los ciclos se cierran y nos dejan por fuera, que tus causas no son todas las causas, que las injusticias que señalas no son necesariamente las que vives, que el ideal siempre es más grande o más pequeño de lo que  estimabas, que también los silencios tienen altura, largo y fondo y que no hay manera de evitar que cada segundo que transcurre se le sustraiga a tu tiempo de vida.  

Aún el conocimiento o nuestro entendimiento sobre algo que parecen ir siempre en aumento, nunca estarán por encima del tamaño de nuestros intereses, capacidad de nuestra memoria y cantidad de conexiones sinápticas, e incluso cuando los intereses se amplíen o modifiquen y se eduque la memoria y se generen más conexiones sinápticas este incremento nunca será mayor al que nuestro tamaño pueda contener; es decir, todo recipiente tiene su límite en el borde.

Si alguien va a morir, más te vale que no seas tú. Un relato de Jaina Pereyra

Imagen tomada de Pixabay

Rubén tiene 12 años. Su voz empieza a delatar el tránsito hacia la adultez. Es flaquito. Pesa apenas unos 38 kilos y es, por mucho, el niño más veloz en Copalillo, Guerrero.

170 segundos del tope de afuera de su casa a la tienda de don Rafa. 220 de la tienda a la vulcanizadora. En 6 minutos cruza el caserío y en 13 llega al siguiente pueblo. “Pinche mosco, ni los coches llegan tan rápido”, le decía su hermano Mario y lo hacía sentir superpoderoso.  

Pasaba los días mosquiteando de un punto a otro, poniéndose el reto de disminuir la velocidad en cada trayecto. A veces se imaginaba corriendo en las olimpiadas, cruzando la meta entre los aplausos de la multitud, como había hecho Usain Bolt en la tele de la vulcanizadora. A veces su imaginación era más ambiciosa y se pensaba un superhéroe como Flash, salvando cachorros de ser atropellados, combatiendo el crimen, previniendo desastres. Todo a la velocidad de la luz.

Wum, wum, wum iba de un lado a otro, hasta que un día lo mandó llamar su primo Moisés. Quería que trabajara para él y sus amigos. Debía sentarse en la carretera y ver pasar los coches. Si se acercaba una camioneta azul o verde, tenía que correr a to-da-ve-lo-ci-dad (insistió Moisés) y avisarle al dueño del taller para que él le avisara a Donato (hermano menor y heredero de Moisés, si, dios no lo quisiera, algún día moría o lo metían al bote).

“Tengo que decirle a mi mamá”, le dijo Rubén, sin ganas de aceptar. Ella le había advertido que se alejara de Moisés: “Lo van a matar. No te quiero cerca. Si alguien más se va a morir en esta familia, más te vale que no seas tú”. Se lo dijo muy seria el día que supo que su hermano muerto y su hermana desaparecida habían estado cerca de Moisés. Pero esa noche, sin voltearlo a ver siquiera, su mamá le dijo que estaba bien, que trabajara con él. Nunca entendió por qué.

Así se le acabó lo de soñar con medallas olímpicas.

De mosquito pasó a ser mosca de panteón. Sentado bajo el sol, pateando palitos a la carretera, viendo el polvo arremolinarse en cada llanta que pasaba. Más o menos una vez a la semana tenía que salir disparado a avisar que venían los marinos. O el ejército. O la policía federal. Un día unos de una pick up le preguntaron cómo llegar a la autopista. Rubén se quedó helado. Ésos que Moisés decía que eran su peor enemigo le habían invitado un refresco. Eran igual de pobres que él. Mucho más pobres que Moisés. Pero más buena onda. Sintió feo de acusarlos; de saber que los muchachos del pueblo los secuestrarían, los torturarían y los matarían.

Y un día pasó. Como pasa todos los días en esos pueblos de Guerrero. Y de Michoacán. Y de Tamaulipas. Pasó lo peor que le iba a pasar en la vida. O eso creía. Rubén se quedó dormido bajo el sol. Lo despertó el sonido de los balazos. Ta-ta-ta-ta-ta-ta. Otra vez. Ta-ta-ta-ta-ta-ta. ¡Madres! Sirenas. Más balazos. El acelerón del carro tuneado de Donato. Los iban a matar. ¿Los habían matado? Zuuuuum, comenzó a aletear con las piernas.

Corrió y corrió y corrió.

El aire era pesado. Lo asfixiaba. Los pulmones tapados de polvo. No podía respirar.

Wum. Wum. Wum, corría el niño. Oyó clarito la voz de Mario riéndose, como cuando jugaban futbol. Truc. Truc. Truc. Su hermana limpiando frijoles. El agua hirviendo. Las tortillas recién hechas en el comal de humo de su mamá. Wum wum wum, seguía corriendo. El piso pegajoso derretía los zapatos. Wum wum wum, corrió por horas. Hasta que desconoció el camino. Moisés estaba muerto. Lo sabía. Lo iban a matar a él también. Se sentó a esperar la noche. Cuando estuvo muy oscuro, comenzó a correr de vuelta. No sabía qué más hacer. Corría al ritmo de un nigeriano en el maratón. Luego como un gringo monumental en pista de 200. Rápido como un zancudo. Una pantera.

Llegó a su casa. Su mamá lo abrazó. Tenía cara de haber llorado, pero con la misma fuerza que tuvo cuando encontraron muerto a Mario y cuando su hermana no regresó nunca. Dice Donato que ya no te quiere de halcón, le dijo. Ok, contestó aliviado.

Rubén murió a los 15. Desaparecido. Se presume que calcinado en una fosa común.

La soledad del artista, un cuento de Juan Pablo Estrada

Cuarteto minimalista, del pintor Jazzamoart

Javier pasó días esperando que llegara la inspiración.

Lo había intentado todo, desde repasar fotos tenues en los álbumes de su infancia, hasta el recorrido desesperado y desesperante de lo que ofrecía la televisión de paga. Cualquier cosa en busca de una imagen, un concepto que le devolviera a sus manos la capacidad de crear, quizá trazar un boceto, alguna combinación de puntos y líneas capaces de transmitir. Pero nada.

La luz se fue con Norma, quien después de años de matrimonio lo dejó la semana pasada, harta del carácter volátil y de los excesos de la vida de un artista gráfico que, después de su época de oro, se negaba a aceptar la aburrida enfermedad de la madurez.

Como iniciando un ritual, recorrió el estudio en que se había convertido la estancia de la planta baja en la que hace años jugaban y hacían la tarea sus hijos, que al crecer se marcharon dejando espacio para exhibir los cuadros y esculturas. Ya había pasado una semana desde la última tertulia, así es que comenzó a limpiar mesas y fregar la duela, a borrar las huellas de tabaco quemado en ceniceros y los dedos y labios marcados en los vasos y copas con sedimentos de vino.

A media labor aséptica unos portarretratos lo llamaron desde el librero. Se detuvo a verlos y los tomó casi con cariño, uno por uno. Antes le había parecido un invasivo grupo de fotografías, pero hoy lo transportaron a mejores lugares y tiempos: La plenitud del viaje a Nueva York con el jueves en que devoraron el MoMA; la sencillez de la luna de miel en la que sin notarlo Norma le tatuó su entrega y lo marcó con el conjunto rojo que luce en la foto, que se veía tan bien puesto como tirado al pie de la cama. La vida.

Oyó un golpe de llaves en la cerradura y el chillido de la chapa, seguidos de pasos discretos pero firmes en la escalera. Llegó Norma.

Javier sonrió con malicia y ojos de alivio, aunque no quería mostrar ansiedad ni consentir los días de abandono. En fracciones de segundo pensó qué decir: —Bienvenida guapa. No necesitas disculparte, lo entiendo. La fiesta, el escándalo, gritos de borracho una vez más. Soy egoísta, sí, pero siempre lo he sido y así me quieres ¿no? Dime que sí, por favor. He recordado lo mucho que compartimos, mira las fotos, tus fotos, yo creo que podemos, que puedo cambiar y…—.

Pero no tuvo mucho tiempo más para planear el discurso, ni para soltarlo. Norma apareció en tacones, con su blusa estampada de múltiples colores y los labios carmín. Serena, decidida, diría que radiante por una renovada felicidad. Lo desarmó. Javier no alcanzó ni a saludar, ella se adelantó apurada:

—Hola Javier, perdón por no llamarte antes de venir. Son las prisas. Hablé con los niños y —limpió la garganta—no puedo seguir aquí, así, contigo. Tomaré algunas cosas para ir unos días con ellos en lo que encuentro un espacio para alquilar. Ahora podrás vivir como te gusta y sin quejas. Yo ya no quiero más.

Se sucedieron frases, maletas y gestos que no alcanzó a retener. Los minutos pasaron pero Javier no corrió con ellos. Era un mero espectador de una obra ajena ya acabada. Cuando Norma dejó sus llaves y cerró la puerta, lo invadió un dolor ciego y sordo.

Adiós. A Dios. No Dios. No dos. Uno. Solo.

Regresó al retrato del viaje de bodas. Al besar el vidrio se le ocurrió un concepto bueno para su pieza definitiva: una estructura móvil, irregular y sensible.

Arte vivo ausente: La soledad del artista. Con ansia y violencia, Javier hundió las manos en el bote de una pintura primaria, rojo escarlata. Sintió la humedad en sus grietas y ahogó los ojos en ellas.

Clases de discurso con Greta Thunberg, un texto de Jaina Pereyra

Imagen tomada de Pixabay

El discurso es un formato curioso. No es un ensayo. No es un guión de teatro. No es un cuento. Ni es un comercial. Pero, de cierta manera es todo eso al mismo tiempo.  

Hay un debate abierto sobre si debe dejarte pensando o con el corazón exaltado. Personalmente creo que las dos cosas, porque el discurso no existe sin argumento, pero no trasciende sin emoción —positiva o negativa, valga decir—.

Como discursera creo que lo más difícil al redactar un discurso es que el o la oradora no tenga sentimiento alguno respecto al tema que va a plantear. Rascar para saber qué quieren decir, sólo para encontrar que no están emocionalmente vinculados al argumento, es como buscar los resultados de la lotería y ver que no ganaste ni un reintegro. Y no hay mayor frustración porque desde un discurso ayuno de emoción, no se puede trabajar. No hay pasión al escribirlo, ni hay reacción al escucharlo y, por lo tanto, no cumple su función política fundamental.

El discurso sólo puede y debe evaluarse desde su objetivo: iniciar una negociación, convocar una emoción, incitar una acción.

Y esta semana, el varias veces compartido video de Greta Thunberg en la ONU (https://www.youtube.com/watch?v=bW3IQ-ke43w) es una pieza perfecta para análisis.

Demuestra lo mucho que se juzga a la o el orador cuando se escucha un discurso. El discurso nunca puede ser si no es de y desde quien lo emite. Y a esta joven se le evaluó con las reglas más estrictas que yo haya visto, tal vez porque rompió muchos paradigmas.

Las oradoras, lo sabemos desde siempre, se evalúan de manera distinta que los oradores. Una mujer no puede presentarse a un debate con el pelo alborotado y la ropa desaliñada, porque lo que se interpreta como cercanía y pasión en un hombre, la vuelven a ella una fodonga o una loca. Greta logra que la primera evaluación no sea sobre su físico; sobre si es hermosa o no (sí, a las niñas también les hacen eso). Su pasión es el centro de la discusión. No se habla realmente de su locura, sino sobre si fue auténtica y pertinente. Parece menor, pero es un logro enorme.

El discurso de Greta, más que a ella, revela a las audiencias. Nadie pone atención a la causa de su exaltación. No sólo la condición de Asperger con la que vive pudiera explicar parte de lo excepcional de su gesticulación. Es, además, la reacción a su primera respuesta. ¿Cuál sería tu mensaje?, le preguntan. “Mi mensaje sería que los estamos observando”, responde clara, serena y concisa. Y en el video, de pronto, se escuchan las risas de la audiencia. No la están tomando en serio y Greta se da cuenta. La joven entra en rictus. La frustración se acumula y, de pronto, la contención que la define, paradójicamente la impulsa a escalar la emoción. Pero nadie valida ese enojo. Para ellos Greta es una curiosidad y la empatía una excentricidad.  

Las reacciones al discurso nos demuestran además el poder del enojo. Varios twitteros quisieron explicarnos con hilos argumentativos (es un decir) por qué la activista es una vendida, por qué quiere acabar con el capitalismo. No se dan cuenta de que el mensaje de Greta es tan general, que si no fuera por sus hilos, nadie sabría que hay inclinaciones anticapitalistas (¿las hay?). No se dan cuenta de que las calles de Nueva York se llenan con una noción de lo que Greta pide: consciencia, acción y políticas públicas frente a la emergencia del cambio climático. Nada más, ni nada menos.

Quienes critican su enojo tal vez ni siquiera saben que días antes, la activista dio un discurso frente al Congreso de Estados Unidos (https://www.youtube.com/watch?v=ojnyKn8_hLc).

Un discurso clásico, estructurado, con datos, pausado. Un buen discurso del que nadie se enteró. Así que sí, el enojo es un superpoder, sobre todo en las mujeres, a quienes se nos enseña a esconderlo.

Y, claro, esa virulencia, argumentan, sólo puede ser producto de la manipulación, de la mentira. Es una falsa, la acusan, sin darse cuenta de que el poder emocional viene de que Greta es intolerante a la incongruencia y, de hecho, ha dejado de viajar en avión por principio. Por eso, desde la tranquilidad de conciencia puede preguntar una y otra vez a los líderes del mundo: ¿cómo se atreven?

Asombrosamente, su discurso es tomado con la literalidad que no se le ha exigido nunca ni a los instructivos de armado de muebles. Proliferan los memes sobre cómo la infancia de Greta no fue robada, porque pudo ser peor. Y aunque ella insiste una y otra vez en que es una privilegiada, le cuestionan que se victimice. Oh, la victimización, el pecado femenino por excelencia. Aunque ella haga lo contrario.

La primera vez que vi su intervención, algo me incomodaba. El discurso en sí no es espectacular, pero todos sus elementos lo son. Y eso se demuestra en las reacciones insistentes y virulentas que ha suscitado. Conforme pasan los días, voy reconociendo las diferentes dimensiones del poder de comunicación de alguien que, en los parámetros tradicionales (y arcaicos) de la comunicación política, jamás hubiera sido elegida como vocera.

Finalmente creo que quienes han seguido cuestionando por días si Greta es un símbolo al servicio de los intereses más oscuros, debieran leer la prensa con más regularidad. Suponiendo sin conceder que tuvieran razón, me atrevo a afirmar que existen intereses mucho más oscuros que la ambición de contener el calentamiento global. Pero, si aun leyendo la prensa piensan que una activista de 16 años es la principal amenaza del mundo, debieran tratar de contraponer un símbolo igual de poderoso. Tal vez entonces se darían cuenta de que la humanidad necesita sentirse trascendente, convocada en un momento histórico determinante y que por eso Greta funciona tan bien. Porque ella, si eso les gusta pensar, puede estar comprada, pero los cientos de miles que marcharon con ella no. Y eso es una buena noticia para el mundo.  

La misma piedra, un texto de Francisco de la Rosa

Imagen por Francisco de la Rosa

Tropecé de nuevo y con la misma piedra, se oye de fondo. Miro al cielo y descubro un nimbo no gris, prieto. Precavido como dos, camino hasta cubrirme debajo de una marquesina. De súbito, comienza a llover no poco, más bien algo cercano, digamos, a cántaros. Convenientemente para mí, una mujer flaca y con cara de loca se detiene debajo de mi marquesina: mía porque yo llegué primero y mía porque me gusta, la mujer, más que la marquesina. Ella hurga en las entrañas de su bolso. Se enfada. Recuerda que su única sombrilla sigue en casa de su ex con el cual terminó el año pasado, cerca de la temporada de lluvias. Sus pies se empapan. Su cintura comienza a humedecerse y yo también… abro mi mochila y extraigo, con éxito, un paraguas. Lo extiendo tanto como me gustaría ampliar mis intenciones. No sabría cuál, pero alguna expresión en mi rostro la invita a protegerse de la lluvia. El nimbo está de mi lado y deja caer su contenido líquido con más furia, ocasionando que el costado de la mujer –ahora con el cabello húmedo– se una al mío. No pensé que fuera a llover así –dice–. ¡Esas nubes están muy negras! ¿Nubes?, ¿más de una? Miro al cielo y sí, en efecto, hay dos, casi tres. El nimbo ha desaparecido.

Tropecé de nuevo y con el mismo pie, concluye, Con la misma piedra, en voz de Alicia Villareal. El nimbo está fragmentado y de un color distinto al que percibí minutos antes. Le explico, no a Alicia Villareal, sino a la mujer flaca y con cara de loca, que no son nubes o que, al menos, no lo eran hace unos minutos. Le digo que las nubes que ahora observa eran una y la misma cosa, y que calificarlas como negras es un desatino, pues cuando recién iniciaba la canción del grupo Límite sí que estaban negras. Me mira incrédula. Sonríe. Sonrío. Caigo en cuenta de que ninguna explicación mía podrá hacer que la mujer bajo mi marquesina y mi paraguas deje de ver más de una nube y que no importa cuánto me esfuerce no hay manera de concebir que ese grupo de nubes fueron una.

Como suceso lógico, después de estar bajo mi paraguas, la mujer flaca y con cara de loca estuvo bajo mis sábanas y ahora está bajo mi techo. Loca, como su cara lo denunció desde el principio, optó por modificar la decoración de mi departamento. Inició con el color de los muros, después cambió algunos muebles de sitio y hace unas semanas partió una silla por la mitad. ¿Qué te parece? Hermosa, dije yo sin mirar lo que había hecho con la silla. No me mires a mí, me reprendió y me entregó una de las mitades. ¿Qué es?

Claro, me preguntó a mí, pero lo cierto es que ante una circunstancia similar, la mayoría respondería que era la parte de una silla, la mitad o un fragmento de un objeto que parece incompleto. Algo que corresponde al nombre, pero que no lo abarca por completo porque dista un poco, o un mucho, de la imagen mental que lo representaría. También es cierto que muchos tal vez se enfadarían y después de dar su respuesta agregarían un ultimátum. Pero yo no, y por esa razón días después me despertó el ruido de la sierra de mano. ¿Qué te parece? Observé lo que había hecho con una segunda silla. Esta vez no era un corte simétrico: rebanó el respaldo. Igualmente me entregó una de las partes. ¿Qué es? Un banco, respondí. ¿Y esta otra? ¿Una repisa? ¿Una tabla para cortar verduras?, titubeé.

Hace tres días me dijo que le presentarían a una persona para valorar un nuevo proyecto. No me pregunten de qué. A estas alturas no sé en qué trabaja ni a qué se dedica ni dónde nació ni… El punto es que ayer regresó muy afectada: no dejaba de hablar de la persona que recién le habían presentado. Estaba desencajada. ¿Por qué?, pregunté yo. Es que no tenía… y el recuerdo la hizo callar. ¿No tenía qué? Pues no tenía… ¿Un brazo?, quise completar la oración. No, no es eso. ¿Entonces una pierna? No, tampoco es eso. ¿Una pierna y un brazo? ¿Ambos brazos? ¿Ambos brazos y una pierna? Por favor, mujer, ¡habla ya! Sí, eso –me dijo casi entre lágrimas– sólo tenía una pierna. No lo hubiera imaginado, me dijo mi mejor amigo cuando le conté parte de esta historia. A ti sólo te gustan flacas y con cara de locas: tropiezas siempre con la misma piedra. Y qué bueno que lo dijo porque casi olvido por qué traje a cuento la canción “Con la misma piedra” del grupo Límite.

Evidentemente, nada de lo que acabo de narrar ocurrió, pero puede ocurrir, sobre todo lo de nombrar a una cosa de la misma forma aunque haya modificado su figura de manera sustancial. Desde luego que no sucede con todas las cosas. Las discusiones sobre qué del objeto lo hace acreedor al nombre han ocupado a lingüistas por varios años; pero acá el tema es otro. Es cómo algunas cosas mantienen, por llamarlas de alguna manera, sus propiedades semánticas y pese a la modificación de sí mismas conservan su nombre y cómo otras lo pierden o lo cambian. Nadie obtiene vasitos al dejar caer un vaso de vidrio ni un par de gafas al partir unas por la mitad. Pero se tendrá una piedra cada vez que ésta se parta sin importar la simetría o el tamaño. Una piedra dividida en siete da como resultado siete piedras. Una planta –siempre y cuando no muera–, tampoco pierde el nombre así ésta pierda varias de sus ramas o todas sus flores, y lo mismo ocurre con una persona, pues seguirá siendo persona así le falten todos los dientes o alguna de sus extremidades. Quizá por ello las personas serán siempre piedras –sin agraviar a ninguna feminista o a algún masculinista, pues cualquiera de los dos podría argumentar que concebir como piedras a una mujer o a un hombre o a ambos, sería cosificarlos reduciéndolos a objetos–, porque por supuesto que son (somos) objeto del conocimiento de otro, y si no me creen a mí ni a ningún epistemólogo, pregúntenle a Schopenhauer y les dirá que “Ser sujeto para el objeto y ser nuestra representación, es lo mismo. Todas nuestras representaciones son objeto del sujeto, y todos los objetos del sujeto son nuestras representaciones”.

La cosa –no me refiero a la piedra ni a la persona, sino al tema– es que nadie tropieza con la misma piedra, aunque ciertamente sí tropieza con una extensión o una porción de ella: con una hija mayor o menor, pero no necesariamente es la misma. Tropezar con la misma piedra parece, pues, un pequeño desatino toda vez que sin importar cuántas veces se fragmente mantendrá su nombre. De esta manera, Alicia Villareal y su desaparecida agrupación y sus fans y el que escribe y seguramente varios de los que leen, encontramos una justificación idónea para decir que todas las personas son iguales, aunque muten su forma: cambiando de color, de tamaño, de peso; aunque extravíen sus entusiasmos mientras suman otros que les eran desconocidos; contemplen su sonrisa desdentada; sean testigos de los surcos que araron los años, y de los entumecimientos que heredaron de una o varias enfermedades. Similar a las piedras, que sin importar cuánto cambien su aspecto, seguirán siendo, según nosotros, las mismas piedras.