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Diseccionando el meme de las red flags, por Berthalicia Navarro

«Es precisamente un espíritu limitado el que

se quiere de manera inmediata a sí mismo

y se aparta del otro. En cambio, es absoluto

el espíritu que reconoce la negatividad del otro»

Byung-Chul Han en La agonía del eros

En una sociedad virtual, tan ilusoria como vasta y expansiva, dominada por el impulso hacia la acumulación de dopamina en forma de likes, no sorprende que surjan discursos problemáticos y reduccionistas disfrazados de amables consejos y sabiduría. Como parte de este fenómeno, las cámaras de eco nos traen un nuevo y cansino fenómeno viral, un despliegue cual cola de pavorreal de los propios prejuicios proyectados sobre anónimos virtuales, disfrazado de consejos buena onda, ironía o —peor— de auténtico saber psicológico. Hablo del meme de los red flags.

Se ha viralizado en Twitter el anglicismo red flags, a la par de la noción de «personas tóxicas». La «persona tóxica», un nuevo diablo que persigue a los buenitos encerrados en sus pixeleados claustros de pureza monjil, emite una serie de señales que podemos detectar antes de caer presas de la influencia demoniaca del tóxico y sus embrujantes pociones.

El red flag de la «persona tóxica» es el hedor a sulfuro del demonio actual.

Y así, siguiendo esta nueva lógica, nos encontramos con personas que dicen que es señal de toxicidad, hedor a veneno, que alguien te invite a una primera cita a una librería, porque seguro, segurísimo es un narcisista que te quiere devaluar a través del mansplaining.

El concepto de las red flags, o banderas rojas, es popular en ambientes de desarrollo personal y psicoeducación y tiene un uso específico: ayudar a personas con patrones de apego no seguros a detectar una relación que no les conviene antes de verse inmiscuidas en un vínculo que genera malestar. Es difícil saber qué porcentaje de la población crece y desarrolla patrones de apego no seguros, pero sin duda es un porcentaje alto. Es importante entender qué actitudes ajenas no nos convienen y las red flags tienen, en sus origenes, la intención de orientar en ello.

Por ejemplo, podemos pensar que alguien que miente de forma constante y compulsiva está presentándonos con una red flag. Una persona que se aproxima a todo y a todos desde la devaluación y un marcado aire de superioridad, está izando una red flag. Sin embargo, una persona que nos mintió una vez porque una situación lo avergonzaba, no necesariamente nos mostró una red flag. Lo mismo aplica para alguien que dice, de vez en cuando, algo ligeramente devaluatorio, porque eso es simplemente humano. Las red flags, entonces, las podemos entender como patrones de conducta persistentes que nos indican que alguien puede estar viviendo la vida desde una subjetividad que no nos conviene acompañar desde la intimidad de un vínculo amoroso. Pero todo vínculo entraña un riesgo, vincularse es arriesgar y aceptar el caos.

Y sí, la capacidad para realizar un juicio rápido a partir de características específicas es  importante, no la podemos desechar, pero formar juicios rápidos no tiene que conllevar la creación de prejuicios. Esa capacidad de discernimiento de lo que me gusta y lo que no me gusta ha sido simplificada por este fenómeno viral. Y lo cierto es que una persona no es intrínsecamente dañina por tener ciertos gustos.

Esta tendencia viral confunde y a la vez vacía el concepto de red flag de significado y lo vuelve un ejercicio de proyección de los propios agrados y desagrados. Habrá quien defienda esta moda digital aludiendo al carácter irónico de muchos de los posts, y tendrá, hasta cierto punto, razón. Algunas contribuciones son claramente irónicas, aunque también se podría argüir que esa ironización es parte del problema actual en la comunicación, pero ese es tema aparte. He visto con relativa frecuencia que alguien describa la acción de buscar a una expareja como una red flag, como una acción que sólo realiza una persona «narcisista». Me parece que este ejemplo ilustra bien cómo un uso nublado de este concepto crea confusiones. Si bien es cierto que algunas personas con problemáticas de carácter pueden tener el hábito de buscar a sus exparejas insistentemente y hasta con intenciones crueles, no toda persona que busca a una expareja sufre un trastorno o está buscando lastimar. Muchas veces quien busca a una expareja está ejerciendo un acto que denota salud mental: hacerse responsable de sus acciones y reparar un poco del daño hecho.

Pretender que nuestros propios límites y disgustos tienen algún carácter universal y que su presentación es, sí o sí, señal de que el Otro es un ente demoniaco que nos quiere herir, es sintomático de la polarización y pensamiento unidimensional que aqueja a la posmodernidad.

Y con eso rozamos otra de las aristas de este fenómeno viral: lo punitivo.

Esa infinidad de tuits con alguna versión de un «amiga, date cuenta, eso que te gusta de tu novio es una red flag» no representan necesariamente impulsos de cuidado o protección. Algunos de estos comentarios transparentan una búsqueda, a veces ansiosa, a veces envidiosa, a veces paranoide, pero al final siempre proyectiva, que resulta en un intento de control, castigo o censura de la sexualidad y deseo ajeno.

Sin duda extirparnos de dinámicas violentas es loable, pero esperar que el otro esté hecho a la medida y que venga absolutamente desprovisto de cualquier sentimiento negativo es mera quijotería. Mejores personas que yo han dedicado tratados enteros a pensar el amor, esa fuerza que cimienta y da sentido a nuestra existencia e impulsa la creatividad. Esa fuerza está, sobre todo en la virtualidad, constantemente bajo ataque. Es difícil imaginar que las mismas personas capaces de tuitear algo como «si te invita a un restaurante y quiere pagar, red flag, huye, abusivo seguro» con toda la seriedad, sin intención de ironizar, se atreverían a comentar lo mismo en la cara de alguien que les ofrece cubrir una cuenta. Afuera de los vínculos virtuales, eros vive menos amenazado, las formas se mantienen y el filtrado necesario para que no nos domine la agresión parecen funcionar mejor.

El juego del amor, el tango del deseo, no está cruzado únicamente por sentimientos rosas, por la calidez uterina, por un blando estado de fusión y bienestar. El niño que le jala la trenza a una niña que le interesa y la niña pequeña que dice «fuchi, qué asco los niños» están aprendiendo a procesar las contradicciones de la atracción, que a veces nos lleva, incluso en la edad adulta, a afirmarla en la negación o a expresarla a través de alguna jocosa y ligera agresión. La diferencia juega un papel crucial en las relaciones amorosas, aprender a tolerarla y amarla permite la posibilidad de apreciar al otro, y a la vida misma, en su totalidad, con todos sus matices. Pretender amar sólo a quien no nos inquieta con hábitos o gustos que nos parezcan raros, incómodos o risibles es un ejercicio de limitación peligroso.

Sin justificar el abuso o quedarse en relaciones de maltrato, hay que aprender a entender que un vínculo sano siempre nos generará algún malestar. No hay desarrollo sin frustración. En franca oposición al dictado de un discurso enfocado en vendernos productos que prometen confort y lujo como elixir para la autorrealización, es la frustración, un momento malo, justamente lo que nos impulsa hacia mejorar.

La persona amada transitará, por momentos, a ser odiada.

Qué hacemos con ese monto de agresión que nos suscitará amar es lo que definirá el rumbo del vínculo. No conviene sostener nociones del amor con desvíos de la realidad calibre Disney, hay que rechazar esa búsqueda por erradicar la complejidad del vínculo amoroso tornándolo en algo utópico, aprendamos a ser ese espíritu que reconoce y valora al otro en su totalidad, con lo positivo y lo negativo. Sólo así, valorando nuestra sombra y la ajena, podemos lograr una visión total e integrada del amor.

—Texto escrito por Berthalicia Navarro

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Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

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