Apegos dulces y feroces


Alberto Alcocer / @beco.mx

“Mi dolor es tan grande que no me atrevo a sentirlo” dice una demoledora línea en la novela Apegos feroces de Vivian Gornick (Sexto Piso, 2019).

La frase la dice la madre de la autora y protagonista del relato, cuando se refiere a la muerte del marido ocurrida décadas atrás.

Lo terrible, pienso yo, es que quien no se atreve a sentir el dolor con toda intensidad tampoco se atreve a sentir el amor o el gozo con plenitud, ni ninguna otra de las emociones de la experiencia humana.

El dilema de Vivian Gornick es el dilema esencial de la psique humana: ¿con qué parte de la identidad de nuestros padres elegimos conectarnos? ¿por qué repetimos patrones de relación o incluso destinos trágicos con una ceguera escalofriante?

Hay un sistema familiar detrás de cada una de nuestras decisiones, un sistema tan poderoso y avasallador que se nos puede ir la vida sin ser capaces de mirar el tiroteo que nuestra familia ha ejecutado delante de nosotros. A veces tampoco podemos ver el manto amoroso con el que nos cubren.

Ser humano es complicado, vincularse y desarrollar una identidad al interior de una familia es delicadísimo.

Vivian tiene una madre rígida, contenida en lo referente a su feminidad y sus emociones, seria, pero responsable y cuidadora, una Hera: esposa ejemplar, mujer intachable. En el panorama de Vivian aparece una vecina que representa otro modelo de mujer, una que podríamos llamar Venus: seductora, deseosa de relacionarse con los hombres y medir el poder de su sensualidad; bella, débil, gozosa, carnal.

La pequeña Vivian intuye que esas mujeres, su madre y la vecina Nettie, le están mostrando dos caminos opuestos a elegir; ser la viuda intachable que no vuelve a permitir en su vida la cercanía de un hombre, o ser la mujer sensual que explora la compañía masculina.

Inevitablemente, leer a Vivian Gornick me hizo pensar en las mujeres que fue mi madre. Crecí escuchando la admiración que sentían por mi madre quienes la rodeaban: una mujer sola que se hacía cargo de ocho hijos y los tenía bien educados (más o menos, digo yo, por bien educados entendamos que podíamos decir “por favor” o “gracias” y que pedíamos permiso antes de entrar a una habitación; nada espectacular). Una mujer, en fin, con características del modelo de la madre de Vivian.

Pero, aquí viene el precioso nudo que pude desentrañar luego de leer la novela: mi madre también era la otra mujer, una Venus seductora y capaz de enamorarse, de portarse mal, de disfrutar.

Hará cosa de un par de semanas que vino a quedarse a mi casa. Mi madre con sus 73 años y sus vivencias a cuestas, con sus carcajadas, con sus historias.

Acurrucada en un sillón contó que cuando tenía siete años, su madre (mi abuela), la mandaba a robar mezcal sorbiendo con la manguera del alambique para luego verter el líquido en una botella que mi abuela vendía y así conseguir dinero para las cosas que necesitaban y que se procuraban a escondidas del esposo de mi abuela, un viejito cabrón que fue padrastro de mi madre y que las tenía a pan y agua en un remoto pueblo michoacano.

Lo platicó divertida con la travesura, enternecida por haber sido cómplice de mi abuela.

Al padre de mi madre lo mataron a tiros cuando ella era una bebé de meses. Luego esa bebé creció y la vida le deparó incontables pérdidas: el asesinato de su hermano, la muerte de un hijo, el doloroso accidente de una hija, una brutal separación de mi padre.

Luego la vida fue componiéndose poco a poco y mi madre eligió apegarse a la esperanza. Tremenda elección. Lo escribo y tiemblo, soy consciente del invaluable regalo que vino para mí con la decisión vital de mi madre.

El frío arreció en el sillón junto a la ventana de mi casa, le ofrecí una cobija, se aferró a su taza humeante de té jazmín. Entonces habló de cuando se robaba un puñito de dulces envueltos en papel celofán y los escondía en sus calzones porque no tenía más. Era una niña. No se justifica, no se compadece, se ríe, elige el apego dulce.

Sé, sin embargo, que la tragedia de su vida vino cuando se incendió de dolor con el accidente de mi hermana y sus quemaduras de tercer grado. Una parte del corazón de mi madre también se fundió en ese accidente, aún así la otra parte empujó con vitalidad de bestia indomable.

Hoy es 20 de diciembre, hace tres años que vi por primera y última vez a mi padre, murió poco después. Ese día mi madre me hizo un regalo, me acompañó a visitarlo. Estuvo presente y así me dio una visión, una imagen: pude mirarlos juntos y entender de dónde vengo, atisbar el origen de mis apegos dulces y feroces.

Integración, se llama el milagro que ocurre cuando reunimos nuestros pedazos de identidad. O así dicen en psicología. Quién sabe. Lo que sí sé es que ese día supe que mi madre no me ponía ante la disyuntiva de los dos caminos sino que me daba permiso de transitarlos ambos a mi antojo.

Mi madre se ha atrevido a sentirlo todo, ha viajado conmigo al infierno y me ha llevado de la mano a incontables paraísos. Con los años se ha convertido en narradora de la dulzura, siempre elige recrear los mejores pasajes: cuando se enamoró de don Rogelio, cuando probó por primera vez los merengues, cuando por fin la sacaron del colegio de monjas maltratadoras y pudo respirar libremente.

A veces, negarse a sentir el dolor, es negarse también a sentir la plenitud del gozo.

Voy por un dulce a la cocina que, por Fortuna, tengo permiso para disfrutar.

@AlmaDeliaMC

12 respuesta a “Apegos dulces y feroces”

  1. Me identifico una vez mas. Me he limitado en mis duelos … incluso en los de la pérdida de mis padres. Siento no haber llorado ni sufrido en la misma medida de la importancia que fueron en mi vida. No hay duda que fueron la cosa mas grande y dolorosa que he vivido. Un elektra que se rompía y reparaba. Mi papá fué muy ojo alegre y eso me dolía… Yo una hija consentida por él y caprichosa con mi madre quien no tuvo mas opción que darme de golpes cuando la hartaba. Siempre creí q no era hija de ella y que mi papá me había llevado a casa producto de un amorío. No se cuando comencé a amar a mi madre profundamente, quizá cuando sentí pena por todo su afanar y sufrimiento al lado de mi padre y las miserias que padecíamos cuando no teníamos las reuniones llenas de armonía al encontrarnos con la familia. Vivimos llenos de contrastes.
    Ya perdí a los 2 murieron tan rápido como la vida que viví con ellos …
    Me enseñaron a cantar a pelear y amar. A odiar … a veces. A luchar y ser fuertes … me separé de ellos cuando tenía capacidad de comprenderlos y enfermaron cuando ya no tenía capacidad de atenderlos …
    Tal vez por ello me he negado a sentir el dolor que me causó las partidas de ambos primero ella y años después él … y ahora entiendo por lo q tu escribes que quizá eso no me permite sentir la plenitud del gozo…
    Quisiera tener valor para sufrir su ausencia … tal vez sería después…más felíz con los momentos q se supone debo serlo…

    1. Hermoso texto, sistémico. Que bellos momentos los que regala tu relación tu madre y que gran mensaje, el aprender a aceptar los distintos sabores de la vida. Recibe un gran abrazo.

  2. Bien lo dijo Paul Sartre: «Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros».
    Es cierto, nos van moldeando las circunstancias, las creencias y la cultura de nuestro entorno. De pequeños entendemos la vida desde las acciones de nuestros padres, así relacionamos el amor y lo entendemos: desde el discurso materno, sobre todo; nos vamos formando una idea de quienes somos y cómo es que funciona el mundo. Pero es una perspectiva muy obtusa que hay que abrir desde el autoconocimiento, de la introspectiva, de buscar adentro nuestro y elegir no seguir el camino si es que nos lleva a la infelicidad. Romper los patrones de conducta y las historias que a menudo se repiten si no tomamos conciencia de ello.

  3. Excelente relato. Me hizo recordar a mi madre, que de la misma manera ha teñido duelos sucesivos pero he agradecido a la vida que hice a pesar del sufrimiento. Ella, ahora tiene 74 años, me visita cada sábado y yo la gozo porque sé que su vida sido difícil pero que tienen esperanza. Amo que me cuente historias de su infancia y sé que se enamoró a las 45 0 50 años pero no me ha contado.

    Gracias Alma Delia.

  4. Es interesante y enigmático que hay personas que piensan que su vida no tiene relación con la de sus padres, abuelos, tíos. La vida emana de la vida y nuestra vida emocional emana de la de nuestros ancestros. Conocer la vida de nuestros padres y abuelos es conocer nuestra vida. Aprender a amarlos es otro asunto que a veces es muy difícil.

  5. Algo sobre la existencia y la vida familiar que te forma y deforma. Es cierto que saber del gozo es saber del dolor…pero este es huérfano nadie lo adopta como forma de vida. Em cambio todos queremos gozar y vivir placentera y felizmente. ¿ Porque regresamos al dolor? Para conocer nuestras raíces quizás. ¿ Conocernos es saber de nuestros dolores?

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