Sobre el tamaño, un texto de Francisco de la Rosa

Imagen tomada de Pixabay

El tamaño sí importa o, al menos, debería. Pero no su volumen o amplitud, tampoco su peso o masa. Es más, creo que ni su longitud importa tanto, al menos no como información pública. Lo que debiera importar del tamaño es el límite.

Decir que somos más resilientes, más víctimas, más activistas, más listos, más buenos, más deconstruidos; menos malos, menos tontos, menos sororas, menos misóginos, menos indolentes, menos neoliberales… no modifica el tamaño de las cosas ni acorta o alarga el perímetro de la realidad ni aumenta el área del polígono en el cual habitan nuestra historia, actividad cotidiana y discurso. Por más que el convencimiento propio o ajeno se empeñe en sostener que podemos calzar unos zapatos o usar un par de guantes más grandes sin vernos ridículos, para la realidad somos de un tamaño (normalmente diminuto) y nuestra existencia le resulta tan intrascendente que no se altera el orden global ni siquiera un segundo cuando un ser humano, sin importar su tamaño, se esfuma.

Es que aspirar a cosas grandes es grosero cuando se es diminuto o escribir como los grandes cuando la prosa de uno es chiquitita. Ver siempre hacia arriba es perder el piso y, con él, la dimensión de esa medida que nombramos altura. Mirar siempre hacia adelante es ser desagradecido con la magnitud del pasado. Avanzar a pasos agigantados es inviable cuando se calza por debajo del promedio. ¡Vaya!, hasta resulta ofensivo solicitar que se vea más allá de lo que la miopía o cataratas permiten. Como si ser grande fuera volitivo, como si se pudiera aumentar de talla con el argumento.

La tendencia presupone que sí, que si se alinean las actividades y opiniones hacia la amplitud territorial del propio espíritu, que si se está del lado de los grandes tamaños entonces uno, por proximidad, se vuelve más alto. Porque sumarse a las buenas causas nos hace parecer de márgenes más amplios. Da la impresión de que aumentamos de estatura aunque esto solo sea similar al efecto que produce la luz del sol a cierta hora del día cuando nos agiganta la sombra.  

Nadie puede ser mayor ni menor al límite que le antecede aunque así lo pregone, denuncie o implore. A ninguno se le ensanchan la estructura ósea y el entendimiento solo por decir que a su parecer así lo sea. La mirilla de la puerta tiene siempre el mismo alcance aunque lo que nos haga pensar lo contrario sea la posición con la cual abordamos o nos acercamos a la mirilla. Formular más preguntas que las dudas que verdaderamente se tienen no aumenta nuestra ignorancia ni responder cuestionamientos no formulados, nuestra sabiduría. Sumarnos al logro de alguien no nos da en automático el tamaño de la victoria aunque sí se sienta una emoción de proporciones similares a la que experimenta quien levanta la copa o se cuelga la medalla.

Ser más o menos conscientes del límite de nuestro tamaño ayuda a dimensionar, entre otras cosas, que actualmente el mundo está poblado por 7 mil 500 millones de personas que se comunican aproximadamente en 7 mil idiomas (además de las personas e idiomas que ya murieron), dando como resultado combinaciones infinitas donde lo más seguro es que se encuentren ya todas las expresiones y formas sesudas de decir algo, lo cual deja muy en claro que lo que tú dices y cómo lo dices seguramente ya fue dicho en algún idioma por alguna persona en algún tiempo; que sobrevivir a un evento funesto no te hace especial porque el evento desastroso no te eligió a ti porque te considerara extraordinario; que, sin importar que las cumplas, las grandes expectativas siempre te hacen ver más pequeño; que los grandes logros no son producto de un esfuerzo personal (enteramente individual); que tus experiencias personales no son medida ni parámetro de nada ni mucho menos muestra representativa de las personas con las que compartes un puñado de características, dolores o jirones de historias; que la métrica con la cual evalúas las acciones de otros es por definición insuficiente y que aquella herida grande y que te duele mucho-mucho es proporcional a tu tamaño y al adjetivo con el cual la calificas; que lo que a ti más te duele a alguien apenas le incomoda, que uno no cierra ciclos, los ciclos se cierran y nos dejan por fuera, que tus causas no son todas las causas, que las injusticias que señalas no son necesariamente las que vives, que el ideal siempre es más grande o más pequeño de lo que  estimabas, que también los silencios tienen altura, largo y fondo y que no hay manera de evitar que cada segundo que transcurre se le sustraiga a tu tiempo de vida.  

Aún el conocimiento o nuestro entendimiento sobre algo que parecen ir siempre en aumento, nunca estarán por encima del tamaño de nuestros intereses, capacidad de nuestra memoria y cantidad de conexiones sinápticas, e incluso cuando los intereses se amplíen o modifiquen y se eduque la memoria y se generen más conexiones sinápticas este incremento nunca será mayor al que nuestro tamaño pueda contener; es decir, todo recipiente tiene su límite en el borde.


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