D10S HA MUERTO, por Juan Pablo Estrada

De niño soñaba jugar un mundial. Sí, yo también, como muchos de los amigos con los que crecí. Y mientras corría forcejeando con mi hermano tras una pelota en el jardín de la casa de mis abuelos, o persiguiendo un balón en las canchas de pasto que tenía el colegio en sus instalaciones del Ajusco, en voz alta o guardando silencio, imaginaba que encarnaba a una estrella, un crack, aunque los resultados reales rara vez terminaban como quería. El caso es que en esos instantes pasaban por mi mente los nombres de Pelé, Zico, Hugo, Rummenigge o Platini, pero al final siempre soñaba con ser Diego Armando Maradona.

Han pasado más de tres décadas desde entonces, llenas de contenido, personas y acontecimientos más importantes (aunque, en realidad ¿qué es más importante que jugar?). Pero hoy es relevante porque han hallado muerto al niño que yo fui, como dice Sabina. Hoy siento cómo se extingue una parte feliz e importante de mi infancia, porque murió el Diego.

Debo reconocer que, antes de verlo jugar en el estadio Azteca, el Diego no me resultaba simpático. Al principio no sabía más que su nombre por alguna estampa de un álbum conmemorativo. Lo conocí siendo expulsado en el Mundial de España por agredir al brasileño Falcao. Años después, el pichichi mexicano declaró que él era el mejor jugador del mundo y no el Pelusa, lo que empezó una insípida rivalidad del nacionalismo azteca contra el jugador argentino. Y, finalmente, hasta antes del mundial de 1986, no era labor sencilla ver por televisión los partidos de futbol europeo en los que no estuviera Hugol. El mundo ya era un globo, pero nada era global.

Sin embargo, poco después el campeonato del mundo demostró que ningún jugador terrestre podía acercarse al nivel de juego de Maradona y, sobre todo, que no había entonces persona alguna que lograra transmitir las mismas emociones que ese zurdo pequeñito.

Propios y extraños cedimos ante el talento, la personalidad y la clase de ese petizo fornido, con la cara de desafío y la mirada compleja, con ese desparpajo para tomar un balón a mediocampo, pegarlo a la pierna zurda, para correr bailando, para quitarse a medio equipo rival y a todo lo que se pusiera enfrente, destruir al enemigo de guerra y meter un gol. El gol. El que uno sueña. Un barrilete cósmico con una pelota impoluta. En el fondo no era más que un niño corriendo tras un balón, sólo que lo hizo como nadie nunca jamás.

Hoy, 25 de noviembre de este penoso 2020, para muchos de manera inoportuna, murió el Diez. Fiel a su costumbre, también en la muerte opacó todo, causó polémica y fue juzgado. Vemos cómo se reproducen en las redes los mejores momentos de su carrera deportiva, la magia del astro de astros y los comentarios luctuosos emotivos del mundo del futbol, combinados con linchamientos, quejas y justas críticas sobre su conducta personal porque sí, Maradona fue un hombre violento y excedido, nadie lo celebra, pero cómo ignorar al ser humano y al futbolista sobrehumano; y aunque hablo como fanático no niego que ahí están sus miserias, absolutamente condenables.

Y ahí está también el puñado de memes que se burlan de sus adicciones, de su enfermedad, porque Maradona nació en un mundo sin redes sociales y muere en la absoluta efervescencia del jaleo digital; con redes o sin ellas, el mundo entero le presta atención. Tal es la dimensión de un artista inmenso, de un ángel muchas veces caído, de un humano divinamente ungido para disfrutar en una cancha pero fatalmente condenado a sufrir fuera de ella. “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”, dijo un Diego emocionado y algo pasado de peso, al despedirse en la Bombonera tras su partido de homenaje. La pelota no se mancha, la vida y los sueños sí.

Hay algo que no quiero ignorar y me niego a perder. Maradona trazaba sueños infantiles en una cancha de futbol. El Diego bailaba y engañaba, disfrutaba dibujando estrellas con el balón. Maradona me hizo entender que se puede ser humano sin dejar de ser deidad y diablo, víctima y victimario. Maradona es dual como pocos: campeón descalificado, revolucionario perdido, ídolo pecador. Y, a pesar de los pesares, o gracias a ellos, no es fácil dejar de querer al Diego.   

Mientras escribo siguiendo un consejo invaluable, escucho a Jorge Valdano tratando de cumplir su trabajo en una transmisión de la UEFA Champions League (uno de los pocos torneos que Maradona nunca ganó). Le dieron la noticia que lo sorprendió mucho. “Bueno, muchos de los recuerdos que cuando los rememoraba me producían una sonrisa…”, no pudo terminar la frase porque rompió en llanto. El filósofo del futbol es atinado hasta para llorar, y así lo explica todo. Guardadas las proporciones, los niños y jóvenes de los ochentas y noventas pasan por lo mismo, yo paso por lo mismo, pues los recuerdos del deporte y los sueños de la época remiten a Maradona, y hoy, como anticipó Nietzsche: D10S ha muerto.

PASE AL MÓDULO 4, por Marcela Ferrer

Ante mí se revela el misterio de su eficiencia y alegría: veo cómo se reparten dulces, no sé si los van a vender, o es solo la culminación del ridículo y perturbador pero efectivo ritual…

Me llamo Mariana. Mi hermana Cecilia. Nos pusieron esos nombres porque cuando mi mamá era chiquita tenía dos amigas que le parecían sofisticadas, interesantes y se llevaban muy bien. Su sueño era tener dos hijas que se parecieran a ellas. Hoy esas señoras deben tener más de 75 años, si es que aún respiran.

Cecilia y yo no somos ni tan interesantes, ni tan sofisticadas, pero estoy segura que nos llevamos mejor que las originales. Cecilia ha vivido en diferentes países y siempre por más lejos que esté nos descubrimos haciendo las mismas cosas, pensando en las mismas personas. Llamándonos al mismo tiempo. Estamos conectadas. Estamos tan conectadas y somos tan estúpidas que hacemos los mismos pagos. Sí, tenemos la costumbre de hacer pagos dobles, en general no hay mayor problema más que la vergüenza de disculparnos.

—Ay, perdón te hicimos el pago doble, ¿está bien si lo consideras un adelanto o quieres regresarlo?

Así varias veces en nuestra vida, pero esta vez nos coronamos; pagamos doble la luz, y el agua. Con la Compañía Federal de Electricidad no hubo mayor problema, pero con los del Sistema de Aguas de la Ciudad de México ha sido, digamos, interesante. El dinero no entra directo a tu cuenta, pasa por el departamento de finanzas de la CDMX, después de varias llamadas en las que me han explicado esto, vislumbro un calvario.

Así que voy caminando por Insurgentes, pronto debo dar vuelta a la derecha. La oficina de gobierno a la que voy está sobre Monterrey (nunca me ha gustado esa calle, prefiero Medellín, me parece un nombre mas divertido, además de que está el mercado).

Me siento pesada, vengo cargando —todo en original y 2 copias como reza el mantra— identificación oficial, boleta predial, boleta de agua de el bimestre en curso y cuatro anteriores, comprobante de pago, comprobante de pago emitido por la Secretaría de finanzas de la CDMX que corrobora que pagué a través de una transferencia bancaria, el comprobante de que se hicieron esos pagos, una carta explicando mi problema y otra aclarando mi solicitud, y comprobante de domicilio, por supuesto vigente. Pfff.

Ya estoy en Monterrey con Guanajuato y veo un lugar que debe ser el que busco. Hay mucha gente afuera. ¡Qué pesadilla! pienso. Al ir acercándome veo sorprendida que hay filas, sí, la gente esta formada, intento disimular pero noto cómo mis cejas suben ligeramente y mis ojos se abren. Una ventanilla dice “pagos”, otra “aclaraciones” y otra “trámites”. En cada una hay un ser humano ayudando para agilizar y comprobar que una se forma en la fila correcta.

Estoy en la fila de “aclaraciones”, Elizabeth se acerca, tiene un enorme gafete con nombre, foto y una gran sonrisa. Me pregunta qué aclaración vengo a hacer, le explico la estupidez que hizo mi hermana —obvio—. Mientras revisa mis papeles, confirma que mis documentos están completos. Sonrío aliviada. Pase al módulo 4, espere sentada. Detesto que me hablen de usted.

Mientras espero, se escuchan gritos constantes, parece que vienen del piso de arriba, me hacen recordar a lo que cuando yo era chiquita imaginaba que era el club de los optimistas; evidentemente nunca fui a uno, pero imaginaba que gritaban frases positivas tomados de la mano, llenos de energía, abrazados. Escuchaba el anuncio en el radio. Empiezo a cantar la canción en mi cabeza, me asusta darme cuenta que la recuerdo con nitidez (ojalá así recordara las cosas importantes). Mientras la sigo cantando, ya con un ligero tarareo, paso al módulo 4.

Joel me saluda, le explico el problema, toma mis documentos, teclea por un rato. Teclea por otro rato y se diría que irradia alegría. Me pregunto cómo pueden estar de buen humor trabajando con esos gritos que surgen cada dos o tres minutos como una ola que sabes que viene pero no la esperas. Joel, un hombre como de 50 años, me mira entre las cejas y el armazón de sus lentes, y amable me dice: su trámite debe salir pronto. Vuelven los gritos otra vez, se escuchan eufóricos, no entiendo bien qué dicen pero la energía se siente hasta la planta de los pies; vidrios, paredes, suelo, todo retumba. Me devuelve mis documentos originales, él se queda con las copias (por suerte). Salgo, mi folder está menos pesado, me siento ligera.

Al salir me es inevitable mirar de reojo el lugar de donde parece que vienen los gritos. Es un grupo de jóvenes que portan gafete que los identifica también como empleados de la Secretaría, ahora están en la calle.

No lo puedo creer, ante mí se revela el misterio de su eficiencia y alegría: veo cómo se reparten dulces, no sé si los van a vender, o es solo la culminación del ridículo y perturbador pero efectivo ritual.  Otra vez comienzan a gritar (ahora sí se entiende), uno pregunta: ¿cómo venimos? Todos responden: ¡venimos cachondos!, ¿cómo nos sentimos? Nos sentimos chidos, ¿Qué somos? ¡somos chingones!

Me da un poco de pena ajena, pero inevitablemente sonrío, como si una chispa surgiera dentro de mí, me siento optimista. Comienzo a caminar otra vez por Monterrey, voy de regreso pensando “efectivamente, somos unas chingonas”. 

EFECTO CORRUPTOR, por Juan Pablo Estrada

“Justicia, s. Mercancía que, más o menos adulterada, vende el Estado al ciudadano como recompensa por su lealtad, impuestos y servicios personales.”—Ambrose Bierce, El diccionario del diablo

Por una noche, Mariana y yo pensamos que lo habíamos logrado. Desde que acepté ser su abogado ideamos mil estrategias para librarla de su marido, Esteban, coordinador de asesores de un político de los que cambian de Secretaría de Estado como de principios.

Tal vez podríamos conseguir que pagara las consecuencias del maltrato al que la sometió desde la misma noche de bodas en que, como un cavernícola posmoderno,  la arrastró del pelo  y la forzó a tener sexo una y otra vez mientras ella desmayaba, en parte exhausta por la puesta en escena de la fiesta nupcial y en otra por los golpes que recibía en la cabeza cada vez que su cráneo daba contra la cabecera. Sólo unos minutos le bastaron a Mariana para entrar al infierno al que se comprometió ante Dios y el Estado. Hasta que la muerte los separe puede ser una sentencia escalofriante.

Los insultos rebotando contra las paredes y los golpes bien tapados en su piel se hicieron una costumbre privada. Los ojos desorbitados que la castigaban con furia la hicieron dudar hasta de sí misma. Tal vez sí era una puta irresponsable, una estúpida que lo ofendía por platicar a solas con sus amigas, por querer salir a bailar con sus primos, por tener compañeros de trabajo e intentar seguir con su carrera, por creer que se mandaba sola. Con veinticinco años su vida de cristal se había fragmentado y refractaba luces de alarma que nadie quería ver.

Llegó una tarde de lluvia a mi despacho, por recomendación urgente de una amiga en común que por haber tomado algunos cafés conmigo me tiene por paladín de la justicia. Cuando la vi en la recepción pensé que Mariana era guapa pero algo la opacaba. Mientras le pedí que pasara a mi privado y que me tuteara (ya tengo algunas canas en la barba, pero el usted me incomoda), noté que a pesar de no traer tacones le costaba caminar y que respiraba con esfuerzo. Comenzó su relato con reserva, mientras entraba en confianza. Sus palabras pasaron de las consideraciones hacia su esposo y las dudas, a un profundo dolor físico y abandono emocional que traté de asimilar sin mostrar nada más que atención. Al escucharla pude ver que, detrás de los lentes obscuros y el maquillaje que se iba borrando, mi nueva clienta mostraba varias huellas moradas y rojizas, quizá aún húmedas de piel y sangre vivas, resultado de la más reciente borrachera de Esteban.  

Después de atender lo inmediato (un doctor que calculara la magnitud del daño en las costillas y la cadera), acordamos trabajar en construir un expediente que terminó por ser robusto. Había que trabajar rápido pero con cautela, pues el animal mantenía un régimen de vigilancia y amenazas férreo, con los guaruras proporcionados por mis impuestos como cómplices.

Unos días después teníamos ya pruebas, fotografías, testimonios y opiniones de médicos y peritos. Estábamos listos y sólo nos faltaba la estrategia a ejecutar para que pudiera ser detenido. Sugerí una escena flagrante y en público. Una peda, pues.  

Ayer en la noche, después de la cena inventada para festejar su aniversario, por fin logramos que lo aprehendieran. El tipo no se resistió al lugar de moda ni al costoso vino español seguido de varios vasos de whiskey de una malta en las rocas. Tampoco aguantó cuando me acerqué a saludar a su esposa con afecto y familiaridad. Menos cuando lo ignoré. Perdió la cabeza y en un arranque que parecía coordinado, la tuvo por puta, movió el brazo derecho para aventar el vaso old fashion que tenía en la mano y le soltó una escandalosa bofetada en el rostro con el dorso de la mano. Mariana se cayó de la silla por el impacto. No hizo falta más para que la patrulla que teníamos apalabrada actuara y lo detuviera entre el júbilo de los meseros y de los comensales, que espontáneamente grabaron la escena con sus teléfonos inteligentes. En minutos se llevaron detenido a Esteban, que con los brazos atrás sólo atinó a gritar el típico “no saben con quién se meten”. Llevé a Mariana a casa, y sonreí al verla entrar, por fin, con un caminar un poco más firme.

Al amanecer respiré un aire distinto. Hoy entra en vigor el nuevo sistema de justicia, anunciado durante años y diseñado para acabar con la impunidad. Se trata de usar expedientes electrónicos para obtener sentencias rápidas y objetivas. Los funcionarios prepararán el procedimiento que en un día será resuelto por un juez computarizado, una máquina incapaz de corromperse o de errar, sabedora de todas las normas que carga en su servidor. Por eso le aseguré a Mariana que podíamos confiar: En cuestión de horas llegaría un veredicto basado en la evidencia que demostraba, más allá de cualquier duda, que su agresor no debía seguir viviendo como si nada.

Llegamos contentos al juzgado en que se aplicarían los cambios del sistema. Como lo establece la nueva legislación, la computadora recibió todos los datos, elementos y pruebas, incluyendo los videos de la noche anterior. Esteban y sus abogados sonreían.

Unos minutos después, el robot encendió uno de sus focos en rojo y emitió un sonido que me resultó molesto. Una secretaria leyó en voz alta la pantalla: “La acción resulta improcedente, por un efecto corruptor del procedimiento”. El aparato judicial concluyó que se violaron los derechos de Esteban como acusado durante su aprehensión, ya que el operativo fue planeado, un truco para detenerlo. Todo quedó en un video que se difundió y se hizo viral en minutos, por lo que ya no cabía la posibilidad de un debido proceso. La máquina afirmó que, desde esta mañana, en los procesos ya no se permiten formalidades incumplidas. Esa es la justicia ciega del nuevo sistema, que no deja margen para el error humano pero tampoco para perspectivas y criterios.

Esteban salió del juzgado con su risita burlona portando el traje de diseñador  y empujando a “su mujer” hacia un automóvil. Se marchó impune, se sentía legitimado, vencedor; y Mariana más derrotada que nunca, regresaba al infierno para seguir cumpliendo con Dios y el Estado.

LOS COMELONES, por Galligato Râvi

Crédito de la imagen: Birgit Böllinger, en Pixabay

Lo voy a decir al chile. Me gusta ponerle sesos al mole. ¿Por qué la gente es tan pendeja en los asaltos? Les dice uno: —¡Órale, puto! Dame la cartera, y ya encarrerado el ratón también móchate con esos taquitos de canasta que te estás tragando. Es que salí de la casa y mi jefa no me dio de desayunar.

De retache, ¿qué recibo? Puras habas. Salen con cualquier mamada: —Eso quisiera, compa, pero en el pesero un pinche chamaco se chingó mi Chocotorro, me vas a dejar en los huesos. Si quieres te doy un cupón de Domino’s Pizza. Ah, ¿sí? Tome su balazo por chamaco pichicato.

Pero, ayer me sucedió un pinche desmadre más denso que las pastas que se mete el que dibuja al Bob Esponja. Llegué al banco bien macizo, con mi cuarenta y cinco con los dientes de fuera y mi playera de Pacquiao. Le dije a la cajera: —La lana o me llevo por delante al poli panzón. ¡No mames! No solo se portó sedita. Me llevó hasta la bóveda y me dejó sacar puro billete grande, que los de veinte no porque esos son para los jodidos que le van al América. Me sirvió un poco de café y guardó la marmaja en varios empaques ecofriendly que traía del McDonalds.

Me llamó la atención que las cámaras estaban apagadas. —Es que luego metemos de contrabando unos brownies con mota bien macizos, y pa que el gerente no se dé cuenta quién los mete y quién los saca le tapamos un ojo al macho—dijo el poli que dejé amarrado con un hilo dental. Ja. ¡Pinches godínez! Ni los narcos se las ingenian tan cabrón para pasar merca a la Tierra Prometida. Luego, el de servicio a clientes me ofreció un seguro para mi vocho bien barato. ¡A toda madre! La de intendencia me dio un chuchuluco y la bendición pal camino.

Así salí. Calladito. Tan bien portado como cura recién refundido en la parroquia. Justo al salir pasó enfrente una patrulla. Me fui caminando con un supositorio en el culo. ¡Uta, qué susto!

Llegué a mi casa y me puse a ver la tele. En eso tocaron a la puerta. Era un señor de bigote, lo recuerdo porque estaba en la fila de cartera vencida. —Buenas, don. En el güara güara se le olvidaron sus bolsitas. Tenga más cuidado. Luego por eso le comen a uno el mandado— dijo. ¡Caray!, ya no hay tipos tan honestos en el mundo. Le canté si quería chingarse un tentempié.  —¿Para comer aquí o para llevar? —preguntó. —Mejor afuera. Aquí hay mucho vecino chismoso.

Nos lanzamos por unos tacos al Instituto Nacional de la Cochinita. Pagué con uno de quinientos. Todos se nos quedaron viendo. —¡Qué pex, perrada! ¿Nunca se han fijado en un Dr. Simi a dieta con pedos de anorexia? Mi invitado se puso colorado y fue directito a hacer un depósito al “Bañorte”. Lo acompañé para que no se sintiera tan solo. Partimos cobijas y sacamos el billete del relleno de la botarga. A eso le llamo yo un pase de touchdown con engaño de carrera.

Nunca confíes en un gordo dentro de un banco. Menos, si dejas a la intemperie las bolsas del lunch. Se lo mete a la panza más rápido de lo que tarda en joderse el presupuesto un diputado del PRI.

Inocente

Imagen tomada de internet

Un texto de Juan Pablo Estrada Michel

Felices los imprevisibles.

De ellos será el infierno de los otros.

Ida Vitale, Léxico de afinidades

Ni inocentes ni culpables,

corazones que destroza el temporal,

carnes de cañón.

-Joaquín Sabina, Amor se llama el juego

Veo una silueta recorriendo las grises calles de Nueva York, calladas y plenas de bruma, de humos que se suspenden y flotan sobre el asfalto tras surgir de alguna alcantarilla.

Apenas distingo esa figura distraída, que pasa intermitente bajo tenues triángulos de luz y a través de túneles obscuros, como cruzando la nada.

Conforme avanza es posible asegurar que se trata de un hombre con su gabardina clara. Sus pasos lo deslizan por aceras desiertas de la que, por momentos, es la zona más concurrida de la ciudad. Pero no en estos tiempos, no a estas horas.

Me es imposible precisar su cara, la cubren las solapas de esa gabardina que empieza a brillar por la escarcha. Se agacha un poco. Entonces logro distinguir el movimiento de su brazo derecho, que ha salido del bolsillo para encender un cigarro, para generar el humo que seguirá camuflando su rostro. De su andar queda la impresión de que ya son varios los cigarros consumidos y amplias las calles recorridas. Pero no se ve cansado, hay demasiado que pensar.

Como si se tratase de una historieta, de un comic urbano, de pronto puedo leer sus pensamientos en una especie de nube, una burbuja ondulada que se posa sobre él, que delinea el humo y se conecta con su cráneo, cuyo resplandor empieza a notarse. Con cada pisada me resulta más evidente que el sujeto ha vivido más de 40 años y que se encuentra sumergido en alguno de ellos, sin darse cuenta que su mente se ha vuelto vulnerable a este chismoso.

No parece ir conectado a ningún dispositivo, aunque no es posible ver sus oídos ni notar si los copan algunos audífonos. No sería extraño que los portara, pero sí me lo parece que ni siquiera se inmute por no estar enlazado con otro espacio, con un lugar diferente del que ahora recorre al mismo tiempo en que no sabe dónde está.

Cuando su cara se alumbra tras la última bocanada, se conoce que hay huellas de tiempo y creo que gestos de culpabilidad, aunque adivino que no permite en su cabeza más frase que un “soy inocente”.

“Soy inocente”. Es un clamor reiterado, tanto que se me antoja falso. Es natural al género humano sospechar de aquel que afirma su propia inocencia, al grado que las leyes nos obligan a presumirla.  

El hombre voltea hacia los edificios que lo rodean, como adivinando las puertas de los departamentos internos. Creo que se pregunta si detrás de ellas hay gente que no sólo las usa por privacidad sino para esconderse; personas tan culpables como él y que, al oír cualquier ruidillo proveniente del corredor, se apartan de las puertas con el temor de que pudieran abrirse, que piden al cielo que se trate sólo de un ruido de paso.

Mientras sigue su camino, otro caminante se cambia de acera. Sé que si lo pudiera oír, sabría que se apena porque el otro lo ha evitado. Junto al deseo de evitar un roce y el más mínimo choque de cuerpos, le pesa el frecuente rechazo neoyorkino. En esta ciudad no hay contacto físico por el miedo general de sufrir un abuso, de quedar como un tonto; por la necesidad defensiva de hacer oídos sordos para no caer en algún engaño.

Avanza unos metros más. La lluvia se hace presente y él busca protegerse más con la gabardina que ya resulta insuficiente. Es gris, como todo a estas horas. Su cara de inocente sigue ahí pero algo en el gesto me dice que sufre, acaso por un cariño no correspondido; tal vez negado por una culpa que, como todas las culpas, apendeja. Levanta los ojos buscando las nubes agresoras. Mientras las pequeñas gotas que caen lo incomodan, puedo distinguir sus expresiones de reproche por sentirse mejor que aquél por quien ha sido cambiado. Me reflejo. ¿Por qué será que la gente se niega al amor? ¿Es tan difícil que volvamos a creer? 

Veo sus ojos. Me parecen típicos de un hombre maduro. Mientras lo pienso, los clava en los míos. Es como si cada uno viera a través del otro, por un instante con pretensiones de no terminar.

Me vence. Me descubre. Me presume culpable. Lloro en silencio. No quiero que oiga ni un sollozo. Soy inocente, murmuro.

Es curioso. Aunque no carga con un dispositivo de música y parece haber olvidado que existe el teléfono celular, mientras el hombre toma asiento en una escalinata, me percato que está tarareando una vieja canción de Billy Joel. Y empiezo a cantarla yo también.

La casa sola, un cuento de Raúl Arcos

Era capaz de leer el silencio acumulado y los olores sin nadie en la casa.

Después de nueve años de limpiarla cada martes, era capaz de leer el silencio acumulado y los olores sin nadie de la casa.

Como en otras ocasiones, se trataría de la ausencia por algún viaje. Era bueno estar sola, ir de habitación en habitación, poniendo orden, recorriendo con la aspiradora cada uno de los espacios sin tener que pedir permiso para entrar. Y en un día como hoy, ayudaba poder sostenerse del trabajo, de los pasos que ella había ido fijando en su rutina.

Mover sillas, empujar un sofá hacia el rincón y, esta vez, levantar el tapete y descubrir todo ese polvo escondido. No pensar en sus problemas.

Hace dos meses que descubrió los mensajes de su marido con otra mujer; planes para encuentros futuros, promesas de amor. Y luego, la confrontación. Escucharlo enredarse en respuestas vagas, en una trama que él no era capaz de manejar. Recordaba la escena y volvía a experimentar esa mezcla furiosa de sentirse traicionada y de verlo desdibujándose en su propia cobardía.

Dos meses ahogada por una ira que volvía a encenderse cada noche, al regresar a casa. Lo veía siempre callado, evasivo.

Y luego la mañana de hoy.

Estar sentada a su lado escuchando su respiración mientras el médico hablaba del diagnóstico. Los siguientes pasos, los análisis preoperatorios, los formularios que él debería entregar para confirmar la fecha de hospitalización. 

Trabajar. Le sienta bien agotarse.

Limpiar el baño y la cocina, barrer y trapear. La rutina y los sonidos del trabajo. Y no la voz del médico hablando del cáncer en la próstata y de ese tejido compacto con forma de cebolla y de la quimioterapia y de riesgos y de la tasa de mortalidad. Y ella, sin voltear a ver a su marido, adivinándolo como un cuerpo que a cada palabra se torna más blando, que se encorva, que termina hundido en una silla.

Nadie en casa. El agotamiento. La otra mujer. El cáncer extendiéndose en capas, arriba del escroto.

De pronto tiene la impresión de que el trabajo se alarga por las habitaciones sin nadie. Un cansancio que se arrastra, enorme animal gris trepándose sobre ella.

Camina hacia el refrigerador, lo abre y comprueba que él tuvo el cuidado de vaciarlo antes de salir de viaje. Jala una silla y se deja caer en ella. Desde ahí, observa el interior. Unas cuantas botellas, un queso. Casi nada. Abajo, en el fondo, un bulbo rojizo. Sólo una pequeña cebolla morada que ya empieza pudrirse.

Risa fingida, un texto de Brenda Suárez

Imagen tomada de Pixabay

José Luis invariablemente llegaba tarde. Sabía que ser el nuevo y tener tantos retardos no se veía bien. Sus compañeros ya comenzaban a cuchichear entre ellos y lanzar indirectas sobre sus privilegios, pues no solo eran los retrasos sino que se tomaba al menos media hora más para comer.

También comentaban sobre su comportamiento peculiar y anti social. Salía a comer solo, nunca participaba en los pasteles de cumpleaños ni en los viernes de tacos, mucho menos en las chelas después del trabajo. Apenas sonreía y cuando lo hacía se notaba que le demandaba un tremendo esfuerzo, parecía muñeco de ventrílocuo. No se quejaba. Ni una sola vez se le había visto enojado, ni cuando anunciaron la suspensión de los vales de despensa. La recepcionista decía que era gay; Lupita la que vendía dulces y presumía de sus conocimientos médicos, aseguraba que sufría algún síndrome de esos rarísimos; para Chucho, el del archivo, solo quería llamar la atención.

                José Luis era incapaz de sentir y  por lo tanto de expresar emociones. No era una enfermedad o síndrome. Simplemente era así. Aunque su condición no le molestaba y su esposa estaba acostumbrada, sabía que le impedía socializar y eso de vez en cuando es necesario. Por ello decidió probar una nueva terapia conductual que incluía una serie de ejercicios rigurosos que debía realizar sin falta mañana y noche. Estos consistían en imitar distintas expresiones de alegría, tristeza, sorpresa, molestia y otras con ayuda de un tutorial; masajear los músculos de la cara y el cráneo; estimular el sistema límbico con videos de gatitos tiernos, escenas cursis de películas, noticias catastróficas, repeticiones de partidos de futbol cardiacos, entre otros. Además llevaba consigo unas ampolletas de lágrimas artificiales por si alguna desgracia se le atravesaba. Los ejercicios lo dejaban exhausto. Se quedaba dormido por las mañanas y al medio día necesitaba tomarse un tiempo para sentarse en la banca de un parque a no sentir sin que nadie lo molestara.

                Un día su esposa tuvo un altercado en el metro, un asaltante intentó quitarle su bolsa y al forcejar cayeron ambos a las vías. Cuando le comunicaron la noticia, José Luis no tuvo reacción alguna. Con la misma frialdad de un médico notificó a su jefe que tenía que ir a reconocer los restos del cuerpo de su esposa. El chisme se dispersó a velocidad Godínez, y más por morbo que por empatía, algunos voluntarios se ofrecieron a llevarle una corona de flores, no sin antes buscar los videos de las cámaras de seguridad del metro que ya circulaban en las redes sociales.

                Cuando llegaron a la funeraria, José Luis no mostraba rastro de consternación o tristeza. La gente susurraba que era inhumano, ¡cómo era posible que no hubiera emitido ni siquiera un leve sollozo! Harto de los rumores quiso aplicarse las lágrimas pero no las encontró. Salió diciendo que necesitaba despejarse, se acercó al primer puesto de tacos que encontró y pidió un trozo de cebolla, el taquero solo tenía de la morada en escabeche. Se untó en los ojos un poco del vinagre para provocarse el llanto, no lo consiguió. Probó con limón, salsa verde y roja, rábanos y hasta chile habanero, nada funcionó: los ojos estaban irritadísimos, pero ni una lágrima.

Derrotado regresó a la funeraria oculto tras sus gafas oscuras. Se acercó al féretro y recordó a su esposa. Solo ella lo aceptaba como era. Entonces cayó en la cuenta de la suerte que tenía, cualquier otro estaría devastado, soltando maldiciones, llorando ridículamente u ocultando la tristeza con alcohol. Así que esto de no sentir, en realidad es una ventaja, pensó, y le pareció la idea más graciosa.

Soltó casi sin querer una risa tenue, se sorprendió de ello y esto le provocó una segunda risa, esta vez más fuerte  lo que dio paso a una estruendosa carcajada que distrajo a todos del rezo mortuorio. La gente creyó que tenía un ataque de histeria y que por fin  se estaba desahogando. La risa se volvió algo incontenible y contagió a los asistentes.

Entre una carcajada y otra, José Luis sufrió un infarto fulminante. Cayó muerto entre risas sin llanto. Uno de sus compañeros se acercó para descubrir que tenía la sonrisa de muñeco de ventrílocuo de siempre.

BUENA CONCIENCIA CRIMINAL, un texto de Jorge Ramírez

Imagen tomada de Pixabay

Horacio sobrevive las oscuras noches acurrucado en el zaguán de la Iglesia del Cristo Redentor. Cuando es tiempo de secas, el cartón en el que duerme mitiga el frío del concreto, pero en tiempo de lluvias es el agotamiento lo único que permite dormir, eso,  y el calor que brinda una botella de alcohol. 

Horacio es un indigente.  Un excluido.  Es la ausencia de color.

Su ropa refleja el sufrimiento en su vida. Su luz interior oscurece su mirar.  La inflamación de sus pómulos ha sido ocasionada por hombres que para él solo tienen el lenguaje de la fuerza y  la humillación. 

Manotea mientras camina las calles discutiendo con el aire.

Es evitado. Es ignorado. Colocado por algunos privilegiados en el escalón donde está vetada la capacidad de amar. En las sombras.  En la obscuridad.

En primavera, disfrazada de pelos, patas y ladridos, la vida lo despertó una mañana. 

Fue cruzar miradas y enlazar destinos; a partir de ese momento, en la vida sin nada de Horacio, se afincó una pequeña perra con ojos de inocencia y estómago tan vacío como el alma de ese hombre.

Las vías de concreto guiaron los desordenados pasos de ambos. El humano sentir de Horacio se desperezó con cada comida compartida, cada noche que ella restregaba el lomo contra su cuerpo en el ritual que precedía al descansar. A lengüetazos, su esencia era rescatada por el animal.

Pero la incipiente alegría de aquel hombre, incomodó a las buenas conciencias vecinas, quienes temiendo por el bienestar de la cachorra le ofrecieron a Horacio comoprársela. 

“¿Qué vida llevaría el aquella perra a su lado?, ¿cómo iba a sobrevivir?”

El desprecio al hombre disfrazado en el interés por el animal.

Humillado al ser considerado un paria sin valor suficiente para cuidar a un perro, Horacio desdeñó la oferta y, seguido de cuatro patas, continuó su camino.  Aquello poco duraría.  A veces la idea de bienestar es un lobo agazapado bajo la oveja, listo para atacar.

Una tarde de verano, mientras Horacio dormía en una banca del parque, una “buena conciencia” sustrajo a la cachorra. Furtiva. Criminal.

No hay forma más certera de matar a un ser humano que robarle la esperanza y dejarle obscuridad. Recién finalizado el sueño, la pesadilla inició.

Con la fuerza de mil voces el lamento de aquel hombre rompió la quietud del parque, haciendo que, conmovidas, las aves huyeran de los árboles propagando el quejido en su canto.  El cuerpo de aquel hombre se quebró. Todo volvió a ser negro para Horacio. 

Cuando no hubo más lágrimas que llorar, las horas de los días solo tuvieron un sentido para él: buscar a su perra como el náufrago busca playa a donde arribar. Con el tiempo se convirtió en peregrino sin retorno. Las calles que alguna vez recorrió añoran sus pasos desordenados y el viento de la colonia ya no tiene con quién quien conversar, olvidó la calidez convirtiéndose en otoño permanente.

El primer día de invierno la conmoción visitó la iglesia del Cristo Redentor. La feligresía era testigo de una transformación en el altar, la figura humana, multicolor, hoy era una escultura de piedra de negro absoluto: túnica, ojos, piel, corazón; en igual negritud, acurrucado a sus pies, un desvalido duerme exhausto, pétreo. En ambos rostros resplandece una lágrima roja de brillo tan intenso que por las noches brinda cobijo a quienes, en el zaguán, se tienden sobre un cartón en la espera de ser abrazados por la obscuridad.

SEXO, DINERO, PODER Y ZAPATOS, un cuento de Raúl Domínguez

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—¡Señor Juez, mis clientes son inocentes! Reconozco que nosotros, los zapatos contemporáneos, influimos en el comportamiento y estado de ánimo de los dueños, pero de eso a ser asesinos seriales… Con todo el respeto que usted merece, exijo que las garantías individuales de mis clientes, establecidas en la Carta Magna del Calzado, sean respetadas. Dijo el abogado Aureliano Gamuza.

—Las garantías de sus clientes serán respetadas, –respondió Camilo Plantillas, Juez asignado al caso. —¿A quién llamará a declarar al estrado?

—A los imputados y hermanos: Oxford Rufino Izquierdo y Oxford Rufino Derecho.

Ambos zapatos poseen personalidades opuestas. Rufino Derecho es rebelde, rockero, adora la noche de copas, le dicen el Gigolo de León, Guanajuato. Rufino Izquierdo es ecuánime, literato, obsesivo al café americano, y ama, más que nada en el mundo, los boleros de los Dandys.

—¿Cómo sucedieron los hechos la noche anterior a la muerte de su dueño? – preguntó el abogado Gamuza.

Rufino Izquierdo tomó la palabra porque su hermano coqueteaba con unas zapatillas doradas Paris Hilton: -Después de un arduo día de trabajo llegamos al departamento a la media noche. Justo en el momento en que la luna reflejaba su maquillaje blanco en el vitral del edificio, vimos salir apresurados a unos tenis Converse blancos con franjas rojas.

—¡Yo no me di cuenta de ese detalle!— contestó Rufino Derecho. –Estaba crudo. Necesitaba orearme, pues nuestro dueño tenía un asqueroso olor  a…

—Silencio—  interrumpió su hermano. —Por si no lo recuerdas, firmamos un acuerdo de confidencialidad. Así le huelan los pies a queso gruyere o tenga pie de atleta u ojos de pescado, debemos ser discretos y aguantar lo que sea, ¿entendido?… Prosigo. Al ingresar a la recámara, notamos que las botas rojas de la dueña roncaban debajo de la cama. A su lado, las pantuflas peluche Darth Vader de nuestro dueño veían la película “Singin’ in the Rain”. ¡Señores del jurado, creemos que los asesinos convergen con nosotros en esta sala!

—Señores Oxford, ¿bajo qué criterios aseguran tal declaración? – volvió a preguntar el abogado Gamuza.

—Bueno… como tenemos un experimentado olfato y sensibilidad a la temperatura ambiente: las pantuflas estaban, cómo decirlo, tibias, cálidas, contraídas, como recién usadas por alguien más. — complementó Rufino Derecho.

—Objeción, Señor Juez. ¡Los hermanos Oxford son los asesinos!— interrumpió el abogado de las botas rojas quienes, naufragando en sus lágrimas, miraban resentidas a los incriminados. Meses atrás levantaron una denuncia penal por homicidio porque, según su teoría, ellos asesinaron a su dueño para recibir una cuantiosa herencia familiar.

—Objeción denegada — dijo el Señor Juez. — Continúen.

Los hermanos Oxford argumentaron que a la mañana siguiente al descender las escaleras del Metro y entre el oleaje confuso de zapatos yendo y viniendo, sintieron que algo los hizo tropezar para luego caer hasta el último escalón del tercer nivel. Cuando despertaron, su dueño tenía el cráneo partido, el ojo derecho fuera de su cuenca, la nariz chata cuando antes era puntiaguda, y su caja torácica, cual pesada e inerme, flotaba sobre su propio mar de sangre: murió al instante.

Los peritos confirmaron que los Oxford no eran los causantes de la tragedia, debido a que su pisada era todavía segura y confiable. Más bien, enfocaron la atención en el talón de Rufino Derecho, donde algunas franjas rojas estilo Converse quedaron tatuadas.

—Señor Juez, solicito permiso para que declaren las pantuflas Darth Vader— dijo el abogado Gamuza.

Una vez en el estrado, les preguntó: —¿Justo antes de la media noche, los pies que se introdujeron en ustedes, eran los de su dueño?

—¡No!– dijeron ambas al mismo tiempo. —Sus pies eran rasposos como el tirol rústico de una pared. Los pies que sentimos eran femeninos: ¡oh, pétalos de rosa, aroma delicioso, bálsamo pulcro y suntuoso!

De repente, unas voces que estaban escondidas en las últimas butacas del juzgado, gritaron: —¡Nosotros sabemos quiénes son los asesinos!— Los nuevos testigos eran unos mocasines de caballero color verde militar, de horma ancha, sin agujetas, y de profesión agente de seguros. Según su testimonio, el dueño de los hermanos Oxford había contratado un seguro de vida por diez millones de pesos, cuya única beneficiaria era la dueña de las botas rojas. Aseguró que en una conversación que tuvo con ellas en privado, le dijeron: “Verdad que los accidentes… pasan y más en una olla exprés como es el Metro”.

Las botas rojas quedaron estupefactas.

Cada gota de sudor que salía de su material sintético arremetía contra la vergüenza de haber sido descubiertas. Desesperadas buscaron la mirada cómplice de los Converse blancos con franjas rojas que, segundos antes, huyeron del recinto. En ese preciso momento una explosión cimbró las columnas góticas del juzgado, destrozando no sólo la puerta principal sino también la Diosa Temis, una estatua de bronce al pie de la escalinata.

Un comando armado de botas vaqueras entró disparando al aire sus armas largas AK47:

 —Nadie se mueva hijos de su huarache, al primero que se desate una agujeta, me lo chingo Ustedes, botas rojas, muevan esos pinches tacones, ¡vámonos!.

Afuera ya los esperaba un helicóptero que segundos después se elevó para extraviarse en la garganta anaranjada del horizonte.

Ellas son ahora prófugas de la justica. Son buscadas por el Federal Shoe of Investigacion (FSI) en todo el mundo. Se dice que andan en Sudamérica mudando de identidad como camaleones en el Amazonas, y que pertenecen, desde hace más de una década, a una banda llamada las Poquianchis Chancleras que enamoran, poquianchismadrean y asesinan a cualquier tipo de zapato a cambio de sexo, dinero y poder.

Sobre el tamaño, un texto de Francisco de la Rosa

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El tamaño sí importa o, al menos, debería. Pero no su volumen o amplitud, tampoco su peso o masa. Es más, creo que ni su longitud importa tanto, al menos no como información pública. Lo que debiera importar del tamaño es el límite.

Decir que somos más resilientes, más víctimas, más activistas, más listos, más buenos, más deconstruidos; menos malos, menos tontos, menos sororas, menos misóginos, menos indolentes, menos neoliberales… no modifica el tamaño de las cosas ni acorta o alarga el perímetro de la realidad ni aumenta el área del polígono en el cual habitan nuestra historia, actividad cotidiana y discurso. Por más que el convencimiento propio o ajeno se empeñe en sostener que podemos calzar unos zapatos o usar un par de guantes más grandes sin vernos ridículos, para la realidad somos de un tamaño (normalmente diminuto) y nuestra existencia le resulta tan intrascendente que no se altera el orden global ni siquiera un segundo cuando un ser humano, sin importar su tamaño, se esfuma.

Es que aspirar a cosas grandes es grosero cuando se es diminuto o escribir como los grandes cuando la prosa de uno es chiquitita. Ver siempre hacia arriba es perder el piso y, con él, la dimensión de esa medida que nombramos altura. Mirar siempre hacia adelante es ser desagradecido con la magnitud del pasado. Avanzar a pasos agigantados es inviable cuando se calza por debajo del promedio. ¡Vaya!, hasta resulta ofensivo solicitar que se vea más allá de lo que la miopía o cataratas permiten. Como si ser grande fuera volitivo, como si se pudiera aumentar de talla con el argumento.

La tendencia presupone que sí, que si se alinean las actividades y opiniones hacia la amplitud territorial del propio espíritu, que si se está del lado de los grandes tamaños entonces uno, por proximidad, se vuelve más alto. Porque sumarse a las buenas causas nos hace parecer de márgenes más amplios. Da la impresión de que aumentamos de estatura aunque esto solo sea similar al efecto que produce la luz del sol a cierta hora del día cuando nos agiganta la sombra.  

Nadie puede ser mayor ni menor al límite que le antecede aunque así lo pregone, denuncie o implore. A ninguno se le ensanchan la estructura ósea y el entendimiento solo por decir que a su parecer así lo sea. La mirilla de la puerta tiene siempre el mismo alcance aunque lo que nos haga pensar lo contrario sea la posición con la cual abordamos o nos acercamos a la mirilla. Formular más preguntas que las dudas que verdaderamente se tienen no aumenta nuestra ignorancia ni responder cuestionamientos no formulados, nuestra sabiduría. Sumarnos al logro de alguien no nos da en automático el tamaño de la victoria aunque sí se sienta una emoción de proporciones similares a la que experimenta quien levanta la copa o se cuelga la medalla.

Ser más o menos conscientes del límite de nuestro tamaño ayuda a dimensionar, entre otras cosas, que actualmente el mundo está poblado por 7 mil 500 millones de personas que se comunican aproximadamente en 7 mil idiomas (además de las personas e idiomas que ya murieron), dando como resultado combinaciones infinitas donde lo más seguro es que se encuentren ya todas las expresiones y formas sesudas de decir algo, lo cual deja muy en claro que lo que tú dices y cómo lo dices seguramente ya fue dicho en algún idioma por alguna persona en algún tiempo; que sobrevivir a un evento funesto no te hace especial porque el evento desastroso no te eligió a ti porque te considerara extraordinario; que, sin importar que las cumplas, las grandes expectativas siempre te hacen ver más pequeño; que los grandes logros no son producto de un esfuerzo personal (enteramente individual); que tus experiencias personales no son medida ni parámetro de nada ni mucho menos muestra representativa de las personas con las que compartes un puñado de características, dolores o jirones de historias; que la métrica con la cual evalúas las acciones de otros es por definición insuficiente y que aquella herida grande y que te duele mucho-mucho es proporcional a tu tamaño y al adjetivo con el cual la calificas; que lo que a ti más te duele a alguien apenas le incomoda, que uno no cierra ciclos, los ciclos se cierran y nos dejan por fuera, que tus causas no son todas las causas, que las injusticias que señalas no son necesariamente las que vives, que el ideal siempre es más grande o más pequeño de lo que  estimabas, que también los silencios tienen altura, largo y fondo y que no hay manera de evitar que cada segundo que transcurre se le sustraiga a tu tiempo de vida.  

Aún el conocimiento o nuestro entendimiento sobre algo que parecen ir siempre en aumento, nunca estarán por encima del tamaño de nuestros intereses, capacidad de nuestra memoria y cantidad de conexiones sinápticas, e incluso cuando los intereses se amplíen o modifiquen y se eduque la memoria y se generen más conexiones sinápticas este incremento nunca será mayor al que nuestro tamaño pueda contener; es decir, todo recipiente tiene su límite en el borde.