Palabrotas

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Dice la Real Academia de la Lengua Española:

Palabrota: Dicho ofensivo, indecente, grosero.

Grosería: 1) Descortesía, falta de atención y respeto. 2) Tosquedad, falta de finura y primor en el trabajo de manos. 3) Rusticidad, ignorancia.

Digo yo, basada en mi real gana.

Palabrota: palabra muy larga compuesta por muchos caracteres, por ejemplo, desoxirribonucleico o desproporcionadamente.

Grosería: estandarte del territorio libre y catártico de nosotros los prófugos de las absurdas buenas maneras, del eso no se dice, de la tía regañona, del colegio de monjas, de la maestra pellizcona, del papá autoritario, de la madre cabrona. Por ejemplo: pinches, pendejos, culeros todos ellos.

Me preocupa sobremanera, queridos lectores, darme cuenta de que, a estas edades, siendo semejantes adultos con nuestras gónadas plenamente desarrolladas —y en algunos casos en franco declive— sigamos bajo el yugo de comportamientos inducidos a punta de cintarazos, encierros, castigos y silencios distantes. Es que no podemos seguir como niños sufrientes delante del plato de sopa que no queríamos tomarnos, sometidos al insoportable relamido de pelo detrás de las orejas o temblando como gorrioncillos ante la idea del castigo divino. Pos qué es eso, repitan conmigo: soy adulto y si me da mi rechingada gana puedo decir todas las groserías que quiera. Otra vez, con más convicción. Otra, con mala sangre. Eso, muy bien.

Me mata de ternura leer y escuchar expresiones del tipo: “pinqui, cañón, verch, verdolaga”. Se dice pinche, cabrón y verga. Por lo menos en México, estoy consciente de que, bendita diversidad, el tema es vasto en el mundo hispanoparlante y que en Sudamérica o en España tienen sus propias y maravillosas joyas.

Porque si el culo se llama culo por más feo que suene, la verga ídem.

Ya, tranquilos, respiren, sí lo dije. Sí soy yo diciendo todas esas vulgaridades.

¿Que no debería un escritor decir tales barbaridades? Se equivocan. El lenguaje es pasión y poesía pero también herramienta. Estaría muy jodida, en el hoyo y cavando si yo misma me limitara o reprimiera. A ver díganle a un pintor que no use un color determinado porque es de mal gusto o a un bailarín que no haga tal movimiento porque es desagradable.  A que no.

¿Que no dicen groserías porque tienen hijos? Ternuritas, cositas lindas y encantadoras. Permítanme que los espabile y los pervierta un poco: sus hijos se saben más palabrotas de las que podríamos imaginar. Y todas son más soeces y perturbadoras de lo que nosotros “los adultos” concebimos.

Un buen día me puse a jugar con mi sobrina de dieciséis años a decir groserías en orden alfabético. Es que el trayecto era largo y nos dirigíamos, sin muchas ganas, a una reunión familiar.

Madre mía. Me quedé sin aliento la mitad de las veces: cada vez que era su turno. Dijo tantas y tales cosas que pasé tres noches sin poder dormir nomás de acordarme. Le pregunté si sus primos (casi diez años menores que ella) conocían todo ese bagaje científico y me contestó que ellos le habían enseñado gran parte su abundante glosario de términos.

Por supuesto que no les dije nada a mis hermanas, las madres de las criaturitas en cuestión. Soy todo menos una traidora de la hormona adolescente. Una tiene sus lealtades muy definidas.

En varias de mis columnas me han escrito varias veces reprendiéndome por decir malas palabras. Sé que hay quienes no lo toleran, ya han dejado comentarios vaticinándome una vida terrible por ser tan grosera pero hoy estoy muy pinche insoportable y una vez más les diré que se equivocan: la vida no tiene prejuicios, ni si quiera con las palabras.

Es más, casi me atrevo a concluir lo contrario: desobedecer es bueno. No hay mito fundacional que no pase por la historia de algún desobediente que le pintó huevos y mandó a chingar a su madre a los dioses, al destino y, desde luego, a los buenos modales. Por algo será.

@AlmaDeliaMC

Conjuro: respira, renuncia, revienta

Alberto Alcocer / @beco.mx

Conocí a Vanessa cuando ella tenía cuatro años. Era mi vecina, cuando ocurrió lo que voy a contar, ella ya había cumplido once. Desde el primer día la bauticé la Bigotes y es que tiene unos bigotes memorables. Estaba sentadita en las escaleras del edificio llorando con estertores, mocos y todo. Le pregunté qué le pasaba y me contó que su hermana mayor nunca quería jugar con ella. Le ofrecí un dulce y de inmediato le brillaron los ojos, levantó la cara marcada con surcos espesos de lágrimas y me acompañó a mi departamento. Ese día nos hicimos amigas.

Pero nuestro pacto de amistad quedó realmente sellado la tarde que se me cayeron las llaves del auto, ya las daba por perdidas cuando sonó mi timbre y la vi por la mirilla parada de puntitas con mis llaves en la mano y su carita de mejillas redondas resplandeciente.

Desde entonces y durante algunos años sostuvimos un intercambio inalterable cada vez que nos encontrábamos: ella me decía gracias por los dulces y yo le respondía gracias por las llaves. Pero luego todo cambió y cambió para siempre.

Una tarde bajé a tirar la basura a los contenedores generales y a mi regreso la encontré llorando, esta vez silenciosamente, sentada en un columpio de las áreas comunes. Con actitud de encontradiza me senté en el columpio junto a ella. No era la misma chiquita que había conocido siete años antes: ahora era una niña con sobrepeso y esos bigotes en un rostro que está a punto de mutar por la adolescencia, son todo menos motivo de gracia, los ojos brillaban igual —eso sin duda— y la redondez de su carita amable era para desbaratar a una legión de gladiadores entera.

Me atreví a preguntarle por qué lloras. Silencio. Fingí desinterés y empecé a columpiarme como si ella no estuviera ahí.

¿Por qué no estás en tu casa?, me preguntó después de un rato. Porque no quiero, respondí, ¿y tú?

Porque están mis primos, mis tíos y mis papás planeando la fiesta de quince años de mi hermana. Silencio. Y luego un llanto amargo, doloroso. A sus once años.

— ¿Quieres un dulce?

—Ya no como dulces, estoy gorda. Y fea. No me hables.

Me sacudió su respuesta directa y sin concesiones. Me quedé de una pieza, sin saber qué hacer o qué decir. Sintiéndome torpe y triste y con ganas de decirle todo lo que a mí nunca me dijeron.

Quise ser su Hécate, su no bonita, su no arquetipo angelical y bello, hablarle de los poderes mágicos que provienen de lo horrible. Quise repetir el coro de las brujas de Macbeth cantando sólo para ella. Decirle que lo hermoso es feo y lo feo es hermoso.

Hubierla querido hablarle de lo que será realmente importante cuando crezca.

Decirle importarán tus vivos y tus muertos, Vanessa. Tus propias muertes incesantes. Pero lo comprenderás tarde.

Así que alégrate de ser fea. Déjate los kilos, los bigotes y el vello en las piernas. Déjate también el brillo en los ojos, los cachetes de lactante, la dulzura en el rostro. Déjate a la única tú que podrá ponerte a salvo cuando el mundo se rompa bajo de tus pies. Porque se va a romper, y si tienes suerte, varias veces. Igual que se abrirá en mil grietas debajo de los pies de tu hermana alta, esbelta y deseada.

Y rompe, rasga, renace, respira, renuncia, revienta. Porque lo hermoso es feo y lo feo es hermoso.

No importa que no encajes en el canon de belleza: igual te van a destrozar el corazón, igual te vas a enamorar estúpidamente de alguno o alguna que habrá de ignorarte o se quedará dormido cuando tú le digas temblando, después de hacer el amor, cuánto le amas. Y no importará si tienes vientre plano o una panza redonda. No importará si eres talla cero o talla nueve. Será absolutamente irrelevante si llevas el atuendo monocromático más matador de la oficina o no tienes puta idea de cómo combinar unos jeans para verte elegante.

Y reza, ríe, rumora que lo hermoso es feo y lo feo es hermoso.

Y que tus ganas de vivir sean implacables porque el mundo será implacable, eso te lo firmo con sangre.

Porque el paraíso y el infierno pueden vivir en el alma de tu cuerpo o en el cuerpo de tu alma. Te recomiendo que elijas el alma. De cualquier manera te va a llevar la chingada pero será una chingada honda, rica, transformadora; la otra sólo puede agotarte hasta la locura, hasta que tu animal te abandone por cansancio. No dejes nunca que tu animal muera de hambre.

Y repta, rasca, ruge, rumia por lo feo y lo hermoso.

Escucharás a las hadas de la tiranía Flora, Fauna y Primavera decir que te dan los dones de la gracia, la belleza y la bondad. Ignóralas. Y haz exactamente lo que te dé la gana.

Verás cada día de tu vida cientos de imágenes de mujeres irreales, inalcanzables, con cutis de adolescente a los cincuenta años y piernas infinitas, cinturas estrechísimas, ridículas, insanas, famélicas, falsas, anémicas, las más bonitas, depiladas, hidratadas, larguiflacas y digitalretocadas de la pantalla. El espejito-espejito les responderá siempre a ellas que son las más bellas del reino. Y esa será su condena y un día su reino las dejará sin reina. Pero tú no le preguntes al espejo: escúpelo, sacúdelo, estréllalo.

Y hazte natural en la tierra de lo feo, porque es una tierra libre, autónoma, independiente, soberana. Fea como se te antoje, como te toque, como te dé la gana.

Fea con cabellera de raíces grasas y puntas secas, fea de piel con imperfecciones, fea de caderas anchas y nalgas planas, fea con bigotes, fea como bruja fea. Que te llamen bruja de vestido libre, de cuerpo y carnes reales. Bruja eros, mujer viva. Y come, bebe, fuma, besa, lame, devora todo lo que el mundo ponga en tu boca. Cómete al mundo tres veces al día todos los días de tu vida.

Y resuena, repite, regurgita, relame fea tus hermosos bigotes.

Andarás delante de las miradas masculinas sintiendo que son sables, dagas. Pero tú busca un buen amante, uno solo que redima tu cuerpo, que se pierda en tus carnes blandas, húmedas, reales, resbalosas, uno que se encuentre con tu jugo y sepa libarlo. Encuentra un buen amante y habrás salvado tu cuerpo de todos esos juicios aunque lo comprendas tarde, aunque cada tanto regrese el vacío o las inseguridades.

Y rasguña, resuella, revuélcate, roza, retoza, regocíjate con el hombre hermoso y con el hombre feo.

Sentí ganas de llorar delante de mi propia fantasía libre de sometimientos. Por supuesto que no dije nada. Quise abrazarla pero no pude, ella estaba seria, enojada, con la cara enrojecida. Se levantó del columpio de un salto y echó a caminar, unos pasos adelante se detuvo y me miró, le dije gracias por las llaves.

No me dijo gracias por los dulces.

Entré a mi casa, busqué mi ejemplar de tragedias de Shakespeare, empecé a leer Macbeth por enésima vez en mi vida:

Acto I. Escena I. Un lugar desierto. Entran tres brujas.

Y  mis tres brujas dicen: respira, renuncia, revienta.

@AlmaDeliaMC

BUENA CONCIENCIA CRIMINAL, un texto de Jorge Ramírez

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Horacio sobrevive las oscuras noches acurrucado en el zaguán de la Iglesia del Cristo Redentor. Cuando es tiempo de secas, el cartón en el que duerme mitiga el frío del concreto, pero en tiempo de lluvias es el agotamiento lo único que permite dormir, eso,  y el calor que brinda una botella de alcohol. 

Horacio es un indigente.  Un excluido.  Es la ausencia de color.

Su ropa refleja el sufrimiento en su vida. Su luz interior oscurece su mirar.  La inflamación de sus pómulos ha sido ocasionada por hombres que para él solo tienen el lenguaje de la fuerza y  la humillación. 

Manotea mientras camina las calles discutiendo con el aire.

Es evitado. Es ignorado. Colocado por algunos privilegiados en el escalón donde está vetada la capacidad de amar. En las sombras.  En la obscuridad.

En primavera, disfrazada de pelos, patas y ladridos, la vida lo despertó una mañana. 

Fue cruzar miradas y enlazar destinos; a partir de ese momento, en la vida sin nada de Horacio, se afincó una pequeña perra con ojos de inocencia y estómago tan vacío como el alma de ese hombre.

Las vías de concreto guiaron los desordenados pasos de ambos. El humano sentir de Horacio se desperezó con cada comida compartida, cada noche que ella restregaba el lomo contra su cuerpo en el ritual que precedía al descansar. A lengüetazos, su esencia era rescatada por el animal.

Pero la incipiente alegría de aquel hombre, incomodó a las buenas conciencias vecinas, quienes temiendo por el bienestar de la cachorra le ofrecieron a Horacio comoprársela. 

“¿Qué vida llevaría el aquella perra a su lado?, ¿cómo iba a sobrevivir?”

El desprecio al hombre disfrazado en el interés por el animal.

Humillado al ser considerado un paria sin valor suficiente para cuidar a un perro, Horacio desdeñó la oferta y, seguido de cuatro patas, continuó su camino.  Aquello poco duraría.  A veces la idea de bienestar es un lobo agazapado bajo la oveja, listo para atacar.

Una tarde de verano, mientras Horacio dormía en una banca del parque, una “buena conciencia” sustrajo a la cachorra. Furtiva. Criminal.

No hay forma más certera de matar a un ser humano que robarle la esperanza y dejarle obscuridad. Recién finalizado el sueño, la pesadilla inició.

Con la fuerza de mil voces el lamento de aquel hombre rompió la quietud del parque, haciendo que, conmovidas, las aves huyeran de los árboles propagando el quejido en su canto.  El cuerpo de aquel hombre se quebró. Todo volvió a ser negro para Horacio. 

Cuando no hubo más lágrimas que llorar, las horas de los días solo tuvieron un sentido para él: buscar a su perra como el náufrago busca playa a donde arribar. Con el tiempo se convirtió en peregrino sin retorno. Las calles que alguna vez recorrió añoran sus pasos desordenados y el viento de la colonia ya no tiene con quién quien conversar, olvidó la calidez convirtiéndose en otoño permanente.

El primer día de invierno la conmoción visitó la iglesia del Cristo Redentor. La feligresía era testigo de una transformación en el altar, la figura humana, multicolor, hoy era una escultura de piedra de negro absoluto: túnica, ojos, piel, corazón; en igual negritud, acurrucado a sus pies, un desvalido duerme exhausto, pétreo. En ambos rostros resplandece una lágrima roja de brillo tan intenso que por las noches brinda cobijo a quienes, en el zaguán, se tienden sobre un cartón en la espera de ser abrazados por la obscuridad.

SEXO, DINERO, PODER Y ZAPATOS, un cuento de Raúl Domínguez

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—¡Señor Juez, mis clientes son inocentes! Reconozco que nosotros, los zapatos contemporáneos, influimos en el comportamiento y estado de ánimo de los dueños, pero de eso a ser asesinos seriales… Con todo el respeto que usted merece, exijo que las garantías individuales de mis clientes, establecidas en la Carta Magna del Calzado, sean respetadas. Dijo el abogado Aureliano Gamuza.

—Las garantías de sus clientes serán respetadas, –respondió Camilo Plantillas, Juez asignado al caso. —¿A quién llamará a declarar al estrado?

—A los imputados y hermanos: Oxford Rufino Izquierdo y Oxford Rufino Derecho.

Ambos zapatos poseen personalidades opuestas. Rufino Derecho es rebelde, rockero, adora la noche de copas, le dicen el Gigolo de León, Guanajuato. Rufino Izquierdo es ecuánime, literato, obsesivo al café americano, y ama, más que nada en el mundo, los boleros de los Dandys.

—¿Cómo sucedieron los hechos la noche anterior a la muerte de su dueño? – preguntó el abogado Gamuza.

Rufino Izquierdo tomó la palabra porque su hermano coqueteaba con unas zapatillas doradas Paris Hilton: -Después de un arduo día de trabajo llegamos al departamento a la media noche. Justo en el momento en que la luna reflejaba su maquillaje blanco en el vitral del edificio, vimos salir apresurados a unos tenis Converse blancos con franjas rojas.

—¡Yo no me di cuenta de ese detalle!— contestó Rufino Derecho. –Estaba crudo. Necesitaba orearme, pues nuestro dueño tenía un asqueroso olor  a…

—Silencio—  interrumpió su hermano. —Por si no lo recuerdas, firmamos un acuerdo de confidencialidad. Así le huelan los pies a queso gruyere o tenga pie de atleta u ojos de pescado, debemos ser discretos y aguantar lo que sea, ¿entendido?… Prosigo. Al ingresar a la recámara, notamos que las botas rojas de la dueña roncaban debajo de la cama. A su lado, las pantuflas peluche Darth Vader de nuestro dueño veían la película “Singin’ in the Rain”. ¡Señores del jurado, creemos que los asesinos convergen con nosotros en esta sala!

—Señores Oxford, ¿bajo qué criterios aseguran tal declaración? – volvió a preguntar el abogado Gamuza.

—Bueno… como tenemos un experimentado olfato y sensibilidad a la temperatura ambiente: las pantuflas estaban, cómo decirlo, tibias, cálidas, contraídas, como recién usadas por alguien más. — complementó Rufino Derecho.

—Objeción, Señor Juez. ¡Los hermanos Oxford son los asesinos!— interrumpió el abogado de las botas rojas quienes, naufragando en sus lágrimas, miraban resentidas a los incriminados. Meses atrás levantaron una denuncia penal por homicidio porque, según su teoría, ellos asesinaron a su dueño para recibir una cuantiosa herencia familiar.

—Objeción denegada — dijo el Señor Juez. — Continúen.

Los hermanos Oxford argumentaron que a la mañana siguiente al descender las escaleras del Metro y entre el oleaje confuso de zapatos yendo y viniendo, sintieron que algo los hizo tropezar para luego caer hasta el último escalón del tercer nivel. Cuando despertaron, su dueño tenía el cráneo partido, el ojo derecho fuera de su cuenca, la nariz chata cuando antes era puntiaguda, y su caja torácica, cual pesada e inerme, flotaba sobre su propio mar de sangre: murió al instante.

Los peritos confirmaron que los Oxford no eran los causantes de la tragedia, debido a que su pisada era todavía segura y confiable. Más bien, enfocaron la atención en el talón de Rufino Derecho, donde algunas franjas rojas estilo Converse quedaron tatuadas.

—Señor Juez, solicito permiso para que declaren las pantuflas Darth Vader— dijo el abogado Gamuza.

Una vez en el estrado, les preguntó: —¿Justo antes de la media noche, los pies que se introdujeron en ustedes, eran los de su dueño?

—¡No!– dijeron ambas al mismo tiempo. —Sus pies eran rasposos como el tirol rústico de una pared. Los pies que sentimos eran femeninos: ¡oh, pétalos de rosa, aroma delicioso, bálsamo pulcro y suntuoso!

De repente, unas voces que estaban escondidas en las últimas butacas del juzgado, gritaron: —¡Nosotros sabemos quiénes son los asesinos!— Los nuevos testigos eran unos mocasines de caballero color verde militar, de horma ancha, sin agujetas, y de profesión agente de seguros. Según su testimonio, el dueño de los hermanos Oxford había contratado un seguro de vida por diez millones de pesos, cuya única beneficiaria era la dueña de las botas rojas. Aseguró que en una conversación que tuvo con ellas en privado, le dijeron: “Verdad que los accidentes… pasan y más en una olla exprés como es el Metro”.

Las botas rojas quedaron estupefactas.

Cada gota de sudor que salía de su material sintético arremetía contra la vergüenza de haber sido descubiertas. Desesperadas buscaron la mirada cómplice de los Converse blancos con franjas rojas que, segundos antes, huyeron del recinto. En ese preciso momento una explosión cimbró las columnas góticas del juzgado, destrozando no sólo la puerta principal sino también la Diosa Temis, una estatua de bronce al pie de la escalinata.

Un comando armado de botas vaqueras entró disparando al aire sus armas largas AK47:

 —Nadie se mueva hijos de su huarache, al primero que se desate una agujeta, me lo chingo Ustedes, botas rojas, muevan esos pinches tacones, ¡vámonos!.

Afuera ya los esperaba un helicóptero que segundos después se elevó para extraviarse en la garganta anaranjada del horizonte.

Ellas son ahora prófugas de la justica. Son buscadas por el Federal Shoe of Investigacion (FSI) en todo el mundo. Se dice que andan en Sudamérica mudando de identidad como camaleones en el Amazonas, y que pertenecen, desde hace más de una década, a una banda llamada las Poquianchis Chancleras que enamoran, poquianchismadrean y asesinan a cualquier tipo de zapato a cambio de sexo, dinero y poder.

Inventario del cuerpo o vivir a muerte

«Mientras haces cualquier cosa, alguien está muriendo»

-Roberto Juarroz
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Siempre he creído que el cuerpo es un milagro.

Pero también —y sobre todo— un mapa del alma. Un mapa de lo que está más adentro del adentro, más allá de las orillas de la piel. ¿Cómo podrían la carne y los huesos vivir escindidos de nuestras emociones?

No me voy a poner densa con la teoría de que el cuerpo es puro reflejo de nuestra psicología y que las enfermedades son todas psico-somáticas pero sería absurdo pensar que el cuerpo es un ente aparte de lo que sentimos, tememos y deseamos. Yo digo. O al menos me lo digo a mí misma.

Me cuesta escuchar el dolor porque soy muy terca. Porque aprendí antes de aprender a escribir que rendirse era cometer un pecado capital, una acción fatal. Así que soy de esas insufribles personas que no se rinden y no se detienen aunque lleven arrastrando una lesión, una fiebre, una lumbalgia, una hipoglucemia o lo que toque.

Qué mal, me digo siempre pero no cambio. Quién sabe si algún día lo haga, lo más probable es que no. Hay una bellísima sentencia de García Márquez en El amor en los tiempos del cólera que dice que somos cada vez más nuestras manías. Pues sí, mejor agarrarles cariño porque son compañeras inseparables.

Necia. Tonta. Terca. Empecinada. Ha de ganar mi gallo aunque sea gallina, ¿o cómo era?

Me enteré de la muerte de la amiga de una amiga. Una chica de treinta y cinco años a la que le dio un infarto fulminante.

Me quedé sin sangre por unos segundos cuando escuché a mi amiga en el teléfono.

Treinta y cinco años. Algo de la muerte resuena siempre en quienes la contemplamos o la escuchamos porque nos implica irremediablemente. La muerte tan teatral, tan simbólicamente dolorosa.

Ella que no le decía no a ninguna fiesta tuvo un funeral casi masivo, me dijo mi amiga.

Treinta y cinco años.

Y alerta, la palabra se asoma en mi interior instintivamente.

La muerte es una posibilidad constante, una realidad latente. Puede ocurrirle a cualquiera. Sí, lo sabemos bien pero lo ignoramos mejor. Paradojas de nuestra especie.

En el funeral estaba otro amigo común cuya esposa murió hace un par de meses al dar a luz, también murió el bebé.

Veintinueve años ella, cero años él.

Alerta, vuelvo a concebir la palabra dentro mío. Pero esta vez la palabra se alarga, le salen patitas, antenas, me mira perpleja, como animalito recién nacido.

Recibí la llamada de mi amiga apenas regresaba de una microcirugía en la planta del pie izquierdo porque tuvieron que remover un fibroma que se formó gracias a mi terquedad, a mi no voy a dejar de correr porque correr me gusta y a ver cómo le haces.

El médico resultó ser un tipo de lo más ágil, inteligente, simpático, noté algo en sus manos: ¿con qué te quemaste?

Gasolina, me dijo, me quemé a los quince años, también tengo el torso y los brazos llenos de cicatrices.

La habilidad de sus manos me impresionó, a él le impresionó que yo notara sus quemaduras y que le preguntara por ellas con tal desparpajo.

Le conté que mi hermana mayor se quemó con una estufa de petróleo cuando era muy pequeña, le resumí la historia, el talante indescriptible de mi hermana quien ahora trabaja de voluntaria en una fundación para atender a niños quemados. Algunos sobreviven, otros no.

Cero años, un año, dos años. Ellos. A, B, C.

Ah, ya tiene sentido, me dijo, estás familiarizada con esto.

Entonces hablamos del dolor pero muertos de la risa.

Yo me desgarraba por dentro pero no de sufrimiento, creo que de ternura, de algo que no sé cómo se llama pero que arde en mi interior cuando conecto con un desconocido de un modo así, sin filtros. Algo que arde, una llama.

Cuando la aguja entró en la planta de mi pie grité y me reí al mismo tiempo, él también.

Es la vida, pensé, una aguja que nos atraviesa y rompe los tejidos para hacerse de un lugar donde encuentre espacio. Y Alerta empezó a tocar mis bordes para salir de mí ya con largas piernas, enormes e insolentes ojos y antenas súper poderosas.

Mientras el médico busca entre sus frascos pienso en mi última visita a la ginecóloga que me ha dicho que tengo la piel del útero en eversión, “volteada para afuera”, que tengo el tejido de dentro por fuera como toda yo que vivo con el interior expuesto. Casi me hace gracia.

Y es que eso me pinta entera porque soy así, evertida. Suele ser insoportable, agotador para mí, muy incómodo para quienes me rodean, nada poético. Pero así soy: se me salen las lágrimas y las emociones feas o bonitas a la menor provocación. Qué pesadilla.

Amagar el cuerpo, única arma para la vida. De eso se trata, pienso, y de entrañar a nuestros muertos.

Aprende a rendirte, me digo. Rendirse es bueno para que tu cuerpo, rindiéndose de vez en cuando, te rinda más. Paradojas, bromas del tiempo finito e infinito. Sí, Einstein, el tiempo es relativo. Y el cuerpo es preciso.

Está bien dejar que el organismo hable y aprender a traducirlo en el personalísimo lenguaje de cada uno. Eso creo. Eso me digo. A ver si lo aprendo.

Me despido del cirujano y a los dos nos brilla la cara de complicidad.

Camino apoyándome en el pie derecho, saltando ‘de a cojito’ hacia el estacionamiento, me río, me río fuerte aunque voy sola y seguramente parezco loca ante los pocos que me miran porque ya empezó no sé qué partido de fútbol y todos corren a buscar una pantalla.

Mi amiga y yo tenemos un pacto: no nos permitiremos olvidar que la muerte es una probabilidad constante.

Ah, Alerta se instaló a vivir conmigo, supongo que se quedará de paracaidista, de ocupa, de a ver cómo le haces pero no me voy. Anotaré la fecha para recordarlo, para ver si después hacemos la cuenta de pérdidas y ganancias.

@AlmaDeliaMC