La niña que salió embarazada

Fotógrafa: Sandra Hernández, IG @Vita_Flumen

A mis nueve años era todavía tan bajita que me empotraba en el mostrador de la tienda de abarrotes para llamar a la dependienta y pedir la lista de la compra que nunca pasaba de tres líneas memorizadas: pan, azúcar, huevo.

Aquel pueblo michoacano era como tantos pueblos de este país: decadente, abandonado, con un siglo de atraso. Al nivel educativo más alto que podía aspirarse era la escuela primaria. Con quince años las mujeres estaban destinadas a embarazarse y parir hijos a destajo y los hombres a trabajar en lo que se pudiera y regar su inmadura simiente también a destajo. Ahí vivía mi abuela y ahí pasaban cosas muy extrañas.

Ante la ausencia de todo, lo poco que había se convertía en tótem o en ley. La iglesia lo primero, la vida de los otros lo segundo, las fiestas en tercer lugar.

Me quedé colgando del mostrador porque nadie me oía, olfateando el aroma del pan recién horneado que se mezclaba con notas de detergente y guayabas. Entonces vi algo que me disparó el corazón y me hizo salir corriendo y olvidar la consigna de la compra a riesgo de que la temible mujer que gracias a los designios de la sangre me tocó por abuela, me agarrara a palazos.

Así era ella, ni jalones de pelo ni nalgadas: palo y piedra o cintarazo vibrante. Cabrona.

Pero también era de otro modo, uno que reanimaba al mismísimo cielo con sus cantos, sus memorables dichos y su alma zumbona que uno podía escuchar con solo pasar junto a ella.

Mi abuela era católica desde la entraña hasta la punta de su prominente nariz, pertenecía a una congregación llamada Hijas de María y la vida se le iba en proclamar su fe.

El sacerdote del pueblo era su adoración y la de todos los habitantes de esa pequeña calamidad llamada Urapa. Las señoras le besaban la mano, le llevaban guisos, gallinas, puercos, quesos recién cuajados y lo que tuvieran a mano para deleitarlo.

Se acercaba la fiesta del tres de mayo que era cuando el pueblo echaba la casa por la ventana y se olvidaba de la muerte y de la pobreza festejando por todo lo alto a la Santa Cruz.

Ese año mi abuela era parte del festival: aparecía disfrazada de loca y bailando entre un grupo de danzantes a los que tenía que distraer haciendo de diablito jodón, chingándolos como pudiera –y vaya que podía porque esa fue siempre su especialidad.

Entré con un tsunami desbordándome el pecho, le dije que la tienda de doña Teresa estaba cerrada y que por eso no había comprado los encargos. Me deslicé como perrito asustado hasta la cocina, dejé el dinero sobre la mesa y antes de que empezara con alguno de sus cagues legendarios, eché a correr rumbo a la barranca que había atrás de su casa. Me quedé merodeando por ahí hasta que logré sacar de mi cabeza lo que había visto en la tienda: el sacristán, que era un tipo con cara de no arrancar una hierbita del jardín para no lastimarla, penetraba violentamente a una de las hijas de doña Teresa, apenas dos años mayor que yo.

Cuando reaparecí fui notificada de mi castigo: me quedaría sin desayunar. (Por suerte me había llenado la barriga con los duraznos que se desprendían de los árboles de la barranca). Me salió barato.

Llegó el día de la fiesta, mi abuela no cabía de gozo. Iba a participar en el espectáculo y además le habían encargado que zurciera una túnica del sacerdote. No podía estar más cerquita de dios, eso decía.

Yo pensaba que estaba de la chingada que ese señor que se creía dios tuviera de ayudante a un tipo que hacía lo que yo lo había visto hacer.

Doña Teresa y sus hijas, arregladísimas y radiantes como si fuera el día de su boda, estaban las primeras en la plaza para disfrutar del festejo. El número de mi abuela empezó, causó tal furor que me asusté más de lo que ya estaba ¿qué era todo aquello?, ¿esa fe perversa? Un pitido me atravesó de un oído al otro cuando vi al sacristán pararse junto a las Teresas y ponerles la mano en el hombro a las dos niñas. La madre veía con embeleso hacia donde estaba sentado el cura.

A mi abuela le aplaudieron a rabiar. Yo no hallaba dónde ponerme pero sabía que no podía perderme por ahí y provocarla con mis vagabundeos el día de su debut.

Cuando todo acabó me llamó y caminamos a la iglesia, cruzamos el jardín y nos metimos a la sacristía, yo temblaba. El sacristán apareció con un regalo para ella de parte del sacerdote, un escapulario que recibió conmovida como si la hubieran nombrado reina de las Galias.

—Estos hombres son unos santos, hay que estar cerca de ellos para estar cerca de dios. Eso me dijo.

Luego se supo que una de las hijas de doña Teresa había “salido embarazada”, así, con la construcción verbal recayendo en ella como si se hubiera encargado de preñarse a sí misma. La criticaron un tiempo hasta que se corrió la voz de que el sacerdote la había perdonado y entonces mi abuela dijo que con el perdón de ese señor era como si el propio dios la hubiera absuelto. Para el jaleo del miércoles de ceniza del siguiente año la otra púber también “salió embarazada”.  A ese escándalo se sumó el de L, una chica con síndrome de Down que también “salió” embarazada, había sido abusada por su propio padre.

México ocupa el primer lugar de América Latina en embarazos de niñas o adolescentes, y el segundo lugar en el mundo. Cada año nacen cerca de 340 mil hijos de madres menores de 19 años en nuestro país.

Según el INEGI, 4 de cada 10 padres abandonan a sus hijos que deben criar las madres solas.

Según fuentes no oficiales, la cifra podría subir a 6 de cada 10 hogares mexicanos sin padre.

En 2007 se aprobó en la Ciudad de México la interrupción legal del embarazo. De ese año al 2019, el 52% de los abortos legales que se han practicado registran un rango de edad de las mujeres (y niñas) entre 11 y 24 años.

Putas, para qué abren las piernas, pero bien que les gusta, retrasadas mentales, compren condones, asesinas de bebés, Dios las va a castigar. Son algunos de los insultos que recibí ayer en redes sociales por declararme a favor del derecho de las mujeres a interrumpir un embarazo.

Me pregunto cómo hicimos para lograr que este país siga siendo el pueblo de mi abuela que está dentro de otro pueblo de mi abuela, dentro de otro, dentro de otro.

La maternidad será elegida o no será.


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22 respuesta a “La niña que salió embarazada”

  1. En la discusión de la despenalización del aborto, por alguna (extraña?) razón, el varón, que es indispensable para la fecundación, no aparece en escena.
    Más allá de mi solidaridad de intelectual y activista de Sanborns, crece mi asombro de que en todos estos años, el segundo elemento indispensable para que se produzca un embarazo, nunca esté en la palestra. Sólo aplaude o rechifla desde las butacas.
    He intentado comunicarme con alguna de las diputadas feministas actuales, sin éxito.
    Mi planteamiento es simplista: Si hay castigo, que sea para ambos.
    La idea es que la coerción induzca a una reflexión preventiva.
    Mi esposa me dice que, en México, nunca van a perseguir al varón. Pero también me dice que nunca había escuchado un planteamiento como el mío, en el que el embarazo, cuando se habla del aborto, es un asunto también del varón como parte de la ecuación.
    En resumen: considero que el varón no tiene voz ni voto en el asunto del aborto, en tanto él, no sea considerado como corresponsable de los embarazos y de un posible aborto.
    No puedo juzgar a una mujer que pretenda abortar, mientras yo no esté dispuesto a asumir la responsabilidad y la pena con ella.
    Mientras el varón no sea considerado responsable, los hombrecitos debemos permanecer callados.
    Pero eso no resuelve el asunto. Una vez que se reconozca que a la mujer no la embaraza una paloma divina, comenzaremos una verdadera discusión alrededor del acto humano más gozoso y más lleno de prejuicios podridos.
    De seguir las cosas como están, podemos volver a leer a Borges:
    ‘Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres.’ Y con suerte, el mundo que inventamos en nuestras mentes, como Tlön, comience a manifestarse en este plano existencial.

    Un abrazo, Alma.

    1. ¿Como intelectual es lo único que se le ocurre decir? La cuestión es que no se trata de compartir pena sino que de ningún modo el aborto a de estar penalizado.
      En cuanto a decidir sobre el asunto, es una decisión absolutamente de la mujer.

    2. Querida Alma, un texto crudo y real de nuestra situación en México, y aunque pienso diferente a ti en cuanto tema de la vida, respeto y te comparto que yo por mi parte seguiré luchando por qué en México exista educación, se desnormalice la violencia como medio educativo; tengo una Hija y haré hasta lo imposible por darle todo el amor, atención y educación posible, se que esa es mi mayor labor para aportarle un cambio a México. Gracias por compartirnos estas palabras. Te admiro… Con cariño

  2. Desafortunadamente las mujeres hemos aceptado esta forma de pensamiento por muchos años, creer que la procreación depende al 100 de nosotras mismas, porque así nos educaron. Mi madre me decía en mi adolescencia cuando yo pregunté que como evitaba embarazarse y me dijo que si yo estuviera casada me hablaría de eso. Yo por supuesto tenía el conocimiento por mis clases en la escuela pero quería Conocer su punto de vista pero no fue posible debido a sus principios morales, a su ingenuidad, a su ignorancia, te amo mamá. Afortunadamente yo soy distinta.

    1. Es tremendo, Blanca, esa brecha generacional, por suerte, poquito a poco va cambiando. Pero nos queda mucho camino que recorrer.
      Un abrazo

  3. Hace tiempo mi esposa y yo estuvimos fuera de México durante un año, debido a mis estudios. Al mes de llegar a ese otro país nos enteramos que estábamos embarazados, el preservativos falló. Nuestras condiciones no eran las mejores para recibir a un bebé. El aborto es legal en ese país y, después de platicarlo mucho, decidimos que en ese momento era la mejor alternativa. Nunca lo comentamos con nuestras familias porque ambas son profundamente católicas, sabíamos que un mar de críticas nos inundaria por esa decisión. Tuvimos la libertad de decidir, la posibilidad de hacerlo en un entorno seguro, pero sobre todo, lo hicimos plenamente conscientes y sin que otras personas decidieran por nosotros. Esa es la garantía que debería tener cualquier mujer y cualquier pareja que tome una decisión como la que nosotros tomamos.

    1. Julio,
      MUCHAS GRACIAS por tu testimonio, es valiosísimo, que también los hombres digan que se benefician de poder tomar una decisión libre, legal, sin riesgos para la salud y que es un tema de pareja, no sólo de nosotras «las locas asesinas de bebés» lo digo con dolor y sin ironía, porque esas suelen ser las respuestas. Me alegro muchísimo de que lo puedas contar y que hayan tenido esa posibilidad. Un abrazo para ti y tu esposa.

  4. Escuché ese pitido también dentro de mi cabeza al leer… ¡qué rabia, qué tristeza, qué dolor al leerte! y sin embargo, qué maravilla que tengas el don de contar éstas cosas de la manera en que lo haces.

    Gracias por permitirnos asomar , echar un vistazo a tu mente, por compartir.

    Abrazo fuerte y sentido.

  5. Desafortunadamente en mi México querido aún hay mucho machismo, siempre cuando hay un embarazo ya sea dentro del matrimonio o en soltería, se hace responsable a la mujer.
    Como padres nos falta mucha educación para guiar a nuestros hijos en cuanto a la responsabilidad compartida.
    También hablar con nuestros hijos acerca de la sexualidad y hacerles ver que nadie puede hacerte daño ni tocar tu cuerpo si tu no quieres.
    Enseñarlos a defenderse cuando alguien quiere hacerte daño, ya que desafortunadamente las violaciones en su mayoría se dan por personas cercanas y dentro de la familia.

  6. Toda la razón así la vida de los pueblos
    Creer todo lo que diga el sacerdote
    Me hizo recordar mí niñez afortunadamente nada que lamentar
    Creo nos toco sacerdotes decentes

  7. De verdad que el escrito me ha dejado helada.
    Agradezco y respeto mucho que personas como tú nos cuenten historias que me hacen ser y estar muy segura de lo que pienso y siento.
    Sin duda necesitamos más personas como tú que no tengas miedo de contar, de hablar y de compartir.
    Creo que el problema del mexicano es poner a Dios ante todo. Basta con escuchar palabras al diario como “si Dios quiere”, “si Dios nos permite” .
    Me costo mucho darme cuenta que no necesito del Dios que profesa una iglesia, mi abuela o mi madre, soy feliz con el “Dios” que tengo en mi, y no necesito de una iglesia para hablar con él.
    Muchas gracias por tu escrito.

    1. Creo (no lo digo por referirme a mi trabajo, sino al fenómeno) que lo que necesitamos es conocer las historias. Para la gente es fácil descalificar «un fenómeno», «una estadística»… pero conocer la historia de una persona puede ser transformador. Gracias por leer. Un abrazo

  8. Hasta que una sociedad no se convenza que para un embarazo hace falta un varón el hombre seguira sembrando en el terreno de la ignorancia paternidad compartida, significa responsabilidad y ni siquiera hablo de los abusos porque ahi ya no me lo permite mi asco

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