Sobre el tamaño, un texto de Francisco de la Rosa

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El tamaño sí importa o, al menos, debería. Pero no su volumen o amplitud, tampoco su peso o masa. Es más, creo que ni su longitud importa tanto, al menos no como información pública. Lo que debiera importar del tamaño es el límite.

Decir que somos más resilientes, más víctimas, más activistas, más listos, más buenos, más deconstruidos; menos malos, menos tontos, menos sororas, menos misóginos, menos indolentes, menos neoliberales… no modifica el tamaño de las cosas ni acorta o alarga el perímetro de la realidad ni aumenta el área del polígono en el cual habitan nuestra historia, actividad cotidiana y discurso. Por más que el convencimiento propio o ajeno se empeñe en sostener que podemos calzar unos zapatos o usar un par de guantes más grandes sin vernos ridículos, para la realidad somos de un tamaño (normalmente diminuto) y nuestra existencia le resulta tan intrascendente que no se altera el orden global ni siquiera un segundo cuando un ser humano, sin importar su tamaño, se esfuma.

Es que aspirar a cosas grandes es grosero cuando se es diminuto o escribir como los grandes cuando la prosa de uno es chiquitita. Ver siempre hacia arriba es perder el piso y, con él, la dimensión de esa medida que nombramos altura. Mirar siempre hacia adelante es ser desagradecido con la magnitud del pasado. Avanzar a pasos agigantados es inviable cuando se calza por debajo del promedio. ¡Vaya!, hasta resulta ofensivo solicitar que se vea más allá de lo que la miopía o cataratas permiten. Como si ser grande fuera volitivo, como si se pudiera aumentar de talla con el argumento.

La tendencia presupone que sí, que si se alinean las actividades y opiniones hacia la amplitud territorial del propio espíritu, que si se está del lado de los grandes tamaños entonces uno, por proximidad, se vuelve más alto. Porque sumarse a las buenas causas nos hace parecer de márgenes más amplios. Da la impresión de que aumentamos de estatura aunque esto solo sea similar al efecto que produce la luz del sol a cierta hora del día cuando nos agiganta la sombra.  

Nadie puede ser mayor ni menor al límite que le antecede aunque así lo pregone, denuncie o implore. A ninguno se le ensanchan la estructura ósea y el entendimiento solo por decir que a su parecer así lo sea. La mirilla de la puerta tiene siempre el mismo alcance aunque lo que nos haga pensar lo contrario sea la posición con la cual abordamos o nos acercamos a la mirilla. Formular más preguntas que las dudas que verdaderamente se tienen no aumenta nuestra ignorancia ni responder cuestionamientos no formulados, nuestra sabiduría. Sumarnos al logro de alguien no nos da en automático el tamaño de la victoria aunque sí se sienta una emoción de proporciones similares a la que experimenta quien levanta la copa o se cuelga la medalla.

Ser más o menos conscientes del límite de nuestro tamaño ayuda a dimensionar, entre otras cosas, que actualmente el mundo está poblado por 7 mil 500 millones de personas que se comunican aproximadamente en 7 mil idiomas (además de las personas e idiomas que ya murieron), dando como resultado combinaciones infinitas donde lo más seguro es que se encuentren ya todas las expresiones y formas sesudas de decir algo, lo cual deja muy en claro que lo que tú dices y cómo lo dices seguramente ya fue dicho en algún idioma por alguna persona en algún tiempo; que sobrevivir a un evento funesto no te hace especial porque el evento desastroso no te eligió a ti porque te considerara extraordinario; que, sin importar que las cumplas, las grandes expectativas siempre te hacen ver más pequeño; que los grandes logros no son producto de un esfuerzo personal (enteramente individual); que tus experiencias personales no son medida ni parámetro de nada ni mucho menos muestra representativa de las personas con las que compartes un puñado de características, dolores o jirones de historias; que la métrica con la cual evalúas las acciones de otros es por definición insuficiente y que aquella herida grande y que te duele mucho-mucho es proporcional a tu tamaño y al adjetivo con el cual la calificas; que lo que a ti más te duele a alguien apenas le incomoda, que uno no cierra ciclos, los ciclos se cierran y nos dejan por fuera, que tus causas no son todas las causas, que las injusticias que señalas no son necesariamente las que vives, que el ideal siempre es más grande o más pequeño de lo que  estimabas, que también los silencios tienen altura, largo y fondo y que no hay manera de evitar que cada segundo que transcurre se le sustraiga a tu tiempo de vida.  

Aún el conocimiento o nuestro entendimiento sobre algo que parecen ir siempre en aumento, nunca estarán por encima del tamaño de nuestros intereses, capacidad de nuestra memoria y cantidad de conexiones sinápticas, e incluso cuando los intereses se amplíen o modifiquen y se eduque la memoria y se generen más conexiones sinápticas este incremento nunca será mayor al que nuestro tamaño pueda contener; es decir, todo recipiente tiene su límite en el borde.

Si alguien va a morir, más te vale que no seas tú. Un relato de Jaina Pereyra

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Rubén tiene 12 años. Su voz empieza a delatar el tránsito hacia la adultez. Es flaquito. Pesa apenas unos 38 kilos y es, por mucho, el niño más veloz en Copalillo, Guerrero.

170 segundos del tope de afuera de su casa a la tienda de don Rafa. 220 de la tienda a la vulcanizadora. En 6 minutos cruza el caserío y en 13 llega al siguiente pueblo. “Pinche mosco, ni los coches llegan tan rápido”, le decía su hermano Mario y lo hacía sentir superpoderoso.  

Pasaba los días mosquiteando de un punto a otro, poniéndose el reto de disminuir la velocidad en cada trayecto. A veces se imaginaba corriendo en las olimpiadas, cruzando la meta entre los aplausos de la multitud, como había hecho Usain Bolt en la tele de la vulcanizadora. A veces su imaginación era más ambiciosa y se pensaba un superhéroe como Flash, salvando cachorros de ser atropellados, combatiendo el crimen, previniendo desastres. Todo a la velocidad de la luz.

Wum, wum, wum iba de un lado a otro, hasta que un día lo mandó llamar su primo Moisés. Quería que trabajara para él y sus amigos. Debía sentarse en la carretera y ver pasar los coches. Si se acercaba una camioneta azul o verde, tenía que correr a to-da-ve-lo-ci-dad (insistió Moisés) y avisarle al dueño del taller para que él le avisara a Donato (hermano menor y heredero de Moisés, si, dios no lo quisiera, algún día moría o lo metían al bote).

“Tengo que decirle a mi mamá”, le dijo Rubén, sin ganas de aceptar. Ella le había advertido que se alejara de Moisés: “Lo van a matar. No te quiero cerca. Si alguien más se va a morir en esta familia, más te vale que no seas tú”. Se lo dijo muy seria el día que supo que su hermano muerto y su hermana desaparecida habían estado cerca de Moisés. Pero esa noche, sin voltearlo a ver siquiera, su mamá le dijo que estaba bien, que trabajara con él. Nunca entendió por qué.

Así se le acabó lo de soñar con medallas olímpicas.

De mosquito pasó a ser mosca de panteón. Sentado bajo el sol, pateando palitos a la carretera, viendo el polvo arremolinarse en cada llanta que pasaba. Más o menos una vez a la semana tenía que salir disparado a avisar que venían los marinos. O el ejército. O la policía federal. Un día unos de una pick up le preguntaron cómo llegar a la autopista. Rubén se quedó helado. Ésos que Moisés decía que eran su peor enemigo le habían invitado un refresco. Eran igual de pobres que él. Mucho más pobres que Moisés. Pero más buena onda. Sintió feo de acusarlos; de saber que los muchachos del pueblo los secuestrarían, los torturarían y los matarían.

Y un día pasó. Como pasa todos los días en esos pueblos de Guerrero. Y de Michoacán. Y de Tamaulipas. Pasó lo peor que le iba a pasar en la vida. O eso creía. Rubén se quedó dormido bajo el sol. Lo despertó el sonido de los balazos. Ta-ta-ta-ta-ta-ta. Otra vez. Ta-ta-ta-ta-ta-ta. ¡Madres! Sirenas. Más balazos. El acelerón del carro tuneado de Donato. Los iban a matar. ¿Los habían matado? Zuuuuum, comenzó a aletear con las piernas.

Corrió y corrió y corrió.

El aire era pesado. Lo asfixiaba. Los pulmones tapados de polvo. No podía respirar.

Wum. Wum. Wum, corría el niño. Oyó clarito la voz de Mario riéndose, como cuando jugaban futbol. Truc. Truc. Truc. Su hermana limpiando frijoles. El agua hirviendo. Las tortillas recién hechas en el comal de humo de su mamá. Wum wum wum, seguía corriendo. El piso pegajoso derretía los zapatos. Wum wum wum, corrió por horas. Hasta que desconoció el camino. Moisés estaba muerto. Lo sabía. Lo iban a matar a él también. Se sentó a esperar la noche. Cuando estuvo muy oscuro, comenzó a correr de vuelta. No sabía qué más hacer. Corría al ritmo de un nigeriano en el maratón. Luego como un gringo monumental en pista de 200. Rápido como un zancudo. Una pantera.

Llegó a su casa. Su mamá lo abrazó. Tenía cara de haber llorado, pero con la misma fuerza que tuvo cuando encontraron muerto a Mario y cuando su hermana no regresó nunca. Dice Donato que ya no te quiere de halcón, le dijo. Ok, contestó aliviado.

Rubén murió a los 15. Desaparecido. Se presume que calcinado en una fosa común.

La soledad del artista, un cuento de Juan Pablo Estrada

Cuarteto minimalista, del pintor Jazzamoart

Javier pasó días esperando que llegara la inspiración.

Lo había intentado todo, desde repasar fotos tenues en los álbumes de su infancia, hasta el recorrido desesperado y desesperante de lo que ofrecía la televisión de paga. Cualquier cosa en busca de una imagen, un concepto que le devolviera a sus manos la capacidad de crear, quizá trazar un boceto, alguna combinación de puntos y líneas capaces de transmitir. Pero nada.

La luz se fue con Norma, quien después de años de matrimonio lo dejó la semana pasada, harta del carácter volátil y de los excesos de la vida de un artista gráfico que, después de su época de oro, se negaba a aceptar la aburrida enfermedad de la madurez.

Como iniciando un ritual, recorrió el estudio en que se había convertido la estancia de la planta baja en la que hace años jugaban y hacían la tarea sus hijos, que al crecer se marcharon dejando espacio para exhibir los cuadros y esculturas. Ya había pasado una semana desde la última tertulia, así es que comenzó a limpiar mesas y fregar la duela, a borrar las huellas de tabaco quemado en ceniceros y los dedos y labios marcados en los vasos y copas con sedimentos de vino.

A media labor aséptica unos portarretratos lo llamaron desde el librero. Se detuvo a verlos y los tomó casi con cariño, uno por uno. Antes le había parecido un invasivo grupo de fotografías, pero hoy lo transportaron a mejores lugares y tiempos: La plenitud del viaje a Nueva York con el jueves en que devoraron el MoMA; la sencillez de la luna de miel en la que sin notarlo Norma le tatuó su entrega y lo marcó con el conjunto rojo que luce en la foto, que se veía tan bien puesto como tirado al pie de la cama. La vida.

Oyó un golpe de llaves en la cerradura y el chillido de la chapa, seguidos de pasos discretos pero firmes en la escalera. Llegó Norma.

Javier sonrió con malicia y ojos de alivio, aunque no quería mostrar ansiedad ni consentir los días de abandono. En fracciones de segundo pensó qué decir: —Bienvenida guapa. No necesitas disculparte, lo entiendo. La fiesta, el escándalo, gritos de borracho una vez más. Soy egoísta, sí, pero siempre lo he sido y así me quieres ¿no? Dime que sí, por favor. He recordado lo mucho que compartimos, mira las fotos, tus fotos, yo creo que podemos, que puedo cambiar y…—.

Pero no tuvo mucho tiempo más para planear el discurso, ni para soltarlo. Norma apareció en tacones, con su blusa estampada de múltiples colores y los labios carmín. Serena, decidida, diría que radiante por una renovada felicidad. Lo desarmó. Javier no alcanzó ni a saludar, ella se adelantó apurada:

—Hola Javier, perdón por no llamarte antes de venir. Son las prisas. Hablé con los niños y —limpió la garganta—no puedo seguir aquí, así, contigo. Tomaré algunas cosas para ir unos días con ellos en lo que encuentro un espacio para alquilar. Ahora podrás vivir como te gusta y sin quejas. Yo ya no quiero más.

Se sucedieron frases, maletas y gestos que no alcanzó a retener. Los minutos pasaron pero Javier no corrió con ellos. Era un mero espectador de una obra ajena ya acabada. Cuando Norma dejó sus llaves y cerró la puerta, lo invadió un dolor ciego y sordo.

Adiós. A Dios. No Dios. No dos. Uno. Solo.

Regresó al retrato del viaje de bodas. Al besar el vidrio se le ocurrió un concepto bueno para su pieza definitiva: una estructura móvil, irregular y sensible.

Arte vivo ausente: La soledad del artista. Con ansia y violencia, Javier hundió las manos en el bote de una pintura primaria, rojo escarlata. Sintió la humedad en sus grietas y ahogó los ojos en ellas.