posmodernos y jodidos

Dragona y Lady Lazarus

Aquí estoy otra vez, hundiendo los meñiques en mi Remington de 1940, tecleo contra ella, con el corazón en la punta de los dedos, sistólica, diastólica, silábica y herética.

Ese ritmo, el que resulta de presionar esas teclas redondas en este animal precioso que no necesita cables de corriente, ni luz ni wifi sino mucha fuerza de la que no consigo hacer acopio; ese ritmo, no se parece a nada.

Nací analógica y devine digital, ultramoderna. Así que antes de aporrear computadoras y laptops aprendí en una máquina de escribir cuando era adolescente y en la escuela aún enseñaban taquimecanografía, memoricé el orden de las letras con cubreteclados y fracturándome estos mismos meñiques que nunca alcanzan fuerza suficiente para someter a la “a” y a la “ñ”.  

Celebro haber aprendido a escribir con las letras cubiertas, a ciegas, algo tenía de oráculo. Invocar o eludir el error sin saberlo y no poder borrarlo haciendo retroceder una tecla, entrañaba una enseñanza que hoy es imposible. Lección desaprendida en el intelicidio emocional del que con tanta prisa hacemos gala.

Lo primero hoy ha sido escribir la fecha: 11.02.2022.

Estoy pensando en Antonieta Rivas Mercado, una de mis homilías personales, porque hoy es 11 de febrero, como aquel día de 1931 en que ella caminó por las calles de París hasta el interior de Notre Dame, se sentó con toda gracia en una banca de adelante, apuntó la pistola contra su pecho, del lado izquierdo, y disparó.

Conozco bien la obra de Antonieta, pero lo que más disfruto leer es su epistolario.

Además de aquella carta fatal con la que se podría desgranar un tratado filosófico sobre el suicidio como acto de libertad, me fascina la que le escribió a García Lorca. Antonieta y Federico se conocieron y se hicieron amigos en Nueva York, era a él a quien ella le contaba de su relación con José Vasconcelos.

“Federico mío: Hoy espero a mi Dragón, hoy o mañana, viene en auto quemando el camino, así es su prisa”

El dragón era Vasconcelos, la carta de Antonieta está trazada a mano, sellada desde un hotel en Los Ángeles. Pero otras de sus cartas las escribió a máquina, en una Remington, ¿de dónde sacaría fuerza Antonieta para someter a esa bestia de teclas ruidosas cuando había perdido tanto peso luego de estar en el hospital St. Luke como paciente mental?

“Mañana me haré de mi máquina y comenzaré a dejar en el papel mis entrañas”, dice en otra carta anunciando que empezaría a escribir aquella novela que dejó inconclusa.

Era también 11 de febrero, pero de 1963, el día que Sylvia Plath metió la cabeza en el horno y abrió el gas. El largo intercambio epistolar entre ella y Ted Hughes da cuenta de una relación delirante, agotadora, un eterno dar vueltas en círculo; coincido con quienes afirman que esos intercambios constituyen la extendida carta suicida de Sylvia.

Leer La campana de cristal de Plath permite rastrear los signos de la depresión profunda, de la ansiedad incontrolable, pero, sobre todo, de la violencia devastadora que vivió con los tratamientos de electrochoques en el hospital psiquiátrico. La campana de cristal y parte de su obra poética la escribió en una máquina Hermès que luego fue subastada.

Leo la palabra “depresión” y pienso que hay calidades humanas que son imposibles de diagnosticar. Vivimos tiempos que exigen estándares de bondad donde elegir la vida y la sonrisa chispeante parecen ser el único relato posible para hablar de realización.

Pero, al menos cabe la pregunta, ¿un suicidio tan teatral como el de Antonieta, en el escenario de Notre Dame, no sería también un acto de libertad?

“Arturo: Antes de medio día me habré pegado un balazo. Esta carta le llegará cuando me habré desligado, como Empédocles, de una envoltura mortal que ya no encierra un alma”

Antonieta tenía treinta años cuando se suicidó, los mismos que Sylvia Plath.

Escritora, animal político, generosa, enamorada, sexual, herida, hiriente, ¿cabe la mirada compasiva sobre ella?

Cómo no evocar Lady Lazarus, ese poema magnífico de Sylvia donde ensaya a morir y resucitar cada diez años:

Dying

Is an art, like everything else.   

I do it exceptionally well.

(Morir
Es un arte, como todo lo demás.
Yo lo hago excepcionalmente bien.)

La resurrección de las letras, en eso pienso. Hay una parte de mí que celebra no verlas envejecidas, vendiendo sus cuentos y poemas por las calles y envueltas en harapos, o peor: domesticadas a punta de electrochoques y medicamentos, ya sin escribir o con una escritura chata, lejos de ritmos draculinos y teclas de fuegos volcánicos.

*

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Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

4 Comments

  1. Leo mucho pero no sabia ni de una ni de otra historia, gracias por compartir, muy interesante, hay publicaste antes y de madrugada, no duermes? Gracias por esto que escribes, me impresionó, saludos y abrazos con mucho cariño

    • Gracias por tu lectura, José Pablo, no sigas viviendo sin conocer la historia de Antonieta Rivas Mercado y la de Sylvia Plath, ni su obra. Y sí, duermo poco, pero esta semana fue particularmente insomne. Abrazo

  2. Lourdes Santillana

    Hola Alma Delia. Comenzaré en marzo un Círculo de Lectura en el Instituto Cultural Helénico
    Me encantaría que nos comentaras tu libro Las noches habitadas.
    Dejo mi contacto

  3. Ambas, mujeres maravillosas y que marcaron la diferencia en el mundo de las artes y de las letras. La genialidad viene con un precio y para ellas fue el de una vida corta. Tanta intensidad en lo que hicieron (amar, escribir, crear) les impidió continuar; una solo puede pensar en lo que hubieran hecho con unos años más de vida.

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