El ángel del hogar y sus demonios

Las mujeres sometidas a la tiranía de la maternidad.

Hace unos meses, precisamente el 10 de mayo, tuve a bien publicar un tuit en el que reconocía el valor de la elección de las mujeres que decidimos no tener hijos; me pareció importante incorporar el tema a la conversación pública aunque fuera en un efímero tuit pues la tormenta de mensajes que trae la celebración por el Día de las madres que hace siglos se celebra en el mundo y poco más de cien años en México, es apabullante.

Pues ese insignifcante tuit para hablar del caso opuesto, las no madres, en medio del hegemónico discurso que celebra la maternidad, resultó de lo más incómodo y me dejó un saldo de más de 2 mil insultos (nunca, ni cuando he cuestionado una conducta del presidente en turno, me había llovido de tal manera), pero me dejó también la certeza del síntoma expuesto para escribir y reflexionar al respecto.

Por muy dosmileros que seamos, el ideal femenino sigue lleno de conceptos que nacieron hace más de cien años y que han dado identidad a las generaciones de hoy con más vigencia de lo que quizá alcanzamos a ver.

La misión doméstica de las mujeres como base de valorización femenina está más viva que nunca. Hay un deber dictado por Dios y la familia, por la sociedad entera, que un día sí y otro también taladra con el mismo mensaje: las mujeres deben ser buenas, si son madres, serán mejores portadoras de bondad porque la idea de maternidad conlleva una práctica de “sacrificio” como los mártires y santos de la religión judeocristiana.

Pero no se trata sólo de la Iglesia, también hay un material interés en un modelo político y económico que se ha desarrollado sobre la base del rol femenino como formadora de familias (núcleo de consumo que sostiene incontables industrias). Y de ahí pa’lante, mi alma. Si las mujeres dejaran de reproducir familias o de dedicar su vida a sostener el núcleo de la famila, un montón de industrias se derrumbarían, y con ello todo un modelo económico y político.

Así, la idea de la domesticidad perfecta siempre ha estado asociada a las mujeres; el valor decimonónico que “dignifica” a una mujer si es una novia comprensiva, una enamorada de ensueño, una buena esposa, mejor madre y responsable absoluta de criar hijos como buenos ciudadanos, es de una prevalencia innegable.

Durante el siglo diecinueve se desarrolló un concepto similar en prácticamente todos los países de Occidente: “El ángel del hogar”. El ángel del hogar es esa mujer que con sus polvos mágicos y su sonrisa eterna recibe al marido cansado y lo atiende, le sonríe, empata sus apetitos con los de su hombre, cumple con un ritual formativo para que los niños en casa aprendan de ella a replicar un modelo que, hasta nuestros días, sostiene sociedades enteras alrededor del mundo.

Hay un ensayo de Nerea Aresti publicado bajo el mismo título que pueden leer en línea y que explica espléndidamente algunos de los conceptos de los que hablo aquí.

Pues ese concepto “ángel del hogar”, es perfectamente equiparable a la idea de la “santa madrecita” que los mexicanos practicamos. El dictado político y religioso que pesan en el fondo son de una perdurabilidad sorprendente.

En días recientes vi en segunda vuelta la serie “Mad Men”, el personaje de Betty Draper, esa esposa con cara de ángel y pelo de muñeca que se consume de ansiedad y de tristeza por dentro, no dista mucho del modelo que muchas de nuestras madres y muchas mujeres contemporáneas son llamadas a seguir. Con sus diferencias de época pero el fondo es el mismo: hoy el mensaje dice que seas la madre cool que además trabaja, va al gimnasio, alimenta a su familia con productos bajos en grasa, orgánicos y que los niños que viven contigo (o señorones de más de 20 años porque hay casos, síono) ven como su mejor amiga.

Y es que es tan violenta una cosa como la otra: someter a las madres a la exigencia de simbolizar el amor, la bondad y la perfección, es una tiranía; ninguna madre merece esa imposición. Ser el hijo que debe ver a mamá como «santa madrecita» refuerza el infantilismo mental, ningún hijo merece tal mutilación a su inteligencia.

Pero criticar a las que no somos madres por querer incorporar el tema a la conversación, es de plano la tiranía expuesta: si somos madres tenemos que ser perfectas y si no somos madres y pedimos que se valore la elección, somos soberbias y narcisistas. Lo de siempre: que calladitas nos vemos más bonitas.

Volviendo al tema de los dos mil insultos, me parece el ejemplo perfecto para hablar de lo que en psicología se llama proyección de la sombra: a mayor tamaño del objeto, mayor proyección de la sombra. Hay un fenómeno ahí, profundo y complejo en la adoración ciega de la madre y de la maternidad.

He reparado un par de veces en las raíces etimológicas de la palabra Madre: “mar, mare”, el simbolismo de la madre se relaciona con la mar, pero también con la tierra fértil, mar y tierra como matrices de vida. Sin embargo hay una dualidad de vida y muerte: nacer es salir del vientre de la madre, morir es retornar a la tierra. Esa madre (mar y tierra a la vez) es alimento pero también riesgo de opresión y ahogo. (Recomiendo muchísimo hacerse del Diccionario de Símbolos de Chavalier y Gheerbrant en editorial Herder para revisar el valor simbólico en el origen de las palabras).

También me he atrevido a hablar del lado más oscuro de las madres, la pulsión filicida que algunas madres experimentan: el deseo de matar a sus hijos. Debe ser duro, doloroso, complejo, generar culpa y ansiedad infinitas. Y creo que quizá sería bueno hablar más de ello. Algunas simplemente no logran vincularse con sus hijos aunque los cuiden y nunca los abandonen, pero la falta de la mirada amorosa y de aceptación de la madre, trae consecuencias para toda la vida en la psique de las personas.

Por eso creo que el mundo sería un mejor lugar si sólo tuvieran hijos quienes tienen vocación para ello, y así como es perfectamente legítimo educarse para reconocer cuál es la vocación profesional o académica, sería un derecho sagrado educarnos para reconocer si tenemos o no, la vocación de ser madres. Reconocerlo y decidirse por el “no”, debería ser tan promovido como el mensaje que empuja a que digas “sí” desde la familia, la religión, la mercadotecnia y hasta la política; poco menos del 30% de los países en el mundo han aprobado el aborto legal en pleno 2020 y no en todos sus territorios.

Resumiendo: que estas sociedades adoradoras de la madre como arquetipo de perfección, necesitamos evolucionar, atrevernos a mirar la condición humana y no demandar a ningún ser humano que se mutile para convertirse en un prototipo. Ojalá que llegue el día en que se pueda elegir con libertad absoluta la identidad,  por amenazante que nos resulte la idea.


¿Te gustó el contenido?

Alma Delia sostiene este portal de forma independiente, ayúdala a conservar el espacio mediante nuestro sistema de patrocinios (patreon). Haz clic aquí para ver cómo funciona. ¡Muchas gracias!

4 respuesta a “El ángel del hogar y sus demonios”

  1. Mira tú por donde hoy no tengo ganas de contemporizar con nadie, es más: me importa un comino lo que pueda opinar el resto de la humanidad.
    Harta hasta el aburrimiento de la sacralidad de la maternidad como si esa fuera la única misión digna de la mujer.
    Las que quieran parir que paran hasta aburrirse, pero no porque sea una obligación por ser mujer.

  2. A la mejor (es una manera de decir «yo pienso»)
    A la mejor hay una parte de la evolución biológica en el rol preservador del entorno familiar, por parte de la mujer.
    Ese rol, a la mejor, comienza a ser relativizado cuando el ser humano se baja del árbol y camina en 2 patas, y se come la manzana y lo expulsan del paraíso.
    También hay una teoría del desbaratamiento del núcleo familiar a partir de la necesidad industrial de mano de obra barata (la de la mujer), inyectándole ideas de libertad «no naturales».
    El caso es que la decisión de la mujer de ser y hacer como ente independiente de su rol biológico heredado, es un acto de evolución de su consciencia a un estado, ¿mejor o peor? No es calificable. La evolución permitió la consciencia del ser humano, y las decisiones son responsabilidad de quien las recomienda y las ejerce.
    La evolución biológica, como cuento de Asimov, dicta unos caminos de baja entropía, pero alto desprecio por la individualidad. El ser humando actual genera alta entropía y es muy individualista.
    Formas posibles de sociedad, nacen (mejor escribo, surgen), entre otras cosas, de la posibilidad de decidir la concepción y gestación de una vida en las entrañas femeninas.

    A la mejor, todo lo que está sucediendo, es evolutivo. La naturaleza es un motor indescifrable. No somos tan conscientes e independientes de los instintos como quisiéramos.
    Ya somos demasiados. Las mujeres han sido el instrumento del crecimiento poblacional, y, a la mejor, ya llegó el momento de mesurar ese desbordado crecimiento. Ellas, ustedes, serán las que determinen, seguramente de manera inconsciente, su contención.

    Lástima que no seremos testigos del resultado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *