Y ahora qué


Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Se termina el mes de junio, hoy es 30. Me sabe raro ver el calendario detenido desde el 20 de marzo sobre mi escritorio. Lo compré en enero porque venía un año lleno de reuniones, entrevistas, ferias de libro; lo compré sólo para anotar los eventos y reuniones de trabajo. Hoy está congelado. Mis días y mis minutos se contabilizan ahora frente a una eterna pantalla.

Pero el hecho es que hoy es 30 de junio, y empezaremos a contar los días de julio del año 2020 cuando ya me duelen los oídos de tener 8 horas al día los audífonos puestos para una videollamada tras otra, cuando ya me duelen las rodillas de pasar eternas jornadas en esta silla frente a la computadora.

Cuando el miedo se convirtió en epílogo del miedo.

Hace ya mes y medio que un dolor de cabeza sólo me hace pensar en un dolor de cabeza, no me asusto pensando que tengo el virus de mierda, ya no asocio los síntomas o ya no quiero. Será porque ahora tengo miedo de tener ese miedo. Y prefiero evitarlo.

Empezaremos a contar los días de julio del año 2020.

Y es una transición rara, no se siente el alivio ni la paz del camino recorrido que libera del camino por recorrer porque todo es incierto.

No alcanza el dique de los colores del semáforo. Ahora todo eso parece ridículo, la gente volverá a la calle cuando hay más de 200 mil contagios en México, cuando hemos visto durante tres meses y medio al gobierno exhibir incapacidades y demostrar contradicciones, cuando miles han perdido madres, padres, parejas, hijos; cuando millones han perdido el empleo, cuando otros vemos la alarmante velocidad con la que nuestros ahorros se van haciendo flacos, flaquísimos, famélicos.

Cuando estamos cansados, tan cansados.

No veo a mi madre desde febrero, nunca había pasado tanto tiempo sin verla. Nuestras llamadas solían ser un consuelo entre risas y bendiciones de madre, entre su locura y la mía desbordadas. Pero hace ya tiempo que en las llamadas me dice que lloró todo el día, que está triste. Setenta y cuatro años tiene y está en un lejano pueblo de Michoacán, Urapa, se llama. (No es Uruapan que ya resulta un vergel de progreso junto al que yo me refiero, ustedes dirán).

Mis hermanos y yo decidimos que lo mejor era no traerla al corazón del contagio, en donde ella está ahora no hay un solo caso y a los habitantes de su barrio los cuento con los dedos de las manos.

Pero cuatro meses son muchos meses de no ver a tu madre cuando tienes 40 años y ella 74, porque una con más kilómetros que la otra, pero las dos tenemos suficiente camino andado. Y esta mierda de virus ha venido a destilar en su estado más puro la perspectiva del tiempo que la edad ya nos daba. Y ha revelado una verdad como droga dura alucinante, bella y aterradora: no hay tiempo posible, sólo el ahora.

¿Renovaré el contrato del alquiler para el departamento otro año? ¿No es demasiado ambicioso pensar en un año? ¿y si mañana? ¿y si hoy? ¿y si al rato?

Hace cuatro días que terminé de escribir el proyecto más endemoniadamente difícil que he escrito en mi vida y en un tiempo récord. Más de trescientas páginas en tres meses. Tengo otros proyectos en puerta y sólo de pensar que los voy a escribir igual que éste: viendo una pared y una ventana, en interminables sesiones de escritura combinadas con interminables sesiones de videollamadas… se me encoge el corazón.

Se me olvidó descansar, por cierto. Estos cuatro días me he descubierto obsesionada con llenarme los días de cosas que hacer, de escribir más. Aunque sólo sean listas de pendientes y listas del súper. Tengo que parar, me digo, pero si el mundo está parado. Y al mismo tiempo no.

¿Entonces qué? ¿y ahora qué?, ¿cómo se mantiene la cordura, la alegría de vivir, la humildad para reconocer el privilegio? ¿Y ahora qué?

Ahora me voy a ver a mi madre para que me prepare un arroz con leche en su pueblo michoacano, para que hablemos frente al fogón y lejos de cualquier maldita computadora y más lejos de los infames audífonos que me tienen los tímpanos masacrados. Y para que me diga frases sabias y locas y desesperantes entre sus árboles de aguacate y sus flores y sus horarios de oración impostergables. Y para observar la forma en que ella sabe cuidar, siempre en tiempo presente, sin miedo. Y para contemplar a las señoras de su pueblo que tienen el tiempo en la cara y en el alma y no en un calendario de su escritorio. A ver si por fin apago esto, y aprendo algo.




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13 respuesta a “Y ahora qué”

  1. Es como dices: no hay tiempo posible, sólo el ahora. Así qué, upa pues, quédate tanto puedas con tu mamá. Extiendete boca abajo en un prado verde y descarga las 300 páginas de computador y luego abraza un árbol.
    Qué bello texto!

  2. Yo también tengo a mis padres en un pueblito de Zacatecas, y caray! Cómo los extraño. Allá se vive diferente, o más bien allá si se vive, se respira , se come, se rie, pese a éste virus infame, así que si vas a ver a tu madre, disfrutala vete al campo respira y regresa fortalecida, que para muchos de nosotros, tus escritos son agua en el desierto.

  3. Admiro tu forma de escribir, porque me veo en esas palabras tan crudas y sabias. Mi madre tiene 89, es una mujer muy sabia y está triste. Yo tengo 64 y muero por verla aunque sea de lejos.
    Buen camino, Alma Delia, un abrazo y una plática con tu madre a mi salud. Gracias, muchas gracias.

  4. VE A VERLA. Mi madre y yo duramos 3 años y medio sin poder vernos por muchas razones. Fue, fuimos, una con la otra, ya no necesitábamos abrir la boca para entendernos. CORRE. BESO.

  5. Qué belleza de artículo pero ya vete a ver a tu madre!!! no esperes más y descansa,, que si cansada escribes así de bonito, descansada…
    Esperaré con calma, mucha calma, tu relato de cómo te fue con tu madre.
    Cuídate mucho y buen camino!!!

  6. Ya me imagino la inmensa alegría de estar juntas. Que delicia. Que te baje la velocidad y goces ese arroz con leche y esa mirada y esas palabras . Otra vez te digo que me urge conocer a tu mamá.

  7. Que delicia que ya estás con ella. Quisiera espiarlas, verlas comer arroz con leche, reír y hablar sin parar. Disfruta con toda el alma. Que necesaria pausa para luego volver quien sabe a qué. Otra vez te digo que me muero por conocer a tu mamá.

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