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Su instinto le canta un sí

Yo me acuerdo del sonido de la tenacidad: a veces es un violín flamita en el quinqué, y otras es un mar de lava que revienta en el esternón y rompe con un:

no

me

rindo

Yo me acuerdo de aquella película francesa que trata sobre la tenacidad irremediable, esa  que corre por las venas del que no se agota de buscar  porque su instinto le canta un: sí, sí, sí, sí en Do, en Re, En Sol y le canta un sí  cuando todo los letreros en las farmacias, en los restaurantes, en las instituciones, en el metro dicen NO. Y todas las bocas dicen NO: las bocas delgadas de mujeres, las bocas que no se ven porque están vestidas con un bigote prominente, las bocas arrugadas con labial carmín de las ancianas coquetas al borde de un ataque de nervios, las bocas guapas con dentaduras aperladas, las bocas grises de los fumadores fanáticos del toro y las bocas que parecen gajos jugosos de mandarinas dicen NO. Y dicen NO  los libros de filosofía traducidos del alemán, las revistas de moda en español para señoras, los libros de psicología del siglo XX,  las actas contemporáneas, las canciones de Édith Piaf, y las canciones de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota dicen NO. Dicen NO las cartas escritas a mano aventadas debajo de la puerta, los diagnósticos médicos, los dictámenes en forma de cien páginas, los correos que terminan con saludos y una coma, los mensajes de texto, los visados, y las aduanas dicen NO. Y todo lo anterior en modo sinfónica aúlla al unísono un NO largo que suena a trescientos monjes labrando en piedra su canto. 

Y, sin embargo, yo me acuerdo de la tenacidad dorada que corre por las venas del que no se agota de buscar porque su instinto le canta un: sí, sí, sí.

Yo me acuerdo de aquella película francesa donde sale la actriz menudita con ojos grandes y el actor enigmático de ojos pequeños que también hizo de Yves Saint Laurent alguna otra vez: él se marcha a la guerra, ella lo espera, él no vuelve después de diez años y ella lo busca porque su instinto le canta un sí. Lo busca en los sótanos, pórticos, granjas, ríos y comedores. Lo busca en un espiral neurótica como es estar debajo del aguacero y pedir un milagro.

Lo encuentra.

Como si en el pavimento lleno de agua comenzara a brillar un camino respuesta. Ella lo encuentra, finalmente, ella lo encuentra a él en un hospital para pacientes de Alzheimer.

Ella lo ve por la ventana.

Él le sonríe.

— Regina Mitre

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Alma Delia Murillo

Es escritora, autora de los libros Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) y El niño que fuimos bajo el sello de Alfaguara; Las noches habitadas (Editorial Planeta) y Damas de caza (Plaza y Valdés). Colabora en El Reforma, The Washington Post, El Malpensante, Confabulario de El Universal, Revista GQ y otros medios. Desarrolla guiones para cine y teleseries. Autora de las audioseries y podcasts en Amazon Audible: Diario la libro, Ciudad de abajo, Conversaciones, El amor es un bono navideño.

3 Comments

  1. Tanta determinación es agotadora y no siempre es recompensada.
    Un abrazo, querida Alma.

  2. Excelente..
    Sí..Sí..Sí…
    Abrazo fuerte AD & R….

  3. Maria Esther Pretelin

    Mi admiración y respeto querida
    Alma, te abrazo fuerte

    PD Me gustaría saber cuándo impartes un curso. Mil gracias

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