LOS COMELONES, por Galligato Râvi

Crédito de la imagen: Birgit Böllinger, en Pixabay

Lo voy a decir al chile. Me gusta ponerle sesos al mole. ¿Por qué la gente es tan pendeja en los asaltos? Les dice uno: —¡Órale, puto! Dame la cartera, y ya encarrerado el ratón también móchate con esos taquitos de canasta que te estás tragando. Es que salí de la casa y mi jefa no me dio de desayunar.

De retache, ¿qué recibo? Puras habas. Salen con cualquier mamada: —Eso quisiera, compa, pero en el pesero un pinche chamaco se chingó mi Chocotorro, me vas a dejar en los huesos. Si quieres te doy un cupón de Domino’s Pizza. Ah, ¿sí? Tome su balazo por chamaco pichicato.

Pero, ayer me sucedió un pinche desmadre más denso que las pastas que se mete el que dibuja al Bob Esponja. Llegué al banco bien macizo, con mi cuarenta y cinco con los dientes de fuera y mi playera de Pacquiao. Le dije a la cajera: —La lana o me llevo por delante al poli panzón. ¡No mames! No solo se portó sedita. Me llevó hasta la bóveda y me dejó sacar puro billete grande, que los de veinte no porque esos son para los jodidos que le van al América. Me sirvió un poco de café y guardó la marmaja en varios empaques ecofriendly que traía del McDonalds.

Me llamó la atención que las cámaras estaban apagadas. —Es que luego metemos de contrabando unos brownies con mota bien macizos, y pa que el gerente no se dé cuenta quién los mete y quién los saca le tapamos un ojo al macho—dijo el poli que dejé amarrado con un hilo dental. Ja. ¡Pinches godínez! Ni los narcos se las ingenian tan cabrón para pasar merca a la Tierra Prometida. Luego, el de servicio a clientes me ofreció un seguro para mi vocho bien barato. ¡A toda madre! La de intendencia me dio un chuchuluco y la bendición pal camino.

Así salí. Calladito. Tan bien portado como cura recién refundido en la parroquia. Justo al salir pasó enfrente una patrulla. Me fui caminando con un supositorio en el culo. ¡Uta, qué susto!

Llegué a mi casa y me puse a ver la tele. En eso tocaron a la puerta. Era un señor de bigote, lo recuerdo porque estaba en la fila de cartera vencida. —Buenas, don. En el güara güara se le olvidaron sus bolsitas. Tenga más cuidado. Luego por eso le comen a uno el mandado— dijo. ¡Caray!, ya no hay tipos tan honestos en el mundo. Le canté si quería chingarse un tentempié.  —¿Para comer aquí o para llevar? —preguntó. —Mejor afuera. Aquí hay mucho vecino chismoso.

Nos lanzamos por unos tacos al Instituto Nacional de la Cochinita. Pagué con uno de quinientos. Todos se nos quedaron viendo. —¡Qué pex, perrada! ¿Nunca se han fijado en un Dr. Simi a dieta con pedos de anorexia? Mi invitado se puso colorado y fue directito a hacer un depósito al “Bañorte”. Lo acompañé para que no se sintiera tan solo. Partimos cobijas y sacamos el billete del relleno de la botarga. A eso le llamo yo un pase de touchdown con engaño de carrera.

Nunca confíes en un gordo dentro de un banco. Menos, si dejas a la intemperie las bolsas del lunch. Se lo mete a la panza más rápido de lo que tarda en joderse el presupuesto un diputado del PRI.


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