Un trío con Penélope y Javier

Pinterest

Pienso en estas dos palabras: amor y libertad.

Y de inmediato me hago consciente de los vergonzantes manoseos, ninguneos y vejaciones que les hemos hecho.

No sé si haya vocablos más sobados que estos en el idioma español, de manera que aunque los había elegido para relatar lo que voy a relatar, mejor recurriré a la bellísima y mal ponderada palabra lujuria.

Esta maravillosa voz viene de luxuria en latín que significa lujo y, aferrándome a ella como un mantra, planeo concentrarme en mi fantasía más ostentosa: tener un trío sexual con Javier Bardem ay cosita linda papá y Penélope Cruz ay cosita bella mamá.

Cuando vi Jamón Jamón  (Bigas Luna, 1992) tenía diecisiete años y era virgen, una adolescente francamente ansiosa y pletórica de hormonas que lo único que pedían era coger con alguien. Para decirlo finamente.

Pero una no es toda hormonas, también están las neuronas, por ejemplo. Y las mías, además de tercas, en aquellos años eran pudibundas y no me atrevía a darme un buen revolcón con el novio en turno porque todavía me pesaban como lastre las enseñanzas religiosas del hogar materno. Quién lo diría, alguna vez fui temerosa de dios, bendita la edad que me llevó a superar semejante tara.

El caso es que vi la peli en una proyección especial que se organizó en la escuela de Arte Teatral donde entonces estudiaba y mirando la escena en la que Bardem le chupa las tetas a Penélope y le dice que saben a sal, a aceite de oliva, a ajo y a jamón serrano me sentí morir;  y cuando se mete debajo de su vestido blanco para hacerle un cunnilingus por nada me estimulo ahí sentadita sin mayor esfuerzo que el de procurar unas discretísimas contracciones musculares. Ya saben cómo, así, apretando.

Dediqué muchas de mis masturbaciones mozas a imaginar que yo, como la invitada de honor a un trío de lujo faraónico, entraba en escena para departir vehementemente con Javier y Pé succionando, lamiendo, frotando y alternando chispazos de furia carnal.

Será porque era la primera vez que, para mí, los cuerpos de los actores en la pantalla tenían olor; será porque podría alimentarme el resto de mis días con jamón serrano o porque mi madre tuvo una tienda de abarrotes que olía un poco a todo lo que olía ese filme mezclado con canela, piloncillo y suero de queso. Será por lo que sea pero pensar en los pezones color mora de Penélope e imaginarme el rostro de Javier entre mis piernas me volvía loca, me entraban unas ganas impostergables de ir al baño a tocarme o frotarme sigilosamente bajo las sábanas hasta tener un orgasmo que aguantaba calladita para no levantar sospechas de mis calenturas nocturnas.

¡Aydiomío!

Podía reproducir en mi memoria y a la perfección las escenas de la película, los diálogos, pero sobre todo, podía reproducir las sensaciones olfativas que tuve cuando la vi por primera y única vez.

Pasaron los años y con ellos, por fortuna para mí, esa patología llamada represión sexual. Entonces hormonas y neuronas me hacían sentir diosa o mendiga dependiendo del incauto del que estuviera enamorada (o enculada) en esas edades en que el síndrome de Werther nubla el entendimiento por completo y  queremos arriesgar la vida por cada púber lleno de acné que nos jura amor eterno. Me refiero a la edad de la pendejez dorada y, aunque estoy perfectamente consciente de sus limitaciones, debo decir que extraño esa capacidad para la fantasía, la certeza que teníamos de que ciertos eventos sólo en nuestras elucubraciones y sueños ocurrirían y que por ello nos les entregábamos con la fuerza sensorial de una second life que no requería ni avatares ni nick name ni lentes de tercera dimensión: pura y dura actividad cerebral enfebrecida; pura lujuria en alta definición pero sin Apps, ni dispositivos electrónicos. Todo imaginado a pelo, como dicen en el rancho de mi madre.

Mi primera vez no fue ni remotamente cercana a aquella quimera, mi único intento de trío sexual fue un evento fallido y tragicómico, pero incluso hoy (aunque ver a Penélope y a Javier casados y con hijitos no es de lo más estimulante) hay algo en ellos que me sigue pareciendo brutalmente sexual.

Me siguen rindiendo sus voces, sus melenas felinas, sus rostros particulares que no se ajustan a la típica cara hollywoodense, pero seré honesta: son sus cuerpos lo que me resultó irresistible desde la primera vez que estuvimos juntos (¡já!). Porque claro que un trío con Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre sería de lo más interesante pero es que a él, ni queriendo, le hubiera encontrado el atractivo, si la propia Simone decía que su Jean Paul tenía ojos de muerto; de pescado muerto, diría yo.

Ya sé que hay a quienes Penélope les parece fea y quienes opinan que Bardem es el hombre de Cro- Magnon, pero cada quién sus preferencias. Y si el orgasmo es de quien lo trabaja no veo por qué no la elección de las herramientas de trabajo también debiera ser digna del más absoluto respeto. 

Y aquí vuelvo a donde empecé: si el amor y  la libertad no son, por más que hagamos alarde de ello, reales territorios de expresión soberana, al menos que la lujuria sí sea un derecho inalienable, transferible según el antojo y, sobre todo, personal.


¿Te gustó el contenido?

Alma Delia sostiene este portal de forma independiente, ayúdala a conservar el espacio mediante nuestro sistema de patrocinios (patreon). Haz clic aquí para ver cómo funciona. ¡Muchas gracias!

11 respuesta a “Un trío con Penélope y Javier”

  1. En mi experiencia, el lujo que uno procura, laboriosamente, es el que mejor sabe; el amor y la libertad acaso susurran lujuria, que a su vez, ya en el paroxismo, grita esas palabras en su acepción original, de la cual hemos perdido la traducción. Gracias Alma Deluxe Delia, por compartir las bellezas de tu entendimiento. ¿Has visto la película Being John Malkovich? Me gustaría ser el titiritero de Bardem en tu ensoñación.

  2. La lujuria y su transporte a personas, lugares y escenas, remotas o cercanas. No sabes cuántas películas recordé con tu magnífico texto, cuántas creaciones mentales y algunas experiencias cómicas-mágicas-musicales. Gracias por darle esto a mi día.

    1. Esa relatoría cómica y fallida de la sexualidad es de lo más humano y conciliador que existe, siempre he creído que si las películas porno incorporaran el momento cómico-mágico-musical de los encuentros, realmente trascenderían. O sea, que a veces nos gana la risa y no el orgasmo y está bien, jajaja. Un abrazo, Juan Pablo querido.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *