Reparar

Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Cada tanto me entra una manía reparadora. 

Me pongo a buscar entre mi ropa las prendas que necesitan un botón o reforzar el dobladillo. Voy a mis libros y veo qué puedo hacer por los más destartalados. 

No fue siempre así. Por ahí de los 30 me dio por tirar todo lo que “ya no servía”. 

Pero ahora no. De unos años para acá la idea de reparar me emociona y me seduce. En mis múltiples mudanzas siempre busco al llegar al barrio un lugar para reparar zapatos. Me ilumino cuando me entregan un par de botas como nuevas con las tapas recién cambiadas o con un parche oculto. 

Con esta crisis sanitaria, los sitios donde reparan están cerrados. Las tiendas donde compramos, también están cerradas. 

Y eso me ha hecho poner en fila las cortinas y un par de pantalones para repararlos yo. Llevo días saboreando el momento de sentarme a hacerlo. La pequeña victoria de decir “lo arreglé” que deja una sensación real de poder.  

De niña vi a mi abuela y a mi madre reparar ropa, cazuelas, zapatos, almohadas… claro que yo tenía la fantasía de recibir objetos nuevos y rodearme de ellos. Pero cuando mi mamá me devolvía un abrigo o una falda reparadas, me salía un “¡lo arreglaste!” con una admiración absoluta. Ella tenía el poder de arreglar las cosas. El poder de reparar. 

La muñeca a la que se le zafó el brazo, el diente que me fracturé, la falda del uniforme de la escuela. Todo podía repararse. 

Con el paso de los años he pensado que esa experiencia de reparación y alegría que me dio mi madre es sobre lo que está sustentada mi existencia. Mi sensación de tener el lugar más legítimo en el mundo viene de mi capacidad de reparación. 

Hace algunas noches vi en Netflix el documental “For Sama” (2019, Waad al-Kateab, Edward Watts), hay una secuencia de un parto donde el recién nacido no tiene pulso, no respira. Sentí cómo mi corazón se paró por un segundo anhelando, como cuando era niña, que los médicos lo arreglaran.  

Esa abuela partera que forma parte de mi historia vino a mi mente. Qué sentiría mi abuela, cómo celebraría arrebatarle un niño a la muerte, devolverle el pulso, la respiración, repararlo.  

Hay algo en la reparación que cuenta lo mejor de la humanidad. Todos sabemos destruir, es fácil, es rápido, basta dejarse llevar por un estallido. Reparar es otra cosa, no todos tenemos la capacidad de reparar, o no siempre. 

Pero cuando aparece el impulso de reparar, hay tantos componentes de la psique puestos en ello que sus beneficios son inconmensurables: reconocer el error, detectar lo que está roto, no resignarse a dejarlo así, aprender de la fractura, de la herida, de la función que se niega a responder. No puedo evitar sentir cierta simpatía cuando veo a un hombre reparando su auto, reparar es un síntoma de salud, un aspecto luminoso de los seres humanos. 

En el edificio donde vivía hace cuatro años había un conserje que me impresionaba por su capacidad de repararlo todo. Desde el elevador hasta el desagüe, pasando por las puertas, las lámparas y hasta un tacón que se me rompió una mañana que bajé corriendo a una junta de trabajo y el taxi ya me esperaba en la puerta. Agustín era capaz de arreglar cualquier cosa. 

No pasaba medio día sin que el hombre reparara aquello que se había descompuesto. Era mayor pero fuerte y ágil. Tenía un halo más allá de la dignidad, era como un súper poder que emergía de él cuando tarareaba mientras manipulaba los objetos.  

Se iba cada mañana que cambiaba turno como un conquistador bajo una lluvia de laureles en el camino de regreso a casa.  

He pensado mucho en la reparación estos días, en lo que quizá hemos reparado de la casa ahora que tenemos tiempo, en el clóset o el librero que por fin arreglamos. Pienso en la tormenta destructiva de los medios, de las redes sociales, en la estampida de mensajes alienados que buscan destruirse en uno y otro bandos de la polarización. 

Vamos a necesitar mucha, mucha fuerza de reparación; esa que nace de la humildad de no tener la razón, pero sí lucidez para detectar lo que está roto y exige trabajo sin discursos, sin alardes. Trabajo de reparación, poderoso y humilde. Sin dogmas, sin ideologías, con el impulso vital empujando.

@AlmaDeliaMC

El ángel del hogar y sus demonios

Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Hace unos días, precisamente el 10 de mayo, tuve a bien publicar un tuit en el que reconocía el valor de la elección de las mujeres que decidimos no tener hijos; me pareció importante incorporar el tema a la conversación pública aunque fuera en un efímero tuit pues la tormenta de mensajes que trae la celebración por el Día de las madres que hace siglos se celebra en el mundo y poco más de cien años en México, es apabullante.

Pues ese insignificante tuit para hablar del caso opuesto, las no madres, en medio del hegemónico discurso que celebra la maternidad, resultó de lo más incómodo y me dejó un saldo de más de 2 mil insultos (nunca, ni cuando he cuestionado una conducta del presidente en turno, me había llovido de tal manera), pero me dejó también la certeza del síntoma expuesto para escribir y reflexionar al respecto.

Por muy dosmileros que seamos, el ideal femenino sigue lleno de conceptos que nacieron hace más de cien años y que han dado identidad a las generaciones de hoy con más vigencia de lo que quizá alcanzamos a ver.

La misión doméstica de las mujeres como base de valorización femenina está más viva que nunca. Hay un deber dictado por Dios y la familia, por la sociedad entera, que un día sí y otro también taladra con el mismo mensaje: las mujeres deben ser buenas, si son madres, serán mejores portadoras de bondad porque la idea de maternidad conlleva una práctica de “sacrificio” como los mártires y santos de la religión judeocristiana.

Pero no se trata sólo de la Iglesia, también hay un material interés en un modelo político y económico que se ha desarrollado sobre la base del rol femenino como formadora de familias (núcleo de consumo que sostiene incontables industrias). Y de ahí pa’lante, mi alma. Si las mujeres dejaran de reproducir familias o de dedicar su vida a sostener el núcleo de la familia, un montón de industrias se derrumbarían, y con ello todo un modelo económico y político.

Así, la idea de la domesticidad perfecta siempre ha estado asociada a las mujeres; el valor decimonónico que “dignifica” a una mujer si es una novia comprensiva, una enamorada de ensueño, una buena esposa, mejor madre y responsable absoluta de criar hijos como buenos ciudadanos, es de una prevalencia innegable.

Durante el siglo diecinueve se desarrolló un concepto similar en prácticamente todos los países de Occidente: “El ángel del hogar”. El ángel del hogar es esa mujer que con sus polvos mágicos y su sonrisa eterna recibe al marido cansado y lo atiende, le sonríe, empata sus apetitos con los de su hombre, cumple con un ritual formativo para que los niños en casa aprendan de ella a replicar un modelo que, hasta nuestros días, sostiene sociedades enteras alrededor del mundo.

Hay un ensayo de Nerea Aresti publicado bajo el mismo título que pueden leer en línea y que explica espléndidamente algunos de los conceptos de los que hablo aquí.

Pues ese concepto “ángel del hogar”, es perfectamente equiparable a la idea de la “santa madrecita” que los mexicanos practicamos. El dictado político y religioso que pesan en el fondo son de una perdurabilidad sorprendente.

En días recientes en casa hemos estado viendo en segunda vuelta la serie “Mad Men”, el personaje de Betty Draper, esa esposa con cara de ángel y pelo de muñeca que se consume de ansiedad y de tristeza por dentro, no dista mucho del modelo que muchas de nuestras madres y muchas mujeres contemporáneas son llamadas a seguir. Con sus diferencias de época pero el fondo es el mismo: hoy el mensaje dice que seas la madre cool que además trabaja, va al gimnasio, alimenta a su familia con productos bajos en grasa, orgánicos y que los niños que viven contigo (o señorones de más de 20 años porque hay casos, síono) ven como su mejor amiga.

Y es que es tan violenta una cosa como la otra: someter a las madres a la exigencia de simbolizar el amor, la bondad y la perfección, es una tiranía; ninguna madre merece esa imposición. Ser el hijo que debe ver a mamá como «santa madrecita» refuerza el infantilismo mental, ningún hijo merece tal mutilación a su inteligencia.

Pero criticar a las que no somos madres por querer incorporar el tema a la conversación, es de plano la tiranía expuesta: si somos madres tenemos que ser perfectas y si no somos madres y pedimos que se valore la elección, somos soberbias y narcisistas. Lo de siempre: que calladitas nos vemos más bonitas.

Volviendo al tema de los dos mil insultos, me parece el ejemplo perfecto para hablar de lo que en psicología se llama proyección de la sombra: a mayor tamaño del objeto, mayor proyección de la sombra. Hay un fenómeno ahí, profundo y complejo en la adoración ciega de la madre y de la maternidad.

He reparado un par de veces en las raíces etimológicas de la palabra Madre: “mar, mare”, el simbolismo de la madre se relaciona con la mar, pero también con la tierra fértil, mar y tierra como matrices de vida. Sin embargo hay una dualidad de vida y muerte: nacer es salir del vientre de la madre, morir es retornar a la tierra. Esa madre (mar y tierra a la vez) es alimento pero también riesgo de opresión y ahogo. (Recomiendo muchísimo hacerse del Diccionario de Símbolos de Chavalier y Gheerbrant en editorial Herder para revisar el valor simbólico en el origen de las palabras).

También me he atrevido a hablar del lado más oscuro de las madres, la pulsión filicida que algunas experimentan: el deseo de matar a sus hijos. Debe ser duro, doloroso, complejo, generar culpa y ansiedad infinitas. Y creo que quizá sería bueno hablar más de ello. Algunas simplemente no logran vincularse con sus hijos aunque los cuiden y nunca los abandonen, pero la falta de la mirada amorosa y de aceptación de la madre, trae consecuencias para toda la vida en la psique de las personas.

Por eso creo que el mundo sería un mejor lugar si sólo tuvieran hijos quienes tienen vocación para ello, y así como es perfectamente legítimo educarse para reconocer cuál es la vocación profesional o académica, sería un derecho sagrado educarnos para reconocer si tenemos o no, la vocación de ser madres. Reconocerlo y decidirse por el “no”, debería ser tan promovido como el mensaje que empuja a que digas “sí” desde la familia, la religión, la mercadotecnia y hasta la política; poco menos del 30% de los países en el mundo han aprobado el aborto legal en pleno 2020 y no en todos sus territorios.

Resumiendo: que estas sociedades adoradoras de la madre como arquetipo de perfección, necesitamos evolucionar, atrevernos a mirar la condición humana y no demandar a ningún ser humano que se mutile para convertirse en un prototipo. Ojalá que llegue el día en que se pueda elegir con libertad absoluta la identidad, por amenazante que nos resulte la idea de un mundo en el que todos pueden cuestionar el statu quo y atreverse a ser diferentes.

@AlmaDeliaMC