El mal del animal

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Treinta y seis años tenía mi madre cuando le vino el mal del animal.

Yo fui testigo en directo porque era muy pequeña y esa estrategia es la mejor para estar en lugares prohibidos sin que nadie lo note. Incluso ahí, abrazada a sus piernas sólidas y blanquísimas, casi marmóreas.

Mi madre se enamoró y yo la vi convertirse en animal. Lo juro.

El amor es una fiera con las fauces abiertas y quien no quiera perderse la oportunidad de sentirse vivo de verdad, tiene que dejarse morder. No hay alternativa. Siempre he encontrado fascinante el animalario que permea la literatura y la poesía. Desde El pájaro azul al que Bukowski le tira whisky y humo de cigarro para que no salga de su corazón hasta el tigre que desgarra por dentro al que lo mira y sólo tiene zarpas para el que lo espía del poeta Eduardo Lizalde; hay un mensaje ahí, un rito de pasaje, un poder que nos convoca: el olor de la sangre.

Pude oler la sangre de mi madre cuando se enamoró de aquél vecino soltero empedernido y menor que ella. Se puso más hermosa que nunca, más brillante, lúbrica. Y un poquito loca. Le dio por untarse polvos de colibrí y renovó su escasa lencería, le cambió la voz, la pisada, las huellas.

Este fin de semana estuve con ella, ahora es una mujer de setenta y dos años, delgada y liviana, con el cuerpo encogido —la vejez es un tiroteo— pero no han dejado de brillarle los ojos. Cuando la miro así recuerdo aquellos días en que, siendo una niña, seguí atenta su transformación en fiera amorosa. Cuánto me alegra tener la certeza de que mi madre vivió eso.

Dice Julia Santibáñez en Eros una vez (Seix Barral, 2017) en el poema Génesis:

como perra gata zorra en celo recuerdo jugar

en el jardín señorear machos jirafearme

montar leones engorilada y caballuna…

Esa era mi madre. Señoreaba al macho, montaba al león y a mí me mataban los celos infantiles pero al mismo tiempo la intuición me decía que estaba presenciando un misterio, algo sagrado.

La mujer de más de setenta años que comía ayer frente a mí me dio un mensaje con aquella mujer de treinta años que también fue: la pasión está permitida, el amor no se trata de “la persona correcta” sino de esto. Sentir está permitido, aunque duela.

A menudo recuerdo un texto de Stephen Grosz (The Examined Life) donde narra la experiencia de un médico que, trabajando en una leprosería, descubrió que las deformaciones de los leprosos no eran consecuencia propia de la enfermedad, sino el resultado de no sentir: insensibles ante las heridas, los pacientes podían dejar que se infectaran y se les cayera la piel en pedazos. “Cuando conseguimos no sentir nada, perdemos el único medio que tenemos de averiguar qué nos hiere y por qué”. Ese es el remate brutal en el episodio de la leprosería.

Siento escalofríos cuando pienso en ello. Todo lo que hacemos para no sentir en tiempos de paraísos anestésicos, ahora que humanizamos lobos y perros en lugar de afilar al propio animal que cada uno somos, entregados por completo a esta hipocresía civilizadora que blanquea los dientes, neutraliza el veneno, pule las garras y convierte en osito de peluche al amor, esa enseñanza fiera de la que tenemos tanto miedo porque precisamente podría volvernos más humanos. No queremos experimentar emociones sin domesticar, queremos la medianía de lo correcto.

Pero es que sólo en el amor somos depredador y presa, sólo en el amor queremos matar y al mismo tiempo mostramos el cuello como lobos rendidos al alcance de un te amo que podría ser más letal que el disparo de un Remington de caza bien cargado.

Leyendo la espléndida novela El Salvaje de Guillermo Arriaga (Alfaguara, 2016) volví a pensar en mi madre, en cuando fue animal. El Salvaje es una historia de amor que huele a sangre, a cacería del alma, que se queda en la piel luego de olfatear la huella del lobo que persigue Amaruq y la vitalidad desesperada del amor de Juan Guillermo que se espesa con el deseo de venganza.

Vuelvo a mi madre que no ha leído más libro que la Biblia y que jamás leerá un libro mío porque, gracias al cielo, mi madre eligió ser mi madre y no mi lectora.

Esa mujer amorosa que se plantó ante la vida a dentelladas y que una noche salió a encontrarse con su amante a un terreno baldío de la colonia popular donde vivíamos. Seguí la huella para espiarla. Miré hasta el segundo preciso en que supe que no toleraría más y regresé a casa corriendo, con mi pequeño corazón infectado, mordido ya por la fiera. Junto a todos los recuerdos resecos que tengo de ese barrio devastado que es el Estado de México, tengo también ese momento vibrante, perturbador y luminoso.

Mi madre, la de ahora, me pregunta si está bueno el arroz con leche que preparó para complacerme. Me levanto y la abrazo, digo “gracias”. Tal vez piense que se lo digo por el postre o tal vez sepa exactamente por qué lo hago, algo me dice que el olfato de madre no se pierde sino que se afina con los años.

Luego vino lo inevitable: la separación de los amantes.

Un día paró en seco el terremoto, la estampida de búfalos que la acompañaba al cerrar la puerta después de salir se marchó para siempre.

Y la vi batallar consigo misma para superar aquello. Por las noches lloraba bajito, cosía mi ropa y la de mis hermanos, inventaba caldos y guisos en los que reutilizaba hasta las cáscaras de papa del día anterior. Su duelo transcurrió entre ollas hirviendo y jornadas extenuantes de trabajo. Una mañana limpió los cajones de su tocador y los sobrecitos con polvo de colibrí desaparecieron de la casa. Y nunca más la oí llorar. Había sobrevivido.

Mientras doy la última cucharada al arroz con leche, pienso que me gustaría entrevistarla, que me contara los detalles de aquel episodio, que me hablara de mi abuela, otra que montó bestias y acarició carneros con nombre y apellido en su pueblo michoacano.

Pero conozco bien la respuesta: dirá que no, que yo y mis cosas y para qué tantos libros.

Y no la culpo porque lo cierto es que también yo —como ella y como Borges— prefiero buscar al otro tigre, al que no está en el verso, al que muerde y endulza para arrancar jirones del cuerpo. Y del alma.

*Texto originalmente publicado en El Cultural de La Razón.

Oscuras y divergentes

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Las mujeres matan menos, es verdad. Pero no sería aventurado decir que matan mejor.

Todos los registros de criminalística coinciden: cuando una mujer se convierte en asesina serial, lo hace con mayor desapego y limpieza, tiene la paciencia de esperar por años para cometer el siguiente asesinato y descubrirlas toma el doble de tiempo que lleva descubrir a un asesino. 

Vale la pena revisar el libro —ya empiezo con mi tiroteo de títulos, “Murder Most Rare. The Female Serial Killer” de Kelleher y Kelleher. Ahí se analizan varios casos no concluyentes pero sí muy ilustrativos. Perdonen el mal gusto del último adjetivo en tremendo contexto pero es que una es así, maleducada.

Será porque el mero hecho de ser mujer constituye una coartada social inmejorable: se piensa que las mujeres somos por naturaleza personas que cuidan y protegen. No que asesinan; menos en serie y con método, con frialdad y por objetivos puntuales. 

O será que cuando no queremos ver un fenómeno, no lo vemos. 

Sé que voy a entrar a un tema oscuro, pero fascinante.

Crecí en un internado rodeada de cientos de niñas. Mis primeras experiencias sociales se construyeron con ellas. Padecí, en carne propia, la sofisticada crueldad de la que somos capaces las mujeres desde pequeñas. Es una verdad que está ahí aunque sea de lo más incómoda.

A pesar de todo, en el terreno de la realidad podemos decir que sobre el tema hay pocos estudios porque se considera que la incidencia de mujeres asesinas es mínima y porque una mirada patriarcal también pasa por desestimar la capacidad destructiva de las mujeres. Vaya ironía.

Pero en el terreno de la ficción y la literatura, bendito remanso, la historia es otra. Hace un par de noches leí Sharp Objects (Heridas abiertas en español) de la escritora Gillian Flynn, la misma autora de la exitosa Gone Girl (Perdida); ambas en editorial Random House. 

Leí Sharp Objects luego de haber visto la serie en HBO. Es absolutamente sobrecogedora. La mirada humana con la que poco a poco Flynn va desentrañando a los personajes provoca un desasosiego que no se va nunca. Intentaré resumir la trama sin revelar las claves: una reportera alcohólica que se autolesiona porque no superó nunca la muerte de su hermana pequeña, tiene que regresar a su pueblo natal para cubrir la noticia de la desaparición de un par de niñas; ello la obliga a convivir con su insoportable madre y también con su nueva media hermana, una adolescente manipuladora. Lo que se teje entre esas tres mujeres es de una profundidad, oscuridad y sutileza apasionantes. 

A Gillian Flynn se le acusa de misógina, era de esperarse con los tiempos que corren. Pero todo lo contrario: me parece que Flynn escribe sobre mujeres imperfectas que no necesitan redimirse, igual que tantos personajes masculinos que han llenado incontables páginas de la literatura, existen y punto. Son mujeres que —cuánto lo celebro—no se ciñen al estereotipo de la buena acompañante, no son la fiel esposa que apoya a su genial marido ni el florero que adorna una historia con su hermosa presencia; son auténticos personajes protagónicos, extraños, activamente detonadores de la retorcida historia.

Flynn me recuerda a la maravillosa Patricia Highsmith. La mirada que pudo echar sobre la sombra humana. Su obsesión con las pulsiones violentas, como alguna vez dijo, quizá nació de su determinación a sublimar para no convertirse ella misma en asesina porque tenía suficientes inquietudes para llegar a serlo. Gracias a esa obsesión, nos ha dejado una de las obras literarias más complejas y brillantes del siglo pasado. Amén de Mr. Ripley y toda la saga de ese logrado impostor, los personajes femeninos de los Pequeños cuentos misóginos (recuerdo especialmente “La prostituta autorizada o la esposa”) y Edith de El diario de Edith son de una realidad psicológica contundente.

Volviendo a la nunca aburrida realidad, el caso de Marybeth Tinning (Duanensburg, Nueva York), diagnosticada con Síndrome de Munchausen por poderes, empieza cuando la mujer pierde a su tercer hijo recién nacido. El nivel de atención que recibió se volvió adictivo para su psique y a partir de ese momento fue provocando muertes para revivir la experiencia de ser el centro de atención. Así engendró y asfixió uno por uno a sus hijos hasta llegar a ocho. Por increíble que parezca, la policía se tardó en sospechar pero finalmente lo hizo luego de tantos niños muertos. La propia Marybeth Tinning, cuando se vio acorralada, confesó que había matado a sus pequeños para vivir ese paraíso de mimos y cuidados que compulsivamente deseaba.

El caso de Marybeth no es único. Madres que provocan el malestar en sus hijos para sacrificarse cuidándolos hasta matarlos y luego recibir reconocimiento por la pérdida, se han documentado en distintos países y tiempos.

Hay un prototipo de asesina serial que llamamos “La viuda negra”; uno de los primeros casos, o quizá el primero conocido, es descojonante: Belle Gunnes, una chica noruega que llegó a EEUU a finales del siglo XIX para probar fortuna, se casó dos veces pero los dos maridos —mira tú— murieron justo en el plazo que le permitía a ella cobrar el seguro de vida; luego de esos primeros incautos descubrió un método infalible: apelar a la soledad de los forever alone que no son cosa de ahora. Belle ponía un anuncio en el periódico que decía así: Viuda joven, rica y atractiva busca caballero para una relación seria. 

O sea, el Tinder de la época. Y le llovían los necesitados, cómo no. Para aceptarlos como pretendientes les pedía que depositaran unos dólares a modo de entrada, no fuera a ser que quisieran aprovecharse de ella y su riqueza. Así amasó una fotuna interesante, compró una granja y vivió sus buenos años de bonanza. Cuando supo que la habían descubierto incendió ella misma su terreno y se inmoló en el incendio. La policía encontró los cuerpos de 28 personas (hombres en su mayoría pero también una mujer decapitada y niños) que la buena de Belle había enterrado en la granja próspera y llena de flores por su tierra fértil bien abonada con cristianos en su punto.

Quizá el caso real más escalofriante que puedo pensar es el de la Condesa de Báthory que allá del 1600 descubrió que la sangre humana sobre la piel era el mejor tratamiento de belleza e ideó la manera de desangrar a niñas y doncellas colgándolas en una jaula para colocarse debajo y recibir el baño rojo que la mantendría lozana y radiante. Alejandra Pizarnik escribió La condesa sangrienta a propósito de esta mujer que se considera inspiración de Bram Stoker para la creación del mismísimo Drácula. Hay registros históricos de que la Condesa de Báthory asesinó a más de seiscientas niñas y mujeres. Sí, leyeron bien, más de seiscientas.

¿No es peligrosa la ironía? A las mujeres asesinas las cubre un prejuicio social que les permite actuar: la certeza de que no son capaces de hacerlo.

Si en el prólogo de Frankenstein, Mary Shelley cuenta las dificultades para que le creyeran que la obra era suya y no plagio pues no daban crédito al hecho de que una jovencita desarrollara una idea tan horrorosa. 

En fin, esa resistencia a aceptar que las mujeres también podemos ser astronautas, futbolistas… o asesinas seriales. Hay cosas que no cambian.

Con el deseo de que duerman tranquilos, me despido. Y cierro con este verso de Sylvia Plath: 

Me aterroriza esta cosa oscura 

que duerme en mí; 

siento todo el día sus giros suaves y ligeros, 

su maldad.

*Texto originalmente publicado en el suplemento El Cultural del diario La Razón