La soledad del artista, un cuento de Juan Pablo Estrada

Cuarteto minimalista, del pintor Jazzamoart

Javier pasó días esperando que llegara la inspiración.

Lo había intentado todo, desde repasar fotos tenues en los álbumes de su infancia, hasta el recorrido desesperado y desesperante de lo que ofrecía la televisión de paga. Cualquier cosa en busca de una imagen, un concepto que le devolviera a sus manos la capacidad de crear, quizá trazar un boceto, alguna combinación de puntos y líneas capaces de transmitir. Pero nada.

La luz se fue con Norma, quien después de años de matrimonio lo dejó la semana pasada, harta del carácter volátil y de los excesos de la vida de un artista gráfico que, después de su época de oro, se negaba a aceptar la aburrida enfermedad de la madurez.

Como iniciando un ritual, recorrió el estudio en que se había convertido la estancia de la planta baja en la que hace años jugaban y hacían la tarea sus hijos, que al crecer se marcharon dejando espacio para exhibir los cuadros y esculturas. Ya había pasado una semana desde la última tertulia, así es que comenzó a limpiar mesas y fregar la duela, a borrar las huellas de tabaco quemado en ceniceros y los dedos y labios marcados en los vasos y copas con sedimentos de vino.

A media labor aséptica unos portarretratos lo llamaron desde el librero. Se detuvo a verlos y los tomó casi con cariño, uno por uno. Antes le había parecido un invasivo grupo de fotografías, pero hoy lo transportaron a mejores lugares y tiempos: La plenitud del viaje a Nueva York con el jueves en que devoraron el MoMA; la sencillez de la luna de miel en la que sin notarlo Norma le tatuó su entrega y lo marcó con el conjunto rojo que luce en la foto, que se veía tan bien puesto como tirado al pie de la cama. La vida.

Oyó un golpe de llaves en la cerradura y el chillido de la chapa, seguidos de pasos discretos pero firmes en la escalera. Llegó Norma.

Javier sonrió con malicia y ojos de alivio, aunque no quería mostrar ansiedad ni consentir los días de abandono. En fracciones de segundo pensó qué decir: —Bienvenida guapa. No necesitas disculparte, lo entiendo. La fiesta, el escándalo, gritos de borracho una vez más. Soy egoísta, sí, pero siempre lo he sido y así me quieres ¿no? Dime que sí, por favor. He recordado lo mucho que compartimos, mira las fotos, tus fotos, yo creo que podemos, que puedo cambiar y…—.

Pero no tuvo mucho tiempo más para planear el discurso, ni para soltarlo. Norma apareció en tacones, con su blusa estampada de múltiples colores y los labios carmín. Serena, decidida, diría que radiante por una renovada felicidad. Lo desarmó. Javier no alcanzó ni a saludar, ella se adelantó apurada:

—Hola Javier, perdón por no llamarte antes de venir. Son las prisas. Hablé con los niños y —limpió la garganta—no puedo seguir aquí, así, contigo. Tomaré algunas cosas para ir unos días con ellos en lo que encuentro un espacio para alquilar. Ahora podrás vivir como te gusta y sin quejas. Yo ya no quiero más.

Se sucedieron frases, maletas y gestos que no alcanzó a retener. Los minutos pasaron pero Javier no corrió con ellos. Era un mero espectador de una obra ajena ya acabada. Cuando Norma dejó sus llaves y cerró la puerta, lo invadió un dolor ciego y sordo.

Adiós. A Dios. No Dios. No dos. Uno. Solo.

Regresó al retrato del viaje de bodas. Al besar el vidrio se le ocurrió un concepto bueno para su pieza definitiva: una estructura móvil, irregular y sensible.

Arte vivo ausente: La soledad del artista. Con ansia y violencia, Javier hundió las manos en el bote de una pintura primaria, rojo escarlata. Sintió la humedad en sus grietas y ahogó los ojos en ellas.

14 respuesta a “La soledad del artista, un cuento de Juan Pablo Estrada”

  1. No sé si pueda ser inspirador ese momento crítico.
    Me hubiera gustado la despedida en el adiós…
    + opcional
    hundió las manos en el rojo intenso y ahogó la mirada en ello.
    ( siguió intentándolo pasional mente )

    Muy elocuente y precisa descripción del punto de quiebre.

    1. Gracias por el comentario y sugerencia.
      Cierto, pudo haber terminado en el adiós o tal vez de otro modo. Pero para mí el relato requería un final catártico y que solucionara el problema del vacío creativo inicial.

  2. Atrapa desde las primeras líneas, mediante un na sencilla narrativa te transporta a un mar de sentimientos, que culminan con la soledad que deja lo perdido

    1. Cierto, hay algo de falta de aceptación. Pero creo que también de imposibilidad.
      Muchas gracias por la lectura y el comentario.

      Y sí, muchas gracias a Alma.

    1. La música que le dirigiste lo hace aun mejor. No sabes la emoción que me da que lo hayas leído y comentado Fran, con esa sensibilidad artística que te caracteriza. Abrazo hasta la Argentina.

  3. Qué soledad. En mi historia yo soy Norma.
    De hecho rescaté una foto de la luna de miel. Hace 30 años. Me veo radiante.
    No todo, y ahora estoy seguro, es el heroísmo del que busca sin encontrar. También está el que logra quitarse el velo que entraña la paciencia y la costumbre fatal.

    Lo genial de tu historia, para mí, es el reflejo de un momento que lleva años gestándose. Muy clara la fotografía.

    Muchas gracias

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