Las cebollas hacen milagros, un cuento de Maya Zapata

Disfrutaba cada bocado como el manjar más suculento pero de pronto, a medio plato, se levantó, corrió al baño y devolvió hasta el último pedacito de ceviche de abulón que había degustado con tanto placer.

—Seguro que fue la cebolla morada— me dijo.

Yo sabía que esa cebolla le caía mal, por eso me pareció extraño que me pidiera que le hiciera su ceviche favorito con mucha cebolla morada argumentando que andaba con un antojo tremendo. Y era verdad, porque después del vómito, regresó a terminar el plato entero para luego volver a vomitar… el ciclo se repitió durante una semana entera. Así que se fue a ver al doctor jurando que tenía cáncer de estómago o algo por el estilo. Saliendo de la cita me llamó y me dijo: Mi amor, estoy embarazada.

Mi madre no es una persona muy cuerda, tiene un talento impresionante para mentir, además de una hipocondría que raya en síndrome de Münchhausen, pero ahora sí pensé que se había vuelto loca sin remedio y comencé a buscar los datos del psiquiátrico por si acaso.

—¿Pero no tenías menopausia desde hace como 5 años, mami?— le pregunté para confrontarla.

Era humanamente imposible. Yo sabía que tenía una vida sexual activa con su novio, 10 años más joven que ella, cosa en la que intentaba no pensar y mucho menos imaginar, pero mi madre estaba convencida de que le había pasado como a la Virgen María, que su embarazo era producto de un milagro. Dios había escuchado sus plegarias y ahora podía darle el hijo que tanto deseaba a su joven concubino. Afortunadamente ya había encontrado el teléfono del psiquiátrico para llamar en cuanto colgara con ella. Esta vez había rebasado todos los límites con este cuento de loca de patio, pero como me dijo que la ecografía la harían en un par de semanas y que quería que la acompañara, puse en pausa lo del loquero y fui con ella. Esa dosis de realidad la haría desistir de su chifladura.

Es increíble lo que se siente cuando escuchas los tambores de la naturaleza en los latidos furiosos del corazón de un bebé que está por nacer. Ese sonido nos embrujó, nos unió y hasta olvidamos por un tiempo que mi madre no estaba del todo bien de la cabeza, de hecho, nos unimos todos a su locura: compramos ropita de bebé, cuna, remodelamos el cuarto que antes había sido mío; y en la casa se respiraba un ambiente de unión, de cordialidad, de esperanza; hasta el novio de mi madre me resultaba simpático, cosa que hasta ahora me parecía imposible y; el neurótico de mi hermano, que siempre estaba de malas, parecía contento con la idea de un hermano a quien pudiera educar. En fin, que ha sido una de las épocas más hermosas que hemos vivido como clan. Teníamos un sentido de pertenencia que nos llenaba de un extraño orgullo. La felicidad reinaba en la familia y mi madre era la más feliz todos.

Una mañana despertó sudando después de un sueño perturbador. Se sentía demolida y agotada.

Con mucho trabajo intentó levantarse cuando sintió algo mojado entre las piernas. Quitó la sábana y descubrió un mar de sangre y agua con una cosa redonda que relucía en medio de aquel cuadro espeluznante. Mi madre se levantó asustada, tomó la cosa redonda y la observó detenidamente. No parecía un feto a pesar de que ya no sentía el dolor en los senos y su vientre no estaba hinchado como el día anterior. Lavó el objeto redondo y lo que descubrió la desconcertó todavía más. ¡Era una cebolla morada! Comenzó a gritarle a su novio reclamándole y persiguiéndolo por toda la casa por hacerle esa broma tan de mal gusto. Él defendió su inocencia jurando ante la memoria de su madre que no era autor de esa ignominiosa broma y luego salieron corriendo a ver al doctor que los recibió a pesar de que no tenía espacio, pensando que si no lo hacía, mi madre armaría un escándalo.

La revisó. Pero ya no estaba ahí. No estaba ahí en su vientre, no estaba en su sangre. La promesa de ese bebé había desaparecido por completo. Ella lloró desconsolada por días y días. Todos lloramos.

Una mañana se levantó, serena y en calma, tomó la cebolla morada y la plantó en su jardín. La regó cuidadosamente y la amó como habría amado y cuidado a ese deseadísimo bebé. Hoy tiene un campo de cebollas moradas en su jardín y ayer volvimos a comer un delicioso ceviche de abulón. A ver si un día de estos, cosechamos otro milagro.

CASA VORAZ, un cuento de Ricardo Cuéllar

Recordé los rumores a la hora de estampar mi firma en el contrato, pero no hice mayor caso. Algún día se me habrá de quitar la tozudez.

A decir verdad, el suceso no fue algo dramático el primer día. Incluso, diría que me pasó inadvertido: sí, desperté con la exquisita imagen de una galleta de chocolate pegada detrás de mis párpados, pero, afortunadamente, entre las pocas cosas que sobrevivieron la mudanza había una caja de galletas surtidas y desahogué mis ganas sin dar importancia al hecho.

Sin embargo, ayer —apenas el segundo día— fue distinto: durante la noche, en lo más profundo de mis sueños, se me clavó un antojo intratable de comerme una cebolla morada a mordidas, como si fuera una manzana. Aún a oscuras abrí los ojos, puse un pie en el suelo y con la boca llena de ansias corrí hasta la cocina sólo para darme cuenta de que en el refrigerador apenas tenía dos limones y un bote de jugo de naranja. No había muchas opciones, así que vacié de un golpe las cajas en las que aún tenía empacadas las cosas de la despensa con la esperanza de encontrar una cebolla vasta y jugosa, pero nada.

Así, en pijama, salí de mi nueva casa y conduje, eludiendo los rojos de los semáforos, hasta los tres supermercados que hay en la ciudad. ¡Maldita suerte!: dos de ellos cerrados y, en el único abierto, un empleado ojeroso me hizo saber del desabasto del gozoso manjar que me estaba haciendo perder el juicio. Para entonces, una decena de granitos minúsculos me había brotado en la punta de la lengua como para avivar mi antojo. La primera luz del día me sorprendió babeando, en medio de la carretera que lleva a la ciudad vecina: doscientos kilómetros hirvientes en medio del desierto para que, al final, empleados con delantales de todos los colores me recitarán como una cachetada el mismo cuento de la inusitada escasez. Ante tales circunstancias, no dudé en comprar el mazo más grande que encontré en el área de ferretería del último supermercado y, montada en mi auto, deambulé por la ciudad tratando de adivinar, por lo pomposo de la fachada, la casa con la alacena más grande, en donde pudiera encontrar todavía una cebolla en el fondo de un cajón. Sin pensarlo, hubiera forzado la entrada por una ventana o de plano destruido con todas mis fuerzas alguna puerta, si no es por mi azarosa fortuna: en una esquina polvosa y vieja, al borde de la puerta de una tienda de abarrotes de otro siglo, yacía una caja de verduras marchitas. Justo en medio de unos tomates, que parecían más bien ciruelas pasas, estaba una cebolla morada, ajada pero hermosa, desecada pero deliciosa, que devoré sin atender el regaño del viejo abarrotero.

Hoy es el tercer día en esta casa perversa. Acabo de despertar y aún es de noche. Creo que aún puedo controlar el nuevo antojo, pero estoy francamente preocupada: en mis sueños me vi comiendo con delicadeza un suculento trozo de carne humana.