PASE AL MÓDULO 4, por Marcela Ferrer

Ante mí se revela el misterio de su eficiencia y alegría: veo cómo se reparten dulces, no sé si los van a vender, o es solo la culminación del ridículo y perturbador pero efectivo ritual…

Me llamo Mariana. Mi hermana Cecilia. Nos pusieron esos nombres porque cuando mi mamá era chiquita tenía dos amigas que le parecían sofisticadas, interesantes y se llevaban muy bien. Su sueño era tener dos hijas que se parecieran a ellas. Hoy esas señoras deben tener más de 75 años, si es que aún respiran.

Cecilia y yo no somos ni tan interesantes, ni tan sofisticadas, pero estoy segura que nos llevamos mejor que las originales. Cecilia ha vivido en diferentes países y siempre por más lejos que esté nos descubrimos haciendo las mismas cosas, pensando en las mismas personas. Llamándonos al mismo tiempo. Estamos conectadas. Estamos tan conectadas y somos tan estúpidas que hacemos los mismos pagos. Sí, tenemos la costumbre de hacer pagos dobles, en general no hay mayor problema más que la vergüenza de disculparnos.

—Ay, perdón te hicimos el pago doble, ¿está bien si lo consideras un adelanto o quieres regresarlo?

Así varias veces en nuestra vida, pero esta vez nos coronamos; pagamos doble la luz, y el agua. Con la Compañía Federal de Electricidad no hubo mayor problema, pero con los del Sistema de Aguas de la Ciudad de México ha sido, digamos, interesante. El dinero no entra directo a tu cuenta, pasa por el departamento de finanzas de la CDMX, después de varias llamadas en las que me han explicado esto, vislumbro un calvario.

Así que voy caminando por Insurgentes, pronto debo dar vuelta a la derecha. La oficina de gobierno a la que voy está sobre Monterrey (nunca me ha gustado esa calle, prefiero Medellín, me parece un nombre mas divertido, además de que está el mercado).

Me siento pesada, vengo cargando —todo en original y 2 copias como reza el mantra— identificación oficial, boleta predial, boleta de agua de el bimestre en curso y cuatro anteriores, comprobante de pago, comprobante de pago emitido por la Secretaría de finanzas de la CDMX que corrobora que pagué a través de una transferencia bancaria, el comprobante de que se hicieron esos pagos, una carta explicando mi problema y otra aclarando mi solicitud, y comprobante de domicilio, por supuesto vigente. Pfff.

Ya estoy en Monterrey con Guanajuato y veo un lugar que debe ser el que busco. Hay mucha gente afuera. ¡Qué pesadilla! pienso. Al ir acercándome veo sorprendida que hay filas, sí, la gente esta formada, intento disimular pero noto cómo mis cejas suben ligeramente y mis ojos se abren. Una ventanilla dice “pagos”, otra “aclaraciones” y otra “trámites”. En cada una hay un ser humano ayudando para agilizar y comprobar que una se forma en la fila correcta.

Estoy en la fila de “aclaraciones”, Elizabeth se acerca, tiene un enorme gafete con nombre, foto y una gran sonrisa. Me pregunta qué aclaración vengo a hacer, le explico la estupidez que hizo mi hermana —obvio—. Mientras revisa mis papeles, confirma que mis documentos están completos. Sonrío aliviada. Pase al módulo 4, espere sentada. Detesto que me hablen de usted.

Mientras espero, se escuchan gritos constantes, parece que vienen del piso de arriba, me hacen recordar a lo que cuando yo era chiquita imaginaba que era el club de los optimistas; evidentemente nunca fui a uno, pero imaginaba que gritaban frases positivas tomados de la mano, llenos de energía, abrazados. Escuchaba el anuncio en el radio. Empiezo a cantar la canción en mi cabeza, me asusta darme cuenta que la recuerdo con nitidez (ojalá así recordara las cosas importantes). Mientras la sigo cantando, ya con un ligero tarareo, paso al módulo 4.

Joel me saluda, le explico el problema, toma mis documentos, teclea por un rato. Teclea por otro rato y se diría que irradia alegría. Me pregunto cómo pueden estar de buen humor trabajando con esos gritos que surgen cada dos o tres minutos como una ola que sabes que viene pero no la esperas. Joel, un hombre como de 50 años, me mira entre las cejas y el armazón de sus lentes, y amable me dice: su trámite debe salir pronto. Vuelven los gritos otra vez, se escuchan eufóricos, no entiendo bien qué dicen pero la energía se siente hasta la planta de los pies; vidrios, paredes, suelo, todo retumba. Me devuelve mis documentos originales, él se queda con las copias (por suerte). Salgo, mi folder está menos pesado, me siento ligera.

Al salir me es inevitable mirar de reojo el lugar de donde parece que vienen los gritos. Es un grupo de jóvenes que portan gafete que los identifica también como empleados de la Secretaría, ahora están en la calle.

No lo puedo creer, ante mí se revela el misterio de su eficiencia y alegría: veo cómo se reparten dulces, no sé si los van a vender, o es solo la culminación del ridículo y perturbador pero efectivo ritual.  Otra vez comienzan a gritar (ahora sí se entiende), uno pregunta: ¿cómo venimos? Todos responden: ¡venimos cachondos!, ¿cómo nos sentimos? Nos sentimos chidos, ¿Qué somos? ¡somos chingones!

Me da un poco de pena ajena, pero inevitablemente sonrío, como si una chispa surgiera dentro de mí, me siento optimista. Comienzo a caminar otra vez por Monterrey, voy de regreso pensando “efectivamente, somos unas chingonas”. 


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2 respuesta a “PASE AL MÓDULO 4, por Marcela Ferrer”

  1. Después de una rica cena, nada mejor que una ficción como postre… jamás en mi vida me he encontrado con alguna oficina pública donde haya gentes cumplidas, eficientes y contentas. Espero tener suerte alguna vez.

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