EFECTO CORRUPTOR, por Juan Pablo Estrada

“Justicia, s. Mercancía que, más o menos adulterada, vende el Estado al ciudadano como recompensa por su lealtad, impuestos y servicios personales.”—Ambrose Bierce, El diccionario del diablo

Por una noche, Mariana y yo pensamos que lo habíamos logrado. Desde que acepté ser su abogado ideamos mil estrategias para librarla de su marido, Esteban, coordinador de asesores de un político de los que cambian de Secretaría de Estado como de principios.

Tal vez podríamos conseguir que pagara las consecuencias del maltrato al que la sometió desde la misma noche de bodas en que, como un cavernícola posmoderno,  la arrastró del pelo  y la forzó a tener sexo una y otra vez mientras ella desmayaba, en parte exhausta por la puesta en escena de la fiesta nupcial y en otra por los golpes que recibía en la cabeza cada vez que su cráneo daba contra la cabecera. Sólo unos minutos le bastaron a Mariana para entrar al infierno al que se comprometió ante Dios y el Estado. Hasta que la muerte los separe puede ser una sentencia escalofriante.

Los insultos rebotando contra las paredes y los golpes bien tapados en su piel se hicieron una costumbre privada. Los ojos desorbitados que la castigaban con furia la hicieron dudar hasta de sí misma. Tal vez sí era una puta irresponsable, una estúpida que lo ofendía por platicar a solas con sus amigas, por querer salir a bailar con sus primos, por tener compañeros de trabajo e intentar seguir con su carrera, por creer que se mandaba sola. Con veinticinco años su vida de cristal se había fragmentado y refractaba luces de alarma que nadie quería ver.

Llegó una tarde de lluvia a mi despacho, por recomendación urgente de una amiga en común que por haber tomado algunos cafés conmigo me tiene por paladín de la justicia. Cuando la vi en la recepción pensé que Mariana era guapa pero algo la opacaba. Mientras le pedí que pasara a mi privado y que me tuteara (ya tengo algunas canas en la barba, pero el usted me incomoda), noté que a pesar de no traer tacones le costaba caminar y que respiraba con esfuerzo. Comenzó su relato con reserva, mientras entraba en confianza. Sus palabras pasaron de las consideraciones hacia su esposo y las dudas, a un profundo dolor físico y abandono emocional que traté de asimilar sin mostrar nada más que atención. Al escucharla pude ver que, detrás de los lentes obscuros y el maquillaje que se iba borrando, mi nueva clienta mostraba varias huellas moradas y rojizas, quizá aún húmedas de piel y sangre vivas, resultado de la más reciente borrachera de Esteban.  

Después de atender lo inmediato (un doctor que calculara la magnitud del daño en las costillas y la cadera), acordamos trabajar en construir un expediente que terminó por ser robusto. Había que trabajar rápido pero con cautela, pues el animal mantenía un régimen de vigilancia y amenazas férreo, con los guaruras proporcionados por mis impuestos como cómplices.

Unos días después teníamos ya pruebas, fotografías, testimonios y opiniones de médicos y peritos. Estábamos listos y sólo nos faltaba la estrategia a ejecutar para que pudiera ser detenido. Sugerí una escena flagrante y en público. Una peda, pues.  

Ayer en la noche, después de la cena inventada para festejar su aniversario, por fin logramos que lo aprehendieran. El tipo no se resistió al lugar de moda ni al costoso vino español seguido de varios vasos de whiskey de una malta en las rocas. Tampoco aguantó cuando me acerqué a saludar a su esposa con afecto y familiaridad. Menos cuando lo ignoré. Perdió la cabeza y en un arranque que parecía coordinado, la tuvo por puta, movió el brazo derecho para aventar el vaso old fashion que tenía en la mano y le soltó una escandalosa bofetada en el rostro con el dorso de la mano. Mariana se cayó de la silla por el impacto. No hizo falta más para que la patrulla que teníamos apalabrada actuara y lo detuviera entre el júbilo de los meseros y de los comensales, que espontáneamente grabaron la escena con sus teléfonos inteligentes. En minutos se llevaron detenido a Esteban, que con los brazos atrás sólo atinó a gritar el típico “no saben con quién se meten”. Llevé a Mariana a casa, y sonreí al verla entrar, por fin, con un caminar un poco más firme.

Al amanecer respiré un aire distinto. Hoy entra en vigor el nuevo sistema de justicia, anunciado durante años y diseñado para acabar con la impunidad. Se trata de usar expedientes electrónicos para obtener sentencias rápidas y objetivas. Los funcionarios prepararán el procedimiento que en un día será resuelto por un juez computarizado, una máquina incapaz de corromperse o de errar, sabedora de todas las normas que carga en su servidor. Por eso le aseguré a Mariana que podíamos confiar: En cuestión de horas llegaría un veredicto basado en la evidencia que demostraba, más allá de cualquier duda, que su agresor no debía seguir viviendo como si nada.

Llegamos contentos al juzgado en que se aplicarían los cambios del sistema. Como lo establece la nueva legislación, la computadora recibió todos los datos, elementos y pruebas, incluyendo los videos de la noche anterior. Esteban y sus abogados sonreían.

Unos minutos después, el robot encendió uno de sus focos en rojo y emitió un sonido que me resultó molesto. Una secretaria leyó en voz alta la pantalla: “La acción resulta improcedente, por un efecto corruptor del procedimiento”. El aparato judicial concluyó que se violaron los derechos de Esteban como acusado durante su aprehensión, ya que el operativo fue planeado, un truco para detenerlo. Todo quedó en un video que se difundió y se hizo viral en minutos, por lo que ya no cabía la posibilidad de un debido proceso. La máquina afirmó que, desde esta mañana, en los procesos ya no se permiten formalidades incumplidas. Esa es la justicia ciega del nuevo sistema, que no deja margen para el error humano pero tampoco para perspectivas y criterios.

Esteban salió del juzgado con su risita burlona portando el traje de diseñador  y empujando a “su mujer” hacia un automóvil. Se marchó impune, se sentía legitimado, vencedor; y Mariana más derrotada que nunca, regresaba al infierno para seguir cumpliendo con Dios y el Estado.


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10 respuesta a “EFECTO CORRUPTOR, por Juan Pablo Estrada”

    1. Abrazo amigo querido, muchas gracias por leerlo. Qué bien que te gustó el texto y siendo abogado, pues más. Surgió de los planteamientos y desafíos a que nos invita Alma en algunos grupos.
      Ojalá que ya pronto, con las cosas asentadas, reanudemos. Mil gracias.

    1. Muchas gracias por leerlo y conmoverse. Sí, coincido, es una pena que aunque sea un relato de ficción, esté cerca de la realidad en muchos casos.

    1. Muchas gracias por la lectura y el comentario. Ojalá pudiera escribir algo cercano a esos genios. Pero gracias por detectar y destacar ese elemento, si se quiere de ciencia ficción, conjugado con la crítica a los procesos, en el relato.

  1. Felicitaciones Juan Pablo. Retratas la situación de violencia y al sistema judicial de manera cruda, sensible. Permites que surjan los afectos hacia los personajes y estrujas con el desenlace. Ya espero tu próximo texto.

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