posmodernos y jodidos

Intenté vivir pero me distraje

A ver, pedazos míos, hagan asamblea y decidan quién soy yo… pienso en ese poema de Juan Gelman cada vez que caigo en cuenta del estado de fragmentación en el que vivo. Hay meses, como éste, que me detiene un extrañamiento frente al tiempo y me pregunto si sí, si es julio todavía, si ahora que los oficiales de inteligencia espacial juraron que su país tiene evidencia de tecnología y restos biológicos no humanos, estaré cerca de presenciar el cambio más importante en la historia de la humanidad. Válgame, que hay vida e inteligencia fuera de la Tierra y el mundo se conmociona mientras yo estoy tratando todavía de digerir la muerte de Sinéad O’Connor y entonces me pregunté si fue también en julio que murió Milan Kundera, o si era julio cuando supimos de la pequeña Aitana que murió por un elevador sin mantenimiento en un hospital del sistema de salud oficial mexicano. Ah, ¿y era julio de este año cuando Rosalía y Rauw terminaron su relación amorosa?

Que sí, que todo eso sucedió en un mes calendario. Todo eso bombardeó mi atención. Todo mientras trataba de dilucidar por qué he estado tan triste, y de editar cuatro guiones que tenía que entregar ya mismo, y me iba a la cama sintiendo el dedo meñique de la mano derecha temblar cada noche luego de tantísimas horas tecleando, todo mientras mal leía un libro y hojeaba otro y no podía dormir y hacía como que veía una serie sin dejar de pasar mi dedo por los íconos de actualización de Twitter y de Instagram o de atender un WhatsApp.

Todo eso mientras hay un libro que espera en mi buró, El valor de la atención,  provocando desde la portada con la frase: “Deja de hacer lo que estés haciendo y ponte a leer este libro”.

Qué adicción tan escandalosa esta en la que vivo, en la que vivimos. ¿Mencioné lo de llevar el teléfono al baño?

Reviso Twitter, salto a la pantalla de Instagram, veo los mensajes de Gmail, vuelvo a Twitter, abro WhatsApp, me acuerdo que debo dar seguimiento a las sillas del comedor que compré en Mercado libre, cada tanto me asomo al Drive y releo las notas del grupo de guionistas con el que me reuní en la mañana, oigo mi playlist en Spotify con intención de limpiarla mientras atiendo todo todo todo como rata estresada de laboratorio.

Me detiene una idea: el reforzamiento de las interrupciones me jodió la capacidad de poner atención.

El valor de la atención de Johanm Hari sigue provocando desde el buró, por fin lo tomo. Leo de un tirón las primeras cien páginas.

Ay.

Qué angustia leer sobre esa patología sistémica. Verme reflejada en estadísticas demoledoras. Leo conceptos como “Inferioridad de pantalla”, demostrado en incontables mediciones que lo que leemos en pantalla permanece poco en nuestra memoria y lo leído en papel no sólo permanece sino que se comprende a mayor profundidad. “Deterioro cognitivo”,  ese dardo que asegura que los estudiantes de un país desarrollado como EUA sólo pueden concentrarse durante 90 segundos en una actividad y los oficinistas más privilegiados tienen topes de 28 minutos para realizar una actividad sin ser interrumpidos por su teléfono.

Johann Hari —el autor, relata cómo, en un estado de desesperación similar al mío por recuperar su capacidad de concentración, le propone a su ahijado visitar Graceland ya que compartían una fascinación por Elvis Presley desde que el chico era pequeño. El acuerdo era hacer el viaje y los recorridos sin usar el móvil.

El rotundo fracaso comenzo nada más llegar a Graceland donde les dieron una tablet y unos audífonos que guiarían su recorrido y ni siquiera pudieron interactuar en la visita, cada cuál estaba enchufado, una vez más, a su pantalla.

Ni qué decir del fenómeno selfie y selfie stick que hacía a todas las personas darle la espalda a los codiciados objetos de Elvis para aparecer ellas en la imagen delante de la pieza de colección que supuestamente era de su mayor interés. Eso mismo viví yo hace algunos años frente a Starry Night de Van Gogh en el MOMA de Nueva York, de pronto un enjambre de personas le daba la espalda al Van Gogh para lograr una fotografía con un pedazo de la pintura tras su rostro sonriente en primer plano.

Volviendo a Johann, luego del fallido viaje a Graceland, su deseo de recuperar la capacidad de estar presente —de vivir sin distraerse— lo impulsa a dejar el teléfono y el internet durante tres meses. Su relato dista mucho de ser esperanzador: pronto descubre que ha desarrollado un equilibrio bioquímico con la recompensa (el reforzamiento es emocional y las emociones pasan por el cerebro) de los likes y los comentarios en las redes sociales: “Ningún desconocido va a inundarte de corazones ni a decirte que eres genial. Durante años —ya años, diez o quince enchufados a Twitter, Fb o IG—, había obtenido gran parte de mi sentido de socialización en la vida a través de aquellas señales en la red. Ahora que ya no estaban, me daba cuenta de lo carentes de sustancia que eran. Pero aún así las echaba de menos”.  Johann se deprime.

Y se enoja consigo mismo, cómo es posible que no tenga suficiente fuerza de voluntad ni autocontrol para estar en la vida y no el maldito teléfono. 

Las siguientes cien páginas explican que no, no se trata de que él o tú o yo estemos fallando en lo individual porque somos unos pusilánimes. Como siempre, el mal sistémico viene de una maquinaria que hace casi imposible a los individuos salir de ahí, estamos atrapados en un sistema del que salir es casi una sentencia de muerte. Imagina tu vida sin la App del banco, sin el círculo de WhatsApp avisándote que tienes un mensaje de tu madre, sin la alerta sísimica anticipando que viene un sismo. Claro que sería maravilloso si pudiéramos administrar el recurso para lo esencial pero no, junto al mensaje de tu madre y la transacción bancaria aparecen los cientos de distractores de las redes sociales y nuestra compulsión, está medido, nos hace revisar el teléfono en promedio cada 4 minutos. Cuatro. Minutos. Es lo más que resistimos sin tocarlo.

Ay.

Johann se va al mar. Noventa días de mar. Noventa días sin likes ni retuits ni stories ni arrobas ni murió Kundera y también Sinéad O’Connor ni los marcianos llegron ya ni la rabiosa indignación de la chingadera del día que por más que te indignes no se convierte en acción alguna. Cuando todo importa nada importa. Saltar de una tragedia a otra y luego a un simpático meme termina por anestesiar la conciencia social pero te dispara la necesidad de reafirmación personal en tus posturas y opiniones sobre cada acontecimiento.

“Twitter te hace sentir que el mundo entero está obsesionado contigo y tu pequeño ego: te ama, te odia, está hablando de ti en ese preciso momento. El mar te hace sentir que el mundo te recibe con una indiferencia húmeda, acogedora. Nunca discutirá contigo, por más que grites.” (Pero tienes que ir al mar sin el maldito teléfono)

Termino de leer el libro.

Un minuto, pienso, un puto minuto de silencio por la capacidad de atención perdida que no vamos a recuperar. Sí, esta compulsión de pantallas y socialización virtual nos ha vuelto más estúpidos. No se enojen, lo diré en singular: yo, yo soy más estúpida ahora que hace quince años cuando podía centrar mi atención por periodos mucho más largos en cualquier actividad intelectual o física porque no vivía pegada a las redes sociales.

¿Un atisbo de esperanza? “Esta crisis ha sido creada por el ser humano, y también nosotros podemos desactivarla”, dice Hari, y propone la rebelión de la atención.

Yo no sé.

¿Será?

Al menos pude leer el libro en un flujo de atención continua.

Ojalá ustedes hayan podido leer este texto. Ojalá que nuestros pedazos flotando en el ancho de banda, encuentren el camino de regreso.

*

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Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

10 Comments

  1. Juan Pablo Estrada

    Uf, qué texto. “Soy espejo y me reflejo.” ¿O ahora es soy pantalla, o selfie…?
    Comento aquí (no en Twitter, aunque de ahí seguí el link y, sin automatismos, daré un sentido like y RT): Gracias Alma, me tocó profundo tu texto (magnífico, por cierto). He estado pensando mucho en eso, en el efecto de redes y aplicaciones, de aparatos, avances y vidas lejanas… como los griegos, sueño con encontrar el punto medio, porque hoy en día no me encuentro en paz con ese actuar mío sobre el que también escribes.
    Como sea, pienso que leer, escribir y pensar sobre ello ya es un paso. Gracias de nuevo.

  2. ¡Extraordinario texto!
    Es una crisis de atención en todos nosotros. Gracias por escribir de ello e invitar a reflexionar.
    Había leído una entrevista del autor del libro y se me antojó mucho, pero lo olvidé entre tanto pendiente por atender. Gracias por ayudarme a recordar que me interesa el tema. 🥵
    P.d. Me extrañó encontrar varios errores de dedo en tu texto, es totalmente inusual. Me pregunto sí son a propósito del tema o estragos de la distracción. El inconsciente es sabio, ilustran perfectamente el tema.

  3. Me encantó tu reflexión.

    Llevo un tiempo trabajando en mi desapego de redes sociales y del celular. Tratando de dominarme también.
    Me ha costado no sentirme sola en ese trabajo, porque a eso nadie le da likes.
    Ha mejorado mucho mi capacidad de disfrute de la vida. Ha aportado a mi paz.
    Sí. Pude leer tu texto. Y sí, puedo leer un libro.
    Gracias por compartirte por estos medios.

  4. Emilio Gomez Verde

    Pude terminar de leer el artículo casi de corrido, pues mis manos torpes deslizaron la pantalla, me distraje pues, para posteriormente continuar la lectura. Vivimos en un mundo fugaz, de brevísimos instantes,; en donde todo urge y ya nade tiene un segundo para contestar un “buenos días” en la calle; nuestra cadena de esclavitud digital nos ordena cada minuto que el mundo gira y gira y necesita de nuestra atención en todo, aunque nosotros mismos no tengamos un segundo para poner atención a nuestra vida, en el aquí y el ahora.

  5. Te leo y me pasan varias cosas:
    – Me siento acompañada en mi consciencia de mi mayor estupidez
    – Me aterra darme cuenta (una vez más) de lo retador que es hoy sostener mi atención para leer un libro
    – Me pregunto si como humanidad estaríamos realmente dispuestos a dejar nuestras “anestesias” para dejarnos sentir todo lo que hoy implica vivir en el mundo que hemos co-construído. Tengo la esperanza de que podamos tomar el riesgo, pues mi hipótesis es que solo sintiendo verdaderamente (existiendo) es que podríamos movilizarnos para generar nuevas posibilidades de habitar la Tierra

  6. Fracase, no pude leerlo de tirón…me llegó notificación, cambie la canción en el Spotify y busque el libro en Amazon…

  7. Miriam Izquierdo

    Querida Alma Delia: no cabe duda de que estamos en el mismo canal. Ya lo apreciaba desde tu maravilla de obra La cabeza de mi padre. En efecto, cuando todo importa nada importa. Gracias por tus líneas, a pesar de que este mensaje lo localicé en Twitter, mismo que me hace alejarme de la atención. Je Je. Un gran abrazo 😻

  8. Ana Lucía

    Por estar perdida en otras redes sociales me había olvidado de esta hermosa satisfacción de leerte mientras me tomo un café, y qué bonito!
    Gracias por tus palabras y ese abrazo al corazón cuando te leo.

  9. José Rivero

    Por supuesto que no pude leerlo sin interrupción,me mando mensaje mi mujer y no pude evitar leerlo, luego sono otra vez el whats… que triste, a donde fue nuestra concentración, y mientras escribo esto pseudoescucho y veo un video que dice algo de meritocracia … Gracias por poner el dedo en la llaga

  10. Hola 🙂 Logré leerlo sin asomarme a ver el celular.
    Saludos desde tijuana

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