posmodernos y jodidos

Salve, Juan Gabriel

Para Fernanda Solórzano, por ese concierto inolvidable

Los que van a morir de amor te saludan.

Nosotros los kamikaze, los que nacimos para perpetuar el nudo en la garganta y las mariposas en el estómago, te saludamos.

Divo. Ruega por nosotros. Divino. Ruega por nosotros. Huérfano. Ruega por nosotros. Homosexual idolatrado. Ruega por nosotros. Poeta de los despechados. Ruega por nosotros.

He visto a un héroe, a un semidiós. Lo he visto de cerca y me ha  rescatado de mi miseria. Esta es mi oración de gracias y el relato de mi visión apocalíptica.

Un coro góspel anuncia que sí, que God Spell, que Dios hablará. Un espectáculo que semeja tanto un circo romano como un palacio hindú nos entretiene con divertimentos menores: bailarines, luces, flores. De pronto el león ruge y los monos y bufones desaparecen del escenario. He aquí al Maharajá enfundado en su traje de gala color verde tornasol. Pijama majestuosa, babuchas, melena suelta, rostro radiante, ojos profundos y melancólicos. Nos hipnotiza, no podemos dejar de mirarlo.

Entonces habla y se convierte en una pantera seductora de voz aterciopelada y sensual. Es Él y es Ella. En un país profundamente machista nadie lo cuestiona, sólo hay manifestaciones de veneración, gritos, aplausos.

Silencio otra vez, el histrión nos encara y dice su línea como actor griego interpretando al más trágico personaje de Sófocles: te pareces tanto a mí, que no puedes engañarme. 

Nos emocionamos, compartimos la rabia, el desengaño, nos gana la risa, el llanto, la herida del rechazo porque dile a ese tonto que hoy te quiere y que se enamoró de ti...

El coliseo romano enardece, queremos ver sangre, mutilaciones, queremos sentenciar a muerte a quien nos traicionó y nos despreció. Él nos mira, vuelve a retarnos cantando: y ese tonto, y ese idiota, y ese tarado, y ese estúpido que hoy te quiere. Estamos frenéticos, queremos oír insultos soeces que duelan. Él permanece callado, a coro lo instamos “que lo diga, que lo diga”. Sonríe. Levanta la mano derecha y pinta dedo. Me refiero a ésa señal y a ése dedo. El que hay que meterse por el culo, el dedo fálico. Gritamos, desfallecemos.

Nunca dijo la palabra pendejo que era lo que esperábamos. Inocentes, pobres amigos nosotros que creímos que sabíamos mejor que él cómo podíamos alcanzar ese momento cumbre, esa catarsis.

El Divino respira, se sacude la melena empapada en sudor y empieza de nuevo. A mis dieciséis, esperaba tanto un amor que no llegó. Y a esa edad, todos preguntaban los motivos, yo solía siempre decir: yo no nací para amar, nadie nació para mí. Y sin tapujos somos un adolescente que sigue creyendo en el amor absoluto y perfecto, nuestros corazones están hinchados de melancolía, nos regodeamos en el sufrimiento. Él desciende lentamente las escaleras del templo, la gente corre desenfrenada por los pasillos para estar cerca, elevan las manos para tocarlo. Nos mira con beatitud, con compasión. Lloramos juntos. Yo no nací para amar resuena en miles de voces, en miles de entrañas. Ay de mí, llorona. Ay, alma dolorosa mexicana.

Remata cada canción haciendo una reverencia de teatro isabelino, en una postura de Cristo doliente que alarga un pie como queriendo bajar de la cruz. Así recibe nuestras ovaciones.

Luego recita Amor eterno como un salmo y la dedica a “todas las mamás”. Seguimos siendo el adolescente enamorado que llora por su madre. Él levanta su bebida (tequila, tal vez) y brinda con nosotros. Encarna a un triunfo del Tarot, al As de Copas, pasea en ese recipiente las emociones contenidas, el corazón líquido y rebosante. Alzamos la mirada y cuando tiene toda nuestra atención derrama el elixir como en una celebración de bautizo para bendecir a los que están más cerca de Él.

Y entonces vamos al Noa Noa. Llegan los bailes gozosos, las danzas de apareamiento donde lo contemplamos seduciendo a sus músicos. Lentamente él avanza, el saxofonista retrocede. El cazador y la presa. El macho que conquista al macho. Lo hace una y otra vez. Y lo disfruta enormemente.

El ritual termina con un “gracias por cantar mis canciones”. Aplaudimos hasta que duelen las manos. Las luces se encienden y volvemos a ser las personas sensatas y controladas de siempre. Una pena.

No queda sino ponerse una borrachera con sus canciones para sentir ganas de amar otra vez, y para ver de nuevo luz en toda la casa. Salve, Juan Gabriel, los que van a morir te saludan.

¿Te gustó el artículo?

Alma Delia sostiene este portal de forma independiente, ayúdala a conservar el espacio mediante nuestro sistema de patrocinios (patreon). Haz clic aquí para ver cómo funciona. ¡Muchas gracias!

Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*