La combi: ese carro de guerra

Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Mi madre se transportaba a caballo, lo digo y me parece una fábula pero es verdad.

Como su pueblo estaba muy lejos de la civilización, lo que correspondía era bajar a caballo para tomar un camión y salir hacia Morelia, Michoacán, primer eslabón de acceso a la modernidad.

La falta de transporte tenía implicaciones severas, ante una emergencia médica el pronóstico dictaba una probabilidad de muerte alta: en lo que lograbas treparte al caballo o al burro para bajar al pueblo y llegar a la clínica, te quedabas tieso.

Así que mi madre, como millones de mexicanos, pensó que lo que había que hacer era venir a la gran capital pero no nos alcanzó para llegar hasta ella y nos quedamos primero en Ciudad Nezahualcóyotl y luego en el inenarrable Ecatepec. Y así descubrimos las terminales de camiones, el Ruta 100, el metro al que yo le tenía miedo por grandote, rapidote y limpiote como dice Chava Flores en su canción; y hasta supimos que había un aeropuerto cerca porque por arriba de nuestras cabezas pasaban chingos de aviones.

Descubrimos también los legendarios peseros, que se llamaban así porque cobraban una tarifa única de un peso. Esos bichos llegaban allende las fronteras, como la Coca-Cola, el PRI y la corrupción; no había rincón de esta descomunal ciudad ­—ni del Estado de México— a donde estas pequeñas pero combativas máquinas no lograran entrar para dejar al pasajero, maltrecho y persignándose por haber sobrevivido a la travesía, pero muy cerca de su casa o lugar de trabajo.

El pesero mutó en combi y después en microbús; ese carro de guerra del que tanto renegamos y del que recién vimos un video escandaloso circulando en redes. Ah, la civilización.

Pasaron muchos años antes de que cualquiera de nosotros —mis hermanos o yo— pudiéramos comprar un automóvil propio. Pero he aquí que un día, lo logramos. Y nos convertimos en el 20% de la población que utiliza el 80% de las vialidades con su auto propio. Pero antes de que Mi Coche y yo (al que quise tanto como al Platero de la historia de Juan Ramón Jiménez) nos hiciéramos los mejores amigos, anduve entre inagotables terminales del metro y, sobre todo, incontables combis y microbuses. Y les debo a ellos y solo a ellos, haber estudiado la universidad porque el traslado diario desde el Estado de México hasta Ciudad Universitaria hubiera sido imposible por otra vía.

En el microbús me convertí en una verdadera luchadora urbana. Aprendí que ese “súbale, lleva lugares” era una sádica broma que le gustaba pregonar al conductor pues en el vehículo nunca cabía un alma pero hallábamos la manera de ensardinarnos ahí dentro.

Conocí el oficio de cacharpas, que consiste en hacer de copiloto, asistente, cobrador, jefe de seguridad y sanchopanza del conductor.

Aprendí aquello de  la cadena de pagos con “le pasa uno, por favor” para depositar en la palma del vecino las monedas y que la transacción avanzara, de mano en mano, hasta llegar a las arcas del chófer. El vuelto por el pasaje seguía la ruta inversa. Una se guardaba su monedas manoseadas, calentitas y valiosísimas en el bolsillo de los jeans, tocaba el timbre para indicar el descenso, invocaba a sus muertos y a sus dioses, comprimía el abdomen, abrazaba la mochila a modo de escudo protector y saltaba como el mejor acróbata de doblajes jolivudenses. Ah, la sobrevivencia.

Pero la efervescencia vital también traía a diario el peligro y la miseria, el abuso, el miedo.

Un día sí y otro también se subía una pareja de delincuentes a bolsearnos y había que entregar billetes, monedas, relojes, boletos del metro y una vez hasta les di mi bolsita ziploc con la torta de mole que tan celosamente guardaba para comer esa tarde.

En las mañanas trabajaba como operadora telefónica en el Palacio de los Deportes y en las tardes estudiaba Literatura Dramática y Teatro en Ciudad Universitaria, pero vivía en la tercera sección del Valle de Aragón, ese reino de nunca jamás llamado Ecatepec de Mierda.

Para mí, como para millones de estudiantes y trabajadores, el Estado de México era el dormitorio al que llegábamos después de las once de la noche reptando hasta la cama para salir al día siguiente al filo de las 6:00 de la mañana a una jornada demoledora.

Yo nunca llevaba más de $40 o $50 pesos que eran mi presupuesto para el pasaje del día y comprar comida (o algo parecido) en las legendarias maquinitas de Lonchibón; pero sí llegué a ver que en el bolseo había trabajadores que entregaban a los rateros su sobre amarillo con la paga de la semana, llorando por dentro. Ese era el sustento de su familia, parte de la renta del mes, la comida de sus hijos. Dolía verlos indefensos no sólo ante el culero ladrón en turno, sino ante todo este jodido sistema que atenaza y provoca que esas escenas se vuelvan pan de cada día.

Es verdad, los linchamientos son perturbadores y condenables; pero son una lógica defensa que ha llenado el vacío que el estado deja al no ocuparse de la seguridad de segmentos de la urbe enteros.

Leí a algunos opinadores airados insistiendo en que deben desaparecer las combis y los microbuses pero hoy, cerca de la mitad de los habitantes de la Ciudad de México y el Estado de México sigue trasladándose en ellos, es el segundo medio de transporte público después del metro. ¿Qué alternativas tendrán para llegar a Zona Esmeralda, Santa Fe, Interlomas o a Palmas quienes trabajan ahí? ¿Y el progreso?, ¡¿se detendrá el progreso que tan rabiosamente hace latir el corazón de tantos?!

Siempre digo que México es muchos Méxicos porque es así, quienes trabajan en zonas arboladas pensadas para peatones y abren la puerta de su cochera con una llave automática sin ensuciarse los zapatos pisando la calle de la casa a la oficina, no imaginan lo que es esa otra vida, igual de digna y honesta (quizá más) que la de los altos ejecutivos pero mucho más dura. Y no romantizo nada, que aquí el único verbo que cabe es chingarle; pero miremos más allá de nuestro código postal.

Como siempre, nos enfrascamos en el falso dilema de si estuvo bien o mal la paliza en la combi; en la polarización de una clase social contra otra y seguimos engordándole el caldo a cada maldito partido político que se va quedando con los recursos públicos sin promover el desarrollo que este increíble país podría tener y que necesita desesperadamente.

La única solución será que nosotros sus habitantes, aprendamos a sentir y a pensar en colectivo. Y a ese pensamiento colectivo sí que me gustaría decirles súbale, lleva lugares. Ojalá llegue el día.

La niña que salió embarazada

Fotógrafa: Sandra Hernández, IG @Vita_Flumen

A mis nueve años era todavía tan bajita que me empotraba en el mostrador de la tienda de abarrotes para llamar a la dependienta y pedir la lista de la compra que nunca pasaba de tres líneas memorizadas: pan, azúcar, huevo.

Aquel pueblo michoacano era como tantos pueblos de este país: decadente, abandonado, con un siglo de atraso. Al nivel educativo más alto que podía aspirarse era la escuela primaria. Con quince años las mujeres estaban destinadas a embarazarse y parir hijos a destajo y los hombres a trabajar en lo que se pudiera y regar su inmadura simiente también a destajo. Ahí vivía mi abuela y ahí pasaban cosas muy extrañas.

Ante la ausencia de todo, lo poco que había se convertía en tótem o en ley. La iglesia lo primero, la vida de los otros lo segundo, las fiestas en tercer lugar.

Me quedé colgando del mostrador porque nadie me oía, olfateando el aroma del pan recién horneado que se mezclaba con notas de detergente y guayabas. Entonces vi algo que me disparó el corazón y me hizo salir corriendo y olvidar la consigna de la compra a riesgo de que la temible mujer que gracias a los designios de la sangre me tocó por abuela, me agarrara a palazos.

Así era ella, ni jalones de pelo ni nalgadas: palo y piedra o cintarazo vibrante. Cabrona.

Pero también era de otro modo, uno que reanimaba al mismísimo cielo con sus cantos, sus memorables dichos y su alma zumbona que uno podía escuchar con solo pasar junto a ella.

Mi abuela era católica desde la entraña hasta la punta de su prominente nariz, pertenecía a una congregación llamada Hijas de María y la vida se le iba en proclamar su fe.

El sacerdote del pueblo era su adoración y la de todos los habitantes de esa pequeña calamidad llamada Urapa. Las señoras le besaban la mano, le llevaban guisos, gallinas, puercos, quesos recién cuajados y lo que tuvieran a mano para deleitarlo.

Se acercaba la fiesta del tres de mayo que era cuando el pueblo echaba la casa por la ventana y se olvidaba de la muerte y de la pobreza festejando por todo lo alto a la Santa Cruz.

Ese año mi abuela era parte del festival: aparecía disfrazada de loca y bailando entre un grupo de danzantes a los que tenía que distraer haciendo de diablito jodón, chingándolos como pudiera –y vaya que podía porque esa fue siempre su especialidad.

Entré con un tsunami desbordándome el pecho, le dije que la tienda de doña Teresa estaba cerrada y que por eso no había comprado los encargos. Me deslicé como perrito asustado hasta la cocina, dejé el dinero sobre la mesa y antes de que empezara con alguno de sus cagues legendarios, eché a correr rumbo a la barranca que había atrás de su casa. Me quedé merodeando por ahí hasta que logré sacar de mi cabeza lo que había visto en la tienda: el sacristán, que era un tipo con cara de no arrancar una hierbita del jardín para no lastimarla, penetraba violentamente a una de las hijas de doña Teresa, apenas dos años mayor que yo.

Cuando reaparecí fui notificada de mi castigo: me quedaría sin desayunar. (Por suerte me había llenado la barriga con los duraznos que se desprendían de los árboles de la barranca). Me salió barato.

Llegó el día de la fiesta, mi abuela no cabía de gozo. Iba a participar en el espectáculo y además le habían encargado que zurciera una túnica del sacerdote. No podía estar más cerquita de dios, eso decía.

Yo pensaba que estaba de la chingada que ese señor que se creía dios tuviera de ayudante a un tipo que hacía lo que yo lo había visto hacer.

Doña Teresa y sus hijas, arregladísimas y radiantes como si fuera el día de su boda, estaban las primeras en la plaza para disfrutar del festejo. El número de mi abuela empezó, causó tal furor que me asusté más de lo que ya estaba ¿qué era todo aquello?, ¿esa fe perversa? Un pitido me atravesó de un oído al otro cuando vi al sacristán pararse junto a las Teresas y ponerles la mano en el hombro a las dos niñas. La madre veía con embeleso hacia donde estaba sentado el cura.

A mi abuela le aplaudieron a rabiar. Yo no hallaba dónde ponerme pero sabía que no podía perderme por ahí y provocarla con mis vagabundeos el día de su debut.

Cuando todo acabó me llamó y caminamos a la iglesia, cruzamos el jardín y nos metimos a la sacristía, yo temblaba. El sacristán apareció con un regalo para ella de parte del sacerdote, un escapulario que recibió conmovida como si la hubieran nombrado reina de las Galias.

—Estos hombres son unos santos, hay que estar cerca de ellos para estar cerca de dios. Eso me dijo.

Luego se supo que una de las hijas de doña Teresa había “salido embarazada”, así, con la construcción verbal recayendo en ella como si se hubiera encargado de preñarse a sí misma. La criticaron un tiempo hasta que se corrió la voz de que el sacerdote la había perdonado y entonces mi abuela dijo que con el perdón de ese señor era como si el propio dios la hubiera absuelto. Para el jaleo del miércoles de ceniza del siguiente año la otra púber también “salió embarazada”.  A ese escándalo se sumó el de L, una chica con síndrome de Down que también “salió” embarazada, había sido abusada por su propio padre.

México ocupa el primer lugar de América Latina en embarazos de niñas o adolescentes, y el segundo lugar en el mundo. Cada año nacen cerca de 340 mil hijos de madres menores de 19 años en nuestro país.

Según el INEGI, 4 de cada 10 padres abandonan a sus hijos que deben criar las madres solas.

Según fuentes no oficiales, la cifra podría subir a 6 de cada 10 hogares mexicanos sin padre.

En 2007 se aprobó en la Ciudad de México la interrupción legal del embarazo. De ese año al 2019, el 52% de los abortos legales que se han practicado registran un rango de edad de las mujeres (y niñas) entre 11 y 24 años.

Putas, para qué abren las piernas, pero bien que les gusta, retrasadas mentales, compren condones, asesinas de bebés, Dios las va a castigar. Son algunos de los insultos que recibí ayer en redes sociales por declararme a favor del derecho de las mujeres a interrumpir un embarazo.

Me pregunto cómo hicimos para lograr que este país siga siendo el pueblo de mi abuela que está dentro de otro pueblo de mi abuela, dentro de otro, dentro de otro.

La maternidad será elegida o no será.