Servicios malignos

Llevo tiempo reuniendo el coraje necesario para hablar de este tema. Hoy me aventuro a hacerlo no por valiente, sino por insensata.

Empezaré por preguntarme dónde quedó aquello de que los mexicanos somos amables y tenemos una vocación de servicio innata. ¿Será todo diluido en la trampa del #LordLoquesea y #LadyCualquiercosa que ya no podemos solicitar un servicio digno por terror a que se viralice un video y nos caiga la guillotina digital? Seamos sinceros: muchas veces, como consumidores o clientes tenemos razón al hacer un reclamo sensato pero aguantamos por terror a que alguien saque un video y lo publique fuera de contexto para arruinarnos la vida. Síono.

Hoy quiero decirles, queridos consumidores y hermanos del maltrato: no están solos. Yo también los he visto y hasta los he documentado, me refiero a los abominables seres que parecen venidos de inframundo a ejercer sus poderes sobre la Ciudad de México y han orquestado un terrible plan maestro para adueñarse de nuestra autoestima. Leviatanes, esfinges, grifos y dragones que atienden las ventanillas de servicio acechan día y noche sobre nuestras almas.

Así que con la lengua seca, manos sudorosas —y después de haberme procurado un ansiolítico—, hago este repaso de los miembros de esta cofradía poderosa y maligna que está tomando posesión de la ciudad y sus ciudadanos.

La mesera del mal

De rostro cetrino, impaciencia en la voz, enojo omnipotente y un uniforme espantoso, esta figura mitológica suele desintegrar con la mirada. Avienta el plato sobre la mesa, descompone la mezcla de café-crema que con tanto esfuerzo habías logrado, presiona para que pidas la cuenta, no responde al saludo y se asegura de traer todos los alimentos exactamente como no los pediste. Debes comer agachando la cabeza, concentrándote en tu sopa fría, permanecer en el anonimato. Pobre de ti si te atreves a levantar la mano, a pedirle algo. Entonces desearás no haber nacido porque con toda su rabia, su desencanto y su técnica perfeccionada durante años, te hará sentir miserable dedicándote una sola y congelante mirada. Piénsalo siete veces antes de provocar su furia.

El mesero invisible

Este ser se regodea en fastidiarte, te acosa, se burla de ti, finge que no te mira ni te escucha aunque tú estés batiendo las manos como en el final de una guerra o vociferando intensamente. Es perverso e inmoral. Si puede, se ensañará contigo hasta convencerte de que sólo imaginaste vívidamente que había un mesero cerca de ti. Saldrás del lugar con horribles temblores dudando de tu cordura y convencido de necesitar una consulta psiquiátrica. Pero sí aquí había un mesero, lo juro.

La taquillera fantasmal del Metro

Esta alma perdida vaga entre nosotros porque está cumpliendo penitencias de vidas anteriores. Te hará dudar de su existencia, de tu lucidez. Pero ella está ahí, dispuesta a intimidarte con toda la violencia pasiva de su silencio. Y si le da la gana, extenderá su mano de garras afiladas barnizadas en tonos carmesí y hará que te estremezcas mientras avienta las monedas y los boletos. ¡Tómalos y corre!, ¡corre por tu vida!

El personal maldito de las aerolíneas del Hades

Las aerolíneas son un círculo del infierno y su personal es un ejército de demonios mayores, ángeles caídos y todo tipo de criaturas concebidas para el mal. Te tratarán como delincuente, como idiota, como infectado del pabellón más virulento, se mofarán de ti, dispondrán de tu tiempo y te harán perder años de tu vida en largas y tortuosas esperas que no servirán ni para expiar tus pecados. Su maldad es total, sólo quieren hacerte infeliz y dejarte en la miseria, en la más absoluta de las pobrezas, extirpar hasta el último impulso de alegría de tu ser y hasta el último centavo de tu cuenta bancaria.

El Operador bestial del call center

Hemos llegado al límite, a la línea entre la vida y la muerte. Este ser monstruoso es el más terrorífico que se haya conocido nunca, peor que los temidos Cíclopes o la legendaria Esfinge. El Operador abusa de ti, te hostiga, te corta la respiración y te manipula para que termines aceptando que cualquier cosa es tu culpa: tú no marcaste bien, tú no tecleaste bien tu clave, tú no elegiste la opción correcta para el servicio que querías. Tú eres un ser vil, inútil, torpe, involucionado y debes morir.

Llamar al Call Center es como adentrarse en el espeso terreno de la adivinación, como rendirse a la voluntad del Oráculo de Delfos porque si eres elegido para hablar con un telefonista: estás maldito. Rogarás a los dioses que te responda una máquina porque el Operador Bestial podría inducirte al suicidio. Sólo los más fuertes superan esta prueba escalofriante y transformadora.

Pero si después de tales retos iniciáticos en tu camino del héroe emerges frágil, humillado, con heridas sangrantes y reptando pero vivo: felicidades, estás listo para habitar en la posmodernidad y ahora perteneces a la Cofradía de los Sobrevivientes a La Cultura Servicio al Cliente. Sé que cuando nos encontremos habremos de reconocernos y, sin decir nada, como dos guerreros honorables, nos daremos un abrazo.

Habitación rentada y demonios con tetas

Las mujeres que escribimos en pleno bienestar «dosmilero» con grandes sacrificios podemos pagar la renta de nuestra habitación propia.

Se hunde el dedo meñique de mi mano izquierda mientras tecleo en mi Remington de 1940.

Escribir en ella me hace sentir tan viva, el corazón en la punta de los dedos, el sístole y el diástole de esas teclas redondas, circulares, metálicas como lunas llenas y vacías al mismo tiempo.

Nací posmoderna, vaya cosa.  Así que aporreo computadoras y laptops desde hace más de veinte años pero aprendí en una máquina de escribir cuando era una puberta de doce, con cubreteclados y fracturándome más de una vez ese mismo meñique que hoy sigue hunidiéndose entre las teclas.

No escribo en este animal precioso para tener prestigio cultural o por pose ni mucho menos. Escribo porque convoca tal vitalidad que es irresistible. Tiene lo mismo que salir a correr: el ritmo, el cuerpo puesto en juego, el señorío de lo físico, de lo mecánico. Me provoca una profunda, gloriosa sensación de estar aquí y ahora.

Como estoy como una cabra, hoy que es 25 de enero me he puesto a transcribir en mi Remington la carta suicida de Virginia Woolf que nació un día como hoy. Y ya que estaba, transcribí la carta suicida de Antonieta Rivas Mercado, y ahora me siento revolcada por una ola que no sé bien dónde empieza ni dónde termina.

El fin del siglo XIX y el principio del XX fueron apertura de experiencias fundamentales para las mujeres pero también un páramo jodido y reseco que se cobró con finales trágicos y profundamente dolorosos las vidas de muchas que se atrevieron a salir del role model, a romper con el esperado patrón del “ángel del hogar”: ese ser bueno, nutricio, asexual, sacrificado, siempre protector de los hijos y también de los hombres —jamás su igual; ese “ángel” convertido en mujer pagó con desgarradoras crisis de identidad cuando tuvo otras pulsiones, otras aspiraciones vitales.

A los individuos, hombres y mujeres, la sociedad nos recibe o nos rechaza. Y lo que la sociedad haga con ese rechazo o aceptación de lo que somos en lo individual provoca más consecuencias de las que somos capaces de imaginar. Esa existencia a contracorriente fue una herida crónica para mujeres como Sylvia Plath, Anne Sexton, Virginia Woolf; y en México para Tina Modotti, Pita Amor, Carmen Mondragón “Nahui Olin” y Antonieta Rivas Mercado. ¿Cómo sobrellevar los días si tu inteligencia, tus pasiones, tus inquietudes y curiosidad vitales son rechazadas? Sentir la presión y la demanda por ser buenas madres como elección única y renunciar a sí mismas porque el mundo exigía un camino o el otro: vocación y pasiones personales o sacrificio por los hijos y la pareja.

Decía Virginia Woolf que una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción. Sin duda, nada más cierto pero también me atrevo a decir que ninguna declaración más incompleta: toda mujer (escriba o no) necesita dinero y una habitación propia. Los hombres también, claro, pero concedamos en que históricamente para el género femenino ha sido más complicado.

Todos tenemos derecho a la belleza de la soledad, a experimentar la conciencia, a mirarnos en el abismo y en el espejo más luminoso del que seamos capaces a través de nosotros mismos.

Mujeres panaderas, administradoras, comerciantes, cocineras, cirujanas y de cualquier oficio necesitan autonomía financiera y un espacio propio al que recurrir cuando sea necesario. No somos mejores las mujeres que escribimos que las otras,  todas necesitamos autonomía. Y cuidado que no es reclamo para Virginia, entiendo exactamente a qué se refería y estoy de acuerdo; pero creo que aunque parezca una obviedad es importante insistir en ello. Mi madre tuvo tantas crisis por el agotamiento y la angustia de criar a ocho hijos ella sola que hoy disfruta su soledad como pocas, sé que le habría venido bien tener un espacio sólo para ella cuando trabajaba limpiando casas o atendiendo tiendas de abarrotes.

Quiero contarles que llevo meses leyendo todo y tanto sobre Antonieta Rivas Mercado que cada vez me parece más inmensa, más entrañable, más inasible y a la vez tan clara, tan concreta, tan humana como la que más. Tremenda escritora, filósofa, animal político, generosa hasta lo indecible, amorosa, sexual, doliente y dolorosa… Antonieta es imposible de diagnosticar. Ella sabía que las mujeres, todas, necesitábamos libertad para ejercer nuestra pequeñez y nuestra grandeza humana.

Virginia Woolf que llevaba años luchando a brazo partido con un desorden mental escuchaba voces, aseguraba que los pájaros cantaban en griego y no podía concentrarse. Su día fatal escribió una carta para su marido Leonard Woolf y otra para su hermana, luego se llenó los bolsillos del abrigo con piedras y se hundió en el río Ouse, en Inglaterra.

Antonieta se suicidó pegándose un balazo debajo de la teta izquierda, buscando el corazón; caminó hasta el interior de Notre Dame en París, se sentó con toda elegancia en una banca, colocó la pistola en su pecho y tiró del gatillo. Antes de hacerlo, escribió una carta a su amigo Arturo Pani para encargar a su pequeño hijo Donald y deslindar a cualquiera de la responsabilidad de su muerte. Había estado internada más de una vez en el hospital St. Luke en Nueva York como paciente mental; tenía crisis nerviosas, depresiones que sólo aliviaba escribiendo, súbitos cambios de humor —y de nombre, agotamientos inauditos y una soledad inmensa porque a pesar de que vivió rodeada del amor y la admiración de muchos; parecería que Antonieta habitó desde siempre un lugar en el que nadie podía acompañarla.

Pero hacia el final de su vida también estaba sin dinero, agobiada por proteger a su hijo y dando una batalla legal descomunal para conseguir la patria potestad del niño.

Parece una perogrullada pero los dos elementos siguen siendo piedras angulares de la libertad humana: dinero y habitación propia.

Transcribo aquí la bellísima y dolorosa carta de Virginia Woolf.

Querido:

Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.

No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.

V.

No transcribo la carta de Antonieta porque pronto contaré mucho más de ella y por otros medios, pero en la nota póstuma pide a su amigo Arturo Pani que ponga un telegrama por ella y le aclara que no lo hizo ella misma porque no tenía dinero.

Antonieta Rivas Mercado que patrocinó a tantos escritores y artistas de su tiempo, ella que empeñó propiedades para financiar la Orquesta Sinfónica de México no tenía dinero para mandar un telegrama el último de sus días. Lo pienso y un llanto ácido me sube a la garganta. Carajo.

Las mujeres que escribimos en pleno “bienestar” dosmilero con grandes sacrificios logramos rentar habitaciones, la mayoría de las veces cobramos cantidades ínfimas que rayan en lo ridículo por nuestros textos con meses o años —sí, años— de desfase; no conozco a ninguna que no esté obligada a tomar otros cuatro o cinco (no exagero) empleos alternos para poder ejercer su pasión literaria. Yo misma he trabajado de oficinista, vendedora, maestra, consultora empresarial y staff de programas de televisión para dedicarme a este oficio y sobrevivir con cierta dignidad.

Pero al menos puedo plantarme ante el mundo sin que se espere de mí que sea un ángel del hogar, sé que puedo ser un demonio con tetas si me da la gana.

Y por ello no me queda más que decir gracias, Virginia; gracias, Antonieta. Gracias, mamá.

Los ojos de la tristeza

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“No estés triste, mamá” solía decirle a mi madre cuando era niña y la veía llorando. Y, ahora lo sé, con mis intentos por animarla, sólo la hacía ir más hondo en sus dolores. Mi madre. Sus furias. Sus rabias. Sus desencantos. Sus enamoramientos. Sus tristezas.

Ella.

No estés triste, mamá. Y entonces ella me miraba, sonreía rota, sonreía a medias. Se levantaba en pedazos, a punto de desmoronarse. Pero se levantaba, se limpiaba los mocos y las lágrimas. En silencio y diligente preparaba un atole de avena. Para mí la tristeza huele a leche, a azúcar mascabado, a avena. Y así superábamos el rato amargo: barriga llena, llanto apaciguado, no sé si el corazón contento.

Tuve que hacerme adulta para comprender que la tristeza me ha regalado algunas de las escenas más bellas de mi vida. ¿Cuánta tristeza hay debajo de la punta del iceberg que es la cara sonriente y frenética de la humanidad? ¿Cuánta tristeza reprimida yace bajo siete mil millones de corazones humanos galopando en el mundo? ¿Por qué la evitamos?

Evitar. Evadir. Mutilar. Cercenar. Asesinar a la tristeza. ¿Por qué?

Si hasta hay cierta magia en ella. Cierta alquimia. Yo creo que tiene un poder transformador pero hay que dejarla salir. Incluso dejarse desaparecer para que ella aparezca. Sin argumentos estériles, sin discursos de resistencia exitosa y optimista. Esos de los que tanto reniego.

Dejar que la tristeza nos haga jirones. Dejar que muerda. Dejar que el dolor nos devuelva a la conciencia de nuestra dimensión exacta: somos ínfimos.

Cuando apareció la aplicación en las cámaras digitales que detecta sonrisas para disparar la foto casi lloro. ¿Y desde cuándo sólo los rostros felices son habitados por la belleza? Si la vida trae algunas dosis de dolor tal vez querrá decir que algo hicimos bien, que nos mantuvimos en movimiento, que tuvimos el sí y también el no. Que no nos paralizamos transitando por esta cosa inmensa e insospechada que se llama vida.

Me resistí a mi propia tristeza durante años y con ello gané una crisis de ansiedad brutal. Horrenda. Porque la ansiedad es la cara horrible de la tristeza, creo.

Llorar es liberador. Romperse es liberador. Decir estoy triste. Hacerle un lugar al alma para que hable con nosotros. Y no hay almas monotemáticas. La psique no puede ser sólo feliz. A los años también se van sumando las pérdidas. Y hay días en que se amotinan, se sublevan, se presentan todas juntas a golpe de recuerdos malogrados.

Perder a los mejores amigos de la infancia. Perder amigos también cuando somos adultos. Perder esos ojos en los que nos mirábamos, en los que nos reconocíamos. Perder ese cuerpo y su abrazo en aquella cama. Perder aquél libro que nunca más y aquél sombrero que tampoco. Perder a ese hombre que te juraba amor eterno y que luego desapareció desdibujándose en mensajes de texto en la pantalla del teléfono sin pulsar nunca la tecla de llamar, sin andar los pasos necesarios hasta la puerta de tu casa. Para luego perderlo todo, todo, todo en la nebulosa espesa de la memoria, esa gran mentirosa. Esa gran genocida.

Se necesita montar a un pegaso que haya nacido, sí, de la sangre que salió a borbotones cuando decapitamos alguno de aquellos paraísos. Y hacer un recorrido heroico para asumir las pérdidas en su verdadero alcance: son para siempre. Son la muerte. Son varias muertes. Arrasan irremediablemente con un pedazo de los muchos pedazos que somos.

Que lo que no te mata te hace más fuerte.  Dicen. No quiero esa fortaleza, digo yo. Lo que no te mata es porque no te dejaste matar. Y te perdiste la oportunidad de renacer.

No estés triste, dije. No llores, dice el mundo. ¿Cuándo alguien ha dicho “no estés feliz”?

A los posmodernos se nos complica el llanto y se nos complica la tristeza. Será que la televisión fue nodriza de generaciones enteras. Será que somos amigos del ansiolítico y el antidepresivo en sus formatos varios. Será que la anestesia de la productividad y que únete a los optimistas. Será que sólo por hoy. Será que contar chistes es nuestro mecanismo de sobrevivencia más ensayado. Será.

Reivindico a la tristeza. Le quito el estigma de enfermedad, de pecado, de derrotismo, de políticamente incorrecta. Y aclaro que, como dijo Pessoa: yo no soy pesimista, soy triste. Que no es lo mismo ni es igual.

La tristeza en prosa o en poesía o hasta en silencio, es buena. La tristeza no es una enfermedad. Es un estado del alma que nos habita cada tanto.

Un réquiem por todo lo que perdí. Por todos esos rostros que ya no miro. Por todos los que no me son. Hoy estoy triste. Pero tengo la lluvia.

Hoy estoy triste por todo lo que ya no tengo pero tengo estas palabras. Y también tengo mi tristeza.

El error es perfecto

Encomendarse al error es insolente, sí.

Pero también es fascinante porque cuando funciona, es de una precisión divina. De no ser así, no habríamos apostado tantas pruebas de opción múltiple al método “pégale, pégale que este merito fue”

Este merito, este mero, este fue, este es.

De adolescente imaginaba a legiones de incautos caminando bajo la escalofriante condición de ignorar que a sus espaldas Cupido tiraría una flecha no elegida por ellos, una flecha al azar, la que fuera, una flecha implacable, ignorante, equivocada pero precisa. Apenas un ay, un crujido bajito en las costillas, un quejido suave entre las piernas y ¡zaz! estaba hecho sin remedio. Flechados por el error de sus vidas. Entonces me sacudía la fantasía como quien se sacude un bicho que se le ha trepado a la espalda y me decía que no, no podía ser así.

Era una adolescente y pensaba —ingenua, asustada, virgen— que lo que esas brujas cristianas convertidas en hécates susurrantes al oído decían era verdad única e ineludible: que había que esperar al correcto, al adecuado, porque el amor era un binomio cuadrado perfecto de correctos y adecuados.

Las sacerdotisas de lo apropiado insistían en que había que ser selectivas, invocar a la prudencia, hacer lo juicioso. Luego venían largos pasajes de la Biblia y cantos en los que las púberes —flamante grupo de muchachas de la iglesia cristiana— nos ofrecíamos como novias metafóricas a Jesucristo.

Ahora sé que las brujas estaban más perdidas con su fantasía que yo con la mía. Si hubieran convocado a un culto al error, entonces sí que nos habríamos iluminado ellas y nosotras. De tan distintas maneras.

La vida está hecha de eventos que ocurren por error. Y muchas de las mejores experiencias, vínculos y relaciones llegaron a nosotros por alguna metida de pata providencial. Nada menos que nuestro continente fue descubierto por tremendo disparate, la equivocación histórica de un explorador ofuscado que creyó que llegaba a la India y llegaba a América. Inmejorable botón de muestra.

Shakespeare, ese cabrón, lo sabía bien; lo más bello y perturbador de su obra, me parece a mí, está cimentado en los errores: venenos bebidos por error y a destiempo, espadas hundidas por confusión, pasiones desatadas por un nombre incorrecto…el arte de la equivocación.

Es más, y para no hacerles el recuento largo, es probable que la mitad de nosotros respiremos por una falla en el conteo reproductivo de nuestras madres, por un condón roto, por dos alcoholes de más.

¿A qué carajos viene entonces el cuento del control, de lo correcto, de lo elegido bajo conciencia prístina, sobria y algorítmica? (¿Qué dije?)

Claro que atreverse a sentir lo que se siente cuando nos entregamos a la incertidumbre es tremendo. Y no cualquiera se atreve a sentirlo como no cualquiera se atreve a mirar de frente sus equivocaciones, quererlas y hasta ponerles nombre y apellido.

Respiramos entre lo fortuito y lo inesperado, comemos de lo imprevisto y nos enamoramos de lo improbable.

Y ahí, donde lo incierto, ahí a donde llegamos por accidente y sin querer, suelen estar las experiencias más vitales, trascendentes, mejor diseñadas y más enriquecedoras para cada persona.

La incertidumbre nos hace crecer, es precisamente ahí cuando la creatividad y el instinto vienen a nuestro rescate, cuando por fin nos vemos en la necesidad de mandar a la mierda ese vicio viejo, enquistado y jodido que lleva años envarando las articulaciones del alma.

Cada vez me convenzo más de que el control, la certeza y la comodidad son los tres jinetes del Apocalipsis que acaban con lo mejor de nosotros achatándonos, anestesiándonos, minando nuestra fiereza interior, dejándonos a medias de lo que pudimos ser.

Si somos millones de erratas y lapsus quienes poblamos este mundo, habría que perderle el miedo a los fallos y a la incertidumbre, habría que levantar una plegaria personal para que dios —el de cada uno— nos agarre equivocados.

Un trío con Penélope y Javier

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Pienso en estas dos palabras: amor y libertad.

Y de inmediato me hago consciente de los vergonzantes manoseos, ninguneos y vejaciones que les hemos hecho.

No sé si haya vocablos más sobados que estos en el idioma español, de manera que aunque los había elegido para relatar lo que voy a relatar, mejor recurriré a la bellísima y mal ponderada palabra lujuria.

Esta maravillosa voz viene de luxuria en latín que significa lujo y, aferrándome a ella como un mantra, planeo concentrarme en mi fantasía más ostentosa: tener un trío sexual con Javier Bardem ay cosita linda papá y Penélope Cruz ay cosita bella mamá.

Cuando vi Jamón Jamón  (Bigas Luna, 1992) tenía diecisiete años y era virgen, una adolescente francamente ansiosa y pletórica de hormonas que lo único que pedían era coger con alguien. Para decirlo finamente.

Pero una no es toda hormonas, también están las neuronas, por ejemplo. Y las mías, además de tercas, en aquellos años eran pudibundas y no me atrevía a darme un buen revolcón con el novio en turno porque todavía me pesaban como lastre las enseñanzas religiosas del hogar materno. Quién lo diría, alguna vez fui temerosa de dios, bendita la edad que me llevó a superar semejante tara.

El caso es que vi la peli en una proyección especial que se organizó en la escuela de Arte Teatral donde entonces estudiaba y mirando la escena en la que Bardem le chupa las tetas a Penélope y le dice que saben a sal, a aceite de oliva, a ajo y a jamón serrano me sentí morir;  y cuando se mete debajo de su vestido blanco para hacerle un cunnilingus por nada me estimulo ahí sentadita sin mayor esfuerzo que el de procurar unas discretísimas contracciones musculares. Ya saben cómo, así, apretando.

Dediqué muchas de mis masturbaciones mozas a imaginar que yo, como la invitada de honor a un trío de lujo faraónico, entraba en escena para departir vehementemente con Javier y Pé succionando, lamiendo, frotando y alternando chispazos de furia carnal.

Será porque era la primera vez que, para mí, los cuerpos de los actores en la pantalla tenían olor; será porque podría alimentarme el resto de mis días con jamón serrano o porque mi madre tuvo una tienda de abarrotes que olía un poco a todo lo que olía ese filme mezclado con canela, piloncillo y suero de queso. Será por lo que sea pero pensar en los pezones color mora de Penélope e imaginarme el rostro de Javier entre mis piernas me volvía loca, me entraban unas ganas impostergables de ir al baño a tocarme o frotarme sigilosamente bajo las sábanas hasta tener un orgasmo que aguantaba calladita para no levantar sospechas de mis calenturas nocturnas.

¡Aydiomío!

Podía reproducir en mi memoria y a la perfección las escenas de la película, los diálogos, pero sobre todo, podía reproducir las sensaciones olfativas que tuve cuando la vi por primera y única vez.

Pasaron los años y con ellos, por fortuna para mí, esa patología llamada represión sexual. Entonces hormonas y neuronas me hacían sentir diosa o mendiga dependiendo del incauto del que estuviera enamorada (o enculada) en esas edades en que el síndrome de Werther nubla el entendimiento por completo y  queremos arriesgar la vida por cada púber lleno de acné que nos jura amor eterno. Me refiero a la edad de la pendejez dorada y, aunque estoy perfectamente consciente de sus limitaciones, debo decir que extraño esa capacidad para la fantasía, la certeza que teníamos de que ciertos eventos sólo en nuestras elucubraciones y sueños ocurrirían y que por ello nos les entregábamos con la fuerza sensorial de una second life que no requería ni avatares ni nick name ni lentes de tercera dimensión: pura y dura actividad cerebral enfebrecida; pura lujuria en alta definición pero sin Apps, ni dispositivos electrónicos. Todo imaginado a pelo, como dicen en el rancho de mi madre.

Mi primera vez no fue ni remotamente cercana a aquella quimera, mi único intento de trío sexual fue un evento fallido y tragicómico, pero incluso hoy (aunque ver a Penélope y a Javier casados y con hijitos no es de lo más estimulante) hay algo en ellos que me sigue pareciendo brutalmente sexual.

Me siguen rindiendo sus voces, sus melenas felinas, sus rostros particulares que no se ajustan a la típica cara hollywoodense, pero seré honesta: son sus cuerpos lo que me resultó irresistible desde la primera vez que estuvimos juntos (¡já!). Porque claro que un trío con Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre sería de lo más interesante pero es que a él, ni queriendo, le hubiera encontrado el atractivo, si la propia Simone decía que su Jean Paul tenía ojos de muerto; de pescado muerto, diría yo.

Ya sé que hay a quienes Penélope les parece fea y quienes opinan que Bardem es el hombre de Cro- Magnon, pero cada quién sus preferencias. Y si el orgasmo es de quien lo trabaja no veo por qué no la elección de las herramientas de trabajo también debiera ser digna del más absoluto respeto. 

Y aquí vuelvo a donde empecé: si el amor y  la libertad no son, por más que hagamos alarde de ello, reales territorios de expresión soberana, al menos que la lujuria sí sea un derecho inalienable, transferible según el antojo y, sobre todo, personal.