Diamantina, zapatos y otras provocaciones


Vía Láctea, Alberto Alcocer / IG @beco.mx

Antes de cumplir seis años ya sabía leer, escribir, sumar y restar; ya sabía de la dureza de la existencia, ya sentía vergüenza de ser quien era, ya comprendía la pobreza.

Mis hermanos estaban todos fuera, al mayor mi mamá había logrado meterlo al Colegio Militar; los otros cuatro estudiaban en un internado. Mi hermana mayor se reponía de las quemaduras en un hospital.

Quedábamos Paz y yo, ella estudiaba segundo de primaria y a mí me mandaban con ella de oyente, mi hermana tenía ocho años y yo todavía no cumplía los seis.

Eran días extraños, andábamos por ahí un poco inconscientes, un poco asustadas, muy solas. Visitábamos a nuestros amigos que vivían a un par de casas, también solos, también hijos de la disfuncionalidad, milagrosamente vivos; nos divertíamos persiguiendo ratas, haciendo pasteles de lodo y comiendo cualquier cosa, la comida que mi madre dejaba algunas veces, otras sólo galletas que comprábamos en una tiendita calamitosa.

Teníamos un vecino de alrededor de veinte años, Mariano.

No sé de dónde salió, pero mi familia lo acogió de inmediato porque tenía una temblorina rara y cojeaba; como puede adivinarse, todo desvalido era bienvenido entre nosotros porque nos recordaba que no éramos los únicos.

Mariano decía que yo era su novia y a todo el mundo le hacía gracia la broma, no a mí. Una mañana amanecí con tal infección en la garganta y fiebre que no pude acompañar a mi hermana a la escuela, me quedé sola en casa porque mi madre no podía faltar al trabajo —un día sin salario era una verdadera crisis para una mujer que mantenía sola a ocho hijos.

Recuerdo mi cuerpo delgado de casi seis años, llevaba unos shorts azul marino y un suéter del mismo color, alguna de las tías caritativas que le regalaba ropa a mi mamá debió heredármelos; estaba en la cama viendo caricaturas en una televisión blanco y negro que habíamos sacado no sé de dónde, recuerdo la sensación de la fiebre, tenía calor y frío, temblaba; llevaba unos zapatos blancos de charol —también regalados— que me apretaban, el alma caritativa debió calzar de un número menor al mío.

Mariano apareció de la nada y cerró la puerta, se veía muy nervioso, temblaba más que de costumbre, se sentó en la cama junto a mí y me dijo que mis piernas eran muy bonitas, casi tan bonitas como mis ojotes negros. Yo sabía que algo estaba mal, de inmediato traté de levantarme de la cama pero él me lo impidió, me abrazó fuerte y dijo que yo era su novia, me preguntó insistentemente si lo quería; traté de escapar, grité, sentía la fiebre, a Mariano, los pies punzantes por los zapatos apretados, escuchaba las caricaturas en la tele, su respiración pesada, me dolían la cabeza y los huesos, el alma. Me concentraba en el dolor por los zapatos. Fue todo muy rápido, él estaba muy excitado, en un par de minutos eyaculó y salió corriendo.

Me quedé sentada en la cama, inerte, zombi. Después de un rato me levanté y me bañé, hacía todo en automático, como si me hubieran desconectado, como si estuviera ahí pero muerta.

Cuando regresó mi mamá yo ardía en fiebre, vomitaba y tenía la garganta completamente cerrada, afónica como nunca, sin voz.

Odié a Mariano con el odio de una legión entera, odié a mi madre por estar ausente, me odié a mí misma por ser capaz de entender lo que había pasado y no poder autoengañarme. Odié a mi padre porque no estuvo ahí para cuidarme. Odio profundo, odio ácido, odio gigante en mi alma de seis años. Odio y miedo, rabia y resentimiento descomunales pero ni una palabra. Aprendí a proteger con el silencio, intuí que hablar lo dinamitaría todo.

Así sellé mi trágico romance con el miedo, pacté con sangre. Miedo de estar sola, miedo de lo masculino, miedo de mí. 

Y en un abrir y cerrar de ojos  me hice adulta, y luego, como la vida es cabrona pero también es buena, me hice escritora; y aprendí a nombrar cada cosa, a masticar cada palabra y, sobre todo, a mirar la condición humana.

Años de vivir y de atreverse a mirar y de atreverse a nombrar; lecciones duras para reconciliarse con el deseo, sentarse a la mesa entre luces y tinieblas un día sí y otro también. Saber, cuando escucho a otras mujeres, que se necesita mucho temple para no entregarse al resentimiento como único camino, que llevar estas historias a cuesta y sonreír es quizá el único trofeo por haber peleado esa guerra, en muchos casos es seguir peleándola.

Pensar en los zapatos que me apretaban fue la salida que encontró mi psique infantil, tal vez por eso ahora los zapatos de las ya incontables mujeres violadas y desaparecidas me perturban de un modo escalofriante. ¿Cuál será el símbolo, qué ancla habrá elegido la psique de tantas otras mujeres?

Fuimos niñas y alguna vez creímos en la magia, duró apenas nada, pero hubo un tiempo. Diamantina brillante, luces mágicas, mundos de colores.

¿Cómo se atreve, el títere político de turno, a decir que nombrar el abuso histórico, presente y brutal, es una “provocación”?

Sonrisas. Lápiz labial. Faldas. Tacones. Diamantina. Provocaciones puras y duras.

¿Cómo vamos a reparar todo lo que se ha roto si luego de pelear mil batallas, se espera que las heridas de guerra sean al mismo tiempo la parte civilizada, silenciosa y protocolaria que le pide permiso al mundo para hablar de su dolor?

¿Cómo vamos a reparar todo lo que está roto?

@AlmaDeliaMC

Se solicitan demonios y monstruos


 Alberto Alcocer / IG @beco.mx

Has despreciado al diablo y no se puede olvidar que un sujeto tan odiado debe ser algo

-Goethe, Fausto

La necesidad de ser considerados “buenos” es tan antigua como vigente.

Entre otras carencias que presentamos como especie, los seres humanos nos caracterizamos por una tremenda incapacidad para convivir con el lado oscuro de nuestra psique.

La insoportable idea de la maldad como parte de la esencia humana encuentra salidas míticas (un rasgo infantil, psicológicamente hablando) para explicar aquello que rebasa nuestra lógica.

Por eso “los malos” tienen que ser inhumanos, es fundamental que así sea. Necesitamos creer que esos entes maléficos, esos desertores del infierno, no son personas. Se requiere así para cerrar a piedra y lodo la grieta que nos dejaría atisbar la posibilidad de que ese engendro y nosotros, estamos hechos de la misma sustancia. No, no, no. Cualquier cosa menos eso.

El que hace algo inapropiado para los escrúpulos de cada tiempo y lugar es un fenómeno, es inhumano; lo poseen fuerzas demoníacas, por la mañana desayuna niños recién nacidos y bebe sangre de doncellas para acompañar la cena. Ese ogro no puede ser como yo. Al miembro del gremio que hace algo perturbador, lo rechazamos y lo echamos del club de los humanos para convertirlo en bestia infernal.

La reacción suele ser así porque no soportamos el espejo de nuestra propia oscuridad que ese otro nos pone delante.

Y el problema es que cuando la búsqueda de la propia conciencia se detiene, comienza la búsqueda del culpable; nos convencemos de ser totalmente inocentes y por lo tanto totalmente víctimas.

Es terrible la ceguera de la luz blanca, esa que nos convence de que todo en nosotros es bueno pero nos deja igual de ciegos que la más oscura de las noches.

La bondad cambia conforme la moral vigente lo pide: ser bueno podría significar sacrificarse para que los dioses favorezcan las cosechas o casarse virgen o también —para ponernos rabiosamente actuales, ser políticamente correcto. Y la maldad se ajusta según lo requiera su contraparte. Es decir que Dios nunca deja de necesitar a Satán. (Así con mayúsculas, como personajes de ficción).

Conforme nos adentramos en este espeso río de la posmodernidad, resuenan con más nitidez las palabras de Nietzsche: Dios ha muerto. Se refería a la muerte de los valores absolutos y con la desaparición de los valores absolutos, llegó la pulverización ideológica.

Como dios ha muerto, ahora todos somos dioses y queremos dirigir la moralidad del mundo con los diversos códigos o causas en las que creemos: el vegetarianismo, los derechos de las bicicletas, la humanización de las mascotas, las batallas contra el azúcar o el tocino, la guerra contra toda forma que consideramos “no incluyente”, los distintos y refulgentes feminismos… la lista sigue en construcción.

Ahora que somos dioses, necesitamos demonios: y el demonio es aquel que no esté de acuerdo conmigo, aquel que abra una grieta para cuestionar la sustancia de mi propia humanidad.

Y así llegamos a casos como el de Marcelino Perelló. Un ser humano complejo, de innegables virtudes y terribles defectos, una de las personas más generosas y vitales que conocí, reducido a una frase indefendible, a una declaración absurda y agresiva, sí; pero no menos absurda y agresiva que la reacción en masa de la hermandad de los “buenos” de este tiempo que señalaron a Belcebú pidiendo su cabeza.

Pienso en la cacería de “monstruos” que nos falta por presenciar y, con profunda tristeza, anticipo una larga oscuridad reluciente de corrección política. Porque vendrán muchos, no cabe duda, si estamos en pleno reclutamiento de espíritus del mal para apaciguarnos.

Dice Mefistófeles en una línea de Fausto: No eres aún hombre capaz de sujetar al diablo.

Ahora que todos somos dioses prestos a dictar la moralidad del mundo, quizá debamos considerar también que todos somos diablos. Habrá que ver si somos capaces de sujetarnos.

@AlmaDeliaMC

Golpéate el corazón


Alberto Alcocer / IG @beco.mx

Una vez un hombre me dijo que le daría igual que sus hijos no existieran.

Recuerdo que la revelación me dejó atónita.

Dábamos vueltas caminando en el parque luego de una tormenta. Él, de buen corazón, generoso de oído y en general con todos sus recursos, me escuchaba atento sobre una dolencia familiar. Su alma sensible y solidaria era para mí una certeza, la había palpado de cerca durante años. Así que su revelación me descolocó por completo.

Y es que tendemos a pensar que el amor es indiscriminado. Pero lo cierto es que no.

Cuando vio mi cara de desconcierto, procedió a explicarse (no tenía por qué hacerlo pero lo hizo). No es que no los quisiera, había dado batallas brutales por ellos para cuidarlos, mantenerlos, ofrecerles buenas universidades; no es que no le causara una profunda alegría verlos bien y disfrutaba con ellos, sólo que su identidad y sus emociones no estaban puestas en sus hijos, nunca lo habían estado, ni cuando eran pequeños; no podía decir que su plenitud viniera de ellos y al imaginarse sin hijos se veía igual de pleno o tal vez más.

No en aquella primera conversación pero con el tiempo lo entendí. ¿Quién dijo que los vínculos amorosos padre-hijo o madre-hijo están dados sólo por la biología? El amor filial, como tantas otras de nuestras emociones, también es un aprendizaje, una elección.

Una semana atrás devoré “Golpéate el corazón” (Anagrama, 2019) de Amélie Nothomb a quien desde hace años leo con avidez. Me gusta lo que se atreve a explorar en sus textos porque lo hace con una inteligencia y una profundidad emocional casi obscenas.

En esta reciente publicación Amélie cuenta la historia de Marie, una belleza de dieciocho años que se casa y tiene a su primera hija Diane con la que nunca logra establecer un vínculo afectivo porque se muere de celos de ella; del amor y ternura que despierta en los demás, de que todas las atenciones sean para la niña. La cuida, claro, y la trata con cariño y responsabilidad, pero no está vinculada a ella. La niña anhela con tal intensidad el contacto de su madre “la diosa”, que se pasa los primeros años obsesionada con volver a sentir lo que sintió la única noche que su madre la abrazó en la cuna con ansiedad tras despertar de un sueño en el que la pequeña moría.

Pero ese abrazo no se repite nunca más. Y madre e hija no hacen sino alejarse con los años. Llegan un segundo y una tercera hija de Marie con la que Marie se obsesiona; un amor glotón la hace devorar emocionalmente a la tercera niña y la pobre paga facturas muy altas al pasar de los años.

Diane, la primogénita, observa todo con distancia y lo resiente pero se las arregla dándose explicaciones racionales, casi científicas, de lo que ocurre con su hermana pequeña y su madre.

El libro me incomodó y me cuestionó de muchas maneras porque, seamos honestos, quienes no somos hijos únicos sabemos o intuimos que nuestras madres (y padres) establecen vínculos diferenciados con nosotros; es inevitable que sientan más afinidad con un hijo que con otro, que proyecten distintos pedazos de su identidad en nosotros; y que, descaradamente y por más que lo nieguen, elijan a uno como el consentido. El tema es más viejo que la sarna pero es fascinante pues evitamos hablarlo a toda costa porque, desde luego, duele.

Volviendo a la historia de Diane, un día escucha la frase de Alfredo de Musset que da título a esta historia: “Golpéate el corazón, es ahí donde reside el genio” y lo que ocurre es precioso, Diane, que creció sin el vínculo afectivo de su madre, reacciona haciendo una sustitución racional de la experiencia y decide convertirse en cardióloga. Todas sus formas y búsquedas emocionales estarán marcadas por la carencia de esa primera fusión con la madre; estudiando Cardiología se lía en una relación con Olivia quien también es madre de una pequeña por la que no siente el menor afecto. Ahí la historia se vuelve redonda; oscura y brillante, de final inesperado y preciso.

Pasan los días y no dejo de pensar en el texto. “Un amor tan profundo, tan imposible de curar, tan indispensable al que Olivia sólo había respondido con desprecio…” ¿Nos convertiríamos en madres y padres si atisbáramos la posibilidad de que, por más que se intente, nunca se establezca una fusión amorosa con los hijos?

Hay puñaladas en el corazón para las que no es necesario siquiera empuñar la mano.

@AlmaDeliaMC