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RAPSODIA VECINAL, un cuento de María Montauriol

Hoy se cumplen quinientos días. Bendito sea dios que mi abuela me heredó su departamento en la colonia del Valle, no sé qué hubiera hecho ahora que no tengo trabajo y vivo con lo mínimo indispensable.

Una Maruchan al día, un six de chelas y Neflix mientras mi papá está en terapia intensiva. Mi mamá le advirtió hace muchos años que si no bajaba de peso se lo iba a llevar la chingada: tuvo razón. Lástima que no esté aquí para verlo. Lo que es decir: lástima que no esté aquí para acompañarme. Ahora, para enjuagarme la culpa de no poder estar con él en sus últimos días, voy por mi celular y busco mujeres cogiendo.

No soy lesbiana, creo. Me gustan los hombres, pero nada hay más bello que ver a dos mujeres despertarse la piel con los dedos. Se desnudan con una delicadeza agresiva que me derrite la piel como cera caliente. Se quitan la camisa, se acarician las tetas, se lamen los pezones… ellas sí saben lo que se siente bien, puedo imaginarlo y… no, no. No. NO. ¿Por qué no se carga? No me dejen a la mitad, carajo, ¿qué pasó?

Seguro el vecino acaba de apagar el wifi, o de cambiarle la contraseña. Pinche egoísta. Para cambiar la contraseña en plena pandemia tienes que ser un hijo de la chingada. Mi vagina está diez grados más caliente que el resto de mi cuerpo, tengo los pezones tiesos y listos para que que los muerdan. Carajo, qué fría se siente la piel que no ha sido tocada en años. No puedo quedarme así. Si dejo que el deseo se acumule voy a estallar en un ataque de pánico.

El truco es no permitirle al cuerpo caer en cuenta de su soledad.

Corro al balcón buscando algo que ver en los departamentos vecinos hasta que doy con un cabrón hablando por teléfono en su balcón. La idea de que pueda verme me excita. Sí: eso bastará.

Bajo la mano y empiezo a acariciarme el clítoris, círculos lentos, cada vez más rápidos. Los gemidos regurgitan en mi estómago y me los trago desesperada; escapan como suspiros lacónicos y se atoran en mi garganta. De pronto me ve y cierra un poco los ojos para enfocarme bien, ¿realmente estoy masturbándome enfrente de él? Entonces suelta el teléfono, se abre el cierre de los jeans (¿quién usa jeans en plena pandemia?) y se saca la verga, (más grande de lo que la imaginé). Me levanto la blusa para enseñarle mi tetas bien paradas con los pezones como cerezas. Empieza a jalarsela cada vez más rápido y tiene que sostenerse del barandal para poder seguir. Deja escapar pequeños gemidos en do sostenido. Yo me acaricio en círculos lentos y luego meto los dedos tan profundo como puedo, siento cómo mi vagina se lubrica pensando que tendrá sexo por primera vez en más de un año. Se asoma otro vecino y se baja los pantalones. Sus movimientos son constantes y marcan el ritmo de fondo. Luego sale otro que, al darse cuenta de lo que sucede, repite “sí, sÌ, SÌ” in crescendo. Siento sus miradas y no puedo contenerme más: se me escapan los gemidos como perra en celo. Decido subirme la falda poco a poco y escucho jadeos que aceleran al ritmo de mis dedos, gemidos en re menor, una melodía marcada por un suave “sigue, sigue, sí”. Bajo la velocidad y ellos me siguen, cambio el tono de mis suspiros y ellos afinan a mi escala. Voy cada vez más rápido porque ya no puedo contenerme y, al abrir las piernas para que vean bien cómo escurro, se viene uno por uno como sinfonía de mecos artificiales. Damas y caballeros: muchas gracias por venir(se), esta rapsodia fue compuesta por una bola de animales confinados con su deseo en absoluta soledad.

Acabo tan mojada que dejo un charco y, aún jadeando, escucho a una vecina gritar: “¡PINCHE PUTA!”.

Ya siéntese, señora, pienso, y me dejo caer semi-desnuda en el balcón.

Por primera vez en quinientos días descanso en paz.

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Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

One Comment

  1. El desenlace es abrupto: un pizzicato tanto de ritmo alocado, paradójicamente a cargo de las cuerdas.
    – Les Luthiers –

    Félicitations. Je suis reconnaissant.

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