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D10S HA MUERTO, por Juan Pablo Estrada

De niño soñaba jugar un mundial. Sí, yo también, como muchos de los amigos con los que crecí. Y mientras corría forcejeando con mi hermano tras una pelota en el jardín de la casa de mis abuelos, o persiguiendo un balón en las canchas de pasto que tenía el colegio en sus instalaciones del Ajusco, en voz alta o guardando silencio, imaginaba que encarnaba a una estrella, un crack, aunque los resultados reales rara vez terminaban como quería. El caso es que en esos instantes pasaban por mi mente los nombres de Pelé, Zico, Hugo, Rummenigge o Platini, pero al final siempre soñaba con ser Diego Armando Maradona.

Han pasado más de tres décadas desde entonces, llenas de contenido, personas y acontecimientos más importantes (aunque, en realidad ¿qué es más importante que jugar?). Pero hoy es relevante porque han hallado muerto al niño que yo fui, como dice Sabina. Hoy siento cómo se extingue una parte feliz e importante de mi infancia, porque murió el Diego.

Debo reconocer que, antes de verlo jugar en el estadio Azteca, el Diego no me resultaba simpático. Al principio no sabía más que su nombre por alguna estampa de un álbum conmemorativo. Lo conocí siendo expulsado en el Mundial de España por agredir al brasileño Falcao. Años después, el pichichi mexicano declaró que él era el mejor jugador del mundo y no el Pelusa, lo que empezó una insípida rivalidad del nacionalismo azteca contra el jugador argentino. Y, finalmente, hasta antes del mundial de 1986, no era labor sencilla ver por televisión los partidos de futbol europeo en los que no estuviera Hugol. El mundo ya era un globo, pero nada era global.

Sin embargo, poco después el campeonato del mundo demostró que ningún jugador terrestre podía acercarse al nivel de juego de Maradona y, sobre todo, que no había entonces persona alguna que lograra transmitir las mismas emociones que ese zurdo pequeñito.

Propios y extraños cedimos ante el talento, la personalidad y la clase de ese petizo fornido, con la cara de desafío y la mirada compleja, con ese desparpajo para tomar un balón a mediocampo, pegarlo a la pierna zurda, para correr bailando, para quitarse a medio equipo rival y a todo lo que se pusiera enfrente, destruir al enemigo de guerra y meter un gol. El gol. El que uno sueña. Un barrilete cósmico con una pelota impoluta. En el fondo no era más que un niño corriendo tras un balón, sólo que lo hizo como nadie nunca jamás.

Hoy, 25 de noviembre de este penoso 2020, para muchos de manera inoportuna, murió el Diez. Fiel a su costumbre, también en la muerte opacó todo, causó polémica y fue juzgado. Vemos cómo se reproducen en las redes los mejores momentos de su carrera deportiva, la magia del astro de astros y los comentarios luctuosos emotivos del mundo del futbol, combinados con linchamientos, quejas y justas críticas sobre su conducta personal porque sí, Maradona fue un hombre violento y excedido, nadie lo celebra, pero cómo ignorar al ser humano y al futbolista sobrehumano; y aunque hablo como fanático no niego que ahí están sus miserias, absolutamente condenables.

Y ahí está también el puñado de memes que se burlan de sus adicciones, de su enfermedad, porque Maradona nació en un mundo sin redes sociales y muere en la absoluta efervescencia del jaleo digital; con redes o sin ellas, el mundo entero le presta atención. Tal es la dimensión de un artista inmenso, de un ángel muchas veces caído, de un humano divinamente ungido para disfrutar en una cancha pero fatalmente condenado a sufrir fuera de ella. “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”, dijo un Diego emocionado y algo pasado de peso, al despedirse en la Bombonera tras su partido de homenaje. La pelota no se mancha, la vida y los sueños sí.

Hay algo que no quiero ignorar y me niego a perder. Maradona trazaba sueños infantiles en una cancha de futbol. El Diego bailaba y engañaba, disfrutaba dibujando estrellas con el balón. Maradona me hizo entender que se puede ser humano sin dejar de ser deidad y diablo, víctima y victimario. Maradona es dual como pocos: campeón descalificado, revolucionario perdido, ídolo pecador. Y, a pesar de los pesares, o gracias a ellos, no es fácil dejar de querer al Diego.   

Mientras escribo siguiendo un consejo invaluable, escucho a Jorge Valdano tratando de cumplir su trabajo en una transmisión de la UEFA Champions League (uno de los pocos torneos que Maradona nunca ganó). Le dieron la noticia que lo sorprendió mucho. “Bueno, muchos de los recuerdos que cuando los rememoraba me producían una sonrisa…”, no pudo terminar la frase porque rompió en llanto. El filósofo del futbol es atinado hasta para llorar, y así lo explica todo. Guardadas las proporciones, los niños y jóvenes de los ochentas y noventas pasan por lo mismo, yo paso por lo mismo, pues los recuerdos del deporte y los sueños de la época remiten a Maradona, y hoy, como anticipó Nietzsche: D10S ha muerto.

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Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

2 Comments

  1. Francisco Saravia

    Juan Pablo, amigo. Me identifico con cada una de tus palabras. Gracias!

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