posmodernos y jodidos

Belleza salvaje

Tú no lo sabías pero tu cuerpo no era tuyo. Tu rostro de niña tampoco.

Tú no lo sabías, pero esa sonrisa única y esas cejas portentosas iban a desaparecer porque eras la infantil promesa de una belleza salvaje.

Madonna cantaba Like a Virgen y había que parecerse a ella, algún día. O a Michelle Pfeiffer. O a Brooke Shields. ¿Pero cómo ibas a lograr semejante milagro si habías nacido latina, bajita, caderona, toda cejas, bigote y pelo negro?

Tu adolescente y recién nacida conciencia occidental se horrorizaba con las notas de National Geographic donde contaban que a las niñas africanas y orientales les perforaban los labios, les tatuaban las manos, les practicaban ablaciones del clítoris.

Te dolió más la sangre de la primera vez que te depilaste el bigote con cera que la sangre de tu primera menstruación. Tú no lo sabías pero te dolería más la primera vez que alguien insistiera en que debías dejar de comer que el primer apretón que el dentista le dio a tus brackets. Te corrigieron la mordida, eso dijeron.  Pero era lo de menos, tú sólo querías tener una sonrisa estándar, graciosa, con dientes blancos y parejos que aparecieran en primer plano en tus fotografías.

Te llevaron al nutriólogo, al gimnasio, insistieron en que debías perder peso. Lo intentaste todo. Hasta que un día lo lograste, por fin estabas flaca.

Inventaste tu propia dieta a base de café, chicles de menta y cigarros. Funcionaba.

Tampoco ibas a rendirte con esos pelos indeseables. La cera caliente quemaba, la máquina de afeitar daba tirones, las navajitas de rasurar a veces cortaban… entonces descubriste la electrólisis. Una aguja entrando en cada folículo de tus vellos no debía doler tanto, podrías resistirlo. Funcionó.

También funcionó la dieta que hiciste bebiendo jugos frutales durante un mes antes de tu boda para que el vestido te quedara perfecto. Tú no lo sabías, pero pronto volverían los kilos tan pesados como el tedio de tu vida de pareja y tras el divorcio, se irían de nuevo. La esofagitis no se fue; tantos años bajo el régimen de café, cigarro, jugos gástricos y desencanto matrimonial dejaron su huella permanente.

Un día les mentiste a tus hijos, dijiste que ibas al gastroenterólogo pero fuiste a probarte los implantes mamarios de la cirugía estética que estabas programando.

Tú no lo sabías, pero experimentarías un dolor que ni el del parto. Tus pezones removidos y vueltos a colocar tensaban la piel y las costuras supuraban. Cómo dolía. Las primeras semanas respirar era el infierno.

La inflamación tardó medio año en ceder y tuviste que someterte a masajes insoportables durante seis meses. Cicatrizaste mal. Te resignaste a esas marcas oscuras que se expanden bajo tus senos. Los implantes te provocaron dolores de espalda que el ortopedista llamó crónicos. Pero es que tú no lo sabías cuando te imaginaste con tus tetas nuevas metidas en aquel vestido negro matador que llevaba un año esperando en tu clóset.

Kim Kardashian. Ahora había que parecerse a ella. Ya no a Michelle Pfeiffer. Ahora a Jennifer López que no parece de cincuenta aunque los tenga o a Eiza González que no parece latina aunque lo sea. O a otra que pronto deslumbrará con sus fotografías en Instagram para herirte la identidad de nuevo.

Es que la belleza no da tregua. Pero eso tú no lo sabías.

Luego el infierno se abrió bajo tus pies: desajuste hormonal. Pasabas los cuarenta años y volvías a ser gorda aunque sólo comieras pollo hervido y lechugas. Qué injusto. No. No ibas a permitirlo.

Vinieron las sesiones de cavitación, esas que prometían eliminar la grasa abdominal con ultrasonido local y que te dejaban llena de dolorosos moretes, pero con menos centímetros. Y también con menos dinero. Saturaste tus tarjetas de crédito hasta que reventaron.

Volviste a las dietas pero no podías sostenerlas más de una o dos semanas cuando ya estabas tirada en el piso de la cocina devorando panes, chocolates, metiéndote a puños las papas fritas en la boca, resoplando como un jabalí. Muerta de ansiedad. Muerta de hambre. Muerta de vergüenza. Tú. A tu edad. Haciendo eso.

La persecución salvaje volvería a dar un giro: ahora había que parecerse a Chloë Moretz y a Zendaya ¿cómo vas a lograr semejante milagro si ellas tienen veinticinco años? Tú estás ya muy cerca de cumplir cincuenta. Y es cada vez más difícil huir de la caza.

Piensas en tu carita de cejas portentosas y tu sonrisa imperfecta, ahora las extrañas.

Pero eso tú no lo sabías. Corre. ¡Corre!, que esto no ha terminado.

*

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Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

3 Comments

  1. Valiendo madre!!.. un cuento de nunca acabar…
    Asi de ese tamaño es el flajelo ….dietas y mas dietas hasta que la vejez las separe..
    Hollywood, el culpanle?

  2. «Vayapordios»… menos mal que el humor ha quitado dolor a la cosa.
    Un abrazo grande.

  3. raul oviedo

    el vestido «maton» negro,,jajajaj

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