De la oscuridad a la luz y viceversa

Estos cuentos tienen humor negro, lucidez, soledad y desesperación.

Cuando entrevisté a Alma Delia Murillo, desde luego, el arranque de la conversación fue el encierro, la pandemia, cómo lo estábamos viviendo. Sin embargo, ese tema tenía mucho que ver con su nuevo libro:  “Cuentos de Maldad (y uno que otro maldito)” (Alfaguara 2020), porque, varios de ellos parecen ser premonitorios de cómo enfrentamos esta adversidad que estamos viviendo todos.

Y es que, en estos cuentos hay acidez, hay humor negro, fino, hilarante; hay soledad y desesperación; hay sutileza para hablar de las mayores bajezas de la condición humana de una forma que hace al lector, asomarse a los abismos de su propia oscuridad, de su propia sombra. En estos cuentos, como su nombre lo indica, hay maldad.

Y justo a través de esa maldad es que, irónicamente, encontramos esperanza o justicia, fe en la humanidad nuevamente, porque la lucidez con que Alma Delia Murillo, ironiza sobre el godinato, la literatura, “Los Escritores”,  los absurdos de la vida cotidiana, nuestras aspiraciones clasemedieras para tener “calidad de vida”; el uso que hacemos de la tecnología a nuestro alcance;  la forma naíf en que nos sumergimos en esta posmodernidad basada en el “deber ser” en “lo que tienes que probar y tener para ser exitoso” “para no ser un fracasado”, “para no ser unos jodidos” y que exponen nuestras ridiculeces y un largo y divertido etcétera; todo ello nos lleva del lado más profundo de nuestras sombras (nuestro lado oscuro) al grado más luminoso de nuestras posibilidades, a nuestra cara buena del mundo.

“Sí, no es fortuita esa frase de Pessoa (uno de mis escritores predilectos) de su libro La hora del diablo, que utilizo como epígrafe del cuento Diablo frágil:  “corrompo pero ilumino”; porque los seres humanos no somos seres unidimensionales, sino que frecuentemente nos enfrentamos a disyuntivas y dilemas que nos enfrentan con la cara de la maldad, con la cara del diablo, y otras, esa maldad nos puede llevar al lado iluminado de la justicia”, me dice Alma Delia, vía telefónica, que es la forma en que el coronavirus nos da libertad de platicar.

Y es que, justo, en ese cuento, el personaje no está seguro de ser buena persona. Pero en realidad, en esta posmodernidad en la que vivimos, creo que ya nadie está seguro de serlo. De ahí estos 20 cuentos que giran sobre tres principales ejes: “el humor negro -que hace soltar carcajadas por momentos- pues estoy harta de que todo el tiempo e hipócritamente, sólo hablemos de lo “políticamente correcto” y nos hemos olvidado de decir realmente lo que sentimos; por eso en estos cuentos hay personajes, sobre todo los femeninos, llenos de independencia, de fuerza, de pulsiones sexuales y eróticas que van en contra de “como debe comportarse una dama”. Muestra de ello son los cuentos: La mesa de siempre, El dedo de Dior o Madre ejecutiva.

El otro eje tiene que ver con la venganza, “aunque sea una venganza desde la ficción pero que lleva a una justicia, aunque sea poética, pues en este país, donde la realidad supera a la ficción, y hay tantos niños y niñas desaparecidas, o tantas mujeres asesinadas; los personajes de estos cuentos llevan a cabo venganzas que van desde la sutileza de “beber agua de tristeza” y no dejar de llorar por los cadáveres de los niños muertos; hasta Jackie, la repartidora de comida que ha jurado que, por cada mujer asesinada, ella cobrará la vida de un hombre al que le reparta su cena a domicilio”, aquí los cuentos de Jackie, El agua encuentra su cauce, encuentran su tema.

Y el último eje, de estos “cuentos retorcidos”, es el golpe de realidad que da el hecho de que estamos tan inmersos en este “estilo de vida” que, “no nos damos cuenta lo que piensa el otro, nuestro prójimo, porque la tecnología ha desgastado, también, nuestra forma de relacionarnos y de creer que estamos conectados. Por ello no reparamos en nuestro compañero godín que está harto de las grises e inciertas promesas que el mundo corporativo le ofrece; o incluso de los posibles fantasmas reguetoneros y rockeros que como Romeos y Julietas posmodernos, regresan a consolidar el amor que su entorno les impidió; o esa mesa que esta enamorada del escritor que trabaja sobre ella”. Así lo leeremos en: El amor es eterno mientras duele o El ejercicio puede ser nocivo para la salud.

Estos cuentos están poblados también de desobediencia, como aspiración última de la libertad, para poder convivir mejor con nosotros mismos. “Lo difícil, no es ser una “buena persona”, sino “ser persona” para lo primero seguimos manuales o convenciones sociales y listo. Para lo segundo tenemos que aprender a convivir con ambas caras, la buena y la mala de nuestra existencia, y no todos nos atrevemos, aunque, si desobedecemos, todos tenemos la posibilidad de ser luminosos y oscuros al mismo tiempo”, me dice Alma entre risas: “tenemos que aprender a desobedecer más, a reírnos más”.

Y eso está reflejado en los cuentos de su nuevo libro, por eso es un libro necesario y, acaso por eso, me hace recordar, junto con la cita de Pessoa que ella evoca, la de Cortázar, que a mí vuelve: “Solo en sueños, en la poesía (o la literatura) y en el juego, nos asomamos a veces, a lo que fuimos antes de ser esto, que vaya a saber si somos”. Y también a emprender, mientras leemos estos cuentos, viajes de la oscuridad a la luz, y también viceversa.

Por ello, tal vez, la nota que deja, como un Posdata insoslayable, Alma Delia, al final de su libro: 

   “Sé, por los tiempos que corren, que más de una persona encontrará ofensivos estos relatos. Lo comprendo, pero no lo comparto.

Tampoco me disculpo y sostengo que la ficción es mi tierra prometida; el paraíso recuperado sobre el que puede reinventarse la realidad desde un lugar gozoso, lúdico, retorcido: humano.

Así que defiendo mi territorio creativo como defiendo que el sentido del humor es un antirrito que aparece en todas las culturas; un maravilloso rasgo de inteligencia humana que supone la capa­cidad de transgredir los valores más arquetípicos, fundantes y asfixiantes que necesitan ser cuestio­nados»

Y lo logra: pues definitivamente, después de leer estos cuentos, ya no seremos los mismos, en especial si los leemos durante épocas de Covid, que nos exigen rigidez y pensamiento lógico y único. Acaso este libro, es una posibilidad reveladora contra todas estas chingaderas que seguramente hemos vivido por más de 70 días… o no… pero al menos reiremos, y mucho.

Cortesía de editorial Alfaguara

El libro se puede comprar aquí: https://www.amazon.com.mx/Cuentos-maldad-uno-otro-maldito/dp/6073189389

Y aquí les dejamos el último cuento del libro:

Herido Dios

Sufro 

Bonitamente 

Líbreme 

Dios 

De los 

Malos 

Sufrimientos 

—Efraín Huerta 

Me duele la cabeza. Anoche Dios vino a cenar y se puso necio.  

Mi casa está destrozada, sobre todo la cocina que se ve como ciudad en posguerra. Ese cabrón. 

Pero la culpa es mía por andar de bocona. Anteayer por la noche, antes de irme a la cama, escribí: “Querido Dios, concédeme el milagro de la multiplicación de las botellas de vino tinto, el chocolate y los lectores. A cambio te daré lo que me pidas”. 

Vamos a ver ¿quién puede tomarse en serio semejante declaración? Pues sí, sólo Él. 

Así que se apareció con dos ángeles — guapísimos, por cierto. Yo estaba pensando en qué preparar para la cena cuando tocaron el timbre. Nunca recibo visitas y cuando llaman finjo que no estoy. Suficiente tengo con soportar mi humanidad como para tolerar otras y además en la intimidad de mi casa. 

No contesté y el timbre siguió sonando cada vez con más vehemencia. Yo seguí haciéndome pendeja cada vez con más vehemencia… hasta que escuché mi nombre. 

—Alma, soy Yo.

—¿Quién eres?

—Yo soy El que soy.

—Yo también soy la que soy y la que soy no espera a nadie. Dime quién eres o no abro.

Me asomé por la mirilla y me pareció distinguir a un vecino. Abrí. 

Ningún vecino, era Dios que entró como si estuviera en su casa y se sentó en mi sofá. Los dos ángeles se pararon delante de la puerta.  

—Vengo a cenar y a cumplir mi parte del trato si tú cumples con la tuya.

—Y qué quieres cenar. No creo que te interese una quesadilla ni una sopa instantánea. Digo, eres Dios.

—¿Qué quieres cenar tú?

—¿Yo? Costillitas de cordero y vino tinto.

Apenas terminé de decirlo los platos y las copas estaban servidos. 

Nos sentamos. Los ángeles seguían de pie. 

—¿Ellos no cenan? – pregunté.

—Los ángeles son formas puras y por eso no comen. No lo necesitan. —Pues qué ojete eres, mira que negarles ese placer.

—Justamente de eso quiero hablar contigo. Leí tu propuesta y estoy interesado en negociar.

Dios queriendo negociar conmigo y sentado a mi mesa. Casi escupo el vino con la carcajada que se me desparramó desde las entrañas.  

Pero pronto dejó de ser tan divertido. Dios también quería tres cosas: que liara un porro de mariguana para Él, que le leyera el Tarot y que le presentara a una amiga que no tuviera miedo al compromiso. Qué original, joder. 

Además, sólo teníamos hasta las dos de la mañana para cumplir cada uno con su parte del trato y eran poco más de las nueve de la noche. 

Conseguí la mariguana y le armé un cigarro bien gordo que se fumó sin invitarnos a los ángeles ni a mí. Mi lectura del Tarot no le gustó porque en todas las tiradas salió la carta del Diablo, pero en general estuvo bien. 

El verdadero reto era encontrar a una chica que quisiera comprometerse. Por más que repasaba los nombres de mis amigas no daba con ninguna que quisiera una relación seria. 

Él, que estaba cada vez más borracho y pacheco, empezó a tropezar con todo y a ponerse sentimental: que cómo chingaos iba a gobernarnos si Él no podía vivir nuestras pasiones. Que por qué carajos no lo habíamos diseñado como a los dioses de la mitología griega, con derecho a tener una esposa y a engañarla, con derecho a emborracharse, a cogerse a las esclavas. Que por lo menos lo hubiéramos pensado parecido a los Orishas de la religión yoruba y un divino etcétera, etcétera. 

Me rendí.  

—  Oye, Dios, tengo algo que decirte. Pude cumplir con dos de tus deseos, pero tenemos un problema generacional ¿sabes? Es imposible encontrar a alguien que quiera comprometerse, sobre todo si el compromiso es contigo. 

Pobre, tenía cara de animalito perdido. Le había llegado el monchis y necesitaba azúcar para recuperarse. Le ofrecí una bolsa de mis preciados panditas rojos. 

Entonces me dijo: 

—Yo también voy a fallarte. Nunca te faltarán el vino tinto ni el chocolate. Pero multiplicar a los lectores es un milagro que ni yo puedo concederte. Ya lo sabes, nadie lee.

Desapareció junto con los ángeles. Mi cava se repletó de botellas de tinto de las más diversas uvas y regiones, en mi alacena no cabe otra barra de chocolate. Y de los lectores, mejor ni hablamos. 

La cruda es desoladora.  

¿Ven? ¿Ven por qué bebo? 

AMILCAR OLIVARES.

Divide su tiempo entre su trabajo como vicepresidente de comunicación corporativa en Extrategia y su pasión por el arte, la literatura, la gastronomía, los vinos y destilados; escribe sobre ellos en diversas revistas como Gatopardo, Dónde ir, Life and Style, El Gourmet de México o La Guía de Marco Beteta.

@Amilcaracol

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