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Derecho a no ser feliz.

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De una cosa estoy segura y es que todos estamos rotos. 

Todos. 

Cuánto bien nos haría asumirlo, aceptarlo, acariciar nuestras grietas cada día y saber que las llevamos con nosotros a dondequiera que vayamos. 

Y nos haría bien porque así, sabiendo que estamos rotos, estaríamos más completos. 

De todas las masacres que vamos cometiendo en estos tiempos de tener más, ganar más, vender más, vociferar más y vivir menos, hay una que me cala hasta el fondo del alma, que me perturba: y es esa perniciosa y mortífera idea de que tenemos la obligación de ser felices.

Felicidad, esa etiqueta de marca que parece ser destino de todos consumir. Con su inseparable campo semántico posmoderno: éxito, bienestar, salud y longevidad. Lo leo y no puedo más que ver una caricatura de la humanidad.

Recuerdo cuando nos enteramos del suicidio de Robin Williams, escuché una de las barbaridades más vergonzosas que puedo registrar en mi memoria. Un personaje de esos que llamaríamos público y con cierta influencia social cuestionaba, pletórica de indignación, el hecho de que Robin Williams se hubiera suicidado porque, desde su perspectiva, no tenía ningún derecho a quitarse la vida, pero sobre todo; no tenía ningún pretexto para no ser feliz. ¿Cómo alguien con toda la fama, el éxito, el dinero y la aceptación que él poseía podía sentirse infeliz? y todavía agregó —en el súmmum del enfado— que le daba coraje saber que mujeres como Angelina Jolie o Catherine Zeta-Jones sufrían episodios depresivos.

¿Cómo se atreven si lo tienen todo? 

Algo me quemó dentro al escucharla: qué profunda falta de respeto, pero, sobre todo, qué absoluta mezquindad la de alguien que pretende que los demás construyan su vida sobre los mismos códigos en que uno la fundamenta.

Se necesita ser pobre de espíritu para pensar que ser feliz es tener fama, dinero, “calidad de vida” y bienestar.

Como si fuera tan difícil entender que la fama no es más que otra forma de soledad. O que la felicidad y el bienestar no son sinónimos ni son conceptos similares, es más: ni siquiera son conceptos colindantes. 

De hecho el bienestar puede ser más corrosivo y peligroso de lo que en general admitimos porque nos puede quitar el hambre por vivir, por sentir, por buscar. La comodidad nos puede anestesiar el alma. 

Una y otra vez.

Atrincherados bajo los principios de felicidad, éxito y bienestar podemos asordinar las dudas, las carencias, la frustración, la muerte de un matrimonio que sostenemos  aunque sea un cascarón resquebrajado y vacío, el trabajo en un lugar que nos consume pero que protege bien nuestro miedo a descubrir quiénes somos… tantas cosas.

Alguien me recordó hace poco una frase de Cioran que dice que antes moríamos de nuestras enfermedades pero ahora morimos de nuestros remedios.

Qué visionario era. Y cuánta razón tenía.

No deja de ser escalofriante el mensaje que se esconde detrás de los mal llamados payasos tristes, de tantos personajes legendarios dedicados a la comedia consumidos por la depresión, la soledad, la sensación de no pertenencia: desde Charles Chaplin hasta Jim Carrey pasando por el gran Buster Keaton y nuestro entrañable Tin Tan que por algo bebía tanto, el alcohol es un ansiolítico efectivo.  Por ahí cruza también el sufrimiento de los atletas, nadie podremos imaginar nunca lo que le pasa al espíritu de alguien que vive para llevar a su cuerpo a superar todos los límites de seguridad.

Pienso que el carácter de la máscara es inversamente proporcional al espíritu que esconde. Exactamente el opuesto: la careta de felicidad desbordante suele revestir una honda tristeza, el antifaz de exitoso suele esconder a los individuos más inseguros, la máscara de inquebrantable es el maquillaje de los que nos morimos de miedo y la de aceptación o popularidad digital resguarda bien a quienes en realidad se sienten desesperadamente necesitados de reconocimiento. Hacemos lo que sea con tal de pertenecer, incluso dejar de pertenecernos a nosotros mismos.

Según la Organización Mundial de la Salud, para el año 2019, cada 40 segundos se suicidaba una persona en el mundo. «Pese a los progresos, cada 40 segundos alguien se suicida», declaraba el Director General de la OMS, Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus. Y las causas apuntan a sensación de fracaso y no pertenencia.

Tal vez si dejáramos de sentir la presión por ser felices, la obligación de ser exitosos o dignos portadores de la medalla de «lo hice bien», entenderíamos mejor el gozo de la vida. Y el gozo de la vida no es la felicidad, es algo inabarcable, es un espacio infinito en donde caben todas las experiencias, incluso las más espantosas. El gozo es un pedacito de eternidad dentro de cada uno, además amorfo y probablemente feísimo pero hermoso al mismo tiempo. Y único.

La felicidad ha de ser un invento de Walt Disney, de Sony Entertainment Television, de la banca comercial o del partido político en turno; un invento grotesco que sonríe y viene dotado con una guadaña bien afilada para cortarle la cabeza al que no exhiba la misma sonrisa triunfadora, bonita y perfecta.

No nos sometamos a semejante mentira.

La belleza es terrible. El amor es una herida. El gozo es aterrador. Y la vida no sería tan hermosa si no doliera tanto, y no dolería tanto si no supiéramos que es sólo una. 

Y me lo repito porque creo que recordarlo me ayuda a mantener limpia esta certeza: la de defender con la piel el derecho a darle la espalda a la jauría de sirenas posmodernas que cantan para convencernos de que sólo hay un camino posible para transitar la vida: el del éxito y la felicidad. 

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Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

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