posmodernos y jodidos

Amor parece

¿Esto también es amor? Se pregunta ella cuando se descubre mortalmente aburrida de las frases simples que su marido, intentando ser amoroso, le dice como si repitiera la receta para preparar una simple sopa. Ese "Te quiero, nena" o "Buenas noches, cariño" dignos del más anodino memorándum administrativo le saben a la peor de las afrentas y se siente todo, menos amada.

Es que los años de matrimonio estable y pareja ejemplar hoy la asfixian como si tuviera una placa de metal incrustada entre los pulmones y apenas puede inhalar el aire con aroma doméstico de la recámara donde pasa las noches desde hace diez años con su marido al que ¿ama?

El hombre que cambió de ciudad para mudarse a vivir con ella porque quería complacerla aunque tuviera que dejar la piel, los huesos y el origen y al que alguna vez miró como su héroe personal ahora le resulta tediosamente ordinario. Un niño que necesita reafirmación y aprobación sin cesar, y que se entrega a los videojuegos para “desestresarse”: es una imagen ulcerante que le hace preguntarse dónde diablos quedó aquel hombre del que alguna vez se sintió tan enamorada.

La pancita esponjosa cultivada a base de cerveza, la repetición ad nauseam de las mismas anécdotas, las deslumbrantes frases o inteligentes conclusiones que le roba a ella y que pronuncia delante de los amigos como si las hubiera concebido él mismo, su uso del “nosotros” para referirse a las cualidades de ella: “nosotros preparamos una paella buenísima” o “nosotros vemos películas de cine mudo porque nos encantan…” La paella la preparo yo, piensa ella. Y de cine mudo este hombre no sabía nada hasta que me conoció.

Todas esas cosas de él ella las odia pero al no tratarse de un odio limpio, poderoso y determinante sino pastoso como la cotidianidad; no toma la decisión de dejarlo e incluso, a veces, se le ocurre que eso también es el amor.

Pero es que odia la playera de la selección argentina con el número 10 que él destinó a formar parte del pijama más ridículo jamás diseñado: la leyenda Messi, unos desvencijados calzones tipo bóxer a rayas y, cuando hace frío, calcetines; ¿cómo se hace para conservar las ganas de coger luego de pasar tantas noches delante de semejante espectáculo anti-sexual?

Aborrece su incesante ataque a las botanas en todas las reuniones  y la forma en que se tira los cacahuates a la boca como changuito de feria para hacerse el divertido frente a los demás pero una vez que se quedan solos podría ganar el premio al tipo más aburrido del mundo; sus deslucidas botas de montañista con las que quiere parecer más salvaje y menos domesticado y que tan inapropiadas resultan para cualquier evento.

Sus manías. Todas. Tantas. Particularmente las orales. Decir vinito en lugar de vino, chasquear la lengua al hablar, masticar haciendo un ruido obsceno.

Y saber, también, que él siempre estará ahí, que cuenta con su lealtad a prueba de fuego y que con él construyó un refugio al que puede volver después de cada jornada. El buen humor y la facilidad con la que él prepara esa omelette de espinacas los sábados y que lleva a la cama para que ella duerma otro rato. Los abrazos con los que la tranquiliza como nadie más puede hacerlo.

¿Eso también es amor? Cuesta responderse, amor parece pero quizá no es, será otra cosa, una muy buena y estable, piensa ella mientras dobla la playera de Messi para ponerla debajo de la almohada derecha que es el lado de la cama donde él duerme desde hace, ¡por Dios!, una década.

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Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

8 Comments

  1. Azucena Anaya

    Me encantó!

  2. Yo nunca le digo palabras amorosas, no soy caballeroso soy muy corajudo, todo me molesta, pacas veces río no me gusta la tv, no me gusta la música, bailo a la fuerza y ya con la edad me he vuelto muy bruto, y seguimos juntos, salimos de viaje 2 veces al año eso que será, llevamos 35 años juntos, pero ahí le va lo mío: yo barro y trapeo, limpio, sacudo, lavo y plancho la ropa mía de mis hijos, arreglo los desperfectos de luz, agua, drenaje, le ayudo ha hacer comida, picar verdura o cebo ya soy feo en todos los aspectos y seguimos juntos, que al guíen me diga que es esto

    • Jajaja, ay, me has dado en el corazón, José Pablo… no sabría decirte qué es eso, pero 35 años son muchos años y deben entrañar mucha ternura y valentía. Te mando un abrazo.

  3. Es cebolla, hasta en esto soy malo

  4. Titina Moreno

    33 años… Y sí, hace un ruidito molesto cuando toma café. Deja las luces prendidas a su paso. ¡No cuelga los ganchos!… Pero, no cambio sus abrazos. No dejaría por nada sus apapachos. Ni su mirada…

  5. Ricardo Bada

    Hola, taruguita querida: Hace muchos años, en una serie de aforismos, incluí el siguiente: «El amor es envejecer juntos, dominando todas las veces los ocasionales deseos de retorcerle el pescuezo a tu pareja». Unos veintytantos años después, para mi mayor sopresa, la hija menor de mis vecinos (a la que vi crecer con mis hijos desde chiquita hasta hacerse mujer hecha y derecha), me anunció que se iba a casar y quería pedirme permiso para incluir ese aforismo mío en la invitación a su boda. Pasada la sorpresa, lógicamente se lo concedí. Tras haberlo pensado detenidamente, su decisión me pareció la de una persona con visión de futuro. Vale.

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