La vida secreta de los libros


 Alberto Alcocer / IG: @beco.mx

Detesto a los hombres que hablan como libros pero amo a los libros que hablan como hombres, eso decía Cortázar.

Es interesante la reflexión más allá del juego de palabras. Los mejores libros rebosan sencillez, una sencillez compleja como la que habita a cada persona. Están hechos de material tan puramente humano que cada hoja respira, palpita, va recubierta de una humanidad que conecta poderosamente con la de quien lee.

Yo suelo pensar en los libros de mi biblioteca como personas, desde niña asumí que eran mis amigos y así ha sido toda mi vida. Hago la chifladura de hablarles cuando estamos solos tal y como hacía mi abuela con las flores de su jardín.

Así que además de leerlos, emocionarme con ellos, odiarlos o querer que no se acaben nunca; me interesan sus historias. Cómo nacieron, de qué insospechada decepción, de qué golpe de suerte o de qué mar de penurias. No resisto investigar, leer en torno a ellos y sus autores. Y resulta que a veces la historia de cada libro es casi tan placentera y disfrutable como el libro mismo.

Husmeando en el libro de Santiago Posteguillo La noche en que Frankenstein leyó el Quijote (editorial Planeta, 2012), me enteré de que Mary Shelley aprendió español sólo para leer el Quijote y me emocioné al imaginarla repasando el vocabulario, buscando palabras que no entendía en cada página de ese milagro que es la madre de todas las novelas. Y pensé que eso compensaba de alguna manera todo lo que el pobre Cervantes padeció en vida: hambre, deudas, rechazo de los académicos, y hasta mutilaciones y una dentadura para llorar como él mismo describe cuando dice “Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño (…) la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros…”

El Quijote fue una obra cuya publicación le tomó a Cervantes más de una década. En 1604 Lope de Vega, el catrín universitario y bien educado del barrio, la despreció diciendo “De poetas, muchos están en ciernes para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote”.

Pero es que la escritura es incomodidad y conflicto. Y todo narrador es un sobreviviente. Ahí está el caso del endemoniadamente talentoso Dostoievski que luego de cinco años de cautiverio en Siberia, con ataques de epilepsia y su adicción ludópata, en eterna batalla consigo mismo alcanzó la cumbre de su creatividad en una locura inimaginable: por las mañanas escribía “Crimen y Castigo” y por las tardes escribía “El Jugador” porque su desastre financiero lo obligó a comprometer los derechos de toda su obra si no entregaba al término de veintiséis días “El Jugador” a su editorial. ¿Pueden imaginarlo? En ese lapso de tiempo concibió “El Jugador” de principio a fin y además siguió con las entregas de “Crimen y Castigo”. Cuando leo cualquiera de las dos lo veo en trance, contra la velocidad de su propio genio creativo, angustiado, destilando humanidad en cada palabra.

Gabriel García Márquez no pagó el alquiler de su departamento durante seis meses porque se ocupó en cuerpo y alma de escribir su novela y cuando por fin terminó “Cien años de soledad” no tenía dinero para hacer el envío postal a su editor desde México a Buenos Aires, así que en Correos de México pesaron el paquete y le dijeron que sólo le alcanzaba para mandar la mitad y así lo hizo, no se dio cuenta que mandó la segunda y no la primera parte de la novela. Ay.

Antes de morir Franz Kafka instruyó a su amigo Max Brod para que destruyera toda su obra pues estaba convencido de que no valía la pena. Kafka. Convencido de que “La metamorfosis” no era digna de leerse.  Y hay gente que se desgarra las vestiduras por la autoría de un tweet o que se cuelga el título de escritor sin obra publicada. (Perdón, pero si no lo digo reviento).

Qué decir de Pessoa que dejó ese baúl con más de 30 mil escritos, arrumbados sin ton ni son, con descuido; eso sugiere el tamaño de humildad y el desinterés por el reconocimiento que el hombre sentía. Hoy, con sus infinitos heterónimos, Pessoa es el escritor muerto que publica novedades más que los vivos. ¿No es una preciosa ironía?

De Pessoa y de Kafka aún nos falta mucho por descubrir. Me vuelve loca sólo pensarlo.

Stephen King vivió años en un camión de remolque y tecleó a dedazos en una vieja máquina de escribir. Tener hambre es sacarse la lotería, insisto.

Una última ironía hermosa y millonaria: a J. K. Rowling un editor le sugirió que dejara de escribir porque su obsesión con “Harry Potter” sólo la dejaría en la pobreza. Ja.

Y no, esta vez no les voy a decir que lean, sólo que lamento mucho de todo lo que se pierden si no lo hacen. Salud, compañeros, que esas páginas no van a dar la vuelta solas.

@AlmaDeliaMC

45 respuesta a “La vida secreta de los libros”

  1. Hola Alma, a mi hubo un tiempo que me fascinó Jorge Ibargüengoitia y leí casi toda su obra, ¿A ti que te parece este autor?, lo mismo me pasó después con Jose Agustín y con todos los que he leido, incluso ahora me paso contigo, abrazos.

    1. Gabriel, yo adoro a Ibargüengoitia, era brillante, su sentido del humor único, también lo he leído con ganas. José Agustín talentosísimo sobre todo en sus primeras publicaciones, me parece. Y bueno, un honor que me hayas sumado a tu lista de autores. Un abrazo

  2. Cada libro contiene un mundo por descubrir, yo también me niego a querer que terminen, imagino la emoción del autor al escribirlo, sus desvelos, la relación que establecen con sus personajes, y no puedo más que agradecer, que existan personas con el don de escribir, como tu querida Alma.

  3. Lo más excitante, creo yo, de una novela, es saber la vida del autor, eso le da a la lectura el sentimiento debido para leer. Saludos Alma.

  4. Alma, me refresca tu enfoque a la lecto-escritura y su producto, los libros, como actos de humanidad. Yo he sido maestro de adolescentes Latinx en Arizona y he tratado de comunicarles ese mensaje, pero en el tema de las matemáticas. Me motiva tu escritura y me encanta tu sentido del humor.

  5. Yo me veía un gran lector, pero Alma Delia es cruel, pues me doy cuenta de que no sé nada y sólo me deja con ganas de leerla más.

    1. Jajaja, noooo, todos hemos leído infinitamente menos de lo nos gustaría. Y leer es un placer, nunca una obligación. Cada quién a su ritmo como con los besos. Quihubo con mi metáfora.
      Saludos

  6. Alma, siento miedo por usted, que tanto halago enturbie algo de ti.
    Sin embargo, todo es cierto. De lo más bonito de la semana es el recorrer tus letras.

  7. Gracias por compartir tu talento, es un remanso y una caricia al espíritu conforme me voy sumergiendo en tus palabras, en tus frases, en tus emociones…

    Gracias nuevamente

  8. Detrás de estos ejemplos creo que se puede ver la gran pasión que tenian cada uno de los autores y autoras, aunque no todos pueden ver los frutos de su pasión; como es el caso de Edgar Allan Poe una historia muy triste pero sus cuentos son fantásticos.
    Saludos

  9. Llevo todo el día tratando de leerlo, entre consulta y consulta. Por fin lo acabe.
    “Pero es que la escritura es incomodidad y conflicto. Y todo narrador es un sobreviviente.”
    Genial… aún se tiene esperanza… seamos sobrevivientes aunque la realidad a veces parezca alcanzarnos. Persistir escribiendo y nunca desistir no importa cuantos años o décadas nos cueste. Genial su artículo. Aleccionador.

  10. Algo en lo que muchos no habiamos reparado es la lectura en torno al autor o a su obra y en este texto lo plasmas divinamente Alma. Un abrazo

  11. He leído «El niño que fuimos» cinco veces -ya casi me lo aprendí- ¡Excelente! Alma Delia.
    Segura estoy que después estará en francés e Inglés. Abrazos desde Puebla.

  12. Cómo no reconocer que tienes mi edad, si tus palabras, son como una tren de la vida misma. Cómo no reconocer que tus palabras evocan momentos, experiencias, lecturas y por supuesto las calles de este defectuoso. ha sido solo un instante y en verdad he leido solo artículos tuyos, libros aún no. te encontré en twitter, busqué y llegué a «sin embargo», y de ahí a este portal. Siempre he pensado que por cada escritor que deambula entre stands de librerías, entre notas informativas y páginas de internet; existimos aquellos que no fuimos capaces de intentarlo y que a la larga nos volvemos sus seguidores o cómplices de lecturas, y por supuesto acompañantes de sus palabras hechas simpleza. Y que la simpleza se entienda como libertad y universalidad. Tengo pendiente charlar con tus libros. Salud!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *