Reparar

Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Cada tanto me entra una manía reparadora. 

Me pongo a buscar entre mi ropa las prendas que necesitan un botón o reforzar el dobladillo. Voy a mis libros y veo qué puedo hacer por los más destartalados. 

No fue siempre así. Por ahí de los 30 me dio por tirar todo lo que “ya no servía”. 

Pero ahora no. De unos años para acá la idea de reparar me emociona y me seduce. En mis múltiples mudanzas siempre busco al llegar al barrio un lugar para reparar zapatos. Me ilumino cuando me entregan un par de botas como nuevas con las tapas recién cambiadas o con un parche oculto. 

Con esta crisis sanitaria, los sitios donde reparan están cerrados. Las tiendas donde compramos, también están cerradas. 

Y eso me ha hecho poner en fila las cortinas y un par de pantalones para repararlos yo. Llevo días saboreando el momento de sentarme a hacerlo. La pequeña victoria de decir “lo arreglé” que deja una sensación real de poder.  

De niña vi a mi abuela y a mi madre reparar ropa, cazuelas, zapatos, almohadas… claro que yo tenía la fantasía de recibir objetos nuevos y rodearme de ellos. Pero cuando mi mamá me devolvía un abrigo o una falda reparadas, me salía un “¡lo arreglaste!” con una admiración absoluta. Ella tenía el poder de arreglar las cosas. El poder de reparar. 

La muñeca a la que se le zafó el brazo, el diente que me fracturé, la falda del uniforme de la escuela. Todo podía repararse. 

Con el paso de los años he pensado que esa experiencia de reparación y alegría que me dio mi madre es sobre lo que está sustentada mi existencia. Mi sensación de tener el lugar más legítimo en el mundo viene de mi capacidad de reparación. 

Hace algunas noches vi en Netflix el documental “For Sama” (2019, Waad al-Kateab, Edward Watts), hay una secuencia de un parto donde el recién nacido no tiene pulso, no respira. Sentí cómo mi corazón se paró por un segundo anhelando, como cuando era niña, que los médicos lo arreglaran.  

Esa abuela partera que forma parte de mi historia vino a mi mente. Qué sentiría mi abuela, cómo celebraría arrebatarle un niño a la muerte, devolverle el pulso, la respiración, repararlo.  

Hay algo en la reparación que cuenta lo mejor de la humanidad. Todos sabemos destruir, es fácil, es rápido, basta dejarse llevar por un estallido. Reparar es otra cosa, no todos tenemos la capacidad de reparar, o no siempre. 

Pero cuando aparece el impulso de reparar, hay tantos componentes de la psique puestos en ello que sus beneficios son inconmensurables: reconocer el error, detectar lo que está roto, no resignarse a dejarlo así, aprender de la fractura, de la herida, de la función que se niega a responder. No puedo evitar sentir cierta simpatía cuando veo a un hombre reparando su auto, reparar es un síntoma de salud, un aspecto luminoso de los seres humanos. 

En el edificio donde vivía hace cuatro años había un conserje que me impresionaba por su capacidad de repararlo todo. Desde el elevador hasta el desagüe, pasando por las puertas, las lámparas y hasta un tacón que se me rompió una mañana que bajé corriendo a una junta de trabajo y el taxi ya me esperaba en la puerta. Agustín era capaz de arreglar cualquier cosa. 

No pasaba medio día sin que el hombre reparara aquello que se había descompuesto. Era mayor pero fuerte y ágil. Tenía un halo más allá de la dignidad, era como un súper poder que emergía de él cuando tarareaba mientras manipulaba los objetos.  

Se iba cada mañana que cambiaba turno como un conquistador bajo una lluvia de laureles en el camino de regreso a casa.  

He pensado mucho en la reparación estos días, en lo que quizá hemos reparado de la casa ahora que tenemos tiempo, en el clóset o el librero que por fin arreglamos. Pienso en la tormenta destructiva de los medios, de las redes sociales, en la estampida de mensajes alienados que buscan destruirse en uno y otro bandos de la polarización. 

Vamos a necesitar mucha, mucha fuerza de reparación; esa que nace de la humildad de no tener la razón, pero sí lucidez para detectar lo que está roto y exige trabajo sin discursos, sin alardes. Trabajo de reparación, poderoso y humilde. Sin dogmas, sin ideologías, con el impulso vital empujando.

@AlmaDeliaMC

El ángel del hogar y sus demonios

Crédito imagen : Alberto Alcocer @beco.mx

Hace unos días, precisamente el 10 de mayo, tuve a bien publicar un tuit en el que reconocía el valor de la elección de las mujeres que decidimos no tener hijos; me pareció importante incorporar el tema a la conversación pública aunque fuera en un efímero tuit pues la tormenta de mensajes que trae la celebración por el Día de las madres que hace siglos se celebra en el mundo y poco más de cien años en México, es apabullante.

Pues ese insignificante tuit para hablar del caso opuesto, las no madres, en medio del hegemónico discurso que celebra la maternidad, resultó de lo más incómodo y me dejó un saldo de más de 2 mil insultos (nunca, ni cuando he cuestionado una conducta del presidente en turno, me había llovido de tal manera), pero me dejó también la certeza del síntoma expuesto para escribir y reflexionar al respecto.

Por muy dosmileros que seamos, el ideal femenino sigue lleno de conceptos que nacieron hace más de cien años y que han dado identidad a las generaciones de hoy con más vigencia de lo que quizá alcanzamos a ver.

La misión doméstica de las mujeres como base de valorización femenina está más viva que nunca. Hay un deber dictado por Dios y la familia, por la sociedad entera, que un día sí y otro también taladra con el mismo mensaje: las mujeres deben ser buenas, si son madres, serán mejores portadoras de bondad porque la idea de maternidad conlleva una práctica de “sacrificio” como los mártires y santos de la religión judeocristiana.

Pero no se trata sólo de la Iglesia, también hay un material interés en un modelo político y económico que se ha desarrollado sobre la base del rol femenino como formadora de familias (núcleo de consumo que sostiene incontables industrias). Y de ahí pa’lante, mi alma. Si las mujeres dejaran de reproducir familias o de dedicar su vida a sostener el núcleo de la familia, un montón de industrias se derrumbarían, y con ello todo un modelo económico y político.

Así, la idea de la domesticidad perfecta siempre ha estado asociada a las mujeres; el valor decimonónico que “dignifica” a una mujer si es una novia comprensiva, una enamorada de ensueño, una buena esposa, mejor madre y responsable absoluta de criar hijos como buenos ciudadanos, es de una prevalencia innegable.

Durante el siglo diecinueve se desarrolló un concepto similar en prácticamente todos los países de Occidente: “El ángel del hogar”. El ángel del hogar es esa mujer que con sus polvos mágicos y su sonrisa eterna recibe al marido cansado y lo atiende, le sonríe, empata sus apetitos con los de su hombre, cumple con un ritual formativo para que los niños en casa aprendan de ella a replicar un modelo que, hasta nuestros días, sostiene sociedades enteras alrededor del mundo.

Hay un ensayo de Nerea Aresti publicado bajo el mismo título que pueden leer en línea y que explica espléndidamente algunos de los conceptos de los que hablo aquí.

Pues ese concepto “ángel del hogar”, es perfectamente equiparable a la idea de la “santa madrecita” que los mexicanos practicamos. El dictado político y religioso que pesan en el fondo son de una perdurabilidad sorprendente.

En días recientes en casa hemos estado viendo en segunda vuelta la serie “Mad Men”, el personaje de Betty Draper, esa esposa con cara de ángel y pelo de muñeca que se consume de ansiedad y de tristeza por dentro, no dista mucho del modelo que muchas de nuestras madres y muchas mujeres contemporáneas son llamadas a seguir. Con sus diferencias de época pero el fondo es el mismo: hoy el mensaje dice que seas la madre cool que además trabaja, va al gimnasio, alimenta a su familia con productos bajos en grasa, orgánicos y que los niños que viven contigo (o señorones de más de 20 años porque hay casos, síono) ven como su mejor amiga.

Y es que es tan violenta una cosa como la otra: someter a las madres a la exigencia de simbolizar el amor, la bondad y la perfección, es una tiranía; ninguna madre merece esa imposición. Ser el hijo que debe ver a mamá como «santa madrecita» refuerza el infantilismo mental, ningún hijo merece tal mutilación a su inteligencia.

Pero criticar a las que no somos madres por querer incorporar el tema a la conversación, es de plano la tiranía expuesta: si somos madres tenemos que ser perfectas y si no somos madres y pedimos que se valore la elección, somos soberbias y narcisistas. Lo de siempre: que calladitas nos vemos más bonitas.

Volviendo al tema de los dos mil insultos, me parece el ejemplo perfecto para hablar de lo que en psicología se llama proyección de la sombra: a mayor tamaño del objeto, mayor proyección de la sombra. Hay un fenómeno ahí, profundo y complejo en la adoración ciega de la madre y de la maternidad.

He reparado un par de veces en las raíces etimológicas de la palabra Madre: “mar, mare”, el simbolismo de la madre se relaciona con la mar, pero también con la tierra fértil, mar y tierra como matrices de vida. Sin embargo hay una dualidad de vida y muerte: nacer es salir del vientre de la madre, morir es retornar a la tierra. Esa madre (mar y tierra a la vez) es alimento pero también riesgo de opresión y ahogo. (Recomiendo muchísimo hacerse del Diccionario de Símbolos de Chavalier y Gheerbrant en editorial Herder para revisar el valor simbólico en el origen de las palabras).

También me he atrevido a hablar del lado más oscuro de las madres, la pulsión filicida que algunas experimentan: el deseo de matar a sus hijos. Debe ser duro, doloroso, complejo, generar culpa y ansiedad infinitas. Y creo que quizá sería bueno hablar más de ello. Algunas simplemente no logran vincularse con sus hijos aunque los cuiden y nunca los abandonen, pero la falta de la mirada amorosa y de aceptación de la madre, trae consecuencias para toda la vida en la psique de las personas.

Por eso creo que el mundo sería un mejor lugar si sólo tuvieran hijos quienes tienen vocación para ello, y así como es perfectamente legítimo educarse para reconocer cuál es la vocación profesional o académica, sería un derecho sagrado educarnos para reconocer si tenemos o no, la vocación de ser madres. Reconocerlo y decidirse por el “no”, debería ser tan promovido como el mensaje que empuja a que digas “sí” desde la familia, la religión, la mercadotecnia y hasta la política; poco menos del 30% de los países en el mundo han aprobado el aborto legal en pleno 2020 y no en todos sus territorios.

Resumiendo: que estas sociedades adoradoras de la madre como arquetipo de perfección, necesitamos evolucionar, atrevernos a mirar la condición humana y no demandar a ningún ser humano que se mutile para convertirse en un prototipo. Ojalá que llegue el día en que se pueda elegir con libertad absoluta la identidad, por amenazante que nos resulte la idea de un mundo en el que todos pueden cuestionar el statu quo y atreverse a ser diferentes.

@AlmaDeliaMC

Desamistad

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Ni siquiera una pasión devoradora puede brindar tanta satisfacción como una amistad silenciosa y discreta, para los que tienen la suerte de haber sido tocados por su fuerza. 

Sándor Márai, El último encuentro 
 

Me ocurrió dos veces y es horrible. 

El corazón duele, sí, pero sobre todo duele la identidad cuando por la única razón posible —la vida— dejamos de ser amigos de alguien. 

No es la voracidad del desamor, la muerte ciclónica de un ya no te amo, la psicosis del mal de amores. No es eso, pero es tremendo. Es como si lo que somos saliera poco a poco por una válvula de escape pequeñísima, una válvula que ese amigo o amiga que se nos separa deja abierta en medio de las costillas y nos vamos desinflando de yo, de nosotros, de esos tiempos, de esas coincidencias, de aquellos años fundantes y definitorios. 

Creo que está subvaluado el dolor de la ruptura amistosa. Porque aunque no hallamos por dónde curar la ausencia de ese vínculo que construimos a lo largo de diez o veinte años, y aunque no entendemos qué ocurrió pero sí entendemos qué ocurrió, no podemos contestar cuando alguien nos pregunta “qué te pasa” que nos pasa que nuestra amiga ha dejado de querernos.  

Y es que no estamos dispuestos a hacer el ridículo, ¿quién va a entender que la tristeza dure meses o incluso años cada vez que la ausencia de P te muerde los días más ordinarios, exactamente los que compartías con esa amiga ahora distante? O tal vez todos conocemos ese sentimiento pero poco hablamos de ello. 

En cambio con un contundente “me estoy divorciando” el asunto queda zanjado y nadie duda de tu cordura por estar sufriendo semejante pérdida. 

Así que, insisto, la desamistad está poco explorada, poco sopesada, poco dolida. Ni siquiera la palabra como tal tiene cabida en el diccionario de la fruncida RAE que pone “enemistad” en lugar de lo otro. Y no es lo mismo, estrechos verbales, cómo va a ser lo mismo. No hablo de hacerse enemigos, hablo de romper con un amigo y lo que duele, el abismo deforme que se nos pone delante cuando perdemos un cómplice del alma. 

P y yo fuimos juntas a tramitar nuestras credenciales de elector, nos ufanamos de haber cumplido dieciocho años embarrándole el cuadrito de identificación oficial a todo el que dudara de nuestra adultez, gastamos nuestros primeros salarios de becarias comiendo antojitos callejeros y comprando cosméticos baratos en las tiendas del centro, nos mudamos al mismo departamento cuando creímos que ya podíamos hacernos cargo de nuestra existencia y compartimos durante cinco años una vida intensa, vulnerable, decidida, transitando entre novios y tantos cambios de empleo como de champú favorito. Dejamos de vernos justamente con el cambio de milenio. Para los últimos días del año 2000 ya estábamos tan incómodas una con la otra que yo decidí emprender una nueva mudanza, sola. 

Han pasado dieciséis años y todavía me asomo a mirarme en su espejo algunas noches, cuando la sueño; casi siempre es por esta época de aguaceros, algún síndrome de aniversario que construyó mi psique y que a mí se me escapa hace de las suyas en mi universo onírico. Ella siempre estará ahí. Y aunque el dolor de perdernos fue muy duro los primeros años, luego se nos atravesó Europa —donde ella vivió un largo periodo—, las carreras corporativas, los novios, los maridos… y hoy sólo somos dos imágenes lejanas. 

Ahora entiendo que cuando las personas todavía no estamos hechas —apenas quesos blandos sin cuajar— necesitamos como del oxígeno de esos amigos espejo, esos Otros que son Yo y que nos permiten crecer y de los que luego hay que separarse, casi implacablemente.  

De P me quedó el amor al son cubano, el gusto por el baile, las lecturas inagotables de las novelas de Iván Turguéniev. Eso es mucho y es único. Siempre será único. 

Tiempo después volvió a ocurrirme con E, fuimos inseparables durante una década. Cómo me aferré a que no se terminara, mastiqué cuatro años de agonía en los que intenté estar con ella, seguirla, ir a donde fuera, acompañarla en lo que emprendiera, preguntándome si mi insoportable afán para que el título de mejores amigas perdurara no hacía si no alejarnos… Pero la vida, los ciclos, los ya no soy, ya no somos. Hasta que arribamos al fin de la ternura. 

Y otra vez ese dolor en las costillas, en la belleza de lo cotidiano que se queda sin cómplice ni testigo, en el cambio identitario. 

Amistad deriva de “amare”, que viene de amor.  ¿No es también una clase de amor fascinante que nos deja en el desamparo cuando se acaba? 

Seguro que Don Quijote se nos muere sin su Sancho, que el gordo se deprime sin su flaco, que a Astérix sin Obélix se lo cargan los romanos… en fin, supongo que si nadie muere de amor, nadie muere de amistad y espero que los años sirvan tanto para ser mejores amantes como para ser mejores amigos. Y si la edad no sirve para eso, exijamos la devolución de nuestro dinero.  

Pero es que es tan dulce como agrio el recuerdo de una querencia de esas cuando nos desamistamos. Y duele. Y al dolor, para que no nos arrastre por las calles, hay que nombrarlo. 

@AlmaDeliaMC 

Súbale al progreso, lleva lugares

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Figúrense ustedes, ultramodernos y queridos lectores, que mi madre se transportaba a caballo. 

Así como lo oyen, en el pueblo de mi progenitora, que estaba muy pinche lejos de la civilización, lo que correspondía era bajar a caballo para tomar un camión y salir hacia Morelia, Michoacán, primer eslabón de acceso a la modernidad en aquel entorno. O hacer caminatas durante días enteros, esa era la otra opción. Y no hace tanto tiempo, hablo de cuarenta y cinco años atrás. 

La falta de transporte era un problema serio, tenía implicaciones severas para el desarrollo y para la sobrevivencia de las personas de la comunidad, ante una emergencia médica el pronóstico dictaba una probabilidad de muerte alta: en lo que lograbas treparte al caballo o al burro para bajar al pueblo y llegar a la clínica, te quedabas tieso. 

Cuando mi madre, mis hermanos y yo arribamos a la gran capital, descubrimos los camiones, el Ruta 100, el metro al que yo le tenía miedo pues lo veía tan grandote, rapidote y limpiote como bien adjetiva Chava Flores en su entrañable canción, que no lograba comprender su funcionamiento y temía un choque, una explosión o una descarga eléctrica.  

Descubrimos también los legendarios peseros, que se llamaban así no por transportar al fitoplancton y al zooplancton del fondo del mar, sino porque cobraban una tarifa única de un peso. Esos bichos eran una maravilla, llegaban allende las fronteras, como la Coca-Cola, el PRI y la corrupción; no había rincón de esta descomunal ciudad —ni del Estado de México— a donde estas pequeñas pero combativas máquinas no lograran entrar para dejar al pasajero, maltrecho y persignándose por haber sobrevivido a la travesía, pero muy cerca de su casa o lugar de trabajo. El pesero mutó en combi y después en microbús; ese carro de guerra del que tanto renegamos y que nuestro Jefe de Gobierno, ha anunciado que está por desaparecer: no más microbuses, esa epidemia chatarrera y malograda llegó a su fin. Ah, el progreso. 

Pasaron muchos años antes de que cualquiera de nosotros —mis hermanos o yo— pudiéramos comprar un automóvil propio. Pero he aquí que un día, lo logramos. Y nos convertimos en el 20% de la población que utiliza el 80% de las vialidades con su auto propio, dije propio, señores y señoras, con nombre y apellido le llamamos Mi Coche. Ah, el progreso. 

Pero antes de que Mi Coche y yo (al que quise tanto como al Platero de la historia de Juan Ramón Jiménez) nos hiciéramos los mejores amigos, yo andaba entre inagotables andenes, vagones, terminales del metro y, sobre todo, incontables microbuses. Y les debo a ellos y solo a ellos, haber estudiado la universidad porque el traslado diario desde el Estado de México hasta Ciudad Universitaria hubiera sido imposible por otra vía. 

En el microbús me convertí en una verdadera luchadora urbana. Aprendí a ser una gladiadora chilanga porque, efectivamente, ese “súbale, lleva lugares” era una sádica broma que le gustaba pregonar al conductor pues en el vehículo nunca cabía un alma pero hallábamos la manera de ensardinarnos o colgarnos de un brazo y dejar el culo y el bolso, mochila o portafolios al aire. El único fenómeno parecido al del microbús sardina es el de los tuk-tuk de la India que rompen toda ley física metiendo infinitos cuerpos en un espacio finito. 

Conocí el oficio de cacharpas, que consiste en hacer de copiloto, asistente, cobrador, consejero, jefe de seguridad y Sancho Panza del conductor. 

Aprendí aquello de  la cadena de pagos con “le pasa uno, por favor” para depositar en la palma del vecino las monedas y que la transacción avanzara, de mano en mano, hasta llegar a las arcas del chófer. El vuelto por el pasaje seguía la ruta inversa. Una se guardaba su monedas manoseadas, calentitas y valiosísimas en el bolsillo de los jeans, tocaba el timbre para indicar el descenso, invocaba a sus muertos y a sus dioses, comprimía el abdomen, abrazaba la mochila a modo de escudo protector y saltaba como el mejor acróbata de doblajes hollywoodenses. Ah, la sobrevivencia. 

Pero con el tiempo, además de Mi Coche, apareció el metrobús, el tren suburbano, Uber y sus congéneres. Ah, de nuevo el progreso. 

Y a pesar de tanta evolución, más vale afrontar el hecho de una vez por todas. La movilidad en la Ciudad de México podría colapsar en menos tiempo de lo que suponíamos. 

Las matemáticas son simples: somos muchos, el transporte público es insuficiente y no podrá tomar las vialidades hoy destinadas a los ciudadanos de primera —me refiero a los privilegiados dueños de un automóvil— pues no mostramos la menor disposición a rehabilitarnos de la cochedependencia y andamos muy atareados cambiando las placas para que nuestros bienamados automóviles puedan circular más días por semana. Sí, la minoría que poseemos un auto (o a quienes el auto nos posee, insisto) queremos toda la ciudad para nosotros, para el transporte privado. 

Es verdad, los microbuses son una plaga sin regulación que ha llenado, como ocurre siempre, el vacío que el sistema oficial deja al no ocuparse del desarrollo de segmentos de la urbe enteros. Es verdad que hace décadas debió ponerse fin al desastre de los microbuses pero hoy, el 60% de los habitantes de la Ciudad de México y el Estado de México sigue trasladándose en ellos, es el segundo medio de transporte público después del metro. ¿Qué alternativas tendrán para llegar a Zona Esmeralda, Santa Fe, Interlomas o a Palmas quienes trabajan ahí? ¿Y el progreso?, ¿se detendrá el progreso que tan rabiosamente hace latir el corazón de los políticos? (¡!) 

De caminar por zonas arboladas pensadas para peatones y una ley que regule en serio a la voraz industria automotriz y sus desbocados consumidores a crédito, mejor ni hablamos. 

Así las cosas, tal vez convendría ir haciéndose de un caballo, al menos un jamelgo, o una mula bien jaladora —aconsejo cerciorarse de que circule a diario— para acercarse a las terminales del metro y el metrobús, a la puerta de la oficina, del hospital o de la funeraria, por si acaso. 

Parece que nuestra ciudad tan grandota —que no rapidota ni limpiota— sigue rebasando las ideas pequeñitas de sus administradores y la capacidad, ínfima, de nosotros sus habitantes, a pensar en colectivo. 

@AlmaDeliaMC 

Estás bien rico, papacito

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Estimado lector: sí, usted señor, joven, adulto contemporáneo, adolescente rozagante, a usted le propongo que hagamos un ejercicio. 

Imagine que, mientras va viajando en un abarrotado vagón del Metro, una señora se le acerca y se masturba junto a usted o, dejémonos de consideraciones: se masturba con usted restregándole el pubis contra su brazo, sus nalgas o la parte de su cuerpo que le quede a modo para tal propósito. 

Una señora que, desde luego, a usted no le gusta en absoluto, todo lo contrario: para usted se trata del tipo de mujer que, en tanto que macho de mamífero humano tiene preferencias particulares, no es atractiva para aparearse con ella –suponiendo que las hembras de mamífero humano constituyan el interés de su orientación sexual–  

Esta señora, tan mitad animal y mitad racional como corresponde a nuestra especie, simplemente pasa por alto si a usted le halaga o no ser el objeto de su erotización. Imagine también que, por causas misteriosas, ese día todas las mujeres que lo rodean están decididas a manifestarle el incontenible deseo carnal que provoca en ellas. 

Avancemos, pues. 

Estamos en el momento en que usted, paciente y aguerrido, se sobrepone al suceso poco agradable que acaba de vivir, baja del vagón en la estación de su destino y camina por el andén buscando la salida del Metro no sin antes enfrentar otro episodio: justo antes de subir, una mujer agazapada bajo la estructura de las escaleras y asegurándose de haber hecho contacto visual con usted, se levanta la falda y, carente de ropa interior, le muestra la vagina sólo porque sí, porque quiere y porque puede hacerlo. 

Usted trepa los escalones de dos en dos y, todavía perturbado por la imagen del vello púbico de la desconocida, sacude la cabeza y trata de concentrarse en llegar a la oficina. 

Pero he aquí que, tres mujeres que están a cargo del sitio de taxis que queda unos metros delante de la salida del metro, no pasan por alto su presencia y lo interpelan con estas frases pronunciadas con entonación sugerente: 

Estás bien rico, papacito. 

Qué sabroso se ve tu pito, mi amor. 

Yo sí te daba, mi rey. 

Irritado por la falta de respeto, porque lo que escuchó no le gusta y porque de una manera que no puede explicar, lejos de sentirse elogiado se siente expuesto y agredido, usted les contesta: 

No me estén molestando, déjenme en paz. 

Y esto es lo que recibe por respuesta: 

No seas grosero, te estamos diciendo un piropo, un halago. 

Además tú tienes la culpa, para qué te pones ese pantalón apretado que te marca el paquete. 

Y bueno, ni que estuvieras tan guapo, te estamos haciendo un favor, además de pinche feo eres malagradecido. 

Usted enmudece ante el hecho de que, para el entendimiento de estas tres mujeres, el que ha manifestado una actitud provocadora, ruin y grosera, es usted. Desiste de cualquier discusión y acelera su andar pero aún apurado como está, alcanza a percibir el “tsssss” lascivo que le dedica la joven con la que se ha cruzado en la acera. 

Al llegar a su lugar de trabajo, agotado y deseando un poco de tranquilidad, se encuentra con su jefa que no deja de mirarle la entrepierna pues el volumen natural de sus genitales que se marca bajo el pantalón es atractivo para ella y no pierde oportunidad de manifestarlo: 

Qué guapo te ves hoy, eh, si no tienes con quién comer, yo te acompaño. 

Usted simplemente no responde pero se siente de lo más incómodo con la mujer clavándole los ojos sobre el pene y los testículos sin ningún disimulo. 

La jornada no acaba allí, suceden otros eventos, tantos que ya no puede ni citarlos pero desbordemos un poco más su imaginación: supongamos, querido lector,  que esto le ocurre todos los días de su vida, en mayor o menor grado, manifestado de una forma o de otra; con palabras, manoseos, miradas insinuantes, abordajes en cualquier sitio público que lo mismo puede ser un vagón del Metro que el aeropuerto o un restaurante que eligió para comer en soledad simplemente por el placer de tener un momento para sí mismo. 

No, no me estoy desgarrando las vestiduras ni dramatizando sobre lo que muchos consideran una condición “natural”; les estoy pidiendo un poco de empatía, de resonancia humana, de conducta honorable. 

Y se me ocurrió este ejemplo porque a menudo me quedo sin palabras cuando trato de explicar por qué no es agradable ni halagador que algún desconocido le diga a una mujer desde la frase más soez hasta el piropo más ingenioso cuando ella solo quiero estar sola, estar en paz, estar en silencio. 

O cuando trato de explicar por qué, cada mañana debo elegir qué me voy a poner bajo el criterio de “algo que me tape” y por qué aprender a poner cara de no me estés chingando es un recurso adaptativo o por qué me parece absurdo que tenga que justificarme cuando simplemente no quiero ser abordada y por qué, apreciable desconocido, si yo respeto tu intimidad, tu espacio y tu anonimato, lo más digno en tu comportamiento sería que tú respetaras el mío.

Porque tenía trece años la primera vez que, caminando por la calle, un tipo pasó corriendo junto a mí y me metió la mano en el vestido; tenía dieciocho cuando en el Metro otro se masturbó frente a mí, porque a mis treinta y siete escucho frases viles que me dicen cuando voy trotando hacia el bosque para hacer mi carrera del día y voy por la calle esquivando grupos de hombres pues sé que para ellos lo normal, lo “natural”, será decirme algo. 

Porque hoy, al estar en la línea de revisión del aeropuerto, dos miembros de vigilancia me detuvieron un poco más de la cuenta para tratar de coquetear conmigo y al no recibir respuesta me preguntaron ¿pero no estás enojada, verdad? Y esta aparente nimiedad, esta sutileza importa por esto: lo que se espera de mí es que me muestre sonriente, seductora, agradecida por el interés y que busque la manera de agradar porque soy mujer. 

No dejo de cuestionar por qué esos uniformados del aeropuerto no le preguntan a otros hombres en el mismo tono sugerente que lo hicieron conmigo si están enojados aludiendo a la expresión seria o adusta de su rostro. 

Pero, sobre todo, escribo esto porque sé que mis historias son las de todas. Pregúntenles a las mujeres con quienes conviven qué se siente andar, cada día de tu vida, en estado de alerta o tapándote para que ningún hombre se sienta con derecho de “halagarte”. 

Una se cansa, compañeros, así que les suplico que se abstengan del comentario “agradece que todavía te dicen cosas porque cuando tengas cincuenta años…” Lo digo en serio: entiendo la atracción natural, la seducción, la condición erótica de la especie pero lo que no entiendo, es que tengamos que resignarnos a que las cosas así son y nos declaremos incapaces de construir un espacio público tantito más evolucionado, nomás tantito. 

@AlmaDeliaMC 

Casi amor

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Un hilo largo y dorado me atraviesa cuando pienso en aquellos días. 

Supongo que es el hilo de la nostalgia. 

Ella era una party girl. Yo una sensata, controlada y siempre contenida chica que había aprendido muy bien la sentencia de no cometas el error de tu vida, no dejes la universidad, no te embaraces, no la cagues. 

Teníamos veintiún años y una juventud insoportable. 

Vivíamos juntas y compartíamos el alquiler, los libros, la caja de galletas y el litro de leche que constituía nuestro alimento diario con una alegría que sé que nunca volveré a vivir en medio de la escasez porque entonces la escasez estaba llena de posibilidades. No como ahora que me acerco a los cuarenta y además de sensata, soy una adulta sin retorno refugiada en la trinchera de la clase media con seguro de gastos médicos y todos los demás accesorios del paquete. 

Desde luego ella se divirtió más que yo y aunque nuestro mundo era el mismo también era esencialmente distinto. Por cada tímido intento amoroso y siempre cocinado a fuego lento que yo emprendía, ella contaba dos o hasta cuatro a la vez.  

Le brillaban los ojos, la piel se le ponía suave y aceitada, se le esponjaba el pelo y no he vuelto a ver esa sonrisa de conquistadora y amorosa empedernida en ninguna chica.  

Esos eran los signos que reconocía en ella cuando la veía entrar radiante a nuestro minúsculo departamento mientras yo llevaba tres horas entumecida en el sillón leyendo 1984 de Orwell o La condición humana de Malraux tratando de entender frases que me resultaban crípticas pero que anhelaba formaran parte de mí para tener un pensamiento contestatario, complejo y escurridizo que los demás admiraran. –Aquí me río de mí misma con un poquito de ternura y no tan poquito de vergüenza, sólo diré en mi descargo que la juventud luego del azúcar –según han acordado los expertos, es la droga más idiotizante de cuantas existen. 

Ella también leía a Orwell y a Malraux pero lo hacía entre los brazos de algún enamorado que le habría recitado el mismísimo Capital completo y sin trastabillar sólo para pasar las horas a su lado. 

Se divirtió más que yo. 

Y mientras sus historias prosperaban y sus amores se desgranaban atravesando a velocidades inauditas todos los ciclos de la pareja: elección, fusión, escisión, desencanto, separación, mini duelo y vuelta a empezar; los míos eran sólo intentos, asignaturas pendientes, coqueteos nunca concluidos. 

Me topé con uno de esos intentos en el metro hace un par de semanas, lo vi en el otro extremo del vagón leyendo con una concentración monacal que  sólo alteraba para empujar la montura de sus lentes de vez en cuando. Reconocí su rostro, no ha cambiado demasiado.  

Me hubiera gustado acercarme, saludarlo, preguntarle si tiene hijos, a qué se dedica y hablar de aquel tiempo simplemente para levantar una fogata en torno a la nostalgia y sentir ese fuego agradable y cálido del pasado. Me hubiera gustado preguntarle si, por casualidad, sabía algo de ella.  

Pero sigo siendo la chica sensata, no la party girl. 

Bajé antes que él y caminé por el andén sintiendo que me sacudía por dentro. No tenía que ver con él en absoluto, ni siquiera me gustaba tanto y escribía unas notas de amor que daban urticaria de tan mal redactadas.  

No, no temblaba por él.  

Me sacudió el ramalazo de eso que de unos años para acá empiezo a llamar Desvida en honor al cuento Deshoras de Cortázar y que tan magistralmente resume las posibilidades nonatas de la existencia.  

Desvida. Aquello que ya no viví, todas las incógnitas no despejadas, todos los qué hubiera pasado si que ya sólo en el imaginario puedo construir.  

Adiós a mis otras yo, esas que se fueron con sabrá Dios cuántos nombres y rostros, cuántos domicilios no conocidos, cuántos ciclos de pareja no atravesados a ritmos galopantes o lentísimos.  

Goodbye, my almost lover escucho mientras escribo esto y no dejo de preguntarme qué será de ella y qué sería de mí si hubiera sido una chica un poco menos sensata. 

@AlmaDeliaMC

Celos

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Esto no es cierto. Esto no es cierto. Esto no es cierto.  
Ni este espacio ni esta sangre ni este tiempo.  
Este despeñadero debe ser un sueño. 

@SritaKamikaze 

Se siente la muerte. 

Un tirón que jala desde el sexo y que sube más allá de la cordura. Los celos queman, acribillan los ojos, los riñones, el hígado, el corazón, extirpan el alma. 

Las piezas no encajan, las palabras no calman, las mejillas arden, el estómago se contrae y, de repente, el amor deja de tener sentido. 

Es el Hades que se abre a nuestros pies. Los celos son un viaje directo del paraíso al infierno que recorremos al morir luego de ser cambiados por otro o por otra y sin entender por qué mierdas hemos ido a parar ahí. ¿Por qué si antes éramos el motivo de respiración de ese objeto identitario que habíamos elegido para amar y, peor aún, que también nos había elegido para amarnos? 

Lo diré más simple: ¿cómo es que alguna vez fui tu todo y ahora no soy nada porque mi lugar puede ocuparlo otra persona? 

No exagero, quienes han experimentado el dolor de ser remplazados saben bien que equivale a un sufrimiento de muerte, ¿pero por qué duele tanto? 

Dice Igor Caruso en La separación de los amantes: “La pérdida del objeto de identificación amenaza realmente a la propia identidad y esto constituye una vivencia de muerte”. 

Los celos, porca miseria, son la factura impagable del amor. 

Es que toda la belleza, todo lo bueno del mundo, toda la leche dulce que nos había hecho sentir completitud y saciedad, un día desaparece y su ausencia nos deja fulminados. 

Caruso habla de la separación amorosa como una fenomenología de la muerte que sólo se experimenta cuando al amar arriesgamos la vida, pero hay que admitir (y comprender) que no todos son capaces de amar así. 

El hecho es que si la capacidad de entregarse en modo kamikaze proviene de una herida primaria maldita, de un abandono original nunca superado o de un desorden mental no es tema relevante cuando atravesamos el momento mítico, legendario, universalmente miserable, etílico y cantinero de tratar de reponernos de un golpe amoroso. 

Así que a propósito del martirologio de los celos hoy quiero aventurarme a cuestionar lo siguiente: ¿por qué tendemos a aceptar como una verdad incuestionable –y convenientemente cómoda– que las personas celosas son las enfermas en la díada amorosa y que los que permanecen inmutables son los sanos y equilibrados? 

Leyendo este fragmento de Edgar Morin en Les Stars, que se ha convertido en una de mis citas favoritas porque es inagotable, vuelvo a preguntarme si no estaremos equivocados en nuestro entendimiento de las categorías de locura y salud mental: 

“En las sociedades burocratizadas y aburguesadas, es adulto quien se conforma con vivir menos para no tener que morir tanto. Empero, el secreto de la juventud es éste: vida quiere decir arriesgarse a la muerte; y furia de vivir quiere decir vivir la dificultad” 

Quiero decir que si tenemos la certeza de que vamos a morir: ¿por qué hay más cordura en amar con reservas, en protegerse como estrategia para sobrevivir, en portar paraguas, candados, anestésicos, banditas, diques y pólizas de seguro que en dejarse atravesar por la realidad y permanecer desnudos para experimentar lo indescriptible de vivir? 

Bien visto el discurso de “inmaduros” vs “maduros” que justifica esta conducta sensata resulta ramplón y torpe si le ponemos perspectiva el asunto y todos vemos lo mismo en el no tan lejano y común horizonte que nos espera: una tumba, una urna, una fosa común. 

¿Servirá de algo llegar con el metabolismo menos desgastado, la dentadura más completa, aceptables niveles de colesterol y triglicéridos para yacer muertos eternamente que llegar en jirones pero sin habernos perdido de la experiencia real e insondable del amor con sus consabidos y mordaces celos? 

No lo sé, francamente no lo sé. 

Aunque hay algo que sí puedo afirmar por experiencia, nunca sentí celos por alguien a quien no amara desde el fondo del alma. No soy proclive a las relaciones light o pasajeras pero desde luego he tenido un par y me daba lo mismo si el sujeto en turno estaba sólo conmigo o se encamaba con una legión de amantes a mis espaldas. Pero el amor, ese abismo, ese deseo fijo, intransferible, doloroso y recurrente no tendría por qué ser muy distinto de los celos que provoca: abismales, intransferibles, punzantes. 

¿Usted no ha sentido nunca eso? 

Salga de su búnker, aunque sea para leer Otelo y enfermarse con él y odiar a Yago, obsesionarse con Desdémona y desquiciarse saltando del rol de presa al de cazador, de víctima a victimario… o, si tiene tamaña suerte, para enamorarse sin cobertura de protección total y replanteárselo todo: la lealtad, la cordura, el dolor, la identidad misma. Salga a morir un poco, incluso de celos, que ya lo dijo Edgar Morin: ahí, en atreverse a morir está el secreto de la juventud verdadera. 

@AlmaDeliaMC 

A chingarle

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Luego de años de culiachatarme conduciendo cuatro horas diarias para ejecutar mi jornada oficinera pues los principios canónicos del corporativismo empresarial (o del godinismo) así lo exigían, he vuelto al transporte público y a andar sobre mis dos piernas. Voy del metro al metrobús, a uno que otro camión, hago largas caminatas y no podía faltar el recurrente abordaje de taxis. 

Sí, ha llegado el momento de hablar de Uber que es la gran cosa; usted descarga una aplicación en su teléfono inteligente, activa el sistema de posicionamiento global y solicita un auto. Toda una experiencia: facilidad para hacer el cargo a una tarjeta bancaria sin preocuparse por llevar dinero en efectivo, servicio excelente, disponibilidad infaltable, caballeros medievales que abren y cierran la puerta y ofrecen botellitas de agua y se presentan armados también con GPS para localizar casi cualquier destino y, cien por ciento garantizado: conductores perfumados con tal exceso que dejan intoxicado el epitelio olfativo. 

Todas las florituras que gusten y manden pero los conductores de Uber tienen una mayúscula carencia que los deja en franca desventaja contra los taxistas tradicionales y es que los de Uber no cuentan historias. No son una caja de Pandora llena de accidentes gramaticales y crónicas de la ciudad, no tienen un gramo de la simpatía natural con la que estos juglares –callejeros o de sitio- suelen convertir un trayecto en un verdadero recorrido por el México profundo y desgranar anecdotarios personales entre los que se cuelan historias legendarias. 

Y es que la anatomía de un pueblo es su lenguaje, ya se sabe. Y aunque mucho se ha discurrido y explorado sobre el mexicanísimo vocablo chingar y sus derivaciones más insospechadas y contradictorias, yo creo que una de sus acepciones más bonitas es aquella que se refiere al trabajo.  

Cuando decimos “a chingarle” o “aquí, chingándole” queda claro que la tarea se asume con resignación pero también con ímpetu, con un poco de rabia pero con cierto gozo latente.  

No sé, el arco narrativo de la expresión es tan extenso y combativo que bien alcanzaría para desarrollar una batalla épica cuyo grito de guerra podría ser lo mismo ¡Por Júpiter! que ¡A chingarle! 

Y es que fue precisamente un taxista de cepa, de aquellos al volante de un sedán amarillo el que me enseñó esa frase que, aunque la he escuchado en otros lados y a menudo la utilizo, se la atribuyo a él y la recuerdo como una experiencia iniciática. 

Ahí tienen que estábamos detenidos por el semáforo en rojo cuando se le acercó un compañero de clan a bordo de su respectiva máquina amarilla, se saludaron con un intercambio de silbiditos que podrían causar la envidia del más afinado de los canarios y se miraron fijamente a los ojos. Cuando la luz cambió a verde, esto fue todo lo que se dijeron: 

  • A chingarle. 
  • A chingaaaarle. 

Apenas arrancamos, el hombre me miró por el retrovisor y se disculpó conmigo por su lenguaje altisonante; “está bien” respondí, de eso se trata. Y fue cuando procedió a explicarme, con una extraordinaria habilidad didáctica, por qué el verbo “chingarle” era el único que había que aprender a conjugar en la vida. 

No se me olvidará nunca y aunque, repito, lo he escuchado ya de otras personas, mi fuente primaria seguirá siendo él. 

Y me acordé porque ayer, a bordo de un Uber cuyo servicio, insisto, es impecable, me entró una repentina nostalgia por los taxistas bocazas que de tanto andar por las calles de esta ciudad devorando historias y kilómetros, se les desbordan los relatos en cuanto se sube un pasajero a su unidad. 

El trajeado de Uber ni siquiera hablaba conmigo sino con su Smartphone y cuando respondió a una llamada personal con el insípido “estoy en servicio” que no es ni remotamente estimulante y mucho menos motivador como el “aquí, chingándole”, pensé que todos esos códigos de conducta que van imponiendo las empresas más exitosas, no dejan de representar un pequeño réquiem por las expresiones vitales perdidas. Porque el progreso por más progreso que sea a veces es triste, tieso, aburrido y hasta feo.  

O sea que cuando el caos se corporativiza, ya se chingó la esencia vital de la experiencia. 

Lo único que espero es que no se nos ocurra desarrollar un up-grade para que la aplicación le cuente historias grabadas al pasajero para evitar, a toda costa, que los dos seres humanos a bordo se pongan a conversar. 

¡¿Cómo?!, ¡¿es acaso que al pasajero tampoco le interesa interactuar con el conductor?! 

Ya. 

Perdonen entonces a esta insensata que cerrará la boca en el próximo viaje y durante el trayecto “conversará” en redes sociales teléfono en mano pero pondrá, eso sí, su mejor cara de estar chingándole. 

@AlmaDeliaMC 

Solteros de segunda mano

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Ver que al arrojar el corazón golpea el cesto y por el suelo da un resbalón

—Philip Larkin

Esta edad rara es todo un fenómeno de la existencia.  

Cuando te acercas a los cuarenta no eres ni muy viejo ni muy joven sino una cosa extraña, un vigía fronterizo entre el grupo de los rabiosamente inmaduros que a sus veintimuchos o treinta y pocos no conciben siquiera el quiebre que se avecina cuando bordeas las cuatro décadas (mátenme por la referencia), pero tampoco puedes decir que te identificas con la vejez en pleno. Pues no, cómo va a ser. 

Lo verdaderamente jodido viene cuando eres arrojado al mercado de la soltería a semejante edad y tienes que especular con tu corazón cuyos niveles de colesterol y triglicéridos ya son de cuidado, cuando la cruda te dura tres días pues tu metabolismo ha perdido fiereza para procesar el alcohol y cuando te duele la espalda luego de usar tacones durante dos horas o simplemente por permanecer de pie en una barra donde la gente muy alivianada bebe sin extrañar una silla pero tú pides a gritos que brote un banco de la tierra en el que puedas sentarte. 

Somos pues, los solteros de segunda mano, los de rebaja sobre rebaja, los que podríamos poner en nuestro anuncio “buen kilometraje pero motor en excelentes condiciones, dos únicos dueños”.  Porque lo cierto es que ya vivimos en pareja o estuvimos casados —algunos más de una vez—,  ya nos mudamos de casa con nuestra mitad patrimonial metida en cajas de cartón y nuestra mitad de tristeza devastadora bien arraigada en el cuerpo, con nuestro saldo de años a favor para recomenzar enredándose entre los pies mientras subimos las escaleras del nuevo departamento que por las mañanas parece espléndido y en las noches es pura desolación. 

Ni qué decir de la colección de manías y creencias que ya llevamos encima: desde el tipo de alimentación —mil veces pinche posmodernidad y sus patologías asociadas a la longevidad— porque ya intentaste el veganismo o el vegetarianismo y estás de vuelta a la seductora carne roja o ya dejaste esa droga maligna llamada azúcar y sólo desayunas el milagroso jugo verde que es casi una parafilia entre los de nuestra edad; que si tienes o no deuda de hipoteca, que si tienes hijos del matrimonio anterior o que si aún quieres tenerlos, que si te volviste atleta de alto rendimiento, que si duermes en tu mitad de la cama o en posición transversal, que si has pensado en raparte la cabeza y mandar todo a la mierda para viajar a la India, que si te tiñes las canas o en un acto de resistencia contra los estereotipos permites que vayan colonizando tu cabellera… madre mía, me falta el aire.  

Que si ya empezaste la revisión con el proctólogo, que si todavía estás ovulando, que si la familia te ha dejado en paz o aún insisten para que vuelvas con tu ex que era lo mejor de este mundo. 

El enigma, la verdadera dificultad que encarna esta contradicción con patas, es tener edad de franco declive celular y anhelar el amor como adolescente. Somos el segmento Oxímoron del amor. 

Porque eso es lo que sucede, que aún queremos enamorarnos y la memoria emocional encuentra un mecanismo misterioso para conseguir que la experiencia que antes sonaba a vendaval que te hizo jirones, ahora sólo sea el ruidito del ventilador moviéndose sobre tu cabeza. 

Somos maduros —al menos anatómicamente—, somos adultos —al menos fiscalmente—, le hemos dado más de una vuelta al circuito amoroso completo y aún así queremos amar. Otra vez. Otra insensata vez. 

Para colmo de la gracia del asunto (que no desgracia), debes entender que no puedes pararte con tus cuarenta frente a los cuarenta de otro y soltarle tu rollo de que sigues creyendo en el amor como animal insolente. Qué escándalo. No, eso no se puede. Así que ocurren los encuentros y tú pones cara de adulto contemporáneo macerado en experiencias y tiras tu discurso equilibrado que la vida te enseñó a punta de chingadazos y suenas de una civilidad y diplomacia existencial que no te la crees. 

A veces pienso que ya que no podemos conocernos como lo hacen los perros, a mordidas, olisqueadas de trasero y gruñidos para saber desde el principio quiénes realmente somos, no vendría mal que los primeros encuentros con intenciones amorosas se dieran a oscuras o bailando, o de plano en silencio. 

Cualquier cosa que aniquile la tarjeta de presentación racional que con los años acumula títulos y cargos cada vez más ostentosos pero que no son más que el blindaje “sofisticado” donde escondemos nuestro miedo.  

Por suerte el amor es más listo que el hambre. Y que el miedo. Y que la fecha de nacimiento y la oxidación celular. Por eso insistimos y esperamos a que aparezca el roto para el descosido y el maltrecho para el malherido, cómo carambas no. 

@AlmaDeliaMC 

El extraño mundo del gusano naranja

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Estoy convencida de que hay ciudades hembra y ciudades macho. 

La ciudad de México es una ciudad hembra, indudablemente. Y Berlín es macho, por ejemplo. 

Una ciudad es muchas cosas: las vibraciones peculiares de su asfalto, sus árboles en los camellones, sus calles, su tránsito vehicular desquiciante, sus luces, sus olores, sus bares, sus librerías, su gente. Y todas tienen sus acentos, sus rasgos inconfundibles, hermosamente peculiares.  

Yo amo el D.F. de un modo casi incomprensible o sin el casi: hay quien afirma que estoy loca por sentirme tan feliz y arraigada a este caos. Pero es así, en este lugar amorfo y errático yo encuentro mi paz, mi casa, mi pertenencia. Así que en mi calidad de amante y, entregada plenamente a la estupidez del estado amoroso, quiero decir que esta ciudad no sería lo que es sin nuestro imprescindible gusano naranja reptando por sus interiores. 

Claro que el metro no siempre resulta poético, pero es un mundo aparte. Veinte años de mi vida me transporté de una punta a la otra en casi todas las líneas: la azul, la rosa, la amarilla, la café, la verde pasto y la verde aqua, las dos naranjas –hay quien alega que una es roja-. Ahí tienen: rutas por colores, díganme que no es precioso.  

En inenarrables trayectos de la prepa o la universidad al trabajo y a la casa, leí incontables textos académicos, novelas, periódicos, revistas, fotocopias, grafitis memorables, rostros de gente, compilaciones de grandes éxitos musicales en formato MP3 porque sí mire, se va a llevar las mejores canciones Los Beatles como “Campos de fresas por siempre” o “Aquí viene el sol” por tan solo diez pesos. O en esta ocasión le venimos ofreciendo una selección de Mozart y Beethoven con propiedades curativas y tranquilizantes para los niños. O la oferta literaria: sí, señores pasajeros, traigo a su disposición el diccionario de nombres, el libro del significado de los sueños, el pliego petitorio de los indígenas de la Sierra Tarahumara o el cuaderno para colorear de Bob Esponja. 

El universo todo, la mexicanidad rotunda viaja en nuestro subterráneo. 

Me tocaron desalojos por temblores, trenes varados por el cuerpo de un suicida en mitad de las vías, prostitución en los andenes, vagones relucientes y cambios de nombres de las estaciones. 

Tenía una amiga con la que rebautizamos a placer las paradas terminales. Así teníamos: Línea 2 de Sepalabola a Sepalachingada o Línea 3 de La Punta de la Verga a La Base de la Misma. Pasábamos horas jugando con eso, nos gustaba escandalizar a la gente haciéndonos señas soeces de un lado del andén al otro cuando nos separábamos para regresar a nuestras casas porque íbamos en direcciones opuestas.  

Me tocaron también, y literalmente, algunas metidas de mano. Es vergonzoso pero es casi imposible salir invicta al manoseo. Recuerdo uno en particular por el que el tipo pasó una noche en la cárcel y yo varios días sintiendo que me habían hecho el Papanicolaou o exploración cérvico-uterina innecesariamente –perdón por la imagen- La historia es larga, me la reservo para otro espacio. 

Pues bien, habiendo presenciado y vivido tal crisol de experiencias, les quiero contar que ayer vi lo verdaderamente inaudito: encontrábame yo en la estación Miguel Ángel de Quevedo cuando un grupo de tres amigos, iPhone en mano, brincaban el torniquete como en salto olímpico o en escena gringa de película de acción, e intentaban tomarse una foto para adivinen qué… postearla en sus cuentas de redes sociales. 

No, pos sí, díjeme yo: comprendo su rabia, su sensibilidad social y su conciencia colectiva. ¿Cómo van a permitir el aumento de $2.00 (dos pesos, como los de la entrañable Bartola) que nos afecta tanto a todos? 

Pero espera, díjeme yo nuevamente: ¿cuánto cuesta un iPhone? 

¿Oponerse al aumento del costo del boleto del metro es la causa de quiénes?, continué preguntándome yo. ¿Y de quiénes será la causa de saltarse el torniquete para exhibirlo o hablar de ello en las redes sociales? 

¿Quiénes son esos que, furibundos y aguerridos, se entregan a la batalla por impedir el incremento de dos pesos pero pagan más de diez mil pesos por un Smartphone y pagan también los servicios de telefonía e internet más caros del mundo sin quejarse? 

Sí, ya sé que me van a calificar de reaccionaria, que me van a tirar los datos duros del INEGI por delante para hablar de población trabajadora y salarios mínimos, que me dirán que soy priista o Mancerista que parece ser el descrédito de novedad.  

Pero, queridos lectores, pregúntoles ahora a ustedes: ¿no será que estamos perdiendo la perspectiva? 

No vayamos a descuidar los pesos por cuidar los centavos, o dicho de otra manera: no vayamos a confundir las batallas auténticas con las batallas de pose. 

Porque entre Sepalabola y Sepalachingada lo que sí sería importante saber es dónde quedan la sensatez y la madurez de nuestras luchas.  

@AlmaDeliaMC