posmodernos y jodidos

¿Suficiente?

Hace años, mientras escribía sobre una dura separación amorosa, recordé que alguien me dijo: “te daré el mejor consejo contra el mal de amores, come bien”

Qué banal y qué poca garra, pensé yo que soy hija predilecta del drama. Peor me pareció cuando quien hacía la recomendación agregó “sí funciona”. Casi lo apedreo, por hereje.

Y ahora lo suscribo.

Comer nos conecta con la vitalidad, nos aleja de la muerte, nos devuelve al erotismo de la vida. Pero no sólo eso, refleja de manera nítida nuestra situación emocional. A nivel personal y colectivo.

Hace rato que una pregunta ronda en mi cabeza ¿comemos o nos llenamos? ¿y de qué nos llenamos?

Hace tiempo visité una de las zonas chinamperas en el lago de Xochimilco para conocer un proyecto que se formó con intención de poner la agricultura familiar regenerativa en el centro de todo, junto a la comida, que nos une desde siempre como especie. Uno de tantos proyectos que lo intentan contra viento y marea y luego no sobreviven.

Una chinampa es un sitio arqueológico de más de 900 años que sigue siendo productivo para alimentarnos, el acto más reconciliador con la vida. Cuando piensas que un lugar así sigue funcional y está en México, el viaje es alucinante: se trata de un vestigio, de una joya arqueológica, de un corazón ambiental, del albergue del ajolote cuyo genoma la comunidad científica persigue para entender su cualidad regenerativa… en fin, cuando comprendes que los antiguos pobladores desarrollaron sus isolotes (o chinampas) de los que aún hoy podemos comer un tomate o una lechuga, ese tomate adquiere otra dimensión, tan preciosa como cotidiana, tan real como mágica. Como el amor.

Perdón que vuelva al tema (confieso que es casi el único que me interesa), pero escribiendo esto he tenido una epifanía que explica a cabalidad el consejo aquél que recibí: los dos motivos que hacen vivir a nuestra maravillosa y terrible especie, son el amor y la comida.

Cuando ocurrió aquella ruptura amorosa, perdí peso. Muchos kilos. Porque el desamor se cobra con kilos del cuerpo; y es que mi condición emocional era de duelo, atravesaba una muerte simbólica. Y una manifestación de mi desastre interior era que no podía hacerme cargo de mí misma comiendo bien. No podía ser mi propia adulta a cargo, mi propia madre nutricia.

Atendiendo esto observo nuestra manera de comer en colectivo. La devastación que provocamos a nuestro paso para satisfacer una hambre a veces caprichosa, otras ideológica, también biológica y a menudo emocional. De todas las hambres y lo que hacemos con ellas, alimentamos lo que somos. Consumir productos envueltos en paquetes chillones, frutas alteradas y falsamente brillantes, cantidades excesivas previamente empaquetadas para generar un desperdicio; provocar la tragedia que debería avergonzarnos: aún habiendo comida para alimentar más de dos veces a la población entera, cada día mueren veintisiete mil personas de hambre en el mundo según la FAO. Algo estamos haciendo mal.

¿Nos alimentamos como adultos o como críos que sólo quieren satisfacer lo inmediato sin comprender el proceso del deseo, del esfuerzo, de la consecuencia, de la justa distribución?

Pienso en las fechas que vienen, en la voracidad, en nuestra compulsión insaciable por afirmarnos consumiendo. Qué cosa lo que veo en las tiendas, en los supermercados, en las calles, en los restaurantes.

Lo que comemos representa, ni más ni menos, la forma en que tratamos al planeta y cómo nos tratamos como especie.

El Lago de Xochimilco fue declarado patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO en 1987. Ese extraordinario lugar produce alimentos que pueden llegar hasta nuestras mesas en la Ciudad de México y que nosotros desperdiciamos. Me parece increíble. Acá en la "boutique de verduras" que los clientes airbnb visitan asiduamente hay letreros que garantizan que los jitomates y las lechugas vienen de Xochimilco. También hay una caja donde tiran las piezas "obsoletas" que los clientes rechazan. Novecientos años, novecientos años de existencia de ese prodigio para llegar al pabellón de obsoletos. Acabáramos. Mi abuela con dos gritos y un bofetón le quitaba lo obsoleto a cualquier fruta o verdura a la que le hiciéramos el feo.

Regreso a donde comencé. Pues sí, cuando enfrenten el pasaje oscuro de una separación amorosa, coman bien. Pero, pero, pero. ¿Podemos alimentar sin devastar? ¿podemos amar sin destruir?

El hambre.

Ya me llené.

La locura.

El desperdicio.

La rebaja sobre rebaja.

Los obsoletos.

¿Me compra un mazapán?

La calidad de vida.

El paquete navideño.

¿Me da para un taco?

El poder adquisitivo.

El poder.

De mí para ti.

El amor.

Pero no me hagan caso, lo que me pasa es que este mundo no lo entiendo, y menos cuando se acerca el fin de año.

*

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Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

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