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EL ESPEJO, un relato de Juan Pablo Estrada

Veo mi cara y este cuerpo de formas cuarentonas ya mediocres. Veo también un conjunto de gestos que en este momento finjo. Es lo de menos.

Desde que lo compré y lo puse en esta recámara de mañanas solitarias, el espejo de pie que tengo enfrente lee mis pensamientos y reconstruye mi memoria, que después se compone sólo por sus reflejos. Con la madera que lo rodea, se erige en una especie de ventana interna. Testigo mudo e implacable de mis noches de soltería, que a media pandemia son de anacoreta.

Las escenas de hoy son las de ayer, las de hace algunas horas, que ojalá no pasaran tan rápido, que pudieran volver y pronto. Y es que después de por fin salir a cenar con la primera amiga que hice en la escuela primaria, (medidas sanitarias de por medio) al que me dijo es su restaurante favorito por una estupenda sopa de cebolla y varios postres espléndidos que no debí comer tan deprisa, y tras beber hasta la última gota de un Chatteau La Fitte escogido con esmero, bastó una insinuación para que al cerrar tan temprano el local, Paulina y yo acabáramos en mi departamento. Se dice fácil, pero la soñé, con distintas intenciones y matices, durante veinticinco años. La pandemia también da oportunidades.

Al llegar puse un par de copas de gin & tonic, algo de blues y discutimos sobre intérpretes. Nos envolvimos en una conversación fluida, despreocupada, de voces entretenidas en recuerdos y pensamientos sinceros. Fluir sin un fin, pensé. Un cigarro encendido se fue consumiendo en el cenicero, cada vez me concentraba más, quizá sin voluntad, en la perfección de sus ojos negros y brillantes, vivos, preciosos. Justo como la recordaba, ya sin cubrebocas, con todo y ese lunar divino al lado de la ceja. En algún punto dejé de hablar o de entender lo que se decía, mientras veía sus labios en movimiento, hipnotizándome, tomando el control de la situación, dando implícitas instrucciones para que me acercara y los tomara. Tomarlos. Beberlos. Besarlos con los míos y con mis dedos. Por fin.

Llegó el momento en que la ropa estorbó, ese instante en que la piel sedienta adquiere autonomía y las manos inteligencia propia, mientras se acercan al pecho, toman la nuca, repasan los dientes y, tras deslizarse sobre unas nalgas firmes, atraen con fuerza.

El fuerte y torpe choque inicial fue adquiriendo destreza. Cadencia. Reciprocidad. Humedad. Su mano conduce mis dedos para acariciarse, trazando figuras sobre el agua. Abrimos labios, llegamos al clítoris. Ya somos cómplices. Es claro que ella también extrañaba el contacto humano. Todo eso lo veo en el espejo, lo repaso ahora y vuelvo a excitarme. El cuerpo que reaccionó ayer reacciona aquí de nuevo, con los ojos bien abiertos.

Ni pena ni falso pudor, pero sí cuidado e interés. Ruego que no sea solo una noche, que no sea solo una vez. Los nervios de mi desempeño se disipan porque ella lo va ocupando todo. El reflejo de mi mente se ve colmado por sus senos breves, círculos imperfectos que caen levemente. Mi lengua los recorre y mi barba delinea intenciones, se desliza hacia el abdomen, llega a la vulva y la conquista. Se desprende el olor más íntimo que ahora en el reflejo me embriaga de nuevo. Alcanzo a oír, de nuevo, la fuerza de su respiración. Su placer es el mío, y viceversa. Otra vez lo veo, otra vez lo vivo en ese vidrio azogado que nunca se empaña.

Uno sobre el otro hasta que el sudor nos calma. La penetro y ella me recibe. Está empapada. “Hace mucho que no me mojaba así”, dijo. Deliro. Vienen a mi mente algunos imprudentes avisos de contagio que me inquietan, pero Paulina se da cuenta y me calla, me regresa. “Cógeme más fuerte”. No es un consejo sino una orden que murmura en mi oreja. Obedezco. La veo en este espejo que nos dibuja sin permiso. Ella voltea hacia el techo y mi mundo es el que gira. Su cuerpo se torna inagotable ante mis ojos. El pelo, la espalda y esa cadera abierta son elementos traducidos por el obsceno espejo, mientras me concentro en sostener un ritmo que me lleva. La oigo pero no la escucho porque mis latidos me distraen. Tal vez son los de ella, o es su lengua.

Nunca antes tuve un instante tan intenso, pero con la conciencia de esa idea el instante se esfuma, se me escapa, se esperma.

Venirse es llegar.

Las fuerzas se apaciguan mientras nos fundimos en un húmedo abrazo y se aparece un beso que segundos después sabe a trámite y a virus.

El tiempo irremediable se agota y cansa. Fumamos otro cigarro, esta vez en la cama deshecha, y caí dormido en un sueño profundo. No sé a qué hora, pero Paulina se fue sin decir nada. Tal vez pasen otros veinticinco años. Cuando menos otra cuarentena. Lo cierto es que estoy solo de nuevo y sólo miro en el espejo su reflejo.

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Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

3 Comments

  1. Estupendo, Juan Pablo.

    Tratando de encasillarte, no lo logro… Claro!, soy un simple ingeniero que disfruta los escritos.

    La narración fluye. No es forzada. Eso es lo que quiero decir.

    Y la historia/anécdota, trae recuerdos de batallas gozosamente perdidas. Qué suerte leerte.

    Felicidades!

    • Juan Pablo Estrada

      Muchas gracias por la lectura y por el comentario. Gracias además por compartir impresiones o recuerdos.
      Qué maravilloso es lo humano ¿verdad? Podemos tener profesiones o bien ocupaciones diferentes, pero al final somos personas con gusto por leer.

  2. Haste eso nos quito la pandemia..Como ira a ser la s relaciones sexuales cuando ya se pase el miedo del contagio?..
    Vendran tragos primero y despues un sexo mezquino miedos mezquino sin ton ni son.
    Veremos que pasa..no he visto a mi novia por 6 meses..

    Que bien escribe Juan Pablo

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