Desvida

Alberto Alcocer / @beco.mx

Un hilo largo y dorado me atraviesa cuando pienso en aquellos días.

Supongo que es el hilo de la nostalgia.

Ella era una party girl. Yo una sensata, controlada y siempre contenida chica que había aprendido muy bien la sentencia de no cometas el error de tu vida, no dejes la universidad, no te embaraces, no la cagues.

Teníamos veintiún años y una juventud insoportable.

Vivíamos juntas y compartíamos el alquiler, los libros, la caja de galletas y el litro de leche que constituía nuestro alimento diario con una alegría que sé que nunca volveré a vivir en medio de la escasez, porque entonces la escasez estaba llena de posibilidades. No como ahora que ya cumplí los cuarenta y además de sensata, soy una adulta sin retorno refugiada en la trinchera de la clase media con seguro de gastos médicos y todos los demás accesorios del paquete.

Desde luego ella se divirtió más que yo, y aunque nuestro mundo era el mismo, también era esencialmente distinto. Por cada tímido intento amoroso y siempre cocinado a fuego lento que yo emprendía, ella contaba dos o hasta cuatro a la vez.

Se le humectaban los ojos, la piel se le ponía aceitada, se le esponjaba el pelo y no he vuelto a ver esa sonrisa de conquistadora y amorosa empedernida en ninguna chica.

Esos eran los signos que reconocía en ella cuando la veía entrar radiante a nuestro minúsculo departamento mientras yo llevaba tres horas entumecida en el sillón leyendo “1984” de Orwell o “La condición humana” de Malraux tratando de entender frases que me resultaban crípticas pero que anhelaba formaran parte de mí para tener un pensamiento contestatario, complejo y escurridizo que los demás admiraran. –Aquí me río de mí misma con un poquito de ternura y no tan poquito de vergüenza, sólo diré en mi descargo que la juventud es la droga más idiotizante de cuantas existen.

Ella también leía a Orwell y a Malraux pero lo hacía entre los brazos de algún enamorado que le habría recitado el mismísimo Capital completo y sin trastabillar sólo para pasar las horas a su lado.

Se divirtió más que yo.

Y mientras sus historias prosperaban y sus amores se desgranaban atravesando a velocidades inauditas todos los ciclos de la pareja: elección, fusión, escisión, desencanto, separación, mini duelo y vuelta a empezar; los míos eran sólo intentos, asignaturas pendientes, coqueteos nunca concluidos.

Me topé con uno de esos intentos en el metro hace poco, lo vi en el otro extremo del vagón leyendo con una concentración monacal que sólo alteraba para empujar la montura de sus lentes de vez en cuando. Reconocí su rostro, no ha cambiado demasiado.

Me hubiera gustado acercarme, saludarlo, preguntarle si tiene hijos, a qué se dedica y hablar de aquel tiempo simplemente para levantar una fogata en torno a la nostalgia y sentir ese fuego agradable y cálido del pasado. Me hubiera gustado preguntarle si, por casualidad, sabía algo de ella.

Pero sigo siendo la chica sensata, no la party girl.

Bajé antes que él y caminé por el andén sintiendo que me sacudía por dentro. No tenía que ver con él en absoluto, ni siquiera me gustaba tanto y escribía unas notas de amor que daban urticaria de tan mal redactadas.

No, no temblaba por él.

Me sacudió el ramalazo de eso que de unos años para acá empiezo a llamar Desvida en honor al cuento Deshoras de Cortázar y que tan magistralmente resume las posibilidades nonatas de la existencia.

Desvida. Aquello que ya no viví, todas las incógnitas no despejadas.

Me gusta mi vida hoy, sostengo mis elecciones actuales bajo fuego. No cambio nada. Pero no dejo de preguntarme qué será de ella y qué sería de mí si hubiera sido una chica un poco menos sensata.

@AlmaDeliaMC

31 respuesta a “Desvida”

  1. Alma:
    El año pasado, más o menos, me encontré con quién fue el amor de mi infancia y a quien tenía treinta y tantos años de no ver.
    No fue un encuentro fortuito, navegué por las redes sociales hasta dar con ella y enviarle el mensaje de que adonde quiera que ella estuviese iría a buscarla.
    Fue un reencuentro brujo y de humo, y nos dimos ese beso de piquito que desde que yo tenía 7 años anhelaba, y su no ocurrencia, de alguna manera había marcado mis fallidos encuentros amorosos. Algún conjuro ocurrió.

  2. Puedo decir que viví ambos mundos, ya que a mis cuarenta y cinco años, no tengo hijos, estoy casado en segundas nupcias y todo un bagaje de anécdotas en todos sentidos y te puedo decir que lo más seguro es que tú party giro debe de pensar lo mismo que tú pero a la inversa. Se debe de preguntar que habría sido si hubiera sido sensata, si no se hubiera trasnochado, sino se hubiera querido comer el mundo de un solo bocado.
    De cualquier forma, es bonito recordar. Pero a estas alturas de mi camino, estoy empezando a descubrir un mundo que muchos conocen y hasta puede que estén hartos, decepcionados o felices. Y todavía me faltan los hijos propios, esas aventuras de las que e oído y e visto en muchos…

  3. Espejos, y ventanas, mirarme, asomarme. Recrear los escenarios y saber que Elegí mi destino y que el destino fue noble conmigo.
    Abrazo sentido Alma mía.
    Gracias AlmaDelia. Por cada regalo compartido.

  4. Los futuribles solo deben pensarse como materia literaria, y punto. Porque «De lo que no se puede hablar, es mejor callarse», lo dijo Wittgenstein y sabía de lo que hablaba, mi querida taruguita. Feliz resto del domingo.

  5. Alma nuestra.

    Siempre atinas a remover en las entrañas de tus lectoradictos.

    Mi historia:
    Viví lo que no pensé vivir.
    O, peor, estuve al borde y …
    El amor en los tiempos del cólera era una hoja de ruta soñada

    Durante los años (35) la vi varias veces, ya yo con hijos, ella también.
    Alguna vez (hace 15 años) le escribí y pude entregarle la carta.
    Me desbarató mis sueños y la maldije y maldije mi inocencia. Pensé que había visto señales donde ella decía sólo ser cortés.

    Hace un par de años, la encontré. Me pidió mi numero, y los mensajes empezaron.
    Nos vimos en un café.
    Confesó que yo siempre fui el amado, el amigo, etc etc.
    Pero…
    Nunca fue valiente, y ahora menos, fue muy sensata siempre, rayando en la mojigatez. Pero real, de monjas, confesor y todo.

    Recordé el sentimiento de cuando la dejé por primera vez. Pensé que seguir soportando la expectativa, las posibilidades era demasiado.
    Fue de algún modo un alivio. De algún modo me salvó de cometer una estupidez. Esa posibilidad ya no la deseo. O tal vez, si ella fuera otra… pero entonces ya no sería ella y jajaja, el vértigo …

    Por suerte, mi sensatez se llena de edad

    No todo lo posible, es deseable, y por suerte, no todo lo deseable es posible…
    Como te decía, despiertas lo entrañable….

    Mil Gracias

  6. ¿cómo se llama ese momento de la niñez en que de repente nos damos cuenta de nosotros mismos? Es tan clara esa toma de conciencia que seguro tiene un nombre en español, japonés u otro idioma. Así también debe haber un nombre para ese momento en que reconoces y aceptas a ese tú, dentro de ti. Ese que alguna vez decidió quedarse leyendo en casa o disfrutando el silencio en vez de ir a la fiesta y al que otras veces obligaste a hacer lo que no quería. Me refiero a ese momento en que te sientes en paz con las decisiones que hicieron esta vida y estas desvidas.

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