SEXO, DINERO, PODER Y ZAPATOS, un cuento de Raúl Domínguez

Imagen tomada de Pixabay

—¡Señor Juez, mis clientes son inocentes! Reconozco que nosotros, los zapatos contemporáneos, influimos en el comportamiento y estado de ánimo de los dueños, pero de eso a ser asesinos seriales… Con todo el respeto que usted merece, exijo que las garantías individuales de mis clientes, establecidas en la Carta Magna del Calzado, sean respetadas. Dijo el abogado Aureliano Gamuza.

—Las garantías de sus clientes serán respetadas, –respondió Camilo Plantillas, Juez asignado al caso. —¿A quién llamará a declarar al estrado?

—A los imputados y hermanos: Oxford Rufino Izquierdo y Oxford Rufino Derecho.

Ambos zapatos poseen personalidades opuestas. Rufino Derecho es rebelde, rockero, adora la noche de copas, le dicen el Gigolo de León, Guanajuato. Rufino Izquierdo es ecuánime, literato, obsesivo al café americano, y ama, más que nada en el mundo, los boleros de los Dandys.

—¿Cómo sucedieron los hechos la noche anterior a la muerte de su dueño? – preguntó el abogado Gamuza.

Rufino Izquierdo tomó la palabra porque su hermano coqueteaba con unas zapatillas doradas Paris Hilton: -Después de un arduo día de trabajo llegamos al departamento a la media noche. Justo en el momento en que la luna reflejaba su maquillaje blanco en el vitral del edificio, vimos salir apresurados a unos tenis Converse blancos con franjas rojas.

—¡Yo no me di cuenta de ese detalle!— contestó Rufino Derecho. –Estaba crudo. Necesitaba orearme, pues nuestro dueño tenía un asqueroso olor  a…

—Silencio—  interrumpió su hermano. —Por si no lo recuerdas, firmamos un acuerdo de confidencialidad. Así le huelan los pies a queso gruyere o tenga pie de atleta u ojos de pescado, debemos ser discretos y aguantar lo que sea, ¿entendido?… Prosigo. Al ingresar a la recámara, notamos que las botas rojas de la dueña roncaban debajo de la cama. A su lado, las pantuflas peluche Darth Vader de nuestro dueño veían la película “Singin’ in the Rain”. ¡Señores del jurado, creemos que los asesinos convergen con nosotros en esta sala!

—Señores Oxford, ¿bajo qué criterios aseguran tal declaración? – volvió a preguntar el abogado Gamuza.

—Bueno… como tenemos un experimentado olfato y sensibilidad a la temperatura ambiente: las pantuflas estaban, cómo decirlo, tibias, cálidas, contraídas, como recién usadas por alguien más. — complementó Rufino Derecho.

—Objeción, Señor Juez. ¡Los hermanos Oxford son los asesinos!— interrumpió el abogado de las botas rojas quienes, naufragando en sus lágrimas, miraban resentidas a los incriminados. Meses atrás levantaron una denuncia penal por homicidio porque, según su teoría, ellos asesinaron a su dueño para recibir una cuantiosa herencia familiar.

—Objeción denegada — dijo el Señor Juez. — Continúen.

Los hermanos Oxford argumentaron que a la mañana siguiente al descender las escaleras del Metro y entre el oleaje confuso de zapatos yendo y viniendo, sintieron que algo los hizo tropezar para luego caer hasta el último escalón del tercer nivel. Cuando despertaron, su dueño tenía el cráneo partido, el ojo derecho fuera de su cuenca, la nariz chata cuando antes era puntiaguda, y su caja torácica, cual pesada e inerme, flotaba sobre su propio mar de sangre: murió al instante.

Los peritos confirmaron que los Oxford no eran los causantes de la tragedia, debido a que su pisada era todavía segura y confiable. Más bien, enfocaron la atención en el talón de Rufino Derecho, donde algunas franjas rojas estilo Converse quedaron tatuadas.

—Señor Juez, solicito permiso para que declaren las pantuflas Darth Vader— dijo el abogado Gamuza.

Una vez en el estrado, les preguntó: —¿Justo antes de la media noche, los pies que se introdujeron en ustedes, eran los de su dueño?

—¡No!– dijeron ambas al mismo tiempo. —Sus pies eran rasposos como el tirol rústico de una pared. Los pies que sentimos eran femeninos: ¡oh, pétalos de rosa, aroma delicioso, bálsamo pulcro y suntuoso!

De repente, unas voces que estaban escondidas en las últimas butacas del juzgado, gritaron: —¡Nosotros sabemos quiénes son los asesinos!— Los nuevos testigos eran unos mocasines de caballero color verde militar, de horma ancha, sin agujetas, y de profesión agente de seguros. Según su testimonio, el dueño de los hermanos Oxford había contratado un seguro de vida por diez millones de pesos, cuya única beneficiaria era la dueña de las botas rojas. Aseguró que en una conversación que tuvo con ellas en privado, le dijeron: “Verdad que los accidentes… pasan y más en una olla exprés como es el Metro”.

Las botas rojas quedaron estupefactas.

Cada gota de sudor que salía de su material sintético arremetía contra la vergüenza de haber sido descubiertas. Desesperadas buscaron la mirada cómplice de los Converse blancos con franjas rojas que, segundos antes, huyeron del recinto. En ese preciso momento una explosión cimbró las columnas góticas del juzgado, destrozando no sólo la puerta principal sino también la Diosa Temis, una estatua de bronce al pie de la escalinata.

Un comando armado de botas vaqueras entró disparando al aire sus armas largas AK47:

 —Nadie se mueva hijos de su huarache, al primero que se desate una agujeta, me lo chingo Ustedes, botas rojas, muevan esos pinches tacones, ¡vámonos!.

Afuera ya los esperaba un helicóptero que segundos después se elevó para extraviarse en la garganta anaranjada del horizonte.

Ellas son ahora prófugas de la justica. Son buscadas por el Federal Shoe of Investigacion (FSI) en todo el mundo. Se dice que andan en Sudamérica mudando de identidad como camaleones en el Amazonas, y que pertenecen, desde hace más de una década, a una banda llamada las Poquianchis Chancleras que enamoran, poquianchismadrean y asesinan a cualquier tipo de zapato a cambio de sexo, dinero y poder.

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