La casa sola, un cuento de Raúl Arcos

Era capaz de leer el silencio acumulado y los olores sin nadie en la casa.

Después de nueve años de limpiarla cada martes, era capaz de leer el silencio acumulado y los olores sin nadie de la casa.

Como en otras ocasiones, se trataría de la ausencia por algún viaje. Era bueno estar sola, ir de habitación en habitación, poniendo orden, recorriendo con la aspiradora cada uno de los espacios sin tener que pedir permiso para entrar. Y en un día como hoy, ayudaba poder sostenerse del trabajo, de los pasos que ella había ido fijando en su rutina.

Mover sillas, empujar un sofá hacia el rincón y, esta vez, levantar el tapete y descubrir todo ese polvo escondido. No pensar en sus problemas.

Hace dos meses que descubrió los mensajes de su marido con otra mujer; planes para encuentros futuros, promesas de amor. Y luego, la confrontación. Escucharlo enredarse en respuestas vagas, en una trama que él no era capaz de manejar. Recordaba la escena y volvía a experimentar esa mezcla furiosa de sentirse traicionada y de verlo desdibujándose en su propia cobardía.

Dos meses ahogada por una ira que volvía a encenderse cada noche, al regresar a casa. Lo veía siempre callado, evasivo.

Y luego la mañana de hoy.

Estar sentada a su lado escuchando su respiración mientras el médico hablaba del diagnóstico. Los siguientes pasos, los análisis preoperatorios, los formularios que él debería entregar para confirmar la fecha de hospitalización. 

Trabajar. Le sienta bien agotarse.

Limpiar el baño y la cocina, barrer y trapear. La rutina y los sonidos del trabajo. Y no la voz del médico hablando del cáncer en la próstata y de ese tejido compacto con forma de cebolla y de la quimioterapia y de riesgos y de la tasa de mortalidad. Y ella, sin voltear a ver a su marido, adivinándolo como un cuerpo que a cada palabra se torna más blando, que se encorva, que termina hundido en una silla.

Nadie en casa. El agotamiento. La otra mujer. El cáncer extendiéndose en capas, arriba del escroto.

De pronto tiene la impresión de que el trabajo se alarga por las habitaciones sin nadie. Un cansancio que se arrastra, enorme animal gris trepándose sobre ella.

Camina hacia el refrigerador, lo abre y comprueba que él tuvo el cuidado de vaciarlo antes de salir de viaje. Jala una silla y se deja caer en ella. Desde ahí, observa el interior. Unas cuantas botellas, un queso. Casi nada. Abajo, en el fondo, un bulbo rojizo. Sólo una pequeña cebolla morada que ya empieza pudrirse.