El burro que llegó a gobernador

Asno se es de la cuna a la mortaja
—Don Quijote de la Mancha

Suena una música espantosa, deben ser los cantos regionales de esta gente.

No comprendo qué hago aquí, rodeado de este olor a mierda, a paja húmeda, a muladar.

Intento ponerme en pie pero apenas puedo, hay un líquido viscoso en mi cuerpo que lo cubre todo. He resbalado ya dos veces tratando de levantarme. ¿Qué está pasando? Veo a un hombre que se acerca, me mira con ojo clínico. ¡Dios mío! ¿estaré enfermo? Pero este cabrón no tiene pinta de doctor sino de indio ladino.

—Mijo, tráite un cubo de agua para enjuagar a la Romelia, tiene el canal de parto todo lleno de sangre y caca; pero apúrele, mijo.

¿Quién es Romelia? Con una chingada, que me traigan al responsable de esta pinche bromita pero ya.

—Ya pasó, Romelia, tranquilita… esa es mi burra prieta, mira nomás qué chula está la cría, este es tu hijo…vamos a ponerle paja para que no tenga frío… y tú, saluda a tu mamá.

¿Mi mamá? Te vas a retractar, indio de mierda, o te voy a refundir la jeta dos metros bajo tierra. Mi madre es una señora respetable.

—Calmado, burrito… ey, ey, tranquilo; ahí quédate, nomás que se le pase lo atarantado a tu mamá te va a dar de comer. Y en dos días nos jalamos a Comitán.

¿Comitán? y yo qué chingados voy a hacer a Comitán si la casa de gobierno está en Tuxtla. ¡Espérate, cabrón! Regresa, si esto es un secuestro podemos negociar, díganme qué quieren.

Ya oscureció, calculo que han pasado unas doce o trece horas desde que estoy aquí. Por más que repaso nombres y cuentas no me sale a quién puedo deberle algo o con quién estoy en falta. Le estoy pagando a la pitufada por el patrullaje y he cumplido con todo lo que me piden los del golfo, los beltranes, pagué por los votos del sindicato y le firmé todos los contratos a los petroleros. Con una chingada. Además si ese indio pendejo es mi secuestrador y tengo que negociar con él estoy jodido, no ha de entender bien el español. Pero necesito hablar con alguien, que vengan de una vez y me digan qué carajos quieren.

Cuando Próspero Muriático quiso gritar se dio cuenta de que estaba rebuznando, era incapaz de articular palabra alguna. Trató de empujar la reja del muladar que lo resguardaba junto a su madre, la burra Romelia, pero era débil todavía y se llevó un golpe en la pata delantera derecha que lo tumbó de inmediato. Sacudió las orejas, se levantó y volvió a emprenderla torpemente contra la reja.

Estaba golpeando desesperadamente cuando Romelia le soltó un pezuñazo para calmarlo y lo sometió con suavidad pero con autoridad de madre hasta que se quedó quieto. Entonces Próspero empezó a llorar por dentro porque por fuera nomás no podía ni sabía cómo le hace para llorar un burro recién nacido que en realidad es el gobernador de Chiapas. O era.

Luego de un rato comprendió y tuvo que aceptarlo: había muerto tres noches antes, lo habían enterrado con los honores propios de un gobernador pero hoy reencarnaba en el cuerpo de un asno. Con una chingada.

A los dos días viajaba en un camión de redilas y aunque había pensado en dejarse morir, pronto comprendió que el hambre es más cabrona que bonita y no tuvo más remedio que lactar de su madre que, amorosa, insistía en acercarle las ubres para que comiera.

Pronto empezó a crecer y a ponerse fuerte, lloraba por dentro cada vez que oía que su destino sería trabajar como animal de carga. Él, que había viajado y dormido en los mejores hoteles del mundo, que tenía asistentes para cargar el teléfono móvil y para que le programaran la visita al barbero; hoy vivía entre la paja y la mierda. La primera vez que le pusieron un cargamento se negó a avanzar pensando que no podía someterse a semejante humillación, pero recibió dos fuetazos que le bajaron los orgullos al mínimo indispensable y anduvo de acá para allá transportando cuanto le pusieran encima.

Se asustó el día que vio el tamaño de su miembro viril. Qué cosa tan grande y tan fea. Y cómo dolía cuando se ponía erecto de buenas a primeras. Qué equivocado había estado en sus días de hombre al pensar que “tenerla de burro” era un atributo deseable. Qué pendejo había sido con eso y con tantas otras cosas. Se desgarró por dentro cuando lo aparearon con su propia madre, Romelia, que todavía podía dar otra cría para el patrón.

Trabajar, cargar, recibir fuetazos y montar a la madre pensando que la Santa Iglesia lo condenaría. Qué pinche vida miserable. Peor fue su desconsuelo cuando se enteró de que los burros llegan a vivir hasta cuarenta años. Cuarenta malditos años. ¿Pues qué estaría pagando? Con una chingada.

Próspero Muriático tenía 20 años cuando se perdió una noche en el campo y no supo regresar con su amo. Estaba tan nervioso que corrió pisoteando el inmenso sembradío de maíz en el que pasó la noche aterrado. A la mañana siguiente los dueños del maíz estaban furiosos, el burro loco les había jodido la mitad de la cosecha. Lo agarron y anduvieron de puerta en puerta preguntando de quién era; como el dueño no apareció y nadie quería adquirir la deuda por los destrozos, no hubo más remedio que llamar a la policía.

La pinche pitufada —pensó Próspero, ahora sí se chingó la cosa si llamaron a la poli. Allá en su lejanísima vida de gobernador él mismo se había valido de la policía para condenar a centenares de inocentes inventado cargos que le resolvían conflictos políticos para los que no tenía tiempo ni ganas. Y cómo ayudaba a limpiar la imagen aquello de “con todo el peso de la ley”.

Pero una cosa llevó a la otra, la policía municipal de Comitán decidió que los dueños del sembradío podían levantar cargos contra el burro por daños y perjuicios a su propiedad.

Próspero Muriático escuchó con las orejas gachas la sentencia que condenaba al “cuadrúpedo color gris sin señas particulares” a pagar con dos años de cárcel por los daños cometidos y cuya compensación económica no podía cubrir. 

Y pensar que le quedaban otros veinte años de vida.

Cuando terminaron de leer la sentencia y procedieron a preguntarle al acusado si comprendía y aceptaba la condena, rebuznó con toda su alma. La audiencia se rio a carcajada batiente. Qué lejos estaba de los atronadores aplausos posteriores al informe de gobierno. Con. Una. Chingada.


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10 respuesta a “El burro que llegó a gobernador”

    1. Gracias, mi querida.
      Ocurrió en este bello e inenarrable país que metieron a un burrito a la cárcel por hacer destrozos en un sembradío; fue en el estado de Chiapas. De esa noticia real nació el cuento. Un abrazo para ti.

  1. Que cuento tan interesante, pero me falto el final feliz, leía y leía pero no quería que se acabara, quería ver cómo gobierna un burro para hacer comparaciones y darme cuenta quien lo hace mejor, muy bueno mi flacuchis, saludos y abrazos

  2. Hola, taruguita, me has hecho el día. Y me has hecho recordar que nadie le preguntó al caballo de Calígula que tal le había parecido eso de ser ministro. Y también me has hecho recordar que en algunos países hay cuadras enteras en el gobierno patrio. Que tengas un feliz domingo, y ya sabes: bleibe gesund!w

    1. Mi amollcito, qué discursos interiores habrán corrido por la psique de Incitatus… ahí hay un relato magnífico. Deberías escribirlo, porque además se necesita una buena pluma para darle forma.
      Te adoro, ya tú sabe’

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